Apuntes historia, Apuntes de Ciencias de la religión. Escuela Superior de Diseño de Madrid - ESD
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Apuntes historia, Apuntes de Ciencias de la religión. Escuela Superior de Diseño de Madrid - ESD

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Asignatura: Religion, Profesor: Rosa Mel Fierro, Carrera: Fotografía Artística, Universidad: arte-diseño
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II. Henri Pirenne. HISTORIA DE EUROPA. Desde las invasiones al siglo XVI. Fondo de Cultura Económica. México, 1995. Libro IX: EL RENACIMIENTO Y LA REFORMA El período que transcurre de principios del siglo XIV a mediados del XV ofrece el espectáculo de una sociedad agitada y atormentada, debatiéndose contra la tradición que la oprime y de la que no consigue liberarse. El dique que el pasado opone al empuje del porvenir resiste aún; parece sólido todavía, y, sin embargo, minado por desgastes invisibles, cede inopinadamente y las fuerzas que lo sostenían se extienden ampliamente y dan al paisaje histórico un aspecto totalmente nuevo. Hasta el Renacimiento, la historia intelectual de Europa no es más que un capítulo de la historia de la Iglesia. El pensamiento laico significa tan poca cosa, que incluso los que luchan contra la Iglesia están enteramente dominados por ella y únicamente se arriesgan a pensar en transformarla. No son librepensadores sino herejes. Con el Renacimiento, el dominio de la Iglesia sobre el pensamiento se pone a prueba. El clérigo pierde el monopolio de la ciencia. A su vez, la vida espiritual va haciéndose laica; la filosofía deja de ser la sierva de la teología, y el arte y la literatura se emancipan de la tutela secular que se impuso a ellos desde el siglo VIII. El ideal ascético se sustituye con un ideal puramente humano y de este ideal se encuentra la más lata expresión en la Antigüedad. El humanista ocupa el sitio del clérigo, como la virtud (virtus) el de la piedad. Indudablemente, si puede decirse con bastante exactitud que el Renacimiento sustituye al cristiano por el hombre, no es antirreligioso. ¿No ha contado con varios Papas entre sus más entusiastas promotores? Pero sí es anticlerical. No sólo para los humanistas italianos, sino también para cristianos tan convencidos como un Erasmo o un Tomás Moro, la pretensión que sustentaban los teólogos de dirigir la ciencia, las letras e incluso la moral es tan ridícula como perniciosa. Sueñan en conciliar la religión con el mundo. Son tolerantes, poco dogmáticos y muy hostiles al trabajo secular que la escolástica sobrepuso en la Biblia. Lo que más les interesa son los problemas morales. Su programa, que se encuentra en el Miles Chirstianus y en la Utopía, es el de un cristianismo amplio, racional, totalmente despojado de misticismo y que deja subsistir a la Iglesia, no como la prometida de Jesucristo y la fuente de salvación de las almas, sino como una institución moralizadora y educativa, en el sentido más elevado de la palabra. Conocen perfectamente que para llevarla a ese punto es menester una reforma. Pero son optimistas y esperan conducirla dulcemente a emprender la nueva ruta. Podemos, pues, decir que el Renacimiento se planteó a su manera el problema religioso. Pero que solo esbozó la solución moderada, prudente y aristocrática que tenía preparada. Porque se atravesó la Reforma con el

ímpetu, la violencia y la intolerancia, pero también con la fe profunda y la necesidad apasionada de llegar a Dios y a la salvación que le conquistarían y le subyugarían las almas. No hay nada común entre el Renacimiento y la Reforma. Propiamente hablando, ésta se opone a aquel. Vuelve a colocar al cristiano en el lugar del hombre, ridiculiza y humilla la razón, incluso cuando rechaza y condena el dogmatismo; Lutero está mucho más emparentado con los místicos de la Edad Media que con sus contemporáneos, los humanistas. Incluso produjo horror a la mayoría de ellos. Erasmo y Moro se separaron en seguida de este revolucionario cuya brutalidad y radicalismo preocupaban tanto a su inteligente oportunismo, como lastimaban sus gustos de elegancia y de ponderación. Adivinaban la tragedia que iba a inaugurarse y temblaron de antemano comprendiendo que eran imposibles sus esperanzas de conciliación. El luteranismo no desencadena, sin embargo, la catástrofe de las guerras religiosas. Después de la primera efervescencia popular, caracterizada por la sublevación de los campesinos alemanes y la insurrección de los anabaptistas, se somete dócilmente a la dirección de los príncipes. Abandona la Iglesia al poder laico, hasta tal punto que cuando Carlos V decide a actuar contra él, es a los príncipes a quienes tiene que combatir y la lucha que se empeña es aún mucho más política que religiosa. En cuanto a Roma, sorprendida por los triunfos de un acontecimiento en el que no había visto en un principio más que una desavenencia de monjes, y habiendo dejado que se entibiase el fervor en el seno de las masas católicas por hallarse totalmente absorbida en los intereses temporales, sólo pudo oponer a la marea ascendente de la herejía unos ineficaces anatemas. Los reinos del norte adoptaron la nueva confesión. Enrique VIII funda en Inglaterra una Iglesia de Estado, semicismática, semiherética, que es, sobre todo, la Iglesia nacional, a que aspiraban ya los partidarios de Wiclef. Todo eso se consigue sin grandes transtornos; algunos destierros, tales o cuales suplicios, pero nada de ciudadanos dirimiendo la cuestión por medio de las armas, y, desde luego, mucha menos sangre vertida, incomparablemente mucha menos, de la que hicieron correr la guerra de los albigenses y la Inquisición. Pero Calvino aparece, y con él el curso hasta entonces apacible que había seguido la Reforma bajo la dirección del Estado cambia bruscamente. Una religión austera, exclusiva e intolerante pretende imponerse a los gobiernos y someterlos, incluso por la violencia, a la palabra de Dios. El calvinismo no se conforma ya con la existencia nacional que le bastó hasta entonces al protestantismo. Su propaganda aspira a conquistar el mundo. La fe que inspira a los “elegidos” los impulsa a la acción política y con él se inaugura la época trágica de las guerras de religión. El triunfo del Renacimiento, como el de la Reforma, tuvo como condición indispensable ese decaimiento de la Iglesia católica que hemos visto

acentuarse sin interrupción desde principios del siglo XIV. Solamente él hizo posible la liberación del pensamiento y la renovación de la fe. La sociedad europea era demasiado vigorosa para no hacer saltar los lazos que la unían al pasado. Y no es solamente en el dominio de la fe y del pensamiento donde, desde mediados del siglo XV, se exterioriza un movimiento de renovación. Se comprueba en todas partes. Al mismo tiempo que los pensadores se sacuden el yugo de la escolástica y los artistas el del estilo gótico, se advierte cómo, a su vez, los industriales, los capitalistas y los políticos protestan y se sublevan contra el régimen restrictivo de las corporaciones de oficios, las limitaciones económicas, las tradiciones y los prejuicios que dificultan la libre expansión de su actividad. Todo se transforma a la vez; el mundo intelectual y el mundo económico; el capitalismo moderno nace aproximadamente al mismo tiempo que los primeros trabajos científicos y colabora con ellos en el descubrimiento de las Indias orientales y de América. La constitución de los Estados sufre, por su parte, la influencia de las ideas, de las necesidades, de los apetitos y de las ambiciones que se desarrollan en el cuerpo social. A decir verdad, resulta inadecuado limitar el sentido del vocablo “Renacimiento” a la nueva orientación del pensamiento y del arte; es preciso extenderla a todo el campo de la actividad humana tal y como se revela en sus más distintas manifestaciones desde mediados del siglo XV. Si se piensa al mismo tiempo que esta vida exuberante se extiende en una Europa en donde acaba de formarse un Estado nuevo, la Borgoña, en donde España acaba de alcanzar el rango de “Gran potencia” y en donde la llegada de los turcos plantea en Oriente temibles problemas, se apreciará, en toda su grandeza, y en todo su apasionante interés, el espectáculo que ofrece la Historia en el momento en que, hacia 1450, se precipita y hace aún resaltar más, por el vigor de su decisión y la precisión de su impulso, la confusión y los dolorosos tanteos de la época precedente. La transformación de la vida social desde mediados del siglo XV. I. Italia y su influencia. El Renacimiento, en el sentido más general del vocablo, no parece ser un fenómeno más específicamente italiano que lo fue, a fines del siglo XI, la expansión de la vida urbana. Ni uno ni otra hubieran podido extenderse tan rápidamente si no se hubiesen dado al norte de los Alpes unas condiciones tan favorables para su buen éxito. Pero es verdad que esas condiciones, tanto para el uno como para la otra, fueron en Italia más precoces y más favorables que en ningún sitio. Lo mismo que Florencia se impone a todas las ciudades de la Edad Media, también el Renacimiento italiano ofrece una variedad, una originalidad y un vigor que no produjo en ninguna otra parte y a los cuales debe la asombrosa influencia que llegó a ejercer.

Y es que las autoridades tradicionales que se imponían en la vida social como en la vida intelectual, languidecieron o desaparecieron en Italia mucho antes que en el resto de Europa. Y esto viene a ser, en gran parte, una consecuencia del extraordinario desarrollo de la vida urbana. Desde luego, la nobleza que habitaba las ciudades se veía arrastrada en los incesantes conflictos de la burguesía, pero también tomó insensiblemente el hábito de interesarse en el comercio, hasta tal punto que, poco a poco, la distinción tan clara que divide en otros sitios al noble y al plebeyo se borra aquí, y aproxima en una comunidad de costumbres y de intereses, independientemente del Renacimiento, a los descendientes de los caballeros y a los de los mercaderes afortunados. La condición social triunfa de la condición jurídica; añadamos a esto que la nobleza italiana, en el transcurso del siglo XIV, se aleja de la profesión de las armas, perdiendo de este modo la razón de ser de su constitución como clase distinta y privilegiada. La guerra se convierte en una profesión que se abandona a unos empresarios especializados, los condottieri, gentes de procedencia muy distinta, advenedizos afortunados en su mayoría, y entre los que nada recuerda la antigua fidelidad feudal. Y mientras que el noble se despoja de sus caracteres específicos de clase, se lleva a cabo una transformación análoga en el seno de la burguesía rica. Los progresos de la urbanización económica, el desarrollo de las sociedades comerciales y el perfeccionamiento de los procedimientos de crédito tienen por consecuencia, desde un principio, exigir de los banqueros o de los hombres de negocios una formación intelectual que no se encuentra al mismo nivel entre los mercaderes del norte, y someterlos mucho menos que a aquellos a la vida del oficio. Sin dejar de dirigir su comercio, se procuran sus ocios, pueden entregarse a distracciones intelectuales, embellecer sus residencias con obras de arte e impregnarse de una elegancia que los hace contrastar singularmente con los “patricios” de Alemania, de Flandes o de Francia. Desde entonces, y alimentada a la vez por la nobleza y la burguesía, se constituye entre todos aquellos que se unen por su género de vida, su instrucción, sus gustos y sus placeres, una especie de aristocracia mundana que no tiene semejante en ningún otro país. La antigua sociedad se disgrega. Se forman nuevas agrupaciones, ya no determinadas por el convencionalismo y el prejuicio, sino actuando libremente en virtud de sus actividades, y, digámoslo así, en las que el espíritu de clase deja su lugar a un espíritu simplemente humano. El desarrollo del capitalismo origina aún otras consecuencias. Importa señalar, como un fenómeno extraordinario, el principado efectivo que ejercieron los Médicis en Florencia, y que no tuvo otro origen que su fortuna. Florencia ofrece toda clase de problemas políticos y sociales, todos los altibajos de la suerte, y se presta a todas las combinaciones del espíritu político que ya despertó. Es la única ciudad europea que puede compararse

con Atenas, y, como ella, un Estado que tiene tantas cuestiones que decidir en el exterior como en el interior. No es nada sorprendente que los primeros teorizantes políticos dignos de este nombre, Maquiavelo (1469-1527) y Guicciardini (1483-1540), nacieran en este suelo tan fecundo. Con ellos nada doctrinal influye en el juicio político. Están tan desligados de las concepciones teológicas como de las construcciones jurídicas que pesaron hasta entonces en la apreciación de la política. La vida urbana rebasa los estrechos marcos de la Edad Media y se convierte en cívica. Es aspecto que ofrecen otras ciudades italianas prueba también completamente la ruptura de la tradición en la política. Allí, como consecuencia de las rivalidades intestinas, acabaron por entregarse a los tiranos, todos advenedizos, y que ejercían sin ningún título legítimo, apoyándose solamente en la fuerza, un gobierno contra el cual no cabía otro recurso que el asesinato. Eneas Silvio (que fue Papa bajo el nombre de Pío II) dice: “En nuestra Italia, tan enamorada de los cambios, donde nada perdura y donde no existe ningún antiguo señorío, los criados pueden fácilmente aspirar a ser reyes”. Aquellos tiranos, que se hacían dar por los emperadores unos títulos que no legitimaban nada, como los Visconti en Milán, establecen un poder monárquico que no tiene nada de común con el de los reyes ni incluso con el de los príncipes ultramontanos. ¡Una Juana de Arco no podría concebirse en Italia! Los soberanos utilizan gentes de las que jamás están seguros y a las que es conveniente hacer desaparecer cuando ya son poderosas. Su principio es la razón de Estado. Están fuera de toda tradición; no se sienten ligados por nada, ni señorío, ni cartas juradas, ni costumbres, ni cualesquiera privilegios, menos aún por el pensamiento ya religioso, ya jurídico. Como los antiguos emperadores romanos, pueden permitírselo todo. Hay entre ellos algunos monstruos, como Juan María Visconti (1412), que alimentaba a sus perros con carne humana, o como Juan Galeas Sforza, a quien Cominnes describe: “Constructor de la Cartuja de Pavía, grande y perverso tirano, pero honorable” (Lib. VII, cap. VII). La ausencia de unidad en Italia, que tanto lamenta Maquiavelo, fue, sin duda, la condición que produjo su ruptura con el pasado. No habiendo estado nunca encuadrada en un Estado único, Italia pudo ser entonces, frente al resto de Europa, algo así como lo que fue Grecia antaño para Roma. Si se supone la política de Federico II consiguiendo la unificación de Italia, Florencia resulta imposible. Con la conmoción de las tradiciones sociales y políticas, corre parejas la disolución de las costumbres y de la moral. Totalmente dominada por la Iglesia, la ética de la Edad Media había sido esencialmente ascética. Veía la perfección en el renacimiento. Para ella la vida laica era algo secundario e inferior; su ideal lo constituía el monje, e incluso los laicos lo creían así. De ahí la extraordinaria expansión de las fundaciones piadosas: monasterios,

conventos y hospitales edificados a porfía por los príncipes, la burguesía y la nobleza. Los que no viven dentro de los claustros quieren manumitirse de su inferioridad fundándolos, y asegurar su salvación atrayéndose una parte de sus méritos. De ahí la veneración que goza, no el sacerdote secular, sino el clero monástico; los príncipes que se hacían amortajar con un hábito de hermano menor, los mercaderes y los banqueros que ordenan a sus albaceas testamentarios restituir sus bienes mal adquiridos. ¡Cuántas conciencias atormentadas en los últimos momentos! Porque, a decir verdad, en el rigor de la norma teológica, todo provecho comercial, toda especulación afortunada, toda venta provechosa, son condenables como procedentes del pecado de avaricia; la doctrina del precio justo limita la ganancia al mínimum necesario para la manutención del vendedor y de su familia. Es preciso leer compilaciones como las de Cesáreo de Heisterbach (1180-1240) o de Tomás de Cantimpré (1201-1263), para hacerse una idea exacta de la mentalidad del siglo XIII respecto al comercio. Apenas puede representarse la caja fuerte del mercader sin imaginar al diablo en cuclillas en un rincón. La Iglesia no ha dejado de ampliar aquel texto de San Jerónimo: Homo mercator vix aut nunquam potest Deo placere. El ascetismo se une tan íntimamente a la concepción pesimista de la vida, que constituye la base del cristianismo medieval, y resulta imposible separarlo de ella. Reasumió su imperio bajo el choque de una potente excitación moral, y esto explica el prodigioso éxito de Svonarola en Florencia tan rica, tan lujosa y tan libertina de los fines del siglo XV, y los autos de fe (la quema) de joyas, adornos, instrumentos de música, de libros y de obras de arte, miserables vanidades mundanas, que provocaron sus sermones. Pero esto no era más que una llamarada momentánea, escapada de un hogar que se extingue bajo sus cenizas. En lo sucesivo, la vida es demasiado apremiante, demasiado absorbente y harto apasionante para que, incluso, los espíritus más nobles puedan sentirse a gusto dentro de una concepción que la condena. Los demás se abandonan a ella, y esto tanto más fácilmente cuanto que el clero, en su mayor parte, les da el ejemplo. Porque él mismo se deja arrastrar por la corriente. La corte pontificia exhibe el lujo más esplendoroso, y no hay nada que resulte menos edificante que la conducta de los sacerdotes seculares. Incluso los monjes, en la Iglesia atormentada y estremecida del siglo XV, tal vez especialmente los monjes, contribuyen al entibiamiento de la fe. Pero sin duda sus costumbres no justifican los ataques, los sarcasmos y el menosprecio que la literatura derrama tan ampliamente sobre ellos. Los claustros continúan siendo aún el asilo de un sinnúmero de almas nobles y puras. Pero, en su conjunto, ya no responden a la misión porque no se han adaptado a las necesidades y a alas exigencias del momento. La formación escolástica y mística de los monjes los hace demasiado ajenos a las ideas reinantes para que

puedan actuar todavía sobre ellas. La aristocracia letrada los consideraba representantes de una época pasada; le producen lástima, y entre la lástima y el desprecio, la distancia se franquea inmediatamente. Ellos mismos lo reconocen y se resignan a no ejercer ya más que un apostolado popular que los degrada porque no es ejercido voluntariamente. Por otro lado, su reclutamiento sólo se hace ya en el seno del pueblo y de la pequeña burguesía, y un sinnúmero de sus nuevos hermanos lo son, en verdad, para procurarse una vida asegurada al abrigo de la regla conventual. Se acabó para siempre el prestigio ejercido durante tanto tiempo por los franciscanos y los dominicos. Los laicos instruidos sólo hablan de ellos en tono burlesco, y los piadosos relatos que se transmitían antaño en relación con ellos ceden sus puestos a unas historias falaces e incesantemente renovadas por la crónica escandalosa. Será preciso esperar, para que los monjes vuelvan a ejercer su acción sobre el mundo, que aparezca una nueva orden, la de los jesuitas, en la que el ascetismo se apoderará, para poder combatir sus efectos, de la cultura moderna del espíritu. Y por otra parte, no hay que creer que los hombres del siglo XV perdieran el sentimiento religioso. Basta para demostrarlo citar la veneración que sentían por los cartujos. Un tirano como Juan Galeas Sforza ¿no rodeó a la Cartuja de Pavía con el más espléndido marco arquitectónico, como se cuaja de orfebrería una venerada reliquia? Pero los cartujos son seres puramente contemplativos, que no se mezclan en los asuntos mundanos, dejando que la sociedad, que tanto los admira y sobre la que no esperan actuar más que por la oración, se gobierne a sí misma. Al librarse el Renacimiento de la moral ascética de la Edad Media, no la substituyó con ninguna otra. Las almas más nobles y más fuertes se impusieron un ideal de virtud y de dignidad; para otras, la gloria fue el móvil dominante. Pero la mayoría parecía obedecer únicamente a las reglas de interés personal o se dejaba conducir por sus inclinaciones o sus pasiones. El relajamiento de los lazos conyugales, la frecuencia de los asesinatos, de los envenenamientos y de toda clase de perfidias en todos los rangos de la escala social, atestiguan una crisis moral indudable. Y, sin embargo, se ve apuntar, en medio de este desorden, el sentimiento de la libertad individual, el de la dignidad del hombre, el de la belleza, el de la energía y el de la responsabilidad del individuo ante su propia conciencia. ¿Sería demasiado atribuir al Renacimiento el haber presentido que la moral no puede consistir únicamente en un código de preceptos y que, para ser completa, necesita la libre adhesión de la personalidad? Indudablemente, ésa es una concepción aristocrática, por lo menos en el sentido de que muy pocos pudieron llegar a ella. Pero toda la obra del Renacimiento ¿no es aristocrática? ¿No se caracteriza especialmente oponiéndose en absoluto a la Edad Media con su casta sacerdotal que poseía el monopolio de la instrucción y de la ciencia, por

la formación de una minoría intelectual? ¿Y no es a esa minoría intelectual a la que debe su rasgo más asombroso y la que, especialmente en Italia, acaba dándole su fisonomía propia, la vuelta a la Antigüedad?. Ya sabemos que, en su acepción primitiva, el vocablo Renacimiento no significa más que renacimiento de la Antigüedad. Y, sin embargo, al emplearlo en este sentido se reduce singularmente su alcance. El cambio de ideas, de costumbres y de moral en el siglo XV no fue, como hemos visto, la consecuencia del cultivo de los autores clásicos. Proceden naturalmente de la vida social italiana. Si la literatura antigua hubiera tenido vigor para provocarlo, el Renacimiento se hubiera producido en el reinado de Carlomagno. Porque, en último término, casi todos los escritores latinos, que eran conocidos y estudiados desde aquella época, no dejaron de ser imitados hasta fines del siglo XII, y su influencie se descubre fácilmente en el estilo de un sinnúmero de cronistas. Especialmente Virgilio estaba colocado en un lugar de honor por los clérigos de la Edad Media, y era tan grande el respeto de que gozaba, que llegó a considerársele como un precursor del cristianismo. Dante se hace acompañar por él en el otro mundo, y en el homenaje que le rinde en la Divina Comedia hay un abismo. Dante no comprendió a Virgilio, ni podía comprenderlo. Para ello resultaba demasiado altamente, demasiado profundamente cristiano y místico. De toda la Antigüedad, lo que la Edad Media pudo sentir y gustar se reduce a algunas sentencias, a algunas historias y a algunas “moralidades”, tomadas en un sentido simbólico, pero no la forma ni el espíritu. Y esto, que es exacto refiriéndose a la literatura, lo es más aún en relación con el arte. Los maestros desconocidos que construyeron las catedrales romanas y las catedrales góticas tenían aún ante sus ojos un gran número de monumentos antiguos, y vivieron junto a ellos sin verlos. Su concepto de lo bello era exclusivo, como el de todas las escuelas poderosas y sinceras. Nada iguala a su incomprensión del arte clásico sino la incomprensión de que sería objeto tras el triunfo del Renacimiento el arte de la Edad Media. En realidad, ocurre con la influencia ejercida por la Antigüedad en el Renacimiento lo que con la influencia de la Edad Media sobre el romanticismo. Sin una orientación preliminar de los espíritus y de los sentimientos, ni la primera, a fines del siglo XIV, ni el segundo, a principios del XIX, hubieran conseguido un grupo tan numeroso y tan ferviente de adictos. Durante mucho tiempo se habían mirado sus obras sin saberlas ver, y se habían leído sus libros sin comprenderlos, cuando la venda que tenían sobre los ojos y cuando la autoridad que dominaba las inteligencias cesó de imponerse a su criterio. Lo mismo que sin el abandono del ideal clásico racionalista y cosmopolita del siglo XVI, la Edad Media no hubiera entusiasmado a los románticos, de igual suerte sin la liberación de la tradición

teológica y eclesiástica, los hombres del Renacimiento no hubieran encontrado en la Antigüedad una nueva fuente de ciencia y de belleza. Por otra parte, es preciso reconocer que la influencia de la Antigüedad ha sido incomparablemente más profunda y más fecunda en la época del Renacimiento que la de la Edad Media en el período romántico. En efecto, la Edad Media suministraba únicamente a los románticos el sentido de lo pintoresco y el color local. Por el contrario, la Antigüedad ofrecía al pensamiento laico, en el momento en que éste despertaba, un tesoro de ciencia y de humanidad adornado con todos los prestigios de la forma. Justamente cuando la Iglesia no satisfacía ya las necesidades del espíritu, éste se encontró, por dicha extraordinaria, con que un arte y una literatura incomparables se le ofrecían para satisfacerlo. Se salía de la catedral y, enfrente, se encontraba abierto de par en par el templo antiguo. No es sorprendente que el culto de la Antigüedad comenzase en Italia. De hecho no había cesado jamás. El recuerdo de Roma continuaba vivo. Véase ya Arnaldo de Brescia. Petrarca considera a los demás pueblos como bárbaros. Desde el momento en que los ojos se abren y advierten la belleza antigua, se cree encontrar un lazo de familia. El arte de la Edad Media fue tachado de gótico. El griego llega de Bizancio. Aquí sólo es posible esbozar a grandes rasgos la fisonomía del humanismo italiano del siglo XV. A pesar de sus exuberancias y de sus salidas de tono, no ha dejado de actuar de modo permanente sobre el pensamiento moderno. En primer lugar ha hecho del latín, no del latín escolástico de las universidades y de los juristas, lenguaje de escuela y de negocios que sacrifica enteramente la forma a la claridad, sino del latín clásico, correcto y elegante, el idioma internacional de todas las personas cultas, hasta nuestros días. Ha creado para el uso de los laicos una cultura uniforme bastante parecida, por su exterior, a aquella cuyo monopolio conservó hasta entonces el clero. Con esto concluyó la constitución de esa aristocracia intelectual que la evolución social suscitaba en el seno de la nación. Pero hizo más aristocratizando al mismo tiempo el desarrollo de todas las literaturas modernas. Los escritores, formados en el estudio de los clásicos, han transmitido a las lenguas nacionales el ideal de belleza que allí descubrieron. El escribir se convirtió en un arte; un arte que se inspira en la Antigüedad no se somete a ella y conserva la misma libertad que la escultura y la arquitectura del Renacimiento manifiestan por sui lado respecto a sus modelos griegos y romanos. Se asimilan las formas y el pensamiento antiguo sin dejarse dominar por ellos. Los espíritus se hallan lo suficientemente liberados para conservar su independencia y no abdicar su personalidad ni su originalidad. Se imita, o incluso si se quiere se copia a los antiguos cuando se escribe en latín. Pero en cuanto se utiliza la lengua nacional se procura rivalizar con ellos libremente, y la emulación sustituye a la imitación. La

admiración por la Antigüedad y sus lecciones sólo han servido para suscitar y afinar, sin ahogarlo, el genio creador. Esto es tan cierto en un Donatello, un Andrea del Sarto, un Bramante, un Rafael, como en un Ariosto, un Tasso, un Guicciardini o un Maquiavelo. Estos dos últimos nombres recuerdan que la literatura nacional, a medida que aumenta en belleza, se extiende y se profundiza por el pensamiento. El latín seguirá siendo aún mucho tiempo la lengua científica. Pero ya no posee se monopolio. Las lenguas modernas son ahora lo bastante flexibles y lo bastante ricas para prestarse a la expresión de las ideas más altas, y el que se sirve de ellas está seguro de encontrar lectores entre esa aristocracia intelectual en la que se ha despertado el afán de pensar. La curiosidad es universal. De la filosofía antigua, sólo se conocía a Aristóteles y la imagen que de él hicieron los escolásticos lo había desacreditado. Por eso se va con mayor entusiasmo hacia el platonismo. La literatura griega, que, desde antes de la toma de Constantinopla por los turcos, los refugiados bizantinos descubrieron a Italia, abre nuevos horizontes al espíritu. Incluso algunos precursores sueñan ya con ir más lejos y acometen los estudios hebraicos y la filología oriental. Por último, las ciencias exactas comienzan su gloriosa carrera. La física, la astronomía y las matemáticas florecen en esta primavera del pensamiento moderno que presta a la Italia del siglo XV su incomparable encanto. Importa no olvidar que Copérnico estudió en Padua y en Bolonia, y que los trabajos científicos de Toscanelli y de Luca Paccioli contribuyeron ampliamente al descubrimiento del Nuevo Mundo.

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