Batthyány Trabajo no remunerado y división sexual del trabajo. Cambios y permanencias en las familias.pdf, Otro de Pedagogía. Universidad de Buenos Aires
Martin.Pintos
Martin.Pintos13 de julio de 2017

Batthyány Trabajo no remunerado y división sexual del trabajo. Cambios y permanencias en las familias.pdf, Otro de Pedagogía. Universidad de Buenos Aires

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Trabajo no remunerado y división sexual del trabajo Cambios y permanencias en las familias

Karina Batthyány1

Desde hace un tiempo, particularmente desde que se esclareció que el problema no son las mujeres sino las relaciones entre mujeres y varones, nos hemos acostumbrado a hablar del concepto de género. Este concepto ha sido analizado y definido desde todos los ángulos y, a pesar de ello, sigue siendo de difícil apropiación y origen de grandes polémicas. La introducción del concepto de género en los análisis sociales trajo consigo una serie de rupturas episte- mológicas enlas formas en que se había entendido la posición de las mujeres en las distintas sociedades humanas. En este marco, otra categoría central es la división sexual del trabajo.

En todas las sociedades y en todos los tiempos, los adultos se han visto en la necesidad de realizar tres actividades esenciales. En primer lugar, eltrabajo productivo, de carácter so- cial, colectivo, mediante el que se producen los bienes que constituyen, en conjunto, la riqueza social. La forma en que este trabajo es organizado depende de las condiciones históricas de cada sociedad, lo que da lugar a los distintos modos de producción que se verificaron a lo largo de la historia. En segundo lugar, el trabajo doméstico, de carácter individual, con el que se satisfacen las necesidades cotidianas como la alimentación, la higiene, la salud y el mante- nimiento de la vivienda. En tercer lugar, la crianza de los hijos por medio de la que se inculcan y transmiten los usos y costumbres propios de la comunidad, garantizando de esta manera la reproducción del imaginario cultural de la sociedad.

El trabajo productivo es realizado dentro de un período de tiempo, horas, cantidad de años, siendo muy variable de acuerdo al modo de producción y organización social de cada comunidad. En contraposición al trabajo productivo, el trabajo doméstico debe llevarse a cabo todos los días a lo largo de la vida de las personas. Si no lo realizan, sin importar los motivos –posición social, razones de edad o salud–, otros deben hacerlo por ellas, de manera que estas personas realizan un trabajo doméstico múltiple. Lo mismo ocurre con la crianza de los hijos, supuestamente a cargo de ambos progenitores, que debe cumplirse a lo largo de años, todos los días y a toda hora.

1 Doctora en Sociología, Profesora Adjunta e Investigadora del Área de Sociología de Género del Departamento de Sociología. FCS. UdelaR.

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La participación femenina por excelencia ha ocurrido y ocurre, de forma tradicional en el ambiente privado de la reproducción y de la vida familiar. Consecuentemente las áreas de ocupación de las mujeres se desarrollan alrededor del hogar: educación de los hijos, temas de salud, bienestar social e higiene. Las mujeres han sido impulsadas a interesarse por asuntos específicos dentro de la sociedad humana relacionados con el hogar. El papel de los varones, por el contrario, comprende la vida pública dominada por los negocios, la economía, la indus- tria, la energía, las relaciones internacionales, la política y el gobierno.

El hecho es que las actividades del ámbito público son históricamente y estructuralmente masculinas, a pesar de que parecieran no tener género. La estructura societal fomenta la par- ticipación masculina en la vida pública y desanima a las mujeres a dejar el hogar o a perseguir carreras fuera de las áreas tradicionales de empleo femenino. Estas son, en definitiva, las bases subjetivas de la división sexual del trabajo que se traducen en elementos objetivables en el marco de los sistemas de género.

En la actualidad la promoción de la igualdad de género tiene como una de sus estrate- gias centrales la transformación de la división sexual del trabajo, pues esta ha sido reconocida como el fundamento de la subordinación económica, social y política de las mujeres. Debido a la existencia de la división sexual del trabajo, la responsabilidad principal por el trabajo remune- rado permanece en los hombres y la correspondiente al trabajo no remunerado sigue estando a cargo de las mujeres, al menos en términos típicos ideales. El trabajo no remunerado que se realiza principalmente en el ámbito privado, no es considerado en cuanto a su contribución al desarrollo económico y social. Por ello no es tomado en cuenta cuando se diseñan políticas pú- blicas ni es reconocido para el acceso a la protección social de quienes lo hacen. Si bien las mu- jeres van logrando mayor autonomía, al conquistar de forma progresiva mayores espacios en su ingreso y permanencia en el mundo laboral, se produce un vacío que dificulta la organización de los tiempos del trabajo remunerado y no remunerado basado en la división sexual del trabajo tradicional, aún predominante, que exigen que las mujeres compensen la insuficiencia de los servicios públicos y los efectos desgastantes del trabajo remunerado, con su propio trabajo.

El resultado es un esquema inequitativo de oportunidades e incentivos en el que las mujeres no solo subsidian al mercado, sino que se profundiza la desigual distribución social de las responsabilidades. Se han producido muchos cambios en las leyes, en el acceso a la educa- ción, en el empleo, en la participación en la cultura e incluso en la presencia de las mujeres en la política. Sin embargo, en muchos aspectos de la vida cotidiana, pública y privada las cosas siguen funcionando como si la antigua división de tareas fuera un orden natural inalterable.

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En las últimas décadas las crisis económicas en Latinoamérica, las transformaciones de los Estados y la orientación de las políticas sociales se encaminaron a privatizar la res- ponsabilidad por el bienestar social, transfiriendo a otras esferas −familias, comunidades y mercado− tareas que en ciertos casos los Estados dejaron de cumplir. Surgen también nuevas necesidades que se vinculan al aumento de la población dependiente de adultos mayores y al

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incremento generalizado de la actividad económica de las mujeres, en particular, aunque no exclusivamente, de las trabajadoras que son madres. Esto plantea en nuevos términos la pre- gunta de las obligaciones y los derechos al cuidado de los integrantes de las familias y de las responsabilidades estatales en este terreno.

En América Latina las enormes desigualdades sociales están estrechamente vinculadas con la provisión desigual de cuidado familiar y social, lo que conforma un verdadero círculo vicioso. Quienes tienen más recursos disponen de un mayor acceso a cuidados de calidad a pesar de tener menos miembros del hogar que cuidar. Y al contrario, aquellos que disponen de menores recursos para acceder a los cuidados mercantiles y que tienen más cargas de cuidado acumulan desventajas por el mayor peso del trabajo doméstico familiar, por las dificultades en el acceso a los escasos servicios públicos y la necesidad de recurrir a cuidadoras “informales”.

En todos los países de la región la tasa de actividad de las mujeres de 20 a 44 años con hijos aumentó en los últimos años, así como la aspiración de autonomía económica y de posibilidades de desarrollo personal. A su vez, es conocida la influencia que el tener hijos y particularmente más de uno, tiene sobre la tasa de actividad de las mujeres2. Sin embargo, la provisión pública de servicios de cuidado ha tenido escaso desarrollo. Los servicios para los más pequeños solo están dirigidos a los sectores más pobres de la población y con niveles bajos de cobertura, al mismo tiempo que se va desarrollando una creciente mercantilización del cuidado infantil para los sectores sociales que pueden pagarlos; la situación es similar con los servicios destinados a los adultos mayores dependientes.

1 Para el caso del Uruguay, por ejemplo, la tasa de actividad de las mujeres de 14 a 49 años es del 65,4% cuando no hay menores en el hogar, del 63,4% cuando hay un menor, del 55,4% cuando son dos los menores, del 48,2% cuando son tres y del 41,5% cuando hay cuatro y más menores en el hogar. Véase por ejemplo Batthyány, Cabrera y Scuro (2007).

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Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2007 (LC/G.2356-P), marzo, Santiago de Chile. Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: E/S.08.

II.G.1, 2008.

Si bien, como se ha señalado en numerosos estudios en la región, la disponibilidad de ingresos propios ciertamente constituye un pilar en la autonomía de las personas, la libertad de las mujeres para optar a un trabajo remunerado está limitada por el equilibrio posible de establecer entre el trabajo remunerado y las responsabilidades dentro del hogar. Así, la natura- leza de las opciones que mujeres y varones enfrentan en la búsqueda de la igualdad de género dependen, en buena parte, del grado en que las políticas consideren de manera integrada los ámbitos del mercado laboral y del cuidado requerido por los miembros del hogar –niños, viejos, enfermos–.

Un elemento bastante útil que se ha desarrollado en la región en los últimos años son las Encuestas sobre Uso del Tiempo (EUT), que nos permiten aproximarnos empíricamente a la di- visión sexual del trabajo dentro de los hogares y observar cambios y permanencias. Aun cuando las EUT realizadas en los diferentes países no son comparables entre sí, pueden encontrarse tendencias interesantes:

i) la carga global de trabajo femenina es mayor a la masculina;

ii) los hombres tienen una menor participación e invierten menos tiempo en las actividades domésticas y de cuidado;

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iii) las mujeres destinan en promedio más del doble de tiempo semanal que los varones al cuidado de niños y otros miembros del hogar. El mayor tiempo dedicado a estas activi- dades por las mujeres se incrementa de manera notable en los tramos del ciclo vital aso- ciados a la tenencia de niños y niñas, mientras que en el caso de los varones, el tiempo permanece prácticamente constante durante todo su ciclo vital;

iv) la jornada de trabajo total de las mujeres dedicada a labores remuneradas y no remunera- das es mayor que la de los varones. La participación laboral remunerada de las mujeres es menor cuando existen niñas y niños en edad preescolar;

v) cuando las mujeres trabajan remuneradamente, aun cuando lo hacen a tiempo completo, la distribución de las tareas domésticas y de cuidado sigue siendo desigual;

vi) el tiempo de trabajo remunerado en promedio de las mujeres es inferior al de los varones, debido a la necesidad de atender las responsabilidades domésticas y familiares; y

vii) el trabajo del cuidado de niños, enfermos y adultos mayores aumenta la participación y el tiempo invertido por las mujeres en las actividades domésticas. Además, este se incrementa con la presencia en el hogar de menores en edad preescolar, mientras que el de los hombres tiende a permanecer estable.

Fuente: Elaboración sobre la base de Vivian Milosavljevic y Odette Tacla, “Incorporando un módulo de uso del tiempo a las encuestas de hogares: restricciones y potencialidades”, serie Mujer y desarrollo, Nº 83 (LC/L.2709-P), Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), julio. Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: S.07.II.G.57, 2007; INE 2008; y Rosario Aguirre, “El futuro del cuidado”, Futuro de las familias y desafíos

para las políticas, Irma Arriagada (ed.), Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)/SIDA/Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM)/Fondo de Población de las Nacio-

nes Unidas (UNFPA), 2008.

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Fuente: Elaboración sobre la base de Vivian Milosavljevic y Odette Tacla, “Incorporando un módulo de uso del tiempo a las encuestas de hogares: restricciones y potencialidades”, serie Mujer y desarrollo, Nº 83 (LC/L.2709-P), Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), julio.Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: S.07.II.G.57, 2007; INE 2008; y Rosario Aguirre, “El futuro del cuidado”, Futuro de las familias y desafíos

para las políticas, Irma Arriagada (ed.), Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)/SIDA/Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM)/Fondo de Población de las Nacio-

nes Unidas (UNFPA), 2008.

Las tendencias señaladas muestran la vigencia de la segmentación entre varones y mu- jeres, prevaleciendo los estereotipos de género asociados a la división sexual del trabajo tradi- cional. Una evidencia indiscutible en América Latina es la transformación de las familias y sus fuentes de ingresos, pero falta un proceso mucho más importante que es la transformación cul- tural. De acuerdo a los datos entregados por las Encuestas sobre el Uso del Tiempo, a pesar de la mayor participación de las mujeres en el trabajo remunerado, ellas siguen dedicando muchas horas a las labores dentro del hogar. Los varones, en cambio, no han asumido de manera equi- valente la corresponsabilidad de las tareas domésticas y de cuidado, sin embargo, el problema cultural no es solo masculino. El funcionamiento de las sociedades, en general –con sus reglas no escritas, instituciones y horarios–, aún descansa en el supuesto de que hay una persona dedicada por completo al cuidado de la familia. Esta situación afecta sobre todo a las mujeres –quienes ven limitadas sus alternativas laborales y se enfrentan a jornadas extenuantes–, y en particular a las más pobres, quienes de acuerdo a las estadísticas mencionadas, son las que más tiempo destinan a las tareas del hogar. El uso del tiempo tal como se da en la actualidad, reproduce las desigualdades socioeconómicas y de género que caracterizan a la región.

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Cuidado infantil: un caso particular de análisis

Un caso particular para analizar la naturaleza del contrato de género de las familias lo constituye el cuidado infantil, especialmente en los hogares biparentales. Las evidencias inter- nacionales, regionales y nacionales nos muestran el rol preponderante de las mujeres y sobre todo de las madres en el cuidado infantil, en todas las tareas y para todas las edades de los niños. Estas labores son más intensivas y consumidoras de tiempo cuanto menor edad tiene el niño o la niña. A su vez, como mencionamos, las posibilidades de acceder a servicios de ayuda o cuidado están condicionadas por la edad de los niños y por el nivel económico de los hogares. La edad más demandante y con menor cobertura universal es la de los niños menores de 3 años.

De acuerdo a los últimos datos disponibles de la Encuesta sobre Uso del Tiempo de 2007 para el Uruguay (Batthyány, 2009), los hogares en los que más tiempo se destina al cuidado infantil son aquellos con niños menores de 3 años. La dedicación semanal en estos casos as- ciende a casi 40 horas. Cuando el menor de los hijos tiene de 4 a 5 años, el número de horas se reduce de manera significativa (23 horas) y continúa descendiendo en los hogares donde la edad del niño más pequeño es superior a los 6 años. A su vez –siempre analizando los datos para el caso del Uruguay–, la división sexual del trabajo de cuidado infantil dentro de los hoga- res sigue líneas de género muy definidas en el tipo de tareas que realizan mujeres y varones y también en la intensidad y cantidad de tiempo dedicado a ellas. La división no es solo cuantita- tiva, sino también cualitativa. Las mujeres participan y destinan más tiempo en prácticamente todas las tareas de cuidado infantil, pero además concentran su participación en aquellas que demandan cotidianeidad, sistematicidad de horarios y obligatoria realización. Los varones por su parte, se involucran menos en el cuidado y su participación mayoritaria se da en las tareas que no demandan un desarrollo cotidiano y que son más flexibles en la dedicación de tiempo.

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Uruguay: distribución porcentual de la participación de mujeres y varones en las actividades del cuidado infantil, EUT 2007

Fuente: Karina Batthyány, “Cuidado de personas dependientes y género”, Las bases invisibles del bienestar social. El trabajo no remunerado en Uruguay, Rosario Aguirre (ed.), Montevideo, Instituto Nacional de Esta-

dística (INE)/Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES)/Universidad de la República (UDELAR)/Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), 2009.

La división cuantitativa del cuidado infantil no depende del trabajo remunerado que varo- nes y mujeres realicen ni del tiempo destinado a este. Obsérvese en el siguiente cuadro que existe una diferencia significativa en todos los casos entre mujeres y varones, siendo la más marcada la que corresponde a los no ocupados en tareas remuneradas: las mujeres cuando no están ocupadas dedican casi cinco veces más tiempo que los varones en la misma situación. La brecha menor, de todas formas pronunciada al estar próxima a dos, se observa en los casos de los sobreocupados (con semanas de trabajo remunerado superior a las 40 horas).

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Uruguay: tiempo dedicado al cuidado infantil según tiempo destinado al trabajo remunerado por sexo, EUT 2007

Horas semanales de TR Mujeres Varones Diferencia entre mujeres y varones No ocupado – 0 horas 14 3 4,7 Hasta 20 horas 16 6 2,6 21 a 40 horas 13 6 2,2 41 horas y más 11 6 1,8 Total 14 6 2,3

Fuente: Karina Batthyány, “Cuidado de personas dependientes y género”, Las bases invisibles del bienestar social. El trabajo no remunerado en Uruguay, Rosario Aguirre (ed.), Montevideo, Instituto

Nacional de Estadística (INE)/Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES)/Universidad de la Repú- blica (UDELAR)/Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), 2009.

Atención particular –cuando se analiza la división sexual del trabajo dentro de las familias– merecen los hogares biparentales, en cuanto son el tipo de hogar en los que ambos miembros de la pareja conviven con sus hijos, compartiendo, por lo tanto, todo lo que implica la convi- vencia: techo, economía doméstica y las tareas de cuidado infantil. Y son, además, aquellos hogares que en teoría podrían ser más equitativos por encontrarse padres y madres presentes y en “igualdad de condiciones” para prestar atención y cuidado a sus hijos. Nuevamente de acuerdo al último dato disponible para el Uruguay, se observa que la proporción para el total de las tareas en los hogares biparentales realizadas por las mujeres es del 71%, mientras que la de los varones es del 29%. En otras palabras, para el conjunto de las tareas, las mujeres hacen dos veces y medio el trabajo que hacen sus cónyuges en los hogares biparentales.

Uruguay: proporción de las tareas que realizan varones y mujeres en hogares biparentales, EUT 2007

Cuidado de niños Mujeres Varones Relación entre mujeres y varones Darle de mamar o comer 79 21 3,8 Bañar y vestir algún niño 86 14 6,1 Llevar a la guardería, al jardín, o a la escuela 70 30 2,3 Llevar al centro de salud 74 26 2,8 Ayudar en las tareas escolares 79 21 3,8 Jugar con ellos 55 45 1,2 Llevar de paseo 63 36 1,7 Promedio total tareas 71 29 2,4

Fuente: Karina Batthyány, “Cuidado de personas dependientes y género”, Las bases invisibles del bienestar social. El trabajo no remunerado en Uruguay, Rosario Aguirre (ed.), Montevideo, Instituto Nacional de Estadística (INE)/Instituto

Nacional de las Mujeres (INMUJERES)/Universidad de la República (UDELAR)/Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), 2009.

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La distribución de las tareas de cuidado infantil entre los miembros de la pareja en ho- gares biparentales dista bastante de ser equitativa, ya que se observa de forma notoria la pre- ponderancia de las mujeres en todas ellas. La división sexual del trabajo dentro de los hogares biparentales en relación con el cuidado infantil está claramente marcada, debido a la sobrepar- ticipación de las mujeres respecto de sus pares masculinos. Es, por lo tanto, en este tipo de hogares, en que ambos miembros de la pareja comparten un mismo hogar, donde la atención y el cuidado de los niños es una tarea que se distribuye de forma desigual.

La desigual distribución entre los miembros de la pareja de las tareas de cuidado infantil, podría atribuirse a que la carga de trabajo remunerado femenino es menor que la masculina, o incluso a que las mujeres “están en su casa para cumplir este tipo de tareas”. Sin embargo, si observamos la distribución de estas tareas entre los miembros de la pareja, en función de si alguno de ellos o ambos trabajan remuneradamente, encontramos que el tiempo semanal promedio que dedican las mujeres es siempre mayor al de los hombres. Como se observa en todas las situaciones, las mujeres dedican más tiempo al cuidado infantil que los hombres. Una mujer –en promedio– dedica 21 horas y media al cuidado infantil, mientras que un hombre en la misma situación dedica 13 horas. A su vez, en el otro extremo, una mujer ocupada con más de 40 horas laborales a la semana, dedica 14 horas, mientras que el hombre 9. Esto da una brecha del 1,5, por lo que la diferencia constatada no sería atribuible al trabajo remunerado, sino a la vigencia de contratos de género tradicionales que feminizan el cuidado infantil y lo convierten en una tarea “naturalmente” femenina. Por lo tanto, la responsabilidad o atribución principal del cuidado infantil de los menores está ligada a la esfera privada.

Recordemos, coincidiendo con lo expuesto en trabajos anteriores3, que uno de los in- dicadores del “contrato de género” definido por Pfau-Effinger (1993) es justamente el campo social, esfera privada o pública, a la que se asigna la responsabilidad prioritaria del cuidado y la educación infantil, lo que da cuenta de contratos más tradicionales o modernos de género4.

Reflexiones a futuro

De acuerdo a los elementos planteados, se pueden sintetizar los principales conflictos de género que se presentan y que son recurrentes en la cotidianidad:

i. la existencia en la práctica de una estructura tradicional de roles e identidades de género que, en el caso de la mayoría de las mujeres, se manifiesta en la asunción del rol de mujer cuidadora. En teoría esta división sexual del trabajo debería estar agotada y así, mujeres

3 Por ejemplo Batthyány (2004). 4 Esta noción de contrato de género corresponde a la idea según la que en cada contexto nacional existe un

consenso sociocultural en cuanto a las normas de interacción entre los sexos. La naturaleza del contrato de género en cada sociedad puede identificarse, según Pfau-Effinger, sobre la base de los siguientes indicadores: un primer indicador constituido por los campos sociales que conforman las esferas principales de integración social de los hombres y las mujeres; un segundo indicador es el grado de institucionalización de la igualdad, de la desigualdad o de la complementariedad entre los sexos en la sociedad; un tercer indicador está determinado por el campo social al que se asigna el cuidado y la educación de los niños de manera prioritaria (esfera privada- esfera pública); y un cuarto indicador es la importancia relativa de la vida en pareja comparada con otros tipos de modo de vida (familias monoparentales, unipersonales y vida comunitaria, entre otras).

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y hombres participarían de los diferentes ámbitos de la sociedad. En la práctica, esto no ocurre en condiciones de igualdad ni mucho menos con la misma intensidad en todos los países;

ii. la dinámica del mundo productivo que penaliza a las mujeres al superponer al rol de cui- dadoras de otras personas el rol de productoras; y

ii. a pesar de que en algunos países los hombres han empezado a asumir las responsabili- dades familiares y de cuidado, todavía son pocos los que lo hacen de manera efectiva y suficiente como para alterar la división sexual del trabajo predominante.

El trabajo de las mujeres y las transformaciones del mercado laboral y de las familias ponen en cuestión los supuestos del bienestar basados en la familia y en el ciclo vital caracte- rístico. Los cambios en las formas de vivir en familia y los cambios en el mercado de trabajo no han provocado acciones públicas suficientes para atender a las nuevas necesidades sociales emergentes, especialmente las de cuidado. Comienzan a observarse en algunos países esfuer- zos aún tímidos de análisis de las diferentes configuraciones posibles para resolver el reparto del trabajo de cuidado, sus aspectos financieros y su incidencia sobre la igualdad de oportuni- dades entre las mujeres y los hombres en el plano laboral y familiar.

Surge claramente la necesidad de abordar el tema de la división sexual del trabajo, sobre todo en relación con el trabajo no remunerado doméstico y de cuidado como un problema pú- blico y no como un problema privado. En primer lugar, porque los hechos relativos al cuidado de los dependientes no son algo propio y exclusivo de la esfera privada, sino que deben formar parte del debate sobre los derechos de ciudadanía y sobre la democracia. En segundo lugar, porque tanto las ciudadanas como los ciudadanos son autosuficientes y dependientes, a la vez, por más que haya períodos de la vida en que prevalece la autosuficiencia y otros en los que prevalece la dependencia. La consideración del cuidado y de la dependencia conduce a tener en cuenta que dependemos unos de otros y que todas las personas necesitan de las familias, de la sociedad y de la comunidad, pues estas les proporcionan soporte a lo largo del curso de la vida. En tercer lugar, porque siendo las mujeres quienes contribuyen en forma desproporcio- nada al bienestar social por medio de todos los servicios no remunerados, es justo que deban subirse los presupuestos en aquellas partidas que afectan mayor y directamente a las mujeres, como es el caso del cuidado de las personas dependientes −niños, mayores, enfermos y min- usválidos, entre otros−.

Desde el punto de vista de las políticas sociales, se trataría de encontrar el punto óptimo de encuentro que evite los dilemas que suelen enfrentar las mujeres en las sociedades contem- poráneas:

i. las situaciones en las que la mujer se ve forzada a elegir entre tener hijos y trabajar;

ii. la situación falsamente emancipadora que incentiva tan solo la inserción profesional de la mujer, lo que es una evidente violación de sus derechos reproductivos; y

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ii. la opción claramente conservadora de familismo extremo, que tan solo protege la perma- nencia de la mujer en las actividades de cuidado, comprometiendo sus posibilidades de ingresar o de volver al mercado de trabajo.

La creación de un nuevo contrato de género en el sistema de bienestar no se realizará de forma automática; es un cambio estructural imprescindible y necesita de algo más que voluntad política. Es fundamental una orientación de las políticas públicas hacia el objetivo de modificar la división sexual del trabajo tradicional y establecer como principios básicos de funcionamiento el de la corresponsabilidad. En el ámbito privado el objetivo es promover cambios culturales que flexibilicen la división sexual del trabajo. En el ámbito público se trata de impulsar el cuidado como responsabilidad social.

El Estado puede sensibilizar a la población –mediante la educación formal y los medios de comunicación– para apoyar las transformaciones de pautas, costumbres y valores y las subjetividades que demandan la modificación de los contratos de género y generacionales. Se trata, por lo tanto, de promover un nuevo contrato que permita compartir el trabajo asalariado, las responsabilidades familiares y el cuidado de las personas dependientes, el poder y la toma de decisiones, en definitiva compartir la vida.

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