CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ, Ejercicios de Relaciones Internacionales. Universidad Complutense de Madrid (UCM)
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CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ, Ejercicios de Relaciones Internacionales. Universidad Complutense de Madrid (UCM)

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Asignatura: Historia Política y Social del Mundo Contemporáneo, Profesor: Fernando del Rey Reguillo, Carrera: Relaciones Internacionales, Universidad: UCM
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CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ

Nunca un territorio de tan pocos kilómetros, una tierra árida y baldía, ha sido tan disputado como los que

ocupan Cisjordania, la Franja de Gaza e Israel. Desde la Palestina bíblica, se han sucedido numerosas batallas

por su conquista. En cuanto al conflicto entre palestinos e israelíes, basta con recordar los últimos cien años y

observar cómo ha sido un territorio que ha sufrido directamente las consecuencias de las dos grandes guerras,

la colonización británica y que terminó resquebrajándose tras la declaración de independencia de Israel.

Sucesivas guerras con los países árabes vecinos y la intrusión de potencias externas en las negociaciones han

llevado a trasladar el problema a escala internacional.

El conflicto palestino-israelí es considerado como uno de los más complejos a nivel mundial y se ha

caracterizado, además, por su enorme impacto regional e internacional. En su seno está la pugna de dos grupos

étnicos y la disputa de dos nacionalismos por una misma área geográfica. No obstante, la constatación de su

trascendencia se dio ya desde su origen, atravesando más allá del aspecto religioso, ubicándose en el campo

político, económico y militar.

Según diferentes interpretaciones, el origen del conflicto puede rastrearse décadas o siglos atrás. Algunas se

remontan a la expulsión de población judía de la zona por los poderes romanos en los comienzos de la era

cristiana. Otras apuntan a finales del siglo XIX, cuando la inmigración judía al territorio de Palestina bajo

control otomano comienza a incrementarse; o a principios del siglo XX, como consecuencia de un esquema

colonial, tras el establecimiento del mandato británico en Palestina después de la Primera Guerra Mundial.

En este sentido, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los problemas del mundo actual que tienen

como precedente inmediato la 2GM, la conflictividad en la región del Oriente Próximo y Medio hunde sus

raíces en la 1GM, que predeterminó el trazado de fronteras y el nacimiento del Estado de Israel.

Los orígenes del conflicto tienen un claro sabor colonial: en la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña hizo

tres promesas contradictorias para ganar aliados contra los otomanos, que combatían junto a los imperios

alemán y austrohúngaro. A los árabes les prometió la independencia; a los judíos europeos les ofreció un

Hogar Nacional - en Palestina- (Declaración Balfour, 1917) y, de forma secreta, pactó con Francia el reparto

de los territorios árabes entonces bajo control turco (Acuerdos de Sykes-Picot, 1916).

La Primera Guerra Mundial fue el caldo de cultivo de todos estos factores, y cambió no sólo el marco político

y territorial de Oriente Medio, sino también el juego de los grupos de presión y de intereses económicos y

políticos, configurando una nueva situación, que con tensiones y conflictos ha marcado de manera decisiva su

evolución histórica hasta el momento presente.

Por tanto, puede decirse como síntesis que sobre Oriente Medio actuaron cuatro fuerzas históricas, cuyo juego

va a determinar toda la evolución de la zona hasta nuestros días. De estas cuatro fuerzas, dos son de carácter

externo a la región al estar constituidas por la ocupación e intervención exterior sobre los pueblos de la zona:

- En primer lugar, la fuerza en retroceso del Imperio Otomano, que hasta entonces había sido la potencia dominante y que al ser derrotada en la guerra como aliada de Alemania tiene que abandonar su secular

ocupación y soberanía sobre los territorios árabes;

- Y, en segundo lugar, la fuerza en ascenso de Gran Bretaña y Francia, que, como aliadas vencedoras en la Gran Guerra, intervienen en la región para llenar el vacío dejado por Turquía y controlar a los países

árabes, movidas por dos tipos de intereses: por un lado, políticos, primero como adversarios de los turcos,

aliados a su vez de los alemanes, y, posteriormente, contra los soviéticos; y por otro, económicos, con el

fin de controlar el petróleo de la zona.

Y las otras dos fuerzas son propias de los pueblos que habitan en la región y sobre la que alegan derechos

históricos, por lo que contienen un carácter nacional de diverso significado y formulación:

- Por un lado, el nacionalismo árabe, que es expresión de un resurgimiento y renovación de los pueblos árabes que, liberados del dominio otomano, aspiran a crear una gran nación árabe independiente;

- Por el otro, el movimiento sionista, que en este momento alcanzó su madurez y el reconocimiento internacional de su derecho para constituir un Estado judío en Palestina.

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Por lo tanto, emplazándonos en la coyuntura política y geoestratégica de la 1GM, la presencia económica y

militar de las grandes potencias en Oriente Medio y la importancia de la región como fuente de

aprovisionamiento, y sobre todo como vía de paso, hacían inevitables las consecuencias del conflicto europeo

para estos territorios.

Gran Bretaña, que deseaba favorecer el levantamiento de los árabes contra los turcos para derrotarles y

expulsarlos de la región al tiempo que proyectaba imponer su propio dominio sobre la zona por razones tanto

políticas como económicas, estableció negociaciones con Hussein del Hedjaz, quien, a su vez, entró en tratos

con los otros grupos nacionalistas del Creciente Fértil.

Hussein aspiraba a transformarse, con la ayuda británica, en el rey de una nación árabe, independiente y unida.

La marcha de las negociaciones árabe-británicas y de la formación de varias naciones árabes con distintos

regímenes e instituciones bajo la tutela occidental franco-británica, atraviesa varios momentos.

El hachemita Hussein entró en contacto con los británicos en El Cairo en 1914, y en octubre Kitchener dirigió

a Abdullah, hijo de Hussein, un mensaje prometiéndole la ayuda de Gran Bretaña contra toda agresión exterior

y su apoyo en favor de la "nación árabe".

Hussein vio así la oportunidad de materializar su proyecto de creación de un gran reino árabe independiente

integrado por todos los territorios árabes, hasta entonces bajo la tutela otomana, del que sería el soberano.

Entre julio de 1915 y enero de 1916 el nuevo alto comisario británico McMahon estableció una negociación

por medio de cartas cruzadas con Hussein; la llamada "correspondencia Hussein- McMahon".

Hussein proponía una alianza con un doble objetivo: la rebelión árabe contra los turcos, y su reconocimiento

por parte de Gran Bretaña como "rey de los árabes". Inglaterra se vería comprometida después por sus

promesas concernientes a la "liberación de los árabes".

En junio de 1916 se inició la "revuelta árabe" contra los turcos contando con la ayuda británica; entre otros,

la del famoso Lawrence de Arabia; y las fuerzas árabes dominaron y controlaron gran parte de la región,

desde el Creciente Fértil hasta el sur de Arabia.

En noviembre de 1916 Hussein se proclamó "rey de los árabes", aunque siendo reconocido por Gran Bretaña

y Francia sólo como "rey de la región del Hedjaz".

Desde comienzos de 1917, Gran Bretaña revela los verdaderos objetivos de su política en Oriente Medio,

contando con la colaboración de Francia: el dominio sobre Palestina y Mesopotamia con el fin de asegurar,

por un lado, el control de los Santos Lugares y la cooperación del sionismo internacional, y por otro, el dominio

de los campos petrolíferos de Irak. Al mismo tiempo se eliminaban todos los obstáculos sobre la famosa "ruta

de las Indias".

Gran Bretaña y Francia mantuvieron negociaciones sobre sus respectivos intereses y compromisos en la

región, que llevaron en mayo de 1916 a los acuerdos Sykes-Picot, por la que los países árabes quedaban

divididos en zonas de influencia británica y francesa, que configuraban los futuros Mandatos.

La ambiciosa estrategia británica suponía indispensable la cooperación de los árabes. La coalición angloárabe

obligó rápidamente a los turcos a evacuar Palestina y Siria. Las tropas árabes continuaron la lucha ocupando

Damasco en octubre de 1918, llevando a la cabeza al emir Feysal, hijo y representante personal del rey

Hussein. El Hedjaz fue considerado estado beligerante, participando en la firma de los tratados de paz de París

en 1919-1920.

Pero los acuerdos Sykes-Picot entraban en contradicción con las promesas hechas a las aspiraciones nacionales

árabes, y afectaban también a la Declaración Balfour, compromiso al que llegaron Gran Bretaña y los sionistas

para crear un hogar judío en Palestina.

Lo grave y contradictorio de este compromiso es que chocaba frontalmente con las promesas hechas casi de

forma paralela al nacionalismo árabe y con las esperanzas de amplios sectores del pueblo árabe que

consideraban Palestina como territorio propio que habría de integrar la futura gran nación árabe, unida e

independiente.

De esta forma, el nacionalismo árabe y el nacionalismo sionista estaban destinados a enfrentarse en Palestina

que, por el momento, quedaba bajo control y administración británicos como Mandato.

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Por lo general, se ha considerado que la declaración Balfour fue un compromiso unilateral adquirido por el

gobierno británico. Su fin era conseguir el apoyo del pueblo judío, de otras naciones en lucha y de países

neutrales, como Estados Unidos, a la causa aliada durante la 1GM. Las personalidades y las fuerzas actuantes

fueron Jaim Weizmann, de la Comisión Sionista de Londres, en nombre del sionismo, y Arthur James Balfour,

que representa al gobierno británico y a los intereses y las razones de Gran Bretaña.

El 2 de noviembre de 1917 el ministro Balfour, en nombre del gobierno británico, dirigió una carta a lord

Rothschild, que constituye la Declaración. Al mismo tiempo, el ejército británico iniciaba una ofensiva general

en Palestina. De esta manera, Gran Bretaña hacia saber a los judíos de todo el mundo, contando con la

aprobación y la adhesión de los aliados, como Francia y Estados Unidos, que las promesas de los políticos

estaban apoyadas por la fuerza de las armas. Y ambas se orientaban en favor de la creación del Estado de

Israel.

Esta Declaración prejuzgaba unilateralmente el futuro estatuto de Palestina y estaba en contradicción con los

compromisos morales y diplomáticos adquiridos por Gran Bretaña con los árabes, especialmente en la persona

del rey Hussein, y que se manifestó con toda su crudeza al término de la Primera Guerra Mundial. Su

revelación en 1919 provocó la indignación de los árabes, dando así inicio a una nueva y dramática fase en la

historia de Oriente Medio.

Se produjo entonces un choque entre dos fuerzas:

- Por un lado, el del nacionalismo árabe, partidario de la independencia inmediata: en 1919 el Partido de la Independencia Árabe, fundado al final del conflicto por la organización Al-Fatah, reunió en Damasco un

Congreso Nacional Sirio, y en 1920 proclamó la independencia del país y su unidad que comprendía los

territorios de Siria, Líbano y Palestina, como monarquía constitucional, con Feysal, hijo de Hussein, como

rey; Irak, por su parte, se proclamó igualmente reino, con Abdullah como soberano.

- Por otro lado, Gran Bretaña y Francia, en la línea de los tratados Sykes-Picot, llegaron a un acuerdo final tras las Conferencias de Londres y San Remo en 1920, para el definitivo reparto de zonas de influencia en

la región y el establecimiento de los Mandatos; situación que fue recogida por el tratado de Sèvres entre

Turquía y los aliados en agosto de 1920, y asumida por la Sociedad de Naciones. El poder de Feysal

implicaba la plena soberanía árabe sobre Siria, Líbano, Palestina y Transjordania, lo que era incompatible

con los objetivos anglo-franceses en la región.

Así, tras la capitulación de Turquía en octubre de 1918, franceses e ingleses buscaron consolidar sus

respectivas posiciones en Siria y Palestina. Confirmando las grandes líneas de los acuerdos Sykes-Picot, la

Conferencia de San Remo confió a Gran Bretaña un Mandato sobre Palestina y Mesopotamia, y a Francia uno

sobre Siria. El Mandato francés debía ocasionar inmediatamente la desposesión de Feysal.

Tras una serie de transacciones infructuosas, Feysal terminó por ceder al ultimátum del alto comisionado

francés. Los franceses ocuparon Damasco en julio, y Feysal tuvo que abandonar el país; su fracaso fue sentido

por los árabes como una profunda humillación. Los que habían abrigado la esperanza de acceder a la

independencia por mediación de Feysal y de los ingleses se encontraron enfrentados ante la dura realidad de

un poder extranjero resuelto a eliminar por la fuerza todo intento de resistencia política o militar.

Resultado de toda esta complicada situación, de las negociaciones y de los acuerdos y del predominio de los

intereses aliados, fue el establecimiento del sistema de Mandatos.

El Mandato fue instituido y regulado por el artículo 22 del Tratado de Versalles, que corresponde al Pacto de

la Sociedad de Naciones, votado en febrero de 1919. Se aplicó a "las colonias y territorios que a consecuencia

de la guerra hayan dejado de estar bajo soberanía de los Estados que los gobernaban anteriormente y que están

habitados por pueblos aún no capacitados para dirigirse por sí mismos en las condiciones particularmente

difíciles del mundo moderno".

La naturaleza y el carácter del Mandato difiere según las características del territorio sobre el que se establezca,

debiendo tenerse en cuenta "el grado de desenvolvimiento del pueblo, la situación geográfica del territorio,

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sus condiciones económicas y demás circunstancias análogas". La tutela de estos pueblos dependientes, y por

tanto el encargo de administrar el Mandato, fue confiado "a las naciones más adelantadas que por razón de

sus recursos, de su experiencia o de su posición geográfica se hallen en mejores condiciones de asumir esa

responsabilidad y consientan en aceptarla. Estas naciones ejercerán la tutela en calidad de mandatarios y en

nombre de la Sociedad".

Tras el Tratado de Versalles, un año más tarde, en mayo de 1920, la Conferencia de San Remo legalizó los

arreglos y repartos territoriales, previamente acordados entre Francia y Gran Bretaña, en detrimento de los

árabes. Y por el tratado de Sèvres, de agosto del mismo año, Turquía perdía los países árabes sobre los que la

Sociedad de Naciones establecía los Mandatos ya acordados por los aliados.

Estos Mandatos, llamados "A" u "orientales", fueron:

- Siria y Líbano quedaron como Mandatos francés. - Irak, organizado como monarquía con Feysal de soberano, fue Mandato británico. - Palestina fue desgajada de la Gran Siria y mantenida como Mandato británico, en confirmación de los

compromisos de la Declaración Balfour.

- Transjordania fue a su vez separada artificialmente y organizada como Mandato británico.

La división del mundo árabe quedaba así consumada. Los árabes consideraron esta situación como una traición

a las promesas que se les habían hecho y por las cuales habían prestado su apoyo a los aliados, extendiéndose

entre ellos un inmenso sentimiento de frustración y cólera que iba a evidenciarse en las encarnizadas luchas

posteriores por la independencia y la unidad, y que ha marcado hasta nuestros días al nacionalismo árabe.

Gran Bretaña estableció el Emirato Árabe de Transjordania (hoy Jordania), en tres cuartas partes del territorio

incluido en el Mandato en beneficio de Abdullah, hermano de Feisal. Prohibió a los judíos establecerse allí,

dejando solamente la parte occidental del río Jordán para el desarrollo de un hogar nacional judío manteniendo

una actitud ambigua, con periodos de favor y otros de obstáculo, de acuerdo con los intereses petrolíferos, que

comenzaban a ser dominantes.

Así comenzó una inmigración masiva. Unas 35.000 personas llegaron entre 1919 y 1923, principalmente de

Rusia; tuvieron una gran influencia sobre el carácter y organización de la comunidad en los años venideros.

Esos pioneros sentaron las bases de una comprensiva infraestructura social y económica, desarrollaron la

agricultura, establecieron kibbutz y moshav, y proporcionaron la fuerza laboral para la construcción de

viviendas y caminos.

En este periodo se produjeron enfrentamientos periódicos entre árabes y judíos.

Los árabes insistieron en la derogación de la Declaración Balfour y su violencia contra los judíos era el

medio de expresar su desacuerdo con la política británica.

La siguiente oleada inmigratoria se produjo entre 1924 y 1932, de alrededor de 60.000 personas,

principalmente de Polonia, contribuyó al desarrollo y enriquecimiento de la vida urbana.

En el año 1929 llegaron los incidentes y matanzas. El pretexto para que se produjeran tales estallidos de

violencia fue la situación del Muro de las Lamentaciones. Los árabes alegaron que el lugar sagrado donde

durante siglos se reunieron los judíos para orar, era también un lugar sagrado para ellos. En todo el país, las

comunidades judías fueron atacadas por sus vecinos árabes. Algunos poblados fueron ocupados y destruidos;

otros tuvieron que ser evacuados por orden de las autoridades británicas.

Estos enfrentamientos no impidieron que la inmigración continuara. La siguiente comenzó en 1930 y creció

en 1933 a raíz de la subida de Hitler al poder. Comprendió cerca de 165.000 personas en su mayoría

provenientes de Alemania. Las capacidades y educación de los recién llegados, muchos de los cuales eran

profesionales y académicos, mejoró el bienestar urbano y rural y amplió la vida cultural de la comunidad.

Muy pronto los conflictos se extendieron por todo el país y estalló una huelga general ordenada por el Alto

Comité Árabe, formado por el Muftí Hadj Amin Husseini quien hizo un llamamiento redactado en términos

de exaltado fanatismo y dirigido a los árabes de todas las naciones "que se uniesen a la lucha común para

liberar Palestina de las garras del imperialismo británico y del sionismo".

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La revuelta duró tres años y tuvo tres fases. La primera, desde mayo de 1936 a julio de 1937, con una huelga

general de seis meses, desde mayo a octubre de 1936. La huelga fue seguida de forma muy rigurosa,

paralizando prácticamente toda la actividad comercial y económica del sector palestino. La agitación se

difundió al campo, donde los aldeanos tomaron las armas y obligaron a las fuerzas policiales y militares

británicas a enfrentarse con una auténtica guerrilla.

Los británicos solicitaron precipitadamente refuerzos y, como medida de represalias, destruyeron algunas

partes de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Ciertos voluntarios de los países árabes acudieron a ayudar a los

rebeldes palestinos, pero fueron los propios palestinos quienes sostuvieron esencialmente el peso de la guerra.

Los británicos intensificaron sus operaciones militares y enviaron simultáneamente una comisión

investigadora encabezada por Lord Peel para averiguar las causas de la rebelión. Los jefes de estado árabes

vecinos lanzaron entonces un llamamiento al Alto Comité Árabe, pidiéndole que interrumpiera la huelga

general y estableciera contactos con la Comisión Peel. El 11 de octubre, el Alto Comité Árabe accedió a la

solicitud. La rebelión experimentó una corta tregua, desde noviembre de 1936 hasta enero de 1937. Después

la tensión aumentó otra vez y en julio de 1937 estalló con una violencia sin precedentes.

La segunda fase de la rebelión se sitúa entre julio de 1937 y el otoño de 1938. Lo que desencadenó la nueva

escalada de violencia fue la publicación, en julio de 1937, del informe de la Comisión Peel, según el cual había

dos “causas subyacentes en los disturbios”: el deseo de independencia de los palestinos y su “odio y su miedo

ante la instalación del Hogar Nacional Judío”. El informe recomendaba una partición del país, que debería

abarcar un estado judío, un estado palestino que incluiría Transjordania, y enclaves reservados para el

Mandato.

Los palestinos se indignaron con dichas recomendaciones. No podían aceptar la legitimación de las

pretensiones políticas sionistas sobre Palestina.

Ante la intensificación de la resistencia palestina, los británicos decidieron acabar con ella. Aprovechando la

ocasión del asesinato, en septiembre de 1937, de un alto funcionario británico muerto a manos de los

palestinos, declararon al Comité Supremo Árabe fuera de la ley, como ya lo estaban todos los partidos políticos

y las organizaciones palestinas.

Paralelamente, los británicos dotaban a los judíos de una fuerza militar. En colaboración con el ejército secreto

de la Agencia Judía, la Haganá, organizaron, entrenaron y armaron a una fuerza especial llamada la Policía de

las Colonias Judías

Pese a estas medidas represivas, la rebelión palestina prosiguió sin debilitarse durante todo el año de 1938, y

varias regiones del país, y en particular la Ciudad Vieja de Jerusalén, pasaron a estar controladas por los

rebeldes. La resistencia palestina suscitó ayuda y solidaridad en los países árabes vecinos. En septiembre de

1937, un congreso popular panárabe celebrado en Blûdân (Siria), aprobó la oposición palestina a la partición.

La tercera fase de la rebelión se sitúa entre el otoño de 1938 y el verano de 1939. Los británicos siguieron, al

parecer, dos caminos. Ya en abril de 1938 enviaron una nueva comisión investigadora, presidida por Sir John

Woodhead, con el objetivo oficial de estudiar ciertos aspectos técnicos del proyecto de partición. El informe

de la comisión Woodhead apareció en noviembre de 1938, y su conclusión global era que la partición resultaba

irrealizable. Pero, al mismo tiempo, los británicos planeaban una ofensiva general con objeto de aplastar la

rebelión.

En el momento de la publicación del informe Woodhead, el gobierno británico anunció su intención de

celebrar en Londres una conferencia que reuniera a los jefes sionistas y palestinos y a representantes de los

países árabes vecinos. Pero los británicos, con una política de cortos vuelos, prohibieron que participara en la

conferencia el dirigente nacional Haj Amin al-Husseini, presidente del Alto Comité Árabe, también fuera de

la ley. Haj Amin había escapado a la detención en septiembre de 1937 y desde entonces dirigía la rebelión

desde el Líbano, donde vivía en el exilio. La conferencia de Londres se celebró del 7 de febrero al 27 de marzo

de 1939, sin que se hallase un compromiso que satisficiera a los sionistas y a los palestinos.

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Tras el fracaso de la conferencia, el gobierno británico vio el camino libre para publicar, el 17 de mayo de

1939, el Libro Blanco McDonald que, en efecto, anulaba la Declaración Balfour.

Decretaba drásticas limitaciones en las ventas de terrenos en Palestina y la restricción de la inmigración judía

a 15.000 personas por año y para los siguientes 5 años, al final de cuyo periodo Palestina se convertiría en

estado independiente, con su permanente mayoría árabe reflejada en las instituciones gubernamentales.

El Libro Blanco de 1939 marcó el ocaso del entendimiento anglosionista nacido en 1917 con la Declaración

Balfour.

La Segunda Guerra Mundial que comenzó pocos meses más tarde, y que duraría 6 violentos años en Europa,

Asia y África, representó un periodo de inquieta tregua entre los judíos y árabes de Palestina.

Los árabes se mostraban políticamente pacíficos, confiando en que la política del Libro Blanco expuesta por

los británicos continuaría siendo su norma durante la guerra y particularmente después de ella, cuando se

llevaran a cabo más convenios a largo plazo. La Agencia Judía, por otra parte, se mostraba amargamente

frustrada por el Libro Blanco, aunque su jefe David Ben Gurión había declarado: "Lucharemos contra Hitler

como si no existiera el Libro Blanco, y lucharemos contra el Libro Blanco como si no existiera ninguna guerra

contra Hitler".

En el interior de Alemania, la situación de los judíos era más que desesperada, las organizaciones sionistas

estaban al borde del colapso, pues hasta los judíos alemanes más complacientes eran presa del pánico y no

pensaban sino en salir del país.

La evidencia de que parte de tal Holocausto habría podido evitarse si Palestina hubiera sido asilo o puerto de

abrigo; la accesión al poder en Inglaterra del Partido Laborista que, en la oposición, había declarado

repetidamente su simpatía hacia las aspiraciones sionistas y su rechazo al Documento Blanco; la contribución

judía y palestina al esfuerzo de la guerra; todo ello proporcionaba, sin duda, buenas esperanzas de que el

Documento Blanco se suprimiría y de que los supervivientes del Holocausto podrían viajar a Palestina. Dichas

esperanzas muy pronto quedarían frustradas. Con Ernest Bevin en el Foreign Office, como Ministro de

Asuntos Exteriores, el gobierno británico prosiguió la política del Documento Blanco.

En todos aquellos años, la inmigración fue incesante al igual que los ataques terroristas judíos a intereses

británicos.

Así el 18 de febrero de 1947, cuando el ministro de Exteriores Ernest Bevin se irguió en la tribuna de oradores

de la Cámara de los Comunes y anunció con fría resignación: "Hemos llegado a la conclusión de que la única

conducta posible en la actualidad para nosotros es someter el problema de Palestina al juicio de las Naciones

Unidas […] y que recomienden una solución".

A finales de agosto de 1947, la UNESCO anunció desde Ginebra su plan. Propugnaba la partición de Palestina

en dos entidades separadas: una para los árabes y otra para los judíos. Y Jerusalén quedaría convertida en un

territorio internacional. La recta intención quedaba fuera de toda duda, pues aquel organismo creado por las

Naciones Unidas se pronunciaba porque se reanudase inmediatamente la inmigración de judíos procedentes

de los campos de desplazados de Europa al ritmo de 6.000 al mes y por que los judíos pudiesen volver a

comprar tierras.

El sector que les habían adjudicado a los judíos comprendía el 55% del territorio con un 58% de población

judía. Los judíos perdían su ciudad eterna: Jerusalén. Esta, junto con los alrededores, serian zona internacional.

Estos, a pesar de todo, aceptaron.

A los árabes les correspondía el 45% del territorio con un 99% de población árabe. Los árabes se negaron a

aceptar y dijeron que la partición significaría la guerra

El Comité Central aprobó por mayoría simple el reparto y sometió el plan a la aprobación de la Asamblea

General. Para la aprobación sería necesario el voto favorable de los dos tercios de sus componentes.

De pronto, los cuatro grandes abandonaron a los judíos:

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1. Francia: El malestar cundía entre los árabes de las colonias francesas de Marruecos, Argelia y Túnez. Si

Francia votaba por la partición, su voto podía ser el fulminante que provocase un estallido entre ellos.

2. La Unión Soviética: Los soviéticos se hallaban empeñados en un programa destinado a suprimir el judaísmo

por medio de un proceso abrasivo lento.

3. Estados Unidos: Votar en pro de la partición, significaría desairar públicamente a Gran Bretaña, porque

esta todavía dominaba el Oriente Medio

4. Gran Bretaña: Gran Bretaña había de conservar su posición dominante en el Oriente Medio, por lo cual

tenia

que salvar la faz ante los árabes desechando la partición.

Bélgica, Holanda y Luxemburgo se doblegaban a las imposiciones de los ingleses. Otros pequeños países con

los cuales contaban los judíos empezaban a echarse atrás. los asiáticos se pondrían de parte de los árabes como

un gesto dirigido contra las potencias occidentales, expresándoles el odio que sentían hacia el imperialismo

colonial y como prueba de que aceptaban la tesis árabe de que los judíos eran los representantes del Occidente

en una parte del mundo donde no tenían nada que hacer. Grecia tenía una profunda antipatía a los árabes, pero

en Egipto vivían 150.000 súbditos griegos. Y Egipto hizo saber cuál sería el destino de aquella minoría si los

griegos votaban por la partición.

El viernes, 29 de noviembre de 1947, día de la votación, el mazo golpeó la mesa y se abrió la sesión en la

Asamblea General de las Naciones Unidas. El resultado final fue:

Así, el 29 de noviembre de 1947 la ONU adoptó la resolución 181 - con 33 votos a favor, 13 en contra y 10

abstenciones-, donde se establecía el fin del mandato británico en 1948 y la constitución de los estados árabe

y judío ese mismo año.

El 14 de mayo de 1948, un día antes de que expirase el Mandato británico, Ben Gurión proclamaba a través

de la radio de Tel Aviv la creación del Estado judío de Israel, que automáticamente era reconocido por Estados

Unidos y la Unión Soviética. Al día siguiente se retiraban los británicos del territorio, mientras las tropas de

los Estados vecinos –Siria, Transjordania, Líbano, Irak y Egipto- entraban en Palestina

La proclamación del Estado de Israel condujo a la primera guerra árabe israelí, conocida como “guerra de la

independencia” por los israelíes y como “Nakba” (catástrofe) por los palestinos, iniciando un ciclo todavía no

acabado de conflictividad en Oriente Próximo, y, por extensión, un argumento de controversia constante en

gran parte del mundo.

En plena vorágine bélica, el 22 de mayo de 1948 el Consejo de Seguridad emite la Resolución 49 (1948), en

la que se indica que “tomando en consideración que las resoluciones anteriores del Consejo de Seguridad

relativas a Palestina no han sido cumplidas y que continúan desarrollándose operaciones militares en

Palestina” se invita a gobiernos y autoridades a dar la orden a sus fuerzas militares y paramilitares de cesar

el fuego, cese que debe ser efectivo 36 horas después de medianoche del 22 de mayo de 1948; pero en balde,

el 29 de mayo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emite la Resolución 50 (1948), que llama al

fin del cese de las hostilidades en Palestina, amenazando con la intervención del Consejo de Seguridad bajo

el capítulo VII de la Carta.

La primera guerra árabe-israelí acabó en 1949 con el armisticio de Rodas, que dibujó un nuevo escenario en

la zona ya que Israel adquirió territorios que no le habían sido asignados en el plan de la ONU, entre ellos

Jerusalén Occidental, hasta alcanzar un 78%. Jordania, en tanto, asumió el control de Cisjordania y Jerusalén

Oriental, mientras que Egipto hizo lo propio con la Franja de Gaza.

En la contienda, la utilización de la fuerza para alcanzar los objetivos de las partes enfrentadas tiene un claro

vencedor: Israel. Consigue, por medio de la victoria militar, no solo sobrevivir ante el objetivo árabe de

“arrojar a los judíos al mar” y continuar su andadura como Estado, sino ampliar sus posibilidades de

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supervivencia, su viabilidad como nación independiente: amplía su superficie territorial (aproximadamente un

30%), logra la contigüidad geográfica de la misma, una cierta homogeneidad étnica en su interior y acceso al

mar Rojo. Empleando la fuerza, el gobierno de Ben Gurión consiguió la aparición de Israel como Estado

independiente, incrementar su cohesión (contigüidad geográfica y uniformidad étnica), una cierta masa crítica

(respecto a los factores de espacio y población) y viabilidad (control de vías de comunicación y salidas al

mar).

La fuerza obtuvo la victoria en el nivel táctico, y en el plano militar; pero es discutible si la alcanzó en el nivel

político, pues si bien Israel nació como Estado independiente y fue reconocido por la Comunidad

Internacional, no logró infligir la victoria decisiva que permitiera el reconocimiento del Estado judío por parte

de sus vecinos y adversarios, los países árabes, por lo que tras el conflicto la situación simplemente retornó al

mismo punto previo, a una confrontación llena de escaramuzas y enfrentamientos armados de bajo perfil, si

bien en una situación más favorable para Israel.

Por lo tanto, Israel continuaba con sus debilidades estructurales, entre las que se puede destacar la falta de

profundidad de su territorio y su escasa población, superada por la suma de sus adversarios declarados.

como medio de compensar la inferioridad numérica de la población judía, se seguiría alentando la

inmigración; así, nacerán la Ley del Retorno, de 1950, que proporciona el derecho a todos los judíos del

mundo a emigrar a Israel y la Ley de Ciudadanía, de 1952, que concede la ciudadanía a todos los emigrantes

judíos y que constituyen la plasmación de este hecho.

La concurrencia de actores en el conflicto es reflejo de la confluencia de intereses en la zona; a nivel regional,

el Estado de Israel fue capaz de articular una herramienta de seguridad adecuada, logrando en buena medida

–incluso por medio de la fuerza– el monopolio de la violencia; fue capaz de organizar y coordinar sus medios

y recursos, solicitar y canalizar adecuadamente la ayuda exterior –especialmente la procedente de la diáspora–

y, sobre todo, fue capaz de mantener una firme voluntad y cohesión, tanto por parte de los líderes como del

pueblo; por el contrario, los países árabes, que inicialmente contaban con una abrumadora superioridad de

fuerzas, fueron incapaces de coordinar sus acciones, de presentar un bloque realmente unido que hubiera

permitido, habida cuenta de la posibilidad de atacar Israel desde varios frentes simultáneamente con fuerzas

muy superiores, lograr la victoria militar y alcanzar el objetivo político.

El pueblo árabe palestino, pese a ser una de las partes con más interés en la lucha, y pese a su participación

activa en las acciones contra Israel, es el gran derrotado del conflicto: no nace una Palestina árabe, sus

habitantes son despojados de gran parte de sus tierras y se ven forzados –directamente o por mor de los

combates– a exiliarse en los países vecinos; no alcanzan ninguno de sus objetivos, salvo que “su causa” pase

a ser “la causa del mundo árabe”, iniciando un ciclo de guerras árabe-israelíes, o, según otra perspectiva –

sostenida, entre otros, por Smith– una situación de confrontación permanente con escaladas puntuales al nivel

de conflicto bélico. A escala internacional, se materializa la paulatina pérdida de poder de las anteriores

potencias coloniales, Francia y Gran Bretaña, siendo sustituidas con rapidez por las nuevas superpotencias,

Estados Unidos y la URSS –resulta muy significativo el rápido reconocimiento que del nuevo Estado hacen

ambas–; en un entorno de la Guerra Fría, con los bloques liderados por los EE. UU. y la URSS maniobrando

en el tablero mundial para ocupar una posición de ventaja, en una zona cada vez más vital por su riqueza en

hidrocarburos y su posición como zona de tránsito de los mismos, cualquier acción de un bloque intentará ser

contrarrestada por la reacción del otro, aportando una dimensión auténticamente global al conflicto.

El circulo vicioso formado por repetidos ataques árabes, represalias por parte de Israel y condenas

internacionales a Israel, continuaron a lo largo de la década de 1950.

En contradicción a la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU del 1 de septiembre de 1951, se impidió

el paso de barcos y de navegación israelí por el Canal de Suez por mandato de Nasser; se agravó el bloqueo

de los Estrechos de Tirán; las incursiones de bandas de terroristas a Israel desde los países árabes vecinos para

cometer asesinatos y sabotaje se llevaban a cabo con creciente frecuencia; y la península del Sinaí fue

convertida gradualmente en una enorme base militar egipcia.

Después de la firma de una alianza militar entre Egipto, Siria y Jordania (octubre de 1956), la inminente

amenaza a la existencia de Israel se intensificó.

9

En el curso de una campaña de ocho días, las Fuerzas de Defensa de Israel tomaron la Franja de Gaza y toda

la península del Sinaí, deteniéndose a 16 km, al este del Canal de Suez. La decisión de las Naciones Unidas

de apostar una Fuerza de Emergencia de la ONU (UNEF) a lo largo de la frontera entre Israel y Egipto, y el

otorgamiento de seguridades egipcias respecto a la libre navegación en el Golfo de Eilat, llevaron a Israel a

aceptar una retirada por etapas (noviembre de 1956 a marzo de 1957) de las áreas conquistadas un par de

semanas antes. Los Estrechos de Tirán fueron abiertos, permitiendo al país desarrollar el comercio con los

países de Asia y África Oriental, así como importar petróleo del Golfo Pérsico.

Bajo la presión de la ONU y sin haber logrado el apoyo de Estados Unidos en este conflicto, ingleses y

franceses se retiraron en diciembre de 1956, de manera que la zona del Canal quedaba bajo vigilancia de las

Naciones Unidas. Este fracaso de las potencias occidentales en el Medio Oriente resultó en beneficio de la

Unión Soviética, que aprovechó la situación para intervenir en la política de esta conflictiva región brindando

a Egipto ayuda económica y militar para la construcción de la presa de Assuán, con lo cual se fortaleció la

posición de Nasser.

Como era de esperarse, pronto intervino el gobierno de Estados Unidos para contrarrestar el dominio soviético.

A principios de 1957 fue promulgada la Doctrina Eisenhower, que implicaba un programa de asistencia

económica y militar ofrecido por el gobierno estadounidense a los países del Medio Oriente.

Resulta necesario señalar la constante preocupación de Ben Gurión por evitar el aislamiento de Israel, pues

señala que era el único país que no formaba parte de ningún bloque ni de ninguna alianza, y, teniendo en

cuenta la compleja y peligrosa situación del naciente Estado, buscó un acercamiento a la Commonwealth y

posteriormente a la OTAN, pues no quería afrontar un nuevo conflicto, la posibilidad de la “destrucción del

tercer templo”, la posible desaparición de Israel, sin ningún tipo de aliado. Por otra parte, Egipto, pese a que

su ejército había sido seriamente derrotado por los israelíes en el Sinaí y pese a que no pudo evitar las

operaciones anglo-francesas en la zona del canal, fue capaz de presentar la campaña como una victoria propia

–haber recuperado el canal frente a las antiguas potencias coloniales y logrado el repliegue israelí del Sinaí–;

pese a no haber alcanzado el objetivo militar, fue capaz de alcanzar el objetivo político, lo que redundó en un

incremento de su prestigio, convirtiéndose en el auténtico líder del mundo árabe y proporcionando un impulso

creciente al panarabismo que inundaba la región, cuyo hito más evidente sería la creación, el 1 de febrero de

1958, de la República Árabe Unida (RAU), formada por la unión de Siria y Egipto.

A esas dificultades inherentes a la capacidad de alcanzar los objetivos por medio del uso de la fuerza se le

suma el cambio de actores tras la campaña del Sinaí. El vacío dejado por las antiguas potencias coloniales –

Francia y Gran Bretaña– fue ocupado por las superpotencias, motivando que un conflicto ya de por sí

extraordinariamente complejo –por la multitud de variables presentes en el mismo– adquiera unas dimensiones

globales; así, la Unión Soviética busca incrementar su popularidad en un mundo árabe en el que hasta el

momento no había tenido demasiada influencia, ofreciendo apoyo y asistencia militar a cualquier país árabe

que lo solicite, mientras los Estados Unidos se encuentran cada vez más centrados en una política global de

contención de la URSS y en el difícil intento de mantener el adecuado equilibrio entre el apoyo a Israel –como

cabeza de puente en una zona que cada vez cobraba mayor importancia geopolítica– y en no perder demasiado

apoyos en el mundo árabe.

Los palestinos continuaban viendo sus esperanzas frustradas; pese a continuar la lucha contra Israel,

especialmente por medio de incursiones –sobre todo desde Gaza–, y pese a las acciones y promesas, no

conseguían materializar la creación de un Estado palestino, ni tampoco la derrota –y la destrucción– de Israel,

y continuaban viviendo en campos de refugiados, si bien la retórica continuaba siendo de apoyo constante a

su causa. Pero pronto pasarían a erigirse como actores independientes, tras el nacimiento de la Organización

para la Liberación de Palestina (OLP).

El año 1958 fue especialmente convulso en Oriente Próximo y en el mundo árabe; tiene lugar la crisis libanesa,

se produce una sangrienta revolución en Irak y el posicionamiento panarabista se radicaliza, entrando de lleno

en la órbita de la URSS; Líbano y Jordania solicitan la intervención de tropas –de Estados Unidos y Gran

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Bretaña, respectivamente– en sus naciones para evitar que el ciclo de inestabilidad, impulsado por acciones

armadas y llamadas a la revolución, escalara hasta llegar a generar una nueva guerra abierta en todo Oriente.

En las siguientes dos décadas la situación en Oriente Medio va a ser cada vez más tensa, con una abierta,

constante y creciente hostilidad de los países árabes hacia Israel, que además tiene la dificultad jurídica

añadida de que una nueva resolución de la ONU, la 194, de diciembre de 1949, prevé y reconoce el derecho

del retorno de aquellos «árabes de Palestina» que fueron expulsados de sus casas (o decidieron abandonarlas

por la fuerza de los hechos) tras la guerra de 1948-1949.

Con el apogeo del nasserismo, la difícil situación entre los Estados Árabes e Israel, estabilizada desde 1957,

se degrada de nuevo a partir de 1962 y se intensifica el enfrentamiento.

En 1959 se crea Al Fatah, un partido nacionalista palestino dirigido por Yasir Arafat y núcleo de la

Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de la que será elegido presidente el mismo Arafat. A partir

de 1964 la tensión aumenta y desembocará en la tercera guerra árabe-israelí, la llamada de los Seis Días, en

junio de 1967.

Tras la exigencia egipcia a la ONU de que retirase de forma casi inmediata sus fuerzas de interposición en

el Sinaí (UNEF), el despliegue de fuerzas egipcias en la frontera israelí y el bloqueo de los estrechos de Tirán,

Israel, temiendo un ataque inminente, lanzó un ataque preventivo contra la fuerza aérea egipcia.

La contienda terminó con la victoria israelí, ocupando los territorios árabes del Sinaí, Gaza, Golán y

Cisjordania, arrebatados a Egipto, Siria y Jordania.

Tras la tercera guerra, los israelíes se afirman en los territorios ocupados y las actividades bélicas quedan

limitadas a las acciones de los palestinos contra Israel desde los países árabes vecinos.

En Egipto, el presidente Anwar al-Sadat, sucesor de Nasser tras la muerte de éste en 1970, replantea un

nacionalismo más conservador y a favor de Occidente, en tanto que en la región se intensifican las presiones

derivadas de la pugna Oriente – Occidente.

Frente a la derrota, el presidente de Egipto presenta su dimisión, la cual fue rechazada por el pueblo egipcio y los

demás pueblos árabes, al ver que esto era uno de los objetivos de Israel, la dimisión del presidente hizo que millones

de árabes se lanzaran a las calles exigiendo su continuación, y dedicar una economía de guerra para afrontar la

situación.

Tras la guerra de los seis días en 1967, el Consejo de Seguridad de la ONU, votó unánimemente una resolución

que llegó a ser conocida como la " Resolución 242 " del 22 de noviembre de 1967. En esta resolución, se pedía la

retirada incondicional de las tropas Israelíes de los Territorios Ocupados en la guerra de 1967, reafirmando el

derecho de todos los países de la región a vivir dentro de fronteras seguras y lograr un acuerdo justo para el

problema de los "refugiados palestinos". Pero nada se negoció de inmediato y los israelíes impusieron su

administración militar sobre los territorios ocupados.

La conquista de amplios territorios por Israel originó una nueva oleada de refugiados palestinos, especialmente

procedentes de Jerusalén oriental, Franja de Gaza y Cisjordania, en la que es considerada una segunda Nakba,

pues cientos de miles marcharon de sus hogares hacia Jordania, Siria y Líbano principalmente, y la derrota de

los ejércitos árabes en la guerra de los Seis Días no solo acarreó una pérdida de prestigio de estas naciones

como valedoras de la cuestión palestina y arruinó gran parte del prestigio de Nasser como paladín árabe, sino

que evidenció la incapacidad de derrotar a Israel militarmente potenciándose el papel de la Organización para

la Liberación de Palestina como actor decisivo y activo. Pero Yasser Arafat consideraba que la OLP no era

más que un instrumento en manos de Nasser, cuyo panarabismo –señalaba– motivaba que las aspiraciones

palestinas quedasen relegadas a un segundo plano; mas la tremenda derrota de la guerra de los Seis Días alteró

profundamente el statu quo, y el líder palestino entendió que había llegado el momento de disociar la liberación

de Palestina de los dirigentes de los países árabes.

El valor ascendente de Arafat (constatado en la batalla de Al Karameh) motiva que en 1968 Al-Fatah se integre

en la OLP, y que el 3 de febrero de 1969 pase a presidir ambas, transformándose en el símbolo de las

aspiraciones palestinas.

11

Su brazo armado, los fedayines, multiplican sus ataques contra objetivos israelíes, tomando como base de

operaciones fundamentalmente Jordania, y en menor medida Líbano y Siria.

La situación interna de Jordania se complica de manera extrema, pues no solo el rey Hussein era rehén de la

debilidad inherente a un reino ubicado entre Estados árabes radicales y sometido a acusaciones de traición,

sino que, tras la avalancha de refugiados se convierte en la sede estratégica para atacar a Israel.

Consecuentemente, el país jordano será víctima de las represalias israelíes, lo que conducirá a la percepción

de la organización palestina como con un potencial factor de inestabilidad.

El 9 de septiembre se produce un intento –atribuido a elementos palestinos– de asesinar al rey Hussein, y

miembros de la OLP capturan en suelo jordano cuatro aviones comerciales de líneas aéreas occidentales. El

desafío a la propia soberanía de Jordania es tan evidente que el 15 de septiembre Hussein ordena la expulsión

de los miembros de la OLP del país, orden que se cumple por medio de una contundente acción militar

ejecutada por el Ejército jordano; Siria comenzó el despliegue de unidades acorazadas para apoyar a los

fedayines palestinos, acción ante la cual tanto Estados Unidos como Israel afirmaron que no verían con buenos

ojos la invasión de Jordania por parte de Siria disuadieron la continuación de la intervención siria en Jordania,

siendo expulsada finalmente la OLP de dicho país. Desde entonces este mes es conocido como “septiembre

negro”, pues marcó un punto de inflexión en las relaciones entre esta y los gobiernos del entorno. Tras la

expulsión de Jordania, la OLP se asienta, en mucha mayor medida en el Líbano, en el que no solo se

incrementó la cantidad de elementos armados extremistas en su territorio, sino que adquirió la consideración

de baluarte de la resistencia palestina, que estableció un importante aparato mediático y propagandístico en

Beirut y un poderoso brazo armado en el sur, sur libanés que llegó a ser considerado “un Estado dentro de otro

Estado”; consecuentemente, la presencia masiva de la OLP en Líbano debilitó la ya escasa estabilidad interna,

pues el delicado equilibrio entre confesionalidades del país de los cedros se vio nuevamente alterado, además

de atraer el centro de gravedad de las acciones y represalias israelíes.

La lucha entre el Estado de Israel y la OLP, una organización, consumía no solo gran parte de los esfuerzos

internaciones en pro de la paz, sino que mantenía al Estado hebreo –y a toda la región– en una constante

situación prebélica, especialmente en sus frentes centro y norte.

Mientras la atención del Israel y del mundo estaban centrados en el frente norte, en el Líbano, Sadat consideró

imprescindible quebrar el punto muerto en el que se encontraba la situación en Oriente Próximo, y se

desencadenó un nuevo conflicto bélico en Oriente, conflicto que coge por sorpresa a todo el mundo, incluido

a los servicios de inteligencia israelíes y a las grandes potencias.

El 6 de octubre, en el día más sagrado para los judíos, tropas egipcias cruzan por sorpresa el canal, mientras

que Siria ataca simultáneamente por la zona del Golán.

La certeza del ataque se tuvo solo escasas horas antes del mismo, lo que impidió que las FDI presentasen

batalla al completo de efectivos, y la primera ministra Golda Meir había descartado un ataque preventivo para

no aparecer ante la opinión pública internacional como agresores, sabedora que necesitaría todo el apoyo para

superar la situación que debía afrontar; la cobertura aérea, clave en la guerra de los Seis Días, quedó

neutralizada por la densa red antiaérea egipcia desplegada en la margen oeste del canal, y los carros de combate

hebreos, por una lluvia de misiles antitanque. La situación llegó a ser tan desesperada, que el ministro de Defensa Moshe Dayán solicitó permiso para activar las

armas nucleares israelíes.

El gran combate se inició con pérdidas importantes por ambos lados, pero los israelíes habían puesto en marcha

simultáneamente un plan que, esquivando el grueso de las tropas egipcias, alcanzaría su retaguardia

encerrándolos en una bolsa. Para ello utilizaron tres brigadas mecanizadas, una de ellas de paracaidistas. Estas

tropas alcanzaron la orilla oeste del canal y atacaron las defensas antiaéreas facilitando así la acción de la

aviación israelí. La situación se estaba volviendo muy peligrosa, las grandes ciudades egipcias y Damasco se

encontraban al alcance de los israelíes. Entonces Estados Unidos y la URSS decidieron poner fin a la guerra.

El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió el 22 de octubre y ordenó el alto el fuego. Los israelíes no

hicieron caso y continuaron hasta ocupar Suez. Ante esta negativa israelí, la URSS comenzó los preparativos

para enviar tropas aerotransportadas y Estados Unidos declaró el estado de alerta estratégica (Defcon 3). En

el frente sirio apenas cambiaron las posiciones. Finalmente, el día 25 todas las partes aceptaron el alto el fuego.

12

Las conversaciones de paz fueron largas y laboriosas, y en ellas actuó de mediador el Secretario de Estado

norteamericano Henry Kissinger.

El 18 de enero de 1974 se alcanzó un acuerdo con Egipto, por el que Israel admitía replegarse a una línea

situada a 35 kilómetros al este del canal y los egipcios aceptaban reducir su presencia en esta orilla; entre

ambas partes se interponían fuerzas de la ONU.

El 31 de mayo se llegaba al acuerdo entre Siria e Israel por el que se creaba una zona desmilitarizada de 5

kilómetros patrullada por fuerzas de la ONU.

La consecuencia más trascendente de la guerra de 1973 fue la crisis del petróleo.

La producción y el comercio mundial del petróleo estaba dominada por la OPEP y por el cártel de las

compañías occidentales conocido con el nombre de "Las siete hermanas".

El cártel había adoptado una política de precios baratos con el fin de impulsar el consumo de petróleo. Durante

los años sesenta el precio de referencia fiscal era de 1,80 dólares el barril y el reparto entre las compañías y

los Estados productores era del 50/50. En 1970, Libia consigue el primer aumento de precios tras una amenaza

de reducir la producción. Ante este logro el resto de estados forzaron una conferencia con el cártel que se

celebró en Teherán y concluyó en Trípoli. Se consiguió un aumento del precio, 35 centavos de dólar en

Teherán y 90 en Trípoli, y del reparto de beneficios, que quedó en 45/55 a favor de los Estados productores.

Siguieron otros acuerdos beneficiosos para los productores hasta que el 17 de octubre de 1973, en plena guerra,

los países árabes integrados en la OPEP crearon la OPAEP (Organización de Países Árabes Productores de

Petróleo) con el fin de presionar a los países occidentales que apoyaban a Israel. Con carácter inmediato

disminuyeron la producción un 5 % y declararon el boicot a los países que ayudaran a Israel. En pocos meses

el precio del barril en el Mediterráneo subió hasta 16 dólares. La consecuencia fue la mayor crisis económica

en el mundo capitalista desde 1930.

La guerra del Yom Kippur había demostrado a los israelíes que por primera vez podían encontrar una respuesta

militar árabe organizada, y que éstos no iban a cejar hasta recuperar los territorios perdidos en el 67. Se abría

paso lentamente la idea de negociar la paz. En el año 1974 la OLP obtenía un gran triunfo diplomático: era

reconocida por la ONU como legítimo representante de los intereses palestinos. Al año siguiente Israel ataca

el Líbano con la intención de expulsar a los palestinos de aquel país vecino, el conflicto se va a

internacionalizar.

La negociación con los árabes se pone de manifiesto con los acuerdos de Camp David de 1978 en Estados

Unidos, Israel y Egipto firman la paz, comprometiéndose Israel a retirarse en 1981 de la península del Sinaí,

ocupada en la guerra de los Seis Días. Se pone fin a treinta años de hostilidades y entre estos dos estados, pero

no se resuelve el problema palestino. A Israel le demuestran que es posible la paz a cambio de concesiones.

En 1981 el Estado Judío intensifica la ocupación del Líbano. Israel consigue la expulsión de la OLP instalada

en aquel país -ésta se refugiará en Túnez en 1982- y también la destrucción de su vecino del norte, que verá

arrasada su economía y hará saltar por los aires su precaria convivencia nacional. Israel mantendrá la

ocupación del sur del Líbano hasta el año 2000. De todas formas, el conflicto permanece enquistado y los

palestinos que viven en los territorios ocupados, sometidos a una feroz ocupación militar.

En 1986 la OLP hace alguna concesión a los israelíes: reconoce por primera vez el derecho a existir del Estado

de Israel, esto significa un cambio táctico, pues hasta entonces la OLP no reconocía esa posibilidad y entre

sus objetivos políticos estaba expulsar a los israelíes.

Simultáneamente, la resistencia palestina intensifica su hostilidad hacia el ocupante israelí, de manera

espontánea la población de los territorios ocupados (Gaza, Cisjordania y Jerusalén) se levanta en 1987 contra

las fuerzas de ocupación israelíes en una guerra desigual: piedras contra tanques, este movimiento popular es

el inicio de la primera intifada. La desigualdad de la lucha acarrea una oleada de solidaridad internacional con

la causa palestina al verse en las televisiones de todo el mundo como adolescentes y niños armados con piedras

son asesinados por el ejército israelí.

El éxito de este movimiento lleva al Consejo Nacional Palestino (gobierno en el exilio) a proclamar el Estado

Palestino independiente con Yasir Arafat como presidente, esto no hace nada más que enconar los ánimos y

no ayuda a solucionar el problema. Si el contexto internacional era favorable a los palestinos, la Primera

13

Guerra del Golfo, iniciada en agosto de 1990 con la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Husein, acarreará

una pérdida de prestigio a Arafat al alinearse claramente con el agresor. La consecuencia fundamental es la

retirada del apoyo y el capital saudí y de los emiratos petroleros del Golfo a la causa palestina. Mientras, los

israelíes que se han mantenido cautos durante el conflicto aprovechan la nueva coyuntura para lograr una

aproximación a los palestinos para solucionar definitivamente el conflicto.

El proceso de paz para Oriente Próximo arranca el 30 de octubre de 1991 en la Conferencia de Madrid, por

primera vez ambos bandos se sientan a negociar en la misma mesa, el objetivo es ponerse de acuerdo para

futuras negociaciones.

El siguiente hito importante tiene lugar, tras casi dos años de largas negociaciones, en septiembre de 1993 se

firman los Acuerdos de Oslo entre Yasir Arafat e Isaac Rabin, primer ministro laborista de Israel, y cuyos

resultados se plasman en la Declaración de Principios de Washington, los palestinos reconocen al Estado de

Israel, y los judíos reconocen para los territorios ocupados en 1967 (Gaza y Cisjordania) una progresiva

autonomía a negociar. Para el final se deja el asunto más espinoso: el estatus de Jerusalén.

Como signo de los nuevos tiempos Yasir Arafat vuelve del exilio en 1994 y se instala en Cisjordania. Ese

mismo año, por los Acuerdos de El Cairo se logra la autonomía para Gaza y la ciudad de Jericó en Cisjordania,

es el punto de partida para la creación de la Autoridad Nacional Palestina, nombre oficial provisional del

territorio palestino.

También, Isaac Rabin y el rey Hussein de Jordania ponen fin a 46 años de enfrentamientos entre los dos países,

la paz parecía posible. Además, la comunidad internacional reconoce los esfuerzos de los líderes implicados

y concede el premio Nobel de la paz a Rabin y a Arafat. Pero el camino hacia la paz no está exento de

obstáculos por los dos bandos: los grupos fundamentalistas islámicos palestinos no reconocen los acuerdos de

paz, y los grupos ultraortodoxos judíos consideran un sacrilegio las concesiones a los palestinos. Uno de estos

últimos mata en Hebrón (Cisjordania) a varias decenas de palestinos mientras rezaban. Otro judío

ultraortodoxo asesina el 4 de noviembre de 1995 a Isaac Rabin.

1996 es un año electoral, Arafat gana las elecciones en la ANP (Autoridad Nacional Palestina) y el derechista

Benjamín Netanyahu en Israel, éste no es de los más fervorosos partidarios de la paz con los palestinos.

Mientras, los enfrentamientos entre los palestinos y el ejército judío son constantes.

Un nuevo impulso para una paz cada vez más difícil surge en 1999 en la cumbre de Wye en Estados Unidos,

entre Netanyahu, Arafat y un Clinton que ha tomado un activo papel como negociador. De esos acuerdos surge

una nueva retirada israelí de otra porción de Cisjordania a cambio de que los palestinos se comprometan a

frenar la lucha armada. Estos acuerdos se materializarán en el mes de mayo e Israel entrega a los palestinos el

12% de Cisjordania. Ese mismo mes gana las elecciones en Israel Ehud Barak, un laborista partidario de la

paz con los árabes.

Para los palestinos todo avanza penosamente, los judíos entregan territorios con cuentagotas y, hartos de

esperar, intensifican una lucha que nunca ha desaparecido totalmente.

En el año 2000 surgen nuevas oportunidades: una nueva retirada israelí de Cisjordania (de otro 11%), la

retirada del ejército israelí del sur del Líbano, y una nueva cumbre con los palestinos en Camp David entre el

11 y el 25 de julio bajo los auspicios de un Clinton en la recta final de su mandato y que quiere legar al mundo

una paz definitiva.

Estas negociaciones son las que más cerca estuvieron de llegar a un acuerdo completo, pero al final no se

pusieron de acuerdo en la cuestión más espinosa: Jerusalén.

Para los judíos Arafat se mostró intransigente en esta cuestión, para los palestinos renunciar a esta ciudad era

una traición a su causa. El fracaso de las conversaciones pasará la factura a ambos líderes, Barak dimite en

diciembre y los palestinos más radicales van a conseguir más fuerza.

La tensión acumulada estalla al acudir el derechista judío Ariel Sharon el 28 de octubre de 2000 a la Explanada

de las Mezquitas de Jerusalén, zona sagrada para los árabes, esto es considerado una provocación y genera un

levantamiento generalizado que se conoce como segunda intifada.

El levantamiento se generaliza rápidamente, el fracaso de las negociaciones radicaliza aún más a los

palestinos. Pero lo peor está por llegar, en las elecciones de febrero de 2001 Ariel Sharon, considerado un

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belicista, es nombrado primer ministro de Israel, famoso por haber actuado de manera inflexible contra los

palestinos en el tiempo en que fue general, y célebre también por haber permitido la matanza de palestinos en

los campos de refugiados de Shabra y Shatila en el Líbano en septiembre de 1982.

Estaba claro que las posibilidades de acuerdo eran mínimas. Entre tanto, la segunda intifada se intensifica

entre febrero y marzo de 2002, ya no sólo aparecen niños tirando piedras a los blindados israelíes, sino

también, y cada vez más, jóvenes con bombas que se suicidan haciéndolas explotar en lugares muy

frecuentados de Israel.

La militancia en grupos religiosos radicales de estos kamikazes palestinos es evidente. La violencia genera

violencia, Sharon, sin contemplaciones, cada vez que ocurre un atentado ordena demoler campos de refugiados

en Cisjordania y el bombardeo de ciudades palestinas, o manda el asesinato selectivo de líderes de Hamás o

Hezbolá, dos de los partidos palestinos más radicales.

Además, tras el 11S sus acciones tienen carta blanca en un contexto internacional de lucha contra el terrorismo

y con un Bush abiertamente favorable a Israel.

En junio de 2002, Israel inicia la construcción de un muro para defenderse de los ataques terroristas palestino.

Este muro aísla a los palestinos, les corta las comunicaciones, les arrebata más tierra, y mantiene confinados

en una inmensa cárcel a cientos de miles de personas sin posibilidades de salir del territorio.

Mientras, el ejército sella los poblados palestinos, cortando el suministro de agua y electricidad.

En enero de 2003 Ariel Sharon vuelve a ganar las elecciones. Simultáneamente, las iniciativas internacionales

para lograr la paz se suceden. La más importantes es la llamada Hoja de Ruta, un plan de paz elaborado por

el denominado “cuarteto” (EE. UU, UE, Rusia y ONU). En ella se promete un Estado palestino a cambio del

fin del terrorismo, como esto no sucede queda en papel mojado.

En septiembre de 2003 un doble atentado deja 14 muertos en Jerusalén, como respuesta, entre otras, Sharon

asesina al líder de Hamás, el jeque Yasin.

La Hoja de Ruta parece abocada al fracaso. La situación se prolonga durante el 2004, si bien, el número de

atentados palestinos ha disminuido debido a la vigilancia israelí. Una novedad se produce este año, Sharon

impone a su partido y a su gobierno la retirada de Gaza (se materializará en agosto de 2005), un paso sin

precedentes en un personaje que era considerado un líder por los judíos más radicales que vivían en los

asentamientos judíos en los territorios ocupado. El 27 de octubre de 2004 Arafat, que lleva años confinado en

la Mukata, ve empeorar su crítico estado de salud, con autorización israelí es llevado a París donde muere en

la madrugada del 11 de noviembre.

Nuevas incertidumbres planteaban la desaparición del “rais” palestino, la más evidente era el posible

enfrentamiento entre los distintos grupos palestinos por el control del poder.

La elección en enero de 2005 de Mahmud Abbas parece conjurar el peligro de enfrentamiento entre las

facciones palestinas. Si bien el creciente peso de Hamas en Gaza y la imposibilidad de controlar a todas las

facciones armadas le resten credibilidad ante los israelíes. En el campo israelí el “plan de desconexión de

Gaza”, o retirada unilateral de aquel territorio después de 38 años de ocupación, dividió como nunca a la

sociedad israelí. De todas formas, la retirada militar de aquel territorio no es total, Israel sigue controlando la

frontera con Egipto, los accesos marinos, las fuentes de agua, y el espacio aéreo.

El triunfo de Peretz en el Partido Laborista frente a Simón Peres hace que este partido abandone el gobierno

de coalición con el partido derechista Likud de Sharon y éste quede en minoría y no tenga más remedio que

adelantar en unos meses las elecciones, a marzo de 2006. Un cambio inesperado se produce a finales de 2005:

Sharon decide abandonar el Likkud, partido en el que ha militado toda su vida, para fundar un nuevo partido:

Kadima (adelante en hebreo). Con vistas a las elecciones de marzo de 2006 esta nueva formación arrastra a

un gran número de diputados del Likkud e incluso del partido Laborista (Simón Peres), pero la salud no

acompaña a Ariel Sharon, un anciano de 81 años, a principios de enero de 2006 ingresa en el hospital con un

infarto cerebral, su recuperación es difícil, y el político vive en un estado vegetal. Ehud Olmert, fiel a Sharon

desde años, se convierte en su sucesor en la jefatura de Kadima, venciendo en las elecciones del 28 de marzo

de 2006, aunque no por una mayoría tan fuerte como pronosticaban las encuestas.

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En el lado palestino asistimos en enero al triunfo de Hamas en las elecciones (76 de 132 escaños) lo que tiene

varias consecuencias, entre ellas dos. La primera es la confirmación del enfrentamiento entre la OLP de Mazen

(presidente de la Autoridad Nacional Palestina) y Hamas que domina el gobierno y el Parlamento; este choque

en algunos momentos parece llevar al país al borde de la guerra civil.

La segunda consecuencia es que nadie en el exterior reconoce el triunfo de Hamas por no reconocer este

partido al Estado de Israel, esto se convierte en un aislamiento y en el cese de la ayuda económica a la ANP

lo que se traduce en una asfixia económica que aumentan las duras condiciones de vida de los palestinos:

funcionarios que no cobran sus sueldos, gobierno sin presupuestos…

Pero el año 2006 trae más novedades al conflicto. En Gaza los militantes fundamentalistas secuestran a un

soldado israelí, y en el norte la guerrilla libanesa de Hezbollah a otros dos. Este hecho desencadena una brutal

respuesta israelí: ataque feroz a los palestinos en Gaza, y destrucción total del Líbano en una operación que

dura desde el 12 de julio al 10 de agosto. En los dos casos no logra la liberación de los soldados.

Sólo la intervención de la ONU pudo acabar con el conflicto.

Principales problemas para la paz.

a) El problema de los refugiados. Es fundamental, desde el inicio de la guerra viven fuera de Palestina casi

cuatro millones de palestinos que huyeron del conflicto. Viven hacinados en campos de refugiados en Siria,

Egipto, países del Golfo, Jordania (donde son la mitad de la población), Líbano... El regreso de esos refugiados

está presente en cualquier tratado de paz, y cuenta con el respaldo de varias resoluciones de la ONU. Pero en

la práctica es imposible, Israel nunca aceptará el retorno de esos refugiados, en primer lugar, porque los

escasos seis millones de israelíes (de los cuales un millón son árabes) serían una minoría en la zona, y la

identidad y el Estado hebreo correrían el riesgo de desaparecer. En segundo lugar, estos refugiados reclamarían

la tierra de sus antepasados que hace decenios que están ocupadas por los israelíes. Como vemos la solución

no es fácil.

b) El problema del agua. No es menos importante que el anterior. En la zona semiárida de Oriente Próximo,

la posesión de agua garantiza la supervivencia y se convierte, por tanto, en un factor estratégico de primer

orden. En las actuales circunstancias Israel domina todas las fuentes de agua, desde el río Jordán hasta el lago

Tiberiades. Además, con la anexión de los Altos del Golán en 1967 controla una zona montañosa con

numerosas fuentes y de donde salen los principales cauces de la región. Israel en la práctica puede “cerrar el

grifo” a los palestinos, de hecho, las ciudades árabes reciben menos de la cuarta parte de agua que los

asentamientos judíos vecinos. El gobierno de Tel Aviv, además, ha construido canales y acueductos para

distribuir de forma racional por todo su territorio. En este problema Israel tiene la sartén por el mango ¿estará

dispuesta en un futuro a generosas concesiones en este campo en detrimento de su propia población?

c) Jerusalén. Es un problema más emocional que práctico. Para los judíos es su ciudad santa, donde se

encuentran las ruinas de su pasado: el Muro de las Lamentaciones (resto del Templo de Salomón), la tumba

de sus profetas y personajes bíblicos, etc. Tras la anexión de la parte árabe de la ciudad en 1967 se declaró a

Jerusalem como ciudad judía para siempre, y se llevó a cabo una dura política para reducir el número de árabes

en la parte este de la ciudad, a través de confiscaciones, destrucciones de casas, sentencias judiciales,

remodelación administrativa de la ciudad para que los árabes queden en minoría en su zona... Para los árabes

es la tercera ciudad santa del Islam, tras La Meca y Medina. Su lugar más sagrado es la mezquita de Al Aqsa.

En Jerusalén se apareció Mahoma en un viaje El conflicto árabe-israelí (1948-1973). 10 nocturno, y su huella

está en la mezquita de la Roca. Los palestinos consideran irrenunciable la capitalidad de Jerusalén Este en un

futuro Estado palestino independiente. Como podemos suponer, en una población cada vez más radicaliza en

ambos bandos la cuestión levanta pasiones. d) Los asentamientos judíos en Cisjordania. Tras la disolución de

la URSS, muchos judíos soviéticos y de la Europa del Este emigraron a Israel, eran un pulmón de oxígeno

frente al fuerte potencial demográfico de los árabes. Fueron instalados mayoritariamente en los asentamientos

o colonias judías de Cisjordania. Los palestinos siempre han clamado contra esta ocupación ilegal y los ataques

de los terroristas se han cebado en estos enclaves fuertemente defendidos y protegidos por el ejército. El

movimiento colono es muy radical, consideran que es irrenunciable esa tierra por ser hogar de los judíos

bíblicos. Tratan de evitar que se reproduzca otro repliegue israelí de los asentamientos como ocurrió cuando

Israel abandonó el Sinaí en 1981. Además, la dura oposición de los colonos, los sectores derechistas y grupos

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radicales religiosos amenaza con tensiones muy fuertes en el seno de la sociedad judía que necesita más que

nunca de unidad. El resultado es que toda una maraña de asentamientos, perfectamente comunicados entre sí,

pueblan Cisjordania. Una futura Palestina independiente no sería viable con ese cuerpo extraño en su interior.

Desde que empezaron las negociaciones se incrementó la construcción de estos asentamientos, tal vez para

tener una baza más para negociar con los palestinos. Estas colonias han sido declaradas ilegales por la

comunidad internacional, pero eso no hace mella en el gobierno judío, que con el apoyo y el veto

estadounidense hace caso omiso de todas las resoluciones de la ONU. De todas formas, un hecho interesante

es que Sharon, durante mucho tiempo líder del movimiento colono, en 2004 ha impuso un plan para abandonar

los asentamientos en Gaza, tal vez con la intención de vender a la comunidad internacional las buenas

intenciones de su Gobierno, pero ocultando un más que posible afianzamiento de su posición en Cisjordania.

En la actualidad no se vislumbra un cambio significativo de posturas maximalistas entre los actores más

radicales en el seno de las dos entidades. Ambos son muy importantes, y no se puede prescindir de ellos para

adoptar una solución al conflicto, y a lo largo de sucesivos intentos de negociación se han encargado de

torpedear el posible éxito del proceso de paz que no ha llegado nunca a fructificar, y no se prevé que en lo

sucesivo se dé un resultado satisfactorio para las dos comunidades enfrentadas. Es por ello que al no atisbar a

medio o largo plazo una posible terminación de la confrontación, esta ha de ser calificada,

desafortunadamente, como uno de los ejemplos de conflicto sin fin, es decir, “sempiterno conflicto”.

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