Construir la Paz Tich Nhat Hanh, Otro de Filosofía. Universidad Católica Argentina Santa Maria de los Buenos Aires
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medicalintel11 de abril de 2017

Construir la Paz Tich Nhat Hanh, Otro de Filosofía. Universidad Católica Argentina Santa Maria de los Buenos Aires

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El Fin de la Violencia en el Mundo, en Tu Entorno y en Tu interior
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CONSTRUIR

LA PAZ

Thich, Nhat Hahn

Construir la paz.- 1a. ed.- Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2004. 224 p. ; 21x14 cm.

ISBN 987-1068-62-X

I. Superación Personal I. Titulo CDD 158.1

Construir la paz

Título original: Creating True Peace Traducción: Judit Feliu Cortés Autor: Thich Nhat Hanh Diseño de cubierta: Opalworks Compaginación: Marqués, S.L.

© del texto. 2003. The Venerable Thich Nhat Hanh © de esta edición: 2005 Editorial del Nuevo Extremo S.A.

Juncal 4651 (1425) Buenos Aires Argentina Tel/Fax: (54-11) 4773-3228 e-mail: editorial@delnuevoextremo.com www.delnuevoextremo.com

© RBA Libros S.A Pérez Galdóz. 36 - 08012 Barcelona rba-libros@rba.es www.rbalibros.com

Director Editorial: Miguel Lambré Coordinador de Edición: Tomás Lambré Imagen Editorial: Marta Cánovas

ISBN: 987-1068-62-X Primera edición: Marzo de 2005

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11723 Impreso en Argentina. Printed in Argentina.

Thich Nhat Hanh

CONSTRUIR

LA PAZ El fin de la violencia en el mundo, en tu entorno y en tu interior.

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ÍNDICE

1. ¿Qué es la paz verdadera? .................................... 9 2. Convertir las flechas en flores: La práctica de la

transformación interior .................................... 19 3. La paz empieza con nosotros: Practicar en el

mundo .............................................................. 61 4. La acción correcta proviene de la comprensión

correcta ............................................................ 93 5. Reconciliación: Prácticas de paz para los indivi-

duos y las parejas ............................................. 117 6. Amar significa estar completamente presente:

Practicar la paz con los propios hijos.............. 147 7. Proteger la paz: Prácticas comunitarias y sangha 173 8. Una llamada a la gran compasión ........................ 187

Epílogo: Una nueva ótica global: Manifiesto por una cultura de la paz y la no-violencia ............................ 213

Sobre el autor ............................................................ 217 Información de los centros de práctica de Thich Nhat Hanh .......................................................................... 219

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I ¿QUÉ ES LA PAZ VERDADERA?

La paz verdadera siempre es posible, aunque requiere fuerza y práctica, sobre todo en tiempos de gran dificultad. Para algunos, la paz y la no- violencia son sinónimos de pasividad y debilidad. En realidad, practicar la paz y la no-violencia está muy lejos de la pasividad. Practicar la paz, hacer que la paz viva en nosotros, es cultivar activamente la comprensión, el amor y la compasión, incluso cuando nos enfrentamos a la incomprensión y el conflicto. Practicar la paz, en especial en tiempos de guerra, requiere coraje.

Todos podemos practicar la no-violencia. Empezamos reconociendo que, en lo profundo de nuestra conciencia, tenemos semillas de compasión y semillas de violencia. Adquirimos conciencia de que nuestra mente es como un jardín que contiene todo tipo de semillas: semillas de comprensión, semillas de perdón, semillas de preocupación, pero también semillas de ignorancia, miedo y odio. Nos damos cuenta de que, en cualquier momento, podemos actuar con violencia o con compasión, según sea la fuerza de estas semillas en nuestro interior.

Cuando las semillas de enfado, violencia y miedo se riegan en nuestro interior varias veces al día, crecen con más

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fuerza. Entonces, somos incapaces de ser felices, de aceptarnos a nosotros mismos; sufrimos y hacemos sufrir a los que nos rodean. Pero si sabemos cómo cultivar las semillas de amor, compasión y comprensión diariamente, estas semillas serán más fuertes, y las semillas de violencia y odio se volverán más y más débiles. Sabemos que si regamos las semillas de enfado, violencia y miedo en nosotros, perderemos nuestra paz y nuestra estabilidad. Sufriremos y haremos que los que nos rodean también sufran. Pero si cultivamos las semillas de la compasión, alimentaremos la paz en nuestro interior y en nuestro entorno. Con este principio estamos ya en el camino para crear la paz.

Las enseñanzas de este libro se ofrecen para ayudar a cualquier persona que aspire a llevar una vida de no-violencia. Estas prácticas son el legado en vida de Buda y de mis maestros ancestrales. Tienen tanto poder en la actualidad como lo tenían en el despertar de Buda, hace 2.600 años. Estas enseñanzas, en su conjunto, conforman un manual práctico de la paz, para usted, su familia, su comunidad y para el mundo. En el momento actual, con tantos conflictos en el mundo, ofrezco este libro para ayudarle a darse cuenta de que la violencia no es inevitable. La paz está ahí para nosotros y en cualquier momento. Es nuestra opción.

Lanaturaleza de la guerra

En 1946, durante la guerra entre Francia e Indochina, era un monje novicio en el templo Tu Hieu en Hue, en el centro de Vietnam. En esa época, la ciudad de Hue estaba ocupada por la armada francesa. Un buen día, dos soldados franceses llegaron a nuestro templo. Mientras uno esperaba en el jeep fuera de la puerta del templo, el otro entró, empuñando un arma, y nos pidió todo el arroz. Sólo teníamos un

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saco de arroz para todos los monjes y quería llevárselo. El soldado era joven, de unos veinte años, y estaba hambriento. Estaba delgado y pálido, como si tuviera malaria, enfermedad que yo padecía en esa época. Tuve que obedecer su orden y llevar nuestro pesado saco de arroz al jeep. Era una distancia considerable y mientras me encontraba bajo el preciado peso del saco, me invadió el enfado y la tristeza. Se estaban llevando el poco arroz que teníamos, dejando a nuestra comunidad sin comida. Más tarde, para mi tranquilidad, supe que uno de los monjes más viejos había enterrado un gran contenedor de arroz en el suelo del templo, a gran profundidad bajo tierra.

Durante los últimos años, he meditado muchas veces sobre ese soldado francés. Me he dado cuenta de que había tenido que dejar a sus padres, hermanos, hermanas y amigos en plena adolescencia y viajar a través del mundo hasta Vietnam, donde se enfrentó al horror de matar a mis compatriotas o ser matado. A menudo me he preguntado si el soldado sobrevivió y si fue capaz de volver a casa con sus padres. Es muy probable que no sobreviviera. La guerra entre Francia e Indochina duró varios años, y acabó sólo con la derrota de Francia en Dien Bien Phu y el Acuerdo de Ginebra en 1954. Después de reflexionar detenidamente, me di cuenta de que los vietnamitas no son las únicas víctimas de la guerra; también son víctimas los soldados franceses. Con este pensamiento interior, ya nunca más me sentí enfadado con el joven soldado. Nació en mí la compasión hacia él, y sólo le deseaba el bien.

Nunca supe el nombre del soldado francés, y él tampoco supo el mío, pero cuando nos encontramos ya éramos enemigos. Llegó y estaba preparado para matarme por nuestra comida, y yo tuve que acatar su orden para protegerme a mí y a mis compañeros monjes. Nosotros dos no éramos, por naturaleza, enemigos. Bajo otras circunstancias hubié-

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ramos podido ser muy amigos, incluso amarnos como hermanos. Pero la guerra nos separó y trajo la violencia entre nosotros.

Esta es la naturaleza de la guerra: nos vuelve enemigos. Gente que no se conoce se mata sin piedad. La guerra crea mucho sufrimiento: los niños se convierten en huérfanos, ciudades y pueblos enteros son destruidos. Todos los que sufren estos conflictos son víctimas. Con antecedentes de devastación y sufrimiento como este, después de haber experimentado la guerra entre Francia e Indonesia y la guerra de Vietnam, tengo el profundo deseo de evitar que vuelva a haber guerra jamás.

Mi plegaria consiste en que las naciones no manden nunca más a sus gentes jóvenes a luchar los unos con los otros, aunque sea en nombre de la paz. No acepto el concepto de una guerra por la paz, una «guerra justa», como tampoco puedo aceptar el concepto de «esclavitud justa», «odio justo» o «racismo justo». Durante las guerras en Vietnam, mis amigos y yo mismo nos declaramos neutrales; no tomamos parte y no teníamos enemigos, del norte o del sur, franceses, americanos o vietnamitas. Sabíamos que la primera víctima de la guerra es la persona que la perpetra. Como dijo Mahatma Gandhi: «Ojo por ojo solamente comporta que todo el mundo se vuelva ciego».

La naturaleza de la paz

Durante la guerra en Vietnam, los que practicábamos la no-violencia aprendimos que es realmente posible vivir felizmente y sin odio, incluso entre gente que nos odia. Pero para conseguirlo, necesitamos mantenernos tranquilos, y ver claramente cuál era la situación real y cuál no y, seguidamente, levantarnos y actuar con coraje. La paz no es sim-

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plemente la ausencia de violencia; es el cultivo de la comprensión, en el interior, y la compasión, combinada con la acción. La paz es la práctica de la conciencia, la práctica de ser conscientes de nuestros pensamientos, de nuestras acciones y de las consecuencias de nuestras acciones. La conciencia es al mismo tiempo simple y profunda. Cuando somos conscientes y cultivamos la compasión en nuestra vida coti- diana, disminuimos la violencia diariamente. Ejercemos un efecto positivo en nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad.

Algunas personas creen que existe una diferencia entre la conciencia y la meditación, pero esta creencia no es correcta. La práctica de la conciencia es simplemente ser consciente en cada momento de nuestras vidas. La vida consciente es un arte. No es necesario ser un monje, o vivir en un monasterio, para practicar la conciencia. Puede practicarla en cualquier momento, mientras conduce el coche o hace las tareas domésticas. Conducir conscientemente hará que disfrute el tiempo que pasa en su coche, y además le ayudará a evitar accidentes. Puede utilizar la luz roja del semáforo como señal de conciencia, que le recuerda que debe parar y disfrutar su respiración. De manera parecida, cuando lava los platos después de cenar, puede practicar una res- piración consciente para que el rato que pasa lavando los platos sea placentero y tenga sentido. No sienta que debe correr. Si corre, pierde el tiempo de lavar los platos. El rato que pasa lavando los platos y haciendo todas las demás tareas diarias es precioso. Es un momento para estar vivo. Cuando practique la vida consciente, la paz florecerá en sus actividades diarias.

Le pido que utilice las meditaciones guiadas de este libro como ayuda para practicar la conciencia y la no-violencia. Puede usar estas prácticas individualmente o bien disfrutarlas usted junto a toda su familia. Estas meditaciones paso a

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paso le ayudarán a calmar sus emociones y a ver su «inter-yo», a ver que no existe separación entre usted y yo, entre usted y las otras personas, a ver que «intersomos». Como escribió mi amigo Martin Luther King Jr., «cualquier vida está interrelacionada. Todos estamos atrapados en una red de mutualidad de donde no podemos escapar, atados a una única pieza del destino».

Las enseñanzas espirituales de cualquier tradición nos ayudan a cultivar las semillas de la compasión, la no-violencia, la inclusión y la reconciliación. Nos muestran la salida al miedo y al conflicto: el odio no se puede detener con odio. No se debe responder a la violencia con más violencia. La única salida a la violencia y al conflicto es, para nosotros, abrazarnos a la práctica de la paz, pensar y actuar con compasión, amor y comprensión. Puede que muchos de nosotros hayamos perdido la fe en estas enseñanzas y pensemos que no son realistas y estén desfasadas. Por el contrario, invertimos en conseguir la fama y la salud, pensando que esto nos hará felices. Sin embargo, cuando somos honestos con nosotros mismos y miramos en el fondo de nuestro corazón, vemos que aunque tengamos una salud y un poder ilimitados, podemos seguir viviendo en el miedo. La única salida a la violencia y al conflicto es para nosotros seguir la práctica de la paz, pensar y actuar con compasión, amor y comprensión.

Un tratado de paz personal

En estas páginas se incluyen ejemplos de pactos que puede hacer con usted mismo, su pareja y su familia. Estos acuerdos nos obligan a practicar la reconciliación y la comunicación con los que amamos, nuestros amigos, colegas y con otra gente con los que vivimos y trabajamos. Se trata de pactos concretos que transforman nuestras vidas.

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Para hacer un tratado de paz personal debemos escribir: «Querido yo, prometo practicar y vivir mi vida diaria de manera que no toque o riegue la semilla de la violencia en mí». En todo momento estamos decididos a protegernos de pensamientos negativos y a alimentar el amor y la afabilidad en nosotros mismos. También podemos compartir este compromiso con los que queremos. Podemos ir a nuestra pareja, nuestro hijo o hija, y decir: «Mi querido, mi amado, si realmente me amas, por favor, no riegues la semilla de la violencia de mi interior. Por favor, riega la semilla de la compasión que hay en mí. Prometo hacer lo mismo por ti».

Puede mantener este pacto de muchas maneras. Puede evitar situaciones que le hagan enfadar o crear conflicto con los demás. Por ejemplo, cuando lee una revista puede encontrar ideas e imágenes que rieguen las semillas del odio y del miedo en usted. O mientras conversa con alguien, la discusión puede entristecerle y puede sentir que el enfado se incrementa en su interior. Durante estos momentos, su práctica consiste en ser consciente de que las semillas internas de enfado, miedo y odio se están regando y que estas emociones pueden llevar la violencia a su pensamiento, su habla y sus acciones. Le pido que aleje cualquier lectura que no nutra el amor y la comprensión. Evite participar en conversaciones que rieguen semillas negativas en su interior. Deje que sus seres queridos sepan cómo pueden ayudarle para prevenir que la irritación y el enfado crezcan en usted.

De manera similar, puede ayudar a sus seres queridos en la práctica de la paz. Cuando compartan con usted lo que les entristece, les hace enfadar o les deprime, tome nota, y actúe amablemente para conseguir sus intereses. Intente evitar hacer o decir cosas que sabe que riegan las semillas del conflicto en ellos. Se trata de una manera concreta e inteli- gente de practicar la paz.

Hoy en día, la mayoría de la gente joven no ha tenido

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que enfrentarse al gran dolor de la guerra. No recuerda los horrores que comporta la violencia en masa. Debemos ayudar a nuestros hijos a que se den cuenta de que en ellos existe la capacidad de la violencia y de la guerra, al lado de la capacidad para cuidar y amar. Con conciencia, también debemos enseñar a nuestros hijos prácticas concretas que alimenten las semillas positivas que tienen dentro y evitar fortalecer las semillas negativas del odio, el ansia y el miedo. Debemos empezar con este proceso de aprendizaje cuando nuestros niños son pequeños para que, a medida que vayan creciendo, tengan la fuerza y la capacidad de estar tranquilos y actuar de manera no violenta y con intuición.

Antes de morir, Buda instruyó a sus discípulos: «Debéis ser una lámpara en vuestro interior». De esta manera, nos apremia a que cada uno de nosotros iluminemos la lámpara de la conciencia en nuestros corazones. Mis queridos amigos, practiquemos enérgicamente para iluminar el camino de la paz a nuestros seres queridos, a nuestra sociedad y a las futuras generaciones.

Del compromiso a la acción

Cuando era un monje joven en el instituto budista de Vietnam, en la década de 1940, tenía la profunda aspiración de practicar las bellas enseñanzas de Buda que había recibido. Me había hecho monje por mis ideales de servicio y compasión, pero estaba decepcionado porque no había tenido la oportunidad de expresar mis ideales en la vida monástica que llevábamos.

En esa época, nuestro país estaba gobernado por extranjeros. Vivíamos en medio de la guerra y la opresión. Además, las enseñanzas y la práctica que nos ofrecieron en el instituto budista no parecían corresponderse con la realidad

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de nuestra situación. La mayoría de los jóvenes queríamos ayudar a los demás y responder a la injusticia que reinaba en nuestra sociedad. Muchos se vieron atraídos por el comunismo, porque parecía que el partido comunista ofrecía una oportunidad real de servir a nuestra gente. Por esta razón, muchos jóvenes se afiliaron a los comunistas con esta sincera voluntad y con el bello deseo de ayudar a encontrarse a sí mismos peleando y matando a sus propios hermanos y hermanas.

Afortunadamente, en ese momento yo estaba en contacto con los escritos y las enseñanzas de un monje budista sénior que me enseñó el camino de la paz y de la no-violencia en la tradición budista. Dejé el instituto budista porque no encontré una enseñanza y una práctica adecuadas para responder a la realidad de la vida en Vietnam, pero no dejé la vida monástica. Seguí siendo monje y, con el paso del tiempo y junto con mis amigos que pensaban como yo, creamos una pequeña comunidad que combinaba la práctica de la conciencia y de la paz con el trabajo social. De esta manera, ayudamos a iniciar el movimiento del budismo comprometido, y nuestra comunidad ofrecía ayuda a la gente y a los pueblos que sufrían la guerra y la opresión política.

Las palabras y los pensamientos que se refieren a la acción compasiva, pero que no se ponen en práctica, son como bellas flores de gran color pero sin olor. La práctica de la conciencia ya es la acción de paz. La práctica de la conciencia tiene el poder de transformarnos y de afectar al mundo entero. Debemos practicar el cultivo de la paz indi- vidualmente y en nuestras relaciones. Necesitamos practicar la paz con nuestra pareja, nuestros hijos, amigos, vecinos y con la sociedad. Sólo este tipo de práctica permitirá que la flor de la paz arraigue en nuestras familias, en nuestras comunidades y en el mundo entero. Todos nosotros pode-

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mos actuar según el deseo de nuestras propias tradiciones espirituales, sea el judaismo, el islam, el cristianismo, el budismo o cualquier otra.

Debemos examinar cómo consumimos, trabajamos y tratamos a la gente para ver si nuestra vida diaria expresa el espíritu de la paz y de la reconciliación o si hacemos todo lo contrario. La práctica de la introspección profunda hará que la paz sea posible en nuestra vida diaria. La esperanza para las generaciones solamente existe si podemos poner en práctica nuestra profunda aspiración de una cultura de la paz y la no-violencia. Si no podemos tomar medidas prácticas para obtener una ética global de la no-violencia no tendremos suficiente fuerza para afrontar y resolver las dificultades con que toparemos en el próximo siglo. Podemos hacerlo. La paz verdadera es posible.

Querido lector/a, le pido que a medida que vaya leyendo este libro, vaya comprendiendo que la paz ya está aquí. Ya es una parte de usted. Por favor, lea estas páginas lentamente y con tranquilidad, puesto que el acto de leer ya es paz en sí mismo. Recuerde que la práctica de la paz siempre empieza justo aquí, justo ahora.

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CONVERTIR LAS FLECHAS EN FLORES

La práctica de la transformación interior

La violencia nunca está lejos. Es posible identificar las semillas de la violencia en sus pensamientos diarios, en su habla y en sus acciones. Podemos encontrar estas semillas en nuestra propia mente, en nuestras actitudes y en nuestros miedos y ansiedades sobre nosotros y los demás. Pensar por uno mismo puede ser violento y los pensamientos violentos pueden llevarnos a hablar y a actuar violentamente. En este sentido, la violencia de nuestra mente se manifiesta en el mundo.

Las guerras diarias que se suceden en nuestros pensamientos y dentro de nuestras familias tienen mucho que ver con las guerras que mantienen pueblos y naciones en todo el mundo. La convicción de que sabemos la verdad y de que aquellos que no comparten nuestras creencias están equivocados ha causado mucho daño. Cuando creemos que algo es la verdad absoluta, estamos atrapados en nuestro propio punto de vista. Si creemos, por ejemplo, que el budismo es la única vía para ser felices, podemos estar practicando un tipo de violencia que consiste en discriminar y excluir a los que siguen otros caminos espirituales. Cuando estamos atrapados en nuestras ideas, no vemos ni entendemos la

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realidad. Estar atrapado en uno mismo puede ser muy peligroso y puede bloquear la oportunidad de conseguir una mayor sabiduría.

Generalmente, pensamos en la violencia o en la guerra como actos o acontecimientos con un principio y un final definidos. Pero cuando observamos la verdadera naturaleza de la guerra, vemos que, tanto si la guerra empieza como si no, las semillas de la guerra siguen estando allí. No debemos esperar hasta que se haya declarado oficialmente la guerra para reconocer su presencia. Cuando los ejércitos opuestos han dejado el campo de batalla y han vuelto a casa, parece que la guerra ya no existe, pero puede ser que no sea verdad. Puede que la guerra siga allí. Aunque los combates hayan terminado, el odio y el miedo siguen en el corazón y las mentes de los soldados y de los compatriotas de los soldados. La guerra está allí, efectivamente, y si miramos a nuestro alrededor reconoceremos sus múltiples caras: intolerancia religiosa, odio étnico, maltrato infantil, discriminación racial y explotación de los recursos mundiales. Pero también sabemos que las semillas de la paz, la comprensión y el amor están presentes y que crecerán si las cul- tivamos.

Cuando reconocemos que la violencia ha arraigado en nosotros, en la manera como pensamos, hablamos y actuamos, podemos levantarnos y vivir de manera diferente. Podemos decidirnos firmemente a vivir de manera consciente, a vivir en paz. Iluminando la llama de la conciencia en las raíces de la violencia que hay en nuestros corazones y nuestro pensamiento, sofocamos la guerra cuando empieza, en nuestras mentes. Parar la guerra en nuestras mentes y corazones nos asegura cómo parar la guerra en nuestro interior.

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Convertir las flechas en flores

La noche antes de su iluminación, Buda fue atacado por Mara, la tentación, el demonio. Mara y su ejército de demonios dispararon centenares de flechas a Buda, pero a medida que las flechas se le acercaban, las convertía en flores y caían dulcemente a sus pies.

Se trata de una imagen poderosa. Todos podemos practicar y recibir las palabras y acciones violentas contra nosotros, como hizo Buda, transformándolas en flores. El poder de comprender y ser compasivos nos proporciona la capacidad de hacerlo. Todos podemos sacar flores de las flechas.

Durante la guerra en Vietnam, uno de mis estudiantes más próximos, la hermana Chan Khong, que también era profesora en la Universidad de Saigón, escribió una petición de paz. Esta mujer convenció a setenta compañeros suyos, también profesores, para que la firmaran. Poco después, las tropas del norte habían multiplicado los ataques en el sur de Vietnam y el clima era muy tenso. Como resultado, las autoridades locales hicieron un llamamiento público para que los profesores que habían firmado la petición acudieran al Ministerio de Educación y firmaran un manifiesto que refutara su soporte a la petición de paz. Todos los profesores excepto la hermana Chan Khong lo firmaron.

La hermana fue llamada para que hablara con el ministro, que le dijo que si no se retractaba de su manifiesto por la paz perdería su puesto en la universidad y posiblemente iría a prisión. Utilizando su entrenamiento consciente, la hermana Chan Khong calmó sus impulsos y declaró que estaba decidida a asumir toda la responsabilidad por haber iniciado la petición. Entonces dijo: «Señor ministro, como profesora creo que lo más importante que podemos hacer en estos momentos de matanza y confusión es hablar con coraje, comprensión y amor. Este es un regalo precioso que

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podemos dar a nuestros estudiantes. Esto es lo que he hecho. Usted, el ministro de Educación, también fue profesor antes de tener este cargo en el gobierno. Usted es como un hermano mayor para nosotros, los profesores más jóvenes».

Cuando el ministro escuchó estas palabras, su corazón se ablandó. Entendió, se disculpó y no inició ninguna otra acción contra la hermana Chan Khong.

Es posible regar la semilla de la compasión hasta en situaciones de adversidad como estas. Cuando vemos claramente con los ojos y el corazón de la comprensión y la compasión, ya no sentimos que somos víctimas de la violencia ajena. Incluso podemos abrir el corazón de la persona que creemos que quiere herirnos. Podemos convertir en amigos a nuestros enemigos.

Cuando se empieza la práctica de la no-violencia, puede parecer muy difícil. Nos percatamos de que la violencia está a nuestro alrededor. Nos damos cuenta de que las semillas de enfado, miedo y odio están en nuestra propia conciencia. Tal vez sintamos un gran bloque de sufrimiento en nuestro interior y pensemos que no somos capaces de transformar el odio y el miedo en nuestro interior y la violencia que nos ataca. Para muchos de nosotros, esta es la situación. Hemos dejado que la violencia se acumule en nosotros demasiado tiempo porque no teníamos ninguna estrategia para combatirla. Cuando no podemos manejar nuestro sufrimiento, vomitamos nuestra frustración y dolor contra los que tenemos alrededor. Somos víctimas de nuestro propio sufrimiento, pero sólo porque no sabemos cómo tratarlo. Herimos a los demás cuando sentimos dolor. Nosotros —cada uno de nosotros— debemos ser responsables de nuestro propio dolor y trabajar para transformarlo y poder salvarnos a nosotros mismos y a los que amamos.

A medida que empiece a transformar su propio dolor

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interno, también transformará el enfado y el odio de los demás en flores. Pronto verá que las flechas dirigidas contra usted provienen del dolor de los demás. No se sentirá herido por sus flechas o acciones. Al contrario, sólo sentirá compasión. Su compasión transformará el discurso y las acciones de los demás. Todas juntas, estas prácticas proporcionan autoprotección, muy necesaria antes de poder proteger a otros.

Cada vez que alejamos la irritación y el enfado con una sonrisa, conseguimos una victoria para nosotros mismos y para la humanidad. Su sonrisa es como la sonrisa de Buda cuando venció a Mara. Mara está en nosotros en forma de sospecha, celos y confusión, pero con un buen entendimiento de uno mismo y de los demás, evitará ser presa de Mara y cometer errores. En lugar de regar las semillas de la violencia, cultivará las semillas de la compasión y aportará alivio a los demás y a usted mismo.

Reconocer la violencia diaria, admitir nuestro sufrimiento

Una actitud abierta, la voluntad de reconocer y aceptar la diversidad de la experiencia humana y los valores espirituales de otras tradiciones y culturas es esencial en la práctica de la no-violencia. Creamos la paz verdadera cuando incluimos a los demás. Aunque a veces es difícil practicar la inclusión y la separación de nuestras opiniones. La exclusión, la convicción de nuestros puntos de vista, es una costumbre muy común que surge del miedo y la incomprensión hacia los demás. Para transformar nuestra costumbre de excluir a los demás, debemos practicar y desarrollar la comprensión y la compasión en todos los segmentos de nuestra vida.

En algunos países, la gente es educada con fuerza o adoctrinada violentamente contra su voluntad. Muchos re-

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gímenes políticos prohíben a sus ciudadanos decir o pensar de manera diferente a la propaganda oficial del gobierno. En estas sociedades, no existe libertad de pensamiento, expresión o acción. Esta supresión es un tipo de violencia psicológica. Muchos centenares de millones de personas en el mundo viven en entornos como el que he descrito.

Desgraciadamente, en muchas familias ocurre algo similar. Por ejemplo, en algunas culturas, los padres dicen a sus hijos: «Los hombres no lloran». Se les enseña a suprimir sus sentimientos, otra sutil forma de violencia. Como seres humanos, sufrimos, y debemos poder demostrar nuestros sentimientos y, cuando lo necesitemos, decir que tenemos dolor. Debemos permitirnos llorar. Por el contrario, enfer- maremos por la supresión de nuestros sentimientos.

Cuando hacemos que nuestros sentimientos retrocedan e ignoramos el dolor, cometemos violencia contra nosotros mismos. La práctica de la no-violencia debe empezar aquí, debe estar presente y reconocer nuestro propio dolor y desespero. No debemos declarar la guerra a nuestros sentimientos o rechazarlos, simplemente debemos reconocerlos, abrazarlos y transformarlos. Cuando el odio o el miedo estén presentes en nosotros, debemos ser conscientes de ellos. Debemos sonreír y llamarlos por su nombre. «Hola, miedo, sé que estás ahí.» Podemos respirar acompasadamente para ayudar a calmar nuestro sentimiento. Inspirando soy consciente de que el miedo está presente en mí. Expirando calmo mi sentimiento de miedo.

Cuando no aceptamos nuestros sentimientos, la violencia que ejercemos contra nosotros mismos crece en nuestro interior. Nos puede empujar al enfado, a decir cosas destructivas y a herir a los que nos rodean, especialmente a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos, nuestros hijos. Como padres y miembros de una comunidad, debemos aprender a tratar nuestro odio sin frustrar a nuestros

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{lijos. Muchas familias se han roto por conversaciones violentas, surgidas a partir de la acumulación de la violencia heredada de los padres, los amigos y la sociedad.

Los niños acumulan la violencia emocional en sus cuerpos y en sus mentes. Si no saben cómo transformarla, pueden expresarla hiriendo a los demás. Y si no la reconocen, pueden reprimirla y construir una bomba en su interior. Pueden incluso llegar a dirigir la violencia que sienten hacia ellos mismos de manera autodestructiva. Muchos niños sienten que no tienen manera de escapar de su dolor y, por ese motivo, toman drogas, dejan los estudios, practican sexo de manera peligrosa o se suicidan. O se autolesionan para castigar a los que creen que les han hecho sufrir. Es importante reconocer el sufrimiento de nuestros hijos para actuar con compasión y poder ayudarles a reconocer sus ¡Sentimientos de odio, aislamiento y miedo. Podemos ayudarles a ser conscientes. La energía de la conciencia es como un bálsamo que puede aliviar y curar las heridas del odio y el sufrimiento. Somos la continuación de nuestros antepasados. Comediemos todas las cualidades y acciones bonitas de nuestros antepasados y también todas sus cualidades dolorosas. Sabiendo esto, podemos poner lo mejor de nosotros mismos para continuar lo bueno y bello de nuestros padres, y practicar para transformar la violencia y el dolor que hemos heredado a través de muchas generaciones. Sabemos que practicamos la paz no sólo para nosotros mismos, sino para el beneficio de todos nuestros antepasados y descendientes.

Las claves de las prácticas conscientes para cultivar la paz

La conciencia es la base de la felicidad. Una persona infeliz nopuede hacer la paz. La felicidad individual es el funda-

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