culturas hibridas - nestor garcia canclini, Otro de Estudios Culturales. Universidad Nacional de Formosa
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silvina-paz29 de agosto de 2017

culturas hibridas - nestor garcia canclini, Otro de Estudios Culturales. Universidad Nacional de Formosa

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Cultura hibridas es un concepto que refiere a una especie de reestructuración societal y como un tipo de movimiento social transitorio. Canclini interpreta la hibridación cultural como “una interpretación útil de la rela...
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NÉSTOR GARCíA CANCLlNI

CULTURAS HÍBRIDAS ESTRATEGIAS PARA ENTRAR Y

SALIR DE LA MODERNIDAD

grijalbo

cultura Libre CULTURAS HÍBRIDAS Estrategias para entrar y salir de la modernidad

© 1989, Néstor García Canclini

D.R. © 1990 por EDITORIAL GRIJALBO, S.A. de C.V. Calz. San BartoloNaucaIpan núm. 282 Argentina Poniente 11230 Miguel Hidalgo, México, D.F.

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, sin autorización escrita del editor.

ISBN 970-05-0562-6

IMPRESO EN MÉXICO

Para Teresa y Julián

La vida personal, la expresión, el conocimien- to y la historia avanzan oblicuamente, y no directamente, hacia fines o hacia conceptos. Lo que se busca demasiado deliberadamente, no se consigue.

MAURICE MERLAU-PONTY

ÍNDICE

Entrada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 Ni culto, ni popular, ni masivo 16 La modernidad después de la posmodernidad . . . . . . . . . 19

Agradecimientos . 27

Capitulo 1. De las utopias al mercado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31 ¿La imaginación emancipada? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 32 Acabaron las vanguardias, quedan los rituales de innovación . . 42 Fascinados con lo primitivo y lo popular . . . . . . . . . 50 El arte culto ya no es un comercio minorista 55 La estética moderna como ideología para consumidores 61

Capítulo 11. Contradicciones latinoamericanas: ¿modernismo- sin modernización? . . . . . . . . . . . . . . . . . 65 Cómo interpretar una historia híbrida . . . . . . . . . . . . . . . . . 69 Importar. traducir. construir lo propio 73 Expansión del consumo y voluntarismo cultural 81 El Estado cuida el patrimonio, las empresas lo modernizan 85

Capitulo 111. Artistas, intermediarios y público: ¿innovar o democratizar? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95 De Paz a Borges: comportamientos ante el televisor . . . . . . . . 96 El laboratorio irónico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 106

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12 CULTIJRAS HIBRIDAS

La modernidad de los receptores 129 ¿Cultura para todos? 141

Capítulo No El por..enirdelpasado . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . 149 Fundamentalistas y modernizadores ante el patrimonio histórico 149 La teatralización del poder 151 ¿Son posibles los museos nacionales después de la crisis del nacionalismo? 158 Para qué sirven los ritos: identidad y discriminación 177 Hacia una teoría social del patrimonio 180

Capítulo V. La puesta en escenade /o popular 191 El folclor: invención melancólica de las tradiciones 193 Culturas populares prósperas , 200 Reconversión hegemónica y reconversión popular 221 Artes vs. artesanías 224 Antropología ..s. sociología 228

Capítulo VI. Popular, popularidad: de la representación polúica a la teatral 237 Comunicaciones: la construcción del espectador 240 Populismo: la simulación del actor 245 Hacia una investigación transdisciplinaria 252 ¿Definición científica o teatral de lo popular? 259

Capítulo VII. Culturashíbridas, poderesoblicuos 263 Del espacio público a la teleparticipación 264 Memoria histórica y conflictos urbanos 270 Descoleccionar 281 Desterritorializar 288 Intersecciones: de lo moderno a lo posmoderno 305 Géneros impuros: grafitis e historietas 314 Poderes oblicuos 322

Salida 329 Entrar o salir 332 Dónde invertir 334 Cómo investir 338 Mediaciones y democratización 344

Apéndice. Figuraciones sobreculturasy poluicas 349

Bibliografia 377

Índice analitico 389

ENTRADA

¿Cuáles son, en los años noventa, las estrategias para entrar y salir de la modernidad?

Colocamos la pregunta de este modo porque en América Latina, donde las tradiciones aún no se han ido y la moderni- dad no acaba de llegar, dudamos si modernizarnos debe ser el principal objetivo, según pregonan políticos, economistas y la publicidad de nuevas tecnologías. Otros sectores, al compro- bar que los salarios regresan al poder que tenían hace dos décadas y el producto de los países más prósperos -Argentina, Brasil, México- permaneció estancado durante los años ochenta, se preguntan si la modernización no se vuelve inac- cesible para la mayoría. Y también es posible pensar que perdió sentido ser moderno en este tiempo en que las filosofías de la posmodernidad descalifican a los movimientos culturales que prometen utopías y auspician el progreso.

No basta explicar estas discrepancias por las distintas con- cepciones de la modernidad en la economía, la política y la cultura. Junto a la cuestión teórica, están en juego dilemas políticos. ¿Vale la pena que se promuevan las artesanías, se restaure o reutilice el patrimonio histórico, que se siga acep- tando ingresos masivos de estudiantes en carreras humanísticas

13

14 CULTURAS HiBRIDAS

o ligadas a actividades en desuso del arte de élite o la cultura popular? ¿Tiene sentido -personal y colectivamente- inver- tir en largos estudios para acabar en puestos de bajo salario, repitiendo técnicas y conocimientos fatigados en vez de dedi- carse a la microelectrónica o la telecomunicación?

Tampoco es suficiente para entender la diferencia entre las visiones de la modernidad recurrir a ese principio del pensa- miento moderno según el cual las divergencias ideológicas se deberían al desigual acceso que logran a los bienes ciudadanos y polüicos, trabajadores y empresarios, artesanos y artistas. La primera hipótesis de este libro es que la incertidumbre acerca del sentido y el valor de la modernidad deriva no sólo de lo que separa a naciones, etnias y clases, sino de los cruces socioculturales en que lo tradicional y lo moderno se mezclan.

¿Cómo entender el encuentro de artesanías indígenas con catálogos de arte de vanguardia sobre la mesa del televisor? ¿QJ.lé buscan los pintores cuando citan en el mismo cuadro imágenes precolombinas, coloniales y de la industria cultural, cuando las reelaboran usando computadoras y láser? Los medios de comunicación electrónica, que parecian dedicados a sustituir el arte culto y el folelor, ahora los difunden masivamente. El rock y la música "erudita" se renuevan, aun en las metrópolis, con melodías populares asiáticas yafroamericanas.

No se trata sólo de estrategias de las instituciones y los sectores hegemónicos. Las hallamos también en la "reconver- sión" económica y simbólica con que los migran tes campesinos adaptan sus saberes para vivir en la ciudad, y sus artesanías para interesar a consumidores urbanos; cuando los obreros reformulan su cultura laboral ante las nuevas tecnologías productivas sin abandonar creencias antiguas, y los movimíen- tos populares insertan sus demandas en radio y televisión. Cualquiera de nosotros tiene en su casa discos y casetes en que combina música clásica y jazz, folclor, tango y salsa, inclu- yendo a compositores como Piazzola, Caetano Veloso y Rubén Blades que fusionaron esos géneros cruzando en sus obras tradiciones cultas y populares.

Asi como no funciona la oposición abrupta entre lo tradi- cional y lo moderno, tampoco lo culto, lo popular y lo masivo están donde nos habituamos a encontrarlos. Es necesario desconstruir esa división en tres pisos, esa concepción hojal- drada del mundo de la cultura, y averiguar si su hibridación'

I Se encontrarán ocasionales menciones de los términos sincretismo, mestizaje y

ENTRADA 15

puede leerse con las herramientas de las disciplinas que los estudian por separado: la historia del arte y la literatura. que se ocupan de lo "culto"; el folelor y la antropología. consa- grados a lo popular; los trabajos sobre comunicación. especia- lizados en la cultura masiva. Necesitamos ciencias sociales nómadas. capaces de circular por las escaleras que comunican esos pisos. O mejor: que rediseñen los planos y comuniquen horizontalmente los niveles.

La segunda hipótesis es que el trabajo conjunto de estas disciplinas puede generar otro modo de concebir la moder- nización latinoamericana:' más que como una fuerza ajena y dominante. que operaría por sustitución de lo tradicional y lo propio. como los intentos de renovación con que diversos sectores se hacen cargo de la heterogeneidad muititemporai de cada nación.

Una tercera línea de hipótesis sugiere que esta mirada transdisciplinaria sobre los circuitos híbridos tiene consecuen- cias que desbordan la investigación cultural. La explicación de por qué coexisten culturas étnicas y nuevas tecnologías. formas de producción artesanal e industrial. puede ilumínar procesos políticos; por ejemplo. las razones por las que tanto las capas populares como las élites combinan la democracia moderna con relaciones arcaicas de poder. Encontramos en el estudio de la heterogeneidad cultural una de las vías para explicar los poderes oblicuos que entreveran instituciones liberales y hábi- tos autoritarios. movimientos sociales democráticos con regí- menes paternalistas, y las transacciones de unos con otros.

Tenemos. entonces. tres cuestiones en debate. Cómo estu- diar las culturas híbridas que constituyen la modernidad y le dan su perfil especifico en América Latina. Luego. reunir los saberes parciales de las disciplinas que se ocupan de la cultura para ver si es posible elaborar una interpretación más plausible de las contradicciones y los fracasos de nuestra modernización. En tercer lugar. qué hacer -cuando la modernidad se ha vuelto un proyecto polémico O desconfiable- con esta mezela de memoria heterogénea e innovaciones truncas.

otros empleados para designar procesos de hibridación. Prefiero este último porque abarca diversas mezclas interculturales -no sólo las raciales a las que suele limitarse "mestizaje"- y porque permite incluir las formas modernas de hibridación mejor que "sincretismo", fórmula referida casi siempre a fusiones religiosas o de movi- mientos simbólicos tradicionales.

16 CULTURAS HIBRIDAS

NI CULTO. NI POPULAR. NI MASIVO

Para analizar las idas y venidas de la modernidad, los cruces de las herencias indígenas y coloniales con el arte contempo- ráneo y las culturas electrónicas, tal vez sería mejor no hacer un libro. Tampoco una película, ni una telenovela, nada que se entregue en caprtulos y vaya desde un principio a un final. Quizá puede usarse este texto como una ciudad, a la que se ingresa por el camino de lo culto, el de lo popular o el de lo masivo. Adentro todo se mezcla, cada capítulo remite a los otros, y entonces ya no importa saber por qué acceso se llegó.

Pero ¿cómo hablar de la ciudad moderna, que a veces está dejando de ser moderna y de ser ciudad? Lo que era un conjunto de barrios se derrama más allá de lo que podemos relacionar, nadie abarca todos los itinerarios, ni todas las ofertas materiales y simbólicas deshilvanadas que se presentan. Los migrantes atraviesan la ciudad en muchas direcciones, e instalan, precisamente en los cruces, sus puestos barrocos de dulces regionales y radios de contrabando, hierbas curativas y videocasetes. ¿Cómo estudiar las astucias con qué la ciudad intenta conciliar todo lo que llega y prolifera, y trata de contener el desorden: el trueque de lo campesino con lo Iransnacional, los embotellamientos de coches frente a las manifestaciones de protesta, la expansión del consumo junto a las demandas de los desocupados, los duelos entre mercan- cías y comportamientos venidos de todas partes?

Las ciencias sociales contribuyen a esta dificultad con sus diferentes escalas de observación. El antropólogo llega a la ciudad a pie, el sociólogo en auto y por la autopista principal, el comunicólogo en avión. Cada uno registra lo que puede, construye una visión distinta y, por lo tanto, parcial. Hay una cuarta perspectiva, la del historiador, que no se adquiere entrando sino saliendo de la ciudad, desde su centro antiguo hacia las orillas contemporáneas. Pero el centro de la ciudad actual ya no está en el pasado.

La historia del arte y la literatura, y el conocimiento científico, habían identificado repertorios de contenidos que debíamos manejar para ser cultos en el mundo moderno. Por otro lado, la antropología y el folclor, así como los populismos políticos, al reivindicar el saber y las prácticas tradicionales, constituyeron el universo de lo popular. Las industrias cultu- rales engendraron un tercer sistema de mensajes masivos que

ENTRADA 17

fue atendido por nuevos especialistas: comunicólogos y semió- logos.?

Tanto los tradicionalistas como los modernizadores quisie- ron construir objetos puros. Los primeros imaginaron culturas nacionales y populares "auténticas"; buscaron preservarlas de la industrialización, la masificación urbana y las influencias extranjeras. Los modernizadores concibieron un arte por el arte, un saber por el saber, sin fronteras territoriales, y confiaron a la experimentación y la innovación autónomas sus fantasías de progreso. Las diferencias entre esos campos sirvieron para organizar los bienes y las instituciones. Las artesanías iban a ferias y concursos populares, las obras de arte a los museos y las bienales.

Las ideologías modernizadoras, desde el liberalismo del siglo pasado hasta el desarrollismo, acentuaron esta compartimen- tación maniquea al imaginar que la modernización terminaría con las formas de producción, las creencias y los bienes tradicionales. Los mitos serían sustituidos por el conocimiento científico, las artesanías por la expansión de la industria, los libros por los medios audiovisuales de comunicación.

Hoy existe una visión más compleja sobre las relaciones entre tradición y modernidad. Lo culto tradicional no es borrado por la industrialización de los bienes simbólicos. Se publican más libros y ediciones de mayor tiraje que en cual- quier época anterior. Hay obras eruditas y a la vez masivas, como El nombre de la rosa, tema de debates hermenéuticos en simposios y también bestseller: había vendido a fines de 1986, antes de exhibirse la pelicula filmada sobre esa novela, cinco millones de ejemplares en veinticinco lenguas. Los relatos de Garcia Márquez y Vargas Llosa alcanzan más público que las peliculas filmadas sobre sus textos.

Del lado popular, hay que preocuparse menos por lo que se extingue que por lo que se transforma. Nunca hubo tantos artesanos, ni músicos populares, ni semejante difusión del folclor, porque sus productos mantienen funciones tradiciona-

2 Las nociones de culto, popular y masivo serán discutidas conceptual e históricamente en varios capítulos. La más incómoda es la primera: les preferible hablar de culto, elitista, erudito o hegemónico? Estas denominaciones se superponen parcialmente y ninguna es satisfactoria. Erudito resulta la más vulnerable, porque define esta modalidad de organizar la cultura por la vastedad del saber reunido, mientras oculta que se trata de un tipo de saber: lno son eruditos también el curandero y el artesano? Usaremos las nociones de élite y hegemonía para señalar la posición social que confiere a 10 culto sus privilegios, pero emplearemos más a menudo este último nombre, porque es el más utilizado en español.

18 CULTURAS HíBRIDAS

les (dar trabajo a indigenas y campesinos) y desarrollan otras modernas: atraen a turistas y consumidores urbanos que encuentran en los bienes folclóricos signos de distinción, referencias personalizadas que los bienes industriales no ofre- cen.

La modernización disminuye el papel de lo culto y lo popular tradicionales en el conjunto del mercado simbólico, pero no los suprime. Reubica el arte y el folclor, el saber académico y la cultura industrializada, bajo condiciones relativamente se- mejantes. El trabajo del artista y el del artesano se aproximan cuando cada uno experimenta que el orden simbólico especi- fico en que se nutría es redefinido por la lógica del mercado. Cada vez pueden sustraerse menos a la información y la iconografia modernas, al desencantamiento de sus mundos autocentrados y al reencantarnient« que propicia la espectacu- larización de los medios. Lo que se desvanece no son tanto los bienes antes conocidos como cultos o populares, sino la pretensión de unos y otros de conformar universos autosufi- cientes y de que las obras producidas en cada campo sean únicamente "expresión" de sus creadores.

Es lógico que también confluyan las disciplinas que estudia- ban esos universos. El historiador de arte que escribía el catálogo de una exposición situaba al artista o la tendencia en una sucesión articulada de búsquedas, un cierto 11 avance" respecto de lo que se había hecho en ese campo. El folclorista y el antropólogo referían las artesanías a una matriz mítica o un sistema sociocultural autónomos que daban a esos objetos sentidos precisos. H'oy esas operaciones se nos presentan casi siempre como construcciones culturales multicondicionadas por actores que trascienden lo artístico o simbólico.

Qué es el arte no es sólo una cuestión estética: hay que tomar en cuenta cómo se la va respondiendo en la intersección de lo que hacen los periodistas y críticos, historiadores y museógra- fos, marchands, coleccionistas y especuladores. De modo semejante, lo popular no se define por una esencia a priori, sino por las estrategias inestables, diversas, con que constru- yen sus posiciones los propios sectores subalternos, y también por el modo en que el folclorista y el antropólogo ponen en escena la cultura popular para el museo o la academia, los sociólogos y los políticos para los partidos, los comunicólogos para los medios.

ENTRADA 19

LA MODERNIDAD DESPUÉS DE LA POSMODERNIDAD

Estos cambios de los mercados simbólicos en parte radicalizan el proyecto moderno y en cierto modo llevan a una situación posmoderna, entendida como ruptura con lo anterior. La bibliografía reciente sobre este doble movimiento ayuda a repensar varios debates latinoamericanos. Ante todo, la tesis de que los desacuerdos entre el modernismo cultural y la modernización social nos volverían una versión deficiente de la modernidad canonizada por las metrópolis.' O la inversa: que por ser la patria del pastiche y el bricolage, donde se dan cita muchas épocas y estéticas, tendríamos el orgullo de ser pos modernos desde hace siglos y de un modo singular. Ni el "paradigma" de la imitación, ni el de la originalidad, ni la "teoría" que todo lo atribuye a la dependencia, ni la que perezosamente quiere explicarnos por" lo real maravilloso" o un surrealismo latinoamericano, logran dar cuenta de nuestras culturas híbridas.

Se trata de ver cómo, dentro de la crisis de la modernidad occidental -de la que Améríca Latina es parte-, se transfor- man las relaciones entre tradición, modernismo cultural y modernización socioeconómica. Para eso hay que ir más allá de la especulación filosófica y el intuicionismo estético dorni- nantes en la bibliografía posmoderna. La escasez de estudios empiricos sobre el lugar de la cultura en los procesos llamados posmodernos ha llevado a reincidir en distorsiones del pensa- miento premoderno: construir posiciones ideales sin contras- tación fáctica.

Una primera tarea es tener en cuenta las discrepantes con- cepciones de la modernídad. Mientras en el arte, la arquitec- tura y la filosofía las corrientes posmodernas son hegemónicas en muchos países, en la economía y la politica latinoamerica- nas prevalecen los objetivos modernizadores. Las últimas campañas electorales, los mensajes politicos que acompañan los planes de ajuste y reconversión, juzgan prioritario que

J Adoptamos con cierta flexibilidad la distinción hecha por varios autores, desde Jürgen Habermas hasta Marshall Berman, entre la modernidad como etapa histórica, la modernización como proceso socioeconómico que trata de ir construyendo la modernidad, y los modernismos, o sea los proyectos culturales que renuevan las prácticas simbólicas con un sentido experimental o crítico (Jürgen Habermas, El discurso jilosó/ico de la modernidad, Taurus, Madrid, 1989; Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, Siglo XXI, Madrid, 1988).

20 CULTURAS HfBRIDAS

nuestros países incorporen los avances tecnológicos, moderni- cen la economía, superen en las estructuras de poder alianzas informales, la corrupción y otros resabios premodernos.

El peso cotidiano de estas "deficiencias" hace que la actitud más frecuente ante los debates posmodernos sea en América Latina la subestimación irónica. ¿Para qué nos vamos a andar preocupando por la posmodernidad si en nuestro continente los avances modernos no han llegado del todo ni a todos? No hemos tenido una industrialización sólida, ni una tecnificación extendída de la producción agraria, ni un ordenamiento socio- político basado en la racionalidad formal y material que, según leemos de Kant a Weber, se habría convertido en el sentido común de Occidente, el modelo de espacio públíco donde los ciudadanos convivirían democráticamente y participarían en la evolución social. Ni el progresismo evolucionista, ni el racionalismo democrático han sido entre nosotros causas po- pulares.

"Cómo hablar de posmodernidad desde el pais donde insur- ge Sendero Luminoso, que tiene tanto de premoderno" -pre- guntaba hace poco el sociólogo peruano y candidato presidencial Henry Pease Garcia.' Las contradicciones pueden ser distintas en otros países, pero existe la opinión generalizada de que, sí bien el liberalismo y su régimen de representatividad parlamentaria llegaron a las constituciones, carecemos de una cohesión social y una cultura política modernas suficientemen- te asentadas para que nuestras sociedades sean gobernables. Los caudillos siguen manejando las decisiones políticas sobre la base de alianzas informales y relaciones silvestres de fuerza. Los filósofos positivistas y luego los cientificos sociales mo- dernizaron la vida universitaria, dice Octavio Paz, pero el caciquismo, la religiosidad y la manipulación comunicacional conducen el pensamiento de las masas. Las élites cultivan la poesía y el arte de vanguardia, mientras las mayorías son analfabetas.'

La modernidad es vista entonces como una máscara. Un simulacro urdido por las élites y los aparatos estatales, sobre todo los que se ocupan del arte y la cultura, pero que por lo mismo los vuelve irrepresentativos e inverosímiles. Las oligar-

4 Henry Pease Garcla, "La izquierda y la cultura de la posmodernidad", en Proyectos de cambio. La izquierda democrática en América Latina, Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1988. p. 166.

s Octavio Paz, El ogro filantrópico. Joaquín Mortiz, México, 1979, p. 64.

ENTRADA 21

hecho como que constituían Estados, pero sólo ordenaron algu- nas áreas de la sociedad para promover un desarrollo subordi- nado e inconsistente; hicieron como que formaban culturas nacionales, y apenas construyeron culturas de elites dejando fuera a enormes poblaciones indígenas y campesinas que evi- dencian su exclusión en mil revueltas y en la migración que "trastorna" las ciudades. Los populismos hicieron como que in- corporaban a esos sectores excluidos, pero su politica distr i- bucionista en la economia y la cultura, sin cambios estructu- rales, fue revertida en pocos años o se diluyó en c1ientelismos demagógicos.

¿Para qué seguir haciendo como que tenemos Estado, pre- gunta el escritor J osé Ignacio Cabrujas cuando lo consulta la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado Venezola- no, si el Estado "es un esquema de disimulos"? Venezuela, explica, se fue creando como un campamento, habitado pri- mero por tribus errantes y luego por españoles que la usaron como sitio de paso en la búsqueda del oro prometido, hacia Potosí o El Dorado. Con el progreso lo que se hizo fue convertir el campamento en un gigantesco hotel, en el que los pobladores se sienten huéspedes y el Estado un gerente" en permanente fracaso a la hora de garantizar el confort de sus huéspedes" .

Vivir, es decir, asumir la vida, pretender que mis acciones se traducen en algo, moverme en un tiempo histórico hacia un objetivo, es algo que choca con el reglamento del hotel, puesto que cuando me alojo en un hotel no pretendo transformar sus instalaciones, ni mejorarlas, ni adaptarlas a mis deseos. Simplemente las uso.

En algún momento se pensó que era necesario un Estado capaz de administrarlo, un conjunto de instituciones y leyes para garantizar un minimo de orden, "ciertos principios elegantes, apolíneos más que elegantes, mediante los cuales ibamos a pertenecer al mundo civilizado".

Habría sido más justo inventar esos artículos que leemos siempre al ingresar en un cuarto de hotel, casi siempre ubicados en la puerta. "Cómo debe vivir usted aquí", "a qué hora debe marcharse", "favor, no comer en las habitaciones", "queda terminantemente prohibido el ingreso de perros en su cuarto", etc., erc., es decir, un reglamento pragmático y sin ningún melindre principista. Este

22 CULTURAS HÍBRIDAS

es su hotel, disfrútelo y trate de echar la menos vaina posible, podría ser la forma más sincera de redactar el primer párrafo de la Constitución Nacional. 6

¿Se pueden superar estos desacuerdos entre los Estados lati- noamericanos, las sociedades a las que corresponden y su cultura política? Antes de responder, tendremos que averiguar si la pregunta está bien planteada. Para estos autores, y para la mayor parte de la biblíografía latinoamericana, la moder- nidad seguiría teniendo conexiones necesarias -al modo en que lo pensó Max Weber- con el desencantamiento del mundo, con las ciencias experimentales y, sobre todo, con una organización racionalista de la sociedad que culminaría en empresas productivas eficientes y aparatos estatales bien orga- nizados. Estos rasgos no son los únicos que definen la moder- nidad, ni en los autores posmoderno s, como Lyotard o Deleuze, ni en las reinterpretaciones de quienes se siguen adhiriendo al proyecto moderno: entre otros, Habermas en el texto citado, Perry Anderson,? Frederic J ameson. 8

Nuestro libro busca conectar esta revisión de la teoria de la modernidad con las transformaciones ocurridas desde los ochenta en América Latina. Por. ejemplo, los cambios en lo que se entendía por modernización económica y política. Ahora se menosprecian las propuestas de industrialización, la sustitución de importaciones y el fortalecimiento de Estados nacionales autónomos como ideas anticuadas, culpables de que las sociedades latinoamericanas hayan diferído su acceso a la modernidad. Si bien permanece como parte de una política moderna la exigencia de que la producción sea eficiente y los recursos se otorguen donde rindan más, ha pasado a ser una "ingenuidad prernoderna" que un Estado proteja la produc- ción del propio pais o, peor, en función de intereses populares que suelen juzgarse contradictorios con el avance tecnológico. Por cierto, la polémica está abierta y tenemos razones para dudar de que la ineficiencia crónica de nuestros Estados, de sus políticas desarrollistas y proteccionistas, se resuelva libe-

6 José Ignacio Cabrujas, "El Estado del disimulo", Heterodoxia y Estado. 5 respuestos, Estado y Reforma, Caracas. 1987.

7 Perry Anderson, "Modernity and Revolution'', New Left Revíew, 144, marzo- abril de 1984.

8 Frederic Jameson, "Marxism and Posmodernism", New Left Revíew, 176, julio-agosto de 1989.

ENTRADA 23

rando todo a la competencia internacional.' También en la sociedad y la cultura cambió lo que se

entendía por modernidad. Abandonamos el evolucionismo que esperaba la solución de los problemas sociales de la simple secularización de las prácticas: hay que pasar, se decía en los sesenta y setenta, de los comportamíentos prescriptivos a los electivos, de la inercia de costumbres rurales o heredadas a conductas propias de sociedades urbanas, donde los objetivos y la organización colectiva se fijarían de acuerdo con la racionalidad científica y tecnológica. Hoy concebimos a Amé- rica Latina como una articulación más compleja de tradiciones y modernidades (diversas, desiguales), un continente heterogé- neo formado por países donde, en cada uno, coexisten múlti- ples lógicas de desarrollo. Para repensar esta heterogeneidad es útil la reflexión antievolucionista del posmodernismo, más radical que cualquier otra anterior. Su crítica a los relatos omnicomprensivos sobre la historia puede servir para detectar las pretensiones fundamentalistas del tradicionalismo, el etni- cismo y el nacionalismo, para entender las derivaciones auto- ritarias del liberalismo y el socialismo.

En esta línea, concebimos la posmodernidad no como una etapa o tendencia que remplazaría el mundo moderno, sino como una manera de problematizar los vínculos equívocos que éste armó con las tradiciones que quiso excluir o superar para constituirse. La relativización posmoderna de todo fundarnen- talismo o evolucionismo facilíta revisar la separación entre lo culto, lo popular y lo masivo sobre la que aún simula asentarse la modernidad, elaborar un pensamiento más abierto para abarcar las interacciones e integraciones entre los niveles, géneros y formas de la sensibilidad colectiva.

Para tratar estas cuestiones es inapropiada la forma del libro que progresa desde un principio a un final. Prefiero la ducti- lidad del ensayo, que permite moverse en varios niveles. Como escribió Clifford Geertz, el ensayo hace posible explorar en distintas direcciones, rectificar el itinerario si algo no marcha, sin la necesidad de ..defenderse durante cien páginas de exposición previa, como en una monografía o un tratado" .'0 Pero el ensayo científico se diferencia del literario o filosófico

9 Para un desarrollo de esta crítica, véase el texto de José 1. Casar, "La modernización económica y el mercado", en R. Cordera Campos, R. Trejo Delarbre y Juan Enrique Vega (coords.), México: el reclamo democrático, Siglo XXI-ILET, México, 1988.

10 Véase la argumentación en favor del ensayo para la exposición del conocimiento

24 CULTURAS HíBRIDAS

al basarse, como en este caso, en investigaciones empíricas, al someter en lo posible las interpretaciones a un manejo contro- lado de los datos.

También quise evitar la simple acumulación de ensayos separados que reproduciria la compartimentación, el parale- lismo, entre disciplinas y territorios. Al buscar, de todos modos, la estructura del libro intento re-trabajar la concep- tualización de la modernidad en varias disciplinas a través de acercamientos multifocales y complementarios.

El primer capitulo y, en parte, los dos últimos retoman la reflexión sobre modernidad y posmodernidad en los paises metropolitanos con el fin de examinar las contradicciones entre las utopías de creación autónoma en la cultura y la industrialización de los mercados simbólicos. En el segundo, se propone una reinterpretación de los vínculos entre moder- nismo y modernización a partir de investigaciones históricas y sociológicas recientes sobre las culturas latinoamericanas. El tercero analiza cómo se comportan los artistas, intermediarios y públicos ante dos opciones básicas de la modernidad: inno- var o democratizar. En el cuarto, quinto y sexto se estudian algunas estrategias de instituciones y actores modernos al utilizar el patrimonio histórico y las tradiciones populares: cómo los ponen en escena los museos y las escuelas, los estudios folclóricos y antropológicos, la sociologia de la cultura y los populismos políticos. Por último, examinamos las culturas híbridas generadas o promovidas por las nuevas tecnologías comunicacionales, por el reordenamiento de lo público y lo privado en el espacio urbano y por la desterrito- rialización de los procesos simbólicos.

Poner en relación espacios tan heterogéneos lleva a experi- mentar qué les puede ocurrir a las disciplinas que convencio- nalmente se ocupan de cada uno si aceptan los desafio s de los vecinos. ¿Es posible saber algo más o diferente sobre las estrategias de la cultura moderna, cuando la antropología estudia los rituales con que el arte se separa de otras prácticas y el análísis económico muestra los condicionamientos con que el mercado erosiona esa pretensión? El patrimonio histórico y las .culturas tradicionales revelan sus funciones contemporá- neas cuando, desde la sociologia politica, se indaga de qué modo un poder dudoso o herido teatraliza y celebra el pasado

social en Clifford Geertz, Local Knowledge. Further Essays in Interpretative Anthropology, Basic Books, Nueva York, 1983, Introducción.

ENTRADA 25

para reafirmarse en el presente. La transnacionalización de la cultura efectuada por las tecnologías comunicacionales, su alcance y eficacia, se aprecian mejor como parte de la recom- posición de las culturas urbanas, junto a las migraciones y el turismo de masas que ablandan las fronteras nacionales y redefinen los conceptos de nación, pueblo e identidad.

¿Es preciso aclarar que esta mirada que se multiplica en tantos fragmentos y cruces no persigue la trama de un orden único que las separaciones disciplinarias habrían encubierto? Convencidos de que las integraciones románticas de los nacio- nalismos son tan precarias y peligrosas como las integraciones neoclásicas del racionalismo hegeliano o de los marxismos compactos, nos negamos a admitir, sin embargo, que la preocupación por la totalidad social carezca de sentido. Uno puede olvidarse de la totalidad cuando sólo se interesa por las diferencias entre los hombres, no cuando se ocupa también de la desigualdad.

Tenemos presente que en este tiempo de díseminación pos- moderna y descentralización democratizadora también crecen las formas más concentradas de acumulación de poder y centralización transnacional de la cultura que la humanidad ha conocido. El estudio de las bases culturales heterogéneas e hfbridas de ese poder puede llevarnos a entender un poco más de los caminos oblicuos, llenos de transacciones, en que esas fuerzas actúan. Permite estudiar los diversos sentidos de la modernidad no sólo como simples divergencias entre corrien- tes; también como manifestación de conflictos irresueltos.

AGRADECIMIENTOS

Este intento de practicar estudios interculturales e interdisci- plinarios necesitó nutrirse en varios países y en el trabajo con especialistas de diversos campos. El estímulo más constante fue la relación con los estudiantes y profesores del postgrado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México, sobre todo con quienes compartí la dirección del Taller de Cultura e Ideologia: Esteban Krotz y Patricia Safa. Al estudiar con Patricia el consumo cultural en la frontera de México con Estados Unidos, comprendí mejor las complejas relaciones de la familia y la escuela en la formación de hábitos culturales. Alejandro Ordorica, director del Programa Cultu- ral de las Fronteras, y Luis Garza, como director de Promo- ción Cultural, apoyaron esa investigación con reflexiones sugerentes y recursos económicos.

Para interpretar esa cuestión vital en la comunicación de la cultura que es la divergencia entre lo ofrecido por las institu- ciones y la recepción de diversos públicos, fue valioso el trabajo en equipo con historiadores del Instituto Nacional de Bellas Artes, y con alumnos y profesores de la ENAH: Esther Cimet, Martha Dujovne , Julio Gullco , Cristina Mendoza, Eulalia Nieto, Francisco Reyes Palma, Graciela Schmilchuk,

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28 CULTURAS HÍBRIDAS

Juan Luis Sariego y Guadalupe Soltero. Situar estas cuestiones en el horizonte más amplio de la crisis

de la modernidad requirió contrastar estos estudios con los de otros paises. Una beca de la John Simon Guggenheim Memo- rial Foundation me permitió conocer en 1982 y 1985 innova- ciones del arte, los museos y las políticas culturales en Europa, acercarme a los trabajos de sociólogos franceses -Pierre Bourdieu, Monique y Michel Pincon-i- y de antropólogos italianos -Alberto M. Cirese, Amalia Signorelli, Pietro Cle- mente y Enzo Segre- que mantienen un diálogo muy abierto con lo que estamos haciendo en América Latina. Otra beca, del gobierno francés, y la invitación del Centro de Sociología Urbana de París para residir en 1988 como investígador visitante, me dieron acceso a fuentes bibliográficas y docu- mentales de difícil obtención desde las instituciones latinoa- mericanas. También fue de gran ayuda consultar bibliotecas y discutir varios capítulos de este libro al dar seminarios en las Universidades de Austin y Londres (1989). Quiero mencionar a varios interlocutores: Henry Sealby, Richard Adarns, Arturo Arias, Pablo Vila, Miguel Barahona, Mari-Carmen Ramirez, Héctor Olea, Patricia Oliart, José A. Llorens, William Rowe y J ohn Kraniauskas.

En un continente donde la información cultural sobre otros países sigue obteniéndose principalmente mediante procedi- mientos tan poco modernos como las relaciones personales en los simposios, las citas a esas reuniones son un reconocimiento básico. Deseo destacar, ante todo, lo que significó poder regresar varias veces a la Argentina a partir de 1983, y participar en congresos y seminarios cargados siempre con las expectativas y frustraciones generadas por la reconstrucción cultural y la democratización política. Tuve ocasión de expo- ner fragmentos del presente texto en el simposio" Políticas culturales y función de la antropología" (1987) Y en el semi- nario "Cultura popular: un balance interdisciplinario" (1988). Recuerdo especialmente los comentarios de Martha Blache, Rita Ceballos, Anibal Ford, Cecilia Hidalgo, Elizabeth Jelín, José A. Pérez Gollán, Luis Alberto Romero y Beatriz Sarlo. Otros diálogos frecuentes con Rosana Guber, Carlos Herrán, Carlos López Iglesias, Mario Margulis y Juan Carlos Romero contribuyeron a documentar y elaborar mis referencias a la Argentina.

Una mención especial requieren las reuniones del Grupo de Trabajo sobre Políticas Culturales de CLACSO, donde estamos

ENTRADA 29

ensayando combinar perspectivas sociológicas, antropológicas y comunicacionales en una investigación comparativa del consumo cultural en varias ciudades latinoamericanas. Quiero decir cuánto me ha servido hablar con Sergio Miceli sobre los intelectuales y el Estado en Brasil; con Antonio Augusto Arantes de lo que representa para un antropólogo ocuparse del patrimonio histórico como secretario de Cultura de Cam- pinas; confrontar el proceso de democratización mexicano con las interpretaciones de Osear Landi, José Joaquín Brunner , Carlos Catalán y Giselle Munizaga sobre la Argentina y Chile; ver teatro con Luis Peirano en Lima, Buenos Aires y Bogotá; conocer cómo estaba estudiando Jesús Mart ín Barbero las telenovelas. Fernando Calderón y Mario dos Santos han sido acompañantes fecundos en ésta y otras experiencias de CLACSO.

Deseo señalar mi reconocimiento por haber leido partes de este libro o haberme ayudado a elaborar algunos problemas a Guillermo Bonfil, Rita Eder , Maria Teresa Ejea, Juan Flores, Jean Franco, Raymundo Mier , Francolse Perus, Mabel Picci- ni, Ana Maria Rosas y José Manuel Valenzuela; Rafael Roncagliolo y el trabajo conjunto que realizamos en el Insti- tuto para América Latina; a Eduard Delgado y su Centro de Estudios y Recursos Culturales; a los autores y artistas citados a lo largo del texto y tantos otros que retengo para no convertir esta parte en un capítulo interminable.

Con José I. Casar pude aclarar algunas relaciones entre modernización económica y cultural. También facilitó que Blanca Salgado pasara en limpio este libro en el (LET, con una eficacia y paciencia muy valorables cuando uno llega al final de 400 páginas, con muchas correcciones, y no soporta ver más lo que escribió. Roge lio Carvajal, Ariel Rosales y Enrique Mercado me ayudaron a no agravar la oscuridad de ciertos problemas con la de mi escritura.

Maria Eugenia Módena es la acompañante más cercana en la tarea de juntar en la vida diaria y en el trabajo intelectual lo que significa pensar las experiencias de los exilios y los nuevos arraigos, los cruces interculturales que están en la base de estas reflexiones.

Si el libro está dedicado a Teresa y Ju lian es por esa capacidad de los hijos de mostrarnos que lo culto y lo popular pueden sintetizarse en la cultura masiva, en los placeres del consumo que ellos, sin culpas ni prevenciones, instalan en lo cotidiano como actividades plenamente justificadas. Nada

30 CULTURAS HÍBRIDAS

mejor para reconocerlo que evocar aquella navidad en que el Instituto Nacional del Consumidor repetía obsesivamente: u Regale afecto, no lo compre" , en sus anuncios anticonsumis- tas por radio y televisión; Teresa empleó la palabra" afecto" por primera vez, en su lenguaje vacilante de los cuatro años. "¿Sabes qué quiere decir?" "Sí -contestó rápido-, que no tienes dinero."

Capítulo 1

DE LAS UTOPÍAS AL MERCADO

¿Qué significa ser modernos? Es posible condensar las inter- pretaciones actuales diciendo que constituyen la modernidad cuatro movimientos básicos: un proyecto emancipador, un proyecto expansivo, un proyecto renovador y un proyecto democratizador.

Por proyecto emancipador entendemos la secularización de los campos culturales, la producción autoexpresiva y autorre- guiada de las prácticas simbólicas, su desenvolvimiento en mercados autónomos. Forman parte de este movimiento eman- cipador la racionalización de la vida social y el individualismo creciente, sobre todo en las grandes ciudades.

Denominamos proyecto expansivo a la tendencia de la moder- nidad que busca extender el conocimiento y la posesión de la naturaleza, la producción, la circulación y el consumo de los bienes. En el capitalismo, la expansión está motivada prefe- rentemente por el incremento del lucro; pero en un sentido más amplio se manifiesta en la promoción de los descubrimien- tos científicos y el desarrollo industrial.

El proyecto renovador abarca dos aspectos, con frecuencia complementarios: por una parte, la persecución de un mejo- ramiento e innovación incesantes propios de una relación con

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comentarios (1)
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