Dios nunca parpadea , Otro de Psicoterapia. IE University
VICTORIA.PARRA
VICTORIA.PARRA30 de septiembre de 2017

Dios nunca parpadea , Otro de Psicoterapia. IE University

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Lecciones de vida, La vida no es fácil pero aun asi es buena.
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Dios nunca parpadea: 50 Lecciones para las pequeñas vueltas de la vida (Spanish Edition)

Para Asher y Julia, mis apoyos

Contenido Introducción Las cincuenta lecciones

Lección 1. La vida no es justa, pero de todas maneras es buena. Lección 2. Puedes enojarte con Dios. Él lo resiste. Lección 3. El paso del tiempo cura casi todo. Dale tiempo al tiempo. Lección 4. Cuando te sientas vacilante, sólo da el siguiente paso. Lección 5. La vida es demasiado corta como para perder el tiempo odiando. Lección 6. No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace. Lección 7. Paga tus tarjetas de crédito cada mes. Lección 8. No necesitas ganar cada discusión. Puedes acordar desacordar. Lección 9. Llora en compañía. Sana más que llorar en soledad. Lección 10. El órgano sexual más importante es el cerebro. Lección 11. Dios nunca nos pone más peso del que podemos cargar. Lección 12. Haz las paces con tu pasado para que no te eche a perder el presente. Lección 13. Permite que tus hijos te vean llorar. Lección 14. No compares tu vida con la de otros, pues no sabes en qué consiste su propio viaje. Lección 15. Si una relación debe mantenerse en secreto, aléjate de ella. Lección 16. Todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Pero no te preocupes, Dios nunca parpadea. Lección 17. La vida es demasiado corta para la autocompasión. Ocúpate en vivir o en morir. Lección 18. Puedes sobrevivir a todo lo que la vida ponga a tu paso, si te mantienes en el presente. Lección 19. Un escritor es alguien que escribe. Si quieres ser un escritor, escribe. Lección 20. Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz. Pero la segunda depende de ti y de nadie más. Lección 21. Cuando se trata de perseguir lo que amas en la vida, no aceptes el “no”. Lección 22. Enciende las velas, usa sábanas lindas, ponte la ropa interior elegante. No dejes nada para una ocasión especial. Hoy es un día suficientemente especial. Lección 23. Prepara las cosas muy bien; después, déjate fluir. Lección 24. Sé excéntrico ahora. No tienes que llegar a la vejez para vestirte de morado. Lección 25. Apenas recibas tu primer mes de sueldo, empieza a ahorrar el 10 por ciento para tu retiro. Lección 26. Nadie más está a cargo de tu felicidad. Tú eres el director de tu alegría. Lección 27. Dimensiona todas las catástrofes con estas palabras: “¿En cinco años tendrá esto alguna importancia?” Lección 28. Siempre elige la vida.

Lección 29. Perdona. Lección 30. Lo que los demás piensen de ti no es de tu incumbencia. Lección 31. No importa lo buena o lo mala que sea una situación…cambiará. Lección 32. Tu trabajo no te atenderá cuando estés enfermo, pero tus amigos sí. Mantente en contacto con ellos. Lección 33. Cree en los milagros. Lección 34. Dios te ama por lo que Él es, no por algo que hayas hecho o dejado de hacer. Lección 35. Lo que no mata, fortalece. Lección 36. Morir joven sólo es romántico en las películas. Lección 37. Tus hijos sólo tienen una niñez. Hazla memorable. Lección 38. Lee los Salmos. No importa cuál sea tu religión, abarcan toda emoción humana. Lección 39. Sal todos los días. Los milagros quieren ser descubiertos. Lección 40. Deja de comparar tu vida con la de los demás. Lección 41. No seas un testigo de la vida. Da la cara y sácale todo el provecho ahora. Lección 42. Deshazte de todo aquello que no sea útil, hermoso o alegre. Lección 43. Al final, lo que realmente importa es que hayas amado. Lección 44. La envidia es una pérdida de tiempo. Tú ya tienes todo lo que realmente necesitas. Lección 45. Lo mejor está aún por venir. Lección 46. Sin importar cómo te sientas, levántate, vístete y preséntate a la vida. Lección 47. Respirar tranquiliza la mente. Lección 48. Si no pides, no obtienes. Lección 49. Cede. Lección 50. Aunque no tenga moño, la vida es un regalo.

Notas Nota de la Autora Agradecimientos Acerca de la Autora Página de créditos

Introducción

Mi amiga Kathy una vez me envió un pasaje del libro El vino del estío. En esta obra de Ray Bradbury sobre un verano de cosecha, un niño cae enfermo. Nadie puede averiguar lo que le pasa, a él simplemente lo supera la vida. Nadie parece ser capaz de ayudarlo hasta que el Sr. Jonas, el ropavejero, aparece.

Él le susurra algo al niño que duerme en un catre en el patio. El Sr. Jonas le dice que permanezca tranquilo y escuche, y después se estira para tomar una manzana de un árbol. Él permanece el tiempo suficiente como para decirle al niño un secreto que lleva dentro, uno que yo no sabía que llevaba conmigo. Algunas personas llegan frágiles a este mundo. Como frutas tiernas, se lastiman más fácilmente, lloran con más frecuencia y se vuelven tristes desde jóvenes. El Sr. Jonas sabe todo esto porque él es una de estas personas.

Las palabras mueven algo en el niño y se recupera. Las palabras movieron algo en mí. Algunas personas se lesionan con más facilidad; yo soy una de

esas personas. Me tomó cuarenta años descubrir la felicidad y aferrarme a ella. Sentía que al momento de mi

nacimiento, Dios había parpadeado. El instante había pasado inadvertido para Él y jamás supo que yo había llegado. Mis padres tuvieron once hijos, y aunque amo profundamente a mis papás y a mis cinco hermanos y cinco hermanas, algunas veces me sentía perdida entre la camada. Como mi amiga Kathy solía señalar, yo parecía ser la más pequeña de esa prole. A los 6 años las monjas hicieron que me sintiera confundida, era un alma perdida que bebía demasiado a los 16, me convertí en madre soltera a los 21, me gradué a los 30, estuve sin una pareja estable durante dieciocho años y, finalmente, me casé a los 40 con un hombre que me trataba como reina.

Después, a los 41, enfermé de cáncer. Me tomó un año vencerlo, y un año más recuperarme de esa lucha.

El día de mi cumpleaños número 45, me quedé en cama reflexionando sobre todo lo que la vida me había enseñado. Mi alma abrió una compuerta y las ideas empezaron a fluir. Mi pluma simplemente las capturó y plasmó las palabras en papel. Yo las pasé a la computadora y las convertí en una columna sobre las 45 lecciones que la vida me ha enseñado. Mi editor las odió, y también su editor. Yo les pedí que de todas maneras las publicaran. Los lectores del Plain Dealer, en Cleveland, las amaron.

El cáncer me hizo lo suficientemente valiente como para enfrentarme a los jefes. Una vez que has tenido cáncer y has estado enfermo, calvo y débil por la quimioterapia y la radiación, no hay muchas más cosas que alguien pueda hacer para amenazarte. Cumplir 45 fue una victoria para mí. Por el cáncer, tenía mis dudas de poder llegar a ver que el odómetro avanzara tanto. Tres de mis tías murieron de la misma enfermedad a los 42, 44 y 56, así es que no había mucha esperanza.

Pero seguí viviendo. Cuando llegué a los 50, agregué cinco lecciones más y el periódico volvió a publicar la columna. Entonces, algo sorprendente sucedió, gente por todo el país empezó a reenviar

la columna: ministros, enfermeras, trabajadores sociales solicitaban nuevas impresiones para publicarlas en boletines, comunicados de las iglesias, periódicos de pequeñas ciudades, gente de todas las religiones y aquellos sin religión podían relacionarse. Si bien algunas de las lecciones hablan de Dios, las personas encontraban en ellas verdades universales. He escuchado que agnósticos y ateos llevan la lista de las lecciones en sus carteras y las clavan con una tachuela en los cubículos de su trabajo o las ponen bajo imanes en el refrigerador. Las lecciones aparecen en blogs y páginas de Internet en todo el mundo. Cada semana desde que se publicó la columna, he recibido correos electrónicos desde Australia hasta Zanesville, Ohio, pidiendo copias. Esa columna es la más popular que he escrito en mis 24 años como periodista.

La mayoría de estos ensayos apareció originalmente en el Plain Dealer o el Beacon Journal. Algunos de ellos son originales.

Estas lecciones son los regalos de la vida para mí, y los míos para ti.

LAS CINCUENTA LECCIONES

LECCIÓN 1

La vida no es justa, pero de todas maneras es buena.

La gorra siempre regresaba, más desteñida, pero más fuerte que nunca. Frank inició el ritual. Yo había pasado por mi primera quimioterapia y no me podía imaginar calva. Poco después, vi a

un hombre usando una gorra de béisbol con las siguientes palabras inscritas: LA VIDA ES BUENA. La vida no se sentía buena para mí, y estaba por sentirse peor, así es que le pregunté al hombre

dónde había conseguido su gorra. Dos días más tarde, Frank atravesó la ciudad y se detuvo en mi casa para darme una. Frank es un hombre mágico, pintor de casas, de oficio, él vive de acuerdo a una sencilla palabra: Puedo.

La palabra le recuerda tener gratitud por todo. En vez de decir, “Tengo que ir hoy al trabajo”, Frank se dice a sí mismo, “Puedo ir hoy al trabajo”. En vez de decir, “Tengo que ir a la tienda”, él puede ir. En vez de decir, “Tengo que llevar a los niños a su entrenamiento de béisbol”, lo puede hacer. Funciona para todo.

La gorra en alguien más que no fuera Frank quizá carecería del mismo poder. Era azul marino con un parche ovalado que anunciaba su mensaje en letras blancas.

Y la vida fue buena, aunque mi cabello cayó, mi cuerpo se debilitó y mis cejas desaparecieron. En lugar de ponerme una peluca, usé esa gorra como mi respuesta al cáncer, como mi cartelera ante el mundo. La gente experimenta una morbosa fascinación al ver a una mujer calva; cuando husmeaban, recibían el mensaje.

Gradualmente, fui mejorando, mi cabello volvió a crecer y guardé la gorra hasta que a una amiga le dio cáncer y preguntó por ella. Quería una. Al principio, no deseaba desprenderme de la mía, era como mi chupón, la cobijita que me daba seguridad, pero debía cederla; si no lo hacía, la suerte podría terminarse. Ella hizo la promesa de mejorar y cederle la gorra a otra mujer. En su lugar, ella me la regresó para que yo se la diera a otra sobreviviente.

La llamamos Gorra de la Quimio. No sé cuántas mujeres la hayan usado en estos últimos once años, he perdido la cuenta. Tantas

amigas han sido diagnosticadas con cáncer de mama: Arlene, Joy, Cheryl, Kaye, Sheila, Joan, Sandy. Mujer tras mujer la fueron pasando.

Cuando la gorra regresó a mí, siempre parecía más cansada y gastada, pero cada mujer tenía una nueva chispa en sus ojos. Todas las mujeres que usaron la Gorra de la Quimio están llenas de vitalidad.

El año pasado se la di a mi amigo y compañero de trabajo, Patrick. A él le habían diagnosticado

cáncer de colon a los 37 años. Patrick recibió la gorra, aunque yo no estaba segura de que pudiera hacerle frente a ningún tipo de cáncer. Le contó a su mamá sobre la gorra, cómo él era ahora un eslabón en esta cadena de supervivencia. Ella encontró la compañía Life is Good, Inc., que fabricaba las gorras y otros productos con el lema. Llamó a la compañía para contar la historia y pedir una caja completa de cachuchas.

La señora se las envió a los amigos y parientes más cercanos de Patrick, quienes se tomaron fotos usándola. En su refrigerador, él puso las fotos de amigos de la universidad y sus hijos y perros con la gorra de LA VIDA ES BUENA.

Mientras tanto, las personas de Life is Good, Inc., se sintieron conmovidas por el relato de la mamá de Patrick, y debido a ello hicieron una junta de personal y retaron a sus empleados, “en el espíritu de la gorra viajera y de la suerte”, a pasar sus gorras a alguien que necesitara apoyo. La compañía envió a Patrick una foto de los 175 empleados con la gorra puesta.

Patrick terminó la quimioterapia y está bien. Tuvo tanta suerte; jamás perdió su cabello, sólo se le hizo más delgado. Jamás tuvo que ponerse la gorra, pero ésta tuvo el poder de conmoverlo. Él la mantuvo en una mesa junto a las escaleras donde pudiera ver el mensaje cada día.

El gorro lo hizo superar los días realmente malos, cuando quería dejar la quimioterapia y rendirse. Cualquiera que haya tenido cáncer conoce esos días; incluso las personas que jamás han tenido cáncer los conocen.

Resulta que no era la gorra, sino el mensaje lo que nos hizo seguir adelante a todos, lo que todavía nos hace seguir adelante.

La vida es buena. Transmite el mensaje.

LECCIÓN 2

Puedes enojarte con Dios. Él lo resiste.

¿Cuándo fue la última vez que te enojaste con Dios? Se supone que no debemos enojarnos con Dios, ¿cierto? Él podría enviar fuego del infierno y azufre. Puedo imaginarme el fuego del infierno, ¿pero lo del azufre?

Al crecer como católica, jamás escuché a un sacerdote que nos diera permiso para enfurecernos con Dios. Nuestro trabajo era temerle; el trabajo de Dios era atemorizarnos.

Hay una vieja historia acerca de un rabino que, el día previo a Yom Kipur, envía a sus discípulos con un sastre que habrá de enseñarles cosas más profundas sobre el Día de la Expiación. En los diez días entre el Año Nuevo judío —Rosh Hashaná y Yom Kipur—, los judíos religiosos llevan a cabo una limpieza espiritual. Yom Kipur es el día más sagrado para la oración, un tiempo para ayunar y reflexionar. Ellos examinan el año anterior, subsanan errores y se comprometen a hacer un mayor esfuerzo.

Mientras los discípulos espían al sastre, observan que él saca un libro de su estante. Dentro hay una lista de todos los pecados que él cometió en el año. Entonces le dice a Dios que es momento de saldar las deudas, levanta el libro y ofrece la lista de sus pecados.

Después, el sastre saca otro libro. Dentro de éste están todos los pecados que Dios cometió: el dolor, el pesar, las penas que Dios les envió al sastre y a su familia. Este hombre le dice a Dios: “Señor del Universo, si hiciéramos exactamente la suma, Tú me deberías mucho más de lo que yo te debo a Ti”.

Bastante atrevido, ¿no creen? En lugar de regatear con Dios sobre lo que está en el libro, el sacerdote busca la paz. Él hace un

trato con Dios de perdonar Sus pecados, si Dios perdona los suyos. El hombre se sirve un vaso de vino, lo bendice y dice: “Que ahora haya paz y alegría entre nosotros. Nos hemos perdonado. Nuestros pecados ahora son como si nunca hubieran sido”.

Borrón y cuenta nueva con Dios; borrón y cuenta nueva para Dios. A todos nos vendría bien un periodo de amnistía con Dios. ¿Cuántas personas se alejan de Dios o

lo resienten debido al dolor, el pesar y las penas en nuestras vidas? ¿Cuántas personas se preguntan dónde estaba Dios cuando los aviones chocaron contra las Torres

Gemelas, cuando un hijo murió de leucemia, cuando una hija se suicidó, cuando sentimos desesperación y soledad intolerables?

Nadie sabe realmente la respuesta. Todos estamos adivinando. Los predicadores siempre dicen que Dios nos ha dado libre albedrío y no intervendrá en el funcionamiento cotidiano de nuestras vidas. ¿Aunque imploremos? Esos mismos predicadores nos dicen que Dios nos bendice con nuestros hijos, trabajos, talentos, etcétera. Si Dios puede darnos regalos, ¿no puede Dios retener

todas esas cosas que no queremos? ¿Por qué Dios no nos protege de la enfermedad, la muerte y la destrucción?

Yo no siempre entiendo cómo trabaja Dios, pero de todas maneras rezo. Es como ese viejo dicho, “No entiendo cómo funciona la electricidad, pero no dejo que eso me haga permanecer en la oscuridad”. No tengo que entender a Dios para creer en Él. Lo que me da esperanza son esas palabras que un alma anónima escribió: “Creo en el sol, incluso cuando no brilla. Creo en el amor, incluso cuando no lo siento. Creo en Dios, incluso cuando calla”.

Yo he sentido un gran abandono por parte de Dios. Me tomó años de terapia limpiarme del residuo de la niñez que me dejó sintiéndome herida y maltrecha. Casi al final de la terapia, después de haber pasado meses lidiando con todos los personajes involucrados, mi terapeuta sugirió que todavía faltaba un personaje principal. Ella me dijo que estaba bien estar enojada con Dios por no rescatarme, por no estar ahí cuando necesitaba que alguien me protegiera.

Le dije que no estaba enojada con Dios, pero debajo de mi fe había un profundo pozo de duda que me molestaba y parecía burlarse de mí.

—¿Dónde estaba Dios? Yo no permitiría que un niño sufriera. ¿Por qué Dios lo hacía? Shhh, le dije al pensamiento. Dios siempre está, mentí. De ninguna manera iba a correr el riesgo

de enojarme con Dios. No cuando Dios era, en ciertos días, todo a lo que yo me aferraba. ¿Cómo puedo enojarme con Dios? ¿Cómo me atrevería?

Jamás olvidé esas imágenes de primer grado en la Inmaculada Concepción, como tampoco el Catecismo de Baltimore que mostraba lo negra que el alma se veía cuando pecaba. ¿Enojarse con Dios no sería el pecado más oscuro de todos? Caería en la categoría de pecado mortal e inclinaría la balanza en el libro de contabilidad que Dios tenía para mí y para mi alma.

Ningún cielo se tornaría negro, ningún rayo caería para matarme, ninguna voz resonaría como trueno para condenarme. Yo no era tan ingenua. No le temía a los rayos. Temía perder mi trabajo o mi salud o a mi hija. No iba a reprobar la prueba de Job. El famoso personaje bíblico se vio tentado a culpar a Dios por causarle sus terribles problemas. Así es que yo recé y pretendí que todo estaba bien. Sí, todo estaba bien con Dios. Era el resto del mundo y cada persona en él los que me ponían los pelos de punta.

Un día en el trabajo exploté con mi jefe por algo tan trivial que no puedo recordarlo. Salí furiosa de la sala de redacción, salté al auto e hice rechinar las llantas mientras huía del estacionamiento. Gracias a Dios que mi jefe no estaba caminando por ahí, porque quizá no hubiera metido el freno. Llegué a casa, almacené la furia que se edificaba en mí y me senté en la máquina de coser a reparar tranquilamente un vestido. No había terminado cuando la aguja se rompió a la mitad.

Fue entonces cuando enloquecí. Pegué con mis puños. Maldije. Me subí al auto y fui a dar una vuelta. Grité todo mi odio y enojo hacia toda la gente que me había abandonado y lastimado. Cuando terminé, me di cuenta de que no era mi jefe o mi papá o mi mamá o las monjas o ninguna figura de autoridad del pasado. Era el número uno quien me hacía enojar. Todo lo demás se lo eché a Dios. Lo maldije para arriba y para abajo e incluso lancé la bomba de las groserías. Repentinamente, sentí algo extraño que se apoderaba de mí.

Paz. Debajo de todo ese enojo había una calma profunda. Debajo de esa pila de resentimiento, estaba el amor de Dios. Sentí una luz interior que me calentaba, como si Dios estuviera sonriendo y dijera: —¿No te sientes mucho mejor ahora? Empecé a reír. Dios quería que descargara el basurero que yo había llevado a cuestas durante años

para que pudiéramos acercarnos. Un sacerdote jesuita le puso nombre a esa oración. Conocí al Padre Jim Lewis en una Casa de

Retiro jesuita en Parma. Él era profundo en su sencillez, y me dijo que Dios quiere una relación real, auténtica y genuina con nosotros, el mismo tipo de apertura y honestidad que se debe tener en un buen matrimonio.

Él descubrió esta verdad después de resistirse a un traslado por cuestiones de trabajo. Aunque odiaba su nueva tarea, trató de practicar la obediencia y la aceptación, pero se sentía miserable. Trató de rezar con gratitud, pero carecía de ella. Intentó desempeñar el papel del sirviente pequeño y feliz de Dios, pero no funcionaba.

Un día explotó. Fue a la capilla solo, saludó a Dios y después, suavemente, maldijo con todo su santo corazón. “Maldición, maldición, maldición, maldición, maldición.” Eso fue todo. Pronunció la misma oración todos los días hasta que el resentimiento quedó fuera de su sistema. Una vez que el enojo desapareció, hubo espacio para algo más. Paz. La hoja estaba en blanco y ahora Dios podía escribir en ella.

El Padre Lewis la llamó Oración de la Maldición. Es una gran oración para los momentos en que estás a punto de reventar. Dios no quiere que nosotros seamos tan santos que perdamos nuestra humanidad. Dios no quiere

oraciones falsas ni alabanzas hipócritas. Dios quiere una relación honesta, genuina y real. Dios y yo somos mejores amigos ahora. Cada tarde salimos a pasear. Cada mañana nos sentamos

juntos en silencio. Durante todo el día tenemos conversaciones. Bueno, yo soy la que agarro el micrófono. Sin importar lo que suceda o no suceda durante el día, vamos a la cama con un borrón y cuenta nueva. Como en un buen matrimonio, nadie se va a la cama enojado.

LECCIÓN 3

El paso del tiempo cura casi todo. Dale tiempo al tiempo.

La primera vez que asistí al retiro, no tenía grandes expectativas. La casa de retiro jesuita se asienta en un terreno de 23 hectáreas en medio de Parma, el mayor

suburbio de Cleveland. Se encuentra alejada de la avenida principal, así es que puede pasar completamente inadvertida.

Una amiga me invitó a pasar el fin de semana con otras mujeres que buscaban mejorar su relación con Dios. Yo no me habría colocado en esa categoría, pero mi amiga lo hizo. Para convencerme de ir, ella pintó el retiro como un tipo de fiesta: mujeres que compartían y reían y hablaban. Yo empaqué un traje de baño, esperando que hubiese un hotel o un tipo de balneario con alberca y sauna.

Después de atravesar el largo camino de la entrada, nos recibió una estatua de San Ignacio. Repentinamente, me dí cuenta de todo. Caramba, ¿qué hacía ahí en un retiro que era sólo con mujeres? Yo era madre soltera y tenía 25 años. No quería ser una santa ni una monja. ¿Qué hacía ahí desperdiciando las noches del viernes y el sábado, en un lugar donde no había hombres, excepto por los sacerdotes?

Han pasado 26 años desde ese primer retiro. Jamás he dejado de regresar. Cada año, los sacerdotes cambian, pero Gerri siempre está ahí. Ella es una mujer polaca de baja estatura, cuya risa y amor llenan cada cuarto del lugar, mucho después de que se ha ido a casa.

En cada retiro encontraba a Gerri y le echaba algún problema en el regazo. Ella escuchaba, “Ajá, ajá”, con una mirada seria en su rostro, luego hacía un gesto para detener mis palabras y bromeaba para aligerar las cosas. Después me veía a los ojos —o trataba de hacerlo por su estatura—, y me daba un consejo que siempre terminaba con este colofón:

—Algunas veces, sólo tienes que darle tiempo al tiempo. ¿Qué diablos significaba eso? ¿Darle tiempo al tiempo? Yo no tenía tiempo. Era una madre soltera con una misión: encontrar un esposo para mí, un padre

para mi hija. En aquel entonces mis problemas siempre tenían que ver con un hombre que no me amaba lo

suficiente, que en esencia tenía que ver con un papá que no me amaba lo suficiente, que en esencia tenía que ver con un Dios que no me amaba lo suficiente. Gerri sabía que este tipo de herida necesitaba mucho tiempo para sanar, y que sanaba en capas, no toda a la vez. El remedio de Gerri era el tiempo. Yo quería algo más rápido.

El servicio de sanación podría ayudarme. Yo lo había visto en el programa y la mujer que me llevó

al retiro insistió en que asistiera. Al principio rechacé la idea. Por mi cabeza pasaba la imagen de un evangelista de los que salen en la tele. Muy probablemente él diría:

—Siente el calor de mi mano. Tocaría mi cabeza y después gritaría: —¡Váyanse demonios! A continuación, la gente caería al piso, se retorcería como un pez fuera del agua y articularía

palabras que ni siquiera Dios entendería. No quería ir. Principalmente porque tenía miedo de Dios. Y tenía miedo de mis heridas, las había

tapado durante años. ¿Por qué tenía que arrancarme las curitas? Sin embargo, el Padre Benno Kornely, quien había escrito el servicio de la curación, parecía tan cautivador. Así es que me senté en la capilla, mientras el Padre Benno tocó suaves canciones sobre lo mucho que Dios nos ama. Lo bueno es que sacó los kleenex. Me acabé toda una caja antes de que terminara la primera canción, cuyo título era: “Jamás me olvidaré de ustedes, mi gente, pues los he esculpido en la palma de mi mano”.

¿A mí? ¿Dios tiene mi nombre en su palma? ¿Regina María Frances Brett? Las lágrimas limpiaron la herida. Volví cada año, algunas ocasiones hasta dos veces. Cada

servicio curaba otra capa de la herida. Pasaron diez años antes de que pudiera experimentar todo el servicio sin llorar.

Las palabras del Padre Benno nos llevaron a través de un viaje por nuestra memoria. Él nos invitó a dejar salir a la superficie cualquier cosa que necesitara curación. Él nos acompañó paso a paso, a través de nuestras vidas, curando los golpes que sentimos de —o propinamos a— maestros y compañeros de clases, vecinos y parientes. Él rezó porque fuésemos curados de todo aquello que obstaculizaba nuestro amor y felicidad. Él nos pronunció como una nueva creación, y después nos invitó a recibir su mano. Ningún abracadabra, sólo una bendición en nuestras palmas con aceite.

Nos acercamos y llevamos en nuestros corazones lo que queríamos sanar. Cada año, durante cada servicio de curación, la mía era casi siempre la misma: la herida de papá. Mi papá era el hombre más poderoso en mi vida, para bien y para mal. Él era la persona más generosa, considerada y desinteresada que yo conocía. También era el loco que sacaba el cinturón en sus arranques de furia.

Me tomó años de terapia llegar al fondo del dolor. Después vino el trabajo espiritual. Yo no sabía cómo sanar la relación, cómo reconstruirla. Oscilaba entre el miedo y el enojo que despertaba mi padre en mí. El amor no tenía cabida. Si bien ya no sentía más enojo por él, de todas maneras era incapaz de sentir amor. Ni siquiera estaba lista para pedir que alguien me ayudara a amarlo. Tampoco estaba dispuesta a hacerlo. Pero lo que sí hacía era orar constantemente, “Dios, ayuda a mi papá a saber cuánto lo amas ”.

De manera intelectual sabía que amaba a mi papá. Yo lo había herido, él me había herido. Ninguno quería hacerlo. Ambos hicimos lo mejor que pudimos, pero algunas veces nuestro mejor esfuerzo es terrible, el mío incluido.

Después de los cinco años de perderme Navidades, Pascuas, fiestas de aniversarios, cumpleaños y nacimientos de nuevos sobrinos y sobrinas, quise regresar a casa, quería nuevamente ser parte de las vidas de mis padres, pero no sabía cómo.

Entonces un día supe que a mi papá le habían diagnosticado cáncer de pulmón. Los doctores le daban seis meses de vida. Dos días después me encontré con mi amiga Ruth. Sin saber mi situación, ella empezó a hablar sobre su madre y de cómo Dios le había dado la gracia de estar con ella mientras moría. De repente todo mi miedo se desvaneció. Fue como si se hubiera abierto una ventana que siempre había estado cerrada. Sabía que era tiempo de ir.

Al día siguiente fui a visitar a mi papá. Su cabello era blanco y suave como el de un ángel. Él sonrió y platicó, y después se cansó y no pudo seguir hablando. Parecía absolutamente feliz ese día, parado en la entrada de la casa y saludándome con la mano. Jamás olvidaré ese saludo. Jamás lo volví a ver así.

Tres días más tarde, lo internaron en el hospital. Él luchaba por respirar. Yo me senté a su lado mientras tosía y escupía. Mi padre no fumaba, pero había trabajado arreglando chimeneas. Los sótanos tenían asbesto que colgaba de los tubos con los cuales se había topado hacía tantos años. Le acaricié la espalda y le di las gracias.

Mi mamá se sentó en silencio y sin moverse en una silla, moviendo la cabeza. Ella sabía que él no regresaría a casa. Yo también. Le sostuve la mano, se la acaricié, y sin palabras le dije cuánto lo amaba. Mientras estaba sentada ahí, mi corazón se llenó de amor por todos los momentos en que había sido tan tierno y cariñoso con nosotros, cuando estábamos enfermos de gripa.

Cayó en la inconsciencia al día siguiente. Era sólo cuestión de días. Encendí una vela en mi cuarto y recé para que Dios lo curara o se lo llevara rápida y suavemente. A papá jamás le habría gustado estar en una casa para enfermos terminales. Él tenía 83. Había tenido una buena vida. Conforme la vela se consumió, me imaginé a sus tres hermanas fallecidas como ángeles, cargándolo, llevándolo a casa.

Él murió cuando la vela todavía estaba centelleando. Al día siguiente fui a casa de mi mamá. Me detuve a comprar comida, como mi papá nos había enseñado a hacerlo. Mi mamá me perdonó por mi ausencia en sus vidas con estas palabras:

—¿Escribirías su obituario? Me tocó decirle al mundo lo maravilloso que era. Durante años, había puesto la lupa en el dolor y

ahora me tocaba poner la lupa en los regalos, que eran muchos. Gerri tenía razón. Cuando llegó la curación, fue completa y me hizo sentir plena. El tiempo necesitaba tiempo.

LECCIÓN 4

Cuando te sientas vacilante, sólo da el siguiente paso.

Mi vida solía ser como ese juego de “Las estatuas de marfil” que jugábamos de niños. Una vez que terminaba la canción, debías quedarte congelado en la posición. Cuando algo sucedía, yo me congelaba como una estatua, con miedo de moverme en la dirección equivocada, demasiado temerosa de tomar la decisión incorrecta. Si te quedas congelado demasiado tiempo, tú decidiste hacerlo.

Hay un momento en el especial de Navidad de Charlie Brown, donde Charlie va a ver a Lucy, la psiquiatra que cobra cinco centavos. Lucy hace lo mejor para diagnosticarlo.

Si él le teme a la responsabilidad, debe de tener hipengiofobia. Charlie Brown no está seguro de qué es exactamente a lo que más le teme.

Lucy hace su mejor esfuerzo por acertar. Si él le tiene miedo a las escaleras, debe de tener climacofobia. Si le teme al océano, tiene talasofobia. Quizá sea gefirofobia, el miedo a cruzar puentes.

Finalmente, Lucy da con el diagnóstico correcto: panofobia. Cuando le pregunta a Charlie Brown si es eso lo que tiene, él le pregunta qué es eso. La respuesta

lo sorprende y lo reconforta a la vez. —¿Qué es panofobia? —El miedo a todo. ¡Lotería! Eso es lo que tiene Charlie Brown. Y yo también. Durante la preparatoria, utilicé el alcohol como mi brújula. Posteriormente, fui a la universidad

más cercana, pues para mí era inconcebible todo el proceso de aplicar y ser aceptada, y dejar el hogar y vivir en un dormitorio universitario fuera de Ravenna, Ohio.

Recorría diez kilómetros en autobús todos los días de Ravenna a Kent, no porque la Universidad Estatal de Kent fuera una escuela pública buena, sólida y asequible —que sí lo era—, sino porque no podía imaginar la manera de dar el salto y mudarme a una universidad, como hicieron mis cuatro hermanos mayores. Ellos se fueron a la Universidad Estatal de Ohio, una de las mayores universidades en el país. En Kent, mi mundo permaneció pequeño y seguro. Comía en la cafetería con gente de mi preparatoria.

Tras un año o dos en la universidad, reprobé química. Como se me dificultaba, dejé de ir a las clases; cambié de asignatura principal tres veces. Después me embaracé a los 21 y dejé por completo la escuela. Paré de beber definitivamente, pero trabajé en varios lugares que no eran adecuados para mí: empleada en el área de tránsito, secretaria legal, gerente de oficina, recolectora de cadáveres

para una funeraria. ¿Qué haría con mi vida? El futuro me abrumaba. Entonces, un día una amiga en recuperación me

sugirió esto: “Sólo da el siguiente paso”. ¿Eso es todo? Puedo hacerlo. Normalmente sabemos cuál es el siguiente paso, pero es tan pequeño que no lo vemos, pues

nuestra visión está centrada en el horizonte y todo lo que podemos ver es un salto gigante y aterrador, en vez de un paso simple y pequeño. Así es que esperamos, y esperamos, y esperamos como si el Plan Maestro fuese a ser revelado como una alfombra roja a nuestros pies.

Incluso si así fuera, estaríamos demasiado aterrados para incursionar en él. Yo quería terminar la universidad, elegir una carrera que amara, y no conformarme con un trabajo

que no me apasionara. ¿Pero en qué debía especializarme? ¿Cómo pagaría los estudios? ¿A qué trabajo conduciría esa especialización? Había tantas preguntas sin respuesta.

Un día mi mamá me reveló el siguiente paso: “Sólo obtén un programa de cursos”, sugirió. ¿Eso es todo? Puedo hacerlo. Así es que obtuve el programa, lo abrí, le eché una ojeada rotulador en mano y marqué las clases a

las que me gustaría asistir solamente porque se veían interesantes. Me senté en el piso de la sala pasando página tras página. Al principio, como un niño cuya clase

favorita es el recreo, marqué clases recreativas, como montar a caballo, excursionar y acampar. Después, un par de clases de psicología y arte. A continuación, un montón de clases de literatura. Le di la vuelta a cada una de las páginas, leyendo las descripciones de los cursos, hasta que encontré un tesoro oculto: periodismo, reportajes, escribir para revistas, escribir artículos. Caramba. Leí todo el catálogo, desde antropología a zoología. Al terminar, volví a hojearlo y observé cuáles eran los cursos más marcados.

Escritura. Así es que tomé una clase de escritura. Después otra. Después otra. Cuando te sientas vacilante, sólo da el siguiente paso. Normalmente, es muy pequeño. Como decía

el escritor E. L. Doctorow, escribir un libro es como conducir un auto en la noche. “Nunca puedes ver más allá de lo que alumbran tus faros, pero puedes hacer el viaje completo de esa manera.”

Esa filosofía también se aplica a la vida. Los faros de mi auto iluminan cien metros, pero incluso con esa luz puedo viajar hasta California. Sólo necesito ver lo suficiente para moverme.

Me gradué como periodista en la Universidad de Kent cuando cumplí treinta. Diez años después, obtuve el grado de maestría en Estudio de las Religiones por la Universidad John Carroll. Nunca me propuse obtener un posgrado. Si hubiese contado los años (cinco), el costo (miles) y el tiempo en el salón de clases, las tareas, la investigación (hasta la madrugada, durante la comida, los fines de semana), jamás habría enviado esa primera colegiatura.

Tomé una clase, después otra y otra, y un día había terminado. La crianza de mi hija fue así. Jamás soñé que sería una madre soltera durante los 18 años de su

niñez. Mi hija terminó la preparatoria el mismo mes en que yo obtuve mi posgrado. Me alegra no haber sabido cuando la parí, a los 21, lo que costaría en términos de tiempo, dinero y sacrificio llevarla hasta el día de su graduación. Me habría aterrado.

De vez en cuando, algún experto calcula lo que cuesta criar a un hijo, y aunque es muchísimo, el dinero no parece asustar a los padres potenciales. Sin embargo, si alguien calculara todo el tiempo y la energía que se necesitan para criar a un niño, la raza humana se extinguiría.

El secreto del éxito de la paternidad, de la vida, consiste en no contar el costo. No te concentres en todos los pasos que debes dar, no contemples el abismo ante el salto gigante que se requiere, esa visión te impedirá dar el siguiente paso.

Si quieres perder veinte kilos, ordena una ensalada en vez de papas fritas. Si quieres ser un mejor amigo, toma el teléfono en vez de ver primero el identificador de llamadas. Si quieres escribir una novela, siéntate y escribe sólo un párrafo.

Da miedo hacer cambios significativos, pero normalmente tenemos el suficiente valor como para dar el siguiente paso. Un pequeño paso y después otro. Eso es lo que toma criar a un niño, obtener un título profesional, escribir un libro, hacer lo que tu corazón desea.

¿Cuál es tu siguiente paso? Sea cual sea, dalo.

LECCIÓN 5

La vida es demasiado corta como para perder el tiempo odiando.

Los niños no habían visto a su papá en diez años. ¿Quién podía culparlos? Y tampoco habían hablado con él en cuatro años, pues no quedaba nada más que decir.

Su papá jamás dejó de beber. Como muchos adictos, dejaba el alcohol, pero siempre regresaba a él. Podía estar sobrio, pero jamás podía permanecer sobrio.

Mi amiga Jane intentó que el matrimonio sobreviviera a pesar de las promesas rotas y la cuenta de banco vacía. Mientras ella levantaba en todos sentidos a los niños; él levantaba la botella.

Jane permaneció junto a él durante veinte años. Era un gran tipo cuando no bebía. Tenía un gran corazón y los hacía reír. No era ofensivo, y su único delito era el abandono. Él no podía conservar ningún trabajo y, por lo tanto, tampoco pagar las facturas. No podía hacer su parte en nada, lo que los llevó a perder definitivamente su casa.

Finalmente, un día Jane dejó lo que quedaba del matrimonio. Para el momento en que se divorciaron en 1979, los hijos ya eran adolescentes. La hija mayor tenía 17, el hijo tenía 15 y la hija menor, 13. Pasaron los años. Su papá aparecía muy de vez en cuando en sus vidas. Pasaban años sin que los llamara por teléfono. Y aunque trataba de rehabilitarse, siempre volvía a caer en la adicción.

Gradualmente se desvaneció por completo de sus vidas. Pasaron diez años sin una visita, cuatro años sin una llamada. Un día de primavera el teléfono sonó. Alguien de un hospital en Parma, Ohio, buscaba al pariente más cercano.

El hijo llamó a su madre. Jane sintió como si alguien le hubiese dado un golpe en el estómago cuando escuchó a su hijo decir: “Papá tiene cáncer terminal”.

Pero algo extraño sucedió. Todos los años de dolor y enojo desaparecieron. Su antiguo esposo no tenía dinero ni familia, pues no se había vuelto a casar. Tampoco conocía a

sus seis nietos. Se encontraba en mal estado y llevaba una semana en el hospital. Ellos no se habían enterado de una cirugía previa a la que tuvo que someterse por la enfermedad. Era evidente que no duraría mucho.

Ella condujo a los hijos al hospital, pero no entró en la habitación. Jane se volvió a casar y había formado una nueva vida. Ella no había visto a su primer esposo en veinte años y no quería molestarlo con su presencia, tampoco quería sentirse afectada y no tener la fortaleza para apoyar a los hijos.

Al estar sentada afuera de la habitación, pensó en lo que tenía que hacer. De regreso a casa, ella les dijo a los hijos que pagaría todos los gastos médicos. Después ayudó a pagar una estancia para enfermos desahuciados. Jane fue con sus hijos todos los días a visitarlo, pero jamás entró en su habitación, no era su lugar.

En los días que le quedaban, él y sus hijos volvieron a unirse como familia. Los resentimientos se diluyeron. Cuando hablaban del pasado, exprimían los recuerdos para rescatar los buenos tiempos.

Ellos le dijeron que lo querían, y descubrieron que era cierto. Ella y los chicos planearon el funeral, eligieron el ataúd, escogieron las flores. Decidieron que no

habría velorio, pues no querían deshonrarlo con una sala vacía o con visitas que les hicieran demasiadas preguntas sobre aquellos años perdidos.

Querían que muriera como no había podido vivir: con dignidad. Cuando murió aquel día de junio, todos descubrieron una nueva sensación de paz. Habían sido liberados y él también, pues ya no sufriría ni de cáncer ni de alcoholismo.

La hija leyó un poema que escribió. Otros compartieron recuerdos felices. Mi amiga les agradeció a todos por venir. Ella pagó todo: las cuentas de hospital, la casa para enfermos terminales, el funeral, las flores.

Cuando le pregunté por qué había hecho tanto esfuerzo por ayudar a un hombre que la había lastimado tanto, Jane dijo que la razón era sencilla: “Él era su padre”.

¿Cómo puede llegar alguien a tal lugar de perdón y amor? Para unos, es gracia pura; para otros, trabajo arduo. Para aquellos que no han recibido esa gracia, hay unos consejos para dejar ir los resentimientos en

el texto básico de Alcohólicos Anónimos. Es una solución que funciona para todo aquel que esté dispuesto a ponerla en práctica. El libro dice que una vida que incluye profundo resentimiento sólo conduce a la futilidad y la infelicidad. Los resentimientos, dice, nos impiden recibir la luz del Espíritu.

En el capítulo “Libertad del cautiverio”, una persona comenta un artículo escrito por un ministro. Esto es lo que él dice sobre los resentimientos:

Si tienes un resentimiento del cual quieres liberarte, reza por la persona o la cosa a las que les tienes resentimiento, y serás libre. Si pides en tu oración que todo lo que quieres para ti les sea otorgado a ellos, serás liberado. Pide por su salud, su prosperidad, su felicidad, y serás libre. Incluso cuando en realidad no lo desees, y tus oraciones sean sólo palabras, de todas maneras hazlo. Hazlo todos los días durante dos semanas, y descubrirás que tu intención cambia, y te darás cuenta de que donde solías sentir amargura y resentimiento y odio, ahora sentirás un entendimiento y un amor llenos de compasión.

Yo lo he probado. Los resultados son sorprendentes. En ocasiones, cuando me siento realmente confundida, debo rezar por la disposición de rezar por

la persona. Siempre la obtengo. ¿Quieres liberarte del enojo, el odio y los resentimientos? Debes liberar primero a otros. Al

liberar a su primer esposo, Jane se liberó de la primera parte de su vida, y sus hijos se liberaron por el resto de sus vidas.

LECCIÓN 6

No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.

Anímate. Eres demasiado vehemente. No te tomes tan en serio. Yo solía oír eso todo el tiempo. De familia, amigos, compañeros de trabajo y cualquier extraño

que me escuchara por más de cinco minutos. ¿De qué hablaban? Yo no tenía ni idea, hasta que la vida me desgastó, y me rendí. Necesité

décadas antes de poder ondear la bandera blanca y encontrar la paz en la imperfección. Nací con la idea de que tenía que ser perfecta en todas las cosas, porque muy en el fondo sentía

que no era buena en nada. Toda la vida mi cerebro ha enviado falsas señales de advertencia, constantemente me dice que no soy perfecta, que he fallado. Mi cerebro es daltónico, ve las cosas en blanco o negro, sí o no, correcto o incorrecto, todo o nada. La materia gris entre mis oídos no puede discernir que hay matices en la vida, que el mundo no es una clase en la que te califican como aprobado o no aprobado.

Un día finalmente entendí que estaba más nerviosa que un dálmata en un incendio gigante. Había pasado semanas trabajando en una historia para una revista, y acababa de aparecer en el periódico dominical. Había tenido que hacer docenas de entrevistas y reescrituras para que saliera perfecta. Entonces, el teléfono sonó. Uno de los sujetos me agradeció por el artículo, pero mencionó que había escrito mal su nombre. ¿Qué? Había verificado dos y tres veces cada hecho y ortografía. De alguna manera, un nombre se me había escapado.

Enterré mi rostro entre las manos y lloré en mi escritorio. La historia tenía más de tres mil palabras. Había escrito mal una sola palabra, pero me di a mí misma una calificación reprobatoria. Cuando una colega en la sala de redacción vio mis lágrimas, corrió hacia mí.

—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? —preguntó, preocupada de que alguien hubiera muerto. —Escribí…mal…un…nombre —sollocé. Ella me miró sorprendida. —¿Eso es todo? —dijo, moviendo la cabeza y alejándose. La mirada en su rostro me paró en seco.

Anímate, escuché. Sólo que esta vez no hablaba nadie en el exterior. La voz provenía de mi interior. Al tomarme tan en serio también me convertí en una trabajadora obsesiva. No podía delegar

ninguna tarea, sin importar lo pequeña que fuera. Todas tenían que hacerse a la perfección, y sólo yo sabía la mejor manera de completarlas. Hacía listas infinitas de pendientes, pero olvidaba mis propias necesidades básicas, porque el mundo no podía girar sin mí. Así era yo de importante.

Las plantas de mi casa eran grandes indicadores de que mi vida y mi ego estaban fuera de control. Las plantas eran como esos canarios enjaulados que los mineros solían bajar a las profundidades

para detectar cuando el aire era venenoso. Cuando el pájaro estiraba la pata, era momento de salir. Cuando mis plantas estaban por marchitarse, sabía que debía salir por un poco de aire, revisar mi vida y desacelerar mi búsqueda de la perfección. Si mis plantas mostraban señales de abandono, probablemente también necesitaba pasar más tiempo con mi hija. Gracias a Dios que nunca tuve mascota.

Hubo muchas señales que me decían que me animara, desacelerara mi paso y me concentrara en lo que realmente importaba. Como cuando fui a recoger un vaso sucio y no pude porque estaba pegado en la mesa. O cuando de emergencia terminé yendo a comprar a la tienda de la esquina pan, leche, papel de baño y Tang, que en mi casa era un alimento básico, y ya no teníamos. (Mi hija solía empacar casi todos los días el mismo sándwich —crema de cacahuate en pan integral con Tang espolvoreado en él—, una herencia de mi juventud.)

Ser madre soltera significaba que nadie más iba a hacer las compras. Si yo no apartaba una hora de la noche, mañana o fin de semana, terminábamos limpiándonos con kleenex en lugar de papel de baño, o peor.

En varias áreas yo ya había metido el freno. Desayunaba antes de salir de la casa, pues tiempo atrás solía manejar un auto estándar mientras comía papas fritas. Tuve que ponerle cubiertas a los asientos para esconder las manchas de la comida que perdía su camino entre el plato y mi boca. Adquirí un nuevo auto y una nueva regla: no comer ni beber detrás del volante. Hasta la fecha, la he roto por comer sólidos, pero no líquidos. (Desplegaba un periódico en mi regazo para atrapar las moronas.)

También sobrepasé el límite de velocidad. Un juez y dos multas de cincuenta dólares en menos de seis semanas no fueron suficientes para convencerme años atrás que habría sido económicamente más viable salir de mi casa diez minutos antes que superar por 15 kilómetros el límite de velocidad. Fue cuando el seguro de mi auto aumentó su precio que juré obedecer la ley. Cuando la gente que va conmigo se queja de que manejo muy lento, lo tomo como un halago.

De vez en cuando, todavía recibo magulladuras por tener tanta prisa en vivir esa vida perfecta y elusiva que había planeado en mi agenda. Mi cuerpo algunas veces está tres pasos por detrás de mi cerebro. Paso demasiado rápido a través de una puerta y golpeo mis caderas. Rodeo una esquina y olvido que mi trasero todavía no ha pasado. Los archiveros son los peores. Las esquinas dejan moretones que más tarde se convierten en un caleidoscopio de colores.

Pero eso no es nada comparado con el moretón que se formó en mi ego cuando, un día, fui humillada en público por no tomarme el tiempo de desvestirme adecuadamente. Solía desnudarme rápido porque tenía prisa de hacer algo más importante. No me quitaba los calcetines, los pantalones, las medias o la ropa interior uno por uno. Lo hacía de un tirón. Los calzones y los calcetines terminaban enterrados en algún lugar de los pantalones.

Ese día me puse un par de pantalones aprisa y corrí hacia la puerta. Era un cometa de presunción que volaba a través del día, tenía que hacer a un lado cosas importantes para poder hacer cosas más importantes. Una de ellas era comprar unas cuantas provisiones. Cuando me bajé del auto en el estacionamiento del supermercado, sentí algo suave en mi talón, al principio refunfuñé, pensando que era excremento de perro. Volteé a ver hacia abajo y detecté una protuberancia café, eran unas medias de mujer. Me agaché para levantarlas y vi que estaban anudadas a algo que colgaba de la pierna de mi pantalón.

Confusa, jalé y jalé y jalé, sintiendo que algo reptaba por mi pierna hasta que sostuve un par completo de medias en mis manos. Ante mi horror, un hombre había observado la recuperación desde la banqueta. El momento se congeló como una foto Kodak para recordarme siempre que debo

animarme, pero desacelerar el paso. De vez en vez, me pego contra los archiveros, pero el incidente de la media no ha vuelto a

repetirse. Una vez descubrí un bulto en mi muslo, metí las manos dentro de mis jeans y encontré un calcetín sucio que había quedado ahí la última vez que lo usé.

Quizá debí de haberlo dejado para amortiguar los golpes.

LECCIÓN 7

Paga tus tarjetas de crédito cada mes.

Mi papá pagaba todo en efectivo. Si no tenía efectivo, no necesitaba el artículo. Era hojalatero, reparador de techos o reparador de chimeneas, dependiendo de la época del año.

Instalaba canales para el desagüe y restauraba techos en el verano; reparaba ductos de calefacción y chimeneas en el invierno.

Nunca supe cuánto ganaba. Lo poco que tenía, lo designaba al mantenimiento de sus once hijos. Basta con decir que no teníamos muchos artículos extra de niños, pero sí todo lo que necesitábamos.

Papá jamás dijo “No nos alcanza para esto”. Yo jamás escuché las palabras “No tenemos el dinero suficiente para aquello”. Él veía lo que queríamos y decía: “No lo necesitan”. Y estaba en lo correcto, por supuesto que no lo necesitábamos, simplemente lo deseábamos. Con esto, él nos enseñó a manejar nuestros deseos.

Postergué obtener mi primera tarjeta de crédito hasta que la necesité para hacer una reservación de hotel. El uso de la tarjeta me desconcertaba. Nadie me había enseñado nada sobre comprar a crédito. Una vez pagué toda la cantidad que debía una semana más tarde. Me imaginé que pagar toda la cuenta era más inteligente que pagar el mínimo mensual. En el siguiente estado de cuenta noté el recargo de 25 dólares por haberme pasado de la fecha de vencimiento. Si hubiera pagado parte de la cuenta a tiempo, no me habría costado 25 dólares. Lección aprendida.

Tardé más en digerir la parte de los intereses. Me tomó tiempo darme cuenta de que un abrigo de invierno adquirido en una oferta en realidad no tenía descuento si, seis meses después, yo seguía pagándolo a un interés del 14 por ciento.

Empecé a ver todo de manera desglosada en esa factura mensual. Si hubiera pagado en efectivo por la mayoría de lo que estaba enumerado, habría tomado distintas decisiones. Es fácil sacar el plástico para pagar una comida de 30 dólares, en lugar de tener que dar tres billetes de diez. Pagar en efectivo te hace pensar en saltarte el aperitivo y el postre. Cuando saco dinero real de mi cartera para pagar 60 dólares por un par de jeans que quiero —pero no necesito—, siento instantáneamente la herida y algunas veces decido no comprar los pantalones. Cuando uso la tarjeta de crédito, no siento ningún dolor hasta que la factura llega. Para entonces, ese dolor me hace llorar; para entonces, es demasiado tarde.

La mayoría de nosotros derrocha un dólar aquí, cinco dólares allá. Eso, al final, suma cientos o miles cada año. Muchos de nosotros pensamos, “Si tan sólo ganara más. Si tan sólo obtuviera el ascenso. Si tan sólo me casara por dinero”. He visto los programas del Dr. Phil y Suze Orman las suficientes veces como para saber que los problemas económicos nunca giran en torno al dinero, sino en cómo piensas y te comportas con respecto a él. Eso lo puedes cambiar.

Actualmente, la mayoría de la gente ha escuchado sobre el factor Latte. En The Finish Rich

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