Educación para la Emancipacion, Otro de Filosofía. Universidad Latina
fernando-lynch
fernando-lynch29 de mayo de 2017

Educación para la Emancipacion, Otro de Filosofía. Universidad Latina

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Educación para la emancipación. Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969)

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Theodor W. Adorno

Educación para ia emancipación

Raíces de la memoria • Raíces de la memoria • Raíces de la memoria • Raíces de k

Colección: PEDAGOGÍA Raíces de la memoria

Educación para la emancipación Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969) Edición de Gerd Kadelbach

Por

Theodor W. ADORNO

Traducción de

Jacobo Muñoz

Theodor W. ADORNO

Educación para la emancipación Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969) Edición de Gerd Kadelbach

EDICIONES MORATA, S. L. Fundada por Javier Morata, Editor, en 1920 C/ Mejía Lequerica, 12 28004 - MADRID

Título original de la obra: ERZIEHUNG ZUR MÜNDIGKEIT.

— para los textos de E/ngfr/Tfe© Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1963 — para los textos de Stichworte © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1969 — para los textos restantes: © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1970

e-mail: morata@infornet.es dirección en internet: http://www.edmorata.es

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyrigtit.

© EDICIONES MORATA, S. L. (1998) Mejía Lequerica, 12. 28004 - Madrid

Derechos reservados Depósito Legal: M-1.848-1998 ISBN: 84-7112-423-8

Compuesto por: Ángel Gallardo Printed in Spain - Impreso en España imprime: LAVEL (Humanes) Madrid Fotografía de la cubierta: Theodor W. Adorno, 1921.

Contenido

PRÓLOGO. Por Gerd KADELBACH 11

I. ¿QUÉ SIGNIFICA SUPERAR EL PASADO? 15

II. LA FILOSOFÍA Y LOS PROFESORES 31

III. TELEVISIÓN Y FORMACIÓN CULTURAL 49

IV. TABÚES SOBRE LA PROFESIÓN DE ENSEÑAR 65

V. EDUCACIÓN DESPUÉS DE AUSCHWITZ 79

VI. EDUCACIÓN, ¿PARA QUÉ? 93

Vil. EDUCACIÓN PARA LA SUPERACIÓN DE LA BARBARIE 105

VIII. EDUCACIÓN PARA LA EMANCIPACIÓN 115

FUENTES 129

DATOS BIOGRÁFICOS Y BIBLIOGRÁFICOS 131

OTRAS OBRAS DE EDICIONES MORATA DE INTERÉS 133

Ediciones Morata, S, L.

Propósito de la colección

Raíces de la memoria

El propósito fundamental de la colección Raíces de la memoria es recu- perar para los lectores y lectoras unos textos representativos en el mundo de la educación y la cultura que, en estos momentos, eran de difícil localización.

Las obras que integran esta colección están consideradas parte muy va- liosa de nuestra memoria colectiva. Por eso aparecen citadas continuamente por autores y autoras actuales y constituyen la base de una buena parte de las teorías contemporáneas.

Explicar el presente obliga al rastreo de las raíces. Sólidas raíces son el augurio de fértiles desarrollos posteriores. Utilizando un pensamiento de Jor- ge Luis Borges, "La historia no es un frígido museo; es la trampa secreta de la que estamos hechos, el tiempo. En el hoy están los ayeres". Algo que tam- bién supo expresar literariamente Bernardo de Chartres, en el siglo xii, y que condensa la filosofía de esta colección, al afirmar que "nos esse quasi nanos, gigantium humeris insidentes, ut possimus pura eis et remotiora videre, non utique proprii visus acumine, aut eminentia corporis, sed quia in altum sub- vetiimur et extoliimur magnitudine gigantea" ("nosotros somos como enanos encabalgados sobre los hombros de gigantes y así podemos ver más cosas y más lejos que ellos, pero no por tener la vista más penetrante o poseer más alta estatura, sino porque el gran tamaño de los gigantes nos eleva y sostie- ne a una cierta altura").

Prólogo

Escéptico sobre los medios de comunicación de masas y nada proclive a las organizaciones e instituciones conformadoras de opinión, sólo a disgusto hubiera accedido Theodor W. Adorno en vida al registro definitivo de sus con- ferencias y conversaciones radiofónicas sobre problemas de la pedagogía práctica. Hubiera, con todo, aprobado finalmente su publicación, con una observación al texto, por supuesto, como la que figura al comienzo de la con- ferencia radiofónica Tabúes sobre la profesión de enseñar, o como introduc- ción a un trabajo, "Sobre la lucha contra el antisemitismo hoy", publicado en Argument 29, que reproduce una conferencia impartida por Adorno el 30 de octubre de 1962 ante el Consejo Coordinador de la Colaboración entre Cris- tianos y Judíos. En ella afirmaba:

"El autor es consciente de que en su forma de efectividad la palabra hablada y la escrita difieren todavía más de lo que hoy generalmente se asume. Si habla- ra como debe escribir atendiendo a las exigencias que la aspiración a ser asumi- da como conciuyente impone a toda exposición objetiva, resultaría ininteligible; pero nada de lo que dice el autor puede hacer justicia a lo que ha de exigir a un texto. Cuanto más generales son las divergencias, tanto más se acentúan las difi- cultades para alguien de quien recientemente un crítico certificó amablemente que su producción es fiel al lema 'El buen Dios vive en el detalle'. Allí donde un texto tendría que ofrecer justificaciones exactas, las correspondientes conferen- cias no podían ir más allá de la afirmación dogmática de resultados. No puede, pues, asumir la responsabilidad por lo aquí impreso y lo considera, simplemente, como un recordatorio para quienes asistieron a su improvisación y también, obviamente, para quienes quieran seguir pensando sobre las cuestiones tratadas a partir de las modestas incitaciones que les procuró. En lo generalizado de la tendencia a grabar el discurso libre, como se dice, para difundirlo seguidamente, el autor no puede menos de percibir un síntoma de ese modo de comportamlen-

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to del mundo administrado que fija incluso la palabra efímera, una palabra que tie- ne su verdad en su propia caducidad, para que quien la pronuncia se juramente así con ella. La grabación es en cierto modo como la huella dactilar del espíritu".

En el registro de las grabaciones de las conferencias impartidas fuera de la disciplina del texto y de las conversaciones sostenidas por Adorno con Hell- mut Becker, lo que está en juego es una documentación de los esfuerzos prácticos de un teórico que no podía ni quería renunciar a exponer su crítica al "todo" del espacio público alcanzable. Lo que no impide que en la misma se hagan propuestas muy concretas, apropiadas para rectificar la imagen del mero negador. La relación teoría-praxis, que aquí es ofrecida teórica-prácti- camente, determina esta documentación que a la vez matiza de un modo hasta la fecha inusual, el estudio del método de trabajo de Adorno.

Los trabajos de Adorno que aquí se reúnen —cuatro conferencias, que el propio autor corrigió para su impresión, y cuatro conversaciones con Hell- mut Becker y Gerd Kadelbach, transcritas a partir de las grabaciones— sur- gieron en colaboración con la sección principal de formación y educación de la Radio de Hesse, a cuyo programa de "Problemas educativos actuales" fue invitado Adorno por lo menos una vez al año durante el decenio que media entre 1959 y 1969. Theodor W. Adorno estaba unido por muchos lazos a la Radio de Hesse. Sus reflexiones estéticas sobre la música moderna fueron emitidas por sus ondas, en parte en exposiciones monográficas, en parte en conversaciones muy animadas con los redactores de la sección principal de música, con adversarios, con interlocutores y amigos. En las emisiones de la Palabra Cultural figuraba entre estos interlocutores Erika Mann, con la que tuvo una conversación sobre el regreso de la emigración. Con Lotte Lenya debatió sobre la leyenda y la realidad de los años veinte, y en el Estudio de la Tarde participó como un autor comprometido y lleno de temperamento. Lo que más le importaba era ser bien entendido. Con los oyentes que reaccio- naban críticamente ante sus intervenciones debatía con el mayor detenimien- to, como, por ejemplo, cuando tras una conferencia en el Estudio de la Tarde sobre "Palabras desde la lejanía" se le reprochó que el instrumental de su ter- minología resultara ininteligible para el no iniciado.

El 16 de julio de 1969, seis días antes del comienzo de sus vacaciones en Zermatt, de las que ya no regresaría. Adorno estuvo por última vez en la Radio de Frankfurt. Sostuvo con Hellmut Becker, Director del Instituto para la Investigación en Educación de Berlín, una conversación con el título de "Edu- cación para la emancipación". Esta emisión se convirtió así en la última con- versación de una serie de disputas pedagógicas que comenzó en 1959 con el título: "¿Qué significa superar el pasado?"

Sólo muy difícilmente podrá resolverse, sin duda, la contradicción existen- te entre este compromiso publicístico de Adorno y aquella formulación de la Dialéctica Negativa que pone en cuestión tal compromiso:

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Prólogo 13

"Quien defiende la conservación de la cultura, radicalmente culpable y gasta- da, se convierte en cómplice; quien la rehusa, fomenta inmediatamente la barba- rie que la cultura ha revelado ser".

La respuesta ha de buscarse en los esfuerzos que Adorno dedicó a la ela- boración y profundización de la educación política, educación que para él era una con la educación para la emancipación.

Frankfurt, febrero de 1970

Gerd KADELBACH

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¿Qué significa superar el pasado?

La pregunta "¿Qué significa superar el pasado?" tiene que ser clarificada. Parte de una formulación que en los últimos años se ha convertido, como fra- se hecha, en altamente sospechosa. Cuando con ese uso lingüístico se habla de superar el pasado no se apunta a reelaborar y asumir seriamente lo pasa- do, a romper su hechizo mediante la clara consciencia; sino que lo que se busca es trazar una raya final sobre él, llegando incluso a borrarlo, si cabe, del recuerdo mismo. La indicación de que todo ha de ser olvidado y perdonado por parte de quienes padecieron injusticia es hecha por los correligionarios de los que la cometieron. En una controversia científica escribí ocasionalmente: en casa del verdugo no hay que hablar de la soga, porque de lo contrario se suscita resentimiento. Pero el que la tendencia al rechazo, inconsciente y a la vez no tan inconsciente, de la culpa se una de modo tan absurdo a la idea de acabar con lo pasado, ofrece ocasión suficiente para reflexiones referidas a un terreno del que todavía hoy emana tal horror que se vacila y titubea a la hora de llamarlo por su nombre.

Se tiene la voluntad de liberarse del pasado: con razón, porque bajo su sombra no es posible vivir, y porque cuando la culpa y la violencia sólo pue- den ser pagadas con nueva culpa y nueva violencia, el terror no tiene fin; sin razón, porque el pasado del que querría huir aún está sumamente vivo. El nacionalsocialismo sobrevive, y hasta la fecha no sabemos si solamente como mero fantasma de lo que fue tan monstruoso, o porque no llegó a morir, o si la disposición a lo indescriptible sigue latiendo tanto en los hombres como en las circunstancias que los rodean.

No es mi deseo ocuparme del problema de las organizaciones neonazis. En mi opinión, la supervivencia del nacionalsocialismo en la democracia es potencialmente mucho más amenazadora que la supervivencia de tenden- cias fascistas contra la democracia. Cuando se habla de infiltración se habla

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de algo objetivo; si figuras sospechosas hacen su come back (retorno) a po- siciones de poder, es exclusivamente porque las circunstancias les son favo- rables.

Está fuera de discusión que en Alemania el pasado aún no ha sido su- perado única y exclusivamente en el ámbito, con el que hay que contar, de lo llamado incorregible. Se remite aquí una y otra vez al llamado complejo de culpa, sugiriéndose a menudo la asociación de que éste sólo ha tomado real- mente cuerpo como consecuencia de la construcción de una culpa colectiva alemana. Es evidente que en la relación con el pasado laten muchos elemen- tos neuróticos: gestos de defensa allí donde no se ha sido atacado; intensas pasiones en lugares que apenas las justifican realmente; falta de afección por lo más serio; no pocas veces incluso pura y simple represión de lo sabido o lo semisabido. Así, a menudo nos hemos encontrado, en experimentos de gru- pos en el Instituto de Investigación Social, con que, a propósito de recuerdos de deportaciones y asesinatos masivos y cuando éstos eran evocados, se recurría a expresiones dulcificadas o descripciones eufemísticas, o bien se producía un vacío en el discurso; la tan generalizada como casi inocente expresión de "noche de los cristales" * para el pogromo de noviembre de 1938 documenta bien esta inclinación. Es muy alto el número de los que entonces no quisieron darse por enterados de los acontecimientos, a pesar de que desaparecían judíos por doquier, y aunque apenas pueda creerse que los que vivieron lo que pasó en el Este hayan tenido que callar siempre sobre lo que tuvo que ser para ellos una pesada carga; cabe bien suponer, en efecto, que entre la actitud de "no-haber-sabido-nada-de-todo-ello" y la indife- rencia medrosa y cuanto menos obtusa hay una proporción. En cualquier caso, los enemigos decididos del nacionalsocialismo estuvieron muy pronto perfectamente al tanto.

Conocemos todos también, en cualquier caso, la disposición a negar lo ocurrido o a minimizarlo, por difícil que resulte comprender que el argumento de que los judíos gaseados fueron apenas cinco millones y no seis no llene a algunos de vergüenza. Igualmente irracional resulta, por otra parte, la difun- dida compensación de la culpa, como si Dresden hubiera amortizado Ausch- witz. En la elaboración de estos cálculos, en la prisa por dispensarse me-

* En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y como represalia, aparentemente, por el asesinato en París por un judío polaco del diplomático alemán Ernst vom Rath, simpatizantes nazis y miembros de las fuerzas de choque del partido nazi asaltaron 7.500 tiendas de comer- ciantes judíos y destruyeron 177 sinagogas, con un elevado número final de muertos y heridos. La policía recibió la orden de no intervenir. Se obligó a la comunidad judía a pagar más de 1.000 millones de marcos al Estado del Tercer Reich, que se incautó además de las indemnizaciones por daños de las compañías de seguros a los propietarios judíos. Más de 30.000 judíos adine- rados fueron detenidos y obligados a emigrar tras ceder sus fortunas. La noche de estos suce- sos, instigados desde el poder y a la que se quiso dar el aspecto de una respuesta "popular" espontánea, pasó a ser conocida como la "Noche de los cristales rotos". (N.del T.)

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¿Qué significa superar ei pasado? 17

diante contrarreproches de la autorreflexión y del autoconocimiento hay de entrada algo de inhumano; y hechos bélicos ocurridos en la guerra, de los que Coventry y Rotterdam pueden constituir modelo, apenas resultan comparables con el asesinato administrativo de millones de seres inocentes, incluso esta inocencia, la más simple y plausible, es negada. La desmesura de lo cometido sirve a su justificación: algo así —se consuela la consciencia laxa— no hubie- ra podido ocurrir de no haber dado las víctimas algún motivo, y este vago "algún" puede acrecentarse seguidamente a voluntad. Y así el enmasca- ramiento y la ofuscación cubren con su manto protector la sangrante despro- porción entre una culpa máximamente ficticia y un castigo máximamente real. En ocasiones son convertidos los vencedores incluso en autores de lo que hicieron los vencidos cuando aún estaban arriba, y se declaran responsables de las monstruosidades de Hitler a quienes toleraron que tomara el poder, no a quienes lo aclamaron. Lo idiota de todo ello es signo, realmente, de una fal- ta psíquica de dominio y superación; es signo de una herida, aunque pensar aquí en heridas es algo que debería venir más bien referido a las víctimas.

En todo esto el discurso sobre el complejo de culpa tiene, sin embargo, algo de insincero. En la psiquiatría, de donde ha sido tomado y cuyas asocia- ciones arrastra, indica que el sentimiento de culpa es enfermizo, que no se adecúa a la realidad, que es psicógeno, como dicen los analíticos. Con la ayu- da de la palabra "complejo" se suscita la impresión de que la culpa, cuyo sen- timiento tantos rechazan, reaccionando contra él y deformándolo mediante racionalizaciones de los tipos más disparatados, no sería en realidad tal cul- pa, sino que radicaría sólo en ellos, en su constitución psíquica: el pasado terriblemente real pasa a ser convertido en algo anodino, en mera imagina- ción de los que se sienten por él afectados. ¿O bien vendría incluso la propia culpa a no ser ella misma sino un complejo, siendo enfermizo asumir el peso del pasado, a diferencia del hombre sano y realista que vive en el presente y se dedica a sus fines prácticos? Tal consecuencia sacaría la moral de aquel "Es tan bueno como si no hubiera ocurrido", que proviene de Goethe, pero que es dicho en un pasaje decisivo de Fausto por el demonio para desvelar su principio más profundo: la destrucción del recuerdo. A los asesinados ha de serles sustraído así también lo único que nuestra impotencia puede rega- larles, la memoria. La endurecida actitud de los que nada quieren saber de todo ello no dejaría, ciertamente, de sintonizar con una poderosa tendencia histórica. Hermann Heimpel ha hablado repetidamente de la atrofia de la consciencia de continuidad histórica en Alemania, un síntoma de ese debili- tamiento social del yo cuya génesis intentamos reconstruir Horl<heimer y yo mismo en Dialektik der Aufklárung ("Dialéctica de la Ilustración")*. Datos

* Para información sobre las ediciones en castellano de las obras de Adorno, véanse los "Datos biográficos y bibliográficos" de las páginas 131 -132 de esta misma obra. (A/, del E.)

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Educación para la emancipación

empíricos como el del desconocimiento por parte de la joven generación de quiénes fueron Bismarck y el Emperador Guillermo i han confirmado la sos- pecha de pérdida de la historia.

Pero esta evolución, flagrante sólo desde la Segunda Guerra Mundial, sin- toniza muy bien con la animosidad contra la historia de la consciencia ameri- cana verbalizada por Henry Ford con su "History is bunk" {la historia es char- latanería"), con el espectro de una humanidad sin recuerdo. No se trata de un nuevo producto de la decadencia, de una forma de reacción de una humani- dad agobiada, como suele decirse, por estímulos con los que no sabe ya cómo arreglárselas; es un fenómeno necesariamente vinculado a la progresividad del principio burgués. La sociedad burguesa está de modo universal bajo la ley del intercambio, del "igual por igual" de cálculos y cuentas, que pasan y de los que en realidad nada permanece. El intercambio es por definición algo intemporal, como la ratio misma, como las operaciones de la matemática, que en su forma pura apartan de sí el momento temporal. Así desaparece también el tiempo concreto de la producción industrial. Esto discurre cada vez más en ciclos idénticos e intermitentes, potencialmente uniformes, no necesitando ya apenas la experiencia acumulada. Economistas y sociólogos como Werner Sombart y Max Weber adscribieron el principio del tradicionalismo a las formas feudales de la sociedad y el de racionalidad a las burguesas. Lo que en defini- tiva no significa sino que el recuerdo, el tiempo y la memoria son liquidados de la sociedad burguesa, según va avanzando ésta, como una especie de resto irracional, de modo similar a como la racionalización progresiva de los méto- dos de producción industrial reduce, junto con otros restos artesanos, también categorías como la del tiempo de aprendizaje, o lo que es igual, de adquisición de experiencia. Privándose del recuerdo y agotándose, perdido todo largo aliento, en la adecuación a lo que en el momento cuenta como actualidad, la humanidad se limita a reflejar una ley evolutiva objetiva*.

El olvido del nacionalsocialismo ha de ser comprendido más bien a partir de la situación social general que de la psicopatología. Incluso los mecanismos psi- cológicos que operan en el rechazo de recuerdos penosos y desagradables sir- ven a objetivos ajustados al máximo a la realidad. Son precisamente los que pro- ceden al rechazo quienes dan más claro testimonio de ello. Por ejemplo, cuando argumentan, haciendo gala de sentido práctico, que recordar de forma dema- siado concreta e insistente lo sucedido podría dañar la imagen alemana en el extranjero. Sin embargo, tal celo encaja poco con el dicho de Richard Wagner —quien no dejaba, por su parte, de ser muy nacionalista— de que ser alemán quiere decir hacer una cosa por ella misma, sin que tal cosa venga, pues, deter- minada a priori como negocio. La cancelación del recuerdo es más un ren- dimiento de la consciencia demasiado despierta que su debilidad frente a la pre-

* Esta frase consta en la conferencia original. Falta en el texto impreso en 1963. (N. de G. Kadelbach.)

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potencia de los procesos inconscientes. En el olvido de lo apenas ingresado en el pasado resuena la exasperada creencia de que lo que todos saben tiene que excusarse a sí mismo antes de poder pedir a los otros excusas por ello.

Todas estas reacciones, actitudes y modos de comportamiento no son, ciertamente, racionales en sentido inmediato, toda vez que desfiguran los hiechos a los que se refieren. Pero son racionales en la medida en que se apo- yan en tendencias sociales y en que quien reacciona así se sabe en sintonía con el espíritu de los tiempos. Esta forma de reaccionar se ajusta de modo inmediato al imperativo de salir adelante y hacer progresar. Quien no tiene ideas estériles, no tira arena en la maquinaria para dificultar su funciona- miento. Lo recomendable es tiablar por boca de lo que Franz Bóhm dio tan pragmáticamente en llamar opinión-no-pública. Quienes se adecúan a un talante que es, ciertamente, mantenido en jaque por los tabúes oficiales, pero que pone, precisamente por eso, tanta mayor virulencia, se cualifican a un tiempo como fieles a sus compromisos y como hombres independientes. En definitiva, el movimiento alemán de resistencia no llegó a tener nunca una base de masas, y ésta difícilmente podría ser convocada por la derrota. Sin duda, puede suponerse que la democracia ha arraigado más profundamen- te que tras la Primera Guerra Mundial: el nacionalsocialismo, profundamente burgués y anti-feudal, ha preparado incluso, en cierto sentido y contra su voluntad, mediante la politización de las masas, la democratización. Tanto la casta de los Junker prusianos como el movimiento obrero radical han desa- parecido; por vez primera ha cristalizado algo así como un estado burgués homogéneo. Que la democracia llegara demasiado tarde a Alemania, o lo que es igual, que no coincidiese en el tiempo con el esplendor del liberalismo económico y fuera introducido por los vencedores, es cosa que no ha podido menos de influir sobre la relación del pueblo con ella. De modo directo se habla muy poco de esto, porque de momento las cosas van muy bien con la democracia, y también porque no sintonizaría con la comunidad de intereses institucionalizados en alianzas políticas con Occidente y sobre todo, con América. Pero el rencor que suscita la re-educación resulta de lo más elo- cuente. Lo más que se puede decir es que el sistema de la democracia políti- ca ha sido, sin duda, aceptado en Alemania al modo de lo que en América se llama a working proposition (una proposición que funciona), esto es, como algo funcionante, como algo que hasta el momento ha posibilitado o incluso fomentado prosperidad. Pero la democracia no ha echado raíces hasta el punto de que las personas la experimenten como cosa propia, sabiéndose a sí mismas como sujetos de los procesos políticos. Es percibida como un sis- tema entre otros, como si se pudiera elegir en un muestrario entre comunis- mo, democracia, fascismo, monarquía; pero no como idéntica con el pueblo mismo, como expresión de su emancipación, de su mayoría de edad. Es valo- rada a tenor del éxito o del fracaso, de un éxito o de un fracaso en el que pasan a participar los diferentes intereses individuales, pero no como unidad

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del interés propio con el interés general; algo que no deja, ciertamente, de convertir en demasiado difícil la delegación parlamentaria de la voluntad popular en los modernos estados de masas. A menudo se encuentra uno en Alemania, entre alemanes, ante la singular opinión de que los alemanes no están maduros para la democracia. Se hace de la inmadurez propia una ideo- logía, de modo no muy distinto ai de los jóvenes que, al ser pillados en algún acto de violencia, insisten en su pertenencia al grupo de los teenagers (ado- lescentes). Lo grotesco de este modo de argumentar muestra una flagrante contradicción en la consciencia. Las personas que tan ingenuamente se dejan llevar por su propia ingenuidad y su inmadurez política, se sienten por una parte ya como sujetos políticos, a los que incumbiría determinar un des- tino y organizar en libertad la sociedad. Pero por otra tropiezan con que a tal empeño le vienen impuestos unos límites férreos por las circunstancias. Y precisamente por no ser capaces de penetrar con su propio pensamiento en estos límites, adscriben la imposibilidad ante la que se encuentran y que en realidad les es impuesta, a sí mismos o a los grandes o a otros. Y al hacer- lo se escinden otra vez, ellos mismos, en sujeto y objeto. De acuerdo con la ideología hoy dominante, cuanto más se ven los seres humanos a merced de constelaciones objetivas sobre las que carecen de todo poder o sobre las que no creen posible saber nada, tanto más subjetivizan esta incapacidad. Con la frase de que lo único que cuenta son las personas y de que todo depende de ellas, achacan a las personas lo que es debido a las circunstancias, de modo que éstas prosiguen en la penumbra. En el lenguaje de la filosofía podría bien decirse que en el extrañamiento del pueblo respecto de la democracia se refleja el autoextrañamiento de la sociedad.

Entre todas estas constelaciones la evolución de la política internacional es quizá la más influyente. Parece justificar a posteriori \a agresión de Hitler a la Unión Soviética. En la medida en que el mundo occidental se determina como unidad esencialmente por recurso al rechazo de la amenaza rusa, pare- ce como si los vencedores de 1945 hubieran destruido sólo por necedad el acreditado bastión contra el bolchevismo, para reconstruirlo pasados unos pocos años. Entre el tan traído y llevado "ya lo dijo Hitler" y la extrapolación de que también en otras cosas tenía razón hay nada más que un paso. Sólo ora- dores dominicales edificantes podrían pasar por alto la fatalidad histórica de que la concepción que en su día llevó a Chamberlain y a sus seguidores a tolerar a Hitler como fuerza de seguridad frente al Este haya venido a sobre- vivir al propio Hitler. Realmente una fatalidad, porque la amenaza del Este de apoderarse del promontorio de Europa Occidental es evidente. Quien no se enfrenta a ella se hace literalmente culpable de la repetición del appeasement (conciliación) de Chamberlain. Olvidemos simplemente —¡simplemente!— que fue precisamente la acción de Hitler la que provocó esta amenaza, que fue él quien trajo sobre Europa lo que de acuerdo con la voluntad del appea- se/" (conciliador) estaba destinado a impedir con su fuerza expansiva. La tra-

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ma política es, más que el propio destino individual, un contexto de culpa. La resistencia contra el Este tiene en si' misma una dinámica que evoca lo ocu- rrido en Alemania. No sólo ideológicamente (porque el lema de la lucha con- tra el bolchevismo ha ayudado de antiguo a camuflarse a aquellos a quienes la libertad no importa más que a éste), sino también realmente. Según una observación hecha ya durante la época de Hitler, la capacidad de penetración organizadora del sistema totalitario impone a sus enemigos algo de su propia esencia. Mientras dure el desnivel económico entre el Este y el Oeste, el modo fascista de hacer tiene más oportunidades con las masas que la pro- paganda oriental, siempre, claro está, que la última ratio fascista no obligue por la fuerza a ser aceptada. Pero a ambas formas de totalitarismo son pro- pensos los mismos tipos. Se enjuiciarían de modo decididamente falso los caracteres necesitados de autoridad de querer construirlos a partir de una determinada ideología económico-política; las bien conocidas oscilaciones de millones de electores antes de 1933 entre el partido comunista y el nacio- nalsocialismo no son tampoco precisamente un azar desde un punto de vista psicológico-social. Una serie de investigaciones americanas han mostrado hasta qué punto dicha estructura de carácter no va tan vinculada a unos determinados criterios económico-políticos. Más bien la definen rasgos como un pensamiento de acuerdo con las dimensiones de poder e impotencia, como rigidez e incapacidad de reacción, como convencionalismo, conformis- mo y escasa autorreflexión, así como, finalmente, una precaria capacidad de experiencia. Los caracteres necesitados de autoridad se identifican sin más con el poder real, antes de adquirir contenido específico. En el fondo sólo dis- ponen de un yo débil y para compensarlo necesitan identificarse con grandes colectivos en los que encuentran apoyo y protección. Que sea posible dar de nuevo a cada paso con figuras como las presentadas en la película de los niños prodigio no es cosa que dependa de la maldad del mundo como tal ni de presuntas propiedades peculiares del carácter nacional alemán, sino de la identidad de esos conformistas que tienen de antemano una relación con las palancas de mando de todos los aparatos de poder, con los séquitos po- tencialmente totalitarios. Pensar, por otra parte, que el régimen nacionalso- cialista no haya significado otra cosa que miedo y sufrimiento, aunque tam- bién significara eso incluso para muchos de sus seguidores, no deja de ser una ilusión. A innumerables personas no les fue nada mal bajo el fascismo. La punta extrema del terror iba dirigida tan sólo a unos pocos y bastante bien definidos grupos. Tras las experiencias de las crisis de la era anterior a Hitler, pasó a predominar el sentimiento de que "hay quien vela por nosotros", y no sólo en el sentido de las vacaciones pagadas o de las canastillas de flores en las fábricas. Frente al laissez taire, el mundo de Hitler protegía realmente has- ta cierto punto a los suyos de las catástrofes naturales de la sociedad, a las que las personas estaban expuestas. Anticipó violentamente el actual domi- nio de las crisis; un experimento bárbaro de dirección estatal de la sociedad

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industrial. La tantas veces invocada integración, la condensación organizativa de la red social, llamada a atraparlo todo, procuraba también protección con- tra el temor universal a caer a través de las mallas y hundirse. La frialdad de la situación de alienación y extrañamiento a muchos les pareció superada por el calor que da la unión de unos con otros, por manipulada y artificialmente mantenida que fuera ésta. La comunidad de los desiguales y carentes de libertad, siendo una mentira, constituía también la satisfacción de un viejo y, por supuesto, mal sueño antiguo del burgués. Con todo, el sistema que ofrecía tales gratificaciones encerraba dentro de sí el potencial de la propia decadencia. El florecimiento económico del Tercer fíe/c/7 descansaba en bue- na medida en el rearme de cara a la guerra que trajo la catástrofe. Sólo que la memoria debilitada de la que antes hablaba se esfuerza por rechazar estas argumentaciones. Oscurece y desfigura tenazmente la fase nacionalsocialis- ta en la que se vieron satisfechas las fantasías colectivas de poder de quie- nes, como individuos aislados, eran impotentes y en absoluto podían darse importancia y creerse alguien sino en función y al hilo de un poder colectivo así. Ningún análisis, por penetrante que sea, podrá eliminar en el futuro del mundo la realidad de esta satisfacción y las energías pulsionales en ella invertidas. Ni siquiera era tan irracional el juego va-banque* de Hitler como entonces dio en imaginárselo la razón liberal media y hoy se lo imagina la mirada histórica retrospectiva al fracaso. El cálculo de Hitler de aprovechar la ventaja temporal sobre los otros Estados procurada por el rearme gigantesco no era, en el sentido de lo que él quería, en modo alguno insensato. A quien contempla la historia del Tercer Reich o, cuanto menos, la de la guerra, se le aparecen, en efecto, una y otra vez los diferentes momentos en los que Hitler sufría reveses como casuales considerando necesario tan sólo el proceso global. Sin duda, en dicho proceso acabó finalmente por imponerse el supe- rior potencial económico-técnico del resto de la tierra, el cual no quería, por supuesto, ser devorado: en cierto modo una necesidad estadística, en abso- luto una lógica recognoscible jugada a jugada. La simpatía hacia el nacional- socialismo que sobrevive no necesita recurrir a demasiados sofismas para convencerse a sí mismo y a los otros de que pudieran ir las cosas siempre bien de otro modo, de que en realidad se cometieron simplemente algunos fallos, y que la caída de Hitler fue un accidente histórico mundial, llamado posiblemente a ser corregido aún por el Espíritu del Mundo.

En el orden subjetivo, en el psiquismo humano, el nacionalsocialismo elevó el narcisismo colectivo o, más simplemente, la vanidad nacional, al infi- nito. Los impulsos narcisistas de los individuos a los que el mundo endureci- do promete una y otra vez satisfacción, y que lejos de obtenerla siguen en pie

* En determinados juegos de azar, un jugador puede hacer de banca, cobrando y pagan- do. Con la expresión va tanque (banca) el que así lo desea declara que asume este papel, lo que le sitúa frente a los otros jugadores. {N. del T.)

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mientras la civilización les niega una y otra vez tantas cosas, encuentran una satisfacción sustitutiva en la identificación con el todo. Este narcisismo colec- tivo es el que fue máximamente dañado con el desplome del régimen de Hitler; con un daño acontecido en el ámbito de la nueva facticidad, sin que los individuos llegaran a tomar consciencia, ajusfando así cuentas con él y superándolo. Éste es el sentido psicológico-socialmente pertinente del dis- curso sobre el pasado no superado. Incluso permaneció vivo ese pánico que surge, según la teoría expuesta por Freud en Psicología de masas y análisis del yo, allí donde las identificaciones colectivas entran en quiebra. Si no se quiere echar en saco roto la indicación del gran psicólogo, la consecuencia a sacar es unívoca: que aquellas identificaciones y el narcisismo colectivo no han sufrido destrucción alguna, que prosiguen en secreto con vida, ardiendo de forma inconsciente y precisamente por eso con redoblado poder. La derro- ta ha sido interiormente tan poco ratificada como tras 1918. Incluso a la vista de la evidente e inminente catástrofe, el colectivo aglutinado por Hitler se mantuvo unido, aferrado a esperanzas quiméricas como la cifrada en aquellas armas secretas, poseídas en realidad por los otros. A ello habría que unir, desde una perspectiva psicológico-social, la expectativa alentada por el nar- cisismo colectivo dañado de obtener una reparación, una expectativa que se aterra a cuanto en la consciencia puede poner el pasado en sintonía con los deseos narcisistas, y que pasa así a modelar seguidamente la realidad de un modo tal que aquel daño pase a convertirse en algo no acontecido. Tal cosa ha sido hecha hasta cierto punto posible por el auge económico, por la cons- ciencia de lo muy hábiles y capaces que somos. Pero tengo mis dudas de que el llamado milagro económico, en el que todos sin duda participan, pero sobre el que no dejan al mismo tiempo de hablar con cierta sorna, llegue psicológi- co-socialmente tan adentro como cabría suponer en tiempos de relativa esta- bilidad. Precisamente porque el hambre prosigue en continentes enteros, aunque podría ser eliminada de forma técnica, nadie osa nombrar abier- tamente su alegría por el bienestar. Al igual que el espectador individual ríe con desaprobación cuando, por ejemplo, en una película alguien con serville- ta al cuello se da un banquete con fruición manifiesta, la humanidad no se permite a sí misma un disfrute respecto del que percibe que sigue pagándolo con carencias; no hay felicidad que no se vea afectada por el resentimiento, ni siquiera la propia. La saciedad se ha convertido en un insulto a priori, cuando en realidad lo único malo que habría en ella es que hay quienes nada tienen para comer; el presunto idealismo que de una forma tan farisaica arremete precisamente en la Alemania de hoy contra el presunto materialismo, debe en realidad más bien lo que cree que es su profundidad a instintos reprimidos. El odio al disfrute coadyuva en Alemania al malestar por la abundancia, y el pasado se le transfigura en clave de tragedia. Sólo que tal malaise (malestar) no nace únicamente de fuentes turbias, sino también de algo mucho más racional. El bienestar es coyuntural, nadie confía en una duración ilimitada. Y

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si se busca consuelo en la convicción de que sucesos como el del Viernes Negro de 1929 y la consiguiente crisis económica apenas son ya repetibles, no deja de latir implícitamente ahí también la confianza en un poder estatal fuerte, del que espera protección aunque no funcionen la libertad económica ni la política. Incluso en medio de la prosperidad, incluso en medio de la esca- sez temporal de fuerzas de trabajo, es posible que la mayoría de las personas se perciban secretamente como parados potenciales, como receptores de beneficios y, en consecuencia, más bien como objetos, no como sujetos de la sociedad. Tal es la raíz sobremanera legítima y racional de su malestar. Es cosa evidente que en un momento dado puede ser utilizado con fines retró- grados y para la renovación misma del mal.

El ideal fascista confluye hoy sin problemas con el nacionalismo de los países llamados infradesarrollados, a los que no se conoce ya como tales, sino como países en vías de desarrollo. Ya durante la guerra se expresaba en los eslóganes de las plutocracias occidentales y de las naciones proletarias el acuerdo con ios que pensaban haberse quedado atrás en la competencia imperialista y pedían un puesto en la mesa. No resulta nada fácil calibrar si y hasta qué punto ha podido desembocar ya esta tendencia en la corriente sub- terránea anticivilizadora, antioccidentai, de la tradición alemana. Como tam- poco lo resulta calibrar si también en Alemania se dibuja una convergencia entre el nacionalismo fascista y el comunista. Hoy el nacionalismo está supe- rado y es a la vez actual. Superado, porque en virtud de la forzada unión de naciones en grandes bloques bajo la supremacía de la más poderosa (tal como lo dicta ya incluso la mera evolución de la técnica armamentística), la nación soberana individual ha perdido, cuanto menos en la Europa continen- tal avanzada, su substancialidad histórica. La idea de la nación, en la que en otro tiempo se sintetizaba la unidad económica de los intereses de los ciuda- danos libres y autónomos frente a las barreras territoriales del feudalismo, se ha convertido ella misma en una barrera frente al evidente potencial de la sociedad global. Pero el nacionalismo es también actual en la medida en que sólo la idea heredada y psicológicamente muy cargada de nación (que sigue oficiando aún de expresión de una comunidad de intereses en la economía mundial) tiene la suficiente fuerza como para unir a cientos de millones en tor- no a objetivos que no pueden considerar como suyos en un sentido inmedia- to. El nacionalismo ya no se cree a sí mismo del todo, pero resulta, no obs- tante, políticamente necesario como medio eficaz para conseguir que las personas se aterren a situaciones y relaciones objetivamente anticuadas. De ahí que como algo no del todo bueno para sí mismo e intencionadamente ofuscado ostente hoy rasgos grotescos. Es cierto que nunca le faltaron ente- ramente, dada su condición de herencia de bárbaras y primitivas estructuras tribales, pero estuvieron reprimidos durante todo el tiempo en el que el libera- lismo pudo asegurar también realmente el derecho del individuo como condi- ción del bienestar colectivo. Sólo en la época en la que ésta había dado ya un

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vuelco pudo el nacionalismo convertirse en algo enteramente sádico y des- tructivo. De este cuño era ya la furia del mundo de Hitler contra todo lo que era diferente, el nacionalismo como sistema paranoico de locura; la fuerza de atracción precisamente de estos rasgos no es hoy sin duda menor. La para- noia, el delirio persecutorio que acosa a los otros, sobre los que proyecta cuanto él mismo desea, se contagia. La patología del individuo que no se muestra capaz de enfrentarse psíquicamente al mundo y que se ha arrojado a un ilusorio reino interior se ve confirmada por alucinaciones colectivas como el antisemitismo. Pueden dispensar muy bien, de acuerdo con la tesis del psi- coanalítico Ernst Simmel, al medio loco de convertirse en un loco completo. Con la misma claridad con la que lo demencial del nacionalismo salta hoy a la vista en el miedo racional a nuevas catástrofes, fomenta el nacionalismo su propagación. El delirio es la compensación por el sueño del que el mundo ha arrojado tenazmente a la humanidad de una organización humana del mundo por la propia humanidad. Pero con el nacionalismo radical y su pathos (pasión) converge cuanto ocurrió entre 1933 y 1945.

La supervivencia del fascismo y la imposibilidad de conseguir, hasta el momento, la tan traída y llevada superación del pasado —que ha degenerado en su caricatura, el frío y vacío olvido—, hunden sus raíces en la subsistencia de los presupuestos sociales objetivos que hicieron posible la irrupción del fascismo. En lo esencial no puede ser derivado de disposiciones subjetivas. El orden económico, así como la organización económica de acuerdo con su modelo, lleva, ayer como hoy a la mayoría a depender de acontecimientos sobre los que carece de toda posibilidad de disposición, y a la minoría de edad. Si quieren vivir no tienen otro remedio que adaptarse a lo dado, que someterse; tienen que erradicar precisamente esa subjetividad autónoma a la que apela la idea de democracia; sólo pueden mantenerse renunciando a su propio yo. Penetrar cognitivamente en el contexto de ofuscamiento y desci- frarlo les exige precisamente ese esfuerzo doloroso del conocimiento que la organización de la vida y, no en última instancia, la industria cultural totalita- riamente hipertrofiada, les veda. La necesidad de semejante adaptación, de identificación con lo existente, con lo dado, con el poder como tal, crea el potencial totalitario, que es reforzado por el descontento y la rabia que produ- ce y reproduce la propia coacción a la adaptación. En la medida, por otra par- te, en que la realidad no procura la autonomía que efectivamente promete el concepto de democracia, como tampoco aquella posible felicidad, permane- cen indiferentes frente a ella, cuando no pasan a odiarla ocultamente. La forma de organización política es percibida como inadecuada a la realidad social y económica; y así como uno se ve obligado a adaptarse, se quiere que se adapten también las formas de la vida colectiva, tanto más cuanto que de esta adecuación se espera el streamlining (abalizamiento) del ente estatal como empresa gigantesca en una competencia general en absoluto tan pací- fica. Aquellos cuya impotencia real perdura, no soportan lo mejor ni siquiera

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