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El Estudio del Derecho Romano Actual

EL ESTUDIO DEL DERECHO

ROMANO ACTUAL

Por el Dr. ISIDORO MARTÍN

Catedrático de Derecho roiir no

Hace ya un decenio el insigne romanista SALVADOR RiccoBONO mostraba la necesidad de atender al estudio del Derecho romano común. Desde las páginas venerables del Archivio Giuridico (1) rompía una lanza en favor de la creación de una cátedra de Derecho romano común en la Universidad italiana, y la rompía con éxito ya que, poco después, en los cuadros de las enseñanzas jurídicas de Italia, junto a las Instituciones, la Historia y el Derecho romano approfondito, aparecía el Derecho romano co- mún (2).

(1) RiccoBONO: itPer Vislituzlonc dcila catludva di diriltu ronianu co- munen; en Archivo Giuridico, 1933, páíís. 3 y s i^nicnles .

(2) Véanse por vía de ejemplo los programas correspondientes a los cursos 1935-36 y 1936-37 en la Universidad Cnlólica de MilAn, explicados poi el Prof. EMILIO B U S S I :

Curso de 1935-36 (como disciplina de libre elección, semestral) : I Parte. A) Las legislaciones vigentes al su rg i r el Dereclio común (Dorcclio romano , Derecho canónico). Relaciones eni re Derecho romano y Derecho canónico. Derecho eslalutario.—B) Determinación del concepto de Derecho común . Crítica de las varias opiniones relativas al Derecho común . La actividad Uo

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Para RICCOBONO dicho estudio resulta imprescindible, porque sólo mediante el mismo será posible dar la nece- saria base romanística a las materias que no pueden ser profundizadas sin conocimiento del origen romano de las instituciones, como son el Derecho civil, el Procedimiento civil y la Historia del Derecho italiano (1), consideracio- nes que cabría exteiíder a la historia del Derecho de los demás países latinos.

Indicaciones análogas habían hecho también, o han hecho más tarde insistiendo en tales puntos de vista, ro- manistas de todos los países fieles a la tradición de Roma (2).

Siendo inminente la publicación del nuevo plan de

los jur is tas mediev.Tles y la commiinis o¡>inio. Nuestra definición del De- rocho común .

II P a r t e : A) Teorías generales (acUo in rcni y nctio in pcrsonain; ÍÍJS in re y ins ad rcín).—B) Teoría del dominio y concepto de propiedad. Teoría y concepto de la posesión.—C) Relaciones onlre dominio y posesión.—D) Adquisición y pérdida del dominio (la IrndUio). El consti tuto posesorio. Accesión, avulsión e ínsula in fhimine nata. Ocupación (el tesoro). Pres- cripción y usucaj i ión.—Inmemoriabi l idad.

Curso 1936-37 (como curso l ibre, bajo el t í tulo de Historia del Dereclio italiano) :

Parle general.—Teorías sobre la naturaleza del Derecho común . Nues- tro concepto del Derecho común . DeTmición del Derecho común .

Parte especial.—a) Teorías gene ra le s : Aciio in rem y aclio'in pcrsonam. íiis in re y itis nd rem.—b) Derechos reales. Teoría del dominio en el De- recho común . Teoría de la posesión en el Derecho común . Modos de ad- quisición y do (¡ardida de la posesión. Derechos reales sobre cosa ajena. Derechos reales do garantía.—c) Derechos de obligación. Teorías generales. La relación obligatoria en general . Diversas especies de obligaciones. I,a formación hislórica del concepto de contrato . Las varias (¡guras de céntra lo .

Ver el Anuario de la Universidad Católica de Milíin correspondiente a los cursos mencionados ; Milán, Vita e Penj iero, 1937, págs. 345 y 401.

(1) Loe. cit., p í g . 6. RICCOBONO indicaba, as imismo, que con ello so , concluiría «mostrando que el Derecho moderno derive por desenvolvimien- lo espontáneo del Derecho, romano jus t in ianeo , y afirmando contra germa- nistas y bizantinislas la unidad y la cont inuidad de la tradición jurídica latina» (loe. cit., pág. 5).

(2) Véase APPLIÍTON, uNotre enseifjnenienf de droii roinain, ses cnncniis el ses défautst^, en Melanges Cornil , París, 1926, vol. I ; SÁNCHEZ PRGUKRO, «La enseñanza del Derecho romanan, Zaragoza, 1926 (extracto de la revista Universidad); CAI.ASSO, uL'inseíjnamento del. dirilto comune», en Archivio Giuridico, 1933, y GEOHGESCO, iíBemarr¡ues sur la crise des eludes de droit romainii, en fíevue d'Histoire du droit, XVI, 4.

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estudios de nuestras Facultades de Derecho, de acuerdo con la nueva ley para Ordenación de la Universidad espa- ñola, el tema adquiere una insoslayable actualidad entre nosotros, exigiendo planteamiento y solución.

LA PERVIVENCIA DEL DERECHO ROMANO

El Derecho elaborado por el pueblo romano ofrece la característica impar de una prolongada y amplísima vigencia que en el tiempo abarca desde el siglo vin antes de Nuestro Señor Jesucristo hasta los días actuales, y que en el espacio se extiende a casi todo el mundo civilizado. Pervivencia temporal y expansión territorial que no su- ponen, naturalmente, regularidad en su progresión.

. El Derecho romano no agotó su vigencia al caer el Imperio de Occidente." La ley romana continuó en vigor en todo el Imperio—Occidente y Oriente—formalmente re- pristinado en su unidad, toda vez que Odoacro, primero, y Teodorico, después, se consideraban representantes del emperador. En efecto, Odoacro no se tenía aún como jefe, independiente, de Italia, sino como un patricio imperial: era rey, pero únicamente de sus soldados, de sus germanos, mientras que a la población romaria la go- bernaba en nombre del emperador, aunque se man- tuviese en discordia con él. Buena prueba externa de ello es que Odoacro, poco después de ser depuesto Rómulo Agústulo, envió las insignias imperiales a Bizancio. Con Odoacro se mantienen en Italia las magistraturas roma- nas, permanecen el sisterna tributario y la jerarquía ju- risdiccional. La población romana continuó observando su derecho. Y lo mismo ocurre en otros pueblos germá- nicos—visigodos, borgoñones, francos—donde el nuevo po- der .político es más fuerte y el vínculo del sometimiento al Imperio queda roto, siquiera entre estos pueblos vaya-

«l í

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creciendo con más vigor junto al derecho de Roma su propio derecho germánico (1).

Con Teodorico tampoco se rompe al principio la de- pendencia de Bizancio, aun cuando su posición vaya ad- quiriendo progresivamente mayor autonomía. Pide y ob- tiene de Bizancio las insignias imperiales devueltas por Odoacro, pero de todas formas ni toma el título de em- perador ni dicta como éstos constituciones, sino simple- mente edictos, como los grandes magistrados romanos.

De todas formas, en el campo jurídico la caída del Im- perio romano de Occidente produjo una detención en el desarrollo del Derecho romano imperial, que sólo con- tinuó ininterrumpidamente su evolución en el Imperio de Oriente, para alcanzar el punto culminante en la compi- lación justinianea (2).

El momento de esplendor político que entraña el go- bierno de Justiniano da lugar a una efímera -vigencia de su obra legislativa en el occidente del Imperio, recon- quistado por los bizantinos. Con la famosa pragmática sanctio pro petitione Vigilii se extiende a Italia la compi- lación en el año 554 (3), pero bien se comprende que los catorce años que permanece la nueva legislación hasta la invasión de los longobardos es muy poco tiempo para conseguir una difusión eficaz por la península, tanto más si se piensa en el gran volumen de la compilación que

(1) Véase Liiicnt, «Slorin del Difillo ilnliano.-Le fonli», Bolonia, 1931, páginas 9 y sigiiienles. *

(2) Véase PACCIIIO.M, «Corso di dirillo romanon, vol. 1, 2.» cd. Tu r ín , 1930, l>átrs. 336 y s igu ien tes ; y tiBrcvc storia delVInij>cro romuno nárrala da ¡M giiirista». Padua, 1935, págs. 198 y sig.

(3) iiliira insiipcr iirl Irric.s rndieihus noslris inserías, qnas iani S(i(i_ cdiclali programnvifc in Italiam dudnni inissimus, oblincrc sancimiis. Sed el eas, qnas postea pr(iniulí¡ai'iniiis eonslilutiones, iabcmns sub ediclali pro- posilione vnlgari, el ex co lempove, quo snb ediclali progranimale cvulga- he fnerinl, eliam per parles Ilaliai oblincre, ul una Deo volenic /a r ia repu- bliea, leqnni eliam noslrttrnni ubiíjuc preilalelnr aiiclorilasn', cap. XI, «Ut legos iniperalori i in per pro\ incias ií)sorum d i ia len tur» , de la ttPro peti t ione VigMlii)>. Véase con su traducciíHi castellana en GARCÍA DEL CORHAL, fiCiicrpo del Derecho liomanon, vol. VI. Barcelona, 18D8, pág. 589.

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había de transcribirse a mano. Lo cual, como hace notar LEICHT (1), explica cómo parte de la compilación fué muy poco conocida en Italia.

La dominación bárbara en Occidente no sofocó por completo ni la aplicación ni el cultivo del Derecho ro- mano (2), y así, cuando al madurar la Edad Media un conjunto de causas económicas, políticas e históricas exi- gieron nuevos moldes jurídicos, se volvió la atención a la obra justinianea, y el Derecho romano adquirió el valor de ley vigente en los nuevos pueblos de Europa (3).

El foco de. donde irradió esta conquista fué la Uni- versidad de Bolonia. Al reavivarse en el siglo xi el interés por el Derecho romano, «con la llama de la cuidadosa interpretación literal, la ley se hace visible, sensible, y recobra su misión de civilización en el mundo» (4). Los primeros cultivadores boloñeses del Derecho romano—los glosadores—, sin un sentido exacto de la realidad, qui- sieron acomodar la vida a la ley justinianea, obsesionados por el deseo de restituir a su pureza legislativa el Derecho de Justiniano y aplicarlo inmutado a la práctica. Los postglosadores, con un sentido más real, concibiendo el Derecho romano como un Derecho vivo todavía, suscep- tible de la evolución necesaria para acomodarse a las exi- gencias crecientes de la vida práctica, forzaron y desfigu- raron la ley justinianea para adaptarla a las necesidades del mundo nuevo. Unos y otros coinciden en considerar al Derecho romano como un Derecho actual, pero así como los glosadores lo reputaban intangible en cuanto lo es-

(1) Ob. cit., pág. 27. (2) Véase I.T indicación bibliográfica fundamenta l de las ol)r.Ts de CoN-

RAT, FiCKER, l''lTTING, I'"LACII, FRESnFn!LI), H A Z I Í L T I N E , M E Y N I A L , S A V I G N V , S T I N T -

ziNG, ViNOGRADow v Zui.UETA, cn la uHistoría dt'.l Derecho linmanon, de CAS- TILLEJO. Madrid, 1935, pfig. 516.

(3) Véase el s iempre interesante trabajo de D. FELIPE C . DE DIEGO, (flnlrodiicclón al estudio de las Instifnciones de Derecho romanan. Madrid, 1900, pSgs. 220 y sig.

(4) RiccoBO.N'o, «Uopera di Giusliniano» en Annuario della üniversitá Caltolica del Sacro Cuore. Mi l ín , 1034,°p.-ig. 30.

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timan aplicable, los comentaristas, por el contrario, to- man pie del Derecho justinianeo para elaborar un Dere- cho totalmente nuevo que apenas tenía nada de romano más que el nombre y que se aplicaba por vía judicial y consuetidinaria merced a la autoridad de los jurisconsultos.

Los comentaristas medievales ocupan una posición preeminente, no sólo por su superioridad intelectual y cien- tífica, sino porque su actividad respondía a necesidades de orden práctico (1). Por lo cual, como hace notar SALVIO- u (2), entre aquellos doctores figuraban los que manejaron todas las partes del Derecho romano, las hicieron adap- tables y las pusieron en relación con las leyes de su tiempo y fundaron, más que los seguidores de ALCIATO^ la teoría del Derecho moderno. Su empirismo y servilismo a las autoridades y al usus fori es más aparente que real, y es innegable que con materiales viejos lograron desarrollar nuevas doctrinas.

«Más que a IRNERIO y a los glosadores. todos, corres- ponde a BARTOLO—ha dicho certeramente SOHM (3)—el lu- gar preeminente en la historia del Derecho romano me- dieval. Sus. comentarios impónense en la práctica con fuerza de dogmas, siguiéndose en España y Portugal cual • si tuvieran autoridad de ley.»

Para atender a las necesidades nuevas buscaron reme- dios nuevos, aun cuando pareciese que los buscaban en la ley romana de tal rnanera, que no sólo fueron recon- cinnatores iuris, sino también conditores legum, por lo cual BRUGI ha señalado que el método de tales jurisconsultos es en el fondo el nuestro, «con la diferencia que nosotros tenemos menos atrevimiento que ellos, los cuales fueron

(1) Véase Bussi, ulniorno ni roncetto <}i dirilln comune». Milín, 1935, página 25.

(2) SALVIOLI, «Sloria del dtrTlio ilalianon. Tiirín, 1921, pilg. 140, cit. por Bussí, ob. cit., pág. 26.

(3) SOHM, «TnsliliicioTics de Derecho privado romano», Irad. esp. Ma- drid, 1928, pág. 135.

por mitad intérpretes y por mitad legislaí^ores, y siempre dispuestos a adaptar sin escrúpulos el taxtOj^ las necesi- dades de la vida. Ningún jurista moderno tiene el atrevi-

- miento de BARTOLO O de BALDO» (1). "^ y^^ Nació así el denorhinado Derecho c o m ^ en Italia, que

fué extendiéndose por todos los países y^ r ipc ipa lmen te en Alemania, donde si la recepción no se ífealiza hasta el siglo XVI, fué, sin embargo, mucho más efiWiz"y* duradera, constituyendo el Derecho de Pandectas o «Derecho pri- vado común alemán de origen romano», según la defini- ción de WiNDSCHEiD (2). cuya vigencia se mantiene hasta el mismo inicio del siglo xx. Derechos de aplicación ge- neral frente a los Derechos locales, y en cuya formación entran junto al Derecho romano otros elementos como el canónico, el longobardo, el feudal, el consuetudinario y, sobre todo, la elaboración doctrinal.

Este derecho común, basado, indudablemente, en el romano, pero en realidad bastante alejado de la compila- ción justinianea, es el' que mant iene su imperio hasta los albores del siglo actual y el que ha servido de vehículo para transfundir los principios romanos que informan los códigos civiles modernos.

En efecto, el rhovimiento favorable a l a codificación iniciado en el siglo xviii e intensificado en el xix revela una intensa penetración del Derecho romano en toda Eu- ropa «y, consecuentemente, en todo el resto del mundo. Sobre fundamento romano se elabora el «Derecho terri- torial prusiano» de 1794, el código civil de Napoleón, el código austríaco de 1811, el alemán de 1900, el suizo de 1907. El código japonés de 1898-siguió como mo- delo al proyecto de código alemán elaborado por W I N D S - CHEID; el de Napoleón inspiró a los de España, Italia y

(1) BHUG!, (¡Discfino di una storia dcUa riiiirisprudenza ilaUanun, cit. por Bu.ssi, ol). cit,, pág. 28.

(2) WiNBsciiEiu : uDirillo dulle l'andcllc», Irad. it. de FADUA y BE.NSA. Turín, 1925, vol I, pág. 1.

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Portugal y, por medio de ellos, a los de las naciones ame- ricanas; el reciente de Turquía ha sufrido el influjo ro- mano a través de los mejores modelos europeios, en espe- cial del suizo, y finalmente el recentísimo código civil italiano recoge fielmente la tradición romana (1).

Y no sólo esto. Hoy mismo el Derecho justinianeo, pa- sado por el crisol de los comentaristas, conserva su vigen- cia no ya en los países de la vieja Europa, como Espa- ña (2), Grecia (3) o Italia (4), sino en las tierras remotas de África o de Asia (5).

LAS RAZONES DE LA SUPERVIVENCIA DEL DERECHO ROMANO

({Corno puede justificarse que el Derecho elaborado en Roma haya pervivido hasta hoy mismo a través de condiciones, y de ambientes taii dispares?

Se ha repetido como un tópico, la excelsitud del De- recho romano considerándolo cbmo la ratio scripta. BALDO, con exaltación inconcebible, llegó a decir de un edicto

(1) Véase RicconONO, iiL'ojtcra di Giusli.nianon, cil.. piíg. 30, y RUGGIKHO, «Insliliicioncs di; Derecho civil», l rn(l . .esp. Madrid, 1929, vol. I, p ígs . 101 y sigiiienles. CASTHO, «Derecho civil de Hspañuu, Valladolid, 1942, p ígs . I'i4 y sigiiicnles.

(2) El Dorcclio romano rige como suplolorio, desdo 1599, en Calaluña, y lainljién rige en Navarra, como suplelorio es|)eoial, y |ir.-iclicamentooen Ba- leares, cuando menos en materia de sucesiones. Véase fínocÁ, ((Hislúria del Derecho civil en Cataluña», Barcelona, 1918, p í g . 526, y CASTAN, uDerecho ri{'il:>, ¡Madrid, 1941. vol. I, pág. 27. CASTHO, ¡¡Derecho civil...», cil., pági- nas 201 y 202. '

(3) En Grecia el Dcrcclio romano recopilado en el Ilexabiblos de Cons- lanlino Hnrmcnópulo en 1345 fué puesto en vigor por virtud del decreto de -23 de febrero de 1835. Aféase RICOOIÍO.NO, «L'opcra di Giastinianon, cil. pág. 30. Hay un reciente proyecto de código civil que no sabemos si ha llegado a ser ley.

(4) IJentro del lorri torio i taliano es tá .v igen te en la República de San Marino.

(5) El Derecho roniano se halla vigente en las Indias Holandesas, en Ceylán y en África del Sur. Véase ALÜIÍHTAHIO, «Inlrodnzionc slorica alio sludio del diritto romano fjiusiinianco», Milán, 1935, pág. 1 ; RIGCOBONO, uPcr rinstlti^zLOnc...», cit. pág. 4, y uL'opera di Giustiniano», cit. pág. 31 .

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pretorio que había sido dictado por el Espíritu Santo (1),' Nadie puede negar, con justicia, que el Derecho- ro-

mano posee un valor intrínseco verdaderamente excep- cional, pero éste no es de tal naturaleza que pueda ex- plicar, por sí solo," la supervivencia de una misma orde- nación jurídica en épocas y en pueblos tan varios y dis- tantes (2).

Mas si paramos mientes en la sucinta exposición an- teriormente trazada, podemos advertir con claridad que el Derecho aplicado con el' nombre dé romano a partir de la Edad Media no es, en realidad, tal Derecho ro- mano propiamente dicho. - '

Los jurisconsultos de las diversas épocas han tomado principios y orientaciones del Derecho roniano y de otros Derechos y han llevado a cabo una verdadera specificatio iuris para ofrecer en cada momento la regulación exigida por las necesidades del vivir cuotidiano. La bondad in- trínseca del Derecho contenido en la recopilación justi- nianea ofrecía a los jurisconsultos medievales una exce- lente materia prima, y así fué posible que,, por ejemplo.

(1) CÍI;K1O por TRAVIUSAS CU SU discurso inaugura l tlcl curso acadé- mico 1914-15 en la Universidad do Oviedo, p í g . 43.

(2) Refutando a SAVIGNY, que a t r ibuyo todo el mér i to del Deroclio romano a su forma, esto es, al método de los jurisconsultos romanos , TniíHiNG escr ibe : «Se rebaja miiclio esta fuer/a, quer iendo , como SAVIGNY, identificarla con el método jur íd ico , que no es, como él lo dcscrilDc, la des- treza o VIRTUOSIDAD para la aplicación de aquello que existe; po rque esta fuerza intelectual aparece tanto en la legislación como cu la ju r i sp ruden- doncia, obra en el conjunto y la realización de casos prácticos lo m i s m o que en la construcción de las .fórmulas teóricas, y ejerce su influjo así en la invención y en la t ransformación de los preceptos jurídicos como en la manera de aplicarse éstos. Ojo perspicaz de lodo aquello que es nece- sario en la vida, mano segura y diestra en la elección de los medios, oído atento a las exigencias de la justicia y de la equidad, án imo para resistir a las seducciones de la lógica cuando ésta llega a estar en contradicción con los. intereses reales, son cualidades no menos impoi ' tantes que el espíritu p u r a m e n t e analítico de los jur isconsultos, y, si se me permi te la expresión, que su liabilidad manua l operator ia . Todo un SAVIGNY no nos liará creer que hubié ramos adoptado el Dereclio romano si esas cualidades, combinadas con la perfección artística de la forma, no le hubiesen en §u fondo hecho eminen temen te propio para ser adaptado a las necesidades y a las exigencias reales do la vida moderna» .

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er\, Alemania, al recibir el Derecho elaborado por glosa- dores y comentaristas, se considerase'no «como un Dere- cho, sino como el Derecho» (1), y que DOMAT pudiera con- siderar la legislación romana, según recuerda BIONDI (2), «no como el espejo de un Derecho históricamente deter- minado y circunscrito, sino más bien como le dépót des regles naturelles de Vequitéi^.

No hay, pues, que atribuir a la sola bondad del De- recho romano su extraordinaria pervivencia, a despecho .del tiempo, en los más diversos países. Más bien ha de atribuirse a la obra de los intérpretes, que tomando el Corpus iuris como arsenal inmenso en donde se hallaban mezclados materiales ya inservibles y magníficos elemen- tos plenos de vitalidad y fortaleza, tomaron de éstos cuan- tos estimaron necesarios* para construir un Derecho aco- modado a las necesidades de los tiempos nuevos. Sirvién- dose de atrevidos expedientes y de artificiosas conciliacio- nes, supieron sacar de la multiforme y contradictoria va- riedad del Cor-pus iuris su verdadero contenido sustancial de normas y de doctrinas y reconstruyeron, dándole re- lieve, lo que hoy llamamos Derecho justinianeo (3).

He aquí, pues, la clara justificación de esta extraña pervivencia que ofrecemos con palabras de BIONDI : «No es que el Derecho romano haya penetrado, después de muchos siglos, en un ambiente extraño; es, más bien, la tradición romanista la que amplía su esfera de acción después de haber preparado, a través de una secular tradición en la que se interfieren los más diversos fac- tores, un Derecho tan vivo y moderrio, que puede apli- carse a nuevos tiempos y a nuevos pueblos» (4).

Véase IIIIÍRING, tiEl espirita del DtírccJio roinano», Irad. cspafiolii, Ma- drid, 1891, vol. I, pág. 20.

(1) WiNDScnEiD, .O!J. cit., vol. I, pág. 2. (2) BIONDI, «Prospeltive roinanisUdie», Mitón, 1933, pág. 2. (3) Véase RICCOBONO, «L'opcra. di Giasliniano», cit., pág. 32. (4) BIONDI, ob. cit., pág. 4.

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DERECHO ROMANO STRICTO SENSU Y DERECHO ROMANO COMÚN

Las precedentes consideraciones imponen una distin- ción terminológica como han mostrado una distinción conceptual.

La expresión Derecho romano puede tomarse en di- versas significaciones. «Puede emplearse—como dice AL- BERTARio (1)—para indicar el Derecho formado en las diversas épocas de la historia de Roma hasta la compi- lación que del mismo hizo en el siglo vi el emperador Justiniano; o para, indicar la legislación justinianea; o para expresar, finalmente, esta legislación en el aspecto, en las adaptaciones, en el desarrollo que adquirió por el amplio influjo de la nueva civilización medieval y mo- derna y que rigió en casi todas las naciones europeas hasta finales del siglo xvm y en Alemania hasta el alba de nuestro siglo».

En el primer significado se habla de Derecho romano, sin más calificativos; en el segundo se habla de Derecho romano justinianeo; en el tercero, de Derecho romano común. Y aún cabría hablar de Derecho romano oriental, bizantino o grecorromano para referirnos al elaborado sobre la compilación justinianea, por los emperadores de Oriente, hasta la caída de Constantinopla en poder de los turcos.

Así, pues, el Derecho que desde los orígenes de Roma va' evolucionando a través de los diversos momentos his- tóricos hasta llegar a Justiniano, bien puede llamarse De- recho romano stricto sensu, Derecho romano por antono- masia con denominación genérica .que abarque las deno- minaciones con que puede distinguirse el Derecho de cada uno de los períodos que cabe señalar dentro de tan larga

(1) ALBERTABIO, ob. cil. , píTg. 1.

.— 156 —

historia. Derecho romano por antonomasia, ya que hasta el 476 es el Derecho de Roma y desde entonces hasta la codificación justinianea, porque nunca se pierde la idea de romanidad y Justiniano obra siempre como emperador de Roma aquae caput est orhis terrarum... intelligendum est non solum veterem, sed etiam regiam nostram quae Deo propitio cu'm melioribus condita est auguriis)\ (1).

Por el contrario, el denominado Derecho común pre- tende ser una resurrección del Derecho justinianeo, pero en realidad se nutre de principios totalmente nuevos y, en definitiva, difiere tanto del Derecho romano propia- mente dicho como el Sacro Romano Imperio difiere del viejo Imperio de Roma.

Conviene, por lo tanto, considerar qué se entiende por Derecho común y cuál es el valor que el elemento romano tiene de él.

La noción del Derecho común no aparece con perfil claramente delimitado, sino que plantea problemas de di- fícil solución (2), pues se t^ata de «materia oscura, deli- cada y, digámoslo también, todavía desconocida en gran parte» (3).

Según la opinión tradicionalmente dominante, podría decirse que el Derecho común es el ^Derecho romano adaptado a los nuevos tiempos por obra de las escuelas medievales y observado como ley general hasta el mo- mento de entrar en vigor los códigos modernos-i^ (4).

Para RICCOBONO el Derecho común es el producto del desenvolvimiento espontáneo del Derecho Romano (5). Existe una perfecta continuidad entre el Derecho romano

(1) Constiluciún Dcú unclove, 10. (2) En p r imer lugar , cl.:ilcniice cxaclo de la expresión comi'in. -Vóase

RusRi, ob. cil., cap. I I ; WIMDSCIIKU), oh. cil. , pílg. 1. También finounusoo, ob cil., p.'ig. 428.

(3) Buss i , ob. cit., p.-lg. 11. (4) Véase CAI.ASSO, «Slnrin c, sislcinii drlln fonti dnl (Jirilln romiinr.n,,

Milíin, 19.38, y OKOHC.USC.O, ob. cil., prlg. 429. (5) Véase RICCOBO.VO, «Per l'isliluzione...», cit.

, ^ 15? —

clásico, el Derecho justinianeo, el Derecho común y el Derecho moderno, de manera que los fundamentos del Derecho común «se encuentran precisamente y en una ampUa medida hasta ahora insospechada, en la compila- ción de Justiniano, punto de llegada de la rectilínea y

•orgánica evolución jurídica romana», y su enseñanza podrá hacerse «mostrando que el Derecho moderna de- riva por desenvolvimiento espontáneo del Derecho ro- mano justinianeo» (1).

Por su parte CALASSO (2), aun admitiendo la ecuación entre Derecho romano y Derecho común para una pri- mera época sostiene que los elementos nuevos—^Derecho

(1) RiccoBONO, iiPc.r l'istituzione...^', cil. , pág. 5. Para el ins igne romanis ta en el Co7-piis Itiris coexisten dos clases lio

elementos j u r íd i cos : un e lemento arcaico, consti tuido, especialmente, por la tradición del ius civile, y otro e lemento moderno , consti tuido, de modo es- pecial pero no.exclusivo, por el conjunto de las interpolaciones más diversas, introducidas precisamente para actualizar los materiales recogidos, reducirlos y ponerlos en consonancia con el Derecho en vigor.

Coexistiendo lo viejo y lo nuevo en la obra de Jus t in iano , ésta presen- taba para su interpretación dos aspectos irreductibles a unidad, uno bistó- rico y o t ro legislativo. El mér i to d e los glosadores y comentar i s tas .es t r iba , precisamente, en haber sabido separar los elementos vivos de los elementos muer tos y hacer que prevaleciesen los pr imeros , sin que tenga importancia el que esto lo alcanzasen median te artificiosas' conciliaciones.

Es indiscutible para RICCOBONO que si el Derecho del Corpus inris llegó a ser ley de todo el m u n d o civilizado, fué merced a la interpretación reali- zada por la Glosa que asentó los fundamentos del Derecho común .

F u é cosa s u m a m e n t e afortunada para el Derecho romano | que sus pri- meros in térpre tes de Occidente, que influyeron m i s decisivamente en la práctica, supieran recoger en el Corpas inris los elementos vivos y verda- de ramen te inmorta les . Y si alcanzaron ese resultado como intérpretes fué por su perfecto conocimiento de toda la obra jus l in ianea , considerándola como ima unidad y tomando como verdadera estrella polar, para orien- tarse en su tarea in terpre tadora , la voluntad del legislador revelada en las constituciones imperiales , especialmente las de Jus t in iano.

Todo lo cual responde exactamente al ambicioso propósito de Jus t in iano de haber conseguido una legislación no sólo valedera para su t iempo, sino para, todos los pos ter iores : «c( non lanlnm noslro, sed eliain omni aevo twn instanii, tam posleriori leges óptimas ponercn (Consl. Tanta, 12).

Véase RICCOBONO, ^^La vcritá snlle pretesc tendcnzc arcaichc di Ginsti- nianon, en Confercnze per il XIV centenario delle Pandette, Milán, 1931, pág. 236, especialmente 270 y sig., y uL'opera de Ginstinianon, cil. , pág. 32.

(2) . CALASSO, «Il concctto di diritto comiinc», en Arciiivio Giuridico, 1936, pág. 05 y sig. especialmente.

— 158 —

longobardo-franco, Derecho feudal, costumbre, Derecho canónico y elaboración doctrinal—van adquiriendo, poco a poco, en Italia tal preponderancia frente al Derecho romano, que el concepto mismo del Derecho común tenía que salir sustancialmente transformado. Ese Derecho de nueva formación llega a ser considerado ius commune in' loco ubi viget^ de manera que el Derecho romano, aun continuando como el Derecho por excelencia, no se en- tiende ya como Derecho común en el sentido rígido y cerrado de los glosadores, sino como un Derecho común subsidiario. Resulta así que cada Estado viene a elaborar su Derecho común y en opinión de CALASSO éste «ya no era ni siquiera un concepto unitario».

Precisamente por este motivo entiende Bussi (1) que acogiendo tal conclusión se niega el concepto mismo de Derecho común.

Para Bussi lo verdaderamente común en la vida del Derecho durante el transcurso de la Edad Media fué la unidad áú pensamiento científico. Unidad que no obs- tante las necesarias contradicciones, las controversias, las largas pausas, que pudieran aparecer como los comienzos de un envejecimiento jurídico, supo elaborar un conjunto de principios, instituciones, teorías, de construcciones ju- rídicas que en aquella parte que fué admitida por la mayoría de los jurisconsultos, formándose así una gene- ralis opinio, tuvo valor indiscutible de ley.

Por lo cual Bussi viene a definir el ius commune como ael conjunto de los principios, de las construcciones jurí- dicas y de las resoluciones prácticas, respectivamente for- mulados, creadas o escogidas por la doctrina)^ (2). Y esto no hay que entenderlo como referido al estudio de las instituciones tradicionales del ius civile, sino al «conjunto de aquellas nuevas teorías creadas por los juristas, ya sea

(1) BiTssi, ob, cil., píg. 54. Víase especialmente cap. VIH. (2) Bussi, ob. cit., pág. 55.

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sobre la base de los principios racionales solamente, ya sea sobre la base del Derecho germánico, romano, canó- nico, consuetudinario, etc., para atender a las nuevas ne- cesidades» (1). ,

Como podemos advertir, en la opinión de Buss i el Derecho romano es, efectivamente, un elemento utilizado en la elaboración del Derecho común; pero un elemento que aun siendo un factor respetable dentro del Derecho italiano, entiende Bussr a diferencia de RICCOBONO, que es «un factor cuya influencia ha venido menguando rá- pidamente frente a nuestro Derecho desde el comienzo de la escuela de los comentaristas» (2), toda vez que «el Derecho romano sirve a nuestros doctores simplemente ad colarandum, pero no tiene en la mayor parte de las nuevas teorías ninguna función sustanciad (3).

Por otra parte, GEORGESCO (4). señala la improcedencia de identificar el Derecho romano común con el Derecho común tal coííio lo entienden aquellos autores que, como CALASSO, lo conciben como un conjunto del Derecho ro- mano justinianeo, el Derecho canónico, el ius, novum (el Derecho propio de cada organismo político) y 'el Derecho germánico. Y aun pareciendo aproximarse a la opinión de Bussx considera inaceptable la idea que limita el con-

(1) Uussi , OIJ. cil., pág. 55. (2) Bu.ssi, olj. cil. , pág. 8. (3) Bussi , oh. oit., pág. 61. Con el crilcrio de Rijssi viene .T coincidir en a lgún modo el de BIÍ.M.MK-

LT¡N cuando escrilie : «El Derecho romano eumiico lia sido, üc nn lado, desde su or igen , un Dercclio exi raño y m u e r t o , lomado de una compilación informe y mal comprendida . Y, por otra parle , ha pasado por el juicio jur ídico vivo, no del pueblo, sino de los jur i sconsul tos ; y en este sentido es el producto de la opinión común de los doctores romanistas . Ha adquir ido fuerza, no forma de ley, tal como salió de este laboralorio, y por consecuencia, como Derecho inmedia to . Su or igen fué el juicio jur íd ico común , no el na tura l y nacional, sino el algo artiricial y estático de los jurisconsultos laicos, que le profesaba un culto casi supersticioso.»

Véase BEMMELR.N, «A'ociones fundamcnlales del Derecho civil», Madrid, 1923, págs. 46 y 47.

(4) GEORGESCO, ob. cit., pág., 428.

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tenido del Derecho común al dominio de la commuhis opinio doctorum (1).

Pero sea cualquiera el concepto de Derecho común que pudiera aceptarse, lo cierto es que el Derecho romano jus- tinianeo, desde el renacimiento bolones hasta nuestros días ha sido objeto de estudio con un criterio de aplicación actual que ha producido la elaboración de toda una serie de conceptos, de doctrinas y aun de instituciones vivas hoy en los códigos vigentes y cuyo nacimiento y evolución se hace imprescindible conocer.

ACTUALISMO E HISTORICISMO FRENTE AL DERECHO ROMANO

Ante el DerechS de Roma, fuera ya del mundo ro- mano, cabe adoptar dos posiciones fundamentalmente distintas, según que se le considere como un Derecho todavía en vigor, susceptible de aplicación actual, o bien como un Derecho puramente histórico. Dos actitudes y, consiguientemente, dos concepciones que podemos califi- car de actualista, la una, y de historicista, la otra. Para la primera el Derecho romano es un Derecho que existe, que es; para la segunda, el Derecho romano ,es un De- recho muerto, un Derecho que fué.

LA POSICIÓN HISTORICISTA

El Renacimiento tuvo su inmediata repercusión en el campo jurídico. Despertado el culto de la antigüedad grecorromana, muy pronto filólogos e historiadores ha- bían, de parar mientes en los monumentos justinianeos, y tras de una serie de precursores—menos juristas que literatos o filólogos—, surge ALCIATO, que inicia la escuela

(1) GEOHGESCO, ob. cit., pág. 430 n. 1.

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de la Culta jurisprudencia, preocupada de reconstruir y comentar los textos originarios romanos, para lo cual busca en la compilación de Justiniano los pasajes interpolados y se esfuerza por restituir a su pureza el pensamiento de los jurisconsultos clásicos liberándolo de las deforma- ciones justinianeas.

ALCIATO y sus seguidores no sienten la preocupación, que habían tenido glosadores y comentaristas, de adaptar el Derecho romano a las exigencias actuales; les importa, sobre todo, reconstruir la obra de los jurisconsultos ro- manos como monumento de la sabiduría antigua. Surgió así el mos gallicum frente al viejo mos italicum en duro contraste exactamente reflejado en la exaltada actitud de ALBERICO G'ENTILE (1), ya que, como RICCOBONO hace notar (2), los humanistas, rebosantes de cultura histórica, se sentían irresistiblemente atraídos hacia el rigor y la armonía de la parte más antigua del Derecho clásico, por lo cual frente a la Glosa hicieron prevalecer en la inter- pretación del Corpus iuris los principios antiguos en opo- sición con el nuevo Derecho codificado.

En definitiva, la escuela de ALCIATO concibe el Dere- cho romano como un Derecho—o si se prefiere como un hecho—^histórico cuyo estudio tiene un carácter funda- mentalmente reconstructivo.

Una posición semeiante, aunque por móviles diferen- tes, se ha venido a adoptar cuando el Derecho romano actualizado ha perdido su vigencia en el mundo moderno. Ya noera posible estudiar el Derecho romano pensando en su aplicación a la vida jurídica actual; ya sólo era posible mirarlo con ojos primordialménte históricos (3).

En esta postura historicista se trata de conocer el De-

(1) Véase el iiilcrcsnnte resumen de esa actitud en RICCODONO, ifUopcva (11 OUtsUniano^i, cil., pág. 3.3.

(2) RICCOBONO, ibidcm, pág. 32. (3) No olvidamos, sin endiargo, que el ücreolio romano es ai'in Dercclio

vigente en a lgunos lugares y, s ingu la rmen te , en nues t ra patr ia .

^ . 162 —

recho del pueblo romano tal como lo fué elaborando a través de los diversos períodos de su historia hasta llegar a la reordenación final que experimentó por obra de Jus- tiniano. Y ello sin la preocupación de aplicar tales «ormas a las necesidades jurídicas actuales. Lo 'cual no quiere decir, como bien lo prueban los humanistas, que esta perspectiva no haya podido enfocarse hasta que el De- recho romano ha llegado a perder su vigencia. El estudio histórico de un Derecho es siempre posible aun cuando se halle en vigor, porque siempre es posible examinar su evolución hasta llegar al presente.

La diferencia entre las investigaciones del mos galli- cum y las actuales radica, más bien, en que los huma- nistas y seguidores de ALCIATO se acercaban a las fuentes romanas con espíritu de eruditos, de filólogos o de meros historiadores más-que con afán de juristas (1).

El problema" consiste en determinar si el estudio his- tórico del Derecho romano stricto sehsu puede defenderse todavía—perdida o amenguadísima la- vigencia—con ra- zones de carácter jurídico. Y, en efecto, precisamente en la reconstrucción de las realizaciones jurídicas de Roma, separando y ordenando lo que a cada edad corresponde; en la contemplación de lo así reconstruido y en el exa- men de su evolución radica la lección inapreciable y be- néfica del Derecho romano a los juristas actuales (2).

Mas esta consideración historicista, cuya finalidad consiste en reconstruir el Derecho romano para exami- narlo tal como fué desde sus orígenes hasta Justiniano y, muy especialmente, en el período clásico, no constituye el objeto de estas consideraciones. Conviene, más bien, parar mientes en la concepción actualista.

(1) Véase UIONDI, i¡Prospcllivc...«, cil,., i)ág. 7, y VOLTEHRA, «Diriilo romano c dirilli orienhilh, Holonia, 1Ü37, pág. 3.

(2) Sobre el valor actual del esfiulio del Dcreclio romano pensarnos ofrecer, Dios mediante, un trabajo en número inmediato de estos mismos «Anales de la Universidad de Murcia».

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• LA CONCEPCIÓN ACTUALISTA DEL DERECHO ROMANO

Desde la Glosa hasta la Pandectística, el Derecho ro- mano se ha considerado como un Derecho vigente, como un Derecho susceptible de ser aplicado a la práctica con las necesarias acomodaciones.

A lo largo de los siglos este cultivo del Derecho ro- mano como un Derecho actual ofrece, naturalmente, di- ferencias y matices, pero. se advierten determinadas ca- racterísticas que individualizan la tendencia. Se establece una ecuación perfecta entre Derecho romano y Corpus iuris y éste se toma como punto de partida para elaborar un Derecho de aplicación práctica.

No se trata, por lo tanto, de reconstruir el Derecho de Roma, sino de construir un Derecho nuevx) sobre los ci- mientos del Corpus iuris.

Esa fué, como hemos visto, la finalidad perseguida por las escuelas de glosadores y comentaristas, cuya tradición no se interrumpe ya a pesar de la nueva tendencia ini- ciada con los humanistas, sino que el Derecho romano es estudiado por doquier como' un Derecho que puede in- vocarse ante los tribunales (1) y mucho más en Ale-

(1) Prueba definiliva de la aplicación práclica que el Derecho romano tuvo en los t r ibunales españoles y de su consiguieníe consideración actua- lista os el conocido aulo dicl.ntio por el Consejo de Castilla el 4 de diciem- bre de 1713 merced a la intervención de D. Melclior 'de Macanaz. uY aún más intolerable es—dice el mencionado aido— la creencia de que en los tribunales reales s'e debe dar más estimación a las leyes cieiles (es decii", a las romanas) y canánicns que a las leyes, ordenanzas pragmáticas, eslatnlos y fueros de estos reinos, siendo asi que las civiles no son en lispaña leyes. ni deben llamarse sino sentencias de sat>ios, que sólo pueden seyuirsa en defecto de la ley y en cuanto si ayudan por el Derecho natural y confirman el real, que propiamente es el Derecho común y no el de los romanos, cuyas leyes y las demás extrañas no del)en ser usadas ni (juardadas."

Y es que , como afirma HINOJOSA, «casi todos, y s ingu la rmen te los más notables jurisconsultos de esta época (del siglo xv al xviu), s iguieron acu- diendo a las fuentes del Derecho romano , ya para concordarlas con el pati 'io. ya para buscar en ellas principios y normas de interpretación».

Véase HIXOJOSA, «Historia del Derecho romano», vol. U, Maílrid, 188.5, pág. 352, y D E DUÍGO, ob. cil., p.'íg. 414. Para comprobar los esfuerzos del

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mania, donde recibido el Derecho justinianeo (1) la tra- dición de los comentaristas medievales enlaza con la obra de los pandectistas.

«Los pandectistas—dice SHOM (2)^—infundieron senti- do moderno al Corpus iurisn. En las Universidades ale- manas antes de promulgarse el código civil se estudiaba el Derecho romano repartido en tres disciplinas: Historia, Instituciones y Pandectas, y SOHM hace notar que «mien- tras las Instituciones cifraban el Derecho romano del si- glo vî las Pandectas reflejaban el del siglo xix (3). Y por su parte WINDSCHEID, como ya hemos recordado, afir- ma que por Derecho de Pandectas se entiende el Derecho privado común alemán, de origen romano.

El propio SAVIGNY escribió su «System des heutigen roemischen Rechts» para ofrecer un estudio de la legis- lación elaborada sobre el Corpus iuris de aplicación en Alemania.

Los romanistas seguidores de SAVIGNY y de PUCHTA fueron inclinados a la abstracción y crearon figuras exac- tas de cada una de' las instituciones, conceptos jurídicos perfectos, sistematizaron principios,y decisiones; pero con esto, como advierte BAVIERA (4), «lo que revive no es el ordenamiento positivo y el pensamiento de los antiguos, sino el sistema, totalmente moderno, que funde como en un gran tejido conjuntivo las ideas de hoy y las romanas;

Derecho caslellano a fin de sobreponerse al predoininio romanis ta , véase CASTRO; «Derecho civil...», cil. , págs. 107-108, 115-120, 132-138.

(1) Como liace nolai" WINDSCHEID, el Derecho romano adquir ió vigor en Arieniania, no por un aclo legislalivo, sino por obra de los jur isconsul tos , «que fundaban en el Derecho romano sus decisiones y sus informes legales». De manera que licuando en el año 1495, al Tr ibuna l cameral del Imper io , eitlonces fundado, se le indicó el Derecho romano en t re los Derechos que había de aplicar, el hecho estaba m u y lejos de ser una innovación».

Véase WIND.SCUEID, ob. cit., vol. I, p.4gs. 2 y 3-4. (2) Soii.M, ob. cit., pág. 2. " • (3) SoiiM, ob. cit., p í g . 3. (4) BAVM.:RA, uh'inacgnnmcnlú della sloria del diritlo rcimnno nclla

Vnirrrsitñii, Pa lermo, lfl03, págs. 15 y IG.

165

éstas, sin embargo, en cuanto que entran o se las f u e r ^ / a entrar en aquél». ^'''

Esta concepción entraña, como consecuencia, la ela- boracióri de una dogmática tan distante del Derecho ro- mano como próxima al Derecho actual. De manera que, como hace notar BIONDI (1), los códigos vigentes hoy no son más que un paso hacia adelante con relación al De- recho común y la pandectística; son otra etapa de la secular evolución del Derecho, que tiene su punto de partida en el Derecho romano. ,

Y así resulta que desde la Glosa a nuestros días ha existido -un Derecho que siendo, en su origen, romano ha ido evolucionando y acomodándose a las exigencias de la práctica para terminar siendo recogido en el ar- ticulado de los códigos civiles hoy vigentes; evolución jurídica que nos interesa, extraordinariamente, conocer y que es, sin embargo, sumamente desatendida (2).

UNA LAGUNA EN NUESTROS ESTUDIOS

DE HISTORIA JURÍDICA

Al ponderar la utilidad^ que en nuestros días puedan tener los estudios de Derecho romano se suele dar, casi sin excepción, como razón fundamentalísima y primor- dial ésta:. el estudio deL Derecho romano es indispensable para que el jurista de hoy pueda conocer el Derecho vi- gente, puesto que éste no es más que la última fase evo- lutiva del Derecho romano, sin cuyo conocimiento el De-

(1) Vé.ise BIONDI, ob . cil., p í g . 1. (2) Véase, por ejemplo, cómo Bussi reproc lu 'el olvido en que los

Instoriadorcs del Derecho manl ieuen la liislorla. del Derecho privado. Oh. cil. , pág. 23, nota 1 ¡n fine y p.'ig. 58 in fine.

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recho actual ni puede conocerse ni aplicarse con la de- bida exactitud (1).

La idea ha hecho fortuna y ha logrado extenso e in- tenso arraigo popular. No hay jurista en ciernes ni padre de ningún futuro abogado—mucho más si el progenitor lo es también—que no ponderen la necesidad de conocer a fondo el Derecho romano, porque sin saber Derecho ro- mano no se puede saber Derecho civil y porque conocido el Derecho romano se tiene ya conocida la mayor parte del civil.

Sin embargo, tal afirmación rio es posible admitirla incondicionadamente, puesto que supone una evidente con- fusión entre el Derecho romano stricto sensu y el Derecho romano actual. Cierto que el Derecho romano constituye base fundamentalísima del Derecho vigente, pero ya be- mos hecho notar que entre el Derecho romano, aun con- siderado en su última fase de la compilación justinianea, y el Derecho hoy en vigor hay -una enorme distancia sal- vada a través del puente, larguísimo y constantemente reconstruido, del Derecho intermedio.

Por eso, hace ya más de tres cuartos de siglo, BRO-

(1) Esta era la idea abrigada por los redactores y pr imeros comen- taristas del código civil de Napoleón y por la legislación académica fran- cesa sobre el estudio del Derecho romano .i principios del siglo pasado.

Véase GIBARD, uManuel élémcntaire de Droit romainn, 8.* e d i c , rev. por SENN, París , 1929, pág. 5, n . 1.

Sabido es que POHTALIS, al discutirse el c<')digo civil napoleónico, afir- jmaba que éste np era m i s que las Inst i tuciones de Jus t in iano con a lgunas adiciones sobre usos y derechos no conocidos en t iempo de los romanos .

En orden a nuestra legislación académica conviene notar que el De- creto de 14 de agosto de 1884 aspiraba a iulensilicar el estudio del Derecho romano dada «su extraordinar ia importancia como base de la cu l tura ju- rídica, no menos c ier tamente que la tiene como precedente histórico y factor in tegrante de nuestra legislación.»

Véase Pou 0RDI.NA.S, tiHistorid üxitn'na del Derecho romano», Barcelona, 1895, pág. 5.

Manteniendo el p imto d e , vista actiialista WINDSCHFID podía esc r ib i r : (¡Esta eficacia del Derecho de Pandectas en Alemania fué notab lemente re- ducida al finalizar el siglo pasado con' la promulgac ión de nuevos códigos. Pero aun. cuando esto haya sucedido con ampl i tud su importancia no se ha debilitado sensiblemente. Puesto que los códigos que lo han reemplazado

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CHER (1) observaba que para interpretar nuestro Derecho vigente hemos de tener en cuenta nuestra rq^io legis y no la del legislador antiguo. Y por otra parte hacía notar que no puede justificarse el estudio del Derecho romano aduciendo como razón el hecho de que sirva para mejor conocer el Derecho actual, puesto que de ser así habría que hacer otro tanto con el Derecho germánico y, sobre todo, con el Derecho romano medieval.

Modernamente ZITELMAN (2) ha razonado de manera semejante a BROCHER, haciendo notar que si el estudio del Derecho romano persiguiese una finalidad interpretativa del Derecho hoy vigente se necesitaría estudiar, más bien, lá evolución jurídica medieval hasta llegar a nuestros días.

Tampoco el insigne GIRARD considera aceptable esta justificación, que nos llevaría a. estudiar «el Derecho ro- mano tal como fué entendido por nuestros antiguos auto- res; porque es cierto, por ejemplo, que cuando POTHIER ha comprendido mal una teoría romana, no es la teoría verdadera de Roma, sino la equivocación de POTHIER lo que ha pasado al código». Y GIRARD añade todavía: «Un estudio realizado así podría ser fecundo en resultados para la inteligencia dfe los orígenes de nuestras leyes positi- vas» (3).

liencTi por base esencial el Derecho romano o por lo nieiios las opiniones (le sus redaclores sobre lo qne sea el conlenido del Ocrecho romano y sobre lo que ríe ello sea apl icable; así, lanío la exacla inlelipcncia de eslos có- digos como la posibilidad do su mejora l lenen como esencial presupuesto nn exaclo conocimienlo del Derocbo romano y do su aclual aplicabilidod»; Ob cil., vol. I, p ígs . 17 y 18.

(1) Véase BBOCHEEÍ, «De l'cnseirineniatt • du droil roiiioín», Lausana, 1867, píigs. 12 y sig. He aquí un lexlo bien expres ivo: «La enseñanza del Derecho romano tal como so ha dado hasta ahora y tal como se desea ver dada en el porvenir es la enseñanza del Derecho de la Roma ant igua y no la del Derecho romano de los t iempos modernos , de la época de la codificación. La finalidad que se propone no es faciHlar la inteligencia de nuestra legislación. Si fuese esta ú l t ima util idad la que se tuviese presente, el medio estaría mal escogido; lo necesario sería la historia del Derecho do la Edad Media y, sobre lodo, la historia de nuestra codilicación» (pág. 12).

(2) Véase ZITI'XMAN, « B ¡ Derecho rninano en la enseñanza futura», en Revhla de Derecho Privado, 1920, pág. 151.

(3) GIRARD, ob. ci t . , pág. 5. Véase también SÁNCHEZ PEGUEKO, «LO en-

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Dejando aparte el problema de la utilidad de los estu- dios del Derecho romano con criterio historicista como .medio de mejor conocimiento del Derecho actual (1), es evidente que el estudio del Derecho romano intermedio llena cumplidamente esa finalidad, de manera que el co- nocimiento del Derecho romano común puede ser suma- mente útil para el conocimiento de nuestras leyes positi- vas, aunque, •• como es natural, «no tuviese casi nada de común con fel estudio científico de la legislación ro- mana» (2).

Pero este estudio cuya utilidad se proclama se halla poco menos que universal y unánimemente olvidado.

Por eso, teniendo en cuenta'la falta de tales estudios y pensando en,su utilidad se explica el reproche de AP- PLETON (3): «¿Por qué bajo pretexto de un estudio cientí- fico, dejar a un lado el modo cómo los redactores del código civil estudiaron el Derecho romano? Lo uno-no impide lo otro, y tal omisión sustrae de nuestra enseñanza la utilidad práctica buscada ante todo por los escolares».

Por otra parte CALASSO (4) ha-hecho notar que «es sor- prendente, por no decir otra cosa, el enorme hiatus que nuestra enseñanza universitaria abre entre la legislación justinianea y la codificación moderna. Son cerca de trece siglos de evolución histórica intensísima de nuestro De- recho que dejamos en la oscuridad». Y el mismo CALASSO

SKñanza del Durccho ro/iuino», cM,, pág. 20. «Por eso—dice—no puede sen- tirse un desprecio s.isleinático por lo viejo, min a s:)l)iendíis de sus imper- fecciones. Bastiir.-S citar el caso de los artículos 1.261 y 1.274 de nuest ro có- digo civi l ; se exigen tres requisitos esenciales ¡)ara (¡uc haya contrato (ar- tículo 1.261) y luego vienen ca.sos en los que dos de esos requisitos son una 'misma cosa (art. 1.274). Es que PoTniEK no comprendió bien la doctrina r o m a n a de la causa; y su e r ror fué llevado al código francés que sirvió de modelo para el español.»

(1) Ello t iene lugar adecuado al examinar la uti l idad actual del es- tudio del Derecho romano q u e . h e m o s de hacer en estos mismos .•Inuics.

(2) Gn\AnD, ob. cit., pág. 5. (.S) Véase APPI.,ETON, «A^oírc nnsoigncinent de DroU romain.'.i), cit., pá-

gina 4 9 ; reproche que hace suyo SÁNCinjz PISGUBRO, ob. cit., pág. 20. (4) CALASSO, '^L'inscynamehto del diritlo comúiie», cit., pág. 238.

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advertía que este conocimiento resulta indispensable toda vez que «el pensamiento de la que se llamó la glosa por excelencia y que el principio quod non agnoscit Glossa, nec curjq agnoscit, ha permanecido durante siglos como canon fundamental para la interpretación y aplicación del Derecho romano en aquellas lejanas tierras de ultra Alpes donde realizó su conquista ideal» (1),

Ya hemos recordado antes cómo RICCOBONO (2) sos- tiene que sólo mediante tales estudios se podrá dar la

•necesaria base romanística a las materias que no pueden ser profundizadas sin conocimiento del origen romano de las instituciones..

Finalmente, GEORGESCO (3) estima necesario realizar junto al estudio de la historia del Derecho romano la his- toria del Derecho común que tendría, por objeto el pro- ceso de formación y desarrollo de los conceptos y doc- trinas jurídicas desde IRNERIO hasta la entrada en vigor del código civil alemán, y cuya finalidad principal sería mostrar la parte que en la creación de la ciencia del De- recho corresponde, ya sea a la dogmática bartolista ya sea al Derecho o al Pandectismo alemán.

Para este autor «sólo un estudio semejante, de una incontrovertible utilidad, permitiría investigar la evolución natural y completa del Derecho y daría al jurisconsulto moderno la imagen verdadera de la ciencia que él debe profundizar».

Entendemos con estos autores que se hace, efectiva- mente, necesario atender a este estudio tan olvidado por los historiadores del Derecho. Los principios, los dogmas, las construcciones del Derecho vigente tienen, sí, un pri- mer fundamento romano, pero se han ido perfeccionando y perfilando a lo largo de una tarea multisecular en la

(1) CALASSO, ibklcm, p.lg. 24G. (2) RICCOBONO, «Per Vistituzionc..n^' cil., pág. 6. (3) GEOHGESCO, ob. cit., p í g . 427.

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