Habermas, Ejercicios de Ingeniería Mecánica. Universidad Antonio de Nebrija
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Habermas, Ejercicios de Ingeniería Mecánica. Universidad Antonio de Nebrija

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Asignatura: Drecho romano, Profesor: luis angel ruiz valencia, Carrera: Ingeniería Mecánica + Ingeniería del Automóvil, Universidad: Nebrija
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JÜRGEN HABERMAS

CONTRA UN RACIONALISMO MENGUADO DE MODO POSITIVISTA

Réplica a un panfleto ^

Hans Albert se ha ocupado críticamente de un escrito mío en torno a la teoría analítica de la ciencia y la dialéctica publicado a raíz de la controversia que tuvo lugar en Tübingen, en el marco de una sesión de trabajo celebrada por la Sociedad Alemana de Socio- logía, entre Karl R. Popper y Theodor W. Adorno'^. Del mutuo en- cogerse de hombros que cons'tituía la estrategia usual hasta el mo- mento no puede decirse que resultara un procedimiento precisamen- te fecundo. De ahí que salude el hecho de esta polémica, por muy problemática que me parezca la íorma que ha adoptado. Me limi- taré a su contenido.

Debo anteponer algunas observaciones a la discusión, con el fin de cooperar al esclarecimiento de la base de nuestro enfrenta- miento. Mi crítica no va dirigida contra la praxis de la investigación de las ciencias empíricas estrictas, ni tampoco contra una sociolo- gía científica del comportamiento, en la medida en que ésta exista; otro problema es el de si puede en absoluto darse más allá de los límites de una investigación sociopsicológica de grupos reducidos. El objeto de mi crítica viene constituido, única y exclusivamente, por la interpretación positivista de dichos procesos de investigación. Porque la falsa consciencia de una praxis válida reobra sobre ésta. No pretendo en modo alguno negar que la teoría analítica de la ciencia ha coadyuvado al desarrollo de la praxis de la investigación

1. Cfr. Hans Albert, Der Mythos der totalen Vemunft ("El mito de la ra- zón total").

2. Recogido en el presente volumen, págs. 147 ss.; Albert hace referencia además a algunos puntos de mi trabajo sobre "Dogmatismo, razón y deci- sión", en: Jürgen Habermas, Theorie und Praxis ("Teoría y Praxis"), Neuwied 1963, pág. 231 y ss. No se ocupa de la totalidad del libro.

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y a la clarificación, asimismo, de las decisiones metodológicas. Pa- ralelamente a ello, sin embargo, la autointelección positivista accio- na de manera restrictiva; detiene la reflexión válida en los límites de las ciencias empírico-analíticas (y formales). Me opongo a esta encubierta función normativa de una falsa consciencia. De acuerdo con las normas prohibitivas de cuño positivista, ámbitos enteros de problemas deberían ser excluidos de la discusión y abandonados a posiciones y enfoques irracionales, por mucho que, como creo, no dejen de resultar susceptibles, asimismo, de clarificación crítica. Efectivamente: si todos aquellos problemas que dependen de la elección de standards y de la influencia de argumentos no fueran accesibles a la consideración crítica y tuvieran que ser reducidos a meras decisiones, la propia metodología de las ciencias empíricas no podría menos de ser —en idéntica medida— irracional. Como nuestras posibilidades de acceder por vía racional a unanimidad en lo que a los problemas en discusión concierne no dejan de ser, fácticamente hablando, harto reducidas, considero que las restric- ciones de orden principal encaminadas a ponemos trabas en la consecución y total aprovechamiento de dichas posibilidades son irremediablemente peligrosas. Para cerciorarme de la dimensión de racionalidad globalizadora y penetrar en la apariencia de las restricciones positivistas, tomo, por supuesto, un camino pasado de moda. Confío en la fuerza de la autorreflexión: si reflexionamos acerca de lo que ocurre en los procesos de investigación, accedemos a la certidumbre de que nos movemos siempre en un horizonte de discusión racional cuyos límites están trazados con una amplitud muy superior a la que el positivismo juzga permisible.

Albert aisla mis argumentos del contexto de una crítica inma- nente a la concepción de Popper. Los descoyunta así de tal modo que yo mismo acabo por no reconocerlos. Albert da a entender, por otra parte, que con ayuda de los mismos me propongo algo así corrió introducir un nuevo «método» situable al lado de los ya firmemente introducidos y vigentes métodos de la investigación científico-social. Nada más lejos de mi ánimo. Si he escogido la teoría de Popper como contrapunto de mis reflexiones críticas, ello se debe, en buena medida, al hecho de participar ésta inicialmen- te, en no escasa medida, de mi mismo talante negativo respecto del positivismo. Bajo la influencia de Russell y del primer Wittgens- tein, el Circulo de Vierta, agrupado en tomo a Moritz Schlick, de- sarrolló los rasgos de una teoría de la ciencia de factura hoy ya clásica. A Popper le corresponde en esta tradición un puesto harto singular: por un lado es un caracterizado representante de la teoría analítica de la ciencia y, por otro, ya en los años veinte criticó

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duramente los presupuestos empiristas del nuevo positivismo. La crítica de Popper alcanza el primer nivel de autorreflexión de im positivismo al que permanece todavía tan anclado que no cala en la ilusión objetivista de la pretendida figuración de los hechos' por parte de las teorías científicas. Popper no incide en el interés cog- noscitivo de raíz técnica de las ciencias empíricas; se opone deci- didamente a las concepciones pragmáticas. No me queda otra sa- lida que reelaborar la relación existente entre mis argumentos y los problemas de Popper, dada la medida en que Albert la ha desfigu- rado. Al reformular, al liilo de las objeciones hechas por Albert, una crítica que, en lo esencial, ha sido ya expuesta, alimento la esperanza de que en esta ocasión y bajo su nueva forma, dé lugar a im menor número de malentendidos.

La objeción del malentendimiento comienza, de todos modos, por hacérmela Albert a mí. Opina que estoy equivocado en lo que concierne a:

el papel metodológico de la experiencia, el llamado problema de la base, la relación entre enunciados metodológicos y empíricos el dualismo de hechos y standards.

Albert sostiene, asimismo, que la interpretación pragmatista de las ciencias empírico-analíticas es falsa. Y considera, por último, que la confrontación entre posiciones dogmáticamente representa- das y posiciones fundamentadas de modo racional constituye, ac- tualmente, una alternativa falsamente planteada, en la medida en que el criticismo de Popper ha venido, precisamente, a superarla. Voy a ocuparme de estas dos objeciones al hilo de esos cuatro pxmtos «malentendidos» a cuyo análisis y clarificación me pro- pongo proceder ordenadamente. El lector juzgará entonces quién ha incurrido realmente en dicho falso entendimiento.

Me molesta tener que sobrecargar una revista sociológica espe- cializada con problemas y detalles de teoría de la ciencia; pero no es posible discusión alguna mientras estemos sobre las cosas y no en ellas.

1. Critica del empirismo

El primer equívoco se refiere al papel metodológico de la expe- riencia en las ciencias empírico-analíticas. Albert insiste, con toda razón, en la posibilidad, efectivamente existente, de insertar en las teorías experiencias de cualquier origen, es decir, experiencias que

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pueden provenir tanto del potencial de la experiencia cotidiana, como de los mitos heredados de la tradición, como de las propias vivencias espontáneas. Han de satisfacer una sola condición: la de resultar traducibles a hipótesis contrastables. En lo que a esta con- trastacion se refiere no resulta válido, de todos modos, sino un tipo muy determinado de experiencia: la experiencia de los sentidos, reglamentada mediante disposiciones empíricas o similares; habla- mos también de observación sistemática. Bien: jamás he puesto en duda dicha afluencia de experiencias no reglamentadas a la co- rriente de la fantasía creadora de hipótesis; tampoco podría igno- rar las ventajas de esas situaciones contrastadoras que organizan, mediante tests repetibles, las experiencias sensibles. Ahora bien, si no se pretende entronizar la ingenuidad filosófica a cualquier pre- cio, cabrá preguntar, cuantos menos, si acaso el posible sentido de la validez empírica de los enunciados no vendrá ya desde un prin- cipio determinado mediante una definición de este tipo; y si así ocurre, convendrá preguntarse qué sentido de validez es el que vie- ne prejuzgado de este modo. La base empírica de las ciencias es- trictas no es independiente de los standards que estas mismas cien- cias aplican a la experiencia. Está claro que el procedimiento de contrastacion dictaminado por Albert como único legítimo no es sino uno entre varios. Los sentimientos morales, las privaciones y frustraciones, las crisis histórico-vi tales, los cambios de posición y de talante en el curso de una reflexión: todo ello procura otras experiencias. Pueden ser elevadas mediante standards correspon- dientes' a instancias de contrastacion; la situación de transferencia creada entre médico y paciente y de la que se beneficia el psicoana- lítico procura un ejemplo de ello. No es mi intención comparar las ventajas e inconvenientes de los diversos métodos de contras- tacion, sino, simplemente, clarificar mis preguntas. Albert no pue- de discutirlas, dado que identifica de modo impertérrito tests con posible contrastacion de las teorías a la luz de la experiencia. Lo que para mí es un problema, para él es algo que cabe aceptar sin discusión ulterior.

Me interesa este problema en relación con las objeciones de Popper a los presupuestos empiristas del positivismo de nuevo cuño. Popper discute la tesis de acuerdo con la cual lo que es vie- ne dado de modo evidente, y en cuanto a tal, en la experiencia sen- sible. La idea de una realidad Inmediatamente testificada y de una verdad manifiesta no ha prevalecido a la reflexión crítico-epistemo- lógica. La pretensión de la experiencia sensorial de constituirse en nivel último de la evidencia no puede menos de parecer irreme- diablemente fracasada desde la demostración kantiana de los ele-

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mentos categoriales de nuestra percepción. La crítica hegetiana de la certidumbre sensible, el análisis de la percepción ínsita en sis- temas de acción debido a Peirce, la explicación husserliana de la experiencia pre-predicativa y el ajuste de cuentas con la filosofía del origen llevado a cabo por Adorno han procurado la prueba, des- de puntos de partida muy diferentes, de que no existe un saber libre de una u otra mediación. La búsqueda de la experiencia ori- ginaria de un inmediato evidente está condenada al fracaso. Hasta la más elemental percepción viene categorialmente preformada por el instrumental fisiológico de base, y no sólo eso, sino que resulta tan determinada por la experiencia precedente, por lo heredado y aprendido, como anticipada por el horizonte de las expectativas e incluso de los sueños y temores. Popper formula este punto de vista cuando dice que las observaciones implican siempre interpretacio- nes a la luz de las experiencias ya hechas y de los conocimientos aprehendidos. De manera aún más simple: los datos de la expe- riencia son interpretaciones en el marco de teorías precedentes; de ahí que comparten, ellos mismos, el carácter hipotético de és- tas ^

Popper extrae de todo ello consecuencias innegablemente radi- cales. En efecto: nivela todo saber en el plano de las opiniones y conjeturas con cuya ayuda completamos hipotéticamente una ex- periencia insuficiente e interpolamos nuestras incertidumbres acer- ca de una realidad enmascarada. Dichas opiniones y esbozos se diferencian únicamente por su grado de contrastabilidad. Ni si- quiera las conjeturas contrastadas, sometidas una y otra vez a tests rigurosos, satisfacen el status de enunciados demostrados; siguen siendo conjeturas, conjeturas que hasta el momento han resistido bien todo intento de eliminación de las mismas; en una palabra: hipótesis bien sometidas a prueba.

El empirismo hace el intento —al igual, por lo demás, que la crítica epistemológica tradicional— de justificar la validez del co- nocimiento estricto por recurso a las fuentes del conocimiento. A las fuentes del conocimiento, al pensamiento puro y a lo heredado, tanto como a la experiencia sensible les falta, sin embargo, auto- ridad. Ninguna de ellas puede aspirar a evidencia libre de toda me- diación y a validez genei-al, ninguna puede erguirse, por tanto, como fuerza de legitimación. Las fuentes del conocimiento están siempre faltas de pureza, la vía que conduce a los orígenes nos está cerrada. La pregunta por el origen del conocimiento debe ser, en consecuen-

3. Karl R. Popper, Conjectures and Refutations (trad. cast. "El desarrollo del conocimiento científico"), Londres 1963, págs. 23 y 387.

;5 . — POSITIVISMO U N I V E E ÍÜÍÍ.^' U J Ü

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cia, sustituida por la pregunta acerca de la validez del mismo. La exigencia de verificación de los enunciados científicos es autorita- ria, porque hace depender la validez de éstos de la falsa autoridad de los sentidos. En lugar de esla pregunta acerca del origen legiti- mador del conocimiento debemos preguntar por el método median- te el que ha de resultarnos posible descubrir y apresar de entre la masa de las opiniones en un principio inciertas e inseguras, aqué- llas que cabe considerar como definitivamente falsas *.

Popper lleva, por supuesto, esta crítica tan lejos que, sin pro- ponérselo, convierte en problemáticas sus propias propuestas de solución. Popper despoja a los orígenes del conocimiento, tal y como se los representa el empirismo, de una falsa autoridad; con toda razón desacredita el conocimiento originario en cualquiera de sus formas. No deja de ser cierto, sin embargo, que los errores sólo pueden ser calificados de tales, sólo pueden ser declarados cul- pables de falsedad, en virtud y a la luz de unos determinados cri- terios de validez. Para su justificación hemos de aportar argumen- tos, pero ¿dónde buscarlos de no hacerlo nuevamente en la excluida dimensión de la formación del conocimiento, ya que no, por su- puesto, en la de su origen? Respecto de los patrones de medida de la falsación reinaría, de lo contrario, la arbitrariedad. Popper quie- re mediatizar, asimismo, los orígenes de las teorías, esto es, la ob- servación, el pensamiento y la transmisión, respecto del método de contrastación, a cuya sola luz ha de medirse, según parece, la va- lidez empírica. Desgraciadamente, sin embargo, este método no puede ser fundamentado, a su vez, sino mediante el recurso a por lo menos una de las fuentes del conocimiento, a la tradición y, aún más, a esa tradición a la que Popper da el nombre de crítica. Aca- ba por verse cómo la tradición es la variable independiente de la que en última instancia dependen tanto el pensamiento y la obser- vación como los procedimientos de testificación que resultan de la combinación de éstos. Popper confía demasiado irreflexivamente en la autonomía de la experiencia organizada en los procedimien- tos de testificación; cree poderse librar del interrogante acerca de los standarás de dichos procedimientos porque en última instancia no deja de compartir un prejuicio positivista profundamente arrai- gado en toda critica. Da por supuesta la independencia epistemo- lógica de los hechos respecto de las teorías destinadas a captar descriptivamente estos hechos y las relaciones existentes entre ellos. Los tests contrastan, en consecuencia teorías a la luz de hechos «independientes». Esta tesis viene a constituir el punto crucial de

4. Conjectures, pág. 3 y ss y pág. 24 y ss.

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la problemática positivista viva, a la manera de un último resto, en Popper. De las consideraciones de Albert no se desprende que haya conseguido en mi primitivo trabajo hacerle siquiera conscien- te de esta problemática.

Por un lado Popper opone, con razón, al empirismo, que sólo nos resulta posible captar y determinar los hechos a la luz de teo- rías ^i es más, llega ocasionalmente a caracterizar los hechos como el producto común de la realidad y del lenguaje". Por otra parte adscribe a las determinaciones protocolizadoras —que dependen, en realidad, de una organización de nuestras experiencias metódi- camente fijada—, una limpia relación de correspondencia con los «hechos». La aceptación, por parte de Popper, de la teoría de la verdad como correspondencia no me parece precisamente conse- cuente. Ésta presupone los hechos como algo que es en sí, sin pa- rar mientes en que el sentido de la validez empírica de las deter- minaciones de hechos (y mediatamente también el de las teorías de las ciencias empíricas) viene determinado, desde el principio, por la definición de las condiciones que han de regir la contrasta- ción. Lo significativo sería, por el contrario, intentar un análisis verdaderamente exhaustivo de la relación existente entre las teorías de las ciencias empíricas y los llamados hechos. Porque de este modo aprehenderíamos el marco de una interpretación previa de la experiencia. A este nivel de la reflexión podría muy bien no apli- carse ya el término «hechos» sino a la clase de lo experimentable. clase precisamente organizada de cara a la contrastación de las teorías científicas. De este modo los hechos serían concebidos como lo que son: algo producido. Y el concepto positivista de hecho se revelaría como un fetiche, limitado, simplemente, a prestar a lo mediado la apariencia de inmediatez. Popper no consuma el trán- sito a la dimensión trascendental, pero esta vía se presenta como consecuencia de su propia crítica. Su exposición del problema de la base lo evidencia.

2. La interpretación pragmática de la investigación e mpírico-analitica

El segundo malentendido que Albert me echa en cara concierne al llamado problema de la base. Popper da el nombre de enuncia- dos básicos a aquellos enunciados existenciales singulares capaces

5. Conjectures, pág. 41. 6. Conjectures, pág. 214.

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de refutar una hipótesis legal expresada en forma de enunciado existencial negativo. Designan ese preciso pimto de sutura en el que las teorías inciden sobre la base empírica. Los enunciados de base no pueden incidir sobre la experiencia sin sutura alguna, por supuesto; no hay, en efecto, expresión universal alguna de las que figuran en ellos susceptible de ser verificada mediante observacio- nes, por muy elevado que sea el número de éstas. La aceptación o el rechazo de los enunciados de base descansan, en última instan- cia, sobre una decisión. Decisiones que, en todo caso, no son toma- das arbitrariamente, sino de acuerdo con unas reglas. La determi- nación de estas reglas es de naturaleza institucional, no lógica. Nos motivan a orientar decisiones de este tipo a un objetivo previa- mente comprendido de modo tácito, sin llegar a definirlo. Así pro- cedemos en la comunicación cotidiana y en la interpretación de textos. No hay, a decir verdad, otra salida, dado que nos movemos en un círculo y, sin embargo, no queremos renunciar a la explica- ción. El problema de la base nos recuerda que también a propósito de la aplicación de las teorías formales a la realidad llegamos a un círculo. Acerca de dicho círculo me ha enseñado mucho Popper; no me lo he inventado como parece suponer Albert. Por cierto que en la formulación de éste no deja de resultar asimismo fácilmente reconocible.

Popper lo explica estableciendo una comparación entre el pro- ceso de la investigación y el judicial ' . Todo sistema legal, tanto si se trata de un sistema de normas jurídicas como si lo es de hipó- tesis empírico-científicas, resulta inaplicable si previamente no se ha llegado a un acuerdo acerca del estado de cosas o del sumario al que ha de ser aplicado. Mediante una especie de veredicto se ponen de acuerdo los jueces acerca de la exposición de los hechos que se deciden a dar por válida. Esto corresponde a la aceptación de un enunciado de base. El veredicto viene, no obstante, a resul- tar menos sencillo, dado que el sistema o código legal y el sumario no son totalmente independientes uno de otro. Antes bien es bus- cado ya el sumario entre las categorías del sistema legal. La com- paración establecida entre ambos procesos, el judicial y el de la investigación, se propone llamar, precisamente, la atención sobre este círculo que de modo tan inevitable se plantea a propósito de la aplicación de reglas generales: «La analogía entre este procedi- miento y aquél por el que decidimos acerca de enunciados básicos

7. Kari R. Popper, The Logic of Scientific Discovery (trad. cast. "La ló- gica de la investigación científica"), London 1960, pág. 109 y ss. (en lo suce- sivo citada como *Logici).

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es muy clara, y sirve para iluminar, por ejemplo, su relatividad y el modo en que dependen de las cuestiones planteadas por la teoría. Cuando un jurado conoce acerca de una causa, sin duda alguna sería imposible aplicar la "teoría" si no existiese primero un vere- dicto al que se ha llegado por una decisión; mas, por otra parte, éste se obtiene por un procedimiento que está de acuerdo con una parte del código legal general (y, por tanto, lo aplica). El caso es enteramente análogo al de los enunciados básicos: aceptarlos es un modo de aplicar un sistema teórico, y precisamente esta aplica- ción es la que hace posibles todas las demás aplicaciones del mismo» *.

¿Qué es lo que indica este círculo que se dibuja en Ja aplica- ción de las teorías a la realidad? Pienso que la región de lo experi- mentable viene determinada, desde un principio, por la relación activa entre imos supuestos teoréticos de estructura determinada y unas condiciones de contrastación de tipo no menos determinado. Como hechos fijados empíricamente en los que las teorías científico- empíricas puedan fracasar no cabe considerar sino algo que se cons- tituye en el contexto previo de la interpretación de experiencia po- sible. Un contexto que se crea en virtud de la relación de recipro- cidad planteada entre un hablar argumentador y un actuar expe- rimental. Este juego conjunto es organizado de cara a un objetivo muy concreto: controlar las predicciones. Una tácita intelección previa de las reglas del juego guía la discusión de los investigado- res en lo que a la aceptación de los enunciados básicos se refiere. Porque el círculo en el que inevitablemente acaban por encontrarse en la aplicación de las teorías a lo observado no puede sino incitar- les a tma dimensión en la que la discusión racional sólo resulta ya posible por vía hermenéutica.

La exigencia de observación controlada como base de la decisión concerniente a la validez y justeza empíricas de las hipótesis lega- les da por supuesta la previa intelección de ciertas reglas. No bas- ta con conocer el objetivo específico de una investigación y la rele- vancia de una observación de cara a determinados supuestos. Para que me sea, en términos absolutos, posible saber a qué se refiere la validez empírica de los enunciados de base debe ser conocido antes, en todas sus dimensiones, el sentido del proceso de la inves- tigación, paralelamente a como el juez debe haber comprendido ya previamente el sentido de la judicatura en cuanto a tal. La quaestio facti debe ser decidida con la mirada puesta en una quaes- tio iuris comprendida en su aspiración inmanente. En el proceso

8. Logic, pág. 110 y ss.

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judicial todo el mundo puede hacerse cargo: se trata del problema planteado por la contravención de unas normas prohibitivas de carácter general, impuestas de manera positiva y sancionadas por el estado. ¿Qué viene a significar la quaesíio iuris en el proceso de la investigación y cómo puede medirse en este otro contexto la va- lidez empírica de los enunciados básicos? La forma del sistema de enunciados y el tipo de las condiciones fijadas para la contras- tación, a cuya luz se mide la validez, ponen ya sobre la pista de esa interpretación pragmatista a la que ellos mismos incitan, una interpretación de acuerdo con la cual las teorías empírico-científi- cas exploran la realidad bajo la dirección de un interés rector ten- dente a conseguir la mayor seguridad posible en el orden de la in- formación y una extensión creciente del elemento activo, un ele- mento cuyo control viene ejercido por el éxito.

En el propio Popper se encuentran puntos de apoyo para esta interpretación. Las teorías empírico-científicas tienen el sentido de permitir la derivación de enunciados universales sobre la covarian- cia de dimensiones empíricas. Desarrollamos hipótesis legales de este tipo en la anticipación de legalidades, sin que esta anticipación pueda ser, en cuanto a tal, empíricamente justificada. La predic- ción metódica sobre la base de la posible uniformidad de los fenó- menos corresponde, no obstante, a las necesidades elementales de la estabilidad del comportamiento. Únicamente en la medida en que son dirigidas a tenor de informaciones acerca de regularidades em- píricas pueden ser programadas a largo plazo acciones cuyo con- trol corresponde al éxito. De ahí que estas informaciones hayan de resultar traducibles a expectativas de un comportamiento regular en unas circunstancias dadas. La interpretación pragmatista refie- re la generalidad lógica a expectativas generales de comportamien- to. La desproporción entre enunciados universales, por una parte, y el número principalmente finito de observaciones y los corres- pondientes enunciados existenciales singulares, por otra, se expli- ca, de acuerdo con la interpretación pragmatista, en virtud de la estructura de una acción controlada por el éxito, dirigible en todo momento por anticipaciones de un comportamiento regulara

9. En este contexto resulta interesante la indicación de Popper de que to- das las expresiones universales pueden ser concebidas como expresiones de disposición (Logic, pág. 94 y ss., apéndice X, pág. 423 y ss. y Conjectures, pág. 118 y ss.). Al nivel de las expresiones universales se repite la problemá- tica de los enunciados universales. Porque los conceptos de disposición im- plicados en aquellas expresiones no son, a su vez, susceptibles de explicitación sino con la ayuda de supuestos acerca de un comportamiento regular de los objetos. En los casos dudosos esto resulta evidente si nos imaginamos tests que resulten suficientes para la clarificación del significado de las expresiones

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Esta interpretación, de acuerdo con la que las ciencias empí- rico-analíticas son guiadas por un interés de orden técnico, tiene la ventaja de hacer suya la crítica de Popper al empirismo sin com- partir uno de los puntos débiles de su teoría de la falsación. ¿Cómo coordinar, en efecto, nuestra principal inseguridad acerca de la verdad de las informaciones científicas con el variado y, por lo general, duradero aprovechamiento técnico de las mismas? Lo más tarde en ese momento preciso en que los conocimientos de las re- gularidades empíricas se integran en las fuerzas productivas de or- den técnico, convirtiéndose en la base de una civilización científica, la evidencia de la experiencia cotidiana y de un control permanente por el éxito viene a ser arrollador; frente al plebiscito renovado día tras día de unos sistemas técnicos perfectamente funcionantes, poco pueden prevalecer los escrúpulos lógicos. Por mucho peso que real- mente tengan las objeciones de Popper contra la teoría de la veri- ficación, su propia alternativa no puede menos de parecer escasa- mente plausible. Dicha alternativa únicamente es tal, desde luego, a la luz del presupuesto positivista de la correspondencia entre pro- posiciones y hechos o estados de cosas. Tan pronto como abando- namos semejante presupuesto y asumimos la consideración de la técnica, en el más amplio sentido, al modo de un control socialmen- te institucionalizado del conocimiento —conocimiento cuyo sentido metodológico viene orientado a tenor de su aplicabilidad técnica—

universales empleadas. El recurso a las condiciones de contrastación no es, en ello, casual, porque sólo la referencia de los elementos teóricos al expe- rimento cierra el círculo funcional de la acción sometida al control del éxito, en cuyo seno "hay" algo asi como regularidades empíricas. El hipotético exce- dente sobre el contenido específico en cada caso, al que se hace justicia en la forma lógica de los enunciados legales y en las expresiones universales de los enunciados de observación, no se refiere a un comportamiento regular de las cosas "en sí", sino a un comportamiento de las cosas en tanto éste se inserta en el horizonte de expectativas de las acciones necesitadas de orien- tación. De este modo viene el grado de generalidad del contenido descriptivo de los juicios de percepción a desbordar hipotéticamente la especificidad de lo en cada ocasión percibido, dado que bajo el imperativo selectivo de esta- bilización de los éxitos de las acciones hemos reunido ya experiencias y sig- nificados «for what a thing means is simply what habits it involves» (Pairee).

Encontramos un nuevo punto de apoyo para una posible interpretación pragmatista en otro escrito de Popper, esta vez tomando pie en una socio- logía de la tradición (Towards a Rational Theory of Tradition, en: Conjec- tures, pág 120 y ss.). Compara las funciones similares que en los sistemas sociales cumplen las tradiciones y las teorías. Ambas nos informan sobre reacciones de las que cabe tener una expectativa regular y que nos permiten orientar confiadamente nuestra conducta. Introducen orden, asimismo, en un entorno caótico, en el que sin la capacidad de pronosticar respuestas o acon- tecimientos difícilmente podríamos irnos formando hábitos comportamenta- les adecuados.

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mediante el éxito, puede muy bien imaginarse otra forma de veri- ficación. Una forma que no resulta afectada por la objeción de Pop- per y hace, sin embargo, justicia a nuestras experiencias precien- tíficas. Como empíricamente verdaderos pasan a ser considerados, de acuerdo con ésta, todos aquellos supuestos capaces de dirigir una línea de acción controlada por el éxito, sin necesidad de ser problematizados hasta ese momento por unos fracasos cuya bús- queda ha sido efectuada por vía experimental °̂.

Con su alusión a la crítica popperiana del instrumentalismo Al- bert se considera dispensado de la necesidad de oponer a mi inter- pretación —que ni siquiera reproduce— algún argumento propio. No tengo, sin embargo, por qué detenerme en aquella crítica, dado que incide sobre tesis que no son las mías. Popper comienza por referirse a la tesis de acuerdo con la cual las teorías no son sino instrumentos ". Frente a ella no le cuesta demasiado hacer ver que las reglas que rigen la aplicación técnica son probadas o experimen- tadas, en tanto que las informaciones científicas son testificadas. Las relaciones lógicas vigentes en las pruebas de aptitud de los instrumentos y en la contrastación de las teorías no son simétri- cas — los instnmientos no pueden ser refutados. La interpretación pragmática a favor de la que me declaro a propósito de las ciencias empírico-analíticas no resulta asimilable a esta forma de instru- mentalismo. No se trata de que las teorías sean instrumentos, sino de que sus informaciones resultan técnicamente aprovechables. Los fracasos capaces de acabar, por vía empírica, con las hipótesis no dejan, obviamente, de tener el carácter de refutaciones: los supues- tos se refieren a regularidades empíricas; determinan el horizonte de expectativas de la acción controlada por el éxito y pueden ser, en consecuencia, falseados mediante la frustración de unas deter-

10. De acuerdo con esta concepción, las reservas de Popper contra el co- nocimiento que se presenta como definitivamente válido resultan plenamente compatibles con la confirmación pragmática de éste. En opinión de Popper las contrastaciones experimentales no tienen validez sino como instancia de falsación, en tanto que de acuerdo con la concepción pragmática son contro- les por el éxito que pueden bien refutar supuestos, bien confirmarlos. La confirmación en virtud del éxito en el campo de la acción sólo puede ser adscrita, por supuesto, globalmente, y nunca de manera rigurosamente corre- lativa, ya que en una teoría dada no nos resulta posible cerciorarnos de manera definitiva de los elementos del conocimiento fácticamente operantes, ni en toda su amplitud, por supuesto, ni tampoco en lo que a su campo de aplicación concierne. De manera definitiva no sabemos sino que existen partes de una teoría controlada mediante el éxito en la acción —esto es, contrastada a la luz de los pronósticos— que vienen corroboradas en el campo de apli- cación de la situación de contrastación.

11. Three Views Conceming Knowledge, en; Conjectures, pág. 111 y ss.

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minadas expectativas de éxito. Las hipótesis legales vienen, en todo caso, referidas, en virtud de su propio sentido metodológico, a ex- periencias que se constituyen exclusivamente en el círculo funcio- nal de este tipo de acción. Las recomendaciones técnicas de cara a una elección racionalizada de medios con vistas a unos fines da- dos no son derivables a posíeriori y como casualmente de las teo- rías científicas, sin que esto implique que estas teorías hayan de ser, en cuanto a tales, herramientas técnicas. Sólo en un sentido muy metafórico podría valer tal aserto. En el proceso investigato- rio no se tiene la mirada puesta, como es lógico, en la aplicación técnica del conocimiento; en muchos casos queda ésta incluso fác- ticamente excluida. Ello no impide, sin embargo, que la aplicabili- dad técnica de las informaciones empírico-científicas venga tan de- cidida ya metodológicamente con la estructura de los enunciados (prognosis condicionadas acerca de un comportamiento observa- ble) y con la naturaleza de las condiciones de contrastación (imita- ción del control de éxito de las acciones ínsito, de manera natural, en los sistemas de trabajo social), como prejuzgada viene, en virtud de ello mismo, la región de experiencia posible a la que se refieren los supuestos y en la que pueden fracasar.

No se trata de discutir el valor descriptivo de las informaciones científicas; lo que ocurre es que éste no debe de ser concebido en términos de una figuración, por parte de las teorías, de los hechos y de las relaciones entre hechos. El contenido descriptivo únicamen- te resulta válido en relación con prognosis referentes a acciones controladas por el éxito en situaciones precisables. Todas las res- puestas que pueden dar las ciencias empíricas, son relativas al sen- tido metodológico de sus planteamientos de los problemas de que se ocupan; nada más. Por muy trivial que, en realidad, sea esta restricción, no por ello viene a contradecir menos ese espejismo de teoría pura vivo y perceptible en la imagen que de sí mismo sustenta el positivismo'^.

12. Otra objeción de Popper concierne al operacionalismo, de acuerdo con el cual los conceptos fundamentales pueden ser definidos mediante indicacio- nes metodológicas (Conjectures, pág. 62; Logic, pág. 440 y ss.). Con razón puede hacer válido Popper frente a ello que el intento de retrotraer los con- ceptos de disposición a operaciones de medición presupone, a su vez, una teo- ría de ésta, ya que de renunciar a toda expresión universal no hay teoría que pudiera ser descrita. Este círculo, en el que las expresiones universales re- miten a un comportamiento empíricamente regular, en tanto que las regula- ridades del comportamiento no pueden ser constatadas sino mediante opera- ciones de medición que presuponen, a su vez, categorías generales, me pare- ce, sin embargo, necesitado de interpretación. El enfoque operacionalista in- siste, con razón, en que el contenido semántico de las informaciones empírico-

234 Jürgen Haber mas

3. Justificación crítica y prueba deductiva

El tercer malentendido del que, en opinión de Albert, soy vícti- ma afecta a la relación existente entre enunciados metodológicos y enunciados empíricos. Me declara culpable de un positivismo es- pecialmente vulgar, dado que en los problemas de orden metodo- lógico no renuncio a argumentos empíricos y vengo, de este modo, a mezclar inadmisiblemente la lógica de la investigación con la sociología del conocimiento. Desde que Moore y Husserl, partiendo de enfoques muy distintos, consumaron la separación estricta en- tre investigaciones lógicas y psicológicas, restableciendo así un vie- jo punto de vista kantiano, los positivistas optaron por renunciar a su naturalismo. Bajo la impresión de los progresos alcanzados entre tanto en el campo de la lógica formal, Wittgenstein y el Círculo de Viena hicieron del dualismo entre enunciados y hechos la base de sus análisis lingüísticos. Los problemas concernientes a la génesis no pueden ser ingenuamente puestos, desde entonces, en el mismo cajón que los relacionados con la validez.. Ésta es la trivialidad sobre la que Albert quería llamar, sin duda, la atención; pero tampoco esta vez roza mi problemática. Mi interés gira, en efecto, en tomo al hecho singidar de que a pesar de tan clara dife- renciación, precisamente en la metodología de las ciencias empí- ricas y en la dimensión de la crítica científica vienen a ser estable- cidas relaciones no deductivas entre enunciados formales y enun- ciados empíricos. La lógica de la ciencia entraña, justamente en el ámbito en el que ha de consumarse la verdad de las teorías cien- tífico-empíricas, un punto de empirismo. Porque ni siquiera en su versión popperiana puede ser incorporada la crítica en forma axio- matizada a las ciencias formales. Como crítica no cabe entender sino la discusión sin reservas de todo tipo de supuestos. Hace su- yas cuantas técnicas de refutación le resulten accesibles. Una de éstas es la confrontación de las hipótesis con los resultados de la observación sistemática. Pero los resultados de la testificación se integran en dilucidaciones críticas, no constituyen por sí mismos la crítica. La crítica no es un método de con traslación; es la con-

científicas no es válido sino en el marco de referencia trascendentalmente impues"to porcia estructura de la acción controlada por el éxito y no puede ser proyectado, por supuesto, a lo real "en sí". Es falsa, sin embargo, la idea de que dicho contenido podría ser reducido, sin más, a criterios de un comportamiento observable. El círculo en el que este intento se envuelve evi- dencia, más bien, que los sistemas de acción en los que el proceso de inves- tigación se integra vienen mediados ya por el lenguaje, sin que éste se disuel- va, al mismo tiempo, en categorías de comportamiento.

Contra un racionalismo menguado... 235

trastación misma como discusión. Y es, por otra parte, la dimen- sión en la que se decide críticamente acerca de la validez de las teorías, no la de las teorías mismas. Porque en la critica no entran únicamente enunciados y sus relaciones lógicas, sino consideracio- nes y enfoques empíricos sobre los que cabe influir con ayuda de argumentos. Albert puede, naturalmente, vetar la posibilidad mis- ma de prestar atención a todas aquellas relaciones y conexiones que no sean lógicas ni empíricas mediante un postulado. Pero con ello no lograría sino, a lo sumo, evadirse de una discusión que juzgo necesaria de cara, precisamente, a clarificar el problema de si la introducción de un postulado de este tipo resultaría o no justiti cable en el ámbito de las investigaciones y dilucidaciones de orden metateórico. En cuanto a mí, opino más bien que existen motivos harto suficientes para repetir la crítica de Hegel a la separación kantiana entre im ámbito tiascendental y un ámbito empírico, cri- tica que en términos contemporáneos habría de incidir sobre la separación de que se nos habla entre ambos ámbitos, el lógico- metodológico y el empírico. Sin que en ninguno de estos casos la crítica ignore dichas diferenciaciones; se trata, por el contrario, de partir de ellas.

Una reflexión acerca de lo que el propio Popper hace podría aproximamos muy bien a la forma peculiar que adoptan las inda- gaciones metateóricas en el momento mismo en que desbordan el marco del análisis del lenguaje. Popper lleva, por un lado, a cabo una crítica inmanente de unas teorías dadas; para ello se sirve de la comparación sistemática entre derivaciones lógicamente nece- sarias. Por otro, desarrolla soluciones alternativas; propone con- cepciones propias y procura fundamentarlas mediante argumentos adecuados. En este caso no puede limitarse a la revisión o examen de relaciones de naturaleza deductiva. Su interpretación apunta más bien al objetivo concreto de transformar críticamente viejas con- vicciones, hacer plausibles nuevos standards de juicio y convertir en aceptables nuevos puntos de vista de índole normativa. Y todo ello ocurre en la forma hermenéutica de una argumentación que no resulta asimilable a los rígidos monólogos de un sistema de- ductivo de enunciados. Una forma que es, en definitiva, la propia de toda indagación crítica. Así se evidencia en cualquier elección entre posibles técnicas investigatorias, entre enfoques teóricos dis- tintos, entre definiciones no iguales de los predicados básicos, se evidencia en las decisiones concernientes al marco lingüístico en cuyo seno se expresa un determinado problema y se formulan sus hipotéticas soluciones. Constantemente se repite la elección de stan- dards y el intento de justificar dicha elección mediante argumentos

236 Jürgen Habermas

adecúalos. Morton White ha hecho ver que incluso en el grado más alto permanecen vinculadas las investigaciones metateóricas a esta forma de argumentación. Tampoco de las distinciones entre ser ca- tegorial y no categorial, entre enunciados analíticos y sintéticos, entre reglas lógicas y legalidades empíricas, entre observación con- trolada y experiencia moral —que se presentan como distinciones fundamentales sobre las que se basa la ciencia empírica estricta— puede decirse que se evadan a la discusión; presuponen criterios que no se deducen de la cosa misma, es decir, patrones criticables de medida en cuya fundamentación estricta mediante argumentos no cabe pensar, pero que no por ello dejan de resultar susceptibles tanto de debilitación como de refuerzo •'.

White hace el intento —en el que Popper no entra— de inves- tigar las relaciones lógicas de esta forma no deductiva de argumen- tación. Muestra cómo las decisiones metodológicas vienen a ser de- cisiones cuasi-morales, únicamente justificables por vía racional mediante discusiones de factura bien conocida desde la vieja tópica y retórica. Ni la interpretación convencionalista ni la naturalista hacen, pues, justicia a la elección de reglas metodológicas.

En la medida en que desborda el nivel de la relación lógica entre enunciados e incluye un momento que trasciende el lenguaje —las tomas de posición—, la argumentación crítica se distingue, obvia- mente, de la deductiva. Entre tomas de posición y enunciados no cabe pensar en una relación de implicación; las tomas de posición no pueden deducirse de enunciados, ni, inversamente, los enuncia- dos de las tomas de posición. El asentimiento a un determinado método y la aceptación de una regla pueden ser reforzados o debi- litados mediante argumentos y, en cualquier caso, pueden ser ra- cionalmente sopesados y enjuiciados. Ésta es la tarea de la crítica, de cara tanto a las decisiones de orden práctico como a las de orden metateórico. Dado que estos argumentos capaces de refor- zar o debilitar no guardan una estricta relación lógica con los enun- ciados que vienen a expresar la aplicación de los standards, sino que se encuentran con ellos, simplemente, en una relación de mo- tivación racional, las investigaciones y dilucidaciones metateóricas pueden incluir enunciados empíricos. Sin que por ello la relación entre argumentos y enfoques o tomas de posición sea, en sí, una relación empírica. Puede ser así concebida, sin duda, en el marco de un experimento como el de Festinger acerca de las variaciones en las tomas de posición; pero la argumentación quedaría, en tal caso, reducida al plano del comportamiento lingüístico observable,

13. Morton White, Toward Reunión in Philosophy, Cambridge 1956.

Contra un racionalismo menguado... 237

ignorándose así el momento de vigencia racional operante en dicha motivación.

Popper no da por excluida una racionalización de las tomas de posición. Esta forma de argumentación es la única posible de cara a la justificación, por vía de tentativa, de las decisiones. Ahora bien, como jamás es concluyente, la juzga como no científica en compa- ración con el mecanismo de la prueba deductiva. Declara su prefe- rencia por la certeza del conocimiento descriptivo, una certeza que viene garantizada por la estructura deductiva de las teorías y la fuerza empírica de los hechos. Sólo que también la interrelación entre enunciados y experiencias de este tipo específico presupone standards que no dejan de estar necesitados, a su vez, de justifi- cación. Popper se libra de esta objeción subrayando la irracionali- dad de la decisión que precede a la aplicación de su método crítico. El talante racionalista se define por una abierta disponibilidad en lo que afecta a la decisión acerca de las teorías y su asunción en virtud de unas determinadas experiencias y argumentos. Sin que él mismo resulte, no obstante, justificable mediante argumentos ni experiencias. Por supuesto que no puede ser justificado en términos de prueba deductiva, pero sí por la vía de una argumentación ra- íificadora. Una argumentación de la que, en definitiva, el propio Popper se sirve profus'amente. Explica dicho talante crítico en vir- tud de determinadas tradiciones filosóficas; analiza los presupues- tos empíricos y las consecuencias de la crítica científica; investiga su función en las estructuras específicas de un determinado ám- bito público de orden político. Globalmente considerada, su meto- dología viene a ser, en efecto, una justificación crítica de la crítica misma. Puede que esta justificación no deductiva disguste o no sa- tisfaga suficientemente las exigencias de un absolutismo lógico. Pero toda crítica científica que se proponga ser algo más que me- ramente inmanente y enjuicie decisiones metodológicas no conoce otra forma de justificación.

Para Popper la toma de posición crítica se define en términos de fe en la razón. De ahí que el problema del racionalismo no ra- dique en la elección entre el conocimiento y la fe, sino en la elec- ción entre dos tipos de fe. Ahora bien, el problema que llegados a este punto se plantea —nos dice con acento paradójico— no es sino el de saber qué fe es la verdadera y cuál es la equivocada". No rechaza completamente la justificación no-deductiva; cree, no obs- tante, poderse evadir de la problemática combinación de relaciones

14. Karl R. Popper, Die offene Gesellschaft und íhre Feinde (trad. cast.: "La sociedad abierta y sus enemigos"), Bern 1957, II, pág. 30.

238 Jürgen Habermas

lógicas y empíricas que viene ésta a entrañar renunciando a la jus- tificación de la crítica — como si la raíz del problema no estuviera en la crítica misma.

En lo que al problema de la fundamentación concierne, Albert me impone la carga de la prueba; parece ser de la opinión de que con la renuncia del racionalismo a autofundamentarse quedan re- sueltos todos los problemas. Parte para ello, evidentemente, de las tesis de William B. Bartley, que ha intentado probar consecuente- mente la posibilidad de semejante renuncia". Considero, sin em- bargo, que se trata de un intento frustrado.

Bartley comienza por negar toda autofundamentación deductiva del racionalismo mediante razones lógicas. En su lugar investiga la posibilidad de un racionalismo dispuesto a aceptar todo enunciado racionalmente fundamentable, desde luego, aunque no única y ex- clusivamente este tipo de enunciados; un racionalismo, en fin, que no sustente concepciones situadas más allá de la crítica, pero queno exija que todas las concepciones, incluida la propia toma de posición racionalista, vengan fundamentadas racionalmente. Pode- mos, sin embargo, pregimtarnos si esta concepción resultaría soste- nible incluso en el supuesto de que, obrando consecuentemente, las condiciones de la propia consideración crítica quedaran abiertas a la crítica. Pues bien, Bartley no problematiza los standards en los que es organizada la experiencia en situaciones de testificación, ni plantea con suficiente radicalidad la cuestión del ámbito de va- lidez de la justificación racional. Por estipulación evade de la crí- tica todos los patrones de medida que, para criticar, hemos de dar por supuestos. Introduce un llamado criterio de revisión: «...name- ly, whatewer is presupposed by the argument revisibility situation is not itsetf revisable within that situationy> i*. No podemos aceptar este criterio. Es introducido con el fin de asegurar la forma de la argumentación; en realidad vendría, sin embargo, a paralizarla pre- cisamente en la dimensión en la que ésta desarrolla su peculiar ren- dimiento: en la revisión ulterior de moldes y patrones de medida aplicados precedentemente. La justificación crítica viene a consis- tir, precisamente, en la formación de un nexo no-deductivo entre standards elegidos y constataciones empíricas y, en consecuencia, también en la debilitación o el apoyo de tomas de posición me- diante argumentos —argumentos que, a su vez, son hallados en la perspectiva de aquéllas—. La argumentación adopta, tan pronto

15. The Retreat to Commitment, N. Y. 1962, especialmente caps. I I I y IV; del mismo: Rationality versus the Theory of Rationality, en M. Bunga, ed., The Critical Approach to Science and Philosophy, London 1964, págs. 3 y ss.

16. Ibid., pág. 173.

Contra un racionalismo menguado... 239

como va más allá de ia consideración y examen de sistemas de- ductivos, un curso reflexivo; utiliza standards sobre los que no pue- de reflexionar sino al hilo de su propia aplicación. La argumenta- ción se distingue de la mera deducción por someter también a dis- cusión, en todo momento, los principios mismos por los que se guía. De ahí que la crítica no pueda ser sometida y circunscrita desde un principio a las condiciones impuestas por el marco de una crítica prevista. Lo que ha de valer como crítica, lo que como tal ha de tener vigencia operativa, es algo que sólo cabe hallar a la luz de criterios que únicamente en el curso de la crítica misma pueden ser encontrados, clarificados y, muy posiblemente, revisa- dos de nuevo. Se trata de la dimensión de racionalidad global que, no susceptible de fundamentación liltima, se desarrolla en un círcu- lo de autojustificación reflexiva.

El racionalismo sin reservas de Bartley hace demasiadas reser- vas. Con la crítica como horizonte único y extremo en cuyos con- fines viene determinada la validez de las teorías sobre lo real, no resulta defendible. Para ayudarnos podemos concebir la crítica —crítica que no puede ser definida, dado que los criterios y patro- nes de medida de la racionalidad sólo en ella misma resultan expli- citables— al modo de un proceso que, en forma de una discusión totalmente libre, apunta a la liquidación y superación de disensio- nes. Esta discusión viene presidida por la idea de un consensus li- bre y general de cuantos en ella participan. La «coincidencia» no debe reducir la idea de la verdad, en este contexto, a comporta- miento observable. Antes bien son los criterios de acuerdo con los que en cada ocasión puede ser alcanzada la coincidencia dependien- tes ellos mismos de ese proceso que concebimos como proceso ha- cia la obtención del consensus. De ahí que la idea de coincidencia no excluya la diferenciación entre consensus verdadero y falso; pero esta verdad no resulta definible más allá de toda revisión ". Albert me echa en cara dar por supuesta en el contexto metodológico, a la manera de un factum, la llamada discusión racional. La presu- pongo, en efecto, como factum dado que en todo momento nos en- contramos ya en el seno de una comunicación cuya meta es la com- prensión. Pero este hecho empírico entraña, al mismo tiempo, la propiedad de una condición trascendental: únicamente en la discu- sión cabe llegar a un acuerdo sobre los standards con ayuda de los que nos resulta posible distinguir entre hechos y meras visiones. La discutida combinación entre enunciados formales y empíricos se propone hacer justicia a una interrelación, a un nexo en el que

17. Cfr. D. Pole, Conditions of Rational Inquiry, London 1961, pág. 92.

240 Jilrgen Habermas

ya no resulta posible separar significativamente los problemas me- todológicos de los problemas referentes a la comunicación.

4. La separación de hechos y standards

El cuarto malentendido del que Albert me culpa versa en tomo al dualismo de hechos y decisiones, dualismo explicable a la luz de la diferencia existente entre leyes de la naturaleza y normas cultu- rales. Los supuestos acerca de las regularidades empíricas pueden fracasar definitivamente en los hechos, en tanto que la elección de standards puede ser críticamente reforzada, en cualquier caso, me- diante argumentos adecuados. De ahí la conveniencia, se arguye, de separar nítidamente el ámbito de las informaciones científica- mente fidedignas del del saber práctico, saber del que únicamente podemos cerciorarnos y asegurarnos mediante ima forma herme- néutica de argumentación. Me importa problematizar tan confiada separación, tradicionalmeníe expresada como diferencia entre cien- cia y ética. Porque si el conocimiento teorético ratificado en los hechos se constituye, por un lado, en el seno de un marco norma- tivo, susceptible únicamente de justificación crítica —̂ y no empírico- deductiva—, la justificación crítica de los standards implica, por otro, consideraciones empíricas, es decir, el recurso a los llamados hechos. Esa crítica capaz de elaborar un nexo racional entre tomas de posición y argumentos es, en realidad, la dimensión globaliza- dora de la propia ciencia. Tampoco el saber teorético puede ser más cierto acerca de nada que el crítico. De nuevo parece plantear- se, pues, el «malentendido» como consecuencia de la no compren- sión, por parte de Albert, de mi intención. Yo no niego toda dife- renciación entre hechos y standards; me limito a preguntar si la distinción positivista que subyace al dualismo de hechos y decisio- nes y, correspondientemente, al dualismo de juicios y propuestas, en suma, al dualismo de conocimiento descriptivo y normativo, es aceptable.

En el anexo a una nueva edición de «La Sociedad Abierta» '̂ de- sarrolla Popper la relación asimétrica entre standards y hechos: «...through the decisión to accept a proposaí we créate the corres- ponding standard (at least tentatively); yet through the decisión to accept a proposition we do not créate the corresponding fact» ". Voy a intentar aprehender más exactamente esta relación. Podemos

18. 4." ed., London 1962, tomo II, pág. 369 y ss,: Facts, Standards and Truth. 19. Op. cit., pág. 384.

Contra un racionalismo menguado... 241

discutir juicios y propuestas. La discusión, no obstante, genera tan escasamente los standards como los hechos mismos. En el primer caso allega más bien argumentos con vistas a justificar o discutir el acto mismo de la asunción de standards. Dichos argumentos pue- den incluir consideraciones empíricas que, sin embargo, no vienen sujetas a discusión. En el segundo caso ocurre lo contrario. Lo que aquí es objeto de discusión no es la elección de standards, sino su aplicación, simplemente, a un hecho o estado de cosas. La discu- sión allega argumentos con vistas a justificar o discutir el acto de la aceptación de un enunciado básico relativo a una determinada hipótesis. Estos argumentos incluyen consideraciones metodológi- cas. Sus principios no vienen expuestos, en este caso, a discusión. La crítica de un supuesto científico-empírico no discurre simétri- camente a la investigación crítica de la elección de un standard; pero no porque la estructura lógica de la dilucidación difiera, en ambos casos; no: es la misma.

Popper corta esta reflexión invocando la teoría de la verdad como correspondencia. El dualismo de hechos y standards se retro- trae, en último extremo, al supuesto de que independientemente de nuestras discusiones hay algo así como hechos y relaciones entre hechos a los que pueden corresponder enunciados. Popper niega que los hechos únicamente se constituyan en interrelación con los standards de observación sistemática o de experiencia controlada. Cuando tendemos a enunciados verdaderos no podemos menos de hacerlo sabiendo ya que su verdad se mide en términos de corres- pondencia entre enunciados y hechos. A la objeción —planteable de modo inmediato— de que precisamente con este concepto de verdad vienen a ser introducidos el criterio o el standard o la de- finición que en cuanto a tales deben quedar, ellos mismos, abier- tos a la investigación crítica, responde, anticipadamente, como si- gue: «It is decisive to realize that knowing what truth means, or under what conditions a statement is catled true, is not the same as, and must be clearly distinguished from, possessing a means of decidinga criterion for deciding whether a given statement is true or false» ^. Hemos de renunciar a un criterio, a un determi- nado standard de verdad, no podemos definir la verdad, pero ocu- rre que en cada caso particular «comprendemos» aquello que bus- camos cuando examinamos la verdad o falsedad de un enunciado: «/ believe that is the demand fór a criterion of truth which has made so many people feel that the question What is truth ir unans- werable. But the absence of a criterion of thruth does not render

20. Open Society II, pág. 371.

16. — POSITIVISMO

242 Jürgen Habermas

the notion of truth nonsignificant any more than the absence of a criterion of health renders the notion of health non^significant. A sick man may seek health even though he has no criterion for it» '̂.

Popper hace uso, en este lugar, de la consideración hermenéu- tica de que comprendemos los enunciados a partir del contexto, incluso antes de poder definir las expresiones individuales y alle- gar un patrón general de medida. Por supuesto que quien no esté familiarizado con la hermenéutica no por ello habrá de sacar la consecuencia de que buscamos el sentido de dichas expresiones y enunciados sin patrón alguno de medida. Antes bien puede decirse que la intelección previa que con anterioridad a cualquier defini- ción viene a guiar la interpretación, incluida la propia interpreta- ción popperiana de verdad, incluye siempre, de modo tácito, unos determinados standards. La justificación de estos stanáards prece- dentes no queda, por supuesto, excluida; ocurre, más bien, que la renuncia, precisamente, a la definición, permite, en el curso pro- gresivo de la explicación de tales o cuales textos, una continuada autocorrección de una intelección inicialmente difusa. Con el foco de una comprensión creciente del texto viene la intelección a ilu- minar a posteriori los patrones de medida, moldes y criterios que sirvieron para penetrar inicialmente en aquél. Con la adaptación de los standards inicialmente aplicados, el propio proceso herme- néutico de la interpretación procura su justificación. Los standards y las descripciones que éstos permiten al ser aplicados al texto guardan, por otra parte, una relación dialéctica. Igual ocurre con el patrón de medida de una verdad concebida como corresponden- cia. Sólo la definición de los patrones de medida y la estipulación y fijación de criterios desgajan los standards de las descripciones que éstos posibilitan; sólo aquéllas crean una trama deductiva que excluye la ulterior corrección de los patrones de medida por la cosa misma. Sólo en ese momento se escinde la dilucidación crítica de los stanáards del uso de los mismos. Pero de los standards se hace implícitamente uso incluso antes de que se diferencie a nivel metateórico una justificación crítica del nivel objetual de los stan- dards aplicados.

He ahí por qué no puede eludir Popper la interrelación dialéc- tica existente entre enunciados descriptivos, postulatonos y críticos por mucho que invoque el concepto de verdad como correspon- dencia: ni siquiera un concepto de verdad como éste, que permite introducir una diferenciación estricta entre standards y hechos, viene a ser otra cosa —^por mucho que únicamente nos orientemos

21. Op. cit., pág. 373.

Contra un racionalismo menguado... 243

de acuerdo con él de modo meramente tácito— que un standard no menos necesitado, a su vez, de justificación crítica. Toda diluci- dación crítica conlleva, tanto si se trata de la aceptación de pro- puestas (propasáis) como de la de juicios (propositions), un triple uso del lenguaje: el descriptivo, para la descripción de hechos y estados de cosas; el postulatorio, para la fijación y estipulación de reglas metodológicas; y el crítico, para justificar tales decisiones. Estas formas de hablar se presuponen lógicamente unas a otras. No por ello viene, de todos modos, limitado el uso descriptivo a una determinada clase de «hechos». El uso postulatorio se extiende a la determinación de normas, standards, criterios y definiciones de todo tipo, tanto si se trata de reglas prácticas como de reglas lógicas o metodológicas. El uso crítico pone en juego argumentos para sopesar, valorar, enjuiciar y justificar la elección de standards; allega a la discusión, en suma, tomas de posición y talantes de orden lingüístico-trascendente. Ningún enunciado sobre lo real es susceptible de contrastación crítica sin la explicación de una trama o interrelación entre argumentos y tomas de posición. Las descrip- ciones no son independientes de los standards de que en ellas se hace uso; los standards, a su vez, descansan sobre tomas de posi- ción que si, por un lado, precisan de argumentos ratificadores, por otro no pueden ser deducidas a partir de constataciones. Si las tomas de posición son transformadas bajo el influjo de argumen- tos, ocurre en tal caso que una motivación de este tipo une, de manera evidente, un imperativo lógicamente incompleto a otro de carácter empírico. El único imperativo de este tipo parte de la fuerza de la reflexión, que rompe la violencia de lo no vislumbrado ni conocido mediante su elevación a consciencia. El conocimiento emancipatorio traduce el imperativo lógico a imperativo empírico. Ello es, precisamente, lo que hace posible la crítica; supera el dua- lismo de hechos y standards, dando así, y sólo así, lugar al continuo de una dilucidación y clarificación racional que, de otro modo, se fragmentaría, sin mediación alguna, en decisiones y deducciones.

Desde el momento en que comenzamos a discutir un problema con la intención de llegar, racionalmente y sin coacciones, a un con- sensus, nos movemos ya en esa dimensión de racionalidad global que a la manera de momentos suyos viene a acoger lenguaje y acción, enunciados y tomas de posición. La crítica es siempre paso de un momento a otro. Es, si se me permite expresarlo así, un hecho empírico al que le corresponde una función trascendental, de la que nos hacemos conscientes en el curso de realización y cul- minación de la propia crítica. Como es obvio, también puede ser, sin duda, reprimida y dislocada tan pronto como con la definición

244 Jürgen Habermas

de los standards inicialmente aplicados de manera meramente tá- cita se desgaje de la reflexión viva un dominio lingüxstico-inmanente de relaciones lógicas. Esta represión se refleja en la crítica de Pop- per a Hegel: «To trascend the dualism of facts and standards in the decisive aim of Hegels phüosophy of identitythe identity of the ideal and the real, of the right and the might. All standards are historical: they are historical facts, stages in the development of reason, which is the same as the development of the ideal and the real. There is nothing but facts; and some of the social or historical facts are, at the same time, standards» ^. Nada quedaba más lejos de Hegel que este positivismo metafísico, al que Popper opone el punto de vista del positivismo lógico, de acuerdo con el que enun- ciados y hechos o estados de cosas pertenecen a esferas distintas. En absoluto puede decirse que Hegel nivelara como pertenecientes al dominio de los hechos históricos tanto lo lógico como lo empí- rico, los criterios de validez y las- interrelaciones fácticas, lo nor- mativo y lo descriptivo; lo que no quiere decir, desde luego, que ignorara la experiencia de la consciencia crítica de que la reflexión viene a unir momentos en sí perfectamente separados. La crítica va del argumento a la toma de posición y de la toma de posición al argumento, y hace suya en este movimiento esa racionalidad global que en la hermenéutica natural del lenguaje cotidiano actúa como en su propio hogar, por así decirlo, y que en las ciencias ha de ser reconstruida y puesta nuevamente en marcha, por el con- trario, con ayuda de la dilucidación crítica, entre los escindidos momentos del lenguaje formalizado y de la experiencia objetivada. Nos encontramos así con que únicamente gracias a que esta crítica refiere de manera no deductiva los standards elegidos a los hechos empíricos, pudiendo medir con ello un argumento a la luz de otro, vale esa frase que en virtud de los propios' presupuestos de Popper no podría resultar sino decididamente insostenible: <•<•...that we can learn; by our mistakes and by criticism; and that we can learn in the realm of standards just as well as in the realm of facts»^.

5. Dos estrategias y una discusión

Albert entra en una serie de problemas, polemiza y los aban- dona nuevamente; no veo principio alguno en este orden de suce- sión. He intentado clarificar cuatro malentendidos fundamentales

22. Opew Society II, pág. 395. 23. id., pág. 386.

Contra un racionalismo menguado... 245

con vistas, sobre todo, a construir una base de inteligibilidad so- bre la que sin grave confusión lingüística resulte de un modo u otro posible la discusión de otros problemas, como, por ejemplo, los planteados por la función de la reflexión histórica, el postulado de la neutralidad valorativa o el status de la crítica de las ideolo- gías. Pienso que ahora apenas cabría malentender mi intención. Pretendo justificar y defender, contra el positivismo, el punto de vista de que el proceso de la investigación organizado por los suje- tos pertenece, en virtud y a través del acto cognoscitivo, a la trama objetiva cuyo conocimiento se busca.

La dimensión en la que se configura esta interrelación entre el proceso de investigación y el proceso social de la vida no pertenece al dominio de los hechos, ni tampoco al de la teoría; queda a este lado de un dualismo que sólo para las teorías científico-empíricas tiene sentido. En el contexto general de la comunicación de la crí- tica científica combina, más bien, ambos momentos. En un lengua- je pasado de moda lo expresaría así: las condiciones trascendenta- les del conocimiento posible se constituyen aquí bajo condiciones empíricas. En virtud de lo cual, ni la sociología del conocimiento ni la metodología pura resultan pertinentes en este estadio de la reflexión. Antes bien cabría decir tal de su combinación, rotulada, originariamente, como crítica de la ideología. Acudo a esta expre- sión no sin cierto disgusto, dado que no deseo extender la discu- sión actual a cualesquiera campos de interés. Me ocupo de los inte- reses rectores del conocimiento, intereses que subyacen, en cada caso, a un sistema entero de investigaciones. Contra la autointelec- ción positivista me importa, pues, subrayar la interrelación existen- te entre las ciencias empírico-analíticas y un interés cognoscitivo de índole técnica. Lo cual nada tiene, en realidad, que ver con esa «denuncia» que Albert me imputa. Se le ha escapado a Albert por completo que nada queda tan lejos de mis propósitos como efec- tuar una crítica de la investigación empírico-analítica en cuanto a tal; en modo alguno me propongo, como parece dar por hecho, oponer los métodos de la comprensión a los de la explicación. Con- sidero, por el contrario, errados los intentos característicos de la vieja disputa metodológica, intentos encaminados a levantar, desde un principio, murallas destinadas a mantener unos dominios intan- gibles al margen de cualquier posible incidencia de tal o cual tipo de investigación. Quienes buscaran este tipo de inmunización no podrían ser sino malos dialécticos.

La reflexión sobre los intereses rectores del conocimiento no queda, por supuesto, sin consecuencias. Nos hace conscientes del ámbito y naturalzea de unas tomas de posición de las que dependen

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