Interpreter of Maladies Spanish, Otro de Idioma Español. Universidad de Bologna - Representación en Buenos Aires
marta-solana-moreno
marta-solana-moreno14 de junio de 2017

Interpreter of Maladies Spanish, Otro de Idioma Español. Universidad de Bologna - Representación en Buenos Aires

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The whole book "Interpreter of Maladies" of Jhumpa Lahiri in Spanish. It is call "interprete de emociones".
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Intérprete de emociones

Entre la India y Nueva Inglaterra, las historias en este extraordinario debut nos hacen cómplices de los viajes emocionales de los personajes, que buscan el amor traspasando las fronteras de las naciones y de las generaciones. Enriquecidas con detalles sensuales de la cultura india, estas historias abarcan el sentimiento universal de sentirse extranjero en alguna parte.

Premios Pulitzer 2000

Jhumpa Lahiri

Intérprete de emociones

ePub r1.0 Mezki 10.09.13

Título original: Interpreter of Maladies Jhumpa Lahiri, 1999 Traducción: Antonio Padilla

Editor digital: Mezki ePub base r1.0

Una medida temporal El aviso les informó de que la

medida era temporal: durante cinco días les cortarían la electricidad por espacio de una hora, a partir de las ocho de la noche. La última tormenta de nieve había producido una avería en el suministro y los empleados de la compañía iban a acometer la reparación a primera hora de la noche, cuando el clima era algo más clemente. Su labor sólo afectaría a las casas de la tranquila calle puntuada de árboles, a tiro de piedra de una hilera de almacenes construidos en ladrillo rojo y una parada

de tranvía, donde Shoba y Shukumar vivían desde hacía tres años.

—Por lo menos han avisado — concedió Shoba después de leer la nota en voz alta, más para sí misma que para Shukumar. Shoba dejó que la correa de su cartera escolar de cuero, henchida de originales, se deslizara de sus hombros; dejándola en el recibidor, se encaminó a la cocina. Vestía un impermeable azul marino de popelín sobre los grises pantalones de chándal y las blancas zapatillas deportivas; con treinta y tres años, su aspecto era el del tipo de mujer que una vez se prometiera que jamás llegaría a ser.

Shoba volvía del gimnasio. El lápiz de labios color arándano sólo era visible en el reborde externo de su boca, mientras que el delineador de ojos había dejado parches de carbonilla bajo sus pestañas inferiores. Ella a veces tenía esa pinta, pensó Shukumar, la mañana posterior a una fiesta o una velada en el bar, después de haberse mostrado demasiado perezosa para lavarse la cara, demasiado ansiosa de derrumbarse entre sus brazos. Sin mirar, Shoba dejó el fajo del correo sobre la mesa. Sus ojos seguían fijos en la nota que tenía en la otra mano.

—No entiendo por qué no hacen

esas reparaciones durante el día. —Cuando soy yo quien está en casa,

quieres decir —observó Shukumar, ajustando la tapa sobre el cazo donde estofaba cordero, de modo que sólo escapara una mínima cantidad de vapor. Llevaba trabajando en casa desde enero, intentando completar los últimos capítulos de su tesis doctoral sobre las revueltas campesinas de la India—. ¿Cuándo empiezan con la reparación?

—19 de marzo, dice aquí. ¿Hoy es 19? —Shoba se acercó al tablero de corcho con marco que colgaba de la pared, junto a la nevera, vacío a excepción de un calendario decorado

con diseños de papel pintado firmados por William Morris. Shoba contempló el calendario como si fuera la primera vez que lo viera, estudiando con atención el diseño de papel pintado que había en la parte superior antes de dejar que sus ojos se posaran en la retícula numerada de abajo. Un amigo les había enviado el calendario por correo como regalo navideño, y eso que ni Shoba ni Shukumar habían celebrado la Navidad ese año.

—Hoy mismo —anunció Shoba—. Por cierto, tienes visita al dentista el viernes que viene.

Shukumar repasó la superficie de sus

dientes con la lengua; esa mañana se había olvidado de cepillarlos. No era la primera vez. No había salido de casa un minuto en todo el día, lo mismo que el día anterior. Cuanto más tiempo pasaba Shoba fuera del hogar, haciendo horas extraordinarias en el trabajo o emprendiendo nuevos proyectos, más ganas tenía él de quedarse en casa, sin salir siquiera para recoger el correo o comprar fruta o vino en las tiendas próximas a la parada del tranvía.

Seis meses atrás, en septiembre, Shukumar se encontraba en un congreso académico en Baltimore mientras Shoba seguía trabajando, a sólo tres semanas

de la fecha prevista. Aunque él hubiera preferido no asistir al congreso, ella había insistido en que lo hiciera: relacionarse era importante, y al año siguiente le tocaría ingresar en el mercado de trabajo. Tras recordarle que había apuntado el teléfono de su hotel, su programa de actividades y sus horarios de vuelo, le dijo que ya había hablado con una amiga, Gillian, por si era preciso que ésta la condujese al hospital en caso de emergencia. Cuando el taxi se puso en camino al aeropuerto esa mañana, Shoba le despidió envuelta en su bata, con una mano posada en el túmulo de su vientre, como si éste fuera

parte perfectamente natural de su organismo.

Cada vez que recordaba ese momento, la última vez que vio a Shoba embarazada, sus pensamientos se concentraban en el taxi, una ranchera pintada de rojo con el rótulo en letras azules. En comparación con su propio vehículo, el auto era de dimensiones cavernosas. Aunque Shukumar medía más de metro ochenta y tenía unas manos demasiado grandes incluso para descansar con comodidad en los bolsillos de sus vaqueros, en ese momento se sintió empequeñecido en el asiento trasero. Mientras el coche

atravesaba Beacon Street, imaginó que un día él y Shoba tendrían que comprar su propia ranchera, para transportar a sus niños de un lado a otro, de las clases de música a las citas con el dentista. Shukumar se imaginó aferrando el volante mientras Shoba se volvía para entregar cartoncillos de zumo de frutas a los pequeños. Una vez estas imágenes de la paternidad le habían producido una inquietud que se sumaba a la ansiedad de seguir siendo un estudiante a los treinta y cinco años de edad. Pero esa mañana de comienzos de otoño, cuando en los árboles todavía se arracimaban las hojas del color del bronce, Shukumar

por primera vez recibió la imagen con satisfacción.

Un miembro de la organización se las arregló para dar con él entre las idénticas salas de conferencia y le pasó una pequeña nota rígida y cuadrada. En ella sólo constaba un número de teléfono, pero Shukumar supo que se trataba del hospital. Cuando estuvo de vuelta en Boston, todo había terminado. El niño había nacido muerto. Shoba yacía en la cama, dormida, en una habitación individual tan angosta que apenas había espacio para estar de pie a su lado, en un ala del hospital que no les había sido mostrada durante su anterior

visita como futuros padres. La placenta había cedido y habían tenido que hacerle una cesárea; sin embargo, ya era demasiado tarde. El doctor le explicó que eran cosas que pasaban. La sonrisa del médico era todo lo amable que puede ser una sonrisa dedicada a quien sólo se conoce a nivel profesional. Shoba estaría perfectamente recuperada en unas pocas semanas. Nada indicaba que no pudiera tener más hijos en el futuro.

Estos días Shoba siempre se había marchado ya cuando él se despertaba por la mañana. Shukumar abría los ojos, se encontraba con sus largos cabellos

negros depositados sobre la almohada y la imaginaba, ya vestida, bebiendo la que sería ya su tercera taza de café, en su oficina en el centro, allí donde trabajaba buscando errores tipográficos en libros de texto, errores que señalaba con un código que cierta vez le detalló, valiéndose de una panoplia de lápices de colores. Según le había prometido, ella misma le corregiría la tesis cuando ésta estuviera lista. Shukumar envidiaba lo específico de su trabajo, tan distinto a la naturaleza elusiva del que él realizaba. Shukumar era un estudiante mediocre, dotado de facilidad para absorber los detalles sin aportar

curiosidad. Hasta septiembre se había mostrado cumplidor, ya que no aplicado, en el resumen de capítulos y el bosquejo de líneas de argumentación en unos cuadernos de rayado papel amarillento. Pero ahora se quedaba en la cama de matrimonio hasta que el aburrimiento le vencía, contemplando el armario que Shoba siempre dejaba entreabierto, la hilera de americanas de tweed y pantalones de pana que ya no tendría que molestarse en combinar para dar clase ese semestre. Cuando el niño nació muerto, ya era demasiado tarde para que le liberasen de dar clase. Sin embargo, su tutor en el departamento había

arreglado las cosas para que le liberaran de dar clase durante el semestre de primavera. Shukumar estaba en su sexto curso de posgrado.

—Entre ese semestre y el verano tendrás tiempo para echar el resto — había observado el tutor—. En septiembre deberías tenerlo todo a punto.

Pero Shukumar distaba de estar echando el resto. En este momento le daba vueltas al modo en que él y Shoba se habían convertido en expertos en evitarse entre las paredes de aquella casa de tres dormitorios, donde pasaban el mayor tiempo posible viviendo en

pisos separados. Shukumar pensó que los fines de semana habían dejado de tener aliciente para él, ahora que ella pasaba horas sentada en el sofá absorta en sus carpetas y sus lápices de colores, de modo que él sentía aprensión a poner un disco en su propio hogar por miedo a parecer descortés. También pensó en el mucho tiempo transcurrido sin que ella le mirase a los ojos y le dedicara una sonrisa, o musitara su nombre en las raras ocasiones en que todavía buscaban el cuerpo del otro antes de caer dormidos.

Al principio creyó que todo pasaría, que de un modo u otro él y Shoba se las

arreglarían para salir adelante. Shoba no tenía más que treinta y tres años. Era una mujer fuerte y se había recuperado bien, cosa que no servía de consuelo. Con frecuencia se acercaba la hora del almuerzo cuando Shukumar por fin se decidía a salir de la cama y acercarse a la cafetera, en el piso de abajo, para servirse el resto de café que Shoba siempre dejaba para él en la encimera, al lado de una taza vacía.

* * *

Shukumar recogió las pieles de cebolla con ambas manos y las dejó caer

en el cubo de la basura, sobre los recortes de grasa de cordero. Abrió el grifo del agua del fregadero, para que el cuchillo y la tabla de cortar se empaparan, y se frotó los dedos con medio limón a fin de eliminar el olor a ajo, truco que había aprendido de Shoba. Eran las siete y media. A través de la ventana contempló el cielo, negro y apagado como la brea. Desiguales bancadas de nieve continuaban alineándose en las aceras, si bien el tiempo más cálido permitía que la gente caminara sin guantes ni gorros. La última tormenta había dejado casi un metro de nieve, así que durante una

semana la gente había tenido que andar en fila india por unas estrechas trincheras. Durante una semana, ésa había sido la excusa empleada por Shukumar para no salir de casa. Pero ahora las trincheras eran cada vez más anchas y el agua se escurría de forma sostenida por las rejillas del pavimento.

—El cordero no estará listo antes de las ocho —dijo Shukumar—. Me temo que cenaremos a oscuras.

—Podemos encender velas — sugirió ella. Shoba se soltó el cabello, que durante el día llevaba pulcramente recogido sobre la nuca, y se quitó las zapatillas sin desanudar los cordones—.

Voy a ducharme antes de que se vaya la luz —añadió, dirigiéndose a la escalera —. Ahora vuelvo.

Shukumar recogió el bolso y las zapatillas, que dejó al lado de la nevera. Shoba antes no era así. Antes ponía el impermeable en una percha, las zapatillas en el armario y pagaba las facturas nada más llegar éstas. Pero ahora pensaba en su casa como quien piensa en un hotel. El hecho de que el amarillo sillón de chintz que tenían en la sala de estar desentonara con los tonos azules y rojizos de la alfombra turca había dejado de preocuparle por completo. En el porche cubierto que

había en la parte trasera de la casa, una gran bolsa de un blanco reluciente seguía abandonada sobre la chaise- longue de mimbre, llena de tela de encaje que una vez comprara a fin de confeccionar cortinas.

Mientras Shoba se duchaba, Shukumar bajó al baño del piso inferior y halló un cepillo de dientes sin usar en una caja junto al lavabo. Las cerdas baratas y rígidas hirieron sus encías, obligándole a escupir sangre en la pila. El cepillo nuevo era uno de tantos que había almacenados en una cesta metálica. Shoba los había adquirido cierta vez que los halló de oferta, por si

alguna visita se quedaba a pasar la noche de modo inesperado.

Era típico de ella. Shoba pertenecía a ese tipo de personas que se preparan para las sorpresas, buenas y malas. Si encontraba una falda o un bolso de su agrado, compraba dos unidades. También guardaba las bonificaciones de su trabajo en una cuenta bancaria independiente, bajo su propio nombre. Shukumar no le había dado mayor importancia. Su propia madre se había visto sin un céntimo después de la muerte de su padre, teniendo que abandonar la casa en que Shukumar había crecido para trasladarse otra vez a

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