Josè Espronceda libro , Otro de Literatura Española. Università Cattolica del Sacro Cuore - Milano
artik7
artik74 de mayo de 2017

Josè Espronceda libro , Otro de Literatura Española. Università Cattolica del Sacro Cuore - Milano

PDF (416 KB)
75 pages
43Número de visitas
Descripción
Testo scritto in lingua originale spagnola
20Puntos
Puntos download necesarios para descargar
este documento
descarga el documento
Pre-visualización3 pages / 75
Esta solo es una pre-visualización
3 shown on 75 pages
descarga el documento
Esta solo es una pre-visualización
3 shown on 75 pages
descarga el documento
Esta solo es una pre-visualización
3 shown on 75 pages
descarga el documento
Esta solo es una pre-visualización
3 shown on 75 pages
descarga el documento
El estudiante de Salamanca

José de Espronceda

El estudiante de Salamanca

Colección Averroes

1

Colecc ión Averroes

Conse jer ía de Educac ión y Cienc ia

Junta de Anda luc ía

2

ÍNDICE

Parte primera ......................................................................... 5

Parte segunda .......................................................................12

Parte tercera .........................................................................23

ESCENA I ........................................................................24

ESCENA II.......................................................................25

ESCENA III .....................................................................30

ESCENA IV .....................................................................35

Parte cuarta...........................................................................36

3

4

El estudiante de Salamanca

5

Parte primera

Sus fueros, sus bríos, sus premáticas, su voluntad.

Quijote.- Parte primera.

Era más de media noche, antiguas historias cuentan, cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra, los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan. Era la hora en que acaso temerosas voces suenan informes, en que se escuchan tácitas pisadas huecas, y pavorosas fantasmas entre las densas tinieblas vagan, y aúllan los perros amedrentados al verlas: En que tal vez la campana de alguna arruinada iglesia da misteriosos sonidos de maldición y anatema, que los sábados convoca a las brujas a su fiesta. El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella,

5

José de Espronceda

6

silbaba lúgubre el viento, y allá en el aire, cual negras fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias, y del gótico castillo las altísimas almenas, donde canta o reza acaso temeroso el centinela. Todo en fin a media noche reposaba, y tumba era de sus dormidos vivientes la antigua ciudad que riega el Tormes, fecundo río, nombrado de los poetas, la famosa Salamanca, insigne en armas y letras, patria de ilustres varones, noble archivo de las ciencias. Súbito rumor de espadas cruje y un ¡ay! se escuchó; un ay moribundo, un ay que penetra el corazón, que hasta los tuétanos hiela y da al que lo oyó temblor. Un ¡ay! de alguno que al mundo pronuncia el último adiós.

El ruido cesó, un hombre pasó

6

El estudiante de Salamanca

7

embozado, y el sombrero recatado a los ojos se caló. Se desliza y atraviesa junto al muro de una iglesia y en la sombra se perdió.

Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz la vistiera, siempre oscura y de noche sin más luz que la lámpara que alumbra una imagen de Jesús, atraviesa el embozado la espada en la mano aún, que lanzó vivo reflejo al pasar frente a la cruz.

Cual suele la luna tras lóbrega nube con franjas de plata bordarla en redor, y luego si el viento la agita, la sube disuelta a los aires en blanco vapor:

7

José de Espronceda

8

Así vaga sombra de luz y de nieblas, mística y aérea dudosa visión, ya brilla, o la esconden las densas tinieblas cual dulce esperanza, cual vana ilusión.

La calle sombría, la noche ya entrada, la lámpara triste ya pronta a expirar, que a veces alumbra la imagen sagrada y a veces se esconde la sombra a aumentar.

El vago fantasma que acaso aparece, y acaso se acerca con rápido pie, y acaso en las sombras tal vez desparece, cual ánima en pena del hombre que fue,

al más temerario corazón de acero recelo inspirara, pusiera pavor; al más maldiciente feroz bandolero el rezo a los labios trajera el temor.

Mas no al embozado, que aún sangre su espada destila, el fantasma terror infundió, y, el arma en la mano con fuerza empuñada, osado a su encuentro despacio avanzó.

Segundo don Juan Tenorio, alma fiera e insolente, irreligioso y valiente, altanero y reñidor:

8

El estudiante de Salamanca

9

Siempre el insulto en los ojos, en los labios la ironía, nada teme y toda fía de su espada y su valor.

Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y, hoy despreciándola, deja la que ayer se le rindió. Ni el porvenir temió nunca, ni recuerda en lo pasado la mujer que ha abandonado, ni el dinero que perdió.

Ni vio el fantasma entre sueños del que mató en desafío, ni turbó jamás su brío recelosa previsión. Siempre en lances y en amores, siempre en báquicas orgías, mezcla en palabras impías un chiste y una maldición.

En Salamanca famoso por su vida y buen talante, al atrevido estudiante le señalan entre mil; fuero le da su osadía, le disculpa su riqueza,

9

José de Espronceda

10

su generosa nobleza, su hermosura varonil.

Que en su arrogancia y sus vicios, caballeresca apostura, agilidad y bravura ninguno alcanza a igualar: Que hasta en sus crímenes mismos, en su impiedad y altiveza, pone un sello de grandeza don Félix de Montemar.

Bella y más segura que el azul del cielo con dulces ojos lánguidos y hermosos, donde acaso el amor brilló entre el velo del pudor que los cubre candorosos; tímida estrella que refleja al suelo rayos de luz brillantes y dudosos, ángel puro de amor que amor inspira, fue la inocente y desdichada Elvira.

Elvira, amor del estudiante un día, tierna y feliz y de su amante ufana, cuando al placer su corazón se abría, como el rayo del sol rosa temprana; del fingido amador que la mentía, la miel falaz que de sus labios mana bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno de que oculto en la miel hierve el veneno.

10

El estudiante de Salamanca

11

Que no descansa de su madre en brazos más descuidado el candoroso infante, que ella en los falsos lisonjeros lazos que teje astuto el seductor amante: Dulces caricias, lánguidos abrazos, placeres ¡ay! que duran un instante, que habrán de ser eternos imagina la triste Elvira en su ilusión divina.

Que el alma virgen que halagó un encanto con nacarado sueño en su pureza, todo lo juzga verdadero y santo, presta a todo virtud, presta belleza. Del cielo azul al tachonado manto, del sol radiante a la inmortal riqueza, al aire, al campo, a las fragantes flores, ella añade esplendor, vida y colores.

Cifró en don Félix la infeliz doncella toda su dicha, de su amor perdida; fueron sus ojos a los ojos de ella astros de gloria, manantial de vida. Cuando sus labios con sus labios sella cuando su voz escucha embebida, embriagada del dios que la enamora, dulce le mira, extática le adora.

11

José de Espronceda

12

Parte segunda

...Except the hollow sea's. Mourns o'er the beauty of the Cyclades.

Byron.- Don Juan, canto 4. LXXII.

Está la noche serena de luceros coronada, terso el azul de los cielos como transparente gasa.

Melancólica la luna va trasmontando la espalda del otero: su alba frente tímida apenas levanta,

y el horizonte ilumina, pura virgen solitaria, y en su blanca luz süave el cielo y la tierra baña.

Deslízase el arroyuelo, fúlgida cinta de plata al resplandor de la luna, entre franjas de esmeraldas.

12

El estudiante de Salamanca

13

Argentadas chispas brillan entre las espesas ramas, y en el seno de las flores tal vez se aduermen las auras.

Tal vez despiertas susurran, y al desplegarse sus alas, mecen el blanco azahar, mueven la aromosa acacia,

y agitan ramas y flores y en perfumes se embalsaman: Tal era pura esta noche, como aquella en que sus alas

los ángeles desplegaron sobre la primera llama que amor encendió en el mundo, del Edén en la morada.

¡Una mujer! ¿Es acaso blanca silfa solitaria, que entre el rayo de la luna tal vez misteriosa vaga?

Blanco es su vestido, ondea suelto el cabello a la espalda. Hoja tras hoja las flores que lleva en su mano, arranca.

13

José de Espronceda

14

Es su paso incierto y tardo, inquietas son sus miradas, mágico ensueño parece que halaga engañoso el alma.

Ora, vedla, mira al cielo, ora suspira, y se para: Una lágrima sus ojos brotan acaso y abrasa

su mejilla; es una ola del mar que en fiera borrasca el viento de las pasiones ha alborotado en su alma.

Tal vez se sienta, tal vez azorada se levanta; el jardín recorre ansiosa, tal vez a escuchar se para.

Es el susurro del viento es el murmullo del agua, no es su voz, no es el sonido melancólico del arpa.

Son ilusiones que fueron: Recuerdos ¡ay! que te engañan, sombras del bien que pasó... Ya te olvidó el que tú amas.

14

El estudiante de Salamanca

15

Esa noche y esa luna las mismas son que miraran indiferentes tu dicha, cual ora ven tu desgracia.

¡Ah! llora sí, ¡pobre Elvira! ¡Triste amante abandonada! Esas hojas de esas flores que distraída tú arrancas,

¿sabes adónde, infeliz, el viento las arrebata? Donde fueron tus amores, tu ilusión y tu esperanza;

deshojadas y marchitas, ¡pobres flores de tu alma!

Blanca nube de la aurora, teñida de ópalo y grana, naciente luz te colora, refulgente precursora de la cándida mañana.

Mas ¡ay! que se disipó tu pureza virginal, tu encanto el aire llevó cual la aventura ideal que el amor te prometió.

15

José de Espronceda

16

Hojas del árbol caídas juguetes del viento son: Las ilusiones perdidas ¡ay! son hojas desprendidas del árbol del corazón.

¡El corazón sin amor! Triste páramo cubierto con la lava del dolor, oscuro inmenso desierto donde no nace una flor!

Distante un bosque sombrío, el sol cayendo en la mar, en la playa un aduar, y a los lejos un navío viento en popa navegar;

óptico vidrio presenta en fantástica ilusión, y al ojo encantado ostenta gratas visiones, que aumenta rica la imaginación.

Tú eres, mujer, un fanal transparente de hermosura: ¡Ay de ti! si por tu mal rompe el hombre en su locura tu misterioso cristal.

16

El estudiante de Salamanca

17

Mas ¡ay! dichosa tú, Elvira, en tu misma desventura, que aun deleites te procura, cuando tu pecho suspira, tu misteriosa locura:

Que es la razón un tormento, y vale más delirar sin juicio, que el sentimiento cuerdamente analizar, fijo en él el pensamiento.

Vedla, allí va que sueña en su locura, presente el bien que para siempre huyó. Dulces palabras con amor murmura: Piensa que escucha al pérfido que amó.

Vedla, postrada su piedad implora cual si presente la mirara allí: Vedla, que sola se contempla y llora, miradla delirante sonreír.

Y su frente en revuelto remolino ha enturbiado su loco pensamiento, como nublo que en negro torbellino encubre el cielo y amontona el viento.

Y vedla cuidadosa escoger flores, y las lleva mezcladas en la falda,

17

José de Espronceda

18

y, corona nupcial de sus amores, se entretiene en tejer una guirnalda.

Y en medio de su dulce desvarío triste recuerdo el alma le importuna y al margen va del argentado río, y allí las flores echa de una en una;

y las sigue su vista en la corriente, una tras otras rápidas pasar, y confusos sus ojos y su mente se siente con sus lágrimas ahogar:

Y de amor canta, y en su tierna queja entona melancólica canción, canción que el alma desgarrada deja, lamento ¡ay! que llaga el corazón.

¿Qué me valen tu calma y tu terneza, tranquila noche, solitaria luna, si no calmáis del hado la crudeza, ni me dais esperanza de fortuna?

¿Qué me valen la gracia y la belleza, y amar como jamás amó ninguna, si la pasión que el alma me devora, la desconoce aquel que me enamora?

18

El estudiante de Salamanca

19

Lágrimas interrumpen su lamento, inclinan sobre el pecho su semblante, y de ella en derredor susurra el viento sus últimas palabras, sollozante.

......................................................

......................................................

......................................................

......................................................

Murió de amor la desdichada Elvira, cándida rosa que agostó el dolor, süave aroma que el viajero aspira y en sus alas el aura arrebató.

Vaso de bendición, ricos colores reflejó en su cristal la luz del día, mas la tierra empañó sus resplandores, y el hombre lo rompió con mano impía.

Una ilusión acarició su mente: Alma celeste para amar nacida, era el amor de su vivir la fuente, estaba junto a su ilusión su vida.

Amada del Señor, flor venturosa, llena de amor murió y de juventud: Despertó alegre una alborada hermosa, y a la tarde durmió en el ataúd.

19

José de Espronceda

20

Mas despertó también de su locura al término postrero de su vida, y al abrirse a sus pies la sepultura, volvió a su mente la razón perdida.

¡La razón fría! ¡La verdad amarga! ¡El bien pasado y el dolor presente!... ¡Ella feliz! ¡que de tan dura carga sintió el peso al morir únicamente!

Y conociendo ya su fin cercano, su mejilla una lágrima abrasó; y así al infiel con temblorosa mano, moribunda su víctima escribió:

«Voy a morir: perdona si mi acento vuela importuno a molestar tu oído: Él es, don Félix, el postrer lamento de la mujer que tanto te ha querido. La mano helada de la muerte siento... Adiós: ni amor ni compasión te pido... Oye y perdona si al dejar el mundo, arranca un ¡ay! su angustia al moribundo.

¡Ah! para siempre adiós. Por ti mi vida dichosa un tiempo resbalar sentí, y la palabra de tu boca oída, éxtasis celestial fue para mí. Mi mente aún goza la ilusión querida que para siempre ¡mísera! perdí...

20

El estudiante de Salamanca

21

¡Ya todo huyó, desapareció contigo! ¡Dulces horas de amor, yo las bendigo!

Yo las bendigo, sí, felices horas, presentes siempre en la memoria mía, imágenes de amor encantadoras, que aún vienen a halagarme en mi agonía. Mas ¡ay! volad, huid, engañadoras sombras, por siempre; mi postrero día ha llegado: perdón, perdón, ¡Dios mío!, si aún gozo en recordar mi desvarío.

Y tú, don Félix, si te causa enojos que te recuerde yo mi desventura; piensa están hartos de llorar mis ojos lágrimas silenciosas de amargura, y hoy, al tragar la tumba mis despojos, concede este consuelo a mi tristura; estos renglones compasivo mira; y olvida luego para siempre a Elvira.

Y jamás turbe mi infeliz memoria con amargos recuerdos tus placeres; goces te dé el vivir, triunfos la gloria, dichas el mundo, amor otras mujeres: Y si tal vez mi lamentable historia a tu memoria con dolor trajeres, llórame, sí; pero palpite exento tu pecho de roedor remordimiento.

21

José de Espronceda

22

Adiós por siempre, adiós: un breve instante siento de vida, y en mi pecho el fuego aún arde de mi amor; mi vista errante vaga desvanecida... ¡calma luego, oh muerte, mi inquietud!... ¡Sola... expirante!... Ámame: no, perdona: ¡inútil ruego! ¡Adiós! ¡adiós! ¡tu corazón perdí! -¡Todo acabó en el mundo para mí!»

Así escribió su triste despedida momentos antes de morir, y al pecho se estrechó de su madre dolorida, que en tanto inunda en lágrimas su lecho.

Y exhaló luego su postrer aliento, y a su madre sus brazos se apretaron con nervioso y convulso movimiento, y sus labios un nombre murmuraron.

Y huyó su alma a la mansión dichosa, do los ángeles moran... Tristes flores brota la tierra en torno de su losa, el céfiro lamenta sus amores.

Sobre ella un sauce su ramaje inclina, sombra le presta en lánguido desmayo, y allá en la tarde, cuando el sol declina, baña su tumba en paz su último rayo...

22

El estudiante de Salamanca

23

Parte tercera

CUADRO DRAMÁTICO

Sarg. ¿Tenéis más que parar? Franco. Paro los ojos.

.................................................. Los ojos si, los ojos: que descreo Del que los hizo para tal empleo.

Moreto. San Franco de Sena.

PERSONAS

D. FÉLIX DE MONTEMAR

D. DIEGO DE PASTRANA

SEIS JUGADORES

En derredor de una mesa hasta seis hombres están, fija la vista en los naipes, mientras juegan al parar;

23

José de Espronceda

24

y en sus semblantes se pintan el despecho y el afán: Por perder desesperados, avarientos por ganar.

Reina profundo silencio, sin que lo rompa jamás otro ruido que el del oro, o una voz para jurar.

Pálida lámpara alumbra con trémula claridad, negras de humo las paredes de aquella estancia infernal.

Y el misterioso bramido se escucha del huracán, que azota los vidrios frágiles con sus alas al pasar.

ESCENA I

JUGADOR PRIMERO El caballo aún no ha salido.

JUGADOR SEGUNDO ¿Qué carta vino?

JUGADOR PRIMERO La sota.

JUGADOR SEGUNDO Pues por poco se alborota.

JUGADOR PRIMERO Un caudal llevo perdido: ¡Voto a Cristo!

24

El estudiante de Salamanca

25

JUGADOR SEGUNDO No juréis, que aún no estáis en la agonía.

JUGADOR PRIMERO No hay suerte como la mía.

JUGADOR SEGUNDO ¿Y como cuánto perdéis?

JUGADOR PRIMERO Mil escudos y el dinero que don Félix me entregó.

JUGADOR SEGUNDO ¿Dónde anda?

JUGADOR PRIMERO ¡Qué sé yo! No tardará.

JUGADOR TERCERO Envido.

JUGADOR PRIMERO Quiero.

ESCENA II

Galán de talle gentil, la mano izquierda apoyada en el pomo de la espada, y el aspecto varonil:

Alta el ala del sombrero porque descubra la frente, con airoso continente entró luego un caballero.

JUGADOR PRIMERO (Al que entra.) Don Félix, a buena hora habéis llegado.

D. FÉLIX ¿Perdisteis?

25

comentarios (0)
No hay comentarios
¡Escribe tu el primero!
Esta solo es una pre-visualización
3 shown on 75 pages
descarga el documento