La sociedad del miedo (Sociología), Ejercicios de Sociología. Universidad Complutense de Madrid (UCM)
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La sociedad del miedo (Sociología), Ejercicios de Sociología. Universidad Complutense de Madrid (UCM)

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Asignatura: Sociología, Profesor: Luis García Tojar, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
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La sociedad del miedo Un importante concepto de experiencia de la sociedad actual es el concepto de miedo. Aquí, ‘miedo’ es un concepto que recoge lo que la gente siente, lo que es importante para ella, lo que ella espera y lo que la lleva a la desesperación. En los conceptos de miedo se ve claramente hacia donde se desarrolla la sociedad, en qué prenden los conflictos, etc. El miedo nos enseña que es lo que nos está sucediendo. Hoy, una sociología que quiera comprender su sociedad tiene que dirigir su mirada a la sociedad del miedo.

1. EL MIEDO COMO PRINCIPIO

En las sociedades modernas, el miedo es un tema que nos incumbe a todos. El miedo no conoce barreras sociales, es innumerable en cuanto a sus motivos y se puede desarrollar en cualquier vector del tiempo. Niklas Luhmann advierte en el miedo lo que quizá sea el único factor a priori de las sociedades modernas sobre el que se pueden poner de acuerdo todos los miembros de una sociedad: el miedo es el principio que tiene una validez absoluta una vez que todos lo demás principios se han vuelto relativos.

Lo más que se puede hacer con los miedos es controlarlos y disiparlos. Pero antes que nada debemos aceptar que los miedos son reales y no discutirlos. La sociedad se comunica empleando conceptos de miedo. Al utilizarlos, la sociedad se toma el pulso a si misma.

Theodor Geiger, en su obra ‘La estratificación social del pueblo alemán’, describió una sociedad dominada por los miedos represivos, las pérdidas de prestigio y las situaciones donde el hombre se pone a la defensiva, donde une a todas las clases sociales de la época.

Quien sea capaz de recoger y reagrupar el miedo a verse arrollado, a quedarse sin nada y a encontrarse marginado, y de dirigirlo a un nuevo objetivo, podrá poner en marcha una movilización de la sociedad en su conjunto.

Como el presidente Franklin D. Roosevelt pronunció, tras los horribles años de la ‘Gran Depresión’: ‘Lo único de lo que tenemos que tener miedo es del propio miedo’.

La primera tarea que se debe lograr es eliminar el miedo de los ciudadanos. El hombre libre no debe sentir miedo del miedo. No solamente se trata de combatir la pobreza, la exclusión y/o desfavorecimiento social, sino de combatir el miedo a verse marginado, privado de derechos y discriminado.

Con todo esto se entra en el juego de un efecto reflejo. Al referirse al miedo como un principio, el Estado de Bienestar queda expuesto al mundo de los sentimientos.

Hoy estamos experimentando un cambio en el modo de integración social, pasando de la promesa de ascenso a la amenaza de exclusión. Lo que mueve a uno a seguir a delante, no es el mensaje positivo, sino el negativo, y este viene acompañado del miedo. Como dice Kierkegaard, el miedo se ha convertido en la realidad de la libertad como posibilidad antes de la posibilidad. El miedo viene de que todas las posibilidades están abiertas, pero nada carece de relevancia.

Uno cree que se está jugando la vida en cada momento. La angustia que provoca el miedo es una angustia a causa del sentido, de la que ningún Estado, ninguna sociedad lo pueden salvar a uno.

La doctrina de la bipartición del espíritu debe quitarle a uno el miedo al miedo. El miedo al miedo aflora si uno se queda con su diferencia poco espectacular (el individuo debe tener diversidad en todo ámbito).

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Es natural sentir miedo uno abandona la patria que representa su modelo de comportamiento para probar suerte en un mundo distinto y extraño. Es una expresión de coraje si uno cree en el enriquecimiento de sus opiniones y en la firmeza de sus valores.

La superación del miedo se produce cuando el individuo por sí solo, o mediante un dios, conjura los sentimientos atemorizantes de extrañamiento, expropiación y desarraigo. Se divisa el triunfo del yo: un proceso que convierte al individuo que proviene de algún lugar y se amolda a todos los sitios, en una persona capaz de actuar autónomamente, socialmente responsable e idéntica consigo misma.

Pero cuando el mundo se topa con barreras, el yo tiene que tratar de amoldarse a los demás y de organizarse con ellos en un mundo encogido y agitado. El yo pasa a ser un yo de los otros. Ya no se dirá de ‘asumir un papel’, sino de ‘hacer un papel’.

Con la distinción entre ser guiado desde dentro y ser guiado desde fuera, Riesman quería hacer clara la extraordinaria flexibilidad para adaptarse a requerimientos por parte del hombre normal actual. El carácter guiado desde fuera se siente dependiente del dictamen, prefiere callar antes que chocar con los demás y enfrentarse a ellos.

Con esto nos encontramos con la ‘relativa deprivacion’, el compararse con los demás. El yo se orienta en función de los demás y se vuelve inseguro cuando cree que no puede mantener el paso.

De este modo, la noción de que es lo que los demás piensan de uno y que es lo que piensan que uno piensa de ellos pasa a ser una fuente del miedo social. Lo que destroza a la persona es la sensación de desventaja en comparación con los otros que resultan significativos.

2. LA NOSTALGIA DE UNA RELACION IRRESCINDIBLE

Ni siquiera el amor parece poder expulsar el miedo. Sin embargo el amor promete que uno ya no tiene por qué tener miedo del otro, porque la pareja amada recoge y sostiene el ‘si mismo’ vulnerable.

Existe un vínculo que discurre a través de una espiral de reciprocas asunciones de perspectivas, la cual constituye el puente entre el yo y su tú. Entre el yo y el tú persiste una barrera absoluta e insuperable. La compenetración se basa en la separación.

El sentimiento de tristeza golpea fuerte ya que en las sociedades modernas casi todas las relaciones sociales quedan bajo la reserva de separación. El derecho de rescisión garantiza la libertad de marcharse o quedarse (para ambas partes).

Para el yo actual, la libertad negativa para la finalización consciente y para el rechazo voluntario constituye el fundamento de su libertad en general. Los medios u organizaciones que no admiten el ‘no’ del individuo se les considera como privadores de libertad y destructores de identidad.

Las cárceles, monasterios y sanatorios psiquiátricos, Goffman los ha llamado ‘instituciones totales.

Pero esta insistencia en lo negativo de ‘ser libre de’ oculta el deseo positivo de ‘ser libre para’.

Incluso dentro de la relación de parejas, siempre se esconde algo al otro. Una idea fija en la cabeza del otro puede poner de golpe todo en juego. La relación amorosa se basa en el miedo a la libertad.

Igual que el yo, el tú tiene la libertad de decir ‘no’, tomándose así su libertad y dejando solo al otro.

Pero también existe el miedo dentro de las relaciones íntimas. El miedo a la ruptura del lazo amoroso es la causa de los miedos en las relaciones.

Un encuentro no es una elección. La elección de una pareja hay que pensarla de forma distinta a la elección de una cosa/producto. La pregunta a quien debo elegir implica quien me elegirá a mí. El

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esfuerzo por calcular las oportunidades para vincularse terminan con la pérdida de control sobre el establecimiento de vínculos.

El refugio lo ofrecen las únicas relaciones irrescindibles que quedan hoy, y que son las relaciones entre padres e hijos y entre hermanos.

La familia actual es una forma vital centrada en los hijos. Los hijos son lo que representan el centro de la familia. Lo primero que quiere una persona al unirse con otra es una vinculación con el hijo que ninguna de las dos partes pueda rescindir. Los padres siempre serán padres de sus hijos, y los hijos siempre serán hijos de sus padres. La sangre vincula incluso en la separación y perdura más allá de la muerte.

En las familias centradas en los hijos, los padres y los hijos quedan en un mismo nivel. Las relaciones entre padres e hijos y entre hermanos poseen el peso de un vínculo natural.

El yo no se las arregla sin vincularse. Lo que ocurre es que el vínculo provoca miedo, porque la libertad del yo se vuelve dependiente de la libertad del otro. Se debe alcanzar la libertad a través de la implicación.

3. EL MALESTAR CON EL TIPO SOCIAL EN EL QUE UNO SE SIENTE ENCUADRADO

El tipo clásico de persona que siente miedo en las sociedades modernas es la persona de género masculino que ha ascendido socialmente. Como tipo humano se siente bajo continua observación. Observado por el público compuesto por aquellos que se han quedado abajo y que no han conseguido el ascenso. Asi es como quien ha ascendido socialmente vive con miedo de aquellos de los que se ha escapado y cuyo fatalismo estamental él ha demostrado que es falso. Siente como si hubiera traicionado sus orígenes. También, quien ha ascendido socialmente tiene completamente claro que allí donde ha llegado sigue siendo un extraño. Se le aplaude mientras mantiene su puesto, pero si vacila comienza a hacerse la idea de que lo van a desplazar y a pisotear. Este hombre vive entre dos aguas: no quiere estar ni en el lugar adonde ha llegado a estar ni en el lugar de donde proviene. Lo que le llena de miedo es esta inconsciencia de su posición. Como no sabe dónde recostar su cabeza cansada, se siente abandonado.

Tiene que haber al menos un grupo imaginario en el que uno pueda encuadrarse, obteniendo un sentimiento de importancia. Dos cosas son importantes para la persona dominante: el camino a través de las instituciones de formación y la actividad en contextos profesionales. Llega más lejos quien está en condiciones de colaborar solidariamente, quien puede abrirse comunicativamente y, quien posee una creatividad peculiar. Quien asciende socialmente habiendo apostado por una carrera empresarial no puede jactarse de su miedo. Existe, entonces, el miedo a no ser lo bastante bueno cuando a uno lo valoran con arreglo a escalas de medida que le resultan opacas. Este miedo no quiere desaparecer.

Según las categorizaciones que Parsons desarrolló para el aprendizaje de roles en la familia, quizá se pueda decir que la mujer que ascendió socialmente primero crece con el sentimiento de insuficiencia (tiene la sensación de que se espera de ella algo que no puede aportar); luego, el sentimiento de torpeza (se encuentra con personas con mejor formación y no puede evitar cometer errores); y después, la sensación de injusticia (siente que le han arrebatado la recompensa merecida).

El ascenso se ha convertido en una categoría de introversión llena de miedo.

Mientras que la persona que está en una posición que no le corresponde, lucha contra el público de los demás, el tipo que ha ascendido socialmente riñe consigo mismo, porque para él el camino es la meta.

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A ambos los une la disposición a movilizarse por sí mismos y al cambio social, pero también la desesperada nostalgia de ser alguien distinto. Se ven repelidos a una identidad vacía, y por eso van buscando un marco para sus vidas.

4. CUANDO EL GANADOR SE LO LLEVA TODO

Quien fuera rápido, astuto e intrépido podía catapultarse desde la nada hasta un puesto en primera fila. La persona tiene que dar una imagen coherente que ponga en perspectiva la fuerza para innovar y la idoneidad para tener éxito. Para proporcionarse prestigio, la persona tiene que ponerse en escena de alguna manera (performance). La selección de los mejores cae bajo la presión de la performance cuando muchos compiten por los escasos puestos en la cumbre.

El sistema educativo estructurado jerárquicamente controla el rendimiento, mientras que la competencia entre iguales premia el éxito (dicho de una manera exagerada).

Al fin de cuentas, es la performance la que decide si uno sigue en el juego o tiene que descender.

Lo que sucede en todas partes es la división social entre los pocos que dicen cuál es la carta de triunfo y marcan el juego, y los muchos a los que nos les queda más que seguir jugando y esperar hacer todavía una baza.

Poco a poco, los mercados se van convirtiendo en lugares donde ‘el ganador se lo lleva todo’. Por eso, al vencer, el vencedor es por lo general el mayor enemigo para si mismo. Las dudas de los otros enseguida se alimentan cuando en los triunfadores cabe advertir signos de duda en si mismos. El vencedor tiene que otorgar expresión de convencimiento de que domina el terreno. La confianza es buena, pero el control es mejor.

El miedo principal de los ganadores consiste en la pérdida de control sobe el campo de la competencia. Los derrotados solo pueden aspirar a soñar con estas situaciones de miedo evocadas. A ellos los domina el veneno del resentimiento. Se trata de un rencor profundo que resulta del miedo a la propia agresión.

El re-sentimiento es volver a sentir el agravio padecido, la derrota sufrida y la degradación asumida, aunque siempre con miedo a quedar contaminado del todo por esta sensación.

Según Adorno, uno tiene que afirmar el rebelde que lleva en sí para poder identificarse con la situación vigente.

Más grave aún que el sistema de selección en la sociedad en la que ‘el ganador se lo lleva todo’ es el hecho de que seres inferiores lleguen hasta la cima y se lo lleven todo.

Según Nietzsche, el resentimiento contra ese resentimiento hace que el hombre de la soberanía se enfrente al hombre del resentimiento. El hombre del resentimiento queda caracterizado por el miedo, la mezquindad y el encarnizamiento. El hombre ‘noble’ ha superado el miedo a sus grandes apetitos y se ha liberado del ‘espíritu de la venganza’. Es una lucha contra el sentimiento de vergüenza.

El destino de los perdedores, llenos de vergüenza por la derrota, se entreguen al autoenvenenamiento de un ‘alma que mira con recelo’.

Se puede aceptar la ‘sociedad en la que los ganadores se lo llevan todo’ como una descripción honesta de la ampliación del principio capitalista de la despiadada selección de los mejores.

El motivo de venganza que sienten algunos se expresa en bloqueos: tendencias a retirarse y sentirse ofendidos por la vida en general. Lo único que ellos querían era alcanzar una posición

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acomodada, pero ahora tienen que experimentar como lo superan, como lo dejan en evidencia y lo excluyen.

La sociedad del rendimiento necesita una cultura del éxito que premie a los ganadores sin degradar a los perdedores. De lo contrario, el miedo a quedarse sin nada lo único que genera es resignación y amargura.

5. EL PANICO POR EL ESTATUS EN LA CLASE MEDIA

El miedo constituye la realidad anímica de las capas medias en nuestra sociedad. Padecen miedo aquellos que tienen algo que perder.

El caso del primer tipo de miedo (propio del niño), se trata de la búsqueda de aventuras, de lo tremendo. El segundo tipo de miedo es tan contradictorio porque si verdad se encierra justamente en su manifiesta contingencia y superfluidad: es el miedo a algo indefinido e inconcreto. Se basa en la posibilidad angustiosa de poder, y por eso es el miedo por sí mismo.

Antiguamente, existía el conflicto de clases. Hoy el latente conflicto de clases ha dejado de ser un problema. El centro de la sociedad lo domina la ‘insustancial no-clase’ de los empleados.

La responsabilidad personal, de la aspiración a la independencia y de la autonomía en el empleo del tiempo es la clase mayoritaria de nuestra sociedad.

En España, Francia, Gran Bretaña, la clase media se está disolviendo poco a poco.

A aquellos que conciben la crisis como una oportunidad y que aprovechan sin remordimientos de conciencia las oportunidades que ofrece el hundimiento estructural, Dahrendorf los ha llamado nueva clase global de las tres ‘c’ (competencias, contactos y conceptos).

La sociedad de la clase media se ha recargado de nuevas energías y de pensamientos distintos gracias a las nuevas figuras del activismo empresarial. Sin embargo, no se puede rechazar que también cabe advertir tendencias a la fragmentación en la clase social media: escasez de empleo, y el estatus se ha vuelto precario.

Los ingresos en la clase media no siguen subiendo, mientras aumentan los descensos en el sector de quienes tienen sueldos medios. Con todo este tema de los ingresos, se concentra el miedo a la infravaloración que Theodor Geiger consideraba causa del pánico en la clase media.

Enojo, odio y resentimiento resultan de la preocupación porque a uno no le reconozcan el rango social que en realidad le correspondería en función de su formación y cualificación.

Si no puede haber fracaso, tampoco el éxito vale nada.

El motivo del miedo reside en la perdida de referencias. Los individuos se sienten más desprotegidos porque parece haberse roto la cohesión entre aspiración a la autonomía y vinculo comunitario.

La gente se vigila con recelo y envidia, sin sentirse a gusto consigo misma.

Se va imponiendo la sensación de que la clase social media global está conquistando el mundo en su calidad de motor del incremento de la productividad económica, de la ampliación de los derechos del Estado de bienestar y el desarrollo de la sensibilidad social y moral.

El tema donde el miedo se señaliza es la educación. Se trata de las familias de la clase social meda que siguen pensando que el sistema de educación pública no es lo mejor para sus hijos. Los expertos educativos aseguran que hay que confiar en la capacidad de desarrollo de los propios

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hijos, pero no en la capacidad de transmisión de las escuelas normales. El pánico patente por causa de la educación es la expresión del pánico latente por causa del estatus.

6. LUCHAS COTIDIANAS EN LA PLANTA BAJA

Se llega a la conclusión de que las formas de miedo social vienen a ser síntomas de capas sociales en las que se registran altas pretensiones de tener cubiertas las necesidades y elevadas demandas de seguridad.

En sectores de producción (limpieza, reparto de productos…) se trabaja mucho y se cobra muy poco. Sin embargo, el sector servicios aumenta de manera acelerada.

Las personas que realizan trabajos sencillos en el sector servicio se encuentran en una lucha constante por sacar ventajas descargándose de trabajo y por dar la mejor imagen. Estas personas están en una presión cotidiana que les agobia. Cuando se es joven, uno se siente preparado y mentalizado para soportar esa presión, pero cuando se envejece se tiene miedo de ella y uno se vuelve más débil.

Tanto las mujeres como los hombres resisten la presión y el miedo laboral. Muchas veces tienen que defenderse por cuenta propia ante injusticias como el salario. Sin embargo, por miedo a la degradación o al despido se acaba aceptando el trato.

En estos trabajos, el miedo gira entorno a como se impone uno frente a mandos, en cómo se las arregla uno para conseguir pausas de descanso…

Las actividades dan poco motivo para sentirse orgulloso del producto final o satisfecho del rendimiento conseguido.

El miedo pone las prácticas de autoafirmación bajo las condiciones de una explotación directa y pura de una mano de obra humana que apenas tiene otra opción.

7. EL YO FRÁGIL

El miedo debilita. El miedo consiste en la reacción a la percepción de un peligro. Lo que está sujeto a decisión es la alternativa entre huir o resistir. El miedo al vacío forma parte de la ambivalencia existencial del carácter guiado desde fuera, el cual se orienta en función las expectativas que tienen los demás y al mismo tiempo teme las pretensiones de los otros. Lo que caracteriza la problemática típica del presente es el yo que se siente desbordado por pretensiones y expectativas contradictorias y de todo tipo, al cual le resulta infinitamente difícil poner límites y que se ve dominado por corroyentes dudas.

El yo que quiere convertir el mundo súbdito suyo se topa por todas partes con el enojoso hecho de una sociedad que desbarata sus planes. Por el contrario, el yo sensible y capaz de compadecerse de los demás se mueve desde el principio en la construcción social de la realidad.

La noción normativa no es la de abortar el impedimento del autodesarrollo, sino la de incentivar el deber a llegar a ser uno mismo.

Las empresas necesitan empleados activos, participativos y responsables que incluso después del trabajo sigan discurriendo sobre un proyecto y puedan ponerse en situación de comprender las demandas especiales de clientes de todo el mundo.

La vida familiar y la configuración del tiempo libre (la vida entera en general), parecen quedar para la mayoría bajo la presión de la optimización en la sociedad moderna.

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No se quiere vivir para trabajar ni trabajar para vivir, sino encontrar tanta vida en el trabajo como sea posible y tanto trabajo en la vida como sea necesario.

Eliminar los límites, llegar a ser uno mismo y la creatividad describe la praxis vital de una intensificación guiada desde fuera en la que la euforia se transforma en sensación de vacío. Uno se siente atado. Todo resulta insulso y sin encanto. Llegan las preguntas de ¿para que todo eso? ¿Qué quiero en la vida?

El miedo a no saber qué hacer puede transformarse en el miedo a haberlo hecho todo mal.

El concepto de rendimiento ya no puede estar centrado de manera exclusiva en la profesión, sino que abarca la vida cotidiana, es el tema del balance entre trabajo y vida (para la generación Y).

Uno no quiere desperdiciar su vida esperando en la cola del elevador para el ascenso social. Las ocasiones pérdidas son irrecuperables. El yo ha dejado pasar el momento sin aprovecharlo, y solo puede esperar que más tarde se vuelva a ofrecer una ocasión similar. Sin embargo, de algún modo se puede recuperar lo desperdiciado, a veces se da una segunda oportunidad. Sin embargo, lo perdido en el pasado agobia al presente, entonces al yo lo domina la idea de que la ocasión desperdiciada no fue una ocasión cualquiera, sino que más bien era una ocasión que solo aparecía una vez en la vida. Añorando el pasado, el yo se bloquea a sí mismo.

Cuando se renuncia, el yo omite algo, parece como un proceso cotidiano. Se toma una decisión entre varias posibilidades para poder seguir. Por el contrario, cuando se rechaza, se excluyen posibilidades. Toda decisión que sea relevante para la praxis vital es un riesgo que, diciéndolo con palabras de Kierkegaard, se vive hacia delante y se comprende hacia atrás. Posiblemente se encuentre aquí el verdadero motivo para una vida fallida: en que el yo quiere eludir el riesgo de la decisión de decir humanos, aquí «sí» y allá «no».

8. EL DOMINIO DE NADIE

Tenemos miedo a que uno obtenga demasiado poco de aquello que todos ansían. Al miedo del individuo a quedarse descolgado se le contrapone el miedo al desmoronamiento y la desvalorización en relación con el todo.

Cuando el miedo por la conservación de la posición propia se une al miedo por el colapso de todo sistema se llega a una situación insoportable.

Con la llegada de internet, los individuos carecen de privacidad y cuando se dan cuenta de ello tienen miedo. Por ejemplo con la llegada de publicidad indeseada. ¿Cómo saben lo que yo deseo? Hay miedo a revelar más datos sobre mí en las redes.

Si los datos se pudieran rastrear hasta llegar a mí, entonces se me consideraría como un determinado tipo de perfil.

Lo que da miedo de todo esto no es tanto que día a día se vayan generando nuevas cantidades de datos, sino que entre tanto existen ordenadores que tienen capacidad para guardar para siempre esos datos y de dejarlos disponibles para consultas nuevas. La información que se desecha no se descompone, sino que permanece como material informativo para nuevas búsquedas en un futuro.

Estos datos parecen querer dominarnos. Somos nosotros los que voluntariamente damos a conocer los datos, no estamos obligados a hacer nada de esto, pero el precio de renunciar a eso es muy alto.

Para Deleuze, la red seria la quinta esencia de una sociedad de los controles de ámbito personal y privado. Hay miedo porque el individuo no sabe cómo defender su esfera personal, privada.

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Otro factor del miedo es el propio dinero. La amenaza de implosión de todo suministro de dinero interconectado hizo necesaria la intervención de los Estado, que querían impedir el regreso de una ‘gran depresión’.

El Banco Central Europeo tuvo que salvar a muchos bancos y Estados. El dinero debe escasear para ver intereses más realistas. Los mercados deben acostumbrarse a intereses realistas.

El dinero representa la laboriosidad de su propietario. Con el dinero florece el comercio, y con dinero se motivan los actores de la economía. Para los que trabajan duro, el capitalismo es un maquina de generar dinero que hace a los ricos más ricos y a los pobres cada vez más pobres.

El banco no guarda el dinero de sus clientes, sino que trabaja con él. Lo único que me queda es una cifra y un papel que dice que en alguna parte del mundo existen personas que han prometido devolverme el dinero.

El dinero queda definido como la expresión de una relación entre un acreedor y su deudor, que no se basa en otra cosa más que en una promesa. Pero si se descubre que las promesas eran falsas, el sistema de la confianza se convierte en un sistema del miedo.

El miedo que desencadenan los datos y el dinero creado por actores del mercado es el miedo a enredarse en un sistema que uno mismo engendra. Sin embargo, nadie es responsable de ello.

El miedo a un mundo al borde del abismo puede atenuarse acusando a los demás y protestando sistemáticamente, pero no se lo puede hacer desaparecer. Lo que nos engaña, nos fuerza y nos domina es el miedo a nuestras propias posibilidades. Existe el miedo a este proceso ya que no lo domina nadie, porque todos están implicados en él y cada uno espera de él algo para sí mismo. Es el miedo a ese dominio de nadie en el que todos participan.

9. EL PODER DE LAS EMOCIONES

Como personas no queremos parecer miedosos, sobre todo delante de amigos y conocidos. Al expresar sentimientos de desamparo, de bloqueo y parálisis uno no se hace precisamente atractivo. El yo miedoso no es el tipo de individualidad con el que uno puede ganar puntos.

Revelar miedo puede hacer a uno débil en lo privado, pero fuerte en lo público. En ello se esconde, la tentación de fingir algo ante sí mismo y ante los demás. El miedo sigue atrapado en un bucle sin fin de pensamientos oscuros que no encuentran el momento adecuado para expresar la agobiante sensación.

Existe el peligro de que con la sensación de miedo uno se esté engañando a sí mismo. El miedo a haberse quedado solo con la sensación de que todo se desmorona y nada se sostiene.

Kierkegaard descubre que el hombre tiene que conducir su propia vida por sí mismo. Y este hecho es lo que provoca miedo al yo, que no puede recurrir a nadie para eso.

Para Heidegger el miedo no es forzosamente un concepto negativo, puede ser incluso positivo (en vez de ir hablando por ahí, uno toma conciencia de sí mismo). Resulta muy instructivo que se rompa el silencio del miedo. Al yo miedoso se lo pasa a llamar el sujeto del miedo. Ya no necesito dar a entender mis miedos porque ya se los ha comprendido. El miedo ya no separa a los individuos, sino que los reúne en el conjunto.

Aquí entra en juego las políticas del miedo: mediantes fórmulas que expresan consternación se va generando un clima de inestabilidad social que pone a la vista el hecho de que cabe aguardar una crisis.

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Kirsch y Mackscheidt desarrollaron una tipología de la dirección política afectiva. Distinguían entre el demagogo, el estadista (la estadista) y quien desempeña el cargo público. El demagogo intensifica el miedo de la gente; quien desempeña el cargo público anestesia el miedo ofreciendo una imagen de la realidad social; y el estadista muestra donde tiene el miedo un fundamente en la realidad y cómo puede manejar sus miedos sin condenarlo todo.

Cuando la política anima tanto a la gente que esta llega a crisparse (enfadarse), la política degenera en sensiblería y en un teatro de las pasiones.

Hay una lucha por el reconocimiento de los derechos sociales a grupos y por el establecimiento de unos límites sociales en el conjunto de la sociedad. El papel principal de esta lucha lo desempeña las ideas sobre cómo ha der ser nuestra convivencia. Estas ideas las encarnan los políticos y políticas. Es una lucha por identificaciones.

Una política sin pasiones, sin sentimientos, sin miedo, no es tal política.

La cuestión de la confianza implica la problemática del miedo. El discurso del demagogo convierte el miedo en fundamento de una política de selección social: la clase dominante y las fuerzas reprimidas.

Una política demagógica eleva el miedo a criterio para distinguir entre la verdad y la mentira. La del cargo público apuesta por la solidez de la gestión del miedo en las capas dominantes de la sociedad; utiliza una política de pasos pequeños, de ir aprendiendo a medida que se avanza. La del cargo público se presenta con una fuente de valor de poder. Posiblemente, controla los problemas pendientes del control político, y al mismo tiempo mitiga el miedo de su clientela ignorando las experiencias y los temores que podrían desencadenar el miedo.

El estadista considera que se pueden superar las barreras que constriñen y fijan a los individuos. Su retórica apunta al yo desalentado, a quien se apela como una parte de nosotros. Es autosuperarse. El estadista asume la función moral de presentar el miedo como algo que se puede dominar. Al estadista se le recibe con una lucha apasionada y con un afecto igual de apasionado.

Los temas políticos se representan con el objetivo de presentar caracteres ambiguos, pasionales y con complejas historias (por ejemplo en las series de televisión). Queremos conocer sus sentimientos y aspiraciones para llegar a saber algo de nosotros mismos.

10. EL MIEDO DE LOS DEMAS

Se habla d miedo a un exceso de extranjerización o incluso de miedo a atentados terroristas. Por lo que respecta al miedo a la fatiga y al pánico por la formación, no hay ninguna diferencia entre ellos y sus vecinos.

Con la ampliación de la UE y las rutas de refugiados por el Mediterráneo ha surgido la imagen de una fortaleza que hay que defender frente a ‘intrusos’. Se tiene miedo de abrir las compuertas a unos flujos de migración que parecen no acabar nunca como por ejemplo los hombres que navegan desde África para llegar a Europa. Así es como la empatía con los individuos particulares se asocia con el miedo a la masa.

Para Appadurai, el miedo a que el pueblo no represente la totalidad de la sociedad engendra los monstruos de la limpieza y la fijación. Son personas procedentes de un ámbito cultural diferente. Se

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tiene miedo a que seamos desplazados por ellos, y por este motivo hay que defenderse, si es que no queremos sucumbir.

Desde el atentado contra las torres gemelas, la relación con el extranjero está mezclada con el miedo a un islam fundamentalista. Además de ver a los inmigrantes como unos competidores en la lucha por unos recursos escasos. Para el musulmán europeo, el islam es una forma de vida que no olvida el punto de referencia trascendental de la vida.

Unos sientes miedo porque se sientes amenazados por una minoría y otros tienen miedo porque se sienten amenazados por la mayoría. Ambos sufren por el miedo a que su existencia colectiva no represente la totalidad de la sociedad.

Se trata de no prohibirle su miedo a ninguno de los dos lados considerados. Entonces quizás se puedan dar cuenta de que el miedo por lo propio enseguida suscita el miedo de los demás.

11. LAS CIENCIAS DEL COMPORTAMIENTO DE LAS GENERACIONES

Tras la segunda guerra mundial el miedo no desapareció.

Cuanto más segura de sí misma se sienta la mujer, mayor será su comprensión hacia el hombre y hacia sus miedos.

El recuerdo de la guerra prefiere ser callado, ya que las generaciones que la vivieron prefieren guardar silencio acerca de un miedo que venía asociado con la necesidad de tomar decisiones elementales en situaciones límite.

El miedo se produce primero y la mayoría de las veces en relación con unos presupuestos que se admiten como inviolables. Para las generaciones de la posguerra, el fundamento de la experiencia que define el horizonte ya no es la guerra, sino una paz que posiblemente sea engañosa y que conlleva otras fuentes del miedo que son totalmente distintas.

Los miedos se transmiten a lo largo de generaciones, constituyendo un horizonte latente de expectativas.

Según Neumann, una sociedad se ha vuelto abstracta a causa de una progresiva distribución del trabajo y de una mercantilización ampliada que también es propensa a unos movimientos masivos de miedo que son regresivos.

Neumann se da cuenta de que todo sistema político se basa en el miedo fundamental a quedarse solo, y que la mancomunidad política en las sociedades modernas discurre sobre unas identificaciones que unen a los individuos aislados.

Las identificaciones deberían referirse a organizaciones y contener principios.

Neumann introduce el término de una identificación desapasionada que se basaría en un miedo sin miedo que se podría ejercitar en ciertas instituciones de enseñanza.

Bajtín descubrió un manejo publico del miedo totalmente distinto en la cultura medieval de la risa. Bajtín dice que hay que imaginarse un drama del cuerpo que trata de apareamiento, comer, beber, crecimiento. Todo esto para que el nacimiento y la muerte no significaran el inicio y el final absolutos, sino meros momentos de un proceso de retorno y renovación.

Bajtín enfatiza: un universalismo de la cultura de la risa y su relación con la libertad. El hombre medieval sentía la risa como un triunfo sobre el miedo, un miedo que esclaviza y opaca al hombre. Todo lo amenazador es invertido en lo cómico, lo terrible es desplazado a lo grotesco. La risa medieval es una manifestación contagiosa de una forma de vida del pueblo.

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La risa desvelaba la verdad sobre el poder y la opresión y sobre el dominio y la magnificencia. La risa se enfrentaba a la mentira, al endiosamiento y a la hipocresía.

El miedo forma parte de la realidad del hombre que bajo la figura del hombre medieval tenía otro temperamento. La risa puede liberar.

Tillich dice que el sujeto de hoy se mueve en un mundo cerrado de comunicación.

El carácter guiado desde fuera no tiene nada mas que a los otros que le dan apoyo en la vida y le transmiten un concepto de si mismo. El motivo del miedo viene de esta referencia ineludible a una instancia que es tan insegura, inestable e imprevisible como la otra persona que permanece para mi, cerrada.

Como lo que se me puede aplicar a mi también se puede aplicar a los demás nos encontramos ante las condiciones de una doble contingencia que convierte toda comunicación en una marcha sobre una fina capa de hielo.

Según Tillich, el miedo a desmoronarse y a caer en un agujero en el ser se expresa en dos movimientos: uno puede querer retirarse de los demás (budismo) o bien arrojarse en sus brazos (conformismo).

La mística universal budista busca más allá de la decepción y la no decepción en el puro aquí y el puro ahora. En el conformismo, el hombre radar sigue las modas, las diversiones de los demás con aquella indiferencia que es necesaria para que, cuando vuelva la próxima tendencia, uno pueda volver a estar metido en ella. Colaborar externamente sin involucrarse interiormente es aquí el método para desprenderse del miedo por sí mismo.

Según Tillich, tanto el vaciarse como el saturarse no tienen otra función que anestesiar el miedo a tomar conciencia de que, aunque la comunicación lo es todo, no se basa en nada.7

Aunque la comunicación sucede sin nuestra voluntad y escapa a nuestro control, se necesita el coraje de avenirse a ello si uno quiere sentirse y encontrarse a sí mismo en este vaivén comunicativo incierto y abierto.

Sin los otros no hay un sí mismo, sin ambigüedad no hay identidad y sin final no hay comienzo. En el medio está el miedo. Quien quiera eludir eso o pretenda estar por encima de eso se ha rendido al miedo. El miedo desenmascara las mentiras.

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