Los gatos viven, Apuntes de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Universidad Rey Juan Carlos (URJC)
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Los gatos viven, Apuntes de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Universidad Rey Juan Carlos (URJC)

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Asignatura: Derecho de la Seguridad Social II, Profesor: dionisio haro, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: URJC
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JOHN MILTON

EL PARAÍSO PERDIDO

2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales

JOHN MILTON

EL PARAÍSO PERDIDO Libro Primero Canta Musa celestial, la primera desobediencia del hombre y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo gusto mortal trajo al mundo la muerte y todas nuestras desgracias, con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre más grande nos rehabilitó y reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. Desde la cumbre solitaria de Oreb o del Sinaí, donde inspiraste al pastor, que fue el primera en enseñar a la raza escogida cómo salieron el cielo y la tierra del Caos, o desde la colina de Sión y las fuentes de Siloé si te placen más, invoco tu ayuda para mi atrevido canto; porque no pretendo remontarme con tímido vuelo sobre los montes de Aonia al intentar referir cosas que nadie ha narrado hasta ahora, ni en prosa ni en verso. Y Tú, ¡oh Espíritu!, que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, instrúyeme, puesto que sabes; Tú estabas presente en el primer instante; desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el inmenso abismo y los hiciste fecundo. Ilumina lo que en mí es oscuro, eleva y sostén lo que está abatido, para que desde la elevación de este gran asunto puede defender a la Divina Providencia y justificar ante los hombres las miras del Señor. Dime, desde luego, ya que ni el cielo ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista: di cuál fue la causa que obligó a nuestros primeros padres, tan felices en su estado y tan favorecidos por el Cielo, a separarse de su Creador, a transgredir su única prohibición cuando eran soberanos del resto del mundo. ¿Quién los indujo a tan vergonzosa rebelión? La Serpiente infernal, cuya malicia, animada por la envidia y por la venganza, engañó a la madre del género humano: su orgullo la había precipitado desde el cielo con todo su ejército de espíritus rebeldes, con cuya ayuda aspiraba a sobrepujar en gloria a sus semejantes, lisonjeándose de igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Dominado aquel espíritu por este ambicioso proyecto contra el trono y la monarquía de Dios, suscitó en el cielo una guerra impía y un combate temerario: más sus esfuerzos fueron vanos. La Potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas, desde la bóveda etérea, repugnante y ardiendo, cayó en el abismo sin fondo de la perdición, para permanecer allí cargado de cadenas de diamante, en el fuego que castiga; él, que había osado desafiar las armas del Todopoderoso, permaneció tendido y revolcándose en el abismo ardiente, juntamente con su banda infernal, nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la

noche entre los mortales, conservando, empero, su inmortalidad. Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor despecho, porque el doble pensamiento de la felicidad perdida y de un dolor perpetuo le atormentaba sin tregua. Pasea en torno suyo sus ojos funestos, en que se pintan la consternación y un inmenso dolor, juntamente con su arraigado orgullo y su odio inquebrantable. De una sola ojeada y atravesando con su mirada un espacio tan lejano como es dado a la penetración de los ángeles, vio aquel lugar triste, devastado y sombrío; aquel antro horrible y cercado, que ardía por todos lados como un gran horno. Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza, ¡la esperanza que dondequiera existe! Pero sí suplicios sin fin, y un diluvio de fuego, alimentado por azufre, que arde sin consumirse. Tal es el sitio que la justicia eterna preparó para aquellos rebeldes, ordenando que estuviesen allí aprisionados en extrañas tinieblas y haciéndolo tres veces tan apartado de Dios y de la luz del cielo cuanto lo está el centro de la creación del polo más elevado. ¡Oh cuán distinta es esta morada de aquella donde cayeron! Pronto divisa allí el arcángel a los compañeros de su caída, sepultados en las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Uno de ellos se agitaba entre llamas a su lado; era el primero después de él, así en poder como en crimen, mucho tiempo después conocido en Palestina con el nombre de Belcebú; El Gran Enemigo, llamado Satanás en el cielo, quien rompiendo el horrible silencio con altaneras palabras empezó a decir: ¡Si tú eres aquél... Pero cuán decaído, cuán diferente del que, revestido de un brillo deslumbrado en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendor a millares de resplandecientes espíritus!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un solo pensamiento, un mismo dictamen, una esperanza igual e idéntico peligro en una empresa gloriosa unieron conmigo en otro tiempo, y a quien hoy une también una misma desgracia en igual ruina, contempla desde qué altura y en qué abismo hemos caído: ¡tan poderoso se mostró Él con sus rayos! Pero ¿quién hasta entonces había conocido el efecto de sus armas terribles? No obstante, a pesar de sus rayos, y a pesar de todo cuando el Vencedor, en su cólera, puede hacer contra mí, no me arrepiento ni varío; por más que haya cambiado mi brillo exterior, nada podrá alterar este carácter obstinado, este soberano desdén, hijo de la conciencia del amor propio ofendido; este espíritu me indujo a levantarme contra el Omnipotente, arrastrando al furioso combate innumerables fuerzas de espíritus armados que osaron despreciar su dominio, prefiriéndome a Él y oponiendo a su poder supremo un poder contrario, hasta que en una batalla indecisa, dada en las llanuras del cielo hicieron oscilar su trono. "¡Qué importa la pérdida del campo de batalla! Aún no está perdido todo. Conservando todavía una voluntad inflexible, una sed insaciable de venganza, un odio inmortal y un valor que no cederá ni se someterá jamás, ¿puede decirse que estamos subyugados? Ni su cólera ni su poder jamás podrán arrebatarme esta gloria; no me humillaré, no doblaré la rodilla para implorar su perdón, ni acataré un poder cuyo imperio acaba de poner en duda mi terrible brazo. ¡Eso sería una bajeza, eso sería una vergüenza y una ignominia más

humillantes aún que nuestra caída! Ya que según lo dispuesto por el Destino, la fuerza de los dioses ni la sustancia celeste pueden perecer: ya que con la experiencia de este gran suceso nuestras armas, no debilitadas han ganado mucho en previsión, podemos, con esperanza de mejor éxito, determinarnos a hacer bien, sea por medio de la fuerza o por medio de la astucia, una guerra eterna, irreconciliable, a nuestro gran enemigo, que ahora triunfa, y que, en el exceso de su gozo, reina como absoluto, ejerciendo en el cielo toda su tiranía". Así habló el ángel apóstata, aunque sumido en el dolor, vanagloriándose en alta voz, pero desgarrado por una profunda desesperación. Su orgulloso compañero le replicó: "¡Oh príncipe! ¡Oh jefe de tantos tronos, que condujiste a la guerra bajo tu mando a los serafines ordenados en batalla! Tú, que sin espanto y en distintas acciones formidables pusiste en peligro al Rey perpetuo de los cielos ya prueba su poder supremo, ya proceda éste de la fuerza, de la casualidad, o del hado, ¡oh jefe! Bien veo y maldigo el suceso fatal de una triste derrota y una vergonzosa pérdida, que nos ha arrebatado el cielo. Todo este poderoso ejército se ve por ello sumido en una horrible destrucción, en cuanto pueden ser destruidos los dioses y las esencias divinas, porque el pensamiento y el espíritu quedan invencibles, y el vigor renace pronto, por más que se haya extinguido toda nuestra gloria y sumido aquí en una miseria infinita nuestro feliz estado. Pero ¿y si nuestro Vencedor, a quien empiezo a creer Todopoderoso, pues que sólo un poder como el suyo es capaz de domar otro como el nuestro, nos hubiese dejado por completo nuestro espíritu y nuestro vigor para que podamos sufrir y soportar con fortaleza nuestras penas, para bastar a su vengativa cólera o para prestarle aquí, como esclavos suyos por derecho de conquista, un servicio más rudo, según sus necesidades, o el corazón del infierno para trabajar en el fuego o servirle de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza o la eternidad de nuestro ser para soportar un castigo eterno?" El Gran Enemigo respondió con precipitación: "Querubín caído, mengua es mostrarse débil, ya en las obras, o ya en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestra misión no consistirá nunca en hacer el bien; nuestra única delicia será siempre hacer el mal, por ser lo contrario de la alta voluntad de Aquel a quien resistimos. Si su providencia procura sacar el bien de nuestro mal, debemos trabajar para malograr este fin y hasta para encontrar en el bien medios que conduzcan al mal, lo cual podremos lograr con frecuencia de modo que quizá lleguemos a apesadumbrar al enemigo, y, ni no me equivoco, a distraer sus más profundos designios del fin a que se encaminan." "Pero, ¡mira!, el vencedor, irritado, ha convocado otra vez en las puertas del cielo a sus ministros de persecución y de venganza: la lluvia de azufre lanzada sobre nosotros en la tempestad pasada ha allanado la ola ardiente que desde el principio del cielo nos ha recibido al caer. El trueno, con sus alas de encendidos relámpagos y sus impetuosa rabia, ha agotado quizá sus rayos y cesa ahora de mugir a través del abismo vasto y sin límites No dejemos escapar la ocasión que nos proporciona el desdén o el furor satisfecho de nuestro enemigo. ¿Ves a lo lejos esa llanura seca, abandonada y agreste, morada de la desolación, privada de luz, a excepción de la que, pálida y espantosa, le comunica el fulgor

de esas llamas lívidas y negras? Pues procuremos salir del hervidero de estas oleadas de fuego y descansemos allí, si es que allí puede existir el reposo. Reuniendo nuestras legiones afligidas, examinemos de qué modo podremos ofender a nuestro enemigo, de qué modo podremos reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a esta espantosa calamidad, que consuelo podremos sacar de la esperanza, o bien la resolución que nos dice nuestra desesperación". Así habló Satanás a su más próximo compañero con la cabeza fuera de las olas, los ojos centelleantes y los demás miembros de su cuerpo, prolongados y corpulentos, flotando en un espacio de mucha extensión. Su estatura era tan enorme como la de aquel a quien llama la fábula, a causa de monstruoso cuerpo, Titán, o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, o como las de Briareo o Tifón, que habitaba la caverna próxima a la antigua Tarso. Satanás se parecía también a Leviatán, ese monstruo marino, a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en el Océano; monstruo que duerme muchas veces sobre las espumosas aguas noruegas y a quien el piloto de alguna pequeña embarcación extraviada en medio de las tinieblas toma por una isla, según refieren los marinos, y fija el ancla en su escamosa piel, amarrando a su costado mientras la noche envuelve el mar y retarda la deseada aurora. De una longitud tan enorme era el jefe enemigo que yacía encadenado en el lago ardiente; jamás habría podido levantarse ni sostener su cabeza sin la voluntad y el supremo permiso del Regulador de todos los cielos no le hubiera dejado en libertad de llevar a cabo sus negros designios, para que, con sus reiterados crímenes fuera amontonando sobre sí la condenación al buscar el mal de los otros, y a fin de que pudiera ver en su furia que toda su malicia no le habría servido más que para hacer brillar la infinita bondad, la gracia, la misericordia, en el nombre seducido por él y para traer sobre sí mismo un triple castigo de confusión, cólera y venganza. De repente, el arcángel alzó sobre el lago su poderoso cuerpo y separó hacia atrás con sus manos las agudas puntas de las llamas que, rodando en forma de olas, dejaron descubierto en medio un horrible valle. Entonces, con las alas desplegadas, dirige hacia arriba su vuelo, gravitando sobre el aire sombrío, que siente un peso inusitado, hasta que aquél desciende sobre la tierra árida, si así puede llamarse la que siempre está ardiendo con un fuego sólido, como el lago arde con fuego líquido. Tales parecen por su color, cuando la violencia de un torbellino subterráneo ha derrumbado una colina arrancada del Peloro o de los abiertos costados del mugiente Etna, las entrañas combustibles e inflamantes que, concibiendo allí el fuego, son lanzadas al cielo por la energía del choque de los minerales y con la ayuda de los vientos, dejando un fondo ardiente, rodeado de corrompidos miasmas y de humo, tal fue la tierra de descanso que tocó Satanás con las plantas de sus pies malditos. Belcebú, su más cercano compañero, le sigue, vanagloriándose ambos de haber escapado como dioses de las aguas de la Estigia por su propias fuerzas recobradas y no por la tolerancia del Poder supremo. ¿Es ésta la región, el país, el clima - dijo el arcángel caído-: es ésta la mansión que debemos trocar por el cielo, esta triste oscuridad por la luz celeste? Sea, puesto que el que ahora es Soberano puede disponer y decidir lo que le parezca justo. Lo que más nos aleje de Él será lo mejor; de Él, que, igual en razón, se ha elevado por medio de la fuerza contra sus iguales. ¡Adiós campos afortunados, dono existe una felicidad eterna! ¡Salud, horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo infierno, recibe a tu nuevo señor, que llega a ti con un

ánimo que no podrán cambiar el tiempo ni el lugar. El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo. ¿Qué importa el sitio donde yo resida si soy siempre el mismo y el que debo ser: si lo soy todo, aunque menor que Aquel a quien el rayo ha hecho más grande? Aquí, por lo menos, estaremos libres. El Todopoderoso no ha formado este sitio para envidiárnoslo, y no querrá, por tanto arrojarnos de él. Aquí podemos reinar con seguridad, y, según mi parecer, reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno; vale mas reinar en el infierno que servir en el cielo. Pero, ¿abandonaremos a nuestros fieles amigos, a nuestros compañeros, a los que han participado de nuestra ruina, tendidos y anonadados en el lago del olvido? ¿No los llamaremos para que con nosotros compartan esta triste mansión o para que, uniendo de nuevo nuestras fuerzas, intentemos una vez más si hay algo que ganar en el cielo o perder en el infierno?" Así habló Satanás y Belcebú le respondió: "Jefe de los brillantes ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos: si una vez más llegan a oír esa voz, la prenda más segura de su esperanza en medio de los temores y de los peligros; esa voz que ha resonado tantas veces en los más apurados trances y en el mismo peligro de la batalla cuando ésta rugía; esa voz, la más tranquilizadora señal en todos los asaltos, recobrarán de improviso un nuevo valor, y se reanimarán, aunque ahora, languidecen, gimientes y postrados en el lago de fuego, y tan desfallecidos y estupefactos como lo estábamos nosotros no ha mucho; pero ¿qué tiene de extraño, cuando hemos caído desde tan funesta altura?" Apenas cesó Belcebú de hablar, cuando ya el Gran Enemigo se adelantaba hacia la orilla; llevaba echado hacia atrás su pesado escudo, de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, cuya vasta circunferencia pendía de sus espaldas como la luna cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cumbre de Fiesole o de Valdrán, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satanás, a cuyo lado el más alto pino cortado en las montañas de Noruega para servir de mástil a algún navío almirante no sería más que una pequeña rama, le sirve para sostener sus inseguros pasos sobre aquel suelo ardiente; ¡pasos muy diferentes de los que había dado sobre el azulado firmamento! Aquella zona abrasada, de ígnea bóveda, le causa nuevas heridas; sin embargo, él lo soporta todo hasta que llega a la orilla de aquel mar inflamado, donde se detiene. Llama a sus legiones, formadas de ángeles caídos, que yacen tan amontonados como las hojas de otoño, que cubren los arroyos de Valleumbrosa, donde las umbrías etrurianas describen elevados arcos de follaje, o como flotan los espesos juncos cuando Orión, armado de impetuosos vientos, ha azotado las costas del mar Rojo, en cuyo mar las olas derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, mientras perseguía con pérfido odio a los extranjeros de Gessen, los cuales vieron desde más segura orilla las aljabas flotantes y las ruedas de los destrozados carros; de igual suerte, esparcidas, abyectas, perdidas, yacían las legiones, cubriendo el lago, asombradas del afrentoso cambio que habían experimentado.

Satanás elevó tanto la voz, que retumbó todo el ámbito del infierno: "Príncipes, potestades, guerreros, esplendor del cielo que fue vuestro en otro tiempo y que ahora habéis perdido: ¿es posible que semejante estupor pueda apoderarse de unos espíritus eternos? ¿O es que habéis escogido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar algún reposo a vuestro extenuado valor, movidos por el deleite que experimentáis al dormir aquí como en las llanuras del cielo? ¿Acaso habéis jurado adorar al Vencedor en esa abyecta postura? El contempla ahora a los querubines y serafines revolcándose en ese lago, con las armas y las banderas destrozadas, hasta que en breve sus rápidos ministros, descubriendo su ventajosa posición desde las puertas del cielo bajen y nos pisoteen al vernos tan postrados o no sepulten con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertaos, levantaos o permaneced caídos para siempre! Oyéronle, y avergonzados, se levantaron sobre un ala, como los centinelas que sorprendidos por el sueño se levantan a la voz del jefe, a quien temen, y se ponen de nuevo alerta antes de haber disipado el sueño por completo. Y aun cuando no ignoraban aquellos espíritus el infeliz estado a que se veían reducidos, ni dejaban de sentir sus espantosas torturas, obedecieron, sin embargo, presurosos y unánimes, a la voz de su general. Así como al extender su poderosa vara el hijo de Amram en un día funesto para Egipto, describió un círculo por la costa y atrajo sobre las alas de viento de Oriente una espesa nube de langostas, que se extendieron como el manto de la noche por el reino del impío faraón y anublaron todo el país del Nilo, del mismo modo la innumerable muchedumbre de aquellos ángeles malditos cubrió la bóveda del infierno entre las llamas que por todas partes los rodeaban, hasta que a una señal de la lanza elevada de su gran jefe, que les indicaba el curso que debían seguir, descendieron con un movimiento uniforme e inundaron la llanura, formando tan inmensa multitud cual no salió jamás de las heladas comarcas del populoso Norte para atravesar el Rin y el Danubio, cuando sus bárbaros hijos cayeron como un diluvio sobre el mediodía y se extendieron más allá de Gibraltar, hasta las arenas de la Libia. Los jefes y guías de cada escuadrón y de cada hueste acudieron inmediatamente al sitio donde se había detenido su general; eran semejantes a los dioses por su estatura y por sus formas, que sobrepujaban a las de la naturaleza humana; príncipes majestuosos, potestades que ocupaban en otro tiempo su trono en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserva ahora la memoria de sus nombres, borrados del libro de la Vida a consecuencia de su rebelión. Aún no habían adquirido sus nuevos nombres entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra para atormentar al hombre con el permiso de Dios, hubieron corrompido a fuerza de imposturas, a la mayor parte del género humano, persuadieron a las criaturas a que abandonasen a Dios, su Creador, a que transformase a menudo la gloria invisible del que los había formado en la imagen de un bruto, a quien tributaban cultos varios y adornaran pomposamente de oro, y a que adorasen a los demonios como a divinidades, entonces fueron conocidos por los hombres con nombres diferentes y bajo la forma de diversos ídolos, en el mundo pagano. Repíteme, ¡oh Musa, esos nombres entonces conocidos!, quién fue el primero y quién el último que despertó de su sueño en aquel lecho de fuego a la voz de su gran emperador;

cuáles fueron los jefes que, más próximos a él en dignidad acudieron uno a uno al sitio donde se encontraba sobre la desierta playa, mientras la confusa multitud se mantenía aún apartada. Estos jefes fueron lo que, salidos del abismo del infierno y vagando por la tierra para apoderarse de su presa, tuvieron mucho tiempo después la audacia de fijar su trono junto al de Dios, sus altares al lado de su altar, dioses adorados por las naciones comarcanas; que se atrevieron, además, a morar cerca de Jehová, cuya voz resonaba en Sión, teniendo su trono en medio de los querubines en el mismo Santuario, y con sus abominaciones y sus malditas obras profanaron sus sagrados ritos, sus fiestas solemnes, osando poner sus tinieblas a la luz de aquél. Adelantóse primeramente Moloc, horrible rey, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y con las lágrimas de los padres y de las madres, si bien, a causa del ruido de los tambores y timbales, apenas se oían los clamores de los hijos cuando, arrojados al fuego, se ofrecían a aquel execrable ídolo. Los amonitas le adoraron en Rabba y en su húmeda llanura, en Argob y en Bassan, hasta las más remotas corrientes del Arno; y no satisfecho de tan extensos dominios, indujo, por medio de la astucia, al sabio Salomón, a construirle un templo enfrente del templo de Dios, sobre el monte del Oprobio, dedicándole como bosque sagrado el risueño valle de Hinnom, llamado desde entonces Tofet, y la negra Gehena, verdadero tipo del infierno. Tras Moloc siguió Camos, el obsceno terror de los hijos de Moab, que habitaban desde Aroer hasta Nebo y hasta más allá de la parte meridional del desierto de Abarim: en Hesebom y Heronaim, en el reino de Sión, y más allá de los florecientes valles de Sibma, tapizados de viñas, y en Eelalé hasta el lago Asfaltites. Camos se llamaba también Pehor, cuando en Sittim incitó a los israelitas durante su marcha por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantos males acarrearon. Desde allí extendió sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cerca del bosque del homicida Moloc, estando así la concupiscencia al lado del odio, hasta que el piadoso Josías los arrojó en el infierno. Con estas divinidades acudieron aquellas que, desde las riberas que bañan las aguas del antiguo Eufrates hasta el torrente que separa a Egipto de la tierra de Siria llevan los nombres generales de Baal y Astarot, éstos tenidos por femeninos y aquellos por masculinos, porque los espíritus se revisten a su antojo, de uno u otro sexo o de ambos a la vez, tan tenue y sencilla es su pura esencia, que no está sujeta ni encadenada por coyunturas ni miembros, ni apoyada en la frágil fuerza de los huesos, como la pesada carne, sino que en la forma que eligen, corta o larga, brillante u oscura, pueden ejecutar resoluciones aéreas y llevar a cabo sus acciones de amor o de odio. Por estas divinidades, los hijos de Israel abandonaron muchas veces su fuerza viva y dejaron de frecuentar su altar legítimo, prosternándose vilmente ante los ojos de los dioses, animales, por cuya razón sus cabezas inclinadas del mismo modo en las batallas, se humillaron ante la lanza del más despreciable enemigo. Vióse avanzar también, entre esta turba de divinidades a Astore, llamada por los fenicios Astarté, reina del cielo, que ostentaba por corona una media luna: las vírgenes de Sidón rendían tributo, con sus botos y sus cánticos a su brillante imagen, al resplandor de la luna.

También fue reverenciada en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la Iniquidad, construido por aquel rey amigo de las esposas cuyo corazón, aunque grande, seducido por bellas idólatras, se postró ante sus infames ídolos. Tras Astarté vino Tanmuz, cuya anual herida atrae al monte Líbano a las jóvenes sirias, para lamentar su destino con tiernas endechas, durante todo un día de verano, mientras que el tranquilo Adonis escapándose de su roca nativa hacia correr hacia el mar sus ondas, que suponen enrojecidas con la sangre de Tanmuz, herido todos los años. Esta amorosa historia inflamó con el mismo ardor a las hijas de Sión, cuya muelle voluptuosidad fue vista por Ezequiel bajo el sagrado pórtico, cuando, guiado por su visión, descubrieron sus ojos las negras idolatrías de la infiel Judá. En pos de Tanmuz acudió el que lloró amargamente cuando el Arca cautiva mutiló su fea imagen y cayeron rotas, hasta las puertas del mismo templo, su cabeza y sus manos, dejando avergonzados a sus propios adoradores. Dragón es su nombre, monstruo marino, elevado con grandiosidad en Azot; fue temido en las costas de toda la Palestina, en Gath y en Ascalón y hasta en los confines de Gaza. Siguió Rimmón, cuya deliciosa morada era la encantadora Damasco, sobre las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, límpidas corrientes. También éste se atrevió contra la casa del Señor, una vez perdió a un leproso y conquistó a un rey, Acaz, su imbécil conquistador, a quien indujo a despreciar el altar del Señor y a colocar en su lugar otro de forma siria, sobre el cual Acaz quemó sus odiosas ofrendas y adoró a los dioses a quienes venció. Después de estos demonios llegó la numerosa muchedumbre de aquellos conocidos en otro tiempo bajo diferentes nombres: Osiris, Isis, Orus y su sequito, monstruosos en sus formas y en sus sortilegios, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, que se hicieron divinidades errantes, ocultas bajo formas de animales más bien que bajo formas humanas. Israel no se libró de este contagio cuando, con un oro prestado, construyó el becerro de Oreb. El rey rebelde repitió este pecado de Betel y en Dan, asimilando a su Creador a un buey que pace; pero Jehová, a atravesar el Egipto, exterminó en una noche a todos sus primogénitos y a sus dioses mugidores. Belial, fue el último que apareció; desde el cielo no ha caído un espíritu más impuro ni más groseramente inclinado al vicio por el vicio mismo. No tenía templos, ni se le ofrecieron sacrificios en ningún altar, y sin embargo, nadie está con más frecuencia que él en los templos y en los altares cuando el sacerdote se vuelve ateo, como los hijos de Elí, que llenaron de prostituciones y de violencias la casa de Señor. Reina también en los palacios y en las cortes, y en las ciudades disolutas, donde el ruido del escándalo, de la injuria y del ultraje se eleva sobre las más elevadas torres y cuando la noche oscurece las calles, entonces vagan los hijos de Belial, llenos de insolencia y de vino; testigos de ello son las calles de Sodoma y aquella noche en que en una puerta hospitalaria en Gaaba se expuso una matrona para evitar un rapto más odioso. Aquellos demonios eran los primeros en categoría y en poder; en cuanto al resto, sería prolijo enumerarlo, aunque hubo algunos entre ellos que fueron célebres en remotas

comarcas, dioses de Jonio, a quienes la posteridad de Javán consagró altares, pero reconocidos como dioses más recientes que el Cielo y la Tierra, sus ensalzados padres. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de progenitura usurpado por Saturno, más joven que él; Saturno, tratado del mismo modo por Júpiter, su propio hijo e hijo de Rea, más poderoso que él; de modo que Júpiter reinó como usurpador. Aquellos dioses conocidos desde luego en Creta y en la Ida luego en la nevada cumbre del frío Olimpo, gobernaron la región media del aire, que fue su más elevado cielo, o sobre la roca de Delfos o en Dodona y en todos los límites de la tierra dórica. Uno de ellos, con el viejo Saturno huyó por el Atlántico hasta los campos de la Hesperia, y más allá de la céltica anduvo errante por las más remotas islas. Todos esos dioses y otros muchos acudieron en tropel, y aunque con los ojos bajos y llorosos, descubríase, sin embargo, en ellos un oscuro fulgor de gozo por haber encontrado a su jefe no desesperado todavía y por haberse encontrado ellos mismo, sin perderse, reflejaban también en el dudoso rostro de Satanás; pero recobrando en breve su acostumbrado orgullo, reanimó poco a poco, con elevadas palabras que tenían, no la realidad, sino la apariencia de la dignidad, su abatido valor y disipó sus temores. Inmediatamente ordena que, al bélico clamor de los clarines y de las trompetas, se eleve su poderoso estandarte. Azazel, gran querubín, reclama como un derecho tan preciado honor, despliega del asta brillante la enseña imperial, que, adelantada, extendida y agitada al viento, brilla como un meteoro, con las perlas y el rico brillo del oro que dibujaban en ella las armas y los trofeos seráficos. Durante todo este tiempo, el metal sonoro dejaba escapar belicosos sonidos, a que contestó el ejército universal con un grito que desgarró la concavidad del infierno y llevó el espanto hasta más allá del imperio del Caos y de la vieja Noche. En un momento, y a través de las tinieblas, se ven diez mil banderas que se elevan al aire ostentando sus colores orientales. Con ellas se eleva también un bosque enorme de lanzas, aparecen los cascos apiñados y los escudos se reúnen en una espesa línea de una profundidad inconmensurable. En breve se mueven los guerreros formando una falange perfecta, a los sonidos dóricos de las flautas y de los suaves oboes, sonidos que, en lugar de furor, inspiraban a los antiguos héroes, armados para el combate, un valor prudente, firme, incapaz de dejarse arrastrar, por el temor de la muerte, a una huída o a una retirada vergonzosa. Semejante armonía no carece de poder para atemperar y apaciguar con sus religiosos acordes los pensamientos tumultuosos, para ahuyentar la angustia, la duda, el espanto, el pesar y el sufrimiento de los espíritus mortales e inmortales. Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, que hacía grato sus dolorosos pasos sobre aquel suelo abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su horrible frente de una espantosa longitud, centelleante de armas; semejantes a los guerreros de otro tiempo, alineados con su escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso general atuviese a bien dictarles. Satanás clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de los dioses, y, finalmente, calcula su número.

Entonces se dilató su corazón, lleno de orgullo y, confiando más y más en su poder se glorificó, porque desde que el hombre fue creado jamás llegó a verse reunida una fuerza semejante, en cuya comparación cualquiera otra sería tan despreciable como aquella pequeña infantería combatida por las grullas, aun cuando se añadiera la raza gigantesca de Flegra, la raza heroica que luchó ante Tebas e Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares, aun cuando se agregara lo que la novela o la fábula cuenta respecto al hijo de Utero rodeado de caballeros bretones y armoricanos, aun cuando se reunieron todos los que después, bautizados e infieles, brillaron en Damasco, Marruecos, o Trebisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno fue derrotado con todos sus pares, cerca de Fuenterrabia. Aquel ejército de espíritus, que no admitía comparación con ninguna fuerza mortal respetaba, sin embargo, a su temible jefe. Este sobrepujándolos en estatura y continente y en su soberbio y dominador aspecto se elevaba sobre una torre. Su forma no había perdido aún su resplandor primitivo, y no parecía un arcángel caído, sino un exceso de gloria oscurecido; era semejante al sol naciente que rodeado de espesos vapores se ve a través del aire brumoso, o cuando, colocado tras la luna en un sombrío eclipse esparce un crepúsculo funesto sobre la mitad de los pueblos y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones; oscurecido de esta suerte, brillaba aún, el arcángel sobre todos sus compañeros. Pero su rostro se ve surcado por las profundas cicatrices del rayo y la inquietud está pintada en su marchita mejilla; bajo sus cejas se retratan un valor indomable, un orgullo paciente y una ardiente sed de venganza. Su mirada era cruel; sin embargo, se escapaban de ellas señales de remordimientos y de compasión cuando contemplaba a los que participaron o, más bien, a los que siguieron su crimen, y que habiéndolos visto en otro tiempo diferentes en la bienaventuranza, estaban ahora condenados para siempre a tener su parte en el sufrimiento; millones de espíritus, puestos por su culpa bajo la dirección vengadora del Cielo, lanzados lejos de su eternos esplendores en castigo de su rebelión y que a pesar de haber mancillado le permanecían fieles. Así se ve a las encinas del bosque y a los pinos de la montaña cuando el fuego del cielo les ha privado de su corteza y verdor, sostener aún su tronco majestuoso, aunque desnudo, sobre abrasado páramo. Satanás se prepara a hablar, por lo cual las dobles filas de los batallones forman un arco desde una a otra ala y le rodean sus pares, imponiéndoles silencio la atención. Tres veces intenta comenzar, y otras tantas, a despecho de su orgullo, exhala un llanto como sólo pueden derramarlo los ángeles. Por fin, entre entrecortados suspiros, pudieron abrirse paso estas palabras: "¡Oh millares de espíritus inmortales! ¡Oh potestades a quienes sólo puede igualarse el Todopoderoso! Aquel combate no careció de gloria, por más que su resultado fuera desastroso, como lo atestiguan esta mansión y este terrible cambio que me es odioso expresar. Pero ¿qué facultad de espíritu, aun la más conocedora del presente y del pasado, hubiera podido prever y temer que la fuerza unida de tantos dioses y dioses como éstos, fuese rechazada? Y ¿quién puede creer, aun después de tal derrota, que todas estas legiones poderosas, en cuyo destierro ha quedado el cielo desierto, dejarán de alzarse de nuevo y de reconquistar la mansión donde han nacido? En cuanto a mí, todo el ejército celeste es

testigo de que ni por los consejos distintos del mío ni por los peligros que haya procurado evitar han sido destruidas nuestras esperanzas. Pero el Monarca que reina en el cielo había permanecido hasta entonces sentado con seguridad en su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o por la costumbre, hacía plena ostentación ante nosotros de su fausto real; mas nos ocultaba su fuerza, lo que nos decidió a nuestra tentativa y causó nuestra caída. De hoy más, ya conocemos su poder como conocemos el nuestro, de modo que no provoquemos ni rehuyamos con temor cualquier guerra a que se nos provoque. El mejor partido que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo menos que un enemigo vencido por la fuerza, sólo es vencido a medias. El espacio puede producir nuevos mundos; sobre este particular se decía en el cielo que antes de mucho tenía el Todopoderoso la intención de crear y colocar en esta creación una raza a quien favorecería con preferencia y al igual de los hijos del cielo. Allí tendrá lugar nuestra primera irrupción, aun cuando sólo sea con el objeto de explorar; porque este antro infernal no retendrá nunca cautivos a los espíritus celestiales ni el abismo los envolverá por más tiempo con sus tinieblas. Pero estos proyectos deben ser examinados en pleno consejo. No hay que esperar ya en la paz, porque, ¿quién ha de pensar en la sumisión? ¡Guerra, pues; guerra abierta u oculta es lo que debemos resolver!". Así dijo y dos millones de querubines desenvainando sus flamígeras espadas, las agitan al aire en muestra de aprobación: el fulgor que despedían iluminó a todos los ámbitos del infierno; los demonios lanzaron gritos de rabia contra el Altísimo, y furiosos y con sus armas empuñadas, las chocaron contra sus sonoros escudos, produciendo un belicoso estrépito, y , enviando, rugientes, una especie de reto a la bóveda celeste. A corta distancia se elevaba una colina, cuya terrible cima lanzaba por intervalos fuego y negras espirales de humo; el resto brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en las entrañas de aquella colina estaba oculta una sustancia metálica, producida por el azufre. En aquella dirección se precipita, llevada en alas del viento, una numerosa hueste, semejante a los exploradores de un ejército que, armados de picos y azadones, se adelantan al campo real para atrincherar una llanura o elevar un parapeto. Mamón los guía; Mamón el menos elevado de los espíritus caídos del cielo, porque en el cielo mismo sus miradas y sus pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más la riqueza del pavimento del cielo, donde los pies huellan el oro, que cualquier otra cosa divina o sagrada de que allí goza la vista de los bienaventurados. El fue el primero que enseñó a los hombres a saquear el centro de la tierra, como así lo hicieron extrayendo de las entrañas de su madre unos tesoros que valdría más quedasen ocultos para siempre. La banda de Mamón abrió en breve una ancha herida en la montaña y extrajo de su ceno grandes lingotes de oro. Nadie debe admirarse de ver tantas riquezas encerradas en el fondo del infierno, pues, precisamente, su suelo es el más a propósito para tan precioso veneno. Sepan los que se vanaglorian de las cosas mortales y perecederas y que con admiración hablan de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan ahora cuán

fácilmente eclipsan estos espíritus réprobos los más grandes monumentos humanos, famosos por la fuerza o el arte, ellos llevan a cabo en una hora lo que los reyes apenas acaban en un siglo con trabajos incesantes e innumerables brazos. Cerca de allí, en la llanura, una nueva banda fundía el macizo mineral con un arte prodigioso, en muchos crisoles preparados al efecto, bajo los cuales pasa una vena de fuego líquido que salía del lago y separa cada especie, purificando de sus escorias al oro. Una tercera banda forma en la tierra, con la misma prontitud, diferentes moldes y por medio de una sorprendente desviación, llena cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los hirvientes crisoles; del mismo modo que un soplo de viento repartido entre las diferentes series de tubos de una órgano pone en movimiento todo su armonioso juego. De improviso, se elevó de la tierra como una exhalación un inmenso edificio a los dulces acordes de una grata música y de plácidas voces; edificio construido como un templo, rodeado de pilastras y de columnas dóricas sobrepuestas de un arquitrabe de oro; no faltaban allí ni cornisas, ni frisos con admirables bajorrelieves; el techo era de oro cincelado. Ni Babilonia ni Menfis, cuando estaban en todo su esplendor, llegaron a igualar semejante magnificencia para rendir culto a Belo y a Serapis, sus dioses, o para entronizar a sus reyes, cuando Egipto y Asiria rivalizaban en lujo y en riquezas. Aquella mole ascendente se detuvo en cuanto fijó su majestuosa altura, e inmediatamente las puertas, abriendo sus hojas de bronce, dejaron ver interiormente un anchuroso espacio cuyo pavimento era nivelado y terso. Del arco de la bóveda pendían con sutil magia muchas hileras de lámparas luminosas y brillantes fanales, que, alimentados con asfalto y nafta, producían una luz igual a la del cielo. La presurosa multitud penetra en él llena de admiración: unos, alaban la obra; otros, el artista. La mano del arquitecto fue conocida en el cielo por la construcción de muchas y elevadas torres, donde residían como reyes los ángeles y disfrutaban de todos los honores de príncipes: el Monarca supremo los elevó a tal poder, y les encargó el gobierno de las milicias celestiales según su respectiva jerarquía. No fue menos conocido ni careció de adoradores en Grecia, el mismo arquitecto, y en la tierra de Ausonia los hombres le llamaron Mulciber. La fábula refiere cómo fue precipitado desde el cielo, arrojado por el irritado Júpiter por encima de sus cristalinos muros: rodando desde la mañana hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta la noche de un día de estío, al ponerse el sol fue a parar desde el cenit, como una estrella caída a Lemnos, isla de la Egea; así lo referían los hombres, equivocadamente, porque la caída de Mulciber, con esta banda rebelde, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le sirvió entonces haber elevado altas torres en el cielo; no pudo salvarse con ayuda de artificios, pues se vio precipitado a la cabeza de su horda industriosa para trabajar en los infiernos. Los alados heraldos, obedeciendo la orden emanada de su poderoso soberano, anuncian a todo el ejército con un formidable aparato y al sonido de las trompetas la convocación de un consejo solemne que debía celebrarse inmediatamente en el Pandemónium, la gran capital de Satanás y de sus pares. A este consejo son llamados los más dignos en categoría y en mérito de cada hueste y de cada legión, los cuales acuden en seguida, en grupos de

cien y de mil, con su correspondiente séquito. Todas las avenidas viéronse obstruidas, inundáronse las puertas y los anchos vestíbulos, pero más especialmente la inmensa sala, que se asemejaba a aquellos campos cerrados, en donde los valientes campeones solían cabalgar armados, desafiar a la flor de la caballería pagana a un combate a muerte o correr una lanza. Aquel numeroso enjambre, que hormiguea a la vez en la tierra y en el aire, deja oír a lo lejos una especie de silbido producido por el movimiento de sus alas. Así como en la primavera, cuando el Sol sigue su curso por el signo del Toro, las abejas hacen salir en grupos y en torno de las colmenas a su numerosa progenie y revolotean aquí y allá entre el fresco rocío y las flores o se pasean sobre una tabla unida, que forma como en antemural de su ciudadela de paja, recientemente perfumada de aromas, discurriendo y deliberando sobre sus asuntos de Estado, del mismo modo y tan espesa como ellas era la turba aérea que allí hormigueaba y se mantenía unida hasta el momento en que se dio la señal convenida. Pero, ¡oh asombro!, los que hasta entonces parecían sobrepujar a los gigantes, hijos de la Tierra se apiñan ahora, más pequeños que los más diminutos enanos y en considerable número, en un espacio estrecho; parécense a la raza de los pigmeos, que existen más allá de las montañas de la India o más bien a las hadas reunidas en su nocturna orgía, a la orilla de un bosque o de una fuente, que ve o sueña ver un campesino extraviado, mientras la Luna que distinguía antes sobre su cabeza declina más hacia la Tierra su pálido curso; entretenidos aquellos espíritus ligeros en sus danzas o en sus juegos, halagan con una música agradable los oídos del campesino, cuyo corazón late a la vez de gozo y de espanto. De esta suerte, aquellos espíritus incorpóreos redujeron a la menor proporción su inmensa estatura y se fueron colocando, innumerables siempre, por la sala de aquella coste infernal. Pero en un departamento retirado, conservando sus propias dimensiones, esto es, permaneciendo como antes eran, los grandes señores seráficos y los querubines se reunieron en secreto conclave y mis semidioses sentados en sillas de oro, formaron un consejo numeroso y completo. Después de un corto silencio y leída la convocatoria, dio principio la gran deliberación. El PARAÍSO PERDIDO LIBRO II

Elevado sobre un trono de regia magnificencia, que sobrepujaba en esplendor a las riquezas de Ormuz y de la India o a las de las comarcas del espléndido Oriente, cuya mano pródiga hacía llover sobre sus bárbaros reyes las perlas y el oro, vese sentado a Satanás, a quien su mérito había hecho merecedor de tan funesta preeminencia. A pesar de que su desesperación le había exaltado aún más de lo que podía esperar, aspiraba todavía a mayor elevación, empeñado en alcanzar una vana gloria contra los cielos, y sin que le hubieran servido de experiencia los sucesos pasados, su soberbia imaginación le dictó estas palabras: "¡Potestades y dominaciones! ¡Divinidades del cielo!: Ya que no hay profundidad que pueda contener en sus abismos nuestro vigor inmortal, por más que estemos caídos y oprimidos, no considero todavía perdido el cielo para nosotros. Después de esta humillación, las virtudes celestiales, levantándose de su caída, se elevarán con más gloria y más formidables y en adelante no tendrán que temer una nueva catástrofe. Un justo derecho y las leyes fijadas por el Cielo me han designado de antemano para jefe vuestro; después, vuestra libre elección me ha confirmado este puesto, así como también lo he adquirido con mi valor y mis consejos; nuestra desgracia, por tanto, ha logrado hasta aquí una buena reparación puesto que merced a ella me veo establecido con seguridad en un trono no envidiado por nadie y cedido con pleno consentimiento. El favor del Cielo y las gracias que distribuye a sus elegidos, en diferente grado, excitan, naturalmente, entre ellos una secreta envidia, pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el puesto más elevado, se halla más expuesto a los rayos del Tonante y está condenado por lo mismo a tener la mayor parte en nuestros interminables tormentos? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede originarse querella alguna entre las facciones porque es seguro que nadie reclamará la preeminencia en el infierno: nadie, a quien haya cabido una pequeña parte en nuestra actual desgracia, deseará, por ambicioso que sea, una desgracia mayor. Contando, pues, a favor nuestro con la ventaja de la unión, con esta fidelidad constante y con esta concordia más firme que la puede existir en el cielo, venimos a reclamar la justa herencia que antes poseíamos, más seguros de prosperar que si la misma prosperidad nos lo asegurara. Ahora bien; ¿qué camino es el mejor? ¿La guerra abierta o la oculta? Esto es lo que hemos de discutir. Hable, pues, el que se considere suficientemente capaz de emitir un dictamen". Calló Satanás y Moloc que estaba cerca de él con el cetro en la mano, se levantó: Moloc, el más fuerte, el más furioso de los espíritus que combatieron en el cielo, y ahora más furioso todavía por su desesperación. Tenía la audaz pretensión de juzgarse igual en fuerza al Eterno, y, antes que ser menos que él preferiría no existir; no cuidando de su existencia, se creía libre de todo temor. No tenía para nada en cuenta a Dios, ni al infierno, ni a otra cosa peor que el infierno, así es que, en tal disposición, pronunció estas palabras: Mi dictamen está a favor de la guerra abierta; tengo muy poca experiencia en los ardides, pero tampoco me vanaglorio de ello. Conspiren los que tengan necesidad de hacerlo; pero cuando sea preciso, no en la ocasión presente, porque mientras ellos estén fraguando tranquilamente sus planes, ¿han de verse millones de espíritus, que permanecen de pie, armados y suspiran por oír la señal de marcha, languideciendo aquí, fugitivos del cielo, y aceptando por morada esta sombría, infame y vergonzosa caverna, prisión de una tiranía

que reina por nuestra negligencia? No: antes armados con el furor y las llamas del infierno, y, estrechamente unidos, abrámonos un paso irresistible a través de las murallas del cielo, transformando nuestras torturas en armas terribles para el autor de ellas. Entonces oirá el trueno infernal, respondiendo al estridor de su rayo omnipotente, y en vez de relámpagos verá un fuego negro mezclado de horror, lanzado con igual furor entre sus ángeles y su mismo trono envuelto por el azufre del Tártato y por una llama extraña, tormentos todos inventados por él mismo. ¡Pero quizá parezca demasiado áspero y rudo el camino para llegar con seguro vuelo hasta un enemigo tan elevado! Los que así lo crean pueden recordar, si es que el soporífero brebaje de este lago de olvido no les entorpece aún más, que nos elevamos por nuestro propio impulso hacia nuestro asiento natal, y que el descenso y la caída son contrarios a nuestra esencia. Cuando nuestro orgulloso enemigo perseguía no ha mucho a nuestra destrozada retaguardia, insultándonos, y acordándonos a través del abismo, ¿quién de vosotros no ha experimentado con qué violencia y con qué trabajoso vuelo descendíamos hasta tan abajo? El ascenso, pues, es fácil. "Se teme por el éxito y, por tanto, habrá tal vez quien vacile en provocar al que es más fuerte que nosotros por miedo de que adopte en su cólera el peor miedo que puede encontrar para nuestra destrucción, si es que en el infierno puede existir el temor de vernos más destruidos. Pero ¿qué cosa habrá peor que habitar aquí, privados de la felicidad, condenados en este abismo odios a una eterna desgracia, en este abismo en donde los ardores de un fuego inextinguible deben afligirnos sin esperanza de ver su fin, a nosotros los vasallos de la cólera, cuando el inexorable laguito y la hora de la tortura nos llamen al castigo? Ninguna fuerza creada podría soportar tormentos mayores que nos aniquilarían del todo, y, por consiguiente, deberíamos expirar. ¿Qué tememos, pues? ¿Por qué hemos de titubear en excitar su mayor enojo, que, llegado al último límite de su furor, nos consumiría, reduciendo al mismo tiempo a la nada nuestra sustancia? Mucho más dichosos podríamos entonces considerarnos que siendo, como ahora, miserables, al par que eternos? De otra suerte, si nuestra naturaleza es realmente divina y no puede dejar de serlo, no s vemos en la peor condición de la nada; pero tenemos la prueba de que nuestro poder basta para turbar su cielo y para extender la alarma con nuestra perpetuas incursiones en torno de su trono fatal, aunque inaccesible: si esto no es victoria, por lo menos nos habremos vengado". Terminó su discurso frunciendo el entrecejo y brillando en sus ojos una venganza desesperada una guerra peligrosa para todo lo que fuera menos que los dioses. De lado opuesto se levantó Belial, con su continente más gracioso y humano. Los cielos no han perdido criatura más hermosa: parecía haber sido creado para las dignidades y los más grandes hechos: pero en él todo era ficción y vanidad, por más que su lengua destilase maná y por más que hiciera pasar el peor dictamen por el mejor, embrollando y desconcertando los planes mejor concebidos, porque sus pensamientos eran bajos; ingenioso para el vicio, pero temeroso y lento para las acciones más nobles; sin embargo de esto, halagaba los oídos, y con un acento persuasivo, empezó de esta suerte: "Me decidiría, ¡oh príncipes!, por la guerra abierta, porque a nadie cedo en cuestión de odio, si lo que se ha alegado como principal razón para resolvernos a una guerra inmediata no fuera lo más a propósito para disuadirme de ello y no me pareciera de muy mal agüero

para cualquier éxito: el que más sobresale en hechos de armas, lleno de desconfianza en aquello que aconseja y en lo que sobresale, funda su valor en la desesperación y en un aniquilamiento como el único objeto que distingue tras una cruel revancha. Ahora bien, ante todo decidme: ¿qué desquite podemos tomar? Las torres del cielo están llenas de guardias armados, que hacen imposible todo acceso. Sus legiones acampan con frecuencia al borde mismo del abismo, y con un vuelo ligero exploran en toda su extensión los reinos de la noche, sin temor de ser sorprendidos. Aun cuando por medio de la fuerza nos abriéramos un camino, aun cuando todo el infierno se lanzara tras nosotros en la más negra insurrección para oscurecer la luz pura del cielo, nuestro gran enemigo permanecería incorruptible sobre su trono inmaculado, y la sustancia etérea, incapaz de mancha alguna, sabría en breve reparar el mal que la hiciéramos y victoriosa purificar el cielo del fuego interior. Rechazados de esta suerte, nuestra última esperanza consistiría en una cobarde desesperación. ¿Deberemos, pues, excitar al vencedor Todopoderoso a agotar su rabia y a acabar con nosotros? ¿Deberemos cifrar nuestro anhelo en dejar de existir? ¡Triste anhelo!, porque ¿quién querría perder, por más que estén llenos de dolor, esta sustancia intelectual, estos pensamientos errantes a través de la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las anchurosas entrañas de una noche increada, privados de sensación y movimiento? Y ¿quién sabe, si por más que esto nos conviniera, nuestro irritado enemigo puede y quiere anonadarnos? Que lo pueda, es dudoso; que no lo querrá nunca, es seguro. ¿Consentirá siendo tan sabio, en renunciar a la vez a su ira, al parecer por impotencia o distracción, para conceder a sus enemigos lo que desean y para aniquilar en su cólera a los que su cólera salva con objeto de castigarlos sin tregua? ¿Quién nos detiene?, dicen los que aconsejan la guerra. Estamos juzgados, reservados y destinados a una desgracia eterna. Por más que hagamos, ¿qué podemos sufrir, qué sufrimiento será, peor que éste? ¿Es, acaso la peor de las condiciones estar sentados como estamos deliberando y armados? ¡Ah! cuando huíamos con todo nuestro vigor, perseguidos y abrasados por el aflictivo rayo del cielo, y cuando suplicábamos al abismo que nos diese un abrigo, este infierno nos parecía un refugio contra nuestras heridas, y cuando nos vimos encadenados en ese lago ardiente, ¿no era mucho peor nuestro estado? ¿Qué sucedería si despertase de nuevo el hálito que encendió esas pálidas llamas, y comunicándoles una séptubla rabia, nos arrojara de nuevo en ellas, o si allá arriba la interrumpida venganza armara de nuevo su encendida diestra con los rayos que nos han causado tan profundas heridas? ¿Qué sería de nosotros si todos los tesoros de su cólera se abrieran y si el firmamento que cubre el infierno derramara sus cataratas de fuego; horrores suspendidos sobre nuestras cabezas, que nos amenazan con caer un día sobre nosotros? Mientras que proyectamos o aconsejamos una guerra gloriosa, arrastrados quizá por una ardiente tempestad, cada uno de nosotros se verá arrojado e incrustado sobre una roca, siendo juguete y presa de desgarradores torbellinos, o sepultado para siempre y encadenado en ese océano hirviente. Una vez allí, conversaremos con nuestros eternos suspiros, sin reposo, sin misericordia, sin descanso, durante siglos, cuyo fin no podemos esperar; nuestra condición entonces sería peor.

Mi voz os disuadirá de una guerra abierta, lo mismo que de una oculta, porque ¿qué pueden contra Dios la fuerza o la astucia, o quién puede engañar el espíritu de Aquel cuyos ojos lo abarcan todos con una sola mirada? Desde la altura de los cielos, nos ve y se ríe de nuestras vanas deliberaciones, no menos omnipotente para resistir a nuestras fuerzas que hábil para burlar nuestras astucias y complots. Pero ¿hemos de vivir envilecidos de esta suerte? ¿La raza del cielo permanecerá hollada de este modo, desterrada, condenada a soportar aquí estas cadenas y estos tormentos?... Según mi parecer, esto es preferible a cualquier otra cosa peor, puesto que nos vemos subyugados, por el inexorable hado y sus omnipotentes decretos, a la volunta del vencedor. Nuestra fuerza es igual, tanto para sufrir como para obras: la ley que así lo ha ordenado no es injusta; así debíamos haberlo comprendido desde el principio si al combatir contra tan gran enemigo y cuando lo que había de suceder era dudoso, hubiéramos obrado con prudencia. Yo me río cuando aquellos que son atrevidos y hábiles en el manejo de la lanza, se abaten al faltarles ésta, y temen soportar lo que demasiado deben haber previsto: esto es, el destierro, o la ignominia, o las cadenas, o los castigos a que, en uso de sus derechos, los condena el vencedor. Tal es en la actualidad nuestra suerte y si podemos someternos a ella y soportarla, nuestro supremo Enemigo podrá, con el tiempo mitigar su cólera y, quizá, estando tan lejos de su presencia y no ofendiéndole más, no pensará en nosotros, satisfecho con el castigo que hemos experimentado. Entonces se templará ese fuego abrasador, si su aliento no aviva la llama y nuestra sustancia, purificada ya, soportará ese vapor insoportable, o acostumbrada a él, no lo percibirá; o más bien, alterada con el tiempo y amoldándose a estos sitios en temperamento y en naturaleza, se familiarizará con ese punzantes ardor que carecerá de pena; el horror se convertirá en dulzura y la oscuridad en luz. Debemos esperar, además, en lo que el infinito vuelo de los días venideros puede traernos y fijar nuestra atención en los cambios de probabilidades que sobrevengan, ya que nuestra suerte actual puede pasar por dichosa, aunque sea mala, y que de mala no llegará a ser peor, si nosotros mismos no nos procuramos mayores desgracias". De este modo aconsejaba Belial, con palabras disfrazadas bajo el manto de la razón, un innoble reposo, una bajeza indigna, pero no la paz. Después de él, Mamón dijo: "Hacemos la guerra, si la guerra es el mejor partido, o para destronar al Rey del cielo, o para reconquistar nuestros derechos perdidos. Podemos alimentar la esperanza de destronar al Rey del cielo, cuando el Destino, de eterna duración, ceda su puesto al inconstante Acaso, y cuando el Caos dirima la contienda. En vano es que esperemos el primer caso, prueba de que el segundo es también vano; porque ¿existe acaso para nosotros un puesto en toda la extensión del cielo, a menos que subyuguemos a su Monarca supremo? Supongamos que se apiade de nosotros, que nos perdone bajo la promesa de una nueva sumisión: ¿con qué rostro podríamos permanecer humillados en su presencia, recibir la orden, estrictamente impuesta, de glorificar su trono, murmurando himnos, cantando a su divinidad, aleluya, forzados, mientras él ocupe imperiosamente su trono envidiado y mientras su altar exhale perfumes de ambrosía y flores de ambrosía, serviles ofrendas

nuestras? Esa será nuestra misión en el cielo, ésas nuestras delicias. ¡Oh, cuán enojosa debe de ser una eternidad empleada en ofrecer adoraciones a quien se odia! No intentemos alcanzar por medio de la fuerza lo que, aun obtenido por el consentimiento, sería inaceptable, hasta en el cielo: el honor de un espléndido vasallaje. Busquemos con preferencia nuestro bien en nosotros mismos y vivamos en este vasto retiro para nosotros mismos, libres, sin tener que dar cuenta a nadie de nuestras acciones, prefiriendo una dura libertad al ligero yugo de una pompa servil. Entonces se echará más de ver nuestra grandeza, cuando hagamos salir lo útil de los nocivo, un estado próspero de una fortuna adversa; cuando, doquiera que sea, luchemos con el mal y consigamos nuestro bienestar por medio del trabajo y de la paciencia. ¿Tomaremos por ventura ese mundo profundo de oscuridad? ¡Cuántas veces se ha complacido el Soberano Señor del cielo en residir entre negras y densas nubes sin oscurecer su gloria, en rodear su trono con la majestad de las tinieblas, donde rugen los profundos truenos con reconcentrada rabia, de tal modo que el cielo entonces se asemeja al infierno! Así como imita nuestra noche, ¿no podemos nosotros imitar su luz cuando nos plazca? Este desierto suelo no carece de tesoros ocultos, de oro y de diamantes; no carecemos tampoco de habilidad o de arte para utilizarnos de su magnificencia; ¿qué más puede ofrecernos el Cielo? Nuestros suplicios, por el transcurso de los tiempos, pueden llegar a ser nuestro elemento; estas ardientes llamas parecernos tan benignas como crueles hoy; nuestra naturaleza puede convertirse en la suya, lo cual debe, necesariamente, alejar de nosotros el sentimiento del dolor. Todo nos invita, pues, a que adoptemos una resolución pacífica ya a que establezcamos un orden duradero; examinemos con detenimiento cómo podemos dulcificar mejor nuestros males presentes, atendido lo que somos y el sitio en que nos encontramos, renunciando enteramente a toda idea de guerra. Este es mi parecer". Apenas había cesado de hablar, cuando se elevó un murmullo en la asamblea, semejante al que se oye cuando las concavidades de los vientos tumultuosos, que después de haber agitado el mar durante la noche, adormecen con su ronca cadencia a los marinos extenuados de fatiga, cuya barca no ha podido, afortunadamente, echar el ancla después de la tempestad en una bahía llena de escollos; del mismo modo resonaron los aplausos cuando Mamón acabó su discurso, que aconsejaba una resolución agradable y pacífica, porque los espíritus rebeldes temían más encontrarse en otra vez en el campo de batalla que en el infierno; tanto era el miedo que les infundía el rayo y la espada de Miguel. Además, deseaban fundar aquel imperio inferior, que podría ser con la política y el largo transcurso del tiempo rival del Imperio del cielo. Cuando Belcebú advirtió esta disposición (nadie excepto Satanás, ocupa una categoría tan elevada como él), se levantó con grave ademán y al levantarse parecía una columna del Estado. Los cuidados públicos y la reflexión se veían profundamente grabados en su frente, y en sus facciones majestuosas, aunque desfiguradas, se leían las sabias decisiones de un rey. Arrogante y severo, mostraba sus hombros de Atlas capaces de soportar el peso de las más poderosas monarquías. Su mirada domina al auditorio, y mientras habla permanece todo él tan tranquilo y silencioso como la noche o como el aire del mediodía en la calurosa estación.

"Tronos y potestades imperiales, hijos de cielo, virtudes etéreas, ¿debemos renunciar a nuestros títulos y cambiando de estilo, llamarnos príncipes del infierno? Sin duda habrá de ser así, pues según veo, el voto popular se inclina a permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer en la más dura esclavitud, aunque apartado de Él y bajo el yugo ineludible reservado a esta cautiva multitud? En cuanto a Él, tened por cierto que, tanto en la altura de los cielos como en la profundidad del abismo, reinará el primero y el último como único Rey, no habiendo perdido por nuestra rebelión la más mínima parte de su majestad soberana. Extenderá aún más su Imperio sobre el infierno y nos gobernará aquí con un cetro de hierro, como gobierna a los habitantes del cielo con un cetro de oro. ¿A qué viene, pues, permanecer aquí deliberando sobre la paz o la guerra? Nos determinamos por ésta, y hemos sido destrozados con una pérdida irreparable. Nadie ha pedido o implorado aún condiciones de paz, porque ¿cuál sería la que se concediese a esclavos cómo nosotros, sino duros calabozos, y golpes y castigos arbitrariamente impuesto? Y ¿qué paz podemos dar a cambio sino la que de nosotros debe esperarse, es decir: hostilidades y odio, repugnancia invencible, y venganza aunque tardía, conspirando siempre para buscar los medios de impedir que el Conquistador se aproveche de su conquista y pueda recrearse en los tormentos que sufrimos y no sentimos más? No nos faltará la ocasión: no tendremos necesidad de emprender una expedición peligrosa para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen sitios ni asaltos, ni las emboscadas del infierno. ¿No nos sería posible encontrar otro medio más fácil? Si la antigua y profética tradición del cielo no es falsa, existe una región, un mundo, morada dichosa de una nueva criatura llamada Hombre. En estos tiempos, a poca diferencia, ha debido ser creada semejante a nosotros, aunque inferior en poderío y en excelencia, pero más favorecida por aquel que lo dirige todo allá arriba. Tal ha sido la voluntad del Todopoderoso declarada ante los dioses, y confirmada por un juramento que conmovió la vasta extensión del cielo. Hacia este sitio deben dirigirse todos nuestros pensamientos, a fin de saber qué criaturas habitan aquel mundo; que forma y qué sustancia son las suyas; cuál es su poder y su debilidad, y si debemos atacarlas más bien por la astucia que por la fuerza. Aunque el cielo esté cerrado para nosotros y su soberano Arbitro resida en él con seguridad, confiado en su propias fuerzas, la nueva morada puede estar abierta en los confines más remotos del reino de ese Monarca y abandonada a la defensa de los que la habitan, allí podríamos quizá llevar a cabo alguna aventura provechosa por medio de un imprevisto ataque, ya devastando con el fuego del infierno su creación entera, ya apoderándonos de ella como de nuestro propio bien y arrojando, del mismo modo que hemos sido arrojados, a sus débiles poseedores, o si no los arrojamos, podremos atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios se convierta en su enemigo y con mano arrepentida destruya su propia obra. Esto sería mucho mejor que una

venganza ordinaria, porque acibaría el placer que nuestra confusión causa al vencedor: de su turbación nacería nuestro gozo, cuando viera que su hijos queridos, precipitados en este sitio para sufrir con nosotros, maldecirían su frágil ser y su dicha, tan pronto marchita. Reflexionad si este proyecto vale la pena de intentarse o si debemos más bien permanecer aquí rodeados de tinieblas, pensando en fundar vanos imperios" Tal fue el diabólico consejo que dio Belcebú, consejo imaginado de antemano y propuesto en parte por Satanás. Porque ¿de quién sino del autor de todo mal, podía preceder la perversa idea de herir en su raíz a la razón humana, de mezclar y confundir a la Tierra con el infierno, y todo esto sólo para contristar al Creador? Pero la malicia infernal no servirá más que para aumentar su gloria. Tan atrevido proyecto agradó sobre manera a aquellas potestades infernales y el gozo brilló en todos los ojos, por consiguiente, la aprobación fue unánime. Belcebú tomó de nuevo la palabra: "¡Habéis discutido y terminado bien este largo debate, sínodo de los dioses! Habéis resuelto una cosa tan grandes como vosotros mismos, una cosa que, desde lo más profundo del abismo nos elevará de nuevo, a despecho de la suerte, a nuestra antigua morada. Quizá a la vista de aquellas fronteras brillantes, con nuestras armas preparadas y una incursión oportuna, tengamos probabilidades de entrar en el cielo, o por lo menos de habitar con seguridad en una zona templada, sin dejar de ser visitados por la hermosa luz del día: el brillante rayo del esplendoroso Oriente nos librará de esta oscuridad y exhalará su balsámico aliento el aura dulce y deliciosa para curar las heridas que nos causa este fuego corrosivo. Pero ante todo, ¿a quién juzgaremos capaz de semejante empresa? ¿Quién sondeará con paso vacilante el abismo sombrío, infinito, sin fondo y encontrará un camino salvaje a través de la palpable oscuridad? O ¿quién desplegará su aéreo vuelo sostenido por infatigables alas, sobre el precipicio vacío e inmenso, antes de llegar a la dichosa isla? ¿Qué fuerza, qué arte pueden bastarle entonces? ¿Qué secreta evasión le hará pasar con seguridad a través de los apiñados centinelas y las infinitas avanzadas de ángeles vigilantes en derredor? Preciso le será entonces valerse de toda su prudencia y preciso nos será a nosotros sufragios, porque todo el peso de nuestra última esperanza descansará sobre el que enviemos". Dicho esto, se sentó y la expectación mantuvo en suspenso su mirada aguardando que se presentara alguno para secundar, combatir o emprender la peligrosa aventura; pero todos permanecieron sentados y mudos, pesando profundamente en su imaginación los riesgos que se correrían y leyendo cada cual con asombro su propio desaliento en el aspecto de los demás. Entre los más escogidos campeones que combatieron contra el Cielo, no se pudo encontrar uno solo bastante atrevido para reclamar o aceptar para sí solo tan terrible expedición, hasta que, por último, Satanás, a quien una gloria trascendental coloca ahora muy por encima de sus demás compañeros, con un orgullo regio y lleno de la conciencia de su elevado mérito, habló sin inmutarse de esta suerte: "¡Oh progenio del cielo, tronos empíreos! Con razón hemos quedado silenciosos y mudos de asombro, aunque no intimidados. El camino que desde el infierno conduce a la luz es largo y escabroso; nuestra prisión es fuerte; esta enorme bóveda de fuego, violento y

devorador, nos rodea nueve veces y las puertas, de encendido diamante, reforzadas contra nosotros, nos prohíben toda salida. Una vez atravesados sus umbrales, si hay alguien que pueda atravesarlos, el vacío profundo de una noche informe le recibe en sus entreabiertas fauces y amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso antro. Si desde allí el explorador logra escapar a un mundo cualquiera, o a una región desconocida, ¿qué le queda sino peligros desconocidos o una evasión difícil? Pero no merecería yo el honor de sentarme en ese trono, ¡oh pares!, sería indigno de esta soberanía imperial, rodeada de esplendor y armada de tal poder, si la dificultad o el peligro que ofrezca una cosa propuesta o calificada de utilidad pública pudiera disuadirme de emprenderla. Puesto que asumo en mí las dignidades regias y no me niego a reinar, tampoco debo negarme a aceptar una parte tan grande de peligros como de honores, parte igualmente debida al que reina, y que se le debe tanto más cuanto más elevado es el lugar que ocupa entre todos. Id, pues, tronos poderosos, que, aunque caídos, sois todavía terror del Cielo, id a inquirir lo que en nuestra morada (en tanto que este lugar lo sea) mejor puede aliviar la miseria presente, y hacer más soportable el infierno, si es que existe algún medio o algún encanto para suspender, desviar o calmar los tormentos de esta horrible mansión. No ceséis en vuestra vigilancia contra un enemigo que vela, en tanto que, recorriendo yo las apartadas playas de la negra desolación, busco la libertad de todo. Nadie tomará parte conmigo en esta empresa." Al decir estas palabras, el monarca se levantó previniendo así toda respuesta; en su sagacidad, teme que los demás jefes, animados con su resolución, vengan ahora a ofrecer (seguros de una negativa) lo que antes les había inspirado temor, pues de estas suerte podrían llegar a ser rivales en la opinión, comprando a bajo precio la gloria que él debía conquistar a costa de inmensos peligros. Pero los espíritus rebeldes temían tanto aquella aventura como la voz que prohibía tomar parte en ella y dejaron su asiento al mismo tiempo que Satanás; el ruido que produjeron al levantarse todos a la vez fue como el del trueno, percibido desde lejos. Se inclinaron ante su general con una veneración respetuosa y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo, que es el más elevado del cielo. No dejaron de expresar, por medio de sus alabanzas, cuánto apreciaban al que por la salud general, despreciaba la suya, porque los espíritus réprobos no pierden toda su virtud, como los malvados que se envanecen en la Tierra, de aquellas acciones especiosas que excitan a una vanagloria o que una secreta ambición cubre con cierto barniz de celo. De esta suerte terminaron las sombrías y dudosas deliberaciones de los demonios, que se regocijaban al tener tan incomparable jefe; del mismo modo, cuando al esparcirse las nubes tenebrosas desde la cumbre de las montañas, mientras el aquilón duerme, y después de cubrir la risueña faz del cielo, derraman sobre el oscurecido paisaje la nieve o la lluvia, si por casualidad el sol brillante, antes de ocultarse, prolonga uno de sus rayos de la tarde, las campiñas reviven, las aves renuevan sus cantos y las ovejas, con sus balidos demuestran su alegría, que resuena en las colinas y en los valles. ¡Vergüenza para los hombres! El demonio se unió al demonio condenado en una firme concordia y los hombres, únicas criaturas racionales de todas las creadas no pueden entenderse, a pesar de esperar en la

gracia divina, a pesar de que Dios proclama la paz, viven alimentando entre ellos el odio, la enemistad y las querellas; se declaran guerras crueles y devastan la Tierra para destruirse unos a otros, como si (lo que debería establecer entre nosotros la concordia) el hombre no tuviera bastantes enemigos infernales que velan noche y día por su destrucción. Disuelto aquel consejo estigiano, los poderosos próceres infernales salieron en buen orden: en medio de ellos iba su gran soberano, que parecía, por su aspecto, el único antagonista del cielo, no menos que el emperador formidable del infierno; en torno suyo, y con una pompa suprema y una majestad a imitación de la de Dios, le encierra un globo de ardientes querubines, con blasonados estandarte y terribles armas. Entonces mándase proclamar al sonido de las trompetas reales el gran resultado de la sesión que acaba de terminar, y cuatro rápidos querubines, aplicando a su boca el sonoro metal, dirigen a los cuatro vientos sus sonidos, que explica la voz de un heraldo; el profundo abismo los oye hasta una gran distancia, y todas las huestes del infierno contestan con atronadores gritos y grandes aclamaciones. Más tranquilizados ya los espíritus y reanimados en parte por una falsa y presuntuosa esperanza, disuélvense los formados batallones; cada demonio toma a la aventura diferente camino según que por él le conduce a la incertidumbre o a una triste elección, dirigiéndose donde con más verosimilitud cree poder dar tregua a sus agitados pensamientos y pasar las enojosas horas hasta la vuelta del gran jefe. Unos corriendo en rápida carrera por la llanura o elevándose por los aires con raudo vuelo, luchan como en los juegos olímpicos o en los campos píticos; otros refrenan sus corceles ardientes, o evitan las metas con sus ruedas rápidas, o alinean el frente de los escuadrones; de mismo modo suele representar el cielo en las turbadas nubes, para aviso de las ciudades orgullosas, la imagen de la guerra, figurando ejércitos que se precipitan unos contra otros; los caballeros aéreos de cada vanguardia avanzan lanza en ristre, hasta confundirse las espesas legiones, mientras que de un extremo a toro del Empíreo, se ve ardiendo el firmamento con estos hechos de armas. Otros espíritus más crueles, con una inmensa rabia, propia de Tifeo, arrancan colinas y peñascos y se lanzan en torbellinos por el aire; el infierno apenas puede contener tan horrible tumulto. Del mismo modo, Alcides, al volver de Escalia, coronado por la victoria, y al sentir el efecto de la envenenada túnica, arrancó en su dolor los pinos de la Tesalia y arrojó a Lícas en el mar de Eubea desde la cumbre del Eta. Otros espíritus más tranquilos, retirados a un valle silencioso y acompañándose de arpas que producen angelicales sonidos, cantan sus propios combates heroicos y la desgracia de su caída debida a la suerte de las batallas, quejándose de que el Destino someta el valor independiente a la fuerza o la Fortuna. Su concierto era parcial: pero la armonía (¿podía operar distinto efecto siendo espíritus inmortales lo que cantaban?), tenía arrobado al infierno y en suspenso el ánimo de aquella agitada multitud. Con discursos más suaves todavía (porque la elocuencia encanta al alma, así como la música a los sentidos), otros, sentados aparte en una montaña, emitían pensamientos más elevados acerca de la Providencia, la presencia, la voluntad y el Destino; del Destino

inmutable, de la voluntad libre, de la presencia absoluta, sin poder hallar solución a estas cuestiones, en cuyos tortuosos laberintos se perdían. Sus principales argumentos se fijan en el mal y en el bien, en la felicidad y la miseria final, en la pasión y en la apatía, en la gloria y la infamia: ¡vano saber! ¡falsa filosofía, la cual, sin embargo, puede calmar un tanto con su agradable prestigio, su dolor o su angustia, excitar su falaz esperanza o armar su endurecido corazón de una paciencia tan tenaz y resistente como un triple acero. Otros, formando escuadrones y numerosas compañías, procuran descubrir, por medio de atrevidas exploraciones, si en lo más apartado de aquel mundo siniestro existe alguna comarca que pueda ofrecerles una morada más soportable; dirigen su alada marcha por cuatro caminos a lo largo de las orillas de los ríos infernales, que sepultan sus lúgubres ondas en el lago ardiente: el detestable Stix, río del odio mortal; el triste Aqueronte, profundo y negro río del dolor; el Cocito, llamado así por los grandes lamentos que se oyen en su contristada onda; el ardiente Flegetón, cuyas olas se inflaman con rabia como un torrente de fuego. Lejos de estos ríos, una larga y silenciosa corriente, la del Leteo, río del olvido desarrolla su húmedo laberinto. Quien bebe de su agua olvida inmediatamente su primitivo estado y su existencia: olvida a la vez el gozo y el dolor, el placer y la pena. Más allá del Leteo, se extiende sombrío y salvaje un continente helado, combatido por tempestades perpetuas, por huracanes y por un espantoso granizo que no se derrite en la tierra firme, sino que se aglomera en montones, semejantes a las ruinas de un antiguo edificio. En todo su alrededor no se ve más que nieve espesa y hielo, abismo profundo, parecido a las lagunas de Serbonian, que hay entre Damieta y el viejo monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros. Un aire seco, aunque helado, abrasa y el frío produce el mismo efecto que el fuego. Todos los ángeles malditos son conducidos allí, arrastrados en ciertas épocas por las furias de garras de arpía, y allí sufren alternativamente la brusca y amarga transición de tan crueles extremos, que hace más cruel este cambio. Transportados desde un lecho de fuego abrasador al hielo adonde se extingue su dulce calor etéreo, permanecen algún tiempo transidos e inmóviles fijos y yertos, y desde allí vuelven a ser arrojados al fuego. Atraviesan en una barca el estrecho de Leteo al ir y al venir; su suplicio aumenta por lo mismo, desean y se esfuerzan por alcanzar cuando pasan el agua tentadora; quisieran, con una sola gota, perder en un grato olvido sus padecimientos y sus desgracias, todo en un momento y tan cerca de la corriente. Pero el Destino los aparta de ella, con el aspecto terrorífico de una Gorgona, guarda el vado y el agua huye por sí misma del paladar de toda criatura viviente, como huía de los labios de Tántalo. Errantes y abandonadas de esta suerte en su tumultuosa marcha, las hordas aventureras, pálidas y temblorosas de horror, y con los ojos extraviados, contemplan por vez primera su lamentable destino, y no encuentran un momento de reposo: atraviesan numerosos valles sombríos y desiertos, muchas regiones dolorosas, muchos Alpes de hielo y muchos Alpes de fuego: rocas, grutas, lagos, pantanos, cuevas, antros y sombras de muerte, que Dios en maldición, creó malo, y bueno únicamente para el mal: universo donde toda vida muere y donde toda muerte vive; en donde la Naturaleza perversa engendra cosas monstruosas,

cosas abominables, prodigiosas, inexplicables; perores aún que las inventadas por la fábula o concebidas por el terror: Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas. Entre tanto Satanás, el adversario de Dios y del hombre, con la imaginación exaltada por los designios más elevados, apresta sus alas rápidas y dirigiéndose hacia las puertas del infierno, explora su ruta solitaria: unas veces recorre la costa hacia la derecha; otras hacia la izquierda; tan pronto roza con sus alas niveladas la superficie del abismo, como remontándose al punto más elevado dirige su impulso hacia la ardiente bóveda. Como cuando en el mar se descubre a lo lejos una flota que parece suspendida en las nubes e impelida por los vientos del equinoccio, dirige su rumbo hacia Bengala o hacia las islas de Ternate y Tidor, de donde los negociantes traen las drogas y, recorriendo éstos las aguas protectoras del comercio a través del vasto océano de Etiopía hasta El Cabo, navegan hacia el polo, a pesar de las mareas o de la noche; tal parecía a los lejos el vuelo del enemigo alado. Alcanza, por fin, los límites del infierno, que se elevan hasta la horrible bóveda y aparecen sus tres veces triples puertas, formadas por tres hojas de bronce, tres de acero y otras tres de diamantina roca, impenetrables y resguardadas por una llama que gira en torno suyo y no se consume nunca. A uno y otro lado de ambas puertas están sentadas dos formidables figuras: la una se parece, hasta la cintura, a una mujer joven y hermosa; pero su cuerpo termina de un modo repugnante en forma de cola de serpiente, armada de un aguijón mortífero y cubierta de pliegues escamosos, voluminosos y extensos. Rodeada su cintura una traílla de perros infernales, que no cesan de ladrar con sus anchas fauces de Cerbero, produciendo un horrible alboroto. Cuando alguna cosa nueva llegaba a turbar el ruido de aquellos canes, podían a su antojo entrar de nuevo, y, arrastrándose en las entrañas del monstruo establecer allí su perrera; pero aún allí continuaban ladrando y aullando sin ser vistos. Menos odios éstos eran los perros que atormentaban a Escila cuando se bañaba en el mar que separa la Calabria de la mugiente costa de Trinacria; un séquito menos repugnante acompaña a la Maga nocturna, cuando, llamada en secreto, acude cabalgando por el aire, atraída por el olor de la sangre de un niño, a bailar con las brujas de la Laponia, mientras la luna se eclipsa penosamente por la fuerza de sus encantos. La otra figura, si es que así puede llamarse a una mezcla confusa de miembros, coyunturas y articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que parecía una sombra (porque cada una de ellas se asemejaba a lo uno y a lo otro), la otra figura es negra, como la noche, feroz como diez furias; terrible como el infierno; blandía un espantoso dardo y llevaba en su cabeza una cosa que tenía la apariencia de corona real. Aproximábase ya Satanás, cuando el monstruo, levantándose de su sitio, salió a su encuentro, dando descomunales pasos, que hicieron estremecer al infierno. El indomable enemigo contempló con asombro lo que podía ser aquello, y, aunque se admiraba no temía, pues excepto a Dios y a su Hijo, ni ama ni teme cosa alguna creada, y con una mirada desdeñosa, tomó el primero la palabra, diciendo:

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