Manifiesto comunista , Otro de Historia Moderna. Universidad Autonóma de Chile
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ignacio-araos6 de julio de 2017

Manifiesto comunista , Otro de Historia Moderna. Universidad Autonóma de Chile

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Un fantasma recorre Europa el fantasma del comunismo
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Manifiesto comunista

M A N I F I E S T O C O M U N I S T A

C A R L O S M A R X F E D E R I C O E N G E L S

Ediciones elaleph.com

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Nota Preliminar

De las varias ediciones castellanas del Manifiesto pocas son buenas y ninguna excelente. La primera fue hecha, según parece, por José Mesa, traductor también de Miseria de la filosofía, de Carlos Marx. En ediciones sucesivas, y alguna de ellas en la Argentina, se reprodujo ese texto, descuidadamente y sin revisarlo siquiera con la edición francesa, excelente por más de un concepto. Más tarde se publicó una nueva versión española, hecha sobre la traducción francesa de Carlos Andler. La traducción de Andler está hecha sin ningún escrúpulo y con una interpretación tan poco rigurosa de muchos pasajes, que desvirtúa más de un concepto. Es natural que la edición castellana que tomó esta base, adolezca de los mismos defectos. En el año 1924

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García Quejido hizo una edición que hasta el momento es la mejor. Conociendo todas las anteriores, siguió la francesa de Laura Lafargue, y mejoró el texto de la primera, que se supone de Mesa. En estos intervalos, especialmente después de la revolución rusa, se publican dos o tres ediciones anónimas y tan malas que sólo merecen una referencia condenatoria. Dos se han publicado últimamente en España: la primera traducida por un tal Antonio Atienza y la segunda por E. González Blanco. Ambas exigen un juicio análogo al de las anónimas que hemos mencionado.

En nuestro país se reprodujo hace años la primera versión española y también se hizo una edición de la de García Quejido. Tanto en la primera como en la segunda se siguió el pernicioso "sistema editorial" de copiar simplemente, sin averiguar la fidelidad del texto ni hasta dónde es posible mejorarlo.

Para esta edición hemos tomado como base la de García Quejido y la francesa de Laura Lafargue. La versión de Laura Lafargue es de una notable concisión y conserva toda la fuerza poderosa del modo de expresión que tuvieron los autores del Manifiesto. En algunos párrafos García Quejido ha

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diluido esa característica de Marx y Engels, tan visible en el Manifiesto, lo que va en perjuicio de su prolijo trabajo. El texto de esta edición está más aproximado al límpido de la de Lafargue.

El Manifiesto Comunista es el documento revolucionario más importante y de ideas históricas más seguras que nunca se haya escrito. Siempre es necesario acudir a él como la fuente más clara de la doctrina para así conocerla incontaminada y evitar el contagio reformista. Y avalorar esta edición con el ensayo de Antonio Labriola es acompañarla del pensamiento de uno de los más hondos y sagaces expositores del marxismo.

M. P. ALBERTI.

NOTA.– Se han publicado dos nuevas ediciones castellanas mientras ésta estaba en prensa. Una, hecha en París por la Biblioteca Marxista, se anunció como la "primera edición fundamental de esta obra en lengua española", y no es más que una copia, con leves modificaciones, de la de García Quejido. La obra tiene el mérito de ser traducida del alemán, con notas muy extensas de Riazánof, con el nuevo ensayo de Labriola y varios apéndices. En

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cuanto a interpretación, su texto no difiere en nada del presente.

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PREFACIOS

La Liga de los Comunistas, Sociedad obrera internacional que no podía vivir sino en secreto, dadas las condiciones de la época, encargó a los que suscriben, delegados al Congreso celebrado en Londres en 1847, que redactaran y publicaran un programa detallado del Partido, a la vez teórico y práctico. Tal es el origen de este Manifiesto, cuyo manuscrito fue enviado a Londres para su impresión algunas semanas antes de la revolución de Febrero. Publicado primero en alemán, se han hecho en este idioma lo menos doce ediciones diferentes en Alemania, Inglaterra y América. Ha aparecido en inglés en Londres en l850, en el "Red

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Republican", traducido por la señorita Elena Macfarlane, y en 1871 se han hecho al menos tres traducciones diferentes en América. Apareció en francés en París algún tiempo antes de la insurrección de junio de 1848, y recientemente en "L’Socialiste", de Nueva York. Se prepara en este momento otra edición. Hízose en Londres una edición en polaco poco tiempo después de la primera edición alemana, En Ginebra apareció en ruso algunos años después de 1860. Ha sido traducido al danés a poco de su publicación original.

Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco años, los principios generales expuestos en este Manifiesto conservan en conjunto todavía la mayor exactitud. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo Manifiesto explica que la aplicación de los principios dependerá siempre y en todo caso de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no debe darse mucha importancia a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capitulo II. Este pasaje sería redactado hoy de muy distinta manera en más de un punto. Dado el desenvolvimiento colosal de la grande industria en los últimos veinticinco años, y la organización de 1a clase obrera en partido, que se

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desenvuelve paralelamente; dadas las experiencias, primero, de la revolución de Febrero, y después, sobre todo, de la Comuna de París, que eleva por 1a primera vez al proletariado, durante dos meses, al Poder político, este programa está envejecido en ciertos puntos. La Comuna ha demostrado principalmente que "no basta con que la clase obrera se apodere de la máquina del Estado para hacerla servir a sus propios fines". (Véase "La guerra civil en Francia", notabilísimo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, donde esta idea está más extensamente desarrollada). Además, evidente mente, la crítica de la literatura socia1ista es en estos momentos incompleta, pues sólo llega a 1847, y al propio tiempo, si las observaciones que se hacen sobre la posición de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición (capítu1o IV) son exactas todavía en sus trazos generales, están envejecidas en detalle, pues la situación política ha cambiado completamente y la evolución histórica ha hecho desaparecer a la mayoría de los partidos que se enumeran. Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico: que no tenemos derecho a modificar. Una edición posterior quizá sea

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precedida de una introducción que pueda llenar la laguna entre 1847 y hoy; la actual reimpresión ha sido demasiado rápida para poder escribirla.

CARLOS MARX FEDERICO ENGELS Londres, 24 de junio de 1872.

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II

EL MANIFIESTO COMUNISTA

Desgraciadamente, tengo que firmar solo el prefacio de esta edición. Marx, el hombre a quien la clase obrera de Europa y América debe más que a ningún otro, Marx reposa al presente en el cementerio de Highgate y sobre su tumba verdea ya el primer césped. Después de su muerte no es ocasión de rehacer o de completar el Manifiesto. Creo, pues, necesario recordar aquí explícitamente lo que sigue.

La idea fundamental e íntima del Manifiesto – a saber: que la producción económica y la estructura social que resulta forman indefectiblemente, en cada época histórica, la base de la historia política e

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intelectual de esta época; que, por consecuencia (después de la desaparición de la primitiva propiedad común del suelo), toda la historia ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre las clases explotadas y las clases explotadoras, entre las clases dominadas y las clases dominantes, en los diferentes estados de su desenvolvimiento histórico; pero que esa lucha atraviesa actualmente una etapa en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede emanciparse de la clase que la explota y oprime sin emancipar al propio tiempo, y para siempre, a toda la sociedad de la explotación, de la opresión y de las luchas de clases, – esta idea fundamental pertenece única y exclusivamente a Marx. Lo he declarado a menudo; pero al presente es preciso que esta declaración figure a la cabeza del Manifiesto.

F. ENGELS. Londres, 26 de junio de 1883.

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III

Después de escrito lo que precede ha sido necesaria una nueva edición alemana del Manifiesto, e interesa recordar aquí los acontecimientos con él relacionados. Una segunda traducción rusa – por Vera Zassulitch – apareció en Ginebra en 1882; Marx y yo redactamos el prefacio. Desgraciadamente, he perdido el manuscrito alemán original, y debo retraducir del ruso; lo que no es de ningún beneficio para el texto.

"La primera edición rusa del MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA, traducido por Bakunin, apareció después de 1860 en la imprenta del "Kolokol. En ese momento, una edición rusa de esta obra tenía tanto más que para el Occidente la importancia de una curiosidad literaria. Ahora no es

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lo mismo. Cuan reducido era el terreno de acción del movimiento proletario en el momento de la aparición del Manifiesto (enero de l848) es lo que resalta bien del último capítulo: Posición de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición. Rusia y los Estados Unidos, especialmente, no fueron mencionados. Era el momento en que Rusia formaba la última gran reserva de la reacción europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía el total exceso de las fuerzas del proletariado de Europa. Estos dos países proveían a Europa de primeras materias y le ofrecían al propio tiempo mercado para la venta de sus productos industriales. Los dos servían, pues, de una y otra manera, de contrafuerte a la organización social de Europa.

"¡Cuán cambiado está todo! Precisamente la emigración europea ha hecho posible el colosal desenvolvimiento de la agricultura en América del Norte, cuya competencia ha conmovido en sus cimientos a la grande y pequeña propiedad territorial de Europa.. Es ella la que ha dado a los Estados Unidos, simultáneamente, la facultad de emprender la explotación de sus grandes recursos industriales, con energía y medida tales que el

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monopolio industrial de la Europa Occidental desaparecerá rápidamente. Estas dos circunstancias repercuten a su vez sobre la misma América. La pequeña y la media propiedad campesina, piedra angular de la organización política de América, desaparece de continuo bajo la concurrencia de las explotaciones agrícolas gigantescas, mientras que en la industria se forma por la primera vez un numeroso proletariado al lado de una fabulosa concentración de capital.

"Pasemos a Rusia. Al producirse la revolución de 1848- 49, los monarcas de Europa, así como la burguesía veían en la intervención rusa el único medio de salvación contra el proletariado, que empezaba a tener conciencia de su fuerza. Hicieron del zar el jefe de la reacción europea. Ahora es en Gatchina, el prisionero de guerra de la Revolución, y Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa. "El MANIFIESTO COMUNISTA se propuso proclamar la desaparición próxima e inevitable de la propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado del capitalismo, que se desarrolla febrilmente, y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad del suelo es propiedad común de los

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campesinos. "Se trato, entonces, de saber si la comunidad

rural rusa, forma ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común del suelo, pasará directamente a una forma comunista superior de la propiedad territorial, o bien si debe seguir desde luego el mismo proceso de disolución que ha sufrido en el desenvolvimiento histórico de Occidente.

"La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal de una revolución obrera en occidente, y las dos se completan, la propiedad común actual de Rusia podrá servir de punto de partida a una revolución comunista.

"Londres, 21 de enero de 1882."

Una nueva traducción polaca apareció hacia esa época en Ginebra: MANIFEST KOMMUNISTYCZNY.

Después, una nueva traducción danesa ha aparecida en la "Socialdemokratik Bibliothek", Copenhague, l885. Desgraciadamente, no está completa; algunos pasajes esenciales, que parecen

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haber detenido al traductor, han sido omitidos, y aquí y allá se notan trazas de negligencia que son tanto más lamentables cuanto que se ve por el resto que la traducción habría podido ser excelente con un poco más de cuidado.

En 1886 aparece una nueva traducción francesa en "Le Socialiste, de París; es hasta ahora la mejor.

Después de ésta ha aparecido en el mismo año una versión española, primero en "El Socialista" y luego en folleto: MAMIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA, Madrid.

A título de curiosidad diré que en 1887 fue ofrecido a un editor de Constantinopla el manuscrito de una traducción armenia; el excelente hombre no tuvo el valor de imprimir un folleto sobre el cual figuraba el nombre de Marx, y pensó que sería preferible que el traductor apareciese como autor; lo que éste se negó a hacer.

Después han sido reimpresas diferentes veces en Inglaterra ciertas traducciones americanas más o menos inexactas, y por fin una traducción auténtica ha aparecido en 1888. Esta es debida a mi amigo Samuel Moore, y ha sido revisada por los dos antes de su impresión. Lleva por titulo: MANIFESTO OF THE COMMUNIST PARTY, Londres. Yo he

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reproducido en la presente. edición algunas notas de esa traducción inglesa.

El Manifiesto tiene vida propia. Recibido con entusiasmo en el momento de su aparición por la vanguardia poco numerosa del socialismo científico (como lo prueban las traducciones citadas en el primer prefacio), fue pronto relegado al olvido por la reacción que siguió a la derrota de 1os obreros parisinos en junio de 1848 y proscrito "por ley" a consecuencia de la condena de los comunistas de Colonia en noviembre de 1852. Como el movimiento obrero que se inició con la revolución de Febrero, el Manifiesto también desaparece de la escena política.

Cuando la clase obrera europea hubo recuperado las fuerzas para un nuevo asalto contra el poderío de las clases dominantes, nació la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esta tenía por objeto reunir en un inmenso ejército a toda la clase obrera de Europa y América. No podía, pues, partir de los principios expuestos en el Manifiesto. Debía darse un programa que no cerrara la puerta a las "Trade-Unions" (Uniones industriales inglesas), a los prudonianos franceses, belgas, italianos y españoles ni a los lasalianos alemanes.

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Este programa – el preámbulo de los Estatutos de la Internacional – fue redactado por Marx con una maestría que fue reconocida hasta par Bakunin y los anarquistas. Para la victoria definitiva de las proposiciones insertas en el Manifiesto, Marx se remitía únicamente al desarrollo intelectual de la clase obrera que debía resultar de la comunidad de acción y de discusión. Los acontecimientos y las vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas más todavía que los éxitos, no podían dejar de hacer sentir a los combatientes la insuficiencia de todas sus panaceas y de tornarlos capaces de penetrar hasta las verdaderas condiciones de la emancipación obrera, Marx tenía razón. La clase obrera de 1874, después de la disolución de la Internacional, era diferente de la de l864, en el momento de su fundación. El prudonismo de los países latinos y el lasalismo propiamente dicho en Alemania estaban en la agonía, y las mismas Uniones industriales inglesas, entonces ultraconservadoras, se acercaban poco a poco al momento en que el presidente del Congreso de Swansea, en 1887, pudiera decir en su nombre: "El socialismo continental ha dejado de ser para nosotros un espantajo". Pero el socialismo continental casi estaba identificado en 1887 con la

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teoría formulada en el Manifiesto. Y así la historia del Manifiesto refleja hasta cierto punto la historia del movimiento obrero moderno desde 1848. Actualmente es, sin duda, la obra más extendida, la más internacional de toda la literatura socialista, el programa común de millones de obreros de todos los países, de Siberia a California.

Y sin embargo, cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto "socialista". En 1847 se comprendía bajo este nombre de socialista dos géneros de personas. De un lado, los partidarios de diferentes sistemas utópicos, especialmente los owenistas en Inglaterra y los furieristas en Francia, que no eran ya unos y otros sino simples sectas agonizantes. De otra parte, los múltiples curanderos que querían, con sus panaceas variadas y con toda suerte de remiendos, suprimir las miserias sociales sin tocar el capital y el interés. En ambos casos, agentes que vivían fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo cerca de las clases "instruidas". Al contrario, esa parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia de los simples trastornos políticos, quería una transformación fundamental de la sociedad se llamaba entonces "comunista". Era un comunismo apenas elaborado,

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muy instintivo, a veces un poco grosero; pero fue asaz pujante para producir dos sistemas de comunismo: en Francia, la "Icaria", de Cabet, y en Alemania, el de Weitling. El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero. El socialismo era, al menos en el Continente, un pasatiempo mundano; el comunismo era otra cosa. Y como nosotros opinábamos por entonces muy claramente que "la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos", no pudimos vacilar un instante sobre la denominación que escogeríamos. Después no se nos ha ocurrido jamás modificarla.

"Proletarios de todos los países, ¡uníos!". Sólo algunas voces nos respondieron cuando lanzamos estas palabras por el mundo, hace ya cuarenta y dos años, en vísperas de la primera revolución parisiense, en la cual el proletariado se insurreccionó en nombre de sus propias reivindicaciones. Mas el 28 de setiembre de 1864 los proletarios de la mayoría de los países de la Europa Occidental se reunieron en la Asociación Internacional de los Trabajadores, de gloriosa memoria. La Internacional no vivió sino nueve años; pero los lazos que ella estableció entre los proletarios de todos los países

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subsisten todavía, y no hay mejor prueba que la jornada de este día. En el momento en que escribo estas líneas el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, por la primera vez movilizadas en un solo ejército, bajo la misma bandera y para un objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo por el Congreso obrero de París en 1889. El espectáculo de hoy demostrará a los capitalistas y a los propietarios territoriales de todas las naciones que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos.

¡Qué Marx no esté a mi lado para verlo con sus propios ojos!

F. Engels. Londres, 1° de mayo de 1890.

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MANIFIESTO

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales de Francia y los polizontes de Alemania.

¿Qué oposición no ha sido acusada de comunismo por sus adversarios en el Poder?

¿Qué oposición, a su vez, no ha lanzado a sus adversarios de derecha o izquierda el epíteto zahiriente de comunista?

De aquí resulta una doble enseñanza: l° El comunismo está reconocido como una

fuerza por todas las potencias de Europa, y 2° Ha llegado el momento de que los

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comunistas expongan a 1a faz del mundo su manera de ver, sus fines y sus tendencias; que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del partido. Con este objeto, comunistas de diversas nacionalidades se han reunido en Londres y han redactado el Manifiesto siguiente, que será publicado en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés,

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I

BURGUESES Y PROLETARIOS

La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clases.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros jurados y compañeros; en una palabra, opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada; una guerra que termina siempre, bien por una transformación revolucionaria de la sociedad, bien por la destrucción de las dos clases antagónicas.

En las primitivas épocas históricas comprobamos por todas partes una división jerárquica de la sociedad, una escala gradual de

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