Mark de Matthew Lipman, Otro de Filosofía. Universidad de Guadalajara
marcela-quiroz-leyva
marcela-quiroz-leyva6 de septiembre de 2017

Mark de Matthew Lipman, Otro de Filosofía. Universidad de Guadalajara

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Reflexiones sobre los temas centrales de filosofía social y política, en una valoración seria y rigurosa de lo que hace que una sociedad sea democrática
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Segunda edición

M atthew L ipman

Mark

Segunda edición

Traducción

Félix García Moriyón

EDICIONES DE LA TORRE Madrid, 1998

Mark es una de las novelas que componen el currículum Filosofía para

Niños, diseñado para proporcionar a los niños y jóvenes un

pensamiento crítico, reflexivo y solidario. Ocupa el séptimo lugar en una

serie de siete novelas y está destinada fundamentalmente a adolescentes

entre las edades de catorce y dieciséis años (Enseñanza Media).

Proyecto Didáctico Quirón, n .Q 21

© Del texto: Matthew Lipman

De esta edición: Ediciones de la Torre

Sorgo, 45 - 28029 Madrid

Tel.y Fax: 91 315 55 66

edicionesdelatorre@inf ornet. es

www. edicionesdelatorre. com

Primera edición: junio de 1989

Segunda edición: septiembre de 1998

ET Index: 223PDQ21

ISBN: 84-7960-231-7

Depósito Legal: M. 31.779-1998

Impreso en España / Prmted in Spain

Gráficas Cofás

Polígono Prado de Regordoño

Móstoles (Madrid)

El signo © (copyright: derecho de copia) es un símbolo internacional que representa la

propiedad de autor y editor y que permite a quien lo ostenta la copia o multiplicación de

un original. Por consiguiente esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo, ni en

parte, ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, en

ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético,

electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial. De acuerdo con lo anterior, la fotocopia no autorizada de este libro o parte de él

está expresamente prohibida por la ley y puede constituir delito.

Capítulo I

IV AI # ■ ark Jaho rsk i iba corriendo al Instituto. Raramente I ■ paseaba si tenía la posibilidad de correr, y rara-

A mente corría suavemente: su forma habitual de

hacerlo era a toda velocidad. Cuando llegaba al sitio al que iba, fuera

el que fuera, se apoyaba en una pared jadeando y respirando por la 5

boca.

—Eres lo suficientemente estúpido como para hacer eso —le

decía su hermana gemela.

Mark no solía tomarse la molestia de contestarle. Se limitaba a

mirarla con frialdad, y a continuación, cuando se sentía algo desean- 10

sado, se lanzaba otra vez a la carrera. Pasó por delante de los Par-

kinson; tenían una canasta de baloncesto colgada encima de la

puerta del garaje. Dos chicos estaban peleándose justo debajo del

aro. Mark los conocía; eran dos chicos de quinto.

—¿Por qué estáis peleándoos? —les gritó, después de haberse 15

parado un momento para tomar aliento.

Los dos chicos empezaron a dar vueltas mirándose uno a otro

con mucha atención.

—¿Simplemente por nada? —insistió Mark. Hubiera continuado

su camino, pero algo en el rostro del chico más alto, una fugaz 20

expresión de desdicha, le hizo pararse un poco más.

—Me llamó burro estúpido —dijo el chico más alto.

—¿Por qué le llamaste eso? —preguntó Mark al otro chico, reci­

biendo inmediatamente la respuesta que esperaba.

—Porque lo es —le dijo el chico más bajo, más regordete, son- 25

riendo mientras lo decía.

Se reanudaron los golpes y después de un minuto más o menos

los dos combatientes, cansados, se separaron un poco y se dispusie­

ron a luchar otra vez.

—A mí me llaman estúpido continuamente, pero eso no significa

5 nada para mí —dijo Mark dirigiéndose al chico más alto. Al no con­

seguir nada, decidió intentarlo de otra manera y le dijo al otro con

aire inocente, mientras permanecía de pie debajo del aro—, ¿cómo

sabes que es un burro estúpido?

—Sólo tengo que mirarle para poder llamárselo —dijo al chico

10 más bajo.

—Yo no soy un burro —dijo el chico más alto—. Si vuelve a

decírmelo, le aplastaré la cara.

—No necesitas ser capaz de explicar lo que ves —le dijo el chico

más bajo a Mark—. Simplemente puedes saberlo. Me basta con

15 mirarle y saberlo. Actúa igual que actúan los burros estúpidos.

Los chicos empezaron a golpearse otra vez. Mark se encogió de

hombros y siguió su camino hacia el Instituto. En la calle, Maple

redujo su ritmo hasta quedarse en un ligero trote, giró para subir por

el camino asfaltado que llevaba hasta el edificio y abrió la puerta de

20 un empujón. Tendría que haber ido directamente a su armario, pero

fue incapaz de pasar de largo sin pararse ante la acalorada discusión

que estaban manteniendo Laura y Millie.

—Te lo estoy diciendo, lo he visto en la tele —insistía Lura—.

Dicen que es posible que algunos tiburones sean mamíferos.

25 —¡Vaya tontería! —medio gritó Millie—. ¡No recuerdo haber oído

nunca nada tan estúpido! Todo el mundo sabe que los tiburones son

peces y que las ballenas son mamíferos. /Todo el mundo lo sabe!

—¿A qué viene que hables ahora de las ballenas? —dijo Laura

con una evidente expresiónn de disgusto.

30 Mark esbozó una sonrisa burlona.

—Sólo porque todas las ballenas son mamíferos —continuó

Laura— no puedes decir que sólo las ballenas son mamíferos. Todo

el mundo puede decirte que las ballenas y los tiburones se parecen

muchísimo.

35 —¡Seguro! —replicó Millie—. Ambos viven en el agua. ¡Vaya des­

cubrimiento! Y ninguno de los dos tiene pies.

—¡Eh, Laura! —dijo Mark, pensando que sería mejor intervenir—.

Lo que quiere decir Millie es que ninguna de esas cosas tiene la

menor importancia. Hay parecidos que no son importantes y dife­

rencias que sí lo son.

—¿Como cuáles? —preguntó Laura. 5

—¡Vamos! Tú lo sabes igual que yo —replicó Mark—. Las balle­

nas dan de mamar a sus crías, y los tiburones no. Las ballenas tienen

sangre caliente y respiran aire; los tiburones tienen sangre fría y res­

piran agua. Esas cosas son las que realmente cuentan.

—Mark —contraatacó Laura, con los ojos centelleantes—, 10

¿quién decide cuáles son las cosas que cuentan? ¿Tú? ¡Tú siempre te

crees muy listo!

Se echó el pelo hacia atrás por encima de los hombros, le miró

durante un momento y a continuación empezó a alejarse.

—¡Eh! ¡Espera! No te enfades así —iba gritando Millie detrás de 15

Laura, casi corriendo para alcanzarla—. Además, ¿a qué viene tanta

prisa? No tienes interés en llegar pronto a la clase de Sociales, ¿verdad?

—¡Ese Mark! ¡Se cree tan desapasionado y frío! Me gustaría ver su

cara cuando se entere de lo de Lisa —dijo Laura, no haciendo caso de

la pregunta de Millie. 20

—¡Oh! A mí no me gustaría —murmuró Millie, añadiendo tí­

midamente—. Y de todas formas, si quizá algunos tiburones no son

peces, ¿quién conocería la diferencia?

25

II

—¿Has visto a Lisa? —le preguntó Mark a Millie.

Había sonado el timbre y Lisa no estaba en la clase. Millie contestó

negativamente moviendo la cabeza. No estaba dispuesta a decirle a 30

Mark que había visto a Lisa y Greg Marston en dirección a la cafetería

de Pete.

Como de costumbre, resultó difícil decir en qué momento exacto

había empezado la clase. La señora Williams había estado de pie junto

a la pizarra hablando con Randy. Después se acercaron Tony y Fran y 35

unos cuantos alumnos más se metieron en la discusión, hasta que bien

pronto toda la clase estaba discutiendo. Poco a poco, los que estaban

alrededor fueron sentándose en sus puestos, pero sin dejar de hablar.

Aunque había diferentes grupos de discusión, todos ellos estaban dis­

cutiendo aproximadamente del mismo tema. Randy había empleado la

5 palabra «mundo libre» y Fran quería saber qué países pertenecían al

mundo libre y cuáles no.

—No podemos decir en qué consiste el «mundo libre» mientras no

sepamos lo que significa «libre» —protestó Harry.

—Bueno, ya que tú no lo sabes, te diré lo que significa —contestó

10 Mickey—. Dondequiera que la gente elabora las leyes por las que se

rigen, allí son libres. Evidentemente podrás darte cuenta de que no

existe semejante lugar.

—Tú te refieres a la democracia —dijo Laura.

—¿Qué es la democracia? —preguntó la señora Williams, después

15 de que nadie hubiera hecho ningún comentario durante un rato.

—La democracia es el sitio en el que la gente vive según sus pro­

pias leyes, leyes hechas por ellos mismos. Por eso la gente en las

democracias es libre —dijo Laura, echándose el pelo hacia atrás con

un gesto desafiante.

20 —Para un momento; no vayas tan rápido —dijo Mark con cierto

aire de sentirse agraviado—. No puedes coger cualquier razón anti­

cuada y decir que esa es la que hay que tener en cuenta. Son muchí­

simas las diferencias entre las democracias y otros tipos de gobierno.

¿Quién te dice que la que tú has escogido es la única que merece ser

25 tenida en consideración?

—Mark tiene razón, Laura —dijo Tony—. Guando está hablando

de cosas tan complicadas como la democracia y la libertad hay que

fijarse en muchas cosas.

—Como si el país tiene o no tiene una Constitución —sugirió

30 Jane.

—Claro —añadió Tim—. ¿Y qué me dices del gobierno representa­

tivo?

—Son cosas que hay que tener en cuenta —concedió Laura.

—¡Claro! —dijo Mark, sorprendido al darse cuenta de que Laura y

35 él estaban de acuerdo para variar—. Son cosas a considerar. Pero, ¿en

qué medida son importantes? ¿Son decisivas?

—La única cosa lo suficientemente importante como para ser con­

siderada decisiva es la ley de la mayoría —dijo Jill pausadamente, des­

pués de haber mirado a toda la clase.

—¡Eso no es así! —respondió inmediatamente Fran—. ¡Lo decisivo

son los derechos de las minorías! —miró a Jill durante un momento y 5

después se dirigió hacia la profesora—. Señorita Williams, si existe

alguna consideración que siempre debes tener en cuenta, y es tan

importante que realmente es decisiva, ¿hay alguna palabra especial

para nombrarla?

Era el primer año que la señorita Williams daba clase y algunas 10

veces se ponía en guardia frente a los comentarios de los alumnos.

—¿Una palabra? —preguntó frunciendo el ceño—, ¿como cuál?

—¿No existe una palabra que se dice «criterio»? —dijo Suki tras

haber levantado la mano con algunas dudas.

—¡Claro! ¡Criterio! —replicó Harry. 15

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Mark con excitación—. Mira,

digamos que tenemos dos criterios. Vamos a olvidarnos de los demás

por ahora. Tenemos dos criterios aplicables a la democracia: la ley de

la mayoría y los derechos de las minorías. ¿Cuál de los dos vamos a

aceptar? 20

—No tienen por qué ser uno u otro; quizá no sean ninguno de los

dos —dijo Tony pausadamente.

—También podrían servir los dos a la vez. Existen cuatro posibili­

dades —añadió Harry.

—Pero, ¿cómo vamos a elegir entre las cuatro? —insistió Mark. 25

—¿Puede ser, señorita Williams —dijo Harry lentamente—, que

tengamos un conjunto de criterios y que tengamos que seleccionar

algunos? ¿Puede ser que todavía necesitemos otro criterio para poder

decidir cuáles seleccionar del primer conjunto?

La señorita Williams se quedó pensando un momento en la pre- 30

gunta para poder responder a continuación:

—No creo que tengas muchas alternativas. ¿Cómo vas a poder

escoger si careces de un criterio que te permita escoger?

—Por tanto, podemos seguir indefinidamente —exclamó Mark,

traicionando con su gesto la desilusión que sentía—. Creí que una vez 35

que resolviéramos cuáles eran las consideraciones que debíamos tener

en cuenta, dispondríamos de una regla para tomar decisiones. Pero no

tiene nada que ver con eso. Es como aquella caja de galletas, era una

caja de galletas Quaker Oats, y había un dibujo de un hombre que

sostenía una caja de galletas Quaker Oats en su mano, y esa caja tenía

5 un dibujo de un hombre que sostenía una caja de galletas Quaker Oats

en su mano, y así indefinidamente.

—Pero no tiene por qué ser así —afirmó Fran—. Quizá en teoría sí

lo sea, pero no en la práctica. No hay por qué seguir sin un final. Si

tenemos presente en nuestra mente lo que estamos intentando hacer,

10 eso nos ayuda a poner en orden nuestras razones. Luego, cuando

tenemos que tomar una decisión, simplemente nos lanzamos y la

tomamos, y lo hacemos con las mejores razones que tenemos.

—Las mejores razones que tenemos... De acuerdo —dijo Harry—.

Y esos son nuestros criterios.

15 Más tarde, cuando los alumnos se dirigían ya hacia la puerta de la

clase, Jill le dijo a Laura:

—¿Cuándo crees que Lisa le va a hablar a Mark?

—¿Hablarle a Mark? ¿Por qué debería hacerlo? Quizás cree que

puede salir con los dos a la vez.

20 —¿Quedarse con los dos? No. Tiene que decidirse por uno u otro.

—Y el criterio que empleará será cuál le gusta más, ¿verdad?

—Seguro. Pero te apuesto lo que quieras a que hay algo más que

ella tendrá en cuenta. Esos dos chicos tienen un temperamento terri­

blemente fuerte. Sea el que sea al que rechace, será como un barril de

25 pólvora a punto de estallar. Si Lisa estuviera aquí, la avisaría: ¡Ten

cuidado!

—Lo que yo te he dicho —comentó Laura con una ligera sonrisa—

Tiene razones muy poderosas para intentar quedarse con los dos.

30

III

—Me imagino que vamos a un entrenamiento de baloncesto —le

dijo Lisa a Mark.

35 —Claro —le contestó, mirando a Luther y Tony que le esperaban

en el pasillo. A sí mismo se dijo: «Sabe que voy siempre al entrena-

miento de baloncesto después de las clases. ¿Por qué me pregunta?»

En ningún momento se le pasó por la imaginación que Lisa quería

hablarle.

—¿Por qué será que ese juego no me dice nada? —se preguntó

Lisa en voz alta, lamentando en seguida lo que había dicho al darse 5

cuenta de que Mark hacía un gesto de disgusto.

—Es un juego muy interesante —dijo Mark débilmente.

—¿Es porque no tienes que pensar mientras juegas? —dijo ella sin

pensárselo. Sonó mucho peor de lo que se había imaginado.

—¡No, no es cierto! —contestó Mark poniéndose inmediatamente 10

a la defensiva—. Tienes que pensar mientras estás jugando al balon­

cesto. En cada movimiento tienes que saber lo que estás haciendo. De

hecho eso es lo que hace que sea tan bonito: en el campo, hacer y

pensar son una y la misma cosa. ¿De qué otro juego puedes decir eso? Lisa no respondió. Era incapaz de entender la pasión de Mark por 15

el baloncesto y parecía que sus explicaciones intentando hacerle com­

prender por qué le gustaba sólo empeoraban las cosas.

—Mira —dijo ella—, me están esperando. Nos veremos más tarde,

¿de acuerdo? ¡Tengo tanto trabajo que hacer...!

—De acuerdo, te veré mañana —dijo Mark, que parecía no estar 20

molesto.

Mark se marchó. Después del entrenamiento estaba pletórico en

lugar de cansado y fue corriendo sin parar hasta su casa. Encontró a

su hermana, María, sola en el piso, esperándole. Si no hubiera estado

pensando todavía en la velocidad a la que había dado la vuelta en la 25

esquina, se hubiera dado cuenta de lo seria que estaba su hermana.

—¡Mark! —exclamó—. Mamá ha venido a casa y se ha vuelto a ir

en seguida. Tiene algo que decirte.

—¿De qué se trata?

—El traslado de la National Textile. 30

—¿Trasladarse? No lo entiendo. ¿Cómo pueden trasladarse?

—Claro que pueden y lo van a hacer, según mamá. Se van al otro

extremo del país. Dentro de seis meses.

—¡Pero si tienen ese edificio gigantesco! ¡Y deben tener miles de

empleados! 35

—¿Y qué? Dicen que les sale más barato en cualquier otro sitio.

—Pero nosotros nos quedaremos aquí, ¿verdad? Es decir, mamá

no tendrá que irse con ellos. Podría encontrar trabajo aquí, ¿verdad?

—Supongo que no es tan sencillo. Dice que tiene muchos trienios,

sea lo que sea eso, y que los perdería si no fuera. Me imagino que una

5 vez que ha ascendido hasta ser más o menos un ejecutivo no quieres

retroceder y convertirte en una mecanógrafa.

—¿Pero qué pasa con papá? No puede simplemente dejar sus

cosas y marcharse, sin más ni más. ¿Qué pasa con su trabajo?

María movió su cabeza y puso mala cara. Sólo entonces Mark se

10 dio cuenta por primera vez de que había estado llorando.

—Ese es el problema —intentó explicar María—. Parece que existe

algún tipo de problema, pero no alcanzo a entenderlo. Quiero decir

que en el trabajo, en la biblioteca, nunca hay promociones. Por eso te

limitas a permanecer en el mismo puesto, año tras año. Es cierto que

15 él nunca dice nada de eso, pero eso da lo mismo. Por eso piensa que

las cosas no podrían ir peor en otro sitio sea el que sea.

—Pero..., pero... —farfulló Mark—, ¡es ridículo! ¡Es una locura!

Esta estúpida sociedad: o las cosas están completamente paradas o no

paran de moverse. No tiene sentido de ninguna de las dos formas.

20 Más tarde, cuando llegaron el señor y la señora Jahorski, confir­

maron lo que María ya había contado a Mark. Aquella noche la cena

fue una reunión' tranquila, casi solemne, por más que el señor

Jahorski siguió intentado ver el lado bueno de las cosas.

Por la noche, Mark estuvo dando vueltas en la cama sin poder

25 dormirse. Se había dado cuenta con pesar de que iba a tener que

dejar a Lisa.

30

IV

Fuera lo que fuera lo que Lisa quería discutir con Mark, no tuvo

ánimo para sacarlo a relucir después de que le dijera que tendría que

irse. Sus pensamientos se agolpaban atropelladamente en la mente y

ninguno de ellos le resultaba agradable. Uno le decía: «Este es tu

35 castigo por lo de Greg.» Y otro, todavía más molesto, le decía: «Es

una ocasión, chica; aprovéchala. Has estado deseando deshacerte de

Mark durante mucho tiempo, pero no querías reconocerlo. Ahora,

¿qué importa?» Todavía otra voz interior le decía: «Es Greg el que no

significa nada para ti. Uno de estos días te dejará para salir con cual­

quier otra, y Mark se marchará y tú te quedarás sin ninguno.» Se

preguntaba lo que podría hacer para dejar de pensar. 5

Pero al siguiente miércoles se descubrió todo el lío. Mark le dijo:

—Iré a recogerte un poco antes el sábado por la tarde. Han cam­

biado el horario del cine, por lo que pasaré por ti a las siete.

—Pero..., pero... —murmuró Lisa—. Mark, tú no me dijistes nada

de que íbamos a ir al cine el sábado. No es lo normal. ¿Cómo pudiste 10

dar por supuesto que iríamos?

Ahora le tocaba a él el quedarse sorprendido. Le recordó:

—¿No te acuerdas? Habíamos quedado en ir al estreno de la

próxima película de Woody Alien. Incluso lo habíamos comentado.

Esta vez le tocaba a Lisa, y casi se sintió enferma. ¿Cómo podía 15

haberlo olvidado? Se dio cuenta de que tenía que solucionarlo de

alguna manera.

—Lo siento. No sé cómo, pero lo olvidé. De todas formas no

puedo ir contigo.

—¿Que no puedes? ¿Cómo es eso? 20

—Simplemente, no puedo.

—¿Pero, por qué?

—¿Por qué tengo que darte una razón? ¡Simplemente, no puedo!

Estaba de pie tan cerca, como si fuera una torre que la dominaba,

que no podía mirarle a la cara, por lo que dirigió la vista hacia abajo, 25

pero no quería mirar hacia abajo, quería mirarle de frente. Se vio

obligada a decirle, ante una exigencia que le parecía inaceptable:

—Le prometí a Greg Marston que saldría con él.

—¡Greg Marston! —murmuró—. ¿Esa rata inmunda? —fue lo

único que pudo decir a continuación. 30

Mark estaba realmente aturdido. Lisa asintió con la cabeza, per­

maneciendo en silencio.

—Pero, ¿por qué?

—Simplemente quiero salir con él; eso es todo.

—¿Porque está en el último curso y tiene un coche los sábados 35

por la noche?

—¡Oh, Mark! —protestó Lisa, mientras se preguntaba si había

algo de cierto en la acusación.

—¿Me estás diciendo... —se esforzaba por encontrar las pa­

labras—, me estás diciendo que crees que deberíamos dejarlo?

5 —¿He dicho yo algo de eso? —le respondió ella de forma

cortante—. Todo lo que quiero decir es que no estamos casados ni

nada por el estilo. ¿Por qué no voy a poder salir cuando quiera con

otro si me apetece? Sólo porque quiero charlar con algún otro de

vez en cuando, ¿van a tener que cambiar las cosas entre nosotros?

10 «Es penoso, se dijo a sí misma. Vaya argumento más tonto!» Miró

con gesto sombrio hacia el suelo y un pensamiento cruzó su mente:

«Entonces es así como terminan estas cosas.»

—¡Greg Marston! —exclamó Mark con repugnancia.

—¡Ni siquiera le conoces! Me gustaría que le conocieras. Te

15 apuesto algo a que te caería bien.

Aquello era la última gota. Mark tenía la imagen de Greg, sentado

al volante de su coche, sonriendo y dirigiéndole una mueca despec­

tiva. Mark estaba tan furioso que le hubiera dado un puñetazo a

Greg si éste hubiera aparecido por allí en aquel momento. Pero a

20 Lisa no podía hacerle nada. Furioso, aturdido, desesperado, lo único

que podía hacer era alejarse en silencio.

25

V

El cambio en Mark fue bastante evidente. Al principio, María se

había sorprendido ante ciertas incoherencias de su comportamiento;

por ejemplo, lo dócil que era en casa y lo crítico que era con todo lo

que se refería al colegio. Pero a continuación los cambios habían

30 empezado a ser más dramáticos. Un día aparecía por el colegio con

unos pantalones viejos y rotos, despeinado, dando voces y armando

follón. Al día siguiente se presentaba con camisa y corbata (normal­

mente la más llamativa y extravagante que podía encontrar), el pelo

peinado hacia atrás con algún tipo de gomina y un comportamiento

35 casi absolutamente correcto. Pero no se confiaba a nadie y sus com­

pañeros no podían imaginar lo que pasaba por su cabeza. No soltaba

prenda, ni siquiera cuando estaba con sus amigos. Al cabo de un

tiempo, sus compañeros se acostumbraron a sus rarezas sabiendo,

como sabían, los problemas que tenía.

Mark llevaba algo más de un año en el Instituto y en ese tiempo

no se habían producido incidentes que le hubieran hecho entrar en 5

conflicto con la dirección del centro. Si era abiertamente crítico

algunas veces, también lo eran muchos otros alumnos. Pero según

se fue acentuando su no conformismo, a sus amigos les preocupaba

en cierta manera que la dirección no iba a estar dispuesta a*pasar

por alto sus excentricidades. 10

En aquel momento, Mark estaba en la biblioteca, mirando con

cierta dejadez y sin ningún motivo especial la cabeza de Randy. De

pronto la bibliotecaria se puso delante suya, sin dejarle mirar. Mark

intentó moverse un poco para seguir mirando, pero era inútil, ella

insistió en que quería verlo en su despacho. La siguió despreocu- 15

padamente, confiando en que no había nada que tuviera que ver

con él.

—Mark —le dijo firmemente—, estos libros prestados están a tu

nombre. No entiendo cómo es posible que hayas podido llevarte tan­

tos. En todo caso son préstamos para un solo día y hace varias 20

semanas que te los llevaste. No has devuelto ninguno, ¿por qué?

Le mostró un montón de tarjetas de préstamo. Él la miró sin

decir una palabra, con la boca entreabierta. Los primeros días,

cuando descubrió que le habían desaparecido de su armario, estuvo

bastante preocupado. Pero al pasar el tiempo se preocupó cada vez 25

menos hasta que se borró totalmente de su mente. Todo lo que

pudo balbucear, casi de una forma incoherente, fue:

—Los puse en mi armario.

—Muy bien —dijo la bibliotecaria—. ¿Me los puedes dar ahora?

—Señorita Gratz, ya no están allí —dijo en un tono algo más alto 30

de lo que hubiera querido.

—Si no están allí, ¿dónde están? —contestó ella lentamente, con

una voz uniforme y monótona.

—¡No lo sé! —casi gritó—. No puedo encontrarlos.

El tono más elevado de Mark hizo que algunos estudiantes deja- 35

ran de leer y les miraran. Para desgracia de Mark, el director, el

señor Swing, había estado escuchando toda la conversación en la

puerta, esperando para hablar con la bibliotecaria.

—¿Te das cuenta —le dijo el señor Swing con un tono de voz

duro— que estás molestando a todo el mundo en esta biblioteca?

5 Mark le miró casi con fiereza y comenzó a decir en un tono tan

alto como el anterior:

—¿Qué pasa...?

—¡Ya está bien! —dijo el director, mirándole fríamente—. Eres

Mark Jahorski, ¿verdad?

10 Mark le miró fijamente. Sus labios se movieron, pero fuera lo que

fuera lo que dijo, no se escuchó nada. La señorita Gratz confirmó su

identidad con un rápido movimiento de cabeza.

—Mark Jahorski —dijo.

—De acuerdo, Mark —dijo el señor Swing—, mientras no traigas

15 esos libros no volverás a participar en actividades extraescolares.

—Pero no los tengo y no puedo devolverlos —comenzó a expli­

car Mark, pero en ese momento otro pensamiento cruzó su mente—.

¡El Partido! ¡Mañana por la noche se juega el partido de baloncesto!

¡Me lo perderé! —casi gritó.

20 —No si devuelves los libros —respondió el señor Swing, indi­

cando a la señorita Gratz que le siguiera a su despacho.

Mark, que parecía desconcertado, salió corriendo de la biblio­

teca, dejando sus libros y su cuaderno en la mesa en la que había

estado sentado con Laura y Jill. Las chicas, habían escuchado todo lo

25 que había ocurrido.

—No creo que la señorita Gratz pretendiera que pasara lo que ha

pasado —murmuró Jill.

—Desde luego que no —contestó de forma cortante Laura—.

Pero el «amable» Swing siempre está a tu disposición: pórtate bien o

30 lárgate.

—¡Pobre Mark! ¡Se le están poniendo las cosas muy difíciles!

—Ya lo sé —añadió Laura—. Espero que sepa aguantar el tipo

hasta que todo se vaya arreglando.

—¿Qué quieres decir?

35 —Que espero que no vaya a hacer ninguna tontería que le perju­

dique.

Eran las diez y cuarto de la noche. Al otro lado del campo, en el

gimnasio, el partido estaba en el cuarto y último tiempo. Los dos 5

policías, sentados en su coche frente al Instituto, apenas podía escu­

char otra cosa que el griterío de la multitud que venía del otro lado

del campo. Se bajaron del coche y empezaron a subir al edificio.

Como el vigilante nocturno había sido suprimido por razones presu­

puestarias, le correspondía a la Policía, en sus rondas habituales, el 10

garantizar la seguridad necesaria para el edificio durante la noche.

Les bastó con dirigir sus linternas hacia la puerta de delante para

darse cuenta de que algo no estaba bien: el cristal había sido roto

desde fuera. Cuando entraron en el edificio vieron que todas las

fotografías de los delegados de Educación desde 1932, que colgaban 15

en sus marcos de las paredes, habían sido estrelladas contra el suelo.

—Hay gente que roba, pero no destroza; y hay gente que des­

troza, pero no roba —dijo uno de los policías.

Al ir recorriendo rápidamente el edificio, clase tras clase vieron

las sillas y las mesas tiradas por el suelo, las pizarras pintadas, ame- 20

nazas escritas en las paredes y ventanas rotas. Entonces escucharon

un ruido que venía de la parte de atrás, como si alguien estuviera

bajando a toda velocidad por las escaleras desde el segundo piso.

Dos pasillos llevaba a la par-te de atrás, por lo que los policías se

separaron. Poco después, cuando se encontraron en la parte de 25

atrás del Instituto, lograron ver a alguien que salía corriendo hacia el

patio trasero. Pero el patio estaba cerrado: los garajes y una pared

de cemento bastante alta junto con §1 ala de los laboratorios del Insti­

tuto hacían del patio una trampa para el fugitivo. Las linternas le

iluminaron con total precisión. Estaba agachado en una esquina. Uno 30

de los policías le dijo con tranquilidad:

—¿Cómo te llamas?

—Mark Jahorski —respondió sin más palabras, y se dejó llevar

al coche de la Policía, intentando todavía taparse la cara con los

brazos. 35

Capítulo II

t r l vandalism o en el Instituto no había sido lo único que I pasó: el partido de baloncesto casi terminó en un

A b h v tumulto. La Policía no estaba muy segura de si había

alguna relación entre los dos hechos. El periódico del día siguiente

5 informaba que las dos cosas habían sucedido «en el mismo período

de tiempo» y dejaba que fueran los lectores los que conjeturaran si

un suceso podía haber causado o provocado el otro.

Tampoco estaba muy claro en qué medida, si había alguna, la

discusión acerca de Jane Starr había contribuido al follón. Jane se

10 había quejado públicamente de que se la había excluido del equipo

de baloncesto simplemente porque se trataba de una chica. «Soy

más alta y más rápida que algunos chicos del equipo, y tiro a canasta

mejor que ellos; entonces, ¿por qué no me han alineado con el

equipo?», eran las palabras textuales, recogidas por uno de los cola-

15 boradores de la revista del Instituto que había aparecido el día antes

del partido. Como consecuencia de todo eso, había dos piquetes a la

entrada del gimnasio la tarde del partido protestando por la exclu­

sión de Jane.

Pero algo todavía más importante fue que los árbitros del partido

20 eran dos suplentes sin experiencia. Los árbitros asignados al partido,

los tres árbitros, tenían que venir desde un pueblo próximo, pero el

coche en el que venían se vio implicado en un pequeño accidente y

aunque nadie tuvo heridas de consideración, fue lo suficiente como

para impedir que llegaran al partido. Como consecuencia de todo

25 ello, hubo que elegir unos sustitutos y los que se seleccionaron —en

gran parte porque habían sido jugadores de baloncesto— no siempre

estaban muy seguros de las reglas del juego. Más todavía, uno de

ellos resultó que tenía muy poco aguante. Él y los dos entrenadores

se enzarzaron en continuas discusiones, lo que le irritaron hasta el

punto de que expulsó a los dos entrenadores del campo. Eso sucedió

en el tercer tiempo. En el cuarto tiempo, algunos aficionados comen- 5

zaron a arrojar vasos de papel y botes de bebida vacíos al campo,

por lo que fue necesario interrumpir el juego en diversas ocasiones.

Los jugadores de ambos equipos pedían al público una y otra vez

que tuvieran calma, pero a falta de un minuto para terminar el par­

tido, los árbitros tomaron una decisión que fue muy mal aceptada y 10

el aire se llenó de cientos de objetos. En ese momento una lata salió

volando por el aire y fue a estrellarse en la frente de Tony, hacién­

dole un corte justo por encima de las gafas. Por un breve momento

se hizo un silencio, pero a continuación las gradas se convirtieron en

una confusión de empujones y codazos, de gritos y chillidos, y todo el 15

mundo se abalanzó hacia las puertas. Nadie, a excepción de Tony,

sufrió ningún daño, pero el desorden creado y el pánico que muchos

espectadores sintieron durante unos instantes, provocó una gran

indignación. Esta aumentó más todavía cuando se corrió la noticia de

que el Instituto había sido destrozado por unos vándalos. 20

Mientras tanto, Mark pudo llamar a sus padres desde la comisa­

ría de Policía y fue puesto en libertad bajo la custodia de ellos. Al día

siguiente se presentaron en el juzgado y se encontraron allí con el

señor Swing y la señorita Williams, que habían llegado antes que

ellos y estaban charlando en voz baja en los pasillos. 25

—¿Qué pasa ahora? —preguntó la señora Jahorski, que estaba

nerviosa—. ¿Van a tomarle declaración?

—No exactamente —respondió el señor Swing, algo afectado en

apariencia y con un tono de voz menos severo que de costumbre—.

Hay un procedimiento especial en casos como este. En lugar de utili- 30

zar los tribunales de menores, se encarga de la investigación a algu­

nos jueces jubilados que tienen tiempo e interés suficiente como para

investigar estos temas sin muchas prisas. Si este asunto se lleva así,

creo que Mark habrá tenido mucha suerte.

En aquel momento apareció el secretario y le llevó a una habita- 35

ción que, según su información, era el despacho del juez Bertoia.

Había un sofá grande y cómodo en el que se sentaron Mark y sus

padres. La señorita Williams, el señor Swing y el juez Bertoia se sen­

taron en tres grandes sillones, tapizados con el mismo cuero rojo

que el sofá, en parte mirando a los Jahorski y en parte mirándose

5 unos a otros.

El juez Bertoia era un hombre bajo, algo rechoncho, con un cue­

llo grueso y una abundante cabellera blanca. Apenas se le podían ver

los ojos, ocultos por unas gruesas bifocales. Esto perturbó algo a

Mark, que estaba preparado para tener enfrente un juez hostil o

10 amistoso. Le resultaría más difícil con uno de apariencia inexcruta-

ble. Pero cuanto más se esforzaba por descubrir a su interrogador,

menos éxito parecía tener en el intento.

—Mark —dijo el juez Bertoia, tras intercambiar saludos con el

señor Swing—, parece ser que te encuentras en dificultades, ¿no es

15 cierto?

Mark asintió con la cabeza.

—Pero tú dices que eres inocente, ¿verdad?

Mark volvió a asentir con la cabeza.

—Muy bien; vamos a ver si me cuentas lo que pasó.

20 —Me fui del partido pronto, en el primer tiempo. Durante un rato

estuve corriendo por las calles; después volví al Instituto y pude ver

el cristal roto en la puerta de delante. Vi que la puerta estaba abierta

y entré a echar una ojeada. A continuación escuché que alguien más

entraba y me di cuenta que no debían encontrarme allí, por lo que

25 eché a correr.

—Creo que estás en el equipo de baloncesto.

—Sí, juego de escolta. Pero estaba dado de baja. No podía jugar.

—¿Por qué estabas dado de baja?

—Porque no había devuelto unos libros prestados que estaban ya

30 fuera de plazo —murmuró Mark, mirando de reojo al señor Swing, y

continuó en voz más alta—. Si me lo pregunta, le diré que alquien

me los robó.

—Ya hablaremos de ello en otro momento —señaló el juez des­

pués de hacer una breve pausa—. Por ahora, déjame que te pre-

35 gunte algo. Tú querías que ganara tu equipo, ¿verdad?

—¡Claro!

—Sin embargo, ¿no pudiste quedarte a ver el partido?

—Eso es. No podía quedarme mirando. Pero quise volver al

campo.

—Y cuando viste las ventanas rotas y la puerta abierta, ¿decidiste

investigar tú solo? ¿No se te ocurrió llamar a la Policía? 5

Mark permaneció en silencio. Sus padres le miraban con expre­

sión tensa y ansiosa, pero él se miraba fijamente las manos y no

decía anda. Todavía hubo más preguntas, y Mark pudo contestar la

mayor parte. Pero hubo unas cuantas, no pocas, a las que no res­

pondió. De repente miró al juez de forma desafiante y le dijo: 10

—¡Ya sabía yo que pasaría esto! Sólo intentando hacerme res­

ponsable de algo, de la misma manera que hizo el señor Swing en el

tema de los libros.

—Eres una víctima, ¿no es eso? —le preguntó el juez Bertoia

mientras se echaba hacia delante. 15

Mark se encogió de hombros.

—¿Quizás una víctima de las circunstancias? —le dijo con una

ligera sonrisa en los labios.

—¿Las circunstancias? —dijo Mark, echándose hacia atrás—.

Fíjese en Jane Starr. ¿Fue víctima de las circunstancias? No, fue víc- 20

tima de una política del Instituto que excluye a las chicas del equipo

de baloncesto: una política social.

—¡Ajá! —exclamó el juez Bertoia, dando una fuerte palmetada

con la mano en el brazo de su sillón—. ¡De eso se trata! Crees que

eres víctima de la sociedad, ¿no es cierto? 25

Se hizo un silencio incómodo. Luego alzó la voz la señorita

Williams.

—Juez Bertoia, yo..., yo no estoy segura de lo que intenta pro­

bar. Espero que no conceda demasiada importancia a esa palabra

«sociedad». Es algo de lo que hemos estado hablando mucho tiempo 30

en nuestra clase de Ciencias Sociales.

—Mire joven, déjeme que le diga algo —respondió el juez—.

Prácticamente todos los jóvenes que pasan por aquí me cuentan la

misma historia. Todos pretenden ser «víctimas de la sociedad».

¿Pero qué quiere decir eso? ¿Que la sociedad les ha atacado? 35

¿Cómo es posible eso?

Hizo una breve pausa para limpiarse la nariz con un enorme

pañuelo y continuó diciendo:

—Todavía hay algo más que me perturba. ¡Palizas. ¡Vandalismo!

¡No tiene sentido! Puedo entender que le roben a alguien, pero ¿por

5 qué darle una paliza? Puedo entender que roben en un edificio o

piso, pero ¿por qué hay personas que parece que lo único que quie­

ren es destrozarlo?

—Estoy convencida de que existen resentimientos... — comenzó

a decir la señorita Williams.

10 —¡Claro que hay resentimientos! —bufó el juez—. ¿Pero qué los

provoca, ¿Por qué esos jóvenes se consideran al margen de la socie­

dad, como si no formaran parte de ella? ¿Por qué creen que las leyes

de la sociedad no van con ellos? ¿Es que son diferentes a todos nos­

otros?

15 —Tenemos que descubrir qué les provoca el resentimiento y por

qué —dijo en voz baja el señor Swing.

—Me temo que no le estoy siguiendo —dijo la profesora de Cien­

cias frunciendo las cejas.

Bart cogió su pipa con la mano y la puso apuntando hacia la pro-

20 fesora, mientras le decía:

—Lo que estoy pensando es que parece como si ellos, esos jóve­

nes, tuvieran algún secreto. Y no tengo ni idea de cuál puede ser.

Les pregunto una vez y otra, pero no me dicen nada. Tengo que

estudiar todo eso con mucho más cuidado. ¿Dijo que enseñaba

25 Ciencias Sociales? —añadió cerrando los ojos ligeramente.

—En efecto.

—Y según dijo, está estudiando la sociedad. ¿Qué aspectos de la

sociedad?

—Las fuerzas que mantienen unida una sociedad y las que ame-

30 nazan con destruirla.

—¿Qué pasaría si... —empezó a decir el juez, volviéndose a con­

tinuación para dirigir su pregunta al señor Swing—. ¿Qué pasaría si

la clase de Ciencias Sociales de segundo curso recibiera un nuevo

alumno...?

35 El señor Swing captó inmediatamente lo que pretendía el juez con

su pregunta, y le dijo:

—¿Durante lo que queda de curso?

—No entiendo nada —dijo la señorita Williams moviendo la

cabeza—. ¿Quién es el nuevo alumno?

—Su nombre es Bartolomeo —contestó el juez con una ligera

sonrisa—. Bartolomeo Bertoia. 5

Al levantarse para marcharse, el señor Swing se volvió hacia el

juez y le preguntó:

—¿De veras cree que los jóvenes tienen algún tipo de secreto?

—Tengo la sospecha —respondió el juez, escogiendo cuidado­

samente sus palabras— de que son diferentes de nosotros de una 10

forma secreta, extraña, y eso es lo que quiero descubrir: qué los

hace ser diferentes de nosotros.

—No son diferentes —dijo la señorita Williams—. Simplemente

son más jóvenes.

En el ascensor, el director y la profesora intercambiaron unas 15

cuantas palabras en voz baja. Lo único que pudo entender Mark

fueron unas palabras de la señorita Williams que decía: «No creo que

pueda seguir adelante con este...»

20

II

—Hola, Jill —gritó Mickey—. ¿Vas a ir a la verbena esta noche?

—No lo creo. Tengo que preparar dos trabajos.

—Venga, vamos, divirtámonos un rato. 25

—Bue... bueno —dudó Jill, pero se le ocurrió una idea—. Está

Millie. Déjame que le pregunte si ella va a...

—Bah, olvídate de eso. ¿Por qué tienes que preguntárselo a ella?

—gruñó Mickey.

—Millie, ¿vas a ir a la verbena esta noche? —preguntó Jill, igno- 30

rando lo que le decía Mickey.

—Vaya, no había pensado ir, pero, ¿por qué no? —rio Millie.

Mickey se quedó mirando a Jill con cierto escepticismo. Ella le

devolvió la mirada fríamente y siguió hablando con Millie.

—En seguida vuelvo —dijo Mickey y salió corriendo. 35

Un poco más tarde estaba de vuelta con Tony que le seguía unos

pasos más atrás, mirando con ciertas dudas a Mickey y a continua­

ción a las chicas.

—¿Qué os parece? —anunció Mickey lleno de orgullo—. Ningún

problema. Una doble cita.

5 Millie alzó la cabeza mirando a Tony y sonrió. Después le pre­

guntó:

—¿Qué tal tiempo hace ahí arriba?

Tony esbozó una sonrisa y no dijo nada. Otras personas habían

hecho el mismo comentario dirigiéndose a él, pero se daba cuenta de

10 que no tenía importancia si era Millie quien lo decía.

Jill tuvo que reconocer que la verbena estuvo muy bien. Se atibo­

rraron de palomitas y dulces, lanzaron pelotas de béisbol contra

botellas de madera hasta que Millie ganó un panda dorado y dieron

vueltas y vueltas en el Tiovivo. Era uno de esos antiguos con una

15 gramola que hacía sonar el Danubio Azul y otros valses, mientras se

daban vueltas y se subía y bajaba montado en caballos de balancín o

tigres feroces. Había en medio del Tiovivo una especie de brazo de

madera balanceándose de tal forma que se le podía dar un golpe al

pasar y conseguir que sonara una campana si se daba bien el golpe.

20 Lógicamente, si se conseguía que sonara la campana se ganaba un

viaje gratis. Pero ninguno lo consiguió y una de las veces que lo

intentó, Mickey estuvo a punto de caerse del caballo al querer pro­

bar suerte dos veces seguidas. Más tarde se cansaron de la tranquili­

dad del Tiovivo y se montaron en el Pulpo, el Látigo y La Montaña

25 Rusa.

Unas dos horas más tarde, cuando ya habían tenido bastante,

Mickey sugirió irse a algún sitio y sentarse. Como ninguno tenía la

menor idea de adonde se podía ir, nadie se opuso a que fuera Mickey

el que les guiara. No había pasado mucho tiempo cuando llegaron al

30 patio de un colegio. Dieron la vuelta al colegio y llegaron al muelle de

carga utilizado para cargar y descargar los camiones. Era una gran

plataforma de madera, de un metro de alto aproximadamente, con

unas escaleras a cada lado. Como Mickey y Jill se habían sentado en

una de las escaleras, no parecía que hubiera ninguna razón para que

35 Millie y Tony no se sentaran en la escalera del otro extremo de la

plataforma.

Durante un rato ninguno tuvo nada que decir; el silencio sólo se

rompía de vez en cuando, cuando se escuchaba los chirridos de

Millie, que los otros reconocían en seguida como su forma peculiar

de reírse. Cuando Mickey se acercó un poco más a Jill, ella se movió

un poco más lejos. «Espero que no siga así mucho tiempo. La plata- 5

forma es bastante grande», pensó Mickey.

—Millie —gritó Jill con su voz cálida y ronca—, en el tiovivo tú te

montaste sólo en animales domésticos y yo monté sólo en animales

salvajes.

—Mmm, tienes razón —respondió Millie. 10

Pero Millie no prestó mucha atención a la observación de Jill,

pues estaba muy ocupada intentando averiguar si estaba lo suficien­

temente cerca de Tony como para inclinar su cabeza y apoyarla en

el hombro de él.

—Sabes Jill —dijo Tony riéndose—, algunos animales salvajes 15

son muy tranquilos y algunos animales domésticos son realmente

molestos.

A Tony le hacía gracia la forma en que se estaban hablando de un

extremo a otro de la paltaforma. Jill le respondió como si fuera un

eco: 20

—¿Como cuáles,

—¡Como el hombre! —dijo Mickey, que ya no podía aguantar

más tiempo sin intervenir en la conversación—. ¡Fíjate en las guerras

que organiza la gente! De hecho, cuanto más juntos viven los anima­

les, más belicosos son. Fíjate en las hormigas: son animales sociales 25

y combaten exactamente igual que los seres humanos.

—¡Eh, Mickey ! —dijo Tony—. No vayas tan deprisa. Los hom­

bres y las hormigas son ambos animales sociales pero de forma muy

diferente.

—¿Te crees que no lo sé? —le contestó Mickey, quien estaba 30

empezando a ponerse impaciente por las evasivas de Jill—. Las

hormigas son sociales por instinto. Es algo natural para ellas. Pero la

sociedad humana es algo que los seres humanos han construido por

sí mismos. No es natural, es artificial.

—Mickey, no te entiendo —dijo Millie con cierto aire petulante—. 35

Las personas pertenecen naturalmente a una familia o una tribu, eso

creo yo, por lo que también deben pertenecer naturalmente a una

sociedad. ¿Cómo sería posible que ellos construyeran una sociedad

como si estuvieran inventando algo?

La cabeza de Millie fue cayendo de forma cansada y casualmente

5 logró encontrar un hombro sobre el que apoyarse. Mickey echó una

ojeada hacia Tony y Millie y a continuación intentó poner su brazo

alrededor de la cintura de Jill, pero ella se apartó con rapidez y deci­

sión. Ahora le tocaba a Mickey suspirar. Sus pensamientos volvieron

a fijarse en el tema de la discusión.

10 —Si se dejara que la gente se guiara por sus instintos —dijo—, no

tardarían nada en matarse unos a otros. Pero son conscientes de

que más les vale renunciar. Por eso se ponen de acuerdo para no

luchar unos contra otros.

—La otra noche, en el pabellón de deportes —murmuró Millie—,

15 fue como si volviéramos a la jungla durante unos minutos.

—Donde no existe gobierno, se impone la anarquía —dijo Mickey

con un tono lúgubre.

—Vamos, Mickey. Eso es como decir que cuando no es de día es

de noche —dijo Tony riéndose.

20 —Seguro. Es como decir que cuanto menos océano haya, habrá

más tierra —añadió Jill riéndose también, para continuar algo más

seria—. Sabes, Mickey; no puedo estar de acuerdo contigo en abso­

luto, pero no se por qué. Parece ser que quieres decir que somos

como animales salvajes en la jungla y que todo lo que queremos

25 hacer es luchar unos con otros. No puedo decirte por qué te equivo­

cas, pero de todas formas sé que te equivocas.

Después de una breve pausa, Jill volvió a decir, con algo menos

de seriedad:

—Bueno, ¿qué te parece si me acompañas paseando hasta mi

30 casa?

Mickey se agarró a la barandilla, se puso de pie y se sacudió la

trasera del pantalón. Después, moviendo su cabeza en dirección a

Millie y Tony, le preguntó

—¿Qué pasa con ellos dos?

35 —¡Oh, ellos! —sonrió—. Déjalos solos. Les está yendo muy bien.

—No se puede decir lo mismo de nosotros —gruñó Mickey.

comentarios (1)
Un gran libro para las sesiones de Filosofía para Niños en Bachillerato!

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