Materiales siglo XVll Literatura Española, Ejercicios de Literatura Española. Universidad de Salamanca (USAL)
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Asignatura: Literatura Española, Profesor: maría sanchez perez, Carrera: Filología Clásica, Universidad: USAL
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FRANCISCO DE QUEVEDO

Musa VI. Thalía

A Apolo siguiendo a Dafne Bermejazo platero de las cumbres, a cuya luz se espulga la canalla, la ninfa Dafne, que se afufa y calla, si la quieres gozar, paga y no alumbres. Si quieres ahorrar de pesadumbres, 5 ojo del cielo, trata de compralla: en confites gastó Marte la malla, y la espada en pasteles y en azumbres. Volvióse en bolsa Júpiter severo: levantóse las faldas la doncella 10 por recogerle en lluvia de dinero. Astucia fue de alguna dueña estrella, que de estrella sin dueña no lo infiero: Febo, pues eres sol, sírvete de ella. Pozuelo, J. M., Antología poética Quevedo, Introducción, edición y notas, José María

Pozuelo Yvancos, Barcelona: Ediciones B, 1989. Pinta el «aquí fue Troya» de la hermosura Rostro de blanca nieve, fondo en grajo, la tizne, presumida de ser ceja, la piel, que está en un tris de ser pelleja, la plata, que se trueca ya en cascajo, habla casi fregona de estropajo, 5 el aliño imitado a la corneja, tez que con pringue y arrebol semeja clavel almidonado de gargajo. En las guedejas vuelto el oro orujo, y ya merecedor de cola el ojo 10 sin esperar más beso que el del brujo. Dos colmillos comidos de gorgojo, una boca con cámaras y pujo, a la que rosa fue vuelven abrojo. Arellano Aruso, Ignacio, Comentarios a la poesía satírico burlesca de Quevedo,

Madrid: Arco Libros, 1988.

1

Fábula de Polifemo y Galatea Luis de Góngora y Argote

I

Estas que me dictó rimas sonoras, culta sí, aunque bucólica Talía, ¡oh excelso conde!, en las purpúreas horas que es rosas la alba y rosicler el día, ahora que de luz tu niebla doras, 5 escucha, al son de la zampoña mía, si ya los muros no te ven, de Huelva, peinar el viento, fatigar la selva.

II Templado, pula en la maestra mano el generoso pájaro su pluma, 10 o tan mudo en la alcándara, que en vano aun desmentir al cascabel presuma; tascando haga el freno de oro, cano, del caballo andaluz la ociosa espuma; gima el lebrel en el cordón de seda, 15 y al cuerno, al fin, la cítara suceda.

III Treguas al ejercicio sean robusto, ocio atento, silencio dulce, en cuanto debajo escuchas de dosel augusto, del músico jayán el fiero canto. 20 Alterna con las Musas hoy el gusto; que si la mía puede ofrecer tanto clarín (y de la Fama no segundo), tu nombre oirán los términos del mundo.

IV Donde espumoso el mar sicilïano 25 el pie argenta de plata al Lilibeo (bóveda o de las fraguas de Vulcano, o tumba de los huesos de Tifeo), pálidas señas cenizoso un llano -cuando no del sacrílego deseo- 30 del duro oficio da. Allí una alta roca mordaza es a una gruta de su boca.

V

2

Guarnición tosca de este escollo duro troncos robustos son, a cuya greña menos luz debe, menos aire puro 35 la caverna profunda, que a la peña; caliginoso lecho, el seno obscuro ser de la negra noche nos lo enseña infame turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves. 40

VI De este, pues, formidable de la tierra bostezo, el melancólico vacío a Polifemo, horror de aquella sierra, bárbara choza es, albergue umbrío y redil espacioso donde encierra 45 cuanto las cumbres ásperas cabrío, de los montes, esconde: copia bella que un silbo junta y un peñasco sella.

VII Un monte era de miembros eminente este que, de Neptuno hijo fiero, 50 de un ojo ilustra el orbe de su frente, émulo casi del mayor lucero; cíclope, a quien el pino más valiente, bastón, le obedecía, tan ligero, y al grave peso junco tan delgado, 55 que un día era bastón y otro cayado.

VIII Negro el cabello, imitador undoso de las obscuras aguas del Leteo, al viento que lo peina proceloso, vuela sin orden, pende sin aseo; 60 un torrente es su barba impetüoso, que (adusto hijo de este Pirineo) su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano surcada aun de los dedos de su mano.

IX No la Trinacria en sus montañas, fiera 65 armó de crüeldad, calzó de viento, que redima feroz, salve ligera, su piel manchada de colores ciento; pellico es ya la que en los bosques era mortal horror al que con paso lento 70

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los bueyes a su albergue reducía, pisando la dudosa luz del día.

X Cercado es (cuanto más capaz, más lleno) de la fruta, el zurrón, casi abortada, que el tardo otoño deja al blando seno 75 de la piadosa hierba, encomendada; la serba, a quien le da rugas el heno, la pera, de quien fue cuna dorada la rubia paja, y -pálida tutora- la niega avara, y pródiga la dora. 80

XI Erizo es el zurrón, de la castaña, y (entre el membrillo o verde o datilado) de la manzana hipócrita, que engaña, a lo pálido no, a lo arrebolado, y, de la encina (honor de la montaña, 85 que pabellón al siglo fue dorado) el tributo, alimento, aunque grosero, del mejor mundo, del candor primero.

XII Cera y cáñamo unió (que no debiera) cien cañas, cuyo bárbaro rüído, 90 de más ecos que unió cáñamo y cera albogues, duramente es repetido. La selva se confunde, el mar se altera, rompe Tritón su caracol torcido, sordo huye el bajel a vela y remo; 95 ¡tal la música es de Polifemo!

XIII Ninfa, de Doris hija, la más bella adora, que vio el reino de la espuma. Galatea es su nombre, y dulce en ella el terno Venus de sus Gracias suma. 100 Son una y otra luminosa estrella lucientes ojos de su blanca pluma; si roca de cristal no es de Neptuno, pavón de Venus es, cisne de Juno.

XIV Purpúreas rosas sobre Galatea 105

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la Alba entre lilios cándidos deshoja: duda el Amor cuál más su color sea, o púrpura nevada, o nieve roja. De su frente la perla es, eritrea, émula vana. El ciego dios se enoja, 110 y, condenado su esplendor, la deja pender en oro al nácar de su oreja.

XV Invidia de las ninfas y cuidado de cuantas honra el mar deidades era; pompa del marinero niño alado 115 que sin fanal conduce su venera. Verde el cabello, el pecho no escamado, ronco sí, escucha a Glauco la ribera inducir a pisar la bella ingrata, en carro de cristal, campos de plata. 120

XVI Marino joven, las cerúleas sienes, del más tierno coral ciñe Palemo, rico de cuantos la agua engendra bienes, del Faro odioso al promontorio extremo; mas en la gracia igual, si en los desdenes 125 perdonado algo más que Polifemo, de la que, aún no le oyó, y, calzada plumas, tantas flores pisó como él espumas.

XVII Huye la ninfa bella; y el marino amante nadador, ser bien quisiera, 130 ya que no áspid a su pie divino, dorado pomo a su veloz carrera; mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino la fuga suspender podrá ligera que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra 135 delfín que sigue en agua corza en tierra!

XVIII Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece, copa es de Baco, huerto de Pomona; tanto de frutas ésta la enriquece, cuanto aquél de racimos la corona. 140 En carro que estival trillo parece, a sus campañas Ceres no perdona, de cuyas siempre fértiles espigas las provincias de Europa son hormigas.

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XIX A Pales su viciosa cumbre debe 145 lo que a Ceres, y aún más, su vega llana; pues si en la una granos de oro llueve, copos nieva en la otra mil de lana. De cuantos siegan oro, esquilan nieve, o en pipas guardan la exprimida grana, 150 bien sea religión, bien amor sea, deidad, aunque sin templo, es Galatea.

XX Sin aras, no; que el margen donde para del espumoso mar su pie ligero, al labrador, de sus primicias ara, 155 de sus esquilmos es al ganadero; de la Copia -a la tierra, poco avara- el cuerno vierte el hortelano, entero, sobre la mimbre que tejió, prolija, si artificiosa no, su honesta hija. 160

XXI Arde la juventud, y los arados peinan las tierras que surcaron antes, mal conducidos, cuando no arrastrados de tardos bueyes, cual su dueño errantes; sin pastor que los silbe, los ganados 165 los crujidos ignoran resonantes, de las hondas, si, en vez del pastor pobre, el céfiro no silba, o cruje el robre.

XXII Mudo la noche el can, el día, dormido, de cerro en cerro y sombra en sombra yace. 170 Bala el ganado; al mísero balido, nocturno el lobo de las sombras nace. Cébase; y fiero, deja humedecido en sangre de una lo que la otra pace. ¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño 175 el silencio del can siga, y el sueño!

XXIII La fugitiva ninfa, en tanto, donde hurta un laurel su tronco al sol ardiente, tantos jazmines cuanta hierba esconde

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la nieve de sus miembros, da una fuente. 180 Dulce se queja, dulce le responde un ruiseñor a otro, y dulcemente al sueño da sus ojos la armonía, por no abrasar con tres soles el día.

XXIV Salamandria del Sol, vestido estrellas, 185 latiendo el Can del cielo estaba, cuando (polvo el cabello, húmidas centellas, si no ardientes aljófares, sudando) llegó Acis; y, de ambas luces bellas dulce Occidente viendo al sueño blando, 190 su boca dio, y sus ojos cuanto pudo, al sonoro cristal, al cristal mudo.

XXV Era Acis un venablo de Cupido, de un fauno, medio hombre, medio fiera, en Simetis, hermosa ninfa, habido; 195 gloria del mar, honor de su ribera. El bello imán, el ídolo dormido, que acero sigue, idólatra venera, rico de cuanto el huerto ofrece pobre, rinden las vacas y fomenta el robre. 200

XXVI El celestial humor recién cuajado que la almendra guardó entre verde y seca, en blanca mimbre se lo puso al lado, y un copo, en verdes juncos, de manteca; en breve corcho, pero bien labrado, 205 un rubio hijo de una encina hueca, dulcísimo panal, a cuya cera su néctar vinculó la primavera.

XXVII Caluroso, al arroyo da las manos, y con ellas las ondas a su frente, 210 entre dos mirtos que, de espuma canos, dos verdes garzas son de la corriente. Vagas cortinas de volantes vanos corrió Favonio lisonjeramente a la de viento, cuando no sea cama 215 de frescas sombras, de menuda grama.

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XXVIII La ninfa, pues, la sonorosa plata bullir sintió del arroyuelo apenas, cuando, a los verdes márgenes ingrata, segur se hizo de sus azucenas. 220 Huyera; mas tan frío se desata un temor perezoso por sus venas, que a la precisa fuga, al presto vuelo, grillos de nieve fue, plumas de hielo.

XXIX Fruta en mimbres halló, leche exprimida 225 en juncos, miel en corcho, mas sin dueño; si bien al dueño debe, agradecida, su deidad culta, venerado el sueño. A la ausencia mil veces ofrecida, este de cortesía no pequeño 230 indicio la dejó -aunque estatua helada- más discursiva y menos alterada.

XXX No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda; no a sátiro lascivo, ni a otro feo morador de las selvas, cuya rienda 235 el sueño aflija, que aflojó el deseo. El niño dios, entonces, de la venda, ostentación gloriosa, alto trofeo quiere que al árbol de su madre sea el desdén hasta allí de Galatea. 240

XXXI Entre las ramas del que más se lava en el arroyo, mirto levantado, carcaj de cristal hizo, si no aljaba, su blanco pecho, de un arpón dorado. El monstro de rigor, la fiera brava, 245 mira la ofrenda ya con más cuidado, y aun siente que a su dueño sea, devoto, confuso alcaide más, el verde soto.

XXXII Llamáralo, aunque muda, mas no sabe el nombre articular que más querría; 250 ni lo ha visto, si bien pincel süave lo ha bosquejado ya en su fantasía. Al pie -no tanto ya, del temor, grave-

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fía su intento; y, tímida, en la umbría cama de campo y campo de batalla, 255 fingiendo sueño al cauto garzón halla.

XXXIII El bulto vio y, haciéndolo dormido, librada en un pie toda sobre él pende (urbana al sueño, bárbara al mentido retórico silencio que no entiende); 260 no el ave reina, así, el fragoso nido corona inmóvil, mientras no desciende -rayo con plumas- al milano pollo que la eminencia abriga de un escollo,

XXXIV como la ninfa bella, compitiendo 265 con el garzón dormido en cortesía, no sólo para, mas el dulce estruendo del lento arroyo enmudecer querría. A pesar luego de las ramas, viendo colorido el bosquejo que ya había 270 en su imaginación Cupido hecho con el pincel que le clavó su pecho,

XXXV de sitio mejorada, atenta mira, en la disposición robusta, aquello que, si por lo süave no la admira, 275 es fuerza que la admire por lo bello. Del casi tramontado sol aspira a los confusos rayos, su cabello; flores su bozo es, cuyas colores, como duerme la luz, niegan las flores. 280

XXXVI En la rústica greña yace oculto el áspid, del intonso prado ameno, antes que del peinado jardín culto en el lascivo, regalado seno; en lo viril desata de su vulto 285 lo más dulce el Amor, de su veneno; bébelo Galatea, y da otro paso por apurarle la ponzoña al vaso.

XXXVII

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Acis -aún más de aquello que dispensa la brújula del sueño vigilante-, 290 alterada la ninfa esté o suspensa, Argos es siempre atento a su semblante, lince penetrador de lo que piensa, cíñalo bronce o múrelo diamante; que en sus paladïones Amor ciego, 295 sin romper muros, introduce fuego.

XXXVIII El sueño de sus miembros sacudido, gallardo el joven la persona ostenta, y al marfil luego de sus pies rendido, el coturno besar dorado intenta. 300 Menos ofende el rayo prevenido, al marinero, menos la tormenta prevista le turbó o pronosticada; Galatea lo diga, salteada.

XXXIX Más agradable y menos zahareña, 305 al mancebo levanta venturoso, dulce ya concediéndole y risueña, paces no al sueño, treguas sí al reposo. Lo cóncavo hacía de una peña a un fresco sitïal dosel umbroso, 310 y verdes celosías unas hiedras, trepando troncos y abrazando piedras.

XL Sobre una alfombra, que imitara en vano el tirio sus matices (si bien era de cuantas sedas ya hiló, gusano, 315 y, artífice, tejió la Primavera) reclinados, al mirto más lozano, una y otra lasciva, si ligera, paloma se caló, cuyos gemidos -trompas de amor- alteran sus oídos. 320

XLI El ronco arrullo al joven solicita; mas, con desvíos Galatea suaves, a su audacia los términos limita, y el aplauso al concento de las aves. Entre las ondas y la fruta, imita 325 Acis al siempre ayuno en penas graves; que, en tanta gloria, infierno son no breve,

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fugitivo cristal, pomos de nieve.

XLII No a las palomas concedió Cupido juntar de sus dos picos los rubíes, 330 cuando al clavel el joven atrevido las dos hojas le chupa carmesíes. Cuantas produce Pafo, engendra Gnido, negras vïolas, blancos alhelíes, llueven sobre el que Amor quiere que sea 335 tálamo de Acis ya y de Galatea.

XLIII Su aliento humo, sus relinchos fuego, si bien su freno espumas, ilustraba las columnas Etón que erigió el griego, do el carro de la luz sus ruedas lava, 340 cuando, de amor el fiero jayán ciego, la cerviz oprimió a una roca brava, que a la playa, de escollos no desnuda, linterna es ciega y atalaya muda.

XLIV Árbitro de montañas y ribera, 345 aliento dio, en la cumbre de la roca, a los albogues que agregó la cera, el prodigioso fuelle de su boca; la ninfa los oyó, y ser más quisiera breve flor, hierba humilde, tierra poca, 350 que de su nuevo tronco vid lasciva, muerta de amor, y de temor no viva.

XLV Mas -cristalinos pámpanos sus brazos- amor la implica, si el temor la anuda, al infelice olmo que pedazos 355 la segur de los celos hará aguda. Las cavernas en tanto, los ribazos que ha prevenido la zampoña ruda, el trueno de la voz fulminó luego; ¡referidlo, Pïérides, os ruego! 360

XLVI «¡Oh bella Galatea, más süave que los claveles que tronchó la aurora;

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blanca más que las plumas de aquel ave que dulce muere y en las aguas mora; igual en pompa al pájaro que, grave, 365 su manto azul de tantos ojos dora cuantas el celestial zafiro estrellas! ¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!

XLVII »Deja las ondas, deja el rubio coro de las hijas de Tetis, y el mar vea, 370 cuando niega la luz un carro de oro, que en dos la restituye Galatea. Pisa la arena, que en la arena adoro cuantas el blanco pie conchas platea, cuyo bello contacto puede hacerlas, 375 sin concebir rocío, parir perlas.

XLVIII »Sorda hija del mar, cuyas orejas a mis gemidos son rocas al viento: o dormida te hurten a mis quejas purpúreos troncos de corales ciento, 380 o al disonante número de almejas -marino, si agradable no, instrumento- coros tejiendo estés, escucha un día mi voz, por dulce, cuando no por mía.

XLIX »Pastor soy, mas tan rico de ganados, 385 que los valles impido más vacíos, los cerros desparezco levantados y los caudales seco de los ríos; no los que, de sus ubres desatados, o derivados de los ojos míos, 390 leche corren y lágrimas; que iguales en número a mis bienes son mis males.

L »Sudando néctar, lambicando olores, senos que ignora aun la golosa cabra, corchos me guardan, más que abeja flores 395 liba inquïeta, ingenïosa labra; troncos me ofrecen árboles mayores, cuyos enjambres, o el abril los abra, o los desate el mayo, ámbar distilan y en ruecas de oro rayos del sol hilan. 400

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LI

»Del Júpiter soy hijo, de las ondas, aunque pastor; si tu desdén no espera a que el monarca de esas grutas hondas, en trono de cristal te abrace nuera, Polifemo te llama, no te escondas; 405 que tanto esposo admira la ribera cual otro no vio Febo, más robusto, del perezoso Volga al Indo adusto.

LII »Sentado, a la alta palma no perdona su dulce fruto mi robusta mano; 410 en pie, sombra capaz es mi persona de innumerables cabras el verano. ¿Qué mucho, si de nubes se corona por igualarme la montaña en vano, y en los cielos, desde esta roca, puedo 415 escribir mis desdichas con el dedo?

LIII »Marítimo alcïón roca eminente sobre sus huevos coronaba, el día que espejo de zafiro fue luciente la playa azul, de la persona mía. 420 Miréme, y lucir vi un sol en mi frente, cuando en el cielo un ojo se veía; neutra el agua dudaba a cuál fe preste, o al cielo humano, o al cíclope celeste.

LIV »Registra en otras puertas el venado 425 sus años, su cabeza colmilluda la fiera cuyo cerro levantado, de helvecias picas es muralla aguda; la humana suya el caminante errado dio ya a mi cueva, de piedad desnuda, 430 albergue hoy, por tu causa, al peregrino, do halló reparo, si perdió camino.

LV »En tablas dividida, rica nave besó la playa miserablemente, de cuantas vomitó riquezas grave, 435 por las bocas del Nilo el Orïente.

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Yugo aquel día, y yugo bien süave, del fiero mar a la sañuda frente imponiéndole estaba (si no al viento dulcísimas coyundas) mi instrumento, 440

LVI »cuando, entre globos de agua, entregar veo a las arenas ligurina haya, en cajas los aromas del Sabeo, en cofres las riquezas de Cambaya; delicias de aquel mundo, ya trofeo 445 de Escila, que, ostentado en nuestra playa, lastimoso despojo fue dos días a las que esta montaña engendra arpías.

LVII »Segunda tabla a un ginovés mi gruta de su persona fue, de su hacienda; 450 la una reparada, la otra enjuta, relación del naufragio hizo horrenda. Luciente paga de la mejor fruta que en hierbas se recline, en hilos penda, colmillo fue del animal que el Ganges 455 sufrir muros le vio, romper falanges;

LVIII »arco, digo, gentil, bruñida aljaba, obras ambas de artífice prolijo, y de Malaco rey a deidad Java alto don, según ya mi huésped dijo. 460 De aquél la mano, de ésta el hombro agrava; convencida la madre, imita al hijo: serás a un tiempo en estos horizontes Venus del mar, Cupido de los montes.»

LIX Su horrenda voz, no su dolor interno, 465 cabras aquí le interrumpieron, cuantas -vagas el pie, sacrílegas el cuerno- a Baco se atrevieron en sus plantas. Mas, conculcado el pámpano más tierno viendo el fiero pastor, voces él tantas, 470 y tantas despidió la honda piedras, que el muro penetraron de las hiedras.

LX

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De los nudos, con esto, más süaves, los dulces dos amantes desatados, por duras guijas, por espinas graves 475 solicitan el mar con pies alados; tal, redimiendo de importunas aves incauto meseguero sus sembrados, de liebres dirimió copia, así, amiga, que vario sexo unió y un surco abriga. 480

LXI Viendo el fiero jayán, con paso mudo correr al mar la fugitiva nieve (que a tanta vista el líbico desnudo registra el campo de su adarga breve) y al garzón viendo, cuantas mover pudo 485 celoso trueno, antiguas hayas mueve: tal, antes que la opaca nube rompa, previene rayo fulminante trompa.

LXII Con vïolencia desgajó infinita, la mayor punta de la excelsa roca, 490 que al joven, sobre quien la precipita, urna es mucha, pirámide no poca. Con lágrimas la ninfa solicita las deidades del mar, que Acis invoca; concurren todas, y el peñasco duro 495 la sangre que exprimió, cristal fue puro.

LXIII Sus miembros lastimosamente opresos del escollo fatal fueron apenas, que los pies de los árboles más gruesos calzó el liquido aljófar de sus venas. 500 Corriente plata al fin sus blancos huesos, lamiendo flores y argentando arenas, a Doris llega, que, con llanto pío,

yerno lo saludó, lo aclamó río.

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Obras de Don Luis de Góngora

[Manuscrito Chacón].I , de la Biblioteca Nacional (España), Ms. Res. 45, ff.121-137. Edición facsímil : Málaga, RAE ; Caja de Ahorros de Ronda, 1991, (Biblioteca de los clásicos, dirigida

por José Lara Garrido ; 1)

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