mujeres raza y clase; Angela Davis, Apuntes de Sociología de Género. Universidad de Granada (UGR)
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mujeres raza y clase; Angela Davis, Apuntes de Sociología de Género. Universidad de Granada (UGR)

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Angela Y. Davis nació en Binningham, Alabama, en 1944. Se graduó magna cum laude por la Universidad Brandeis y continuó sus estudios en el Instituto Goethe de Frankfurt y en la Universidad de California, San Diego. Ha si...
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Diseño interior y cubierta;

RAG Maqueta de portada:

Sergio Ramírez

Título original

Women, Roce & Class

Traducción y edición

Ana Varela Mateos

Reservados todos 105 derechos.

De acuerdo a lo dispuesto en el 3ft. 270

del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privaci6n de libertad quienes

reproduzcan sin la preceptiva autorizaci6n o plagien,

en todo o en parte, una obra literaria, artística o ciendflca

fijada en cualquier tipo de soporte.

La presente traducción se publica por acuerdo con Random House, un sello de The Random House Ballantine Publishing Group, una dlvisi6n de Random House, Inc.

e Angela y. Davts, 1981 ~ Ediciones AkaJ, S. A, 2004, 2005

para lengua española Sector Foresta, I

28760 Tres Cantos

Madrid - España Tel.: 918061 996

Fax: 918 ()4.4 028 www.abLcom

IS8N-10: 8+460-2093-9 !SBN-I]: 97~2093-6

Depósito legal: M. 20.3+4-2005 Impreso en Cofú, S. A

M6stoIes (Madrid)

Mujeres, raza y clase

Angela Y Davis

Nota biográfica

Angela Y. Davis nació en Binningham, Alabama, en 1944. Se graduó magna cum

laude por la Universidad Brandeis y continuó sus estudios en el Instituto Goethe de Frankfurt y en la Universidad de California, San Diego. Ha sido miembro del Partido Comunista estadounidense desde 1968 y fue elegida en dos ocasiones (en 1980 y 1984) como candidata a la presidencia. Absuelta tras haber sido acusada de conspiracióri en 1972. en uno de los juicios más famosos de la historia de Estados Unidos. Davis se ha revelado como una escritora, investigadora, profesora y defensora de los derechos humanos reconocida mundialmente.

El sostenido compromiso de la profesora Davis con los derechos de las personas encarceladas se remonta a su participación en la campaña para liberar a los tres hom- bres negros del caso conocido como Soledad Brothers, que provocó que ella misma fuera arrestada y encarcelada. Actualmente, continúa defendiendo la abolición de la prisión y ha desarrollado una poderosa crítica al racismo que impregna el sistema penal. Es miembro de Consejo Asesor del Prision Activist Resource Center y, en estos momen- tos, se encuentra trabajando en un estudio comparativo sobre las mujeres encarceladas en Estados Unidos, Holanda y Cuba.

Sus artículos y sus ensayos han aparecido en numerosas revistas y antologías, y es autora de cinco libros, entre los que se encuentran: Women, Culture & Polines (Random House, 1989; The Women's Press, 1990), Angela Davis: An Autobiograph"J (The Women's Press, 1990) y el recientemente publicado Blues Legacies and Black Feminism: Gertrude «Ma» Rainey, Bessie Smith and Billie Holiday (Pantheon, 1998). En 1998, se publicó The Angela Y. Datlis Reader (Blackwell Publishers, Oxford). una coleccion de los anículos de la profesora Davis que abarca casi tres décadas.

Ronald Reagan, antiguo gobernador de California, juró en una ocasión que Angela Davis nunca volvería a enseñar en el sistema universitario de Califonúa. Desde 1994

5

a 1997, tuvo el gran honor de ser nombrada para ocupar la Cátedra Presidencial de la Universidad de California en el Departamento de Estudios Afroamericanos y Feminis- tas. Actualmente, es docente en el departamento de"Historia de la Conciencia en la Universidad de California, Santa Cruz.

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A mi madre, Sally B. Davis

Deseo agradecer su ayuda a las siguientes personas: Kendra Alexander,

Stephanie Allen, Rosalyn Baxandall, Hilton Braithwaite, Alva Buxen-

baum, Fania Davis, Kipp Harvey, James Jackson; Phillip McGee, decano

de la Escuela de Estudios Étnicos, Universidad Estatal de San Francisco; Sally McGee, Victoria Mercado, Charlene Mitchell, Tony Morrison, Eileen

Aheam, y al Programa de Estudios de Mujeres de la Universidad Estatal

de San Francisco.

7

, Indice general

l. El legado de la esclavitud: modelos para una nueva feminidad .................. I I

2. El movimiento antiesclavista y el nacimiento de los derechos de las mujeres.................................................................................................. 39

3. La clase y la raza en los albores de la campaña por los derechos de las mujeres.................................................................................................. 55

4. El racismo en el movimiento sufragista de las mujeres .............................. 77

5. El significado de la emancipación para las mujeres negras 93

6. Educación y liberación desde la perspectiva de las mujeres negras 105

7. El sufragio femenino a comienzos del siglo XX: la progresiva influencia del racismo I 15

8. Las mujeres negras y el movimiento de los clubes. ....... .... ... .......... ........... 13 I

9. Mujeres obreras, mujeres negras y la historia del movimiento sufragista.. 141

10. Mujeres comunistas .................................................................................... 153

I l. Violación, racismo y el mito del violador negro 175

12. Racismo, control de la natalidad y derechos reproductivos ...... .... ....... ..... 203

13. El trabajo doméstico toca a su fin: una perspectiva de clase 221

9

1 El legado de la esclavitud: modelos para una nueva feminidad

En 1918, cuando el influyente estudioso Urich B. Phillips declaró que la esclavitud, en el Viejo Sur, había estampado sobre los salvajes africanos y sobre sus descendientes americanos el sello glorioso de la civilización, dispuso el escenario para un largo y apa- sionado debate l. En las décadas posteriores, a medida que el debate se fue recrude- ciendo, un historiador tras otro declaraba, con aplomo, haber descifrado el verdadero significado de esta «institución peculiar». Pero en medio de toda esta actividad académi- ca la situación específica de la mujer esclava permanecía sin ser penetrada. Las continuas discusiones en torno a su «promiscuidad sexual» o a su tendencia «matriar- cal» oscurecían, mucho más que iluminaban, la condición de las mujeres negras duran- te la esclavitud. Herbert Aptheker continúa siendo uno de los pocos hisroriadores

I Ulrich Bonnell PHJLUPS, American Negro Slatlery: A Suroey o{ the Supply, Employment, and Con- trol o{ Negro Labor as Detmnined by the Plantarion Regime, Nueva York y Londres, D. Appleton, 1918. Véase, también, de este mismo autor, el artículo .The Plantation as a Civilizing Factor», Sewanee Relliew XII (julio de 1904), también publicado en D. GENOVESE (ed.), The Slave Econorny o{ the Old South: Selected Essays in Ecanomic and Social History, Eugene Baton Rouge, Lousiana State University Press, 1968). El siguiente pasaje está extraído de este artículo: .Las condiciones de nuesrro p.roblema son las siguientes: 1. Hace uno o dos siglos, aproximadamente, los negros vivían en estado salvaje en las tierras vírgenes de África. 2. Aquellos que fueron traídos a América del Norte y sus descendien-

tes han adquirido un cierto grado de civilización y, hoy en dIa, son relativamente aptos para vivir en una sociedad civilizada moderna. 3. En gran medida, este progreso de los negros ha sido el resultado de relacionarse con personas civilizadas blancas. 4. No cabe duda de que una masa ingente de negros

permanecerá por un periodo indefinido de tiempo en medio de una nación civilizada blanca. El pro- blema es icuál es la mejor forma de asegurar su residencia pacífica y de potenciar su progreso en esta

nación de hombres blancos y qué podríamos hacer para prevenir su recarda en la barbarie? Como solución posible para gran parte del problema, yo sugiero el sistema de la plantación-, p. 83.

11

que intentaron establecer unas bases más realistas para la comprensión de la mujer

esclava2. Durante la década de 1970, e! debate sobre la esclavitud resurgió con un renovado

vigor. Eugene Oenovese publicó RoU, Jardan, Roll: che World che Slaves MadeJ. Apareció The Slave Communiry4 de John Blassingame, como también lo hicieron e! desacertado libro de Foge! y Engennan Time OTI me Cross5 y la monumental obra de Herbert Out- man Black Family in Slavery and Freedom6• Como reacción ante este rejuvenecido deba- te, Stanley Elkins decidió que era e! momento de publicar una edición ampliada de su

estudio de 1959, Slavery7. Llamativamente se echa en falta en este torbellino de publi- caciones un libro expresamente dedicado a las mujeres esclavas. Quienes hemos espe-

rado ansiosamente un estudio de la mujer negra durante el periodo de la esclavitud, por

el momento, seguimos decepcionados. Igualmente, ha sido decepcionante descubrir

que, exceptuando las tradicionales y discutibles cuestiones sobre la promiscuidad versus e! matrimonio y sobre el sexo con hombres blancos forzoso versus voluntario, los auto- res de estos libros han dedicado una escasa atención a las mujeres.

El más revelador de todos estos recientes estudios es la investigación realizada por Her-

bert Outman sobre la familia negra. Al proporcionar pruebas documentales de que la vita-

lidad de la familia se demostró más fuerte que los rigores deshumanizan tes de la esclavitud,

Outman ha destronado la tesis de! matriarcado negro popularizada por Daniel Moynihan,

junto a otros autores, en 19658. Sin embargo, dado que sus observaciones sobre las muje-

2 Comentarios sobre la situación específica de las mujeres negras esclavas pueden encontrarse en

numerosos libros, artículos y antologías escritas y editadas por Herbert APTHEKER, entre ellas: Ame- rican Negro Slave Revolts 11948]. Nueva York, Intemational Publishers, 1970; To Be FTee: Scudies in American Negro Hiscary (1948), Nueva York, Intemational Publishers, 1969; A Documentary Hiscary of che Negro People in che Uniced Staces (1951), vol. 1, Nueva York, The Citadel Press, 1969. En febre- ro de 1948, este mismo autor publicó un anículo titulado .The Negro Woman. en Mas.ses and.Main- SCTeam, vol. 11, núm. Z.

3 Eugene D. GENOVESE, RoU, lOTdan, RoU: The WOTId che Slaves Made, Nueva York, Pantheon Books, 1974.

4 John W. BLASSINGAME, The Slave Community: Plantacion Life in che AntebeUum Satah, Londres y Nueva York, Oxford University Press, 1972.

5 Robert W. FOOEL y Stanley ENGERMAN, Time on che CTOSS: The Economics of Slavery in che AncebeUum South, 2 vols., Boston, Little, Brown & Co., 1974.

6 Heroert GlITMAN, The Black Family in Slavery and FTeedom, 1750- 1925, Nueva York; Pantheon Books, 1976.

7 Stanley ELKINS, Slavery: A Problem in American lnsticutional and InceUeaual Ufe, tercera edición revisada, Chicago y Londres, University of Chicago Press, 1976.

8 Véase Daniel P. MOYNlHAN, TIie Negro Famil:r The Case fOT Narional Accion, Washington, OC, US Departament ofLabor, 1965. Publicado posteriormente en Lee RAlNwATER y William L. YANCEY, The Mo,nihan Reporr and che Politics of ConCTO\.leTSY, Cambridge (MA), MIT Press, 1967.

12

res esclavas están, en general, encaminadas a confirmar la inclinación de éstas a la conyu-

galidad, la consecuencia que inmediatamente se desprende es que únicamente diferian de sus homólogas blancas en la medida en que sus aspiraciones domésticas se vieron nunca-

das por las exigencias del sistema esclavista. En opinión de Gutman, aunque las reglas ins-

titucionalizadas sobre los esclavos concedían a las mujeres un amplio margen de libertad

sexual antes del matrimonio, al final ellas se amoldaban a matrimonios estables y fundaban

familias basadas tanto en las contribuciones de sus maridos como en las suyas propias. Los

argumentos convincentes y ampliamente documentados de Gutman contra la "tesis del

marriarcado son extremadamente valiosos. Pero este libro podria haber sido muchísimo

más concluyente si hubiera explorado, en concreto, el papel multidimensional de las muje-

res negras dentro de la famüia y del conjunto de la comunidad esclava. El día en que alguien exponga la realidad de las experiencias de las mujeres negras

bajo la esclavitud mediante un análisis histórico riguroso, ella (o él) habrá prestado una

ayuda inestimable. La necesidad de emprender un estudio de estas características no sólo se justifica en aras de la precisión histórica, sino que las lecciones que se pueden

extraer del periodo de la esclavitud arrojarán luz sobre la batalla actual de las mujeres

negras, y de todas las mujeres, por alcanzar la emancipación. Como persona lega en el

estudio histórico, únicamente puedo proponer algunas hipótesis que, tal vez, sirvan para guiar una reexaminación de la historia de las mujeres negras durante la esclavitud.

Proporcionalmente, las mujeres negras siempre han trabajado fuera de sus hogares

más que sus hermanas blancas9. El inmenso espacio que actualmente ocupa el trabajo en sus vidas responde a un modelo establecido en los albores de la esclavitud. El trabajo for-

zoso de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia. Por lo tanto, cabria sostener que el punto de partida para cualquier exploración sobre las vidas de las

mujeres negras bajo la esclavitud seria una valoración de su papel como trabajadoras.

El sistema esclavista definía a las personas negras como bienes muebles. En tanto

que las mujeres, no menos que los hombres, eran consideradas unidades de fuerza de

trabajo económicamente rentables, para los propietarios de esclavos ellas. también podrian haber estado desprovistas de género. En palabras de cierto académico, "la

mujer esclava era, ante todo, una trabajadora a jornada completa para su propietario y, sólo incidentalmente, esposa, madre y ama de casa,. l0. A la luz de la floreciente ideolo-

9 Véase, W. E. B. DuBolS, .The Damnatian afWamen-, Darkwater, cap. VII, Nueva York, Har- caun, Brace and Howe, 1920.

10 Kenneth M. STAMPP, The Peculiar lruilÚutian: Slallery in che Antebellum Souch, Nueva York, VID- rage Books, 1956, p. 343.

13

gía decimonónica de la feminidad que enfatizaba el papel de las mujeres como madres

y educadoras de sus hijos y como compañeras y amas de casa gentiles para sus marj.dos,

las mujeres negras eran, prácticamente, anomalías.

Aunque ellas disfrutaban de algunos de los dudosos beneficios de la ideología de la

feminidad, se asume en ocasiones que la esclava típica era una criada doméstica que

desempeñaba el trabajo de cocinera, de doncella o de mammy para los niños en la «casa

grande». El Tío Tom y.Samba siempre han encontrado fieles compañeras en Tía Jemi-

ma y en la Mammy Negra, que encaman los estereotipos que aspiran a capturar la esen-

cia del papel de la mujer negra durante el periodo de la esclavitud. Al igual que en tan-

tas otras ocasiones, la realidad es diametralmente opuesta al mito. Como la mayoría de

los esclavos, la mayor parte de las esclavas trabajaba en el campo. A pesar de que es

posible que en los Estados fronterizos una proporción significativa de los esclavos tra-

bajase desempeñando tareas domésticas, en el Sur Profundo -el auténtico hogar del

reino de la esclavitud- los esclavos eran predominantemente trabajadores agrícolas.

A mediados del siglo XIX, siete de cada ocho esclavos, tanto hombres como mujeres, trabajaban en el campoll.

Del mismo modo que los muchachos eran enviados a los campos al hacerse mayo-

res, las chicas eran destinadas a trabajar la tierra, a recoger el algodón, a cortar caña y

a recolectar tabaco. Jenny Proctor, una anciana entrevistada durante la década de los

treinta, describía del siguiente modo su iniciación infantil al trabajo agrícola en una

plantación de algodón en Alabama:

Teníamos unas cabañas viejas y cochambrosas hechas de estacas. Algunas de las hendi-

duras de las grietas se habían rellenado con barro y musgo y otras no. Ni siquiera teníamos

buenas camas, sólo catres clavados al muro exterior de estacas y con las mantas corroídas

tiradas encima. Claro que era incómodo para dormir, pero hasta eso sentaba bien a nuestros

molidos huesos después de los largos y duros días de trabajo en el campo. Cuando e.ra una

cría, yo me ocupaba de los niños e intentaba limpiar la casa exactamente como la vieja seño-

ra me decía. Luego, en cuanto cumplí los diez años, el viejo amo dijo: .Esta negra estúpida

de aquí a aquella parcela de algodón"lz.

La experiencia de Jenny Proctor era típica. El destino de la mayoría de las jóvenes y de las mujeres, al igual que el de la mayoría de los jóvenes y de lbs hombres, era el tra-

bajo forzoso de sol a sol en los campos. Respecto al trabajo, la fuerza y la productividad

11 lbid., pp. 31, 49, 50 y 60. 12 Mel WATKINS y Jay DAVID (eds.), To Be a Black Woman: PamaUs in Face and Fictian, Nueva

York, William Morrow and Co., lnc., 1970, p. 16. Cita extraída de Benjamin A. BoTKIN (ed.), Lay My Burdm Down: A Folk History 01 Slavery, Chicago, University of Chicago Press, 1945.

14

bajo la amenaza del látigo tenían más peso que las consideraciones sexuales. En este

sentido, la opresión de las mujeres era idéntica a la opresión de los hombres. Pero las mujeres también sufrían de modos distintos, puesto que eran víctimas del

abuso sexual y de otras formas brutales de maltrato que sólo podían infligirséles a ellas.

La actitud de los propietarios de esclavos hacia las esclavas estaba regida por un crite- rio de conveniencia: cuando interesaba explotarlas como si fueran hombres, eran con-

templadas, a todos los efectos, como si no tuvieran género; pero, cuando podían ser

explotadas, castigadas y reprimidas de maneras únicamente aptas para las mujeres, eran reducidas a su papel exclusivamente femenino.

Cuando la abolición de la trata internacional de esclavos comenzó a amenazar la

expansión de la joven industria del cultivo de algodón, la clase propietaria de esclavos se vio obligada a depender de la reproducción natural como método más seguro para repo-

ner e incrementar la población esclava doméstica \J. Así pues, la capacidad reproductiva de

las mujeres experimentó una revalorización. Durante las décadas anteriores a la guerra

civil, las mujeres negras fueron evaluadas cada vez más en función de su fertüidad -Q de su incapacidad para reproducirse- y, en efecto, en tanto que madre potencial de 10, 12,

14 o, incluso, más niños, ella se convirtió en un codiciado tesoro. Pero esto no significa que

las negras, como madres, poseyeran un status más respetado del que poseían como traba-

jadoras. La exaltación ideológica de la maternidad -a pesar de la gran popularidad de la que gozó durante el siglo XIX- no se extendió a las esclavas. De hecho, a los ojos de sus pro-

pietarios, ellas no eran madres en absoluto, sino, simplemente, instrumentos para garanti-

zar el crecimiento de la fuerza de trabajo esclava. Eran consideradas «paridoras», es decir,

animales cuyo valor monetario podía ser calculado de manera precisa e~ función de su capacidad para multiplicar su número.

Puesto que las esclavas entraban dentro de la categoría de «paridoras» y no de la de

«madres», sus criaturas podían ser vendidas y arrancadas de ellas con entera libertad,

como se hacía con los temeros de las vacas. Un año después de que la importación de

africanos fuera intertumpida, un tribunal de Carolina del Sur dictaminó que las muje- res esclavas no tenían ningún derecho legítimo sobre sus hijos. Por lo tanto, en virtud

de esta disposición, los niños podían ser vendidos y apartados de sus madres a cualquier

1l El ttáfico esclavista con el continente africano terminó legalmente en 1808. Aunque conti- nuaron las importaciones clandestinas, el tráfico interno, legal, se convirtió en un negocio rentable perfectamente organizado. En vísperas de la guerra civil, eran objeto del mismo 80.000 esclavos valo- rados, entonces, en 60 millones de dólares. Tras la prohibición del tráfico exterior sus precios aumen- taron de forma constante. El ascenso de la industria textil en Inglaterra y, posteriorrÍiente, en Nueva Inglaterra creó una enorme demanda de algodón y, a su vez, la consecuente expansión de la indus- tria algodonera gracias a la dispersión del cultivo en los Estados del Sur condujo a un renacimiento de la esclavitud. En el Sur, el número de esclavos aumentó de 857.000 en 1800 a casi 4.000.000 en 1860 [N. de la T.l.

15

edad y sin contemplaciones porque «las crias de los esclavos [ ... ) tenían la misma con- sideración que el resto de animales»14.

En tanto que mujeres, las esclavas eran esencialmente vulnerables a toda forma de coerción sexual. Si los castigos más violentos impuestos a los hombres consistían en fla- gelaciones y mutilaciones, las mujeres, además de flageladas y mutiladas, eran violadas. De hecho, la violación era una expresión descamada del dominio económico del pro-

pietario y de! control de las mujeres negras como trabajadoras por parte de! capataz. Así pues, los especiales abusos infligidos sobre las mujeres facilitaban la explotación

económica despiadada de su trabajo. Las demandas de esta explotación hacían que, excepto para fines represivos, los propietarios de esclavos dejaran de lado sus ortodoxas actitudes sexistas. Si las negras difícilmente eran «mujeres» en el sentido aceptado del término, el sistema esclavista también desautorizaba el ejercicio del dominio masculino por parte de 105 hombres negros. Debido a que tanto maridos y esposas como padres e hijas estaban, de la misma forma, sometidos a la autoridad absoluta de sus propietarios, el fortalecimiento de la dominación masculina entre los esclavos podria haber provo- cado una peligrosa ruptura en la cadena de mando. Además, ya que las mujeres negras, en tanto que trabajadoras, no podían ser tratadas como e! «sexo débil,. ni como «amas de casa», los hombres negros no podían aspirar a ocupar e! cargo de «cabeza de fami- lia» y, evidentemente, tampoco de «sostén de la familia,.. Después de todo, tanto hom- bres como mujeres y niños eran, igualmente, los «sostenes» de la clase esclavista.

Las mujeres trabajaban junto con sus compañeros en los campos de algodón, de tabaco, de maíz y de caña de azúcar. En palabras de un ex esclavo:

La campana suena a las cuatro de la mañana y tienen media hora para prepararse. Los

hombres y las mujeres empiezan a la vez y ellas deben desempeñar las mismas tareas y tra-

bajar tan intensamente como ellos 1S•

La mayoria de los propietarios establecían sistemas para calcular el rendimiento de sus esclavos en función de las tasas de productividad media que estimaban exigibles. De este modo,los niños solían considerarse· la cuarta parte de una unidad de mano de obra. y, por regla general, se asumía que las mujeres equivalían a una unidad de mano de obra com- pleta, a menos que expresamente se les hubiera asignado ser "paridoras" o "nodrizas,., en cuyo caso, en ocasiones, se consideraba que equivalían a menos d~ una unidadl6. --

14 Barbara WEIITHElMER, We Were There: The Stary 01 Working Women in America, Nueva York, Pantheon Books, 1977, p. 109.

15 lbid., p. 111. Cita extraída de Lewis ClARI<E, Narratitle of che Sllfferings 01 Lewis and MiIton ClaTke, Soru 01 a Soldier 01 che Revolution, Boston, 1846, p. 1 Z 7.

16 K. M. Stampp, The PeculiaT Institll!ion: Slallerj in che AnubeUllm South, cit., p. 57.

16

Naturalmente, los propietarios de esclavos procuraban asegurar que sus «paridoras,.

tuviesen niños con tanta frecuencia como biológicamente fuera posible. Pero nunca llega-

ron tan lejos corno para eximir de trabajar en los campos a las mujeres embarazadas y a las

madres con hijos recién nacidos. A pesar de que muchas madres eran obligadas a dejar a

sus hijos acostados en el suelo cerca de la zona donde trabajaban, algunas se negaban a

dejarles desatendidos e intentaban trabajar a un ritmo nocrnal cargando con los.bebés a sus

espaldas. Un ex esclavo describía uno de estos casos en la plantación donde vivía:

A diferencia de otras mujeres, había una joven que no dejaba a su hijo al final de la fila,

sino que había ingeniado una tosca mochila, hecha con un trozo de tela de lino áspero, en

la que ataba a su niño, muy pequeño, a sus espaldas; y, así cogido, cargaba con él todo el día

y realizaba sus tareas con la azada junto al resto17•

En otras plantaciones, las mujeres dejaban a sus bebés al cuidado de los niños peque-

ños o de los esclavos más viejos que no eran capaces de realizar las duras faenas de los

campos. Como no podían amamantar a sus hijos con regularidad, tenían que soportar

el dolor que les causaban sus pechos hinchados. En uno de los relatos de esclavos más

populares de la época, Mases Grandy narraba la deplorable situación en la que se halla-

ban las madres esclavas:

En la finca de la que hablo, las mujeres que tenían hijos en edad de ser amamantados sufrían

mucho cuando sus pechos se llenaban de leche, ya que habían dejado a los niños en la casa, y

su dolor les impedía seguir el rittno de trabajo del resto: he visto al capataz golpearlas utilizan-

do cuero sin curtir haciendo que la sangre y la leche brotaran mezcladas de sus pechOS18•

Las mujeres embarazadas no sólo eran obligadas a realizar el trabajo agrícola nocrnal.

También estaban expuestas a los azotes ordinarios que recibían todos los trabajadores

cuando no conseguían alcanzar la cuota diaria o protestaban «impertinentemente,. por

cómo se les trataba.

A la mujer que comete una ofensa en el campo y está encinta de muchos meses se la obli-

ga a tumbarse boca abajO sobre un agujero cavado para que quepa su corpulencia y se la azota con el látigo o se la pega con un canalete que tiene unos orificios que hacen que con cada

17 Charles BAll, SIavery in che Unired States: A Narrative o{ che Ufe CI7Id Advena.cres af 0arIes BaII, a BIack Man, Lewistown, Pensilvania, J. W Shugert, 1836, pp. 150-151. Citado e; Ger~ lDNER (ed.) , BIack Women in Whire America: A Documentary History, Nueva York, Pantheon Books, 1972, p. 48.

18 Moses GRANDY, NaTTatille of che Ufe of Moses GraM-Y: Late a Slalle in che UTÚted Scates of Ame- rica, Baston, 1844, p. 18. Citado en E. Franklin FRAZlER, The Negro Famil-y in che Urúted Scates 119391, Chicago, University of Chicago Press, 1969.

17

golpe salga una ampolla. Una de mis hennanas recibió un castigo tan severo con este méto-

do que se le adelantó el parto y dio a luz allí mismo. Este mismo capataz, el Sr. Brooks, mató

así a una joven llamada Mary. En ese momento, su padre y su madre estaban en el campol9.

En aquellas plantaciones y granjas donde las mujeres embarazadas eran tratadas con

más indulgencia, rara vez se debía a razones humanitarias. Sencillamente, los propieta-

rios de esclavos apreciaban el valor de los niños esclavos que nacían con vida en la misma medida que valoraban a un ternero o a un potro recién nacidos.

En los tímidos intentos de industrialización acometidos en el Sur en el periodo ante- rior a la guerra civil, el trabajo de los esclavos complementaba la mano de obra libre, a

menudo, en una relación de competencia. Los industriales que poseían esclavos utili-

zaban indistintamente a hombres, mujeres y niños y, cuando los dueños de las planta-

ciones y los hacendados alquilaban a sus esclavos, se encontraban con que la demanda

de mujeres y niños era tan elevada como la de hombreszo.

En la mayoría de las fábricas textiles y de las industrias del cáñamo y del tabaco donde

se empleaba mano de obra esclava, las mujeres y los niños esclavos constituían una propor-

ción muy abultada de la fuerza de trabajo.

[ ... ) En algunas ocasiones, las mujeres y los niños esclavos trabajaban en industrias "pesa-

das» como las refinerías de azúcar y los molinos de arroz [ ... ). Otras industrias pesadas como

la maderera y el transporte utilizaban a mujeres y a niños en una medida considerablezl .

Las mujeres no eran tan «femeninas» como para que no pudieran trabajar en las minas

de carbón, en las fundiciones de acero, en la tala de árboles o abriendo zanjas. Cuando se

construyó el Santee Canal, en Carolina del Norte, las mujeres esclavas llegaron a consti-

tuir el 50 por 100 de la mano de obra empleadazz. En los diques de Lusiana, también hubo mujeres trabajando, y muchas de las VÍas ferroviarias que todavía se utilizan en Estados Unidos fueron construidas, en parte, por mano de obra esclava femeninaB .

El empleo de mujeres esclavas como sustituto de las bestias de carga para tirar de las vagonetas en las minas en el SurZ4 guarda 'reminiscencias con la horrenda utilización del trabajo femenino blanco en Inglaterra descrita por Karl Marx en El capital:

19Ibid. 20 Roben S. STAROBIN, IndwlT'ial Slallery in the Old South, Londres, Oxford y Nueva York, Oxford

University Press, 1970, pp. 165 ss. 21 lbid., pp. 164-165. 22 Ibid., p. 165. lJ Ibid., pp. 165-166. 24 .En las fundiciones de hierro y en las minas, también se ordenaba a las mujeres y a los niños

arrastrar las vagonetas y arrojar los bloques de metal a las trituradoras y a los hornos>, ibid., p. 166.

18

En Inglaterra aún se utiliza, ocasionalmente, a mujeres en lugar de caballos para arras-

trar las embarcaciones en los canales porque el trabajo que se requiere para producir el caba- llo y las máquinas se puede conocer en términos precisos, mientras que el trabajo necesario para mantener a las mujeres de la población excedente está por debajo de toda estimación15.

Al igual que sus homólogos británicos, los industriales sureños no ocultaban los moti-

vOS que les llevaban a emplear a mujeres en sus empresas. Las mujeres escla~as eran mucho más rentables no sólo que los trabajadores masculinos libres, sino también que

los esclavos varones. Su «coste de capitalización y de mantenimiento era menor que el de los hombres de primera categoría,.26.

Sus experiencias durante la esclavitud han debido de afectar profundamente a las

mujeres negras, a quienes las demandas de sus amos les exigían ser igual de «masculi- nas" en el cumplimiento de su trabaja que sus hombres. No cabe duda de que algunas vieron sus vidas hundidas y destrozadas, pero 1a mayoría sobrevivió y, en este proceso, adquirieron cualidades consideradas tabú por la ideología decimonónica sobre la femi-

nidad. Un viajero de aquella época observó a un grupo de esclavas en Misisipí que

regresaba a casa de los campos y, según su descripción, el grupo incluía:

[ ... ) las cuarenta mujeres más altas y fornidas que jamás había visto juntas. Todas iban ves-

tidas con un uniforme sencillo, hecho con una tela azulada de cuadros, y tanto sus piernas

como sus pies estaban desnudos. Sus gestos eran orgullosos, cada una portaba una azada a la

espalda, y caminaban con un contoneo desenvuelto y vigoroso como el de los cazadores cuando van de expedición17.

25 Karl MARX, Das Kapital, Kririk de,- politischen Ókonomie, Emer Band, Berlín, República Demo- crática de Alemania, Dietz Verlag, 1965, pp. 415-416: .In England werden gelegentlich stan der Pferde irnmer noch Weiber zum Ziehn usw bei den Kanalbooten verwandt, weil die zur Produktion von Pferden und Maschinen erheischte Arbeit ein mathematisch gegebenes Quantum, die zur Erhal- tung von Weibern der Surplus-population dagegen unter aller Berechnung steht. ledo cast.: El capi- tal, Madrid, Ediciones Akal, 2000J.

26 R. S. Starobin, Industrial Slavery in the Old South, cit., p. 166: -Los propietarios de esclavos uti- lizaban a mujeres y a niños para distintas tareas con el fin de aumentar la competitividad de los pro- ductos del Sur. En primer lugar, las mujeres esclavas y los niños tenían un coste de capitalización y de mantenimiento menor que los hombres de primera categoría. John Ewing Calhoun, un fabrican- te textil de Carolina del Sur, estimaba que el mantenimiento de los niños esclavos costaba dos ter- cios de lo que costaba mantener a los esclavos adultos que trabajaban en las fábricas de algodón. Otro californiano estimaba que la diferencia de costes entre la mano de obra esclava masculina y femeni- na era, incluso, mayor que la que había entre la mano de obra libre y la esclava. Los··resultados con- tables de aquellos que utilizaban a mujeres y a niños esclavos corroboran la conclusión de que los cos- tes laborales podían reducirse sustancialmente •.

27 Frederick Law OlJ.iSTED, A}ourney in che Back Country, Nueva York, 1860, pp. 14-15. Citado en K. M. Stampp, The Pecualiar 11l5itituion: Slatlery in the AnrebeUum South, cit., p. 34.

19

Pese a que es muy poco probable que estas mujeres estuvieran expresando un senti- miento de orgullo por e! trabajo que ejecutaban bajo-la amenaza siempre presente de! látigo, ellas debieron de ser conscientes de su enorrríe poder, es decir, de su capacidad

para producir y para crear. Como señaló Marx, «e! trabajo es el fuego vivo y moldeador; representa la impermanencia de las cosas, su temporalidad.,z8. Por supuesto, es posible que las observaciones de este viajero estuvieran teñidas de un racismo de corte pater- nalista, pero, de no ser así, podría ser que estas mujeres hubieran aprendido a sacar de

las circunstancias opresivas bajo las que vivían la fuerza necesaria para resistir a la des- humanización cotidiana de la esclavitud. La conciencia de su capacidad infinita para e!

duro trabajo pudo haberles conferido la confianza en su capacidad para luchar por ellas mismas, por sus familias y por su pueblo.

En Estados Unidos, cuando las incursiones experimentales en el trabajo fabril aco- metidas en vísperas de la guerra civil dejaron paso a la agresiva penetración de la indus- trialización, muchas mujeres blancas fueron despojadas de la experiencia de desempeñar un trabajo productivo. Con la llegada de las fábricas textiles sus ruecas se quedaron obso- letas, sus instrumentos para la elaboración de velas se convirtieron en piezas de museo y lo mismo les ocurrió a tantas otras herramientas que anteriormente les habían servido para fabricar los artículos que sus familias precisaban para sobrevivir. A medida que la ideología de la feminidad -un subproducto de la industrialización- se fue popularizando y diseminando a través de las nuevas revistas femeninas y de las novelas románticas, las

mujeres blancas pasaron a ser consideradas moradoras de una esfera totalmente escindi- da del ámbito de! trabajo productivo. La fractura entre e! hogar y el mercado provocada por el capitalismo industrial instauró la inferioridad de las' mujeres más firmemente que en ninguna otra época anterior. En la propaganda más difundida, la «mujer,. se convir- tió en sinónimo de «madre» y de «ama de casa .. y tanto la una como la otra llevaban

impreso e! sello fatal de la inferioridad. Sin embargo, este vocabulario estaba completa- mente fuera de lugar entre las esclavas. El orden económico de la esclavitud contrade- cía la jerarquía de los roles sexuales incorporada en la nueva ideología. Consiguiente- mente, las relaciones entre los hombres y las mujeres dentro de la comunidad esclava no podían encuadrarse en e! modelo ideológico dominante.

La definición esclavista de la familia negra como una estructura biológica matrili- neal ha dado pie a todo un enjambre de elaboraciones. En muchas plantaciones los registros de nacimientos omitían los nombres de los padres haciendo constar, única- mente, los nombres de las madres de los niños. Y por todo el territorio sureño las cáma- ras legislativas estatales adoptaron e! principio panus sequituT veTltTem, en virtud de! cual

28 Karl MARX, Grundrisse der Kritik der politischen Ók.onorrúe, Berlín, República Democrática de Alemania, Diea Yerlag, 1953, p. 266: .Die Arbeit ist das lebendige, gestaltende Feuer; die Yergan-

glichkeit der Dinge, ihre Zeitlichkeit, als ihre Fonnung durch die lebendige Zeit».

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el niño hereda la condición de la madre. Éstos eran los dictados de los propietarios de esclavos que, a su vez, eran los padres de no pocos de los niños que siguieron el desti-

nO de sus madrei. Pero estas nonnas !también regían las relaciones domésticas entre los

esclavos? La mayoría de los análisis históricos y sociológicos de la familia negra duran-

te la esclavitud se han limitado a asumir que la negativa de los amos al reconocimien-

to de la paternidad entre sus esclavos se tradujo automáticamente en una estructura

matriarcal de las familias fundadas por los propios esclavos.

El desacreditado estudio realizado en 1965 por el gobierno estadounidense acerca

de la "La familia negra» [«Negro Family»], populannente conocido como el Infonne

Moynihan, conectaba directamente los problemas sociales y económicos coritemporá-

neos de la comunidad negra con una supuesta estructura familiar matriarcal. «En esen-

cia», escribió Daniel Moynihan:

la comunidad negra ha sido obligada a adoptar una estructura matriarcal que, debido a su

carácter excepcional respecto al resto de la sociedad estadounidense, retarda seriamente el

progreso del grupo en su conjunto e impone una carga aplastante sobre los hombres negros

y, consecuentemente, también sobre un gran número de mujeres negras29•

Según la tesis del infonne, las raíces de la opresión eran más profundas que la dis-

criminación racial que causaba el desempleo, las infraviviendas, una inadecuada edu-

cación y una asistencia sanitaria deficiente. El origen de la opresión se describía como

iuna «maraña de patologías» originadas por la falta de autoridad masculina entre los

negros! El controvertido gran final del Informe Moynihan consistía en una llamada a

introducir la autoridad masculina -inaturalmente, queriendo decir dominación mascu-

lina!- en la familia y en la comunidad negra en general.

Uno de los simpatizantes «progresistas» de Moynihan, el sociólogo Lee Rainwater, desaprobó enconadamente las soluciones recomendadas por el infonnelo. En su lugar,

Rainwater proponía la creación de empleo, el aumento de los salarios y diversas refor-

mas económicas. Incluso, llegó tan lejos como para alentar la celebración de manifesta-

ciones y protestas regulares a favor de los derechos civiles. Sin embargo, al igual que la

mayoría de los sociólogos blancos -y, también, que algunos negros-, reiteraba la tesis de

que, en efecto, la esclavitud había destruido a la familia negra. Por lo tanto, la secuela

29 Citado en Robert STAPLES (ed.), The Black Family: Essays and Studies, Belmont, California, Wadsworth Publishing Company, Ine., 1971, p. 37. Véase también John BRACEY, Jr., August MEIER y Ellion RUDWICK (eds.), Black MatriaTch,: M,th OT Realit], Belmonc, California, Wadsw~rth Publishing Company, Ine., 1971, p. 140.

JO J. Bracey, Jr., et al. (eds.), Black MatriaTCh:y: M,th OT Realit], cit., p. 81. Véase el artículo escrito por Lee RAlNWATER, .Crueible of ¡dentity: The Negro Lower-Class Family», publicado originalmen- te en Daedalus, XCV (invierno de 1996), pp. 172-216.

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que supuestamente arrastraban las personas negras era un modelo «de familia centrado en la madre caracterizado por su énfasis en la primacía de la relación madre-hijo y por el matenimiento de tan sólo leves lazos con el hombre»31. Actualmente, proseguía,

con frecuencia, los hombres carecen de verdaderos hogares y se mudan de unos hogares a otros donde sólo mantienen lazos de parentesco o sexuales. Residen en casas de acogida y en

pensiones y pasan s~ tiempo en diversas instituciones. En los únicos «hogares. que tienen,

es decir, en los hogares de sus madres y de sus novias, ellos no son miembros de la unidad

domésticaJZ •

Ni Moynihan ni Rainwater habían inventado la teorfa del deterioro interno de la familia negra bajo la esclavitud. La obra pionera en apoyo de esta tesis fue escrita en la década de los treinta por el renombrado sociólogo negro E. Franklin Frazier. En su libro The Negro Family, publicado en 1939, Frazier describía de manera espectacular el terri- ble impacto que había tenido la esclavitud sobre las personas negras, pero subestimaba su capacidad para resistir a la influencia de este régimen en la vida social que tejieron

de manera autónoma33• Además, interpretaba erróneamente el espíritu de indepen- dencia y de confianza en sí mismas que, inevitablemente, habían desarrollado las muje- res negras y, de esta forma, deploraba el hecho de que «ni la necesidad económica ni la tradición hubieran inculcado [en la mujer negra) el espíritu de subordinación a la auto- ridad masculina,,34.

Insp'i~ado por la controversia desatada por la aparición del Informe Moynihan, así como por sus dudas respecto a la validez de la teoría de Frazier, Herbert Gutman comenzó su investigación sobre la familia esclava. Aproximadamente diez años des- pués, en 1976, publicó su extraordinario trabajo The Black Family in Slavery and Free- dom35 • Las investigaciones de Gutman desvelaban pruebas fascinantes de la existencia de una familia esplendorosa y vertebrada durante la esclavitud. Su descubrimiento no consistía en la infame familia matriarcal, sino en una familia integrada por una esposa, un marido, niños y, frecuentemente, por otros familiares y parientes adoptivos.

Disociándose de las discutibles conclusiones econométricas a las que habían llega- do Fogel y Engerman, en las que se sostiene que la esclavitud dejó intactas a la mayo- ría de las familias, Gutman afirma que multitud de familias esclavas sufrieron rupturas forzosas. La separación mediante la venta indiscriminada de maridos, esposas e hijos fue

31 Ibid., p. 98. JZ Ibid. 33 E. F. mzier, The Negro Famil'J in Úl.e United States, cit. 34 Ibid., p. 102. 35 H. Gutman, The Black Famil-y in Slatlery and Freedom, 1750-1925, cit.

22

un rasgo distintivo aterrador del modelo esclavista estadounidense. Sin embargo, como

él señala, los lazos de amor y de afecto, así como las normas culturales que regulaban las relaciones familiares y el deseo ardiente de permanecer unidos, sobrevivían al azote

devastador de la esclavitudJ6.

Gutman se basa en cartas y en documentos, como, por ejemplo, en los registros de

nacimientos recuperados de las plantaciones en los que constan los padres al igual que

las madres de los niños, para demostrar no sólo que los esclavos observaban estrictas

normas para regir sus convenciones familiares sino que, también, estas normas diferían

de las que regulaban la vida de la familia blanca de su entorno. Existían tabú es matri-

moniales, prácticas para la adopción de los apellidos y costumbres sexuales -en parti-

cular, se sancionaban las relaciones sexuales prematrimoniales-, que diferenciaban a los

esclavos de sus amosJ7 . En su empeño diario y desesperado por conservar su vida fami-

liar, disfrutando de toda la autonomía que pudiesen arrancar, las mujeres y los hombres

esclavos manifestaron un talento portentoso para humanizar un entorno concebido

para convertirles en una manada de unidades de trabajo infrahumano.

Las decisiones cotidianas que tomaban las mujeres y los hombres esclavos, como perma-

necer con la misma esposa durante años, determinar o no la paternidad de un niño, tomar

como esposa a una mujer que hubiera tenido hijos de padres desconocidos, dar a los recién

nacidos el nombre de un padre, de una tía, de un tío o de un abuelo, o como disolver un

matrimonio incompatible, contradecían, mediante su comportamiento y no mediante la

retórica, la ideología dominante que consideraba al esclavo un eterno «niño» o un «salvaje~

reprimido [ ... ]. Sus convenciones domésticas y sus redes de parentesco, junto con las rami-

ficaciones de las comunidades a partir de estos lazos primarios, dejaban claro a sus criaturas

que los esclavos no eran «no hombres~ y «no mujeres»38.

Es una lástima que Gutman no intentara determinar el lugar real que ocuparon las mujeres dentro de la familia esclava. Al demostrar la existencia de una vida familiar

36 El primer capítulo de su libro se titula .Send Me Sorne of the Children's Hair» [.Envíame un

trozo de pelo de los niños.] y recoge la petición de un esclavo a su esposa, de la que había sido "separa- do por la fuerza mediante una venta: .Envíame un ttozo de pelo de los niños en un papel separado con sus nombres escritos en él [ ... ). Esta mujer no ha nacido para sentirse tan cerca de mí como tú. Hoy, tú Y yo sentimos lo mismo. Diles que deben recordar que tienen un buen padre que se preocupa por ellos y que piensa en ellos todos los días [ ... ). Laura, de verdad, te quiero igual que antes. NI(1ICil he dejado de amaneo Laura, soy sincero, he tomado otra esposa y siento mucho que sea aSí. Para mí tú sigues sien- do mi querida y amada esposa, como siempre lo fuiste, Laura. Sabes cómo trato a ~na esposa y sabes cómo soy con mis hijos. Sabes que soy un hombre que ama de verdad a sus hijos., pp. 6-7.

17 Ibid. V éanse capítulos 3 y 4. 18 Ibid., pp. 356-357.

23

compleja que incluía tanto a maridos como a esposas, Gutman eliminaba uno de los

principales pilares sobre los que se ha apoyado el- argumento del matriarcado. Sin

embargo, su análisis no cuestionaba sustancialmente la afirmación complementaria de

que cuando las familias constaban de dos progenitores la mujer dominaba al hombre.

Además, como confirma la propia investigación de Gutman, la vida social en las áreas

donde residían los es~lavos era, en gran medida, una prolongación de la vida familiar.

Por lo tanto, el papel de la mujer dentro de la familia debe de haber determinado de

manera considerable su status social dentro de la comunidad esclava en su conjunto.

La mayoría de los estudios académicos han interpretado que la vida familiar esclava

ensalzaba a la mujer y degradaba al hombre, incluso, cuando tanto la madre como el

padre estaban presentes. Por ejemplo, en opinión de Stanley Elkins, el papel de la

madre:

[ ... ] cobraba mucha más importancia para e! niño esclavo que e! de! padre. Ella controlaba

aquellas pocas actividades -el cuidado de! hogar, la preparación de la comida y la crianza de los niños- que se dejaban a cargo de la familia esclavaJ9•

En opinión de Elkins, la designación sistemática de los hombres esclavos como

~muchachos .. por parte del amo era un reflejo de su incapacidad para desempeñar sus

responsabilidades paternas. Kenneth Stampp ahonda en esta línea de razonamiento ini-

ciada por Elkins y afirma:

[ ... ] la familia esclava típica era formalmente matriarcal, ya que e! pape! de la madre era

mucho más importante que e! de! padre. Aceptando que la famila tuvo, efectivamente,

importancia, su entramado implicaba la asunción de responsabilidades que tradicionalmen-

te pertenecían a las mujeres, como limpiar la casa, preparar la comida, confeccionar la ropa

y criar a los niños. El marido era, en e! mejor de los casos, e! ayudante de su mujer,-su com-

pañero y su pareja sexual. A menudo, era considerado como una posesión de ésta (el Tom

de Mary), al igual que la cabaña en la que vivían40.

Ciertamente, la vida doméstica adquirió una importancia desmesurada en la vida

social de los esclavos, ya que de hecho les proporcionaba el úp.ico espacio donde ver-

daderamente podían tener una experiencia de sí mismos como seres humanos. Las

mujeres negras, por esta razón -y también porque eran trabajadoras, exactamente igual

que sus compañeros-, no se vieron degradadas por sus funciones domésticas del mismo

modo en que vinieron a serlo las mujeres blancas. A diferencia de éstas, las mujeres

39 S. Elkins, Slal/ery:A Problem in American Institurional and InteUectual Life, cit., p. 130. 40 K. M. Stampp, The Peculiar Insiitution: Slal/ery in the AntebeUum South, cit. p. 344.

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negras nunca pudieron ser tratadas como meras «amas de casa ... Pero llegar al extremo

de sostener que, por lo tanto, ellas dominaban a sus compañeros masculinos es, básica-

mente, distorsionar la realidad de la vida esclava.

En un ensayo que escribí en 1971 -utilizando los pocos recursos que se me permitía

tener en mi celda de prisión-, caractericé la relevancia de las funciones domésticas de

la mujer esclava del siguiente mod041 :

En la angustia infinita de asistir a las necesidades de los hombres y de los niños que esta-

ban a su alrededor [ ... ], ella estaba realizando la única tarea de la comunidad esclava que no

podía ser, directa e inmediatamente, reivindicada por el opresor. Los esclavos no recibían

ninguna compensación por el trabajo en los campos, ni éste servía a ningún fin útil para ellos. El trabajo doméstico era la única labor con significado para el conjunto de la comuni-

dad esclava.

[ ... ] Precisamente, la realización de las faenas que durante mucho tiempo han sido una

expresión central de la inferioridad socialmente determinada de [as mujeres permitía a la

mujer negra encadenada ayudar a fundar [os cimientos de cierto grado de autonomía, tanto

para ella misma como para su compañero. En esos momentos en los que estaba sufriendo su

única opresión como mujer, ella estaba siendo emplazada a ocupar un lugar central dentro

la comunidad esclava. De este modo, ella era esencial para la supervivencia de la comunidad.

Con el tiempo, he comprendido que el carácter especial del trabajo doméstico

durante la esclavitud, su centralidad para los hombres y las mujeres en cautividad,

entrañaba la realización de trabajos que no eran exclusivamente femeninos. Los hom-

bres esclavos desempeñaban importantes responsabilidades domésticas y, por lo tanto,

no eran los meros esposos dóciles de sus mujeres, como sostendría Kenneth Stampp.

Mientras las mujeres cocinaban y zurcían, los hombres se encargaban del huerto y de la

caza. (El ñame, el maíz y otras hortalizas, además de algunos animales salvajes como los

conejos y las zarigüeyas, siempre eran un suplemento delicioso a las monótonas racio-

nes diarias.) Nada indica que esta división sexual del trabajo doméstico hubiera sido

jerárquica, ya que las tareas de los hombres no eran, en absoluto, superiores ni, difícil-

mente, inferiores al trabajo realizado por las mujeres. Ambos eran igualmente necesa-

rios. Además, todo apunta a que la división del trabajo entre los sexos no fue siempre

tan rigurosa y que, en ocasiones, los hombres trabajarían en la cabaña y las mujeres

podrían haberse ocupado del huerto y, quizá, incluso, haber participado en la caza42•

41 Angela Y. DAVIS, .The Black Woman's Role in the Community of Slaves-, Black Scholar, m, 4 (diciembre de 1971).

42 E. D. Genovese, Roa, JarcIan, RoU: The Warld !he SIaVe5 Made, cit.; véase parte n, especialmen- te las secciones tituladas .Husbands and Fathers- y .Wives and Mothers-.

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