En negro (¿relato erótico?)

[Siento que sea un texto tan complicado para la temática y que el sexo tarde tanto en llegar. Soy complicada. Y el sexo es complicado. Quieres escribir un simple relato erótico... y es imposible. La pornografía, ustedes saben, es ficción. Y la chica no te la va a comer porque lleves Axe; no estaría mal, pero no lo va a hacer. Y en caso de que lo haga, quizás no es rubia ni delgada ni tetuda. Qué horror, ¿eh?]







En ese momento era



"sólo tenía que abrir los ojos, pero un peso, un miedo los mantenía cerrados" o



"se trataba de Sally Seton, la última persona del mundo que uno esperaría que se casara con un hombre rico y viviera en una casa grande de...".



Era esa frase o la otra o cualquiera de Miss Dalloway -qué importaba, en realidad, qué necesidad de ir y hacer memoria, para qué-. Eran los ojos cerrados o Sally en el libro, en mis ojos, en mi mente, en la casa que compartía con mi novio Marcos y que me incluía a mí, a él, a mis libros y a cualquier historia que fuera a suceder.



(Cualquiera no, cada vez sucedían menos; cada vez más vida sin sustancia y buenos días sin verdaderas ganas).



Más simple: Miss Dalloway a medias, yo a medio gas en el sofá y Marcos entero, siempre entero, delante de su ordenador. La luz. La luz se va. Y no es una metáfora.



Me quedo a oscuras, sentada, los ojos sobre el libro negro o el suelo negro o el aire negro y Marcos, entero, gritando. Debe de haber perdido algo importante, este hombre a un ordenador pegado no grita nunca, casi nunca, pocas veces, excepto cuando se trata de algo grave y profesional, por esos 0 y 1 vitales. Me levanto con mi cuerpo negro para no quedarme aquí, oyendo gritos en la oscuridad, me levanto a qué, a dar ánimos: (léase con fingida voz de consuelo) Marcos, no está el trabajo perdido, ya sabes que el ordenador ha ido gravando mientras escribías.



Abro la puerta negra y empiezo: "Marcos, no está el..." pero no hay fingido consuelo, no sé qué tono es este, no me reconozco la voz, y ya no hay más mi voz, ni la suya, no hay respuesta. Silencio.



Me acerco a la silueta de Marcos, quieto y tranquilo como un maniquí de hombre, sobrio y sereno ya -qué extraño. Negro.

(Nunca nos habíamos parecido tanto cómo ahora, nunca habíamos compartido estar los dos así, en negro, callados como desconocidos). Estoy sola con un maniquí al que no conozco -me asusta la idea de conocer alguna vez a uno.



Voy a abrir la boca, aprieto ligeramente los labios, los abro, caliento el aire con lo que debería ser la M de Marcos pero es sólo mi aliento. Y así me quedo con la boca ligeramente abierta, como esperando algo, un maná del cielo, o algo que salga de dentro. No me asusta este silencio, me sorprende, no lo entiendo, (los labios aún abiertos, los humedezco), podría preguntarle a Marcos por el sentido de esta situación, él siempre sabe, yo no entiendo; eso dice él siempre. Me acerco a él, mi maniquí sobrio y educado. Pruebo otra vez de decir "Marcos", ya muy cerca de su oreja, pero sólo llego a rozarle con este aire que despiden mis labios, mi boca, mi lengua aún moviéndose, esperando la voz que no llega. No hay comunicación posible con este maniquí callado. (Y yo sin voz, pero con movimiento y acto).



Me excita verlo así, tan callado y tan sin movimiento. Tan en mis manos.



La situación es ilógica, la luz que se va y el deseo que viene. Decido ir un paso más allá. Acerco la punta de la lengua, como una niña que descubre el mundo aún con la boca, acerco mi lengua despacio a esta oreja suya. No habla, no dice, pero quizás siente la humedad. Quizás el contacto ligero con el vello de su lóbulo inerte, aún cálido.



Podría ser que sólo estubiera vivo aquello que mi lengua toca, sería mucho suponer, sería, sobretodo, atorgarme un poder demiúrgico -feo, muy feo, pero interesante.

Mi lengua atraviesa la oscuridad y llega a su oreja (izquierda) sin vacilar pero delicada, recorre toda la zona tierna hasta que se va estrechando y gana dureza. (¿Me sientes?). No es suficiente lamer, sólo un juego; toma de contacto. Acerco mis dientes a su oreja. Muerdo imperceptiblemente. Morder no es lo mismo que lamer: muerden los perros al cuello cuando suben encima la hembra -fisilogía, pero también dominancia-, muerden los leones los cuartos traseros de gacelas que han perdido la carrera -ataque y muerte-, mordía Simon, el niño que encontraron en estado salvaje -defensa y comunicación. Le muerdo la oreja (izquierda) y siento la fuerza del lóbulo que se opone, que me informa que existe, que es materia caliente. Viva. Mis dientes presionan y la punta de mi lengua recorre sin miedo la zona atrapada. Por causa mía, por el poder que tengo, esta zona se llena de sangre, de nervios. Vuelve a ser real y humana. Siente. Le he despertado la oreja pensando que a ella se le puede unir el oído, para que me oiga si recupero la voz, para que sus tímpanos vibren con mi respiración ya agitada.



Me coloco detrás, como si este maniquí hubiera mentido en algo sumamente importante, un espía del enemigo, o hubiera escondido el cuerpo de sus amantes por los solares de esta ciudad. Su silueta recortada, tan bien sentada, tan derecha. Ah, no piensa hablar, eh? Le abrazo por detrás, mis brazos cayendo sobre su pecho duro. Reposo mi frente en el espacio de su nuca, y cierro los ojos sintiendo este contacto cóncavo y convexo. Por un cierto sentido del equilibrio y de la armonía, le permito a mi boca buscar esa oreja (derecha) suya, que aún está dormida, aún sin vida. Nada revive aquí si yo no lo ordeno y mi lengua no obedece.



Podría dar vida a estos ojos suyos para que me vean en negro, mi silueta tan cerca, tan pegada a la suya, confundiéndose ya. O despertarle los labios. Es un ligero movimiento, de la oreja a su boca entreabierta, que sienta esa mezcla de humedad y calor -no calidez: calor- que es mi deseo cuando se instala en mi cuerpo y planea no marchar y se hace con el control (mi mente como un sexo palpitante, pero mucho más allá: ramificado y voraz, conquistador y maquiavélico, manipulador). Podría acercar mis labios a los suyos, ambos habitando un suspendido fundido a negro. Pero no lo haré. Podría, sin querer, hacerle recuperar la voz y que me dijera algo sobre el trabajo perdido, sobre la importancia vital de esos 0 y 1, sobre el tiempo invertido delante del ordenador.

Peor: podría decirlo gritando (pero él no grita nunca, casi nunca, pocas veces).

Mucho peor: podría decir o gritar un qué haces, un no es el momento, un no molestes que estoy trabajando, un no es lo correcto, ni el momento ni el lugar.



Decido que mi deseado maniquí siga en silencio.



Y mi maniquí está como separado de la mesa -como no: separado-, debió de hacer fuerza con estos brazos ahora inertes y separó la silla, justo antes de callarse. Ocupo ese espacio entre el ordenador y él, mis manos en sus rodillas, lo miro sonriente. Su silueta, enfrente, grave como un Moisés (Freud yendo a visitar una y otra vez el Moisés para sacar conclusiones sobre la religión. Yo mirando a mi Moisés para crear mi teoría del dominio y de la creación). Como en una coreografía, le separo las piernas y a la vez flexiono mis rodillas; mi boca descubierta sobre su sexo aún escondido.



Le desabrocho el pantalón de raya, abro despacio la cremallera, deleitándome en su sonido, (le miro a esos ojos que no me ven y sonrío; siempre he sido una niña muy sonriente, tan buena) busco con mi mano. Que no estén frías mis manos, las froto contra mis muslos, y esta vez sí introduzco la mano derecha y busco su miembro tierno y casi doblado.



Su miembro negro en mi mano, delante de mis ojos negros, a tocar de mi boca negra. Se reduce el espacio en negro entre los tres. Cambiar un adjetivo por otro: flácido por erecto. Duro. Dispuesto. Hacer un hombre no del barro sino de un trozo de carne.



No agarro su sexo, la paja siempre me ha parecido tan fácil, tan vulgar. Devuelvo mis manos a sus rodillas sin vida y alargo mi lengua a su polla. Es como el juego de la manzana de las tardes de infancia -yo de rodillas delante de su sexo, sin los ojos tapados, pero no viendo-. Succiono sin prisas, (lenta, muy lentamente, la piel es aún tan tierna) y ya está entera y adentro. Es como un caramelo, la absorvo casi deglutiéndola, aspirando el aire del interior de mi boca. Alojada en esta vagina inteligente y polimorfa, su polla crece. Buena chica -ella, no yo, por dios-, tan obediente.

Qué envidia del pene si la gracia no está en tenerlo sino en que crezca en la boca de una. Mi lengua ve como su miembro se endurece primero y crece después y ya no soy capaz de mantenerla dentro. Abro la boca y la vuelvo a cerrar, asciendo con mis labios pegados a ella, me detengo en la zona en que el sexo masculino decide cambiar su forma; la dejo escapar y se va. Observo su silueta definitiva. Sin trampas de manos, me vuelvo a acercar, con la punta de mi lengua en su base, la intento levantar, separarla del pantalón. Cierro los ojos. Mi lengua en este sexo suyo. Tantos milenios de símbolos que apuntan al cielo, y se referían a esto. A este subir y bajar, a esta lengua que marca lenta o rápida, según apetezca, y yendo mucho más allá por supuesto, no vayamos a desperdiciar la creatividad sólo en aquello que produce y crea dinero, esta boca que succiona y atrapa y obliga, permitida obligación, la más permitida de todas, a estos labios que rodean o besan, a este viaje que no olvida nada, que sabe que existen zonas dónde demorarse y desvíos a tomar, bajar hasta los testículos y subir arriba, más arriba aún, hasta el cielo. Como el sexo erecto y mojado, mojadísmo, oliendo a mí, nunca llega allí donde apunta, manda a su... No manda nada, porque freno antes. Noto los estertores. Y paro.



Al fin y al cabo, esto no se debería hacer. Aprovecharme de ti, callado y sin defensas, para molestarte mientras estás trabajando.



Mi serio maniquí Marcos con la polla dura y fuera. Oyendo pefectamente. Aún con las manos en sus rodillas me levanto y ahora ya soy más alta que él. Agarro su sexo palpitante entre mis muslos. Atrapado, me muevo imperceptiblemente, el peso pasa de un pie al otro. Vuelvo a permitir que el aire se aloje entre mis piernas y su miembro vuelve a desequilibrarse, tan suelto y desvalido. Duro aún, por supuesto. Me giro hacia el escritorio, busco una hoja y un boli; mi maniquí oye la búsqueda y el risrisris del boli haciendo su función; a veces todo es tan simple y está tan claro. Mientras mis manos conectan con esas neuronas encargadas del lenguaje, mi trasero conecta con el instinto, con qué sino, y se acerca a su sexo duro, que queda ensartado como una flecha en el pecho de algun enemigo muerto. Es fácil: de abajo a arriba, como bailar, exactamente el mismo movimiento que usan las strippers, y vale todo, cualquier cosa, porque el universo queda concentrado ahí, toda la sangre y la atención y los nervios y la vida misma.



Mi



serio



maniquí



Marcos



con la



polla



dura



y fuera.



Oyendo





perfectamente.



Oyendo como acabo de escribir. Como mi culo se aleja de su sexo. Como mi cuerpo negro se aleja de su negrura y ya no hay silueta compartida. Como agarro unos cuantos libros en la oscuridad. Como cojo la chaqueta que siempre acaba colgada en alguna silla. Como abro la puerta. Y, por supuesto, me voy.



"Me voy. Por fin. (Tranquilo, Marcos, no está el trabajo perdido, ya sabes que el ordenador ha ido gravando mientras escribías)."
2113   25/12/2008

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