PRÁCTICA ESTRUCTURA DEL BIENESTAR, Ejercicios de Relaciones Internacionales. Universidad Complutense de Madrid (UCM)
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PRÁCTICA ESTRUCTURA DEL BIENESTAR, Ejercicios de Relaciones Internacionales. Universidad Complutense de Madrid (UCM)

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Asignatura: Estructura y Dinámica de la Sociedad Internacional, Profesor: José Antonio Sanahuja Perales, Carrera: Relaciones Internacionales, Universidad: UCM
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DEL WELFARE STATE AL FAREWELL, STATE

1918, 1945, 1991, 2001, 2008. Más allá de la trascendencia histórica que otorgan estas

fechas a la memoria colectiva, cada uno de estos años marcó el inicio de un nuevo orden

mundial, un viraje hacia distintas ordenaciones de los sistemas económico, político y

social que configurarían una nueva pax mundial.

Con la aún notoria crisis económica de 2008, hemos asistido al socavamiento de los

pilares en los que se sustentó la segunda posguerra: la creación de la clase media y el

Estado del bienestar. Asimismo, mientras que en Europa parecen estar padeciendo una

merma sustancial, en el Sudeste Asiático está emergiendo una creciente clase media,

elevándose internacionalmente, generando así una transición en el orden internacional

hacia hegemonías compartidas, hacia un mundo multipolar donde el poder se desplaza al

sureste asiático y donde otros grupos regionales pujan por contrarrestar el poder

occidental (Tortosa, 2018).

Con el modelo de crecimiento económico inaugurado tras la II Guerra Mundial, período

de 1945 a 1973, designado como la edad de oro del Estado de Bienestar, se consiguió el

triunfo de un modelo socioeconómico de bienestar social —basado en los pactos políticos

keynesianos de la postguerra de los principales partidos políticos europeos—, que se

tradujo en unos niveles muy aceptables de estabilidad, integración y satisfacción sociales,

derivados del pleno empleo, la masiva provisión pública de bienes colectivos, el

incremento regular de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, así como de la

utilización generalizada y sistemática en los países europeo-occidentales de políticas de

redistribución social.

La aceptación por las «partes signantes» de ese pacto de crecimiento económico y política

social expansiva funcionaron considerablemente bien en la práctica, consolidándose la

confianza mutua entre los diversos actores. De este modo, se propició la focalización del

conflicto de clases hacia su resolución pacífica a través del mecanismo de crecimiento de

los salarios acompasado al de la productividad. Ello fue posible gracias a la obtención de

los altos beneficios industriales y a la institucionalización del capitalismo de consumo en

los países occidentales, resultando en la implantación de consumo obrero y en la

satisfacción generalizada de unas ampliadas «necesidades sociales». De este modo, ese

permanente reformismo político en qué consistía el Estado de Bienestar de la posguerra

llegaría a consolidarse ante la opinión pública mundial como una factible y deseable

«tercera vía» para la consecución de los objetivos de las libertades democráticas, el

crecimiento económico, la redistribución social de la renta y el mantenimiento de unos

niveles de justicia social suficientes como para eliminar los riesgos de agitaciones

políticas revolucionarias, salvaguardando al mismo tiempo el orden capitalista imperante.

Sin embargo, a partir de mediados de los setenta, con la subida de los precios del petróleo,

comienza a evidenciarse la quiebra político-económica del modelo de bienestar de la

posguerra, augurándose, empero, su crítica ya en las revoluciones sociales que tuvieron

lugar en diferentes sectores sociales: mayo del 68, revolución hippie norteamericana, el

auge marxista.

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Es evidente, pues, que a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa se observó la

penetración sistemática de la preeminencia de la economía financiera sobre la economía

real. Y de la mano, una ideología que abogaba con los ojos cerrados por la globalización

económica. Será en esta década finisecular cuando la economía mundial haya acabado

por convertirse en un gran mercado, donde los recursos financieros se mueven

exclusivamente por la lógica smithiana.

Tras la II Guerra Mundial, y siguiendo la narrativa de crecimiento económico a cualquier

coste, la mayor parte de los Estados europeos construyen el Welfare State, con sus

sistemas de bienestar social y de concertación de intereses, los cuales implican rigideces

en los procesos de adaptación de las economías europeas a las nuevas realidades de la

economía y el comercio internacionales.

En la actualidad, nos encontramos con una redefinición del sindicalismo tradicional, cada

vez más severamente afectado por sus bajas tasas de afiliación, en cuanto que la nueva

asociatividad se basa, principalmente, en incentivos económicos y de defensa del estatus

profesional, entrando, en consecuencia, en una dinámica utilitarista.

Asimismo, nos encontramos inmersos/as en una estructura internacional conformada por

organizaciones regionalistas -con el fin de imbricarse en la estructura globalizada y con

el objetivo de intentar contener la influencia de Estados Unidos- simpatizantes del

librecomercio y la integración económica que dejó el capitalismo de posguerra. La

perspectiva liberal permanece esencialmente normativa, dado que vincula la idea de orden

con la realización de determinados valores, por ejemplo, la extensión de la democracia y

los derechos humanos. Sin embargo, cabe decir que las zonas de libre comercio reducen

la competencia interestatal y generan, o requieren la existencia de escenarios de paz y

estabilidad. La influencia de las instituciones internacionales se han convertido elementos

vehiculares entre los actores internacionales que contribuyen a equilibrar las relaciones

entre ellos. Asimismo, actualmente existe una tendencia mayormente multilateral frente

a una amplia gama de temas y a considerar la guerra como una alternativa cada vez menos

tolerable, pudiendo quedar esto como vestigio de los intentos de mantenimiento de la paz

post 45.

Sin embargo, esta comercialización librecambiaria se ha exacerbado a niveles que han

desembocado en la llamada hiperglobalización, fenómeno que, por una parte, señala la

extensión y profundización de vinculaciones e interrelaciones múltiples entre los Estados

y las sociedades que conforman el sistema mundial. Por otra, implica un aumento ingente

del grado y un cambio de visión de la interdependencia interestatal, cuestionándose, como

resultado, la erosión de la soberanía nacional y democrática. Porque la cada vez mayor

autonomía, que la globalización otorga al capital, conduce a aumentar el poder de las

estructuras productivas en contra de políticas sociales y medidas de salvaguardia de todo

tipo. De esta forma, a medida que el fenómeno de la globalización se consolida, la

capacidad de agencia de un Estado parece menguar, convirtiendo todas las decisiones

nacionales en intereses económicos, viéndose en última instancia perjudicada la

ciudadanía y su calidad de vida, que en un principio fue la principal preocupación

principal a alcanzar con el Estado de bienestar.

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