Prácticas obligatorias 3 y 4 de la asignatura Periodismo Especializado en Ciencia y Cultura, Tesinas de Periodismo
iromo96
iromo96

Prácticas obligatorias 3 y 4 de la asignatura Periodismo Especializado en Ciencia y Cultura, Tesinas de Periodismo

7 páginas
40Número de visitas
Descripción
La práctica 3 es el resumen del libro 'El crítico como artista', uno de los libros sugeridos por el profesor. La práctica 4 es la entrevista final a un periodista cultural especializado en el tema que yo escogí, que en e...
20 Puntos
Puntos necesarios para descargar
este documento
Descarga el documento
Vista previa3 páginas / 7
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 7 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 7 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 7 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 7 páginas totales
Descarga el documento

Ignacio Romo González

2/05/18

Práctica III: ‘EL CRÍTICO COMO ARTISTA’,

OSCAR WILDE

Breve biografía de Oscar Wilde

Wilde (Dublín, 1854 – París, 1901) fue un importante y reconocido novelista, poeta,

dramaturgo y ensayista durante los últimos años del Londres victoriano.

Fue hijo de una acomodada familia irlandesa, y se formó en el Trinity College de Dublín

y después en Oxford, donde se licenció en estudios clásicos. Durante su vida también

llegó a ejercer como periodista.

Fue un personaje famoso de la época por su ingenio, sus opiniones polémicas y su

extravagancia. En 1895, acusado de sodomía (por ser homosexual), fue encarcelado

durante dos años, hasta 1897. Falleció en París cuatro años más tarde, alejado de ya de

la fama, la intelectualidad de su tiempo y sin apenas dinero.

Algunas obras notables: El retrato de Dorian Grey, La importancia de llamarse Ernesto,

Salomé o La decadencia de la mentira.

Resumen

El crítico como artista es un ensayo de Oscar Wilde escrito en forma de diálogo y

publicado en 1891. El texto final es una versión ampliada y revisada de una serie de

artículos que aparecieron en la revista The Nineteenth Century.

El ensayo, dividido en dos partes diferenciadas, se desarrolla a partir de la conversación

entre dos personajes: Gilbert y Ernest. Este último va preguntado y sugiriendo temas,

mientras que Gilbert se encarga de responder a dichas preguntas y de ir desmontando

todas las creencias anteriores de Ernest.

Reseña

El crítico como artista es el ensayo más extenso de Wilde y en el que mejor se explican

los intereses artísticos del escritor irlandés. El trabajo de la crítica de arte se presenta en

estas líneas como algo superior, incluso, al proceso de creación artística.

Resulta muy interesante leer las excéntricas ideas de Wilde, todas ellas plasmadas en

boca de Gilbert, uno de los dos personajes que aparecen en el texto.

En la primera parte del ensayo, Gilbert dice lo siguiente:

«Sin la facultad crítica no existe, en absoluto, creación artística digna de ese nombre.

No hay arte bello sin conciencia de nosotros mismos, y la conciencia de nosotros

mismos y el espíritu crítico son una sola y misma cosa».

Es esta frase, a mi parecer, es la que mejor define el ensayo de Wilde. La crítica, el sentido

crítico hacia uno mismo y hacia lo que nos rodea, es lo que de verdad conduce al ser

humano a la creación artística. Es la capacidad de observar, de contemplar el mundo y el

comportamiento humano lo que lleva al artista a conseguir la belleza, algo a lo que Wilde,

por cierto, otorga una importancia suprema.

«La crítica exige una cultura infinitamente mayor que la creación […] La crítica es en

sí misma un arte. Y así como la creación artística implica el funcionamiento de la

facultad crítica, y, en realidad, sin ella no puede decirse que exista, así también la

crítica es verdaderamente creadora en el más elevado sentido de la palabra»

Wilde considera a la crítica más alta un arte. Lo siguiente sería preguntarnos cómo se

llega entonces la crítica más alta. Pues muy sencillo: en teoría, es la crítica capaz de

superar las propias intenciones que el artista tuvo al crear la obra. Ir más allá, encontrar

otros significados a la obra, otras ideas y símbolos. Llegar, con la crítica, más allá de lo

que llegó el artista.

La crítica, eso sí, se enarbola gracias a la capacidad de uno para manejar el lenguaje.

La buena labor del crítico, según Wilde, tiene que ver con su capacidad para percibir la

belleza de las cosas: la belleza de la música, del lenguaje, de la pintura o la escultura. La

belleza es lo más importante de todo, pues sin belleza no hay materia artística.

El arte es inmoral porque se construye a partir de sentimientos y belleza, de impresiones

y emociones. El arte no puede ser moral, pues si así fuera entonces estaría basado en

conocimiento y razón, lo que le convertiría en ciencia o filosofía.

Para Wilde, el nivel intelectual de los críticos de una época resume perfectamente el nivel

de desarrollo de una sociedad. En el crítico se verá realizada la cultura del siglo. El crítico

debe poseer una gran disposición para la contemplación, el sencillo afán de saber por

saber, y no con intereses secundarios de educar o adoctrinar al pueblo.

Es la crítica, y no los artistas, quien crea la atmósfera intelectual de un periodo. Es la

crítica «quien hace del pensamiento un fino instrumento». Es en esta parte del ensayo

cuando Wilde escribe la siguiente frase: «enseñamos a la gente a recordar, no la

enseñamos a desarrollarse». Es interesante observar como esta idea tan comúnmente

expresada en el ámbito académico de la actualidad, la de “enseñamos a los alumnos a

memorizar y no a pensar”, ya está presente en este libro, publicado en 1891. Llevamos

más de 100 años con el mismo problema y aún no lo hemos solucionado.

Por último, ya para acabar, me gustaría comentar otra sentencia más de Gilbert (el

personaje que encarna a Wilde en este ensayo):

«Es también la crítica quien, por concentración, hace posible la cultura. Toma el

engorroso montón de la labor creadora y lo destila en una esencia más fina».

Esta último es, en mi opinión, bastante cierto. La crítica nos dice qué creaciones tienen

valor y cuáles no, y gracias a esto podemos valorar correctamente el arte que realmente

merece la pena. La crítica es una especia de filtro, además de que sirve para hacer avanzar

las corrientes artísticas, pues es capaz de apreciar el valor de lo nuevo, de lo rompedor y

moderno, y sacarlo a relucir.

PRÁCTICA IV: ENTREVISTA A PERIODISTA

ESPECIALIZADO EN LITERATURA

Entrevista a Lorena G. Maldonado (Málaga, 1991). Es periodista cultural en ‘El

Español’ y columnista en ‘The Objective’. Recientemente ha comenzado a escribir

columnas, también, para ‘El Español’.

Pregunta: Trabajas en la sección de cultura de El Español y escribiendo

columnas mensuales en The Objective. A la hora de trabajar, ¿qué te aporta

más satisfacción, las entrevistas que haces en el periódico a personajes

relevantes o interesantes del mundo cultural o escribir las columnas

mensuales?

Respuesta: A mí me da más satisfacción la entrevista. Bueno, o un reportaje, aunque cada

vez tengamos menos tiempo para hacerlos. Un reportaje que tenga al menos tres o cuatro

fuentes, que es más o menos el número de fuentes que creo que tiene que tener un

reportaje digno.

La mayor satisfacción es el buen reportaje, sobre todo porque a causa de los problemas

de tiempo cada vez es más difícil hacerlo con frecuencia. Vamos muy acelerados, el

periodismo digital es extenuante, un bullir constante. Y por supuesto, cuando me

encuentro con un personaje fascinante en una entrevista yo salgo como levitando, y me

lo quiero llevar al barrio y tomarme unas cervezas con él, y noto que la entrevista ha

salido bien porque siempre me quedo con cien preguntas en la cabeza. Hay gente con la

que pasas veinte minutos y sientes que eso ya se ha agotado. Cuando no se siente eso es

cuando funciona.

¿Y la columna?

La columna es una cosa muy ombliguista, donde yo digo absolutamente lo que quiero y

por suerte en The Objective nunca me han quitado ni una coma. Es raro que nunca haya

nada de censura, pero en este caso no la hay. Lo que más me gusta de la columna es que

puedo ser libre absolutamente, pero también sé que a la gente seguramente le aportará

menos saber qué pienso yo de la vida. Creo que la entrevista a un personaje interesante

del mundo de la cultura aporta más dentro del debate social.

En una columna que se titula El lameculos ibérico dices lo siguiente: «Yo sé

que en todos los oficios hay pelotas y que ustedes tendrán que lidiar con

muchos de ellos, pero les digo que en la industria cultural el peloteo es como

el oxígeno. Alguna vez he entrado a entrevistas en grupo y me he sonrojado

al ver a algunos de mis compañeros aplicados en la genuflexión, con el

maestro en la boca, con la reseña preconcebida, impermeables al espíritu

crítico». ¿Esto del amiguismo en el periodismo cultural es algo que ya está

muy normalizado?

Está absolutamente instaurado, y es sonrojante. A mí me da mucha vergüenza la gente

que se mete en el periodismo para tener amigos, y yo creo que, precisamente, un buen

periodista lo que no tiene que tener es amigos en la industria sobre la que escribe, porque

entonces no está siendo honesto con el lector. Yo creo que los lectores se merecen

honestidad, y no conchabeos, amiguismos, compadreos, buenas reseñas a tus colegas y

malas reseñas con los que te llevas mal.

¿Entonces el amiguismo está instaurado?

Sí, sí que está muy instaurado y a mí me da infinita vergüenza. Además, lo que cuento en

esa columna es verdad, yo he visto a colegas, compañeros, inclinándose para saludar a

Pérez-Reverte o diciendo esto de “maestro” para referirse a alguien. Yo no soy agresiva

en mis entrevistas, creo que funciona mejor la empatía, da más salsa y hace que el

entrevistado se entregue más. Lo decía Jesús Quintero: a Tejero no hay que decirle

“¡golpista, cabrón! Te da alergia la democracia, ¿no?”, sino algo más parecido a: “Vaya

con lo del golpe de Estado. Tuvo que ser emocionante, ¿no?”. Entonces hablará. Es una

exageración, claro, una boutade, pero tiene algo de verdad: los periodistas tenemos que

acercarnos con humanidad al entrevistado, no ser perros policía. Eso me lo enseñó

también mi profesor Antonio Rubio. Aconsejaba saberse hasta el equipo de fútbol del

entrevistado y soltarle algún comentario al respecto para que se sintiese cómodo y

largase más. Hacer hablar a la gente no es un ring, tiene estrategias más sutiles que la

agresión.

¿Ves mucha mitomanía en este mundillo?

Sí, claro, y esto es un peligro, porque no somos críticos con nuestros propios ídolos. En

mi caso, yo me sorprendí a mí misma porque tengo tatuada en la espalda una frase de

Sabina, que prácticamente fue mi primer amor; sin embargo, cuando tuve que hacer una

crónica crítica de su concierto la hice, y cuando tuve que hablar con una musicóloga,

Laura Viñuela -que decía que había roles machistas en algunas de sus canciones-, pues

escribí ese artículo diciéndolo. Aunque a mí me duela, aunque no siempre esté de

acuerdo, creo que hay que dar voz también a las corrientes disidentes. No podemos

convertir esto en un panfleto.

En tus artículos de El Español muchas veces entrevistas a gente de la cultura

underground, por así decirlo. ¿Por qué?

Pues mira, porque me da pena que el periodismo cultural se esté olvidando muchas veces

de otras formas de expresión, como pueden ser los grafiteros o los raperos, de toda la

carga artística y política que hay en el underground. En fin, otras voces, voces críticas y

enfrentadas al discurso hegemónico. Solamente se le da voz en los grandes medios a

gente que no es excesivamente molesta ni peligrosa para el sistema. Nosotros en Cultura

de El Español lo intentamos hacer y eso me flipa, hay que pelearlo más.

Sobre el proceso de escritura de tus columnas. ¿Cómo escoges los temas, das

muchas vueltas hasta que lo encuentras o es más bien como un flashazo en

el que ves el tema y te lanzas a escribir sobre él?

Yo funciono mejor cuando es sobrevenido, cuando veo un tema que es así candente

durante esos días y digo “sobre esto quiero hablar”. Cuando me obligo a mí misma a

escribir no me sale nada, y esto me frustra muchísimo, porque es como besar a alguien

sin ganas. Yo siempre digo que escribir sin ganas es como besar sin ganas. La columna

puede ser digna en la técnica, pero al final no tiene la sustancia, no tiene el estilo, no

llega. Y además el lector es muy sabio y lo nota.

Las mejores columnas surgen al escribir sobre algo con lo que estás obsesionado. Si lo

escribes solamente porque tienes que entregar una columna, es muy probable que acabe

siendo una mierda.

Voy a preguntarte sobre feminismo, que es prácticamente sobre lo que más

escribes. Literatura y feminismo son los temas que más tratas

habitualmente. ¿Por qué crees que ahora el feminismo es un tema que

genera tanta polémica entre la gente?

Yo me alegro de que genere polémica, porque esto quiere decir que importa y que está

haciendo daño. Le duele a quienes temen perder sus privilegios, claro. Pues que se jodan

y bailen. Al fin y al cabo se trata de eso, de chirriar hasta derribar. Es verdad que el

feminismo se ha puesto de moda en el debate social, pero no es una moda, ni mucho

menos: es un conflicto histórico.

El otro día me decía un compañero, al que aprecio mucho: “Lorena, ¡estás obsesionada

con el feminismo!”. Yo le contesté: “¿y no estás tú obsesionado con la democracia?”. Lo

estaría si viviésemos en una dictadura. Quiero decir, no puedes obviar algo que es tan

estructural. Yo estoy obsesionada con el feminismo porque vivimos en una sociedad

machista y el machismo me apela todos los días, atraviesa nuestra vida.

Sí que es cierto que el feminismo es un concepto que está de moda. Ahora

vas al Pull & Bear y te compras una camiseta en la que pone “Feminism” en

grande.

Es que el capitalismo se apodera de todo, hasta del feminismo.

Yo creo que esto es bueno, porque indica que es un tema del que se habla en

la calle. Y obviamente sería peor si no fuera así, pero a lo mejor a veces se

puede caer en banalizar demasiado el problema.

Por supuesto que es así. Pero, bueno, entre que haya camisetas y no las haya, prefiero

que las haya. ¿Es una capa superficial del movimiento? Sí, pero al menos es una capa.

Como estamos tan desesperados por hacer llegar el mensaje en realidad no tenemos que

ser tan snobs con las plataformas en las que se expresa.

Yo les pregunto a casi todos mis entrevistados sobre feminismo, y no lo hago como

clickbait, lo hago porque para mí es una preocupación sustancial. El machismo gobierna

la vida de mujeres y hombres. ¿Cómo no vamos a hablar de ello?

¿Sientes presión al hablar sobre feminismo? Es decir, al ser un tema tan

importante y tan polémico, ¿no vas con más cuidado cuando escribes sobre

ello?

Yo creo que los periodistas tenemos todos mucha responsabilidad social. Todos. Pero no

sólo con en el feminismo, sino con cualquier tema que entre dentro del debate social.

Está la presión de procurar ser profesional, no más. A mí me gusta la gente que escucha

y se interesa, y se revisa, por eso intento no ser implacable con el tema del feminismo,

porque creo que todos estamos aprendiendo. Todos somos machistas, yo también, el otro

día me detecté un micromachismo. Creo que se trata de eso, de ser consciente, corregirlo

y seguir avanzando. No soy implacable con los que están interesados en cambiar, claro.

Ahí, didactismo. Pero contra los atrincherados en el falocentrismo hay que actuar sin

delicadezas.

Desde fuera yo observo que dentro del movimiento feminista existen

diferentes facciones, distintas corrientes.

Es como la izquierda, está partidísima (risas).

Exacto, diferentes formas de afrontar el problema. ¿Crees que es bueno esta

diversidad de opiniones o que sería más conveniente una mayor unidad?

Es muy complicado. Digo feminismo como la izquierda porque es verdad: ambos tienen

muchas facciones. Sin embargo, el machismo es uno, igual que la derecha es una. Y lo

son porque los dos pertenecen al orden establecido. El sistema es de derechas y es

machista, aunque ojo, la izquierda también ha sido tradicionalmente machista. Me

refiero a que tanto derecha como machismo están más unidos en sus respectivos bloques

porque andan acojonados y bien monolíticos para no perder ni un milímetro de poder.

Me parece natural que haya diversidad de opiniones dentro del feminismo, y me gusta

que las haya. Yo soy feminista radical, a favor de las cuotas, en contra de la gestación

subrogada, abolicionista de la prostitución… voy con todo. Sin embargo no me entiendo

con Barbijaputa, que es otra feminista radical. Y no nos entendemos porque ella es muy

inclemente con cualquier error, y yo creo que lo estamos haciendo mal si vamos a utilizar

el liderazgo ponzoñoso, como hacen los hombres machistas, para defender el feminismo.

En cualquier caso, creo que lo esencial lo tenemos en común. Simplemente son formas

diferentes de afrontar el problema. Por ejemplo: las feministas liberales no creen en las

cuotas y piensan que sólo con la educación vamos a llegar a la igualdad. Yo creo que

confiarlo todo a la educación es demasiado ingenuo y, sobre todo, demasiado lento. Mira,

el Ministerio de Educación y la OCD señalan que las mujeres son más brillantes que los

hombres desde el colegio a la universidad, tienen mejores notas, menos fracaso escolar,

etc. Pero hay un embudo laboral enorme y un techo de cristal terrible, por no hablar de

la brecha salarial, y no llegan a puestos directivos ni representativos en el mundo de la

cultura, por ejemplo, que es el que a mí me ocupa. Las Reales Academias, los carteles de

cualquier festival financiado con dinero público… anchos campos de nabos. La ley de

Igualdad 2007 se incumple sistemáticamente. Así que ante situaciones desiguales,

respuestas desiguales. Eso es la justicia: cuotas femeninas para contrarrestar las cuotas

masculinas, que son las que están instauradas socialmente. No les hacen falta ni leyes

para mantenerlas.

“Hay que escribir de pie, nunca de rodillas”. Es lo que pone en tu biografía

de Twitter.

Sí, cuando llegué a El Español le hice un obituario a un escritor francés, Michel

Tournier, y leí que había dicho esa preciosidad. Se trata de escribir con dignidad, de no

rendirte ante las influencias externas, que es una cosa muy fácil. Se trata de mirar al

otro con horizontalidad, sin reverencia y también sin superioridad. Ser honesto,

aunque cueste mucho trabajo.

Hablaba con un amigo mío de cómo hacer una buena columna, y yo le dije “creo que el

columnismo es atreverse”. Al final es cuestión de ir rompiendo nuestros propios tabúes

y acabar mostrándonos en la columna. Eso de no ser pronosticable y dar ese paso de

decir lo incómodo, de darle esa vuelta de tuerca para tocar los huevos, aunque en este

país se te condene al ostracismo por ello. Oye, pues culpa de España, que no valora la

integridad. Ella sabrá. De la censura venimos y a la censura vamos.

Lo decía también creo que Paco de Lucía: “Hay que hacer cosas para molestar. Molestar

es muy necesario. Si no, somos molestados solamente. Y eso no puede ser”.

No hay comentarios
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 7 páginas totales
Descarga el documento