Reseña crítica sobre el artículo "La aventura de leer la Biblia en España", de D. José Manuel Sánche, Apuntes de Literatura Hebrea. Universidad de Salamanca (USAL)
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Reseña crítica sobre el artículo "La aventura de leer la Biblia en España", de D. José Manuel Sánche, Apuntes de Literatura Hebrea. Universidad de Salamanca (USAL)

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Asignatura: Hebraísmo Hispánico II, Profesor: Ricardo Muñoz Solla, Carrera: Estudios Hebreos y Arameos, Universidad: USAL
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RESEÑA CRÍTICA

Título: “La aventura de leer la Biblia en España”. Temática: El proceso de interiorización de la necesaria lectura la Biblia. Autoría del texto: D. José Manuel Sánchez Caro. Licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma (1969). Doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976). Rector de dicha universidad (1987-1998) y actual rector de la Universidad Católica de Ávila.

El escrito relata una sucesión de acontecimientos históricos y su contextualización en clave socio-religiosa. El autor centra sus esfuerzos en facilitarnos los hechos relatados de forma clara y sistemática; valiéndose de un método expositivo cronológico, que le permite presentar sus argumentos de modo conciso y ordenado. Aunque el texto se divida en apartados con nombres relacionados con el contenido que recogen, pero yo me limitaré a ofrecer un pequeño resumen siguiendo la cronología.

En un principio la cristiandad se estableció en Hispania en el S.I d.C., aunque a día de hoy se desconozca todavía quien o quienes fueron responsables de este hecho. Y como Biblia y cristiandad son dos conceptos que van de la mano, nos encontramos testimonios de su lectura (año 259) refrenados por el afán persecutorio del edicto de Diocleciano del 303. Del siglo IV al VI empezamos ha encontrar hechos destacables. Juvenco elabora una armonía y un relato sobre la vida de Jesús (S.IV). Prudencio hace lo propio y crea su “Dittochaeum” (S.IV-V), que no es más que una serie de pasajes bíblicos ilustrados. Pero sin duda el más interesante es el caso de Prisciliano, obispo de Ávila que promulgó el derecho a leer libremente la Biblia aun con fines interpretativos; hecho que le valió para ser ajusticiado en el 338. Luego tenemos la historia de Lucinio Bético y su mujer en el 398, que afanados en hacerse con una traducción latina contactaron con el mismísimo San Jerónimo, al que procuraron apoyo en su labor para que éste les procura un lo antes posible. Este fue el caldo de cultivo durante la época romana y luego visigoda hasta el siglo VII. El hallazgo de algunas tablillas de “exercitationes scholares” hace pensar que hubo escuelas que se valían de textos litúrgicos para practicar la lectura y escritura.

El salto al medievo no supuso un cambio drástico, al menos de principio. La Vulgata se erigió como

modelo tipo para la elaboración de códices. San Isidoro de Sevilla recomienda a los monjes leer regularmente textos bíblicos y de autores santos. Todo esto en un contexto de en el que el uso del latín se va limitando a la liturgia y la literatura, en pos en el caso de la Península Ibérica del árabe y las lenguas romances. Sin embargo el siglo XII supondrá una vuelta de tuerca con la afanosa labor de traducir la Biblia a las dichas lenguas romances. Coetáneos al cantar del Mio Cid tenemos los primeros intentos. Uno de ellos es el relato de Aimerich de Malafaia o “Arcidiano de Antioquía”, sobre su visita a los santos lugares, en el que intercalaba textos bíblicos en lengua castellana dentro de su diario de viajes. El otro es la traducción del salterio que realiza Hermann el Alemán; obispo de Astorga. Según éste directamente del hebreo; aunque no se puede asegurar con plena seguridad. Alfonso X con su inconmensurable aunque incompleta “General Estoria”, motivó una traducción completa de la Vulgata, para contarnos la historia del mundo desde sus albores. Entre los siglos XIII y XV surgen destacables biblias romanceadas. A saber: la Biblia de Guzmán o de Alba (1430), la Biblia de Ferrara (1553), el Pentateuco de Constantinopla (escrito en ladino pero con caracteres hebreos en 1547); mismamente aparecen versiones en catalán y valenciano, entre las que destaca la versión que elaboró Micer Bonifaci Ferrer (hermano de Vicente Ferrer) allá en 1478. El interés en su lectura era evidente, pero ninguna de las anteriores por unos motivos u otros llegaron al lector capaz en gran cuantía. Los siglo XV y XVI nos depararon un auténtico renacer de este fervor con obras magnas como la Biblia Políglota Complutense (1514), el Nuevo Testamento en griego de Erasmo (1520) y la Biblia Regia de Arias Montano (1569-1573). Pero lo más importante es que con la invención de la imprenta se posibilita la tenencia en propiedad de libros; aunque siguiese siendo un privilegio reservado a las clases nobles y adineradas. No obstante aun para estos agraciados, el acceso a la lectura de textos bíblicos se hacía de forma indirecta, por medio de libros de devoción y piedad. Entre los ávidos lectores de este tipo de obras encontramos a figuras de la talla de San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús, a los que un duro revés les supuso el índice de libros prohibidos que sacó en 1559 el inquisidor general Fernando de Valdés; en el que se vetaban todas las Biblias en romance, los libros bíblicos y todo tipo de escrito con alusiones a la Sagrada Escritura; del mismo modo que cargaba contra los libros de piedad con citas bíblicas en lengua vulgar.

Es en el mundo protestante donde surge la primera traducción completa de la Biblia en esta época;

la que llevó a cabo Casiodoro de Reina. Pero a buen seguro por consenso merece mención la obra cumbre del protestantismo español: La Biblia de Oso que se publicó en Basilea en 1569, huyendo del auto de fe que impuso el índice de 1559. Ella misma nos informa de que ha sido traducida la versión latina del hebreo de Santes Pagnio, apoyándose del original hebreo y de la Biblia de Ferrara. Se reeditó varias veces hasta que en 1962, Cipriano de Valera sacase la suya propia (que viene a ser una corrección y retoque de la versión de Reina). Estas dos (la de Reina y la corregida por Valera), son la primera traducción completa al castellano. Pero dado su origen y el cariz reformista con el que se dotó a su texto, ninguna de las anteriores fue aceptada en una España cerradamente católica. De tal modo la Biblia no pudo aportar su granito de arena en la solidificación del castellano como lengua. En 1757 el papa Benedicto XIV daría el visto bueno a la edición de libros bíblicos, mas seguían sin extenderse entre el público; que por lo general continuaba accediendo a la lectura bíblica por medio de los sermones y de historias sagradas. La situación llega a tal extremo que durante los siglos XVII y XVIII, el catecismo español a menudo llega a dejar de citar a la Biblia como contramedida a la reforma protestante.

El contrapunto a esta tendecia llega en 1757 con la publicación de un decreto de la Congregación del Índice, mediando la aprobación de Benedicto XIV, que por fin veía con buenos ojos las traducciones a lenguas vulgares. Aún así imponía algunas limitaciones entre las que se encontraba la obligatoriedad de usar el texto de la Vulgata como base. En España como es costumbre la cosa se dilató, y no fue hasta 1783 hasta que la Santa Inquisición emitió un decreto dando por aplicables en suelo patrio los dictámenes de la Congregación del Índice. Entrados en la Ilustración, la traducción a lengua vulgar y su lectura seguía viéndose con recelo. Fue el momento en el que el escolapio Felipe Scío (que a la postre no era un biblista experto) diese el paso y propusiese al gobierno que financiase su proyecto. Tal es así que en 1780 Carlos III le da el visto bueno y le procura todo el fondo bibliográfico disponible en la biblioteca del Escorial. La base sería de nuevo la Vulgata con apoyo de versiones francesas, italianas y españolas (la de Ferrara, la del Oso y la de Cipriano de Valera); junto con el texto en hebreo, griego y versiones griegas de la Biblia hebrea. A lo largo del proceso fue aconsejado por el también escolapio Benito Feliú (eminente hebraísta y biblista). Félix Torres Amat, obispo de Astorga, comenzó su versión en 1808 con la aprobación de Carlos IV y tras el impás que supuso la guerra de Independencia, la ratificación de Fernando VII; finalizándola en 1822.

El S.XIX nos trajo un par de obras peculiares por hacer tratamiento de la conveniencia de leer la

Biblia. El primero es la traducción en 1866 de un estudio de Jean Baptiste Malou, obispo de Brujas, que reconocía la posibilidad de acceder a su lectura al mismo tiempo que la desaconsejaba. El segundo es un relato a modo de diario de viajes de un miembro de la Sociedad Bíblica de Londres, y sus vivencias en este país entre 1836 y 1840. Básicamente el relato se convierte en una crítica al desinterés general y a la situación que impide que el pueblo llano conozca las Sagradas Escrituras y en especial el Nuevo Testamento (que algunos despreciaban y muchos desconocían). Se llega a la concluir que las dos principales causas de que no se de la lectura de la Biblia en España son: la falta de medios económicos y de cultura en la generalidad de la población. En los últimos compases de este siglo y los primeros del S.XX el asunto seguía teniendo el mismo aspecto. La crisis modernista seguía en el ambiente y había revivido antiguas suspicacias en cuanto a la conveniencia del estudio bíblico. Un caso esclarecedor es el de Marie Jean Lagranje, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, que fue instado por Roma a cesar sus trabajos sobre el AT. Sólo el correr de los años trajo el aperturismo necesario. El padre Agustín Bea se convierte den rector en 1930 del Pontificio Instituto Bíblico; cargo que ocupó por 19 años, aportando nuevos aires. En nuestro país surge en 1925 la Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos en España y de la mano de algunos de sus fundadores, vendrá la iniciativa de una nueva traducción. La eclosión vino de la mano de la encíclica “Divino Afflante Spiritu” de Pío XII en 1943; quitando todas las barreras y animando a esta tarea, pudiendo por fin los traductores valerse de las fuentes en las leguas originales. Ese mismo año verá la luz la que conocemos como Biblia de Nácar-Colunga. Al poco vino la versión de Bover-Cantera, posteriormente actualizada en la Cantera-Iglesias. El Concilio Vaticano II cambió por completo las reglas del juego. El total aperturismo provocó la salida a la luz de notables biblias: La de La Casa de la Biblia (1966) y su revisión en 1992, la Biblia de América (1994), la de Edic. Paulinas (1965) y su revisión en 1988, la Biblia de Jerusalén en 1967/75/98, la Nueva Biblia Española (1975) y su revisión renombrada como la Biblia del Peregrino (1993). De este periodo quizá debamos destacar sobremanera la labor creadora de un compendio de nuevos vocablos relacionados con este campo, que hasta entonces no habían sido recogidos en la lengua castellana contemporánea.

El ensayo del señor Sánchez Caro es excelente en líneas generales. Como ya he expuesto anteriormente se ha valido de sus profundos conocimientos, plasmándolos con éxito de una manera que puede llegar a un amplio espectro de lectores. Y quizá es ahí donde debiera centrar mi crítica. Sánchez Caro hace un uso profuso del método expositivo historiográfico, pecando en parte en centrarse única y exclusivamente en establecer una línea temporal perfectamente organizada. Se agradece evidentemente su labor ya que ameniza sobremanera la lectura del texto; no obstante es este punto el que nos hace llevarnos a plantear una serie de interrogantes. ¿Cuál es el verdadero objeto de esta obra?. ¿Es un texto destinado a satisfacer el “interés general”; o por contra pretende servir una base sobre la que iniciar posteriores estudios?. Son interrogantes que me han surgido a lo largo de la lectura del dicho ensayo. Pase que quizá el tema y la amplitud de su tratamiento no lo haga a priori apetecible como lectura recreativa (ningún ensayo lo es a buen seguro); pero no da la sensación de estar fuera del alcance del público general. Aunque ya digo que dependiendo cuales sean las respuestas dadas esto puede ser incluso un acierto.

No voy a detenerme a comentar todos los aspectos positivos del texto, ya que son muchos y nos

detendría demasiado. Hay un recurso que el autor utiliza varias veces con especial acierto. No es otro que el tratamiento de ciertas personalidades históricas; siempre envolviéndolas de sus rasgos individualizantes, que en muchos casos vienen dados por los propios testimonios que éstos dejaron para la posterioridad. Más allá de los aspectos meramente literarias; en cuanto a formalidades, las notas a pie de página no se limitan a aportarnos bibliografía; ya que en muchos casos el señor Sánchez Caro se permite la libertad de añadir en ella pequeñas notas y apreciaciones al respecto. Llegados a este punto es la hora de emitir un juicio valorativo de la obra en su plenitud. A mi parecer se trata de un buen texto expositivo que quiere abarcar mucho profundizando lo básico; siendo ésta su mayor virtud y fallo a la vez. Aunque como ya dije, todo depende del lector que lo trate.

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