Tema 2 semiótica, Ejercicios de Semiología. Universidad Complutense de Madrid (UCM)
marta_alarcon10
marta_alarcon10

Tema 2 semiótica, Ejercicios de Semiología. Universidad Complutense de Madrid (UCM)

PDF (406 KB)
6 páginas
3Número de visitas
Descripción
Asignatura: Semiótica de la Comunicación de Masas, Profesor: paula paula, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
20 Puntos
Puntos necesarios para descargar
este documento
Descarga el documento
Vista previa3 páginas / 6
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 6 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 6 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 6 páginas totales
Descarga el documento
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 6 páginas totales
Descarga el documento
Microsoft Word - Tema 2.docx

Tema 2. Los textos, los discursos Wenceslao Castañares Burcio

1. Texto, discurso y práctica social Si, más allá de cualquier intento de definición académica de qué sea la semiótica, nos preguntamos de qué se ocupan los semiólogos, la respuesta sería: fundamentalmente, de textos. Esto no quiere decir que la semiótica se ocupe sólo de “textos”, ni que sea la única “ciencia del texto” (hay otras muchas disciplinas que también lo hacen); pero no cabe duda de que la semiótica se ha ocupado de manera primordial de manifestaciones semiósicas que son textos y que en sus análisis ha aportado su propia visión de los problemas en torno al texto. La pregunta qué entendemos por texto viene dada por la metáfora originaria del término que lo designa. Desde principios de nuestra era1, el uso del término “textus(tejido) para referirse al discurso lingüístico consagró una familia de metáforas como “tela” o “trama”, “urdimbre”. Nacido para referirse a todo discurso, con el tiempo, el término “texto” se utilizó para designar aquellas obras que gozan de una reconocida autoridad: las de los autores clásicos, las jurídicas, la Biblia y, en definitiva, las literarias. Esta concepción origina la distinción entre textus y glosa o comentario, una oposición que enfatiza, la importancia del texto frente al comentario que exige o sugiere. De esta manera se privilegia lo que en el texto puede haber de objeto acabado, reconocible, incluso inmutable, sometido a una interpretación canónica que pretende ser la intención atribuible al autor, y que, consecuentemente goza de “autoridad”. No obstante, fuera ésta o no la intención de su inventor, la metáfora del tejido nos remite también a la habilidad técnica de un artesano que combina hábilmente los elementos de la trama y de la urdimbre para producir un objeto cultural. Este objeto cultural no agota sus funciones en lo meramente utilitario sino que coagula una serie de prácticas definitorias de la sociedad y del individuo que lo ha creado. En nuestro tiempo, las diversas concepciones del texto basculan entre ambos sentidos, por más que no encontremos fácilmente actitudes que ejemplifiquen radicalmente ambos extremos: la de objeto lingüístico y la de práctica cultural. En cualquier caso, todas ellas son deudoras de la revolución lingüística y semiótica operada en la segunda mitad del siglo XX. Superada la etapa en el que el signo lingüístico, tal como lo concibiera Saussure, concita la atención de los analistas, el texto aparece como la alternativa natural para dar cuenta de los procesos de producción de sentido, tanto de los estrictamente lingüísticos como de los que no lo son. La noción lingüística de texto que empieza a imponerse está íntimamente relacionada con la de discurso. De la distinción que Saussure había establecido entre lengua y habla, se había pasado, a través de las aportaciones de L. Hjemslev y E. Benveniste2, a la consideración del discurso como el proceso de realización 1 La primera referencia constatada es la de Quintiliano en su obra De Institutione Oratoria., IX, 4,13 (siglo I d.C). 2 Como es sabido, Saussure utiliza "lengua" para referirse al sistema semiótico (verdadero objeto de la lingüística) y "habla" para la realización concreta que puede hacerse del sistema. Benveniste prefiere usar la oposición "lengua " y "discurso" (que ocupa así el lugar del "habla"). Con ello quiere subrayar lo que de

de la lengua o, lo que viene a ser lo mismo, como la enunciación. De esta manera, la noción tradicional de texto (vinculada más bien al enunciado) se abre hacia una consideración más amplia. No obstante, tanto la inercia terminológica como el hecho de que algunas lenguas no tuvieran un equivalente preciso del término “discurso”, llevó a la identificación entre texto y discurso y, en último término, a favorecer, de nuevo, la interpretación del texto como enunciado. Sin embargo, esta identificación encubre aspectos del texto que para una concepción semiótica resultan enormemente relevantes. Desde la perspectiva semiótica deben quedar claras dos cosas. La primera bastante obvia: que estamos ante una entidad que supera lo estrictamente lingüístico para abarcar lo sígnico o semiótico. En este sentido, el texto adquiere la amplitud que pretendía Lotman cuando proponía que, al igual que aplicamos el término “texto” para referirnos a una expresión escrita en una lengua natural, a un poema o a un cuadro, lo hiciéramos también para referirnos a una fotografía, un ballet, un espectáculo teatral, un desfile militar, un desfile de modelos. La segunda es que el texto presenta una doble faz, la del enunciado y la enunciación, y que, consecuentemente, resulta mucho más comprensible cuando se le sitúa en el contexto más amplio de las prácticas sociales y los discursos. 2. Producción, difusión y consumo Continuando con lo anterior, queremos decir que cualquier acontecimiento comunicativo puede ser entendido simultáneamente como manifestación de un sistema sígnico y como realización de una práctica discursiva que es, a su vez, una práctica social entre otras. De esta manera el texto aparece como el resultado de una serie de acciones atribuibles a sujetos que lo producen, a medios que lo difunden y a otros sujetos que lo consumen; pero en definitiva tales acciones sólo son comprensibles en el contexto de una sociedad que ha establecido procedimientos mediante los cuales se gestionan las diversas necesidades y entre los cuales las prácticas discursivas son unas entre otras3. Como nos sugiere Fairclough, prácticas sociales, discurso y texto son categorías que pueden ordenarse mediante relaciones de inclusión. Lo que queremos decir al introducir esta distinción es que la organización de las diversas estancias de una vivienda, la forma en que se celebra un banquete, los sujetos que intervienen en él y la representación de Antígona de Sófocles, son prácticas diversas

acontecimiento tiene el acto de habla y cómo en él se constituye el sentido. Por lo demás, esta distinción le permite diferenciar dos tipos de lingüística: la lingüística de la lengua, que tiene como objeto la palabra (que al identificarla con el "signo" le llevaría más tarde a llamarla "semiótica"), y la lingüística del discurso, que tiene como objeto la frase (a la que llamaría "semántica"). Las interpretaciones posteriores de la noción de discurso, si bien conservan la huella de estas interpretaciones, han terminado por subrayar otros aspectos. 3 Reconocer, como aquí hacemos, el discurso como práctica implica reconocer también, como dice Foucault (El orden del discurso, 1987: 14), que “en todas las sociedades la producción del discurso está a la vez controlada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Inevitablemente el discurso está vinculado con el deseo y el poder. Que no nos detengamos en la dimensión ética y política del discurso no significa que la ignoremos.

mediante las cuales la sociedad griega del siglo V a. C. gestiona, por ejemplo, las relaciones entre hombres y mujeres. Las prácticas discursivas que hacen posible Antígona son, pues, uno de los modos en que se canalizan y hacen posible las relaciones sociales. De la misma manera, El amante de Lady Chaterly de David H. Lawrence, un libro de texto que explica la reproducción sexual humana y un reality show son textos que nos remiten a prácticas discursivas que los miembros de una sociedad tienen a su disposición para la educación sentimental. Esas tres formas discursivas remiten a procedimientos de producción, difusión y consumo diferentes. Al vincular texto, discurso y práctica social el análisis semiótico reconoce que el texto es un acontecimiento social y cultural, en definitiva (si no fuera redundante), el resultado de una acción comunicativa que puede presentar múltiples formas. Como hemos puesto de manifiesto en otros momentos, el texto aparece entonces como algo situado en el espacio y el tiempo, vehiculado por unos determinados medios que lo difunden, sometido a los usos de unos sujetos con sus propios intereses y estrategias, vinculado a unas tradiciones y a unos saberes sociales y culturales. Todos esos factores no son algo ajeno o exterior al texto, sino que, inevitablemente han dejado su huella en él. En cuanto enunciado, la Antígona de Sófocles ha perdido las condiciones originarias de su enunciación, pero, en cuanto objeto social, retiene en él las huellas de aquellos a los que sirvió de mediación. No es ésta una condición específica del texto literario. En este sentido no difiere de un comunicado de prensa de una industria farmacéutica que trata de exculparse del desastre ecológico que ha producido un fallo en sus instalaciones. El texto conserva siempre su función como espacio en que unos sujetos interactúan de muy diversas maneras. En cuanto resultado de una acción, el texto es el medio por el que un sujeto (individuo, colectivo, institución) representa estados de sí mismo y del mundo natural o social; pero también, un medio por el que intenta producir efectos en el mundo y en los sujetos a los que se dirige. 3. Enunciado y enunciación Hemos vinculado el texto con el discurso y con las prácticas sociales. Al vincularlo con el discurso, hemos visto que el texto presenta una doble faz: la del enunciado (lo dicho o manifestado por el texto) y la de enunciación (la producción de un enunciado por un sujeto). Decíamos también que, en cuanto acontecimiento social y cultural, las prácticas discursivas podían ser entendidas como prácticas sociales entre otras prácticas sociales y, entonces, el texto aparece como el resultado de una acción que llevan a cabo determinados sujetos. Vamos a profundizar ahora en qué es lo que hacen los sujetos en la enunciación y, sobre todo, cómo estos se representan en los enunciados que producen. Cuando en lugar de focalizar nuestra mirada en lo que se dice (enunciado) ponemos nuestra atención en lo que hacen los sujetos (enunciación), el texto empieza a aparecer como un lugar, un espacio, en el que interactúan agentes comunicativos que más que codificar o descodificar (como pretendía el antiguo modelo de la teoría de la información a la que nos referimos en el tema anterior), desarrollan una serie de estrategias en su intento de negociar el sentido. En los textos encontramos representados a los sujetos y a sus acciones, y entre ellas, a esas acciones que hacen de ellos sujetos textuales, es decir, sujetos que se comunican, que producen e interpretan textos.

Sólo un sujeto empírico, real, puede producir un texto, pero al hacerlo se representa a sí mismo como sujeto de una acción que lo define como alguien que se compromete con procedimientos, conocimientos, actitudes, afectos, valores. De la misma manera, al dirigirse a su destinatario lo representa como un sujeto dotado de una enciclopedia (de un saber) que le permite dotar de sentido a su texto, que comparte o no las ideas que en él se desarrollan, dispuesto a emocionarse o rebelarse, etc. En definitiva, aunque el texto haya quedado desvinculado de las circunstancias de su enunciación, es posible descubrirlas en él como huellas indelebles. Eso es lo que quiere mostrar G. Manetti4 en el siguiente modelo, que denomina semiótico-enunciacional:

1. El enunciador empírico que está fuera del texto y lo produce proyecta dentro de él tanto su propia imagen como la del destinatario (enunciatario). 2. El destinatario (enunciatario) empírico, busca en el texto la imagen de sí mismo y la de la comunicación. 3. Las imágenes textuales son diferentes de las reales (sujetos y circunstancia de la enunciación y del enunciado), lo que plantea el problema de los efectos de realidad, fundamentales para la persuasión y el establecimiento de creencias (G. Manetti, 1995:79). En definitiva, en este modelo aparecen representados el emisor, el receptor y el proceso mismo de la comunicación. Para comprender bien lo que quiere representarse en este modelo hay que tener muy presente que sólo un sujeto empírico, real, puede producir un texto, pero al hacerlo se representa a sí mismo como sujeto de una acción que lo define

4 “Los modelos comunicativos y la relación texto-lector en la semiótica interpretativa”. En R. Grandi, Texto y contexto en los medios de comunicación. Análisis de la información, Barcelona, A. Bosch, p. 77.

como alguien que se compromete con procedimientos, conocimientos, actitudes, afectos, valores. De la misma manera, sólo un sujeto real o empi ́rico puede interpretar un texto. Este sujeto real está ya representado de alguna manera en el texto que interpreta, aunque él puede o no identificarse con esa representación que de él hace el texto. Cuando hablamos de “sujetos textuales” no hablamos ya de sujetos reales o empíricos sino de representaciones o simulacros de dichos sujetos. En este esquema los procesos de comunicación de masas aparecen, pues, como procesos de interacción en los que las figuras de emisor y destinatario constituyen estrategias textuales que obligan a los sujetos empíricos a poseer determinadas competencias (saberes) para que la comunicación tenga éxito. Sólo si tenemos presente estos principios comprenderemos en profundidad los fenómenos de comunicación masiva relacionados con la información, con la publicidad o con las relaciones públicas. 4. La representación de sujetos en el discurso Hablar de enunciación es, pues, hablar de sujetos y cómo son presentados en el discurso. Para llevar a cabo esta representación el lenguaje posee diversos procedimientos como la deixis, la modalización y las estrategias de representación. La deixis puede definirse como la localización e identificación de las personas, objetos, procesos, acontecimientos y actividades de que se habla por relación al contexto espacio- temporal creado y mantenido por el acto de la enunciación. En consecuencia, llamamos deícticos o conmutadores (shifters) a los índices simbólicos que se refieren al proceso de enunciación. Son deícticos de personas los pronombres personales y demostrativos (yo, tú, mi, me, etc.) y desinencias verbales (primera persona, etc.). Los tiempos y los modos verbales y adverbios como “ahora”, “hoy”, “ayer”, etc., funcionan como deícticos de tiempo. Otros adverbios como “aquí” y “ahora” son deícticos espaciales. Pero si los deícticos se refieren a la enunciación, los términos anafóricos se refieren a elementos del enunciado; por ejemplo, el pronombre “él” o los adverbios de tiempo y espacio como “entonces” o “allí”. Este pronombre y estos adverbios sólo adquieren sentido por relación a otros sujetos y otras circunstancias ya enunciadas. En ocasiones un término no se refiere a un término ya mencionado sino a un término que se enuncia a continuación. Hablamos entonces de catáfora. Por ejemplo: “No le ha importado nada: ni su trabajo, ni su prestigio, ni su familia”. En este caso “nada” se refiere a términos que están colocados después: “trabajo”, “prestigio” y “familia”. En el siguiente cuadro aparecen los términos deícticos y anafóricos que usamos en español.

El modo verbal se refiere a la actitud del hablante ante los hechos o ideas a los que se refiere: indicativo, imperativo, subjuntivo (posibilidad, deseo, etc.) El aspecto verbal indica si la acción ha concluido o no en el momento de la enunciación: perfecto, imperfecto, incoativo, continuativo, etc. Según E. Benveniste existen dos procedimientos o estrategias fundamentales de representación del sujeto: el discurso y la historia. La modalidad discursiva nos presenta a un sujeto que habla en primera persona, como en el ejemplo “Yo, señor, no soy malo” (Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte). En cambio en la modalidad de historia el sujeto desaparece del enunciado, se cancela, de tal manera que parece que nadie habla y el discurso aparece como algo objetivo. El siguiente texto tomado de James Joyce (Ulises) es un buen ejemplo: “Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevo ́ en el aire el cuenco y entonó: - Introibo ad altare Dei”. Se denomina conmutación cuando se produce un cambio de una estrategia a otra. Por ejemplo: “Iniciaremos nuestra descripción de la epopeya europea medieval con la de las leyendas germánicas. Cuando los pueblos bárbaros del norte de Europa aprendieron de los depositarios de la cultura latina el arte de escribir.... (Martín de Riquer, Historia de la literatura universal, Barcelona, Noguer, 1958, I: 205).

comentarios (0)
No hay comentarios
¡Escribe tú el primero!
Esta solo es una vista previa
3 páginas mostradas de 6 páginas totales
Descarga el documento