Textos Platon, Apuntes de Historia de la Teoría Política. Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
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Textos Platon, Apuntes de Historia de la Teoría Política. Universidad Autónoma de Madrid (UAM)

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Asignatura: Historia de la Teoría Política, Profesor: Alfonso Ruiz Miguel, Carrera: Derecho + Ciencia Política y Administración Pública, Universidad: UAM
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Textos de Platón

[Mayorías y justicia : Critón, 46b-48c; en este diálogo, Critón trata de

convencer a Sócrates de que escape de su prisión y de su condena a

muerte, impuesta por la ciudad de Atenas ]

SÓCRATES —Querido Critón, tu buena voluntad sería muy de

estimar, si le acompañara algo de recti tud; si no, cuanto más intensa,

tanto más penosa. Así pues, es necesario que reflexionemos si esto debe

hacerse o no. Porque yo, no sólo ahora sino siempre, soy de condición de

no prestar atención a ninguna otra cosa que al razonamiento que, al

reflexionar, me parece el mejor. Los argumentos que yo he dicho en un

tiempo anterior no los puedo desmentir ahora porque me ha tocado esta

suerte; más bien me parecen ahora, en conjunto, de igual valor y respeto,

y doy mucha importancia a los mis mos argumentos de antes. Si no somos

capaces de decir nada mejor en el momento presente, sabe bien que no

voy a estar de acuerdo contigo, ni aunque la fuerza de la mayoría nos

asuste como a niños con más espantajos que los de ahora en que nos

envía prisiones, muertes y privaciones de bienes. ¿Cómo podríamos exa -

minar eso más adecuadamente? Veamos, por lo pronto, si recogemos la

idea que tú expresabas acerca de las opiniones de los hombres, a saber,

si hemos tenido razón o no al decir siempre que deben tenerse en cuen ta

unas opiniones y otras no. ¿O es que antes de que yo debiera morir

estaba bien dicho, y en cambio ahora es evidente que lo decíamos sin

fundamento, por necesidad de la expresión, pero sólo era un juego

infanti l y pura charlatanería? Yo deseo, Critón, examinar conti go si esta

idea me parece diferente en algo, cuando me encuentro en esta situación,

o me parece la misma, y, según el caso, si la vamos a abandonar o la

vamos a seguir. Según creo, los hombres cuyo juicio tiene inte rés dicen

siempre, como yo decía ahora, que entre las opiniones que los hombres

manifiestan deben estimarse mucho algunas y otras no. Por los dioses,

Critón, ¿no te parece que esto está bien dicho? En efecto, tú, en la

medida de la previsión humana, estás libre de ir a morir mañana, y la

presente desgracia no va a extraviar tu juicio. Examínalo. ¿No te parece

que está bien decir que no se deben estimar todas las opiniones de l os

hombres, sino unas sí y otras no, y las de unos hom bres sí y las de otros

no? ¿Qué dices tú? ¿No está bien decir esto?

CRITÓN —Está bien.

SÓC. —¿Se deben estimar las valiosas y. no estimar las malas?

CRIT. —Sí.

SÓC. —¿Son valiosas las opiniones de los hombres juiciosos, y malas

las de los hombres de poco juicio?

CRIT. —¿Cómo no?

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SÓC. —Veamos en qué sentido decíamos tales cosas. Un hombre que

se dedica a la gimnasia, al ejercitarla ¿tiene en cuenta la alabanza, la

censura y la opinión de cualquier persona, o la de una sola persona, la

del médico o el entrenador?

CRIT. —La de una sola persona.

SÓC. —Luego debe temer las censuras y recibir con agrado los

elogios de aquella sola persona, no los de la mayoría.

CRIT. —Es evidente.

SÓC.—Así pues, ha de obrar, ejercitarse, comer y beber según la

opinión de ése solo, del que está a su cargo y entiende, y no según la de

todas los otros juntos.

CRIT. —Así es.

SÓC. —Bien. Pero si no hace caso a ese solo hombre y desprecia su

opinión y sus elogios, y, en cambio, estima las palabras de la mayoría,

que nada entiende, ¿es que no sufrirá algún daño?

CRIT. —¿Cómo no?

SÓC. —¿Qué daño es este, hacia dónde t iende y a qué parte del que

no hace caso?

CRIT. —Es evidente que al cuerpo; en efecto, lo arruina.

SÓC. —Está bien. Lo mismo pasa con las otras cosas, Critón, a fin de

no repasarlas todas. También respecto a lo justo y lo injusto, lo feo y lo

bello, lo bueno y lo malo, sobre lo que ahora trata nuestra deliberación,

¿acaso debemos nosotros seguir la opinión de la mayoría y temerla, o la

de uno solo que entienda, si lo hay, al cual hay que respetar y temer más

que a todos los otros juntos? Si no seguimos a éste, dañaremos y mal -

trataremos aquello que se mejora con lo justo y se des truye con lo

injusto. ¿No es así esto?

CRIT. —Así lo pienso, Sócrates.

[ .. .]

SÓC. —Luego, querido amigo, no debemos preocu parnos mucho de lo

que nos vaya a decir la mayoría, sino de lo que diga el que entiende

sobre las cosas jus tas e injustas, aunque sea uno sólo, y de lo que la

verdad misma diga. Así que, en primer término, no fue acertada tu

propuesta de que debemos preocuparnos de la opinión de la mayoría

acerca de lo justo, lo bello y lo bueno y sus contrarios. Pero podría decir

alguien que los más son capaces de condenarnos a muerte.

CRIT. —Es evidente que podría decirlo, Sócrates.

SÓC. —Tienes razón. Pero, mi buen amigo, este razonamiento que

hemos recorrido de cabo a cabo me pa rece a mí que es aún el mismo de

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siempre. Examina, además, si también permanece firme aún, para

nosotros, o no permanece el razonamiento de que no hay que considerar

lo más importante el vivir, sino el vivir bien.

CRIT. —Sí permanece.

SÓC. —¿La idea de que vivir bien, vivir honrada mente y vivir

justamente son el mismo concepto, per manece, o no permanece?

CRIT. —Permanece.

SÓC. —Entonces, a part ir de lo acordado hay que examinar si es

justo, o no lo es, el que yo intente salir de aquí sin soltarme los

atenienses. Y si nos parece justo, intentémoslo, pero si no, dejémoslo.

En cuanto a las consideraciones de que hablas sobre el gasto de dinero,

la reputación y la crianza de los hijos, es de temer, Critón, que éstas, en

realidad, sean reflexiones adecuadas a estos que condenan a muerte y

harían resucitar, si pudieran, sin el menor sentido, es decir, a la mayoría.

Puesto que el razonamiento lo exige así , nosotros no tenemos otra cosa

que hacer, sino examinar, como antes decía, si nosotros, unos sacando de

la cárcel y otro saliendo, vamos a actuar justamente pagando dinero y

favores a los que me saquen, o bien vamos a obrar injustamente haciendo

todas estas cosas. Y si resulta que al obrar así vamos a realizar actos

injustos, no es necesario considerar si , al quedarnos aquí sin em prender

acción alguna, tenemos que morir o sufrir cual quier otro daño, antes que

obrar injustamente.

[Justicia y obediencia a las leyes : Critón, 49c-53c] .

SÓC. —¿Se debe hacer mal, Critón, o no?

CRIT. —De ningún modo se debe, Sócrates.

SÓC. —¿Y responder con el mal cuando se recibe mal es justo, como

afirma la mayoría, o es injusto?

CRIT. —De ningún modo es justo.

SÓC. —Pues el hacer daño a la gente en nada se dist ingue de cometer

injusticia.

CRIT. —Dices la verdad.

SÓC. —Luego no se debe responder con la injusticia ni hacer mal a

ningún hombre, cualquiera que sea el daño que se reciba de él. Procura,

Critón, no aceptar esto contra tu opinión, si lo aceptas; yo sé, ciertamen -

te, que esto lo admiten y lo admitirán unas pocas per sonas. No es posible

una determinación común para los que han formado su opinión de esta

manera y para los que mantienen lo contrario, sino que es necesario que

se desprecien unos a otros, cuando ven la determina ción de la otra parte.

Examina muy bien, pues, también tú si estás de acuerdo y te parece bien,

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y si debemos iniciar nuestra deliberación a partir de este principio, de

que jamás es bueno ni cometer injusti cia, ni responder a la injusticia con

la injusticia, ni responder haciendo mal cuando se recibe el mal. ¿O bien

te apartas y no participas de este principio? En cuanto a mí, así me

parecía antes y me lo sigue pareciendo ahora, pero si a ti te parece de

otro modo, dilo y explícalo. Pero si te mantienes en lo anterior, escucha

lo que sigue.

CRIT. —Me mantengo y también me parece a mí. Continúa.

SÓC. —Digo lo siguiente, más bien pregunto: ¿las cosas que se ha

convenido con alguien que son justas hay que hacerlas o hay que darles

una salida falsa?

CRIT. —Hay que hacerlas.

SÓC. —A partir de esto, reflexiona. Si nosotros nos vamos de aquí sin

haber persuadido a la ciudad, ¿hacemos daño a algu ien y, precisamente, a

quien menos se debe, o no? ¿Nos mantenemos en lo que hemos acordado

que es justo, o no?

CRIT. —No puedo responder a lo que preguntas, Sócrates; no lo

entiendo.

SÓC. —Considéralo de este modo. Si cuando nos otros estemos a

punto de escapar de aquí, o como haya que llamar a esto, vinieran las

leyes y el común de la ciudad y, colocándose delante, nos dijeran:

«Dime, Sócrates, ¿qué tienes intención de hacer? ¿No es cierto que, por

medio de esta acción que intentas, tienes el propósito, en lo que de ti

depende, de destruirnos a nosotras y a toda la ciudad? ¿Te parece a ti

que puede aún existir sin arruinarse la ciudad en la que los juicios que se

producen no t ienen efecto alguno, sino que son invalidados por

particulares y quedan anulados?» ¿Qué vamos a responder, Critón, a

estas preguntas y a otras semejantes? Cualquiera, especialmente un ora -

dor, podría dar muchas razones en defensa de la ley, que intentamos

destruir, que ordena que los juicios que han sido sentenciados sean

firmes. ¿Acaso les di remos: «La ciudad ha obrado injustamente con nos -

otros y no ha llevado el juicio rectamente»? ¿Les vamos a decir eso?

CRIT. —Sí, por Zeus, Sócrates.

SÓC. —Quizá dijeran las leyes: «¿Es esto, Sócrates, lo que hemos

convenido tú y nosotras, o bien que hay que permanecer fiel a las

sentencias que dicte la ciudad?» Si nos extrañáramos de sus palabras,

quizá dijeran: «Sócrates no te extrañes de lo que decimos, sino

respóndenos, puesto que tienes la costumbre de servirte de preguntas y

respuestas. Veamos, ¿qué acusación tienes contra nosotras y contra la

ciudad para intentar destruimos? En primer lugar, ¿no te hemos dado

nosotras la vida y, por medio de nosotras, desposó tu padre a tu madre y

te engendró? Dinos, entonces, ¿a las leyes referentes al matrimonio les

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censuras algo que no esté bien?» «No las censuro», diría yo. «Entonces,

¿a las que se refieren a la crianza del nacido y a la educación en la que

te has educado? ¿Acaso las que de nosotras estaban establecidas para

ello no disponían bien ordenando a tu padre que te educara en la música

y en la gimnasia?» «Sí disponían bien», diría yo. «Después que hubiste

nacido y hubiste sido criado y educado, ¿po drías decir, en principio, que

no eras resultado de nosotras y nuestro esclavo, tú y tus ascendientes? Si

esto es así, ¿acaso crees que los derechos son los mis mos para ti y para

nosotras, y es justo para ti responder haciéndonos, a tu vez, lo que

nosotras intentemos hacerte? Ciertamente no serían iguales tus derechos

respecto a tu padre y respecto a tu dueño, si lo tuvie ras, como para que

respondieras haciéndoles lo que ellos te hicieran, insultando a tu vez al

ser insultado, o golpeando al ser golpeado, y así sucesivam ente. ¿Te

sería posible, en cambio, hacerlo con la patria y las leyes, de modo que

si nos proponemos matarte, porque lo consideramos justo, por tu parte

intentes, en la medida de tus fuerzas, destruimos a nosotras, las leyes, y

a la patria, y afirmes que al hacerlo obras justamente, tú, el que en

verdad se preocupa de la virtud? ¿Acaso eres tan sabio que te pasa

inadvertido que la patria merece más honor que la madre, que el padre y

que todos los antepasados, que es más venerable y más santa y que es

digna de la mayor estimación entre los dioses y entre los hombres de

juicio? ¿Te pasa inadvertido que hay que respetarla y ceder ante la patria

y halagarla, si está irritada, más aún que al padre; que hay que

convencerla u obedecerla haciendo lo que ella dispo nga; que hay que

padecer sin oponerse a ello, si ordena padecer algo; que si ordena recibir

golpes, sufrir prisión, o llevarte a la guerra para ser herido o para morir,

hay que hacer esto porque es lo justo, y no hay que ser débil ni

retroceder ni abandonar el puesto, sino que en la guerra, en el tribunal y

en todas partes hay que hacer lo que la ciudad y la patria ordene, o

persuadirla de lo que es justo; y que es impío hacer violencia a la madre

y al padre, pero lo es mucho más aún a la patria?» ¿Qué vam os a decir a

esto, Critón? ¿Dicen la verdad las leyes o no?

CRIT. —Me parece que sí.

SÓC. —Tal vez dirían aún las leyes: «Examina, ade más, Sócrates, si

es verdad lo que nosotras decimos, que no es justo que trates de hacernos

lo que ahora intentas. En efecto, nosotras te hemos engendrado, criado,

educado y te hemos hecho participe, como a todos los demás ciudadanos,

de todos los bienes de que éramos capaces; a pesar de esto proclamamos

la l ibertad, para el ateniense que lo quiera, una vez que haya hecho la

prueba legal para adquirir los derechos ciudadanos y, haya conocido los

asuntos públicos y a nosotras, las leyes, de que, si no le parecemos bien,

tome lo suyo y se vaya donde quiera. Ninguna de nosotras, las leyes, lo

impide, ni prohíbe que, si alguno de vosotros quiere trasladarse a una

colonia, si no le agradamos nosotras y la ciudad, o si quiere ir a otra

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parte y vivir en el extranjero, que se marche adonde quiera llevándose lo

suyo.

»El que de vosotros se quede aquí viendo de qué modo celebramos los

juicios y administramos la ciudad en los demás aspectos, afirmamos que

éste, de hecho, ya está de acuerdo con nosotras en que va a hacer lo que

nosotras ordenamos, y decimos que el que no obedezca es tres veces

culpable, porque le hemos dado la vida, y no nos obedece, porque lo

hemos criado y se ha comprometido a obedecemos, y no nos obedece ni

procura persuadirnos si no hacemos bien alguna cosa. Nosotras

proponemos hacer lo que ordenamos y no lo imponemos violentamente,

sino que permitimos una opción entre dos, persuadirnos u obedecernos; y

el que no obedece no cumple ninguna de las dos. Decimos, Sócrates, que

tú vas a quedar sujeto a estas inculpaciones y no entre los que menos de

los atenienses, sino entre los que más, si haces lo que pla neas.»

Si entonces yo dijera: «¿Por qué, exactamente?», quizá me

respondieran con justicia diciendo que preci samente yo he aceptado este

compromiso como muy pocos atenienses. Dirían: «Tenemos grandes

pruebas, Sócrates, de que nosotras y la ciudad te parecemos bien. En

efecto, de ningún modo hubieras permanecido en la ciudad más

destacadamente que todos los otros ciudadanos ,

si ésta no te hubiera

agradado especialmente, sin que hayas salido nunca de ella para una

fiesta, excepto una vez al Istmo, ni a ningún otro territorio a no ser como

soldado; tampoco hiciste nunca, como ha cen los demás, ningún viaje al

extranjero, ni tuviste deseo de conocer otra ciudad y otras leyes, sino

que nosotras y la ciudad éramos satisfactorias para ti. Tan plenamente

nos elegiste y acordaste vivir como ciudadano según nuestras normas,

que incluso tuviste hijos en esta ciudad, sin duda porque te encontrabas

bien en ella. Aún más, te hubiera sido posible, durante el proceso mismo,

proponer para ti el destierro, si lo hu bieras querido, y hacer entonces,

con el consentimiento de la ciudad, lo que ahora intentas hacer contra su

voluntad. Entonces tú te jactabas de que no te irrita rías, si tenías que

morir, y elegías, según decías, la muerte antes que el destierro. En

cambio, ahora, ni respetas aquellas palabras ni te cuidas de nosotras, las

leyes, intentando destruirnos; obras como obraría el más vil esclavo

intentando escaparte en contra de los pactos y acuerdos con arreglo a los

cuales conviniste con nosotras que vivirías como ciudadano . En primer

lugar, respóndenos si decimos verdad al insistir en que tú has convenido

vivir como ciudadano según nuestras normas con actos y no con

palabras, o bien si no es verdad.» ¿Qué vamos a decir a esto, Critón?

¿No es cierto que estamos de acuerdo?

CRIT. —Necesariamente, Sócrates.

SÓC. —«No es cierto —dirían ellas—que violas los pactos y los

acuerdos con nosotras, sin que los hayas convenido bajo coacción o

engaño y sin estar obligado a tomar una decisión en poco tiempo, sino

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durante setenta años , en los que te fue posible ir a otra parte, si no te

agradábamos o te parecía que los acuerdos no eran justos. Pero tú no has

preferido a Lacedemonia ni a Creta, cuyas leyes afirmas continuamente

que son buenas, ni a ninguna otra ciudad griega ni bárbara; a l contrario,

te has ausentado de Atenas menos que los cojos, los ciegos y otros

lisiados. Hasta tal punto a ti más especialmente que a los demás

atenienses, te agradaba la ciudad y evidentemente nosotras, las leyes.

¿Pues a quién le agradaría una ciudad si n leyes? ¿Ahora no vas a

permanecer fiel a los acuerdos? Sí permanecerás, si nos haces caso,

Sócrates, y no caerás en ridículo saliendo de la ciudad.

»Si tú violas estos acuerdos y faltas en algo, exami na qué beneficio te

harás a ti mismo y a tus amigos. Que también tus amigos corren peligro

de ser desterrados, de ser privados de los derechos ciudadanos o de

perder sus bienes es casi evidente. Tú mismo, en pri mer lugar, si vas a

una de las ciudades próximas, Tebas o Megara, pues ambas tienen buenas

leyes, llegarás como enemigo de su sistema político y todos los que se

preocupan de sus ciudades te mirarán con suspicacia considerándote

destructor de las leyes; confirmarás para tus jueces la opinión de que se

ha sentenciado rectamente el proceso. En efec to, el que es des tructor de

las leyes, parecería fácilmente que es tam bién corruptor de jóvenes y de

gentes de poco espíritu. ¿Acaso vas a evitar las ciudades con buenas

leyes y los hombres más honrados? ¿Y si haces eso, te valdrá la pena

vivir? O bien si te diriges a ellos y t ienes la des vergüenza de conversar,

¿con qué pensamientos lo harás, Sócrates? ¿Acaso con los mismos que

aquí, a saber, que lo más importante para los hombres es la virtud y la

justicia, y también la legalidad y las leyes? ¿No cree s que parecerá

vergonzoso el comportamiento de Sócrates? Hay que creer que sí.

[El anillo de Giges : República , 357d-361d; en este diálogo Sócrates

habla en primera persona con otros ciudadanos griegos, especialmente

con Glaucón] .

—¿En cuál de estas clases —preguntó—incluyes la justicia?

—Yo creo —respondí—que en la mejor de ellas: en la de las cosas

que, si se quiere ser feliz, hay que amar tanto por sí mismas como por lo

que de ellas resulta.

—Pues no es ése –dijo [Glaucón]— el parecer del vulgo, que la cla -

sifica en el género de bienes penosos, como algo que hay que practicar

con miras a las ganancias y buena reputa ción que produce, pero que,

considerado en sí mismo, merece que se le rehúya por su dificultad.

Ya sé —respondí—que tal es la opinión general; por eso Trasímaco

lleva un buen rato atacando a la justicia, a la que considera como un bien

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de esa clase, y ensalzando la injusticia. Pero yo, a lo que parece, soy

difícil de convencer.

—¡Ea, pues! —exclamó— . Escúchame ahora, a ver si llegas a opinar

del mismo modo que yo. Porque yo creo que Trasímaco se ha dado por

vencido demasiado pron to, encantado, como una serpiente, por tus

palabras. En cambio, a mí no me ha persuadido todavía la defensa de

ninguna de las dos tesis. Lo que yo quiero es oír hablar de la naturaleza

de ambas y de los efectos que por sí mis mas producen una y otra cuando

se albergan en un alma; pero dejando aparte los beneficios y cuanto

resulta de ellas. He aquí, pues, lo que voy a hacer, si tú me lo pe rmites.

Volveré a tomar la argumentación de Trasí maco y trataré primeramente

de cómo dicen que es la justicia y de dónde dicen que ha nacido; luego

demostraré que todos cuantos la practican lo hacen contra su voluntad,

como algo necesario, no como un bien; y en tercer lugar mostraré

también que es natural que así procedan, pues, según dicen, es mucho

mejor la vida del injusto que la del justo. No creas, Sócrates, que mi opi -

nión es ésa en realidad; pero es que siento dudas y me zumban los oídos

al escuchar a Trasímaco y otros mil, mientras no he hablado jamás con

nadie que defienda a mi gusto la justicia y demuestre que es mejor que la

injusticia. Me gustaría oír el elogio de la justicia conside rada en sí

misma y por sí misma, y creo que eres tú la perso na de quien mejor

puedo esperarlo. Por eso voy a extenderme en alabanzas de la vida

injusta y, una vez lo haya hecho, lo mostraré de qué modo quiero oírte

atacar la injusticia y loar la justicia. Mas antes sepamos si es de tu

agrado lo que propongo.

—No hay cosa más de mi agrado —dije— . ¿Qué otro mejor tema para

que una persona inteligente disfrute ha blando y escuchando?

—Tienes mucha razón —convino— . Escucha ante todo aquello con lo

que dije que comenzaría: qué es y de dón de procede la justicia.

Dicen que el cometer injusticia es por naturaleza un bien, y el

sufrirla, un mal. Pero como es mayor el mal que recibe el que la padece

que el bien que recibe quien la comete, una vez que los hombres

comenzaron a cometer y sufrir injusticias y a probar las consecuencias de

estos actos, decidieron los que no tenían poder para evi tar los perjuicios

ni para lograr las ventajas que lo mejor era establecer mutuos convenios

con el fin de no cometer ni padecer injusticias. Y de ahí en adelante em -

pezaron a dictar leyes y concertar tratados recíprocos, y llamaron legal y

justo a lo que la ley prescribe. He aquí expuesta la génesis y esencia de

la justicia, término medio entre el mayor bien, que es el no sufrir su

castigo quien comete injusticia, y el mayor mal, el de quien no puede

defenderse de la injusticia que sufre. La justicia, si tuada entre estos dos

extremos, es aceptada no como un bien, sino como algo que se respeta

por impotencia para cometer la injusticia; pues el que puede cometer la,

el que es verdaderamente hombre, jamás entrará en tratos con nadie para

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evitar que se cometan o sufran in justicias. ¡Loco estaría si tal hiciera!

Ahí tienes, Sócrates, la naturaleza de la justicia y las circunstancias con

motivo de las cuales cuenta la gente que apareció en el mundo.

Para darnos mejor cuenta de cómo los buenos lo son contra su

voluntad, porque no pueden ser malos, bastará con imaginar que hacemos

lo siguiente: demos a todos, justos a injustos, licencia para hacer lo que

se les antoje y después sigámosles par a ver adónde llevan a cada cual sus

apetitos. Entonces sorprenderemos en flagrante al justo recorriendo los

mismos caminos que el injusto, im pulsado por el interés propio,

finalidad que todo ser está dispuesto por naturaleza a perseguir como un

bien, aunque la convención desvíe por fuerza esta tendencia y la

encamine al respeto de la igualdad. Esta l icencia de que yo hablo podrían

llegar a gozarla, mejor que de ningún otro modo, si se les dotase de un

poder como el que cuentan tuvo en tiempos Giges, el antepasado del

lidio. Giges era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de

Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; se abrió la tierra

y apareció una grieta en el mismo lugar en que él apacentaba. Asombrado

ante el espectáculo, descendió por la hendidura y vio allí, entre otras

muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce, hue co, con

portañuelas, por una de las cuales se agachó a mi rar y vio que dentro

había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba

sobre sí más que una sortija de oro en la mano; se la quitó el pastor y

salió. Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de

informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió

también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los

demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de

cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le

rodeaban y con gran sorpresa suya, comenza ron a hablar de él como de

una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el

engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, re -

pitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel

poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al vo lver hacia dentro el engaste,

desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo.

Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados

que habían de informar al rey; llegó a Palacio, sedujo a su esposa, atacó

y mató con su ayuda al soberano y se apo deró del reino. Pues bien, si

hubiera dos sortijas como aquélla de las cuales llevase una puesta el

justo y otra el injusto, es opinión común que no habría persona de con -

vicciones tan firmes como para perseverar en l a justicia y abstenerse en

absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al

mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las

casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar per sonas

a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada

diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían

exactamente el mismo camino. Pues bien, he ahí lo que podría conside -

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rarse una buena demostración de que nadie es jus to de grado, sino por

fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él

personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer

una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resul ta

mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia. «Y tiene

razón al creerlo así», dirá el defensor de la teoría que expongo. Es más:

si hubiese quien, estando dotado de semejante tal ismán, se negara a

cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le ten-

drían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del

mundo; aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones,

ocultándose así mutuamente sus sentimientos por temor de ser cada cual

objeto de alguna injusticia. Esto es lo que yo tenía que decir.

Finalmente, en cuanto a decidir entre las vidas de los dos hombres de

que hablamos, el justo y el injusto, tan sólo nos hallaremos en

condiciones de juzgar rectamente si los consideramos por separado; si

no, imposible. ¿Y cómo los consideraremos separadamente? Del

siguiente modo: no quitemos nada al injusto de su injusticia ni al justo

de su justicia, antes bien, supongamos a uno y otro perfectos ejemplares

dentro de su género de vida. Ante todo, que el injusto trabaje como lo s

mejores artífices. Un excelente timonel o médico se dan perfecta cuenta

de las posibilidades o deficiencias de sus artes y emprenden unas tareas

sí y otras no. Y si sufren algún fracaso, son ca paces de repararlo. Pues

bien, del mismo modo el malo, si ha de ser un hombre auténticamente

malo, debe realizar con destreza sus malas acciones y pasar inadvertido

con ellas. Y al que se deje sorprender en ellas hay que considerarlo

inhábil , pues no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno

no siéndolo. Hay, pues, que dotar al hombre perfectamente injusto de la

más perfecta injusticia, sin quitar nada de ella, sino dejándole que,

cometiendo las mayores fechorías, se gane la más in tachable reputación

de bondad. Si tal vez fracasa en algo, sea capa z de enderezar su yerro;

pueda persuadir con sus palabras, si hay quien denuncie alguna de sus

maldades; y si es preciso emplear la fuerza, que sepa hacerlo valién dose

de su vigor y valentía y de las amistades y medios con que cuente. Ya

hemos hecho así al malo. Ahora imaginemos que colocamos junto a él la

imagen del justo, un hombre simple y noble, dispuesto, como dice

Esquilo, no a parecer bueno, sino a serlo. Quitémosle, pues, la apariencia

de bondad; porque, si parece ser justo, tendrá honores y re compensas por

parecer serlo, y entonces no veremos claro si es justo por amor de la

justicia en sí o por los gajes y honras. Hay que despojarle, pues, de todo

excepto de la justicia y hay que hacerle absolutamente opuesto al otro

hombre. Que sin haber cometido la menor falta, pase por ser el mayor

criminal, para que, puesta a prueba su virtud, salga airo sa del trance al

no dejarse influir por la mala fama ni por cuanto de ésta depende; y que

llegue imperturbable al fin de su vida tras de haber goza do siempre

inmerecida reputación de maldad. Así, llegados los dos al último

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extremo, de justicia el uno, de in justicia el otro, podremos decidir cuál

de ellos es el más feliz.

[El origen de la justicia: Protágoras, 320d-321d a-c]

«. . . Era un tiempo en el que existían los dioses, pero no las especies

mortales. Cuando a éstas les llegó, marcado por el destino, el tiempo de

la génesis, los dioses las modelaron en las entrañas de la tierra,

mezclando t ierra, fuego y cuantas materias se combinan con fuego y

tierra. Cuando se disponían a sacarlas a la luz, mandaron a Prometeo y

Epimeteo que las revistiesen de facultades distribuyéndolas

convenientemente entre ellas. Epimeteo pidió a Prometeo que le

permitiese a él hacer la distribución “Una vez que yo haya hecho la

distribución, dijo, tú la supervisas “. Con este permiso comienza a

distribuir. Al distribuir, a unos les proporcionaba fuerza, pero no

rapidez, en tanto que revestía de rapidez a otros más débiles. Dotaba de

armas a unas, en tanto que para aquellas, a las que daba una naturaleza

inerme, ideaba otra facultad para su salvación. A las que daba un cuerpo

pequeño, les dotaba de alas para huir o de escondrijos para guarnecerse,

en tanto que a las que daba un cuerpo grande, precisament e mediante él,

las salvaba.

De este modo equitativo iba distribuyendo las restantes facultades. Y

las ideaba tomando la precaución de que ninguna especie fuese

aniquilada. Cuando les suministró los medios para evitar las

destrucciones mutuas, ideó defensas contra el rigor de las estaciones

enviadas por Zeus: las cubrió con pelo espeso y piel gruesa, aptos para

protegerse del frío invernal y del calor ardiente, y, además, para que

cuando fueran a acostarse, les sirviera de abrigo natural y adecuado a

cada cual. A algunas les puso en los pies cascos y a otras piel gruesa sin

sangre. Después de esto, suministró alimentos distintos a cada una: a una

hierbas de la tierra; a otras, frutos de los árboles; y a otras raíces. Y

hubo especies a las que permitió alimen tarse con la carne de otros

animales. Concedió a aquéllas descendencia, y a éstos, devorados por

aquéllas, gran fecundidad; procurando, así, salvar la especie.

Pero como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta,

todas las facultades en los brutos. Pero quedaba aún sin equipar la

especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en ese trance, l lega

Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales

armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin

calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el

destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz. Ante la

imposibilidad de encontrar un medio de salvación para el hombre,

Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el

fuego (ya que sin el fuego era imposible que aquella fuese adquirida por

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nadie o resultase úti l) y se la ofrece, así, como regalo al hombre. Con

ella recibió el hombre la sabiduría para conservar la vida, pero no

recibió la sabiduría polí tica, porqu e estaba en poder de Zeus y a

Prometeo no le estaba permitido acceder a la mansión de Zeus, en la

acrópolis, a cuya entrada había dos guardianes terribles. Pero entró

furtivamente al taller común de Atenea y Hefesto en el que practicaban

juntos sus artes y, robando el arte del fuego de Hefesto y las demás de

Atenea, se las dio al hombre. Y, debido a esto, el hombre adquiere los

recursos necesarios para la vida, pero sobre Prometeo, por culpa de

Epimeteo, recayó luego, según se cuenta, el castigo del robo.

El hombre, una vez que participó de una porción divina, fue el único

de los animales que, a causa de este parentesco divino, primeramente

reconoció a los dioses y comenzó a erigir altares e imágenes a los dioses.

Luego, adquirió rápidamente el arte de arti cular sonidos vocales y

nombres, e inventó viviendas, vestidos, calzado, abrigos, alimentos de la

tierra. Equipados de este modo, al principio los hombres vivían dispersos

y no en ciudades, siendo, así , aniquilados por las fieras, al ser en todo

más débiles que ellas. El arte que profesaban constituía un medio,

adecuado para alimentarse, pero insuficiente para la guerra contra las

fieras, porque no poseían el arte de la política, del que el de la guerra es

una parte. Buscaban la forma de reunirse y salvarse construyendo

ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el

arte de la política, de modo que al dispersarse de nuevo, perecían.

Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por

completo, envió a Hermes para que l levase a los hombres la justicia y el

respeto, para que fueran los principios ordenadores de la ciudad y lazos

comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de

repartir el respeto y la justicia entre los hombres: “¿Las distribuyo como

fueron distribuidas las demás artes?”.

Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el

arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo

mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el

poder entre los hombres, o b ien las distribuyo entre todos? “Entre todos,

respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si part icipan de

ellas solo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá

ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquel

que sea incapaz de participar del respeto y de la justicia sea eliminado,

como una peste, de la ciudad”.»

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