Thich Nhat Hanh Buda viviente Cristo viviente, Otro de Ciencias de la Vida. Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas
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medicalintel11 de abril de 2017

Thich Nhat Hanh Buda viviente Cristo viviente, Otro de Ciencias de la Vida. Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

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«Cuando se es un cristiano verdaderamente feliz, también se es budista, y viceversa».
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Buda viviente, Cristo viviente

Annotation

«Cuando se es un cristiano verdaderamente feliz, también se es budista, y viceversa». -Thich Nhat Hanh Buda y Cristo, tal vez las dos figuras más fundamentales en la historia de la humanidad, han dejado tras ellos un legado de enseñanzas y prácitcas que han modelado la existencia de miles de millones de personas a lo largo de dos mil años. Si se encontrasen en la actualidad, ¿qué pensaría cada uno de ellos sobre los criterios y prácticas espirituales del otro? Thich Nhat Hanh ha participado en un diálogo llevado a cabo durante décadas entre las dos tradiciones contemplativas vivas más importantes y proporciona al cristianismo una apreciación de su belleza como sólo puede ser expresada por alguien ajeno a él. Mediante una prosa lúcida y meditativa explora los puntos comunes de la compasión y la santidad, puntos de encuentro de ambas tradiciones, y reaviva nuestra comprensión sobre ellas. «En el altar de mi ermita -explica- hay imágenes de Buda y Jesús, pues los considero mis antepasados espirituales».

Buda viviente, Cristo viviente

Thich Nhat Hanh

Traducción de Miguel Portillo

AGRADECIMIENTOS Mi agradecimiento para mis amigos Martin Pitt, Mobi Warren y Arnold Kotler por el tiempo

y la energía dedicados a la hora de ayudarme en la transcripción de cintas y en la edición de este libro, convirtiéndolo en un maravilloso instrumento para el diálogo.

PREFACIO En dos ocasiones en este libro, Thich Nhat Hanh expone una poderosa imagen perteneciente a la

leyenda cristiana: En lo más crudo del invierno, san Francisco le grita a un almendro, «¡Háblame de Dios!», y el almendro florece de repente. Se toma vivo. No hay otra forma de ser testimonio de Dios si no es en lo viviente. Con fino instinto, Thich Nhat Hanh sigue la pista de lo genuinamente viviente hasta su fuente y reconoce que eso es lo que la tradición bíblica denomina el Espíritu Santo. Al fin y al cabo, la misma palabra «espíritu» significa «hálito», y el hálito, o respiración, significa vida. Todo ello hace pensar en la historia de la creación que aparece en la Biblia: En el principio, el

Espíritu de Dios se cernía como un ave sobre el caos carente de vida, empollando y creando la vida en todas sus formas y grados. «Porque el Espíritu del Señor ha henchido el mundo, y el que todo lo abarca sabe cuanto se dice» (Sabiduría 1,7). Al final de este mito sobre la creación encontramos a Dios en una conmovedora escena, insuflando vida en las ventanas de la nariz de la todavía inerte figura humana de barro creada a imagen y semejanza de Él mismo. Y de esa forma es como los humanos empezamos a vivir. Desde la perspectiva bíblica, nunca ha habido un ser humano que no haya vivido del propio hálito de Dios. Nosotros, los cristianos no poseemos el monopolio del Espíritu Santo: «Pues cuantos son llevados

por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Romanos 8,14). No hay nada de extraordinario entonces en que un budista que no tiene miedo del dolor que conlleva estar verdaderamente vivo —dolor al nacer y al crecer— reconozca al Espíritu Santo como la fuente esencial de toda vida. «El espíritu sopla donde quiere» (San Juan .3,8). Y tampoco hay nada de extraordinario en que cristianos vivos reconozcan a sus hermanas y hermanos en el Espíritu Santo en cualquier parte. «Nhat Hanh es mi hermano», escribió Thomas Merton. «Ambos somos monjes y hemos vivido la

vida monástica más o menos los mismos años. Ambos somos poetas, existencialistas. Tengo más en común con Nhat Hanh que con muchos norteamericanos.» Las anteriores líneas fueron escritas cuando ambos conciliadores encararon conjuntamente la catástrofe de la guerra de Vietnam. En esa época yo mismo tuve el privilegio de encontrar a Thich Nhat Hanh, conocido por amigos y estudiantes como Thây (maestro), y en él reconocí a un hermano en el Espíritu. Mi alegría fue enorme cuando en la primera página de este libro hallé una referencia al día en que

Thây compartió la Eucaristía con Dan Berrigan. Ello tuvo lugar en la pequeña habitación de estudiante que yo mismo ocupaba en la Universidad de Columbia. Esa noche, Thây recitó en vietnamita, como una de las lecturas sacras, el Sutra del Corazón, el más importante texto zen. Fue el 4 de abril de 1968. ¡Nunca olvidaré esa fecha! A continuación fuimos a escuchar una charla de Hans Küng, pero el evento fue interrumpido por las demoledoras noticias sobre el asesinato de Martin Luther King. El rito que habíamos celebrado esa noche ya había sido interpretado históricamente: «Nadie tiene

mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (San Juan 15,13). Jesús lo había llevado a cabo dos mil años antes; Martin lo hacía entonces, y Thây, arriesgando su propia vida para hablar francamente y sin trabas sobre la paz en Vietnam, se permitía caminar en la misma dirección. «Nhat Hanh es un hombre libre que ha actuado como un hombre libre en favor de sus hermanos, movido por la dinámica espiritual de una tradición de compasión religiosa», escribió Thomas Merton. «No podemos dejarle regresar a Saigón para ser destruido mientras nos sentamos aquí protegiendo el cálido resplandor humanitario de las buenas intenciones y los elevados sentimientos.» Al final se salvó a Thây. Aunque imposibilitado para volver a Vietnam, ha vivido desde entonces en el exilio. Las raíces de Buda viviente, Cristo viviente datan de esa época, cuando, enfrentados a la muerte, los corazones humanos se sentían más vivos.

«Es más seguro aproximarse a Dios a través del Espíritu Santo que a través de la teología», dice Thây, y eso que es un teólogo en el sentido más profundo: habla de Dios según su propia experiencia viva. Y lo hace con entusiasmo, con la voz del Espíritu divino en su propio corazón. Si escuchamos con atención oiremos verdades tradicionales expresadas mediante sorprendentes y nuevas maneras. Y nos sorprenderá el agudo sentido de Thây para lo esencial. Para los lectores cristianos sería un gran error pasar por alto su voz de revelación y compasión, poniendo atención únicamente en las sutilidades académicas y en la precisión teológica. «Discutir acerca de Dios no es el mejor uso que le podemos dar a nuestra energía», dice Thich Nhat

Hanh. «Si tocamos al Espíritu Santo, tocamos a Dios no como concepto sino como una realidad viva.» Con mano suave pero firme, este monje nos conduce una y otra vez de la teoría a la práctica. Tiene un profundo respeto por los conceptos, pero como medio, no como fin. La tradición zen ha desarrollado una rica y matizada terminología, pero su énfasis en la práctica hace que resulte poco probable que uno se enrede en nociones. Thây insiste: «La realidad está libre de toda noción... Es nuestro deber trascender palabras y conceptos para ser capaces de enfrentar la realidad». Y continúa diciendo: «Cuando vemos a alguien desbordante de amor y comprensión, alguien que es

intensamente consciente de lo que sucede, sabemos que está muy cerca de Buda y de Jesucristo». ¿Cómo nos sentiríamos al conocer a una persona así? ¿Llenos de alegría? Claro que sí. ¿Cómodos? Tal vez no. He tenido el privilegio de conocer a hombres y mujeres muy cercanos al Buda viviente, al Cristo viviente, algunos de ellos famosos en todo el mundo, otros completamente desconocidos; no hay diferencia al respecto. Su presencia nos despierta y desafía nuestra autocomplacencia. Al leer Buda viviente, Cristo viviente, he sentido el mismo desafío. No me refiero a los párrafos en

que se critica la estrechez de miras, el exclusivismo o el sexismo cristiano (o más bien poco cristiano); cualquier cristiano que se esfuerza por seguir a Cristo se habrá quejado de lo mismo desde siempre y posiblemente de forma menos amable. El desafío que sentí fue a nivel personal. No provenía de nada que hubiera dicho Thây, sino de sus silencios entre líneas. Me sentí un poco como el almendro al que se dirigió san Francisco. «¡Empieza a florecer, cristiano congelado!», gritó el místico Angelus Silesius. «La primavera está al alcance de la mano. ¿Cuándo florecerás si no es aquí y ahora?» Las palabras de Thich Nhat Hanh me penetraron como un koan zen: me hablaban de lo que no puede ser explicado en palabras. «¡Háblame de Dios!» Ése es el desafío que nos hace Thich Nhat Hanh: ¡Cobra vida, vida de verdad!

Hermano David Steindl-Rast, O.S.B. Big Sur, California

Domingo de la Santísima Trinidad de 1995

INTRODUCCIÓN En Buda viviente, Cristo viviente, Thich Nhat Hanh expresa un profundo respeto y aprecio por

muchos elementos de la tradición cristiana, no sólo hacia las enseñanzas de Jesús, sino también por la Santísima Trinidad y por las posibilidades de experimentar amor y compasión que muchos cristianos y algunas comunidades cristianas ofrecen. No obstante, y afortunadamente para sus lectores, Thich Nhat Hanh no opta por el camino fácil de la discusión ecuménica que ignora los desacuerdos, también señala elementos de la tradición cristiana que avivan la intolerancia religiosa y que conducen al odio interreligioso. Thich Nhat Hanh habla de ello a partir de su propia experiencia. Desde la época en que los franceses que colonizaron Vietnam se aliaron con los esfuerzos misioneros cristianos, hasta la crisis de 1963, cuando el presidente Diêm aprobó una ley que prohibía a su pueblo celebrar la fiesta nacional budista, muchos vietnamitas han asociado, comprensiblemente, el cristianismo con los intentos extranjeros para establecer una dominación política y cultural. Con su franqueza habitual, Thich Nhat Hanh llega al fondo de la cuestión. Tras examinar los

paralelismos entre la teología de la Santísima Trinidad y el concepto budista del «interser», afronta la cuestión con el hombre que millones de personas consideran como el máximo exponente de la tradición cristiana, el papa Juan Pablo II. En su reciente libro Cruzando el umbral de la esperanza, Juan Pablo II afirma:

Cristo es absolutamente original y absolutamente único. Si sólo fuese un sabio como Sócrates, si fuese un «profeta» como Mahoma, si estuviese «iluminado» como Buda, sin ninguna duda, no sería lo que es: el mediador entre Dios y la humanidad.

Al citar este fragmento, Thich Nhat Hanh comenta:

Esta afirmación no parece reflejar el profundo misterio de la identidad de la Trinidad. Tampoco refleja el hecho de que Cristo también es el Hijo del hombre. Todos los cristianos, cuando rezan a Dios, se dirigen a Él como al Padre. Claro que Cristo es único. ¿Quién no lo es? Sócrates, Mahoma, Buda, usted y yo, todos somos únicos. Sin embargo, la idea que hay tras esa afirmación, es la noción de que el cristianismo proporciona el único camino de salvación y de que todas las demás tradiciones religiosas no sirven. Esta actitud excluye el diálogo y fomenta la intolerancia religiosa y la discriminación. No es de ninguna ayuda.

Como alguien implicada en el estudio de la tradición cristiana y que también participa en la práctica

cristiana, me he encontrado a mí misma estando de acuerdo con Thich Nhat Hanh en esta parte y en casi todas las demás de Buda viviente, Cristo viviente. Pero mi concordancia no proviene de la inmersión en la tradición budista; por el contrario, nace de la exploración en la historia temprana del cristianismo, y de su misterioso fundador. En 1947, cuando un beduino llamado Mohammed Alí se encontraba cavando la tierra bajo un acantilado en las proximidades de la población de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, en busca de liga para utilizar como fertilizante, se topó con algo que yacía bajo tierra. Poco después desenterró una vasija de arcilla sellada, de un metro ochenta de altura, en cuyo interior se encontraron

trece códices antiguos, preservados en cuero de gacela. La colección incluía un asombroso número de evangelios cristianos y otros escritos, incluyendo diálogos, conversaciones y visiones atribuidas a Jesús y sus discípulos. Uno de ellos era el Evangelio de santo Tomás, que Helmut Koester, profesor de Nuevo Testamento de la Universidad de Harvard, dató de c. 50 d. de C., unos veinte años antes de que fuesen escritos cualquiera de los evangelios del Nuevo Testamento. También estaban el Evangelio de san Felipe, el Diálogo del Salvador, el Libro secreto de san Juan, y el Apocalipsis de san Pablo, hasta un total de unos cincuenta y dos textos en total. Aparentemente, los libros habían sido salvados de la biblioteca del primer monasterio cristiano de Egipto después de que el arzobispo de Alejandría ordenase a los monjes destruir todos los volúmenes que estimó «heréticos»; es decir, de fuentes cristianas no aprobadas por las autoridades eclesiásticas. Pasando de esos textos cristianos gnósticos a la obra de Thich Nhat Hanh, me siento en un terreno

familiar. Durante la época formativa del movimiento cristiano (del año 50 al 150), muchos cristianos hablaban desde una perspectiva similar a la suya, viendo a Jesús como alguien a través de quien se había manifestado lo divino, y a través de cuyo ejemplo y enseñanza podían confiar en alcanzar una iluminación similar. Pero la mayoría de los líderes de la Iglesia cristiana rechazaron dicha enseñanza no sólo por la «blasfemia» que implicaba invitar a cada discípulo a identificarse con el mismo Cristo, sino también por enseñar lo que podría resultar como confuso o desestabilizador para muchos miembros de la Iglesia. Al investigar estas fuentes durante tanto tiempo escondidas. hemos descubierto que el primigenio

movimiento cristiano contenía una diversidad mucho más enorme de puntos de vista y prácticas de la que pudieran reconocer o imaginar cristianos más tardíos. Sólo hay que escuchar las palabras del Evangelio de santo Tomás y ver cómo concuerda con la tradición budista:

Y Jesús dijo: «Si aquellos que os conducen os dicen: “Mirad, el Reino está en los cielos”, entonces los pájaros del cielo llegarán primero. Si os dicen: “Está en los mares”, entonces los peces llegarán antes. Más bien, el Reino está en vuestro interior, y está en el exterior. Cuando lleguéis a conoceros entonces seréis conocidos, y comprenderéis que vosotros sois los hijos del Padre. Pero si no os conocéis, entonces moráis en la pobreza y esa pobreza sois vosotros». [El subrayado es mío.]

Según el Evangelio de santo Tomás, ese «Jesús viviente» en verdad ofrece acceso a Dios, pero en

lugar de proclamarse el «Hijo de Dios unigénito» (como más tarde insistiría el Evangelio de san Juan en el Nuevo Testamento), revela que «vosotros sois los hijos de Dios». Este evangelio se atribuye a «Tomás el gemelo». En hebreo, el nombre de Tomás significa, literalmente, «gemelo». Así pues, ¿tenía Jesús un hermano gemelo? En lugar de ello me atrevería a pensar que dicha atribución, de significado simbólico, dirige al lector a descubrir que él —o ella— es, verdaderamente, a un nivel muy profundo, «gemelo» de Jesús e igualmente hijo de Dios. Hacia el final del evangelio, Jesús habla directamente a Tomás:

Aquel que bebiere de mi boca se convertirá en lo que yo soy; y yo me convertiré en esa persona y los misterios le serán revelados. [El subrayado es mío.]

Según el Libro de Tomás el Contendiente, otro texto proveniente del mismo descubrimiento, Jesús se

dirige a Tomás —es decir, al lector— con las siguientes palabras:

Desde que se dijo que eras mi gemelo y mi verdadero compañero no es digno de ti que sigas ignorante de ti mismo. Así que mientras me acompañas, aunque todavía no lo entiendas, ya has llegado a saber, y por ello serás llamado «el que se conoce a sí mismo». Porque aquel que no se conoce a sí mismo no conoce nada, pero el que se conoce a sí mismo ya ha entendido lo profundo de todas las cosas.

Mientras los evangelios del Nuevo Testamento hablan de Jesús como de la única puerta hacia la

salvación, el único camino («Yo soy el camino... nadie llega al Padre sino por mí», San Juan 14,6), otro de estos textos, La enseñanza de Silvanus, habla de manera bastante distinta:

Llama en ti mismo como sobre una puerta, y anda en ti mismo como sobre un camino recto. Porque si andas por dicho camino no tendrás pérdida; y cuando llamas en dicha puerta, lo que abres, para ti mismo se abrirá.

Estos antiguos evangelios tienden a señalar más allá de la fe hacia un camino de búsqueda solitaria a

fin de encontrar la comprensión, o gnosis. El Evangelio de santo Tomás reconoce que dicha exploración es frustrante, preocupante y sorprendente a la vez:

Que el que busca no deje de hacerlo hasta que encuentre. Cuando encuentre se preocupará. Cuando se preocupe, se sorprenderá y llegará a trascender todas las cosas.

Este evangelio también avisa de que lo que está en juego es el más profundo bienestar o, de otra

manera, la destrucción de uno mismo:

Y Jesús dijo: «Si haces aparecer lo que está en tu interior, lo que aparezca te salvará. Si no haces aparecer lo que está en tu interior, lo que no aparezca te destruirá».

Aunque los líderes de la Iglesia también acusaron a los cristianos gnósticos de elitismo espiritual y

de solipsismo, las fuentes descubiertas en Nag Hammadi, al igual que fuentes budistas, dirigen al discípulo hacia la amante compasión por los demás. Según el Evangelio de santo Tomás, Jesús dijo: «Ama a tu hermano como a la niña de tus ojos». El Evangelio de Verdad gnóstico exhorta al oyente de la siguiente manera:

Habla de la verdad con aquellos que la busquen, y de conocimiento a aquellos que hayan cometido un pecado en su error. Asegura los pasos de los que hayan tropezado; ofrece descanso a los fatigados, levanta a los que deseen levantarse, y despierta a aquellos que duermen.

Al leer Buda viviente, Cristo viviente, me pregunté: ¿Conocerá Thich Nhat Hanh el Evangelio de

santo Tomás y otras fuentes gnósticas o bien escogió el término «Cristo viviente» —un término más

característico de los textos gnósticos que del Nuevo Testamento— mediante una especie de intuición espiritual? En cualquier caso, aquellos que estén más familiarizados que yo con la tradición budista, y sobre todo los más experimentados en meditación y contemplación, seguramente detectarán —en estas antiguas fuentes cristianas— muchas más concordancias de las que yo he aquí mencionado. El estudio comparado del budismo y del cristianismo primitivo (gnóstico) apenas ha empezado. La publicación de Buda viviente, cristo viviente representa una oportuna ocasión para profundizar en nuestra comprensión.

Elaine Pagels Princeton, New Jersey 23 de junio, 1995

1. PERMANECE CALMO Y SABRÁS LA VIDA RELIGIOSA ES VIDA

Hace veinte años, en una conferencia de teólogos y profesores de religión a la que asistí, un amigo

cristiano de la India dijo a la asamblea: «Vamos a escuchar acerca de las maravillas de varias tradiciones, pero eso no significa que vayamos a hacer una ensalada de frutas». Cuando me llegó el tumo de hablar, dije: «¡La ensalada de frutas puede resultar deliciosa! He compartido la Eucaristía con el padre Daniel Berrigan y nuestro servicio fue posible a causa de los sufrimientos que tanto vietnamitas como norteamericanos compartimos durante muchos años». Algunos de los budistas presentes se sorprendieron al escuchar que había participado en la Eucaristía, y muchos cristianos parecían estar auténticamente horrorizados. Para mí, la vida religiosa es vida. No veo razón alguna para que pasemos toda la vida probando únicamente una clase de fruta. Los seres humanos podemos alimentamos con los mejores valores de muchas tradiciones. El profesor Hans Küng ha dicho: «Hasta que haya paz entre las religiones no podrá haber paz en el

mundo». La gente mata y son matados porque se aferran demasiado a sus propias creencias e ideologías. Cuando creemos que la nuestra es la única fe que contiene la verdad, entonces la violencia y el sufrimiento son el resultado asegurado. El segundo precepto de la Orden del Interser, fundada en la tradición budista zen durante la guerra en Vietnam, trata acerca de abrir los puntos de vista: «No creas que el conocimiento que posees en el presente no está sujeto a cambios, que es la verdad absoluta. Evita ser de miras estrechas y estar aferrado a los puntos de vista presentes. Aprende y practica el no apego a las consideraciones a fin de estar abierto para recibir los puntos de vista de otros». Para mí, ésta es la más esencial práctica de la paz. DIÁLOGO: LA CLAVE PARA LA PAZ

Me he dedicado a trabajar por la paz durante más de treinta años: combatiendo la pobreza, la

ignorancia y la enfermedad; yendo al mar para rescatar a los que huían en embarcaciones; evacuando a los heridos de las zonas de combate; albergando a refugiados; ayudando a niños hambrientos y huérfanos; oponiéndome a las guerras; produciendo y difundiendo escritos sobre la paz; entrenando a voluntarios por la paz y trabajadores sociales y reconstruyendo poblaciones destruidas por las bombas. Gracias a la práctica de la meditación —detención, calma y búsqueda profunda— he sido capaz de alimentar y proteger las fuentes de mi energía espiritual y continuar con esta obra. Durante la guerra de Vietnam, vi a comunistas y anticomunistas matarse y destrozarse mutuamente

porque cada bando creía poseer el monopolio de la verdad. Muchos cristianos y budistas de nuestro país luchaban unos contra otros en lugar de trabajar juntos para detener la guerra. Escribí un folleto titulado Diálogo: la clave para la paz, pero mi voz fue ahogada por las bombas, los morteros y los disparos. Un soldado norteamericano que se hallaba en la parte de atrás de un camión militar escupió en la cabeza de uno de mis discípulos, un joven monje llamado Nhât Trí. El soldado debía pensar que los budistas no valorábamos el esfuerzo de guerra norteamericano o que mi discípulo era un comunista disfrazado. El hermano Nhât Trí se enfadó tanto que pensó en dejar el monasterio y unirse al Frente de Liberación Nacional. Como yo practicaba meditación fui capaz de ver que en la guerra todos somos víctimas y que los soldados norteamericanos que habían sido enviados al Vietnam para bombardear, matar y destruir,

también estaban siendo muertos y mutilados. Recomendé al hermano Nhât Trí que recordase que el soldado norteamericano también era una víctima de la guerra, víctima de un punto de vista equivocado y de una política equivocada, y le conminé a continuar sus trabajos en pro de la paz como monje. Fue capaz de verlo y se convirtió en uno de los monjes más activos de la Escuela budista de jóvenes, dedicada al servicio social. En 1966 llegué a Norteamérica para tratar de ayudar a disolver algunos de los erróneos puntos de

vista que se hallaban en las raíces de la guerra. Me reuní con cientos de personas, tanto individualmente como en pequeños grupos, y también con miembros del Congreso y con el secretario de Defensa, Robert McNamara. La visita fue organizada por la Sociedad por la reconciliación, una organización pacifista ecuménica, y fueron muchos los activistas cristianos que me ayudaron en dichos esfuerzos, entre ellos Martin Luther King, el padre Thomas Merton y el padre Daniel Berrigan. De hecho, ellos fueron los norteamericanos con los que más fácilmente me comuniqué. ENTRAR EN CONTACTO CON JESÚS

Pero mi camino para descubrir en Jesús a uno de mis antepasados espirituales no fue fácil. La

colonización de mi país por parte de los franceses estuvo profundamente relacionada con los esfuerzos de los misioneros cristianos. A finales del siglo xvii, Alexander de Rhodes, uno de los misioneros más activos, escribió en su Cathechismus in Octo Dies Divisus: «Al igual que sucede cuando se tala un árbol maldito y estéril cuyas ramas también caen con él, cuando el siniestro y falso Sakya (Buda) sea vencido, también serán destruidas las idólatras mentiras que proceden de él». Más tarde, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta del presente siglo, el arzobispo católico Ngo Dinh Thuc, en sus esfuerzos por evangelizar Vietnam se apoyó de forma importante en el poder político de su hermano, el presidente Ngo Dinh Diêm. El decreto de 1963 del presidente Diêm por el que se prohibía la celebración del Wesak, la fiesta budista nacional más importante, fue la gota que colmó el vaso. Decenas de miles de budistas laicos y ordenados se manifestaron a favor de la libertad religiosa y todo ello condujo a un golpe de Estado y a la caída del régimen de Diêm. En un ambiente tal de discriminación e injusticia hacia los no cristianos, se me hacía difícil descubrir la belleza de las enseñanzas de Jesús. Fue más tarde, a través de la amistad con hombres y mujeres cristianos que verdaderamente

encamaban el espíritu de comprensión y compasión de Jesús, cuando me fue posible entrar en contacto con las profundidades del cristianismo. Cuando conocí a Martin Luther King, supe que me encontraba en presencia de una persona santa. No sólo sus buenas obras, sino su mismo ser fue una fuente de gran inspiración para mí. Y otros, menos conocidos, me han hecho sentir que Jesús sigue con nosotros. Hebe Kohlbrugge, una hermosa holandesa que salvó las vidas de miles de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, se comprometió de tal manera ayudando a huérfanos vietnamitas y a otros niños necesitados de ayuda durante la guerra, que cuando su gobierno se negó a apoyar su trabajo, les devolvió las medallas de la Segunda Guerra Mundial. El reverendo Heinz Kloppenburg, secretario general de la Asociación alemana por la reconciliación, también apoyó nuestro trabajo humanitario. Era tan amable y abierto que bastaba con que le dijese unas pocas palabras para que lo comprendiese todo perfectamente. Gracias a hombres y mujeres como ellos he sido capaz de entrar en contacto con Jesucristo y su tradición. COMUNICACIÓN REAL

En el altar de mi ermita, en Francia, se encuentran imágenes tanto de Buda como de Jesús, y cada

vez que enciendo incienso las toco, considerándolos mis antepasados espirituales. Puedo hacerlo gracias al conocimiento de esos verdaderos cristianos. Cuando se entra en contacto con alguien que representa

auténticamente una tradición, no sólo se entra en contacto con su tradición, sino también con la propia. Esta cualidad es esencial para el diálogo. Cuando los participantes están dispuestos a aprender unos de otros, el diálogo tiene lugar con sólo estar juntos. Cuando aquellos que representan una tradición espiritual encaman la esencia de su tradición, incluso la forma en que andan y sonríen habla inmensamente sobre dicha tradición. De hecho, en ocasiones resulta más difícil mantener un diálogo con personas de nuestra propia

tradición que con aquellos que pertenecen a otra. La mayoría de nosotros hemos sufrido al sentimos incomprendidos o incluyo traicionados por aquellos que pertenecen a nuestra propia tradición. Pero si los hermanos y hermanas en una misma tradición no pueden entenderse y comunicarse entre ellos, ¿cómo podremos hacerlo con aquellos ajenos a nuestra tradición? Para que el diálogo sea fructífero necesitamos vivir profundamente nuestra propia tradición y, al mismo tiempo, escuchar atentamente a los otros. Mediante la práctica de la búsqueda y la escucha profundas nos hacemos libres y capaces de apreciar la belleza y los valores de nuestra propia tradición y de la de otros. Hace muchos años, reconocí que mediante una mejor comprensión de la propia tradición, también se

desarrolla un mayor respecto, consideración y comprensión hacia los demás. Antes pensaba de forma bastante ingenua, con una especie de prejuicio heredado de mis antepasados. Creía que como Buda había enseñado durante cuarenta y cinco años y Jesús sólo lo había hecho dos o tres, Buda debió ser un maestro más completo. Pensaba así porque no conocía lo suficientemente bien las enseñanzas de Buda. Un día, cuando contaba con treinta y ocho años de edad, Buda conoció al rey Parasenajit de Kosala.

Éste le dijo: «Reverendo, aunque es usted joven la gente le llama “el más grande iluminado”. En nuestro país viven hombres santos de ochenta y noventa años, pero ninguno de ellos proclama ser el más grande iluminado. ¿Cómo puede hacerlo un hombre joven como usted?». Buda replicó: «Majestad, la iluminación no es una cuestión de edad. Una chispa de fuego diminuta

tiene el poder de quemar toda una ciudad. Una pequeña serpiente venenosa puede mataros instantáneamente. Un principito cuenta con el potencial de ser rey. Y un monje joven tiene la capacidad de iluminarse y cambiar el mundo». Podemos aprender acerca de los demás estudiándonos a nosotros mismos. Para que un diálogo entre tradiciones sea profundo, tenemos que ser conscientes de los aspectos

positivos y negativos de nuestra propia tradición. En el budismo, por ejemplo. se han sucedido muchos cismas. Cien años después de la muerte de Buda, la comunidad de sus discípulos se dividió en dos partes; cuatrocientos años después existían veinte escuelas, y desde entonces han aparecido muchas más. Afortunadamente, estas separaciones no fueron, en su mayoría, demasiado dolorosas, y en la actualidad el jardín del budismo está lleno de muchas y hermosas flores, cada escuela representando un intento de mantener vivas las enseñanzas de Buda bajo nuevas circunstancias. Los organismos vivos necesitan cambiar y crecer. Respecto a las diferencias en el interior de nuestra propia Iglesia y viendo cómo dichas diferencias nos enriquecen, estamos más abiertos para poder apreciar la riqueza y diversidad de otras tradiciones. En un verdadero diálogo, ambas partes deben estar dispuestas a cambiar. Tenemos que apreciar que

la verdad puede ser recibida desde el exterior —no sólo desde el interior— de nuestro propio grupo. Si no lo creemos así y entablamos un diálogo, éste será una pérdida de tiempo. Si creemos que monopolizamos la verdad y aun así establecemos un diálogo, éste no será auténtico. Debemos creer que al iniciar un diálogo con la otra persona, tenemos la posibilidad de llevar a cabo un cambio en nuestro interior, que podemos profundizar más. El diálogo no es un método de asimilación en el sentido de que una de las partes se expande e incorpora al otro en su «yo». El diálogo debe practicarse sobre la base del «no yo». Tenemos que permitir que nos transforme lo que es bueno, hermoso y significativo en la tradición del otro. Pero el principio más básico del diálogo ecuménico es que dicho diálogo debe comenzar, en primer

lugar, dentro de uno mismo. Nuestra capacidad de hacer las paces con otra persona y con el mundo depende enormemente de nuestra capacidad de hacer las paces con nosotros mismos. Si estamos a la greña con nuestros padres, familia, sociedad o con nuestra propia Iglesia, con toda

probabilidad hay una guerra desencadenada en nuestro interior, por lo que el camino básico para alcanzar la paz es regresar a nosotros mismos y crear armonía entre los elementos interiores: nuestras sensaciones, percepciones y estados mentales. Por ello es tan importante la práctica de la meditación, de la mirada profunda. Debemos reconocer y aceptar los elementos conflictivos que están en nuestro interior y las causas subyacentes. Todo ello requiere tiempo, pero el esfuerzo siempre fructifica. Cuando alcanzamos la paz interior entonces se hace posible el diálogo con los demás. INTERSER

En los Salmos se dice: «Permanece calmo y conoce que soy Dios». «Permanecer calmo» significa

estar en paz y concentrado. El término budista es samatha (detención, calma, concentración). «Conocer» significa adquirir sabiduría, percepción interior o comprensión. El término budista es vipasyana (percepción interior o mirar profundamente). «Mirar profundamente» significa observar algo o a alguien con tanta concentración que la distinción entre el observador y lo observado desaparece. El resultado es percepción interior de la verdadera naturaleza del objeto. Cuando miramos en el interior del corazón de una flor, vemos nubes, luz del sol, minerales, tiempo y tierra, y todo lo existente en el cosmos en su interior. Sin las nubes, no puede haber lluvia y por lo tanto no habría flor. Sin tiempo, la flor no puede florecer. De hecho, la flor está enteramente constituida por elementos no florales; no cuenta con una existencia independiente e individual. La flor «inter-es» con todo lo demás existente en el universo. Interser es un nuevo término, pero creo que pronto aparecerá en los diccionarios porque es una palabra muy importante. Cuando vemos la naturaleza de interser. se disuelven las barreras entre nosotros y los demás, y la paz, el amor y la comprensión se hacen entonces posibles. Siempre que hay comprensión aparece la compasión. Al igual que una flor está constituida sólo de elementos no florales, el budismo está también

formado por elementos no budistas, incluyendo cristianos, y el cristianismo está a su vez formado por elementos no cristianos, incluidos los budistas. Nuestras raíces, tradiciones y puntos de vista son diferentes, pero compartimos las cualidades comunes del amor, la comprensión y la aceptación. Para que se abra el diálogo entre nosotros, necesitamos abrir nuestros corazones, dejar nuestros prejuicios aparte, escuchar profundamente y representar verdaderamente lo que sabemos y comprendemos. Para hacerlo así, necesitamos una cierta cantidad de fe. En el budismo, la fe significa confianza en las habilidades propias y ajenas para despertar nuestra más profunda capacidad de amor y comprensión. En el cristianismo, la fe significa confianza en Dios, quien representa amor, comprensión, dignidad y verdad. Cuando permanecemos tranquilos, con la mirada profunda, y tocamos la fuente de nuestra verdadera sabiduría, tocamos al Buda viviente y al Cristo viviente en nosotros mismos y en cada una de las personas que encontramos. En este librito trato de compartir algunas de mis experiencias y comprensiones sobre dos de las más

bellas flores del mundo, el budismo y el cristianismo, de manera que como sociedad podamos empezar a disolver nuestra falsas percepciones, trascender nuestros puntos de vista equivocados y vemos de una nueva forma. Si podemos entrar en el siglo xxi con este espíritu de mutua comprensión y aceptación, nuestros hijos y los hijos de éstos saldrán sin duda beneficiados.

2. LA ATENCION VIGILANTE Y EL ESPÍRITU SANTO LA SEMILLA DEL ESPÍRITU SANTO

Hace un año, en Florencia, un sacerdote católico me dijo que estaba interesado en aprender más

acerca del budismo. Le pedí que compartiese conmigo su comprensión del Espíritu Santo y me contestó: «El Espíritu Santo es la energía enviada por Dios». Esta afirmación me hizo feliz. Confirmaba mi impresión de que la mejor manera de aproximarse a la Trinidad era a través de la puerta del Espíritu Santo. En el budismo, nuestro esfuerzo es practicar la atención vigilante en cada momento, saber lo que

sucede en nuestro interior y a nuestro alrededor. Cuando se le preguntó a Buda: «Señor, ¿qué es lo que practican usted y sus monjes?», éste contestó: «Nos sentamos, caminamos y comemos». El interpelador continuó: «Pero todo el mundo se sienta, camina y come», y Buda le dijo: «Cuando nosotros nos sentamos, sabemos que estamos sentados. Cuando caminamos, sabemos que caminamos. Cuando comemos, sabemos que comemos». La mayor parte del tiempo estamos perdidos en el pasado o arrastrados por futuros proyectos y preocupaciones. Cuando estamos atentos, tocando profundamente el momento presente, podemos ver y escuchar con profundidad y los frutos siempre son la comprensión, la aceptación, el amor y el deseo de aliviar el dolor y despertar el gozo. Cuando nuestro hermoso hijo se nos acerca y nos sonríe, estamos totalmente allí para él. Para mí, la atención vigilante se parece mucho al Espíritu Santo. Ambos son agentes de curación.

Cuando se tiene atención vigilante se tiene amor y comprensión, se ve más profundamente y se pueden curar las heridas de la propia mente. Buda fue llamado el Rey de los Sanadores. En la Biblia, cuando alguien toca a Cristo, se siente sanado. No se trata simplemente de tocar un ropaje para que suceda el milagro. Cuando se entra en contacto con la comprensión y el amor, uno se cura. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús como una paloma, penetrando en él profundamente, y Jesús

reveló la manifestación del Espíritu Santo. Jesús sanaba cuanto tocaba. Con el Espíritu Santo en él, su poder como sanador transformó a mucha gente. Todas las escuelas del cristianismo están de acuerdo en ello. A aquel sacerdote le dije que sentía que todos nosotros también teníamos la semilla del Espíritu Santo en nosotros, la capacidad de sanar, transformar y amar. Cuando entramos en contacto con esa semilla, somos capaces de tocar a Dios Padre y a Dios Hijo. EL MOMENTO PRESENTE

Entrar profundamente en contacto es una práctica importante. Entramos en contacto con nuestras

manos, con nuestros ojos, con nuestros oídos y también con nuestra atención vigilante. La primera práctica que aprendí cuando era un monje novicio era inspirar y espirar conscientemente, entrar en contacto con cada respiración mediante mi atención vigilante, identificando la inspiración como inspiración y la espiración como espiración. Cuando se lleva a cabo esta práctica la mente y el cuerpo se alinean, los pensamientos errabundos se detienen y se está en lo mejor de uno mismo. La atención vigilante es la sustancia de un buda. Cuando se penetra profundamente en este momento se percibe la naturaleza de la realidad y esta comprensión libera del sufrimiento y la confusión. De alguna manera aparece la paz: el problema es si sabemos o no entrar en contacto con ella. La respiración consciente es la práctica budista más básica para entrar en contacto con la paz. Me gustaría ofrecerles este corto

ejercicio:

Inspirando tranquilizo mi cuerpo. Espirando sonrío. Morando en el momento presente, sé que éste es un instante maravilloso.

«Inspirando tranquilizo mi cuerpo.» Es como beberse un vaso de agua fresca. Se siente cómo la

frescura permea el cuerpo. Cuando inspiro y recito esta línea experimento cómo mi respiración tranquiliza mi cuerpo y mi mente. En la meditación budista, el cuerpo y la mente se convierten en uno. «Espirando sonrío.» Una sonrisa puede relajar cientos de músculos en el rostro y convertimos en

dueños de nosotros mismos. Siempre que vemos una imagen de Buda aparece sonriendo. Cuando se sonríe con atención vigilante, se comprende lo maravilloso de una sonrisa. «Morando en el momento presente.» Recitemos esta línea al volver a inspirar y no pensemos en

nada más. Sabemos exactamente dónde estamos. Por lo general solemos decir: «Espera a que acabe los

estudios y obtenga mi licenciatura en Filosofía y entonces estaré vivo de verdad». Pero cuando la hemos conseguido, nos decimos: «Tengo que esperar hasta que tenga un trabajo para poder vivir realmente». Después del trabajo, necesitamos un coche, y tras el coche, una casa. No somos capaces de vivir en el momento presente. Siempre posponemos el estar vivos para el futuro, no sabiendo exactamente cuándo llegará. Es posible que no lleguemos a estar realmente vivos en toda nuestra vida. La técnica, si es que podemos hablar de una técnica, es ser en el momento presente, ser conscientes de lo que somos aquí y ahora, de que el único momento para vivir es el momento presente. Cuando espiramos decimos: «Sé que éste es un instante maravilloso». Ser verdaderamente aquí y ahora y gozar del momento presente es nuestra tarea más importante. Incluso podríamos reducir el verso a seis palabras. Al inspirar, podemos decimos: «Tranquilidad»,

y al espirar: «Sonreír». Al inspirar de nuevo: «Momento presente», y según volvemos a espirar: «Instante maravilloso». Practicar de esta forma puede ayudamos a entrar inmediatamente en contacto con la paz. No tenemos que esperar a que cambien las condiciones para estar presentes. El siguiente es otro ejercicio para ayudamos a alcanzar la paz y la serenidad:

Inspirando soy consciente de mi corazón. Espirando sonrío a mi corazón. Hago el voto de comer, beber y trabajar de modo que preserve mi salud y bienestar.

En el instante en que nos hacemos verdaderamente conscientes de nuestro corazón, sentimos una

inmediata liberación y bienestar. Nuestro corazón trabaja día y noche, bombeando miles de litros de sangre para alimentar todas las células de nuestro cuerpo y preservar nuestra paz, y sabemos que si nuestro corazón dejase de latir, moriríamos. Pero aun así no nos preocupamos demasiado por él. Comemos, bebemos y trabajamos de tal manera que nos produce tensión y estrés. Cuando entramos en contacto con nuestro corazón mediante la atención vigilante, vemos claramente que un corazón en buenas condiciones es un elemento de paz y felicidad real y hacemos el voto de vivir de manera que mantenga nuestro corazón en buen estado.

CREAR PAZ

También podemos practicar del mismo modo con nuestros ojos. Los ojos son estupendos, pero

normalmente no los tenemos en cuenta. Cada vez que abrimos los ojos vemos miles de formas y colores maravillosos. Aquellos que son ciegos sienten que si pudiesen recuperar la vista morarían en el paraíso, pero los que gozamos de buena visión apenas nos molestamos en apreciar que ya estamos en el paraíso. Si sólo nos tomásemos un instante para entrar en contacto profundo con nuestros ojos, sentiríamos una paz y alegría verdaderas. Al entrar en contacto con cada parte de nuestro cuerpo mediante la atención vigilante estamos

creando paz en el interior del cuerpo, y lo mismo podemos hacer con los sentimientos. En nuestro interior existen muchas sensaciones e ideas conflictivas, y es importante que miremos profundamente y sepamos qué es lo que ocurre. Cuando existen guerras en nuestro interior no pasa mucho tiempo antes de que estemos a la greña con los demás, incluso con aquellos a los que amamos. La violencia, el odio, la discriminación y el miedo en lu sociedad alimentan las semillas de la violencia, el odio, la discriminación y el miedo en nosotros. Si nos retiramos a nosotros mismos y entramos en contacto con nuestros sentimientos, podremos ver las formas y maneras en las que suministramos combustible para las guerras y conflictos interiores. La meditación es una herramienta —la primera entre todas— para inspeccionar nuestro propio territorio, de manera que podamos observar lo que sucede. Con la energía que proporciona la atención vigilante podemos lograr que las cosas se calmen, comprenderlas y proporcionar armonía a los elementos conflictivos en nuestro interior. Si podemos aprender la manera de entrar en contacto con la paz, el gozo y la felicidad que ya están ahí, seremos más saludables y fuertes, a la vez que nos convertiremos en una ayuda para los demás. ESTOY AHÍ PARA TI

El más preciado don que podemos ofrecer a los demás es nuestra presencia. Cuando nuestra

atención vigilante abarca a aquellos a los que amamos, éstos florecen como flores. Si amas a alguien pero raramente estás disponible para él o ella, entonces eso no es amor verdadero. Cuando tu ser amado sufre, necesitas reconocer su sufrimiento, ansiedad y preocupaciones, y con sólo hacerlo así ya estarás ofreciendo algo de alivio. La atención vigilante libera del sufrimiento porque está llena de comprensión y compasión. Cuando estás realmente ahí, mostrando tu cariño y comprensión, la energía del Espíritu Santo está en ti. Por eso le dije a aquel sacerdote de Florencia que la atención vigilante se parece mucho al Espíritu Santo. Ambos nos ayudan a entrar en contacto con la dimensión esencial de la realidad. La atención vigilante nos ayuda a entrar en contacto con el nirvana, y el Espíritu Santo nos ofrece una puerta hacia la Santísima Trinidad. LA LUZ QUE ILUMINA

Cuando san Juan Bautista ayudó a Jesús a entrar en contacto con el Espíritu Santo, los Cielos se

abrieron y el Espíritu Santo descendió como una paloma penetrando en la persona de Jesús, que se retiró al desierto y practicó durante cuarenta días para fortalecer al Espíritu que moraba en él. Cuando la atención vigilante nace en nosotros, necesitamos continuar practicando si queremos que tome solidez. Escuchando realmente cantar a un pájaro o mirando de verdad un cielo azul, entramos en contacto con la semilla del Espíritu Santo en nuestro interior. Los niños tienen escasa dificultad para reconocer la presencia del Espíritu Santo. Jesús dijo que a fin de entrar en el Reino de los Cielos, debemos ser como

un niño. Cuando la energía del Espíritu Santo está en nosotros, estamos verdaderamente vivos, somos capaces de comprender el sufrimiento de los demás y nos sentimos motivados por el deseo de ayudar a transformar la situación. Cuando la energía del Espíritu Santo está presente, Dios Padre y Dios Hijo están ahí. Por eso le dije al sacerdote que entrar en contacto con el Espíritu Santo parecía ser la manera más acertada de aproximarse a la Trinidad. Discutir acerca de Dios no es la mejor manera de utilizar nuestra energía. Si entramos en contacto

con el Espíritu Santo, entramos en contacto con Dios, no como un concepto, sino como una realidad viva. En el budismo nunca hablamos del nirvana, porque nirvana significa la extinción de toda noción, concepto y palabra. Practicamos la atención vigilante en nosotros mismos mediante la meditación sentados, la meditación andando, comiendo con atención vigilante y demás. Observamos y aprendemos a conducir nuestro cuerpo, respiración, sensaciones, estados mentales y consciencia. Al vivir con total atención, iluminando con la luz de nuestra consciencia todo lo que hacemos, entramos en contacto con Buda y aumenta nuestra atención vigilante. NUESTRO VERDADERO HOGAR

La palabra «buda» proviene de la raíz buddh, que significa despertar. Un buda es alguien que está

despierto. Cuando los budistas se saludan entre sí, unimos nuestras manos como una flor de loto, inspiramos y espiramos con atención vigilante y, en silencio, decimos: «Un loto para ti, un Buda en potencia». Esta clase de saludo da como fruto dos Budas al mismo tiempo. Reconocemos las semillas del despertar, la budeidad, que están en el interior de la otra persona, sea cual fuere su edad o posición. Y practicamos la respiración consciente para entrar en contacto con la semilla de budeidad en nuestro propio interior. En ocasiones podemos entrar en contacto con el Espíritu Santo o la budeidad cuando estamos solos, pero es más fácil practicar en una comunidad. Una noche, en Florencia, di una charla en la iglesia del sacerdote a la que acudieron más de mil personas. Allí existía un sentimiento real de mutua comprensión y comunidad. Pocos meses después, tras asistir a un retiro en Plum Village, la comunidad de practicantes (sangha)

en la que vivo en Francia, un sacerdote católico norteamericano me preguntó: —Thây, veo el valor de la práctica de la atención vigilante. He experimentado el gozo, la paz y la

felicidad que conlleva. He disfrutado de las campanas, del caminar, de la meditación del té y de las comidas en silencio. Pero ¿cómo puedo continuar practicando cuando regrese a mi iglesia? —¿Hay una campana en su iglesia? —le pregunté. —Sí —respondió. —¿Toca usted la campana? —Sí. —Entonces, por favor, utilice su campana como una campana de atención vigilante, llamándose de

regreso a su verdadero hogar. Cuando era un joven monje en Vietnam, cada templo situado en un poblado contaba con una gran

campana, como las de las iglesias cristianas en Europa y América. Siempre que se invitaba a la campana a sonar (en los círculos budistas nunca decimos «golpear» una campana), todos los aldeanos detenían sus actividades durante unos instantes para inspirar y espirar con atención vigilante. En Plum Village, cada vez que escuchamos la campana hacemos lo mismo. Regresamos a nosotros mismos y disfrutamos de nuestra respiración. Al inspirar decimos, en silencio: «Escucha, escucha», y al espirar: «Este maravilloso sonido me devuelve a mi verdadero hogar». Nuestro verdadero hogar está en el momento presente. El milagro no es caminar sobre las aguas. El

milagro es caminar sobre la verde tierra en el momento presente. La paz está a nuestro alrededor —en el

mundo y en la naturaleza—, y en nuestro interior, en nuestros cuerpos y espíritus. Una vez que aprendamos a entrar en contacto con esta paz, seremos sanados y transformados. No es una cuestión de fe; es una cuestión de práctica. Sólo necesitamos incorporar nuestro cuerpo y mente al momento presente y tocaremos lo que es refrescante, curativo y maravilloso. —¿Comparte de vez en cuando una comida en su iglesia? ¿Toma té con galletas? —pregunté al

sacerdote. —Sí. —Pues por favor, hágalo con atención vigilante. Si lo hace de esta manera no habrá ningún

problema. Cuando la atención vigilante está en usted, el Espíritu Santo también lo está, y sus amigos lo verán, no por lo que usted diga, sino en todo su ser.

3. LA PRIMERA CENA SER AGRADECIDO

Durante una conferencia sobre religión y paz, un pastor protestante se me acercó hacia el final de

una de nuestras comidas comunitarias y me dijo: —¿Es usted una persona agradecida? Me sorprendió. Mientras comía lentamente pensé para mí mismo que sí, que era una persona

agradecida. El pastor continuó: —Si es usted realmente agradecido, ¿cómo puede no creer en Dios? Dios ha creado todo lo que

disfrutamos, incluyendo los alimentos que comemos. Como usted no cree en Dios tampoco está agradecido por nada. En mi interior pensé que yo era alguien extremadamente agradecido por todo. Cada vez que toco

alimentos, siempre que veo una flor, cuando respiro aire puro, siempre me siento agradecido. ¿Por qué dijo que no lo era? Recordé este incidente al cabo de muchos años, cuando propuse a amigos de Plum Village que celebrásemos un Día de Acción de Gracias budista todos los años. En ese día practicamos auténtica gratitud, dándoles las gracias por todo a nuestras madres, padres, antepasados, amigos y a todos los seres. Si se encuentra con ese pastor protestante espero que le explique que no somos desagradecidos. Nos sentimos profundamente agradecidos hacia todo el mundo y por todo. Cada vez que comemos, nuestra práctica es la gratitud. Nos sentimos agradecidos por estar juntos

como una comunidad. Nos sentimos agradecidos por contar con alimentos que comer y disfrutamos realmente de la comida y de la presencia de cada uno de nosotros. Nos sentimos agradecidos a lo largo de la comida y del día y lo expresamos siendo completamente conscientes de la comida y viviendo profundamente cada instante. Así es como trato de expresar mi gratitud hacia todo en la vida. MIRAR EN NUESTRA COMIDA

Comer con atención vigilante es una práctica importante que alimenta la conciencia en nosotros. Los

niños son muy diestros practicando con nosotros. En los monasterios budistas, tomamos nuestros alimentos en silencio para que sea más fácil dedicar nuestra más completa atención a la comida y a los demás miembros de la comunidad presentes. Y masticamos cada bocado al menos treinta veces para que nos ayude a entrar realmente en contacto con él. Comer de esta manera es muy beneficioso para la digestión. Antes de cada comida, un monje o una monja recita las Cinco Contemplaciones: «Estos alimentos

son el don del universo entero: de la tierra, del cielo y de mucho y duro trabajo. Que vivamos de manera que seamos merecedores de esos alimentos. Que transformemos nuestros torpes estados mentales, sobre todo el de la codicia. Que comamos sólo los alimentos que nos nutran y prevengan las enferme —dades. Que aceptemos estos alimentos para la realización del camino de comprensión y amor». A continuación podemos mirar la comida profundamente, de manera que se convierta en algo real.

Contemplar con atención vigilante los alimentos antes de comerlos puede ser una auténtica fuente de felicidad. Cada vez que tomo un cuenco de arroz sé lo afortunado que soy. Sé que cuarenta mil niños mueren diariamente por falta de alimentos y que muchas personas están solas, sin familia ni amigos. Los

visualizo y siento una profunda compasión. No se necesita estar en un monasterio para realizar esta práctica. Se puede practicar en casa, en la mesa del comedor. Comer con atención vigilante es una maravillosa forma de alimentar la compasión y nos alienta a hacer algo para ayudar a aquellos que están hambrientos y solos. No hay que tener miedo a comer sin tener la televisión, la radio, el periódico o una complicada conversación que nos distraigan. De hecho, estar totalmente presente con nuestros alimentos resulta maravilloso y alegre. VIVIR EN PRESENCIA DE DIOS

En la tradición judía se enfatiza mucho la sacralidad de las comidas. Se cocina, prepara la mesa y se

come en presencia de Dios. «Piedad» es una palabra importante en el judaismo, porque todo en la vida es un reflejo de Dios, la fuente infinita de santidad. El mundo entero, todo lo bueno de la vida, pertenece a Dios, así que cuando se disfruta de algo, se piensa en Dios y se disfruta de ello en su presencia. Es algo muy próximo a la apreciación budista de interser e interpenetración. Cuando te despiertas te haces consciente de que Dios creó el mundo. Cuando se ven los rayos de la luz del sol penetrar por la ventana se reconoce la presencia de Dios. Cuando uno se levanta y los pies tocan el suelo, se sabe que la tierra pertenece a Dios. Cuando nos lavamos la cara, se sabe que el agua es Dios. La piedad es el reconocimiento de que todo está vinculado a la presencia de Dios en cada instante. El Seder de la Pascua judía, por ejemplo, es una comida ritual que celebra la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto y su viaje hacia el hogar. Durante la comida, algunas verduras y hierbas, la sal y otros condimentos ayudan a entrar en contacto con lo que sucedió en el pasado, con lo que era nuestro sufrimiento y nuestra esperanza. Ésta es una práctica de atención vigilante. EL PAN QUE COMEMOS ES EL UNIVERSO ENTERO

El cristianismo es una especie de continuación del judaismo, al igual que el Islam. Todas las ramas

pertenecen al mismo árbol. En el cristianismo, cuando celebramos la Eucaristía, compartiendo el pan y el vino como el cuerpo de Dios, lo hacemos en el mismo espíritu de piedad, de atención vigilante, conscientes de que estamos vivos, disfrutando de morar en el momento presente. El mensaje de Jesús durante el Seder, que se conoce como la Última Cena, era muy claro. Sus discípulos le habían seguido y habían tenido la oportunidad de mirar en sus ojos y verle en persona, pero parece que todavía no habían entrado en contacto real con la maravillosa realidad de su ser. Así que Jesús partió el pan y sirvió el vino, y dijo: «Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre. Bebed y comed de ellos y gozaréis de la vida eterna». Era una forma drástica de despertar a sus discípulos del olvido. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos a muchas personas en las que no parece morar el

Espíritu Santo. Parecen muertos, como si fuesen por ahí arrastrando un cadáver, su propio cuerpo. La práctica de la

Eucaristía ayuda a resucitar a esas personas de manera que puedan tocar el Reino de la Vida. En la iglesia, la Eucaristía se recibe en cada misa. Representantes de la Iglesia leen el pasaje bíblico sobre la Última Cena de Jesús con sus doce discípulos y se comparte una clase especial de pan llamado Hostia. Todos los asistentes comen de ella a fin de recibir la vida de Cristo en su propio cuerpo. Cuando un sacerdote lleva a cabo el rito eucarístico, su papel es el de insuflar vida a la comunidad. El milagro sucede no porque haya dicho correctamente las palabras, sino porque comemos y bebemos con atención vigilante. La Sagrada Comunión es una potente campana de atención vigilante. Bebemos y comemos todo el tiempo, pero generalmente sólo ingerimos nuestras ideas, proyectos, preocupaciones y ansiedad. Realmente no comemos nuestro pan o bebemos nuestra bebida. Si nos permitimos entrar en contacto

profundo con nuestro pan, renaceremos, porque nuestro pan es la vida misma. Comiéndolo con profundidad, tocamos el sol, las nubes, la tierra y todo el universo. Entramos en contacto con la vida y con el Reino de Dios. Cuando le pregunté al cardenal Jean Daniélou si la Eucaristía podía ser descrita de esta manera, me respondió que sí. EL CUERPO DE LA REALIDAD

Resulta irónico que cuando en la actualidad se dice una misa, muchos de los congregados no acuden

a la llamada de atención vigilante. Han oído tantas veces las palabras que se sienten un tanto distraídos. Eso es exactamente lo que Jesús trató de superar cuando dijo: «Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre». Cuando estamos ahí de verdad, morando profundamente en el momento presente, podemos ver que el pan y el vino son realmente el cuerpo y la sangre de Cristo y que las palabras del sacerdote son verdaderamente las palabras del Señor. El cuerpo de Cristo es el cuerpo de Dios, el cuerpo de la realidad esencial, el terreno de toda existencia. No tenemos que buscarlo en ninguna otra parte. Reside en lo profundo de nuestro ser. El rito eucarístico nos anima a ser plenamente conscientes de que podemos entrar en contacto con el cuerpo de realidad en nosotros. Pan y vino no son símbolos. Contienen la realidad, al igual que nosotros. TODO ES FRESCO Y NUEVO

Cuando se reúnen budistas y cristianos, deberíamos compartir una comida con atención vigilante

como una profunda práctica de Comunión. Cuando tomamos un trozo de pan, lo podemos hacer con atención vigilante, con Espíritu. El pan, la Hostia, se convierte en el objeto de nuestro profundo amor y concentración. Si nuestra concentración no es lo suficientemente fuerte, podemos intentarlo pronunciando su nombre en silencio, «pan», de la misma manera que llamaríamos a una persona amada. Cuando lo hacemos así, el pan se nos revela en su totalidad y nos lo podemos llevar a la boca, masticarlo con consciencia real, sin masticar nada más, como pudieran ser nuestros pensamientos, temores, o incluso nuestras aspiraciones. Ésa es la Sagrada Comunión, vivir en la fe. Cuando llevamos esto a la práctica, cada comida se convierte en la Última Cena. De hecho, podríamos llamarla la Primera Cena, porque todo es fresco y nuevo. Cuando comemos juntos de este modo, los alimentos y la comunidades de practicantes son los

objetos de nuestra atención vigilante. Es a través de los alimentos y de cada uno como se hace presente lo esencial. Comer un pedazo de pan o un cuenco de arroz con atención vigilante y ver que cada bocado es un don del universo entero es vivir profundamente. No necesitamos distraemos de la comida, ni siquiera escuchando las escrituras o las vidas de los bodhisattvas o santos. Cuando la atención vigilante está presente, Buda y el Espíritu Santo ya están ahí.

4. BUDA VIVIENTE, CRISTO VIVIENTE SU VIDA ES SU ENSEÑANZA

Existe una ciencia llamada Budología, el estudio de la vida de Buda. Como persona histórica, Buda

nació en Kapilavastu, cerca de la actual frontera entre India y Nepal; se casó, tuvo un hijo, abandonó su casa, practicó muchos tipos de meditación, se iluminó y compartió la enseñanza hasta que murió a la edad de ochenta años. Pero también está el Buda de nuestro interior que trasciende tiempo y espacio. Ése es el Buda viviente, el Buda de la realidad esencial, el que trasciende todas las ideas y nociones y que nos es asequible a todas horas. El Buda viviente no nació en Kapilavastu ni tampoco murió en Kushinagar. La Cristología es el estudio de la vida de Cristo. Cuando hablamos sobre Cristo, también debemos

saber si nos referimos al Jesús histórico o al Jesús viviente. El Jesús histórico nació en Belén, hijo de un carpintero, viajó lejos de su tierra, se convirtió en maestro y fue crucificado a los treinta y tres años. El Jesús viviente es el hijo de Dios que resucitó y que continúa vivo. En el cristianismo hay que creer en la resurrección o no se es considerado cristiano. Temo que este criterio desanime a algunas personas para mirar en la vida de Jesús. Es una pena, porque podemos apreciar a Jesucristo como puerta de entrada histórica y como puerta de entrada esencial. Cuando miramos y entramos profundamente en contacto con la vida y la enseñanza de Jesús,

podemos penetrar la realidad de Dios. Amor, comprensión, valor y aceptación son expresiones de la vida de Jesús. Dios se nos dio a conocer a través de Jesucristo. Con el Espíritu Santo y el Reino de Dios en su interior, Jesús llegó a la gente de su tiempo. Habló con prostitutas y recaudadores de impuestos y tuvo el valor de hacer lo que era necesario para sanar a su sociedad. Como hijo de María y José, Jesús es el Hijo de la Mujer y del Hombre. Como alguien animado por la energía del Espíritu Santo, es el Hijo de Dios. El hecho de que Jesús sea tanto el Hijo del hombre como el Hijo de Dios no resulta difícil de aceptar por parte de un budista. Podemos ver la naturaleza de la no dualidad en Dios Hijo y en Dios Padre, porque sin Dios Padre en su interior, el Hijo nunca podría ser. Pero en el cristianismo, Jesús es normalmente considerado con el único Hijo de Dios. Creo que es importante mirar profundamente en cada acto y en cada enseñanza de Jesús durante su vida y utilizarlo como modelo en nuestra propia práctica. Jesús vivió exactamente como enseñó, así que estudiar la vida de Jesús resulta fundamental para comprender su enseñanza. Para mí, la vida de Jesús es su enseñanza más básica, más importante incluso que la fe en la resurrección o la fe en la eternidad. EL BUDA ES ATENCIÓN VIGILANTE

Buda fue un ser humano que despertó y, por lo tanto, no siguió preso de las muchas aflicciones de la

vida. Pero cuando algunos budistas dicen que creen en Buda, están expresando su le en los maravillosos budas universales, no en la enseñanza o en la vida del Buda histórico. Creen en la magnificencia de Buda y sienten que eso es suficiente. Pero los ejemplos de las vidas reales de Buda y de Jesús son muy importantes, porque como seres humanos, vivieron de una forma en la que nosotros también podemos vivir. Cuando leemos: «Los cielos se abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de

paloma», podemos ver que Jesucristo ya estaba iluminado. Estaba en contacto con la realidad de la vida, con la fuente de la atención vigilante, la sabiduría y la comprensión de su interior, y eso le hacía diferente

de otros seres humanos. Cuando nació en la familia de un carpintero, era el Hijo del hombre. Cuando abrió su corazón, las puertas del Cielo se abrieron para él. El Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma y Jesús se manifestó como el Hijo de Dios, muy santo, muy profundo y muy grande. Pero el Espíritu Santo no es sólo para Jesús, es para todos nosotros. Desde la perspectiva budista, ¿quién no es el hijo o la hija de Dios? Sentado bajo el árbol del Bodhi, muchas maravillosas y santas semillas florecieron en el interior de Buda. Era humano, pero, al mismo tiempo, se convirtió en una expresión del más elevado espíritu de humanidad. Cuando estamos en contacto con el más elevado espíritu en nosotros mismos, también somos budas, colmados por el Espíritu Santo, y nos hacemos muy tolerantes, muy abiertos, muy profundos y muy comprensivos. MÁS CAMINOS PARA LAS FUTURAS GENERACIONES

San Mateo describe el Reino de Dios como una diminuta semilla de mostaza. Significa que la

semilla del Reino de Dios está en nuestro interior. Si sabemos cómo plantar esa semilla en el terreno húmedo de nuestras vidas cotidianas, crecerá y se convertirá en un gran arbusto en el que se refugiarán numerosas aves. No tenemos que morir para alcanzar las puertas del Cielo. De hecho, tenemos que estar verdaderamente vivos. La práctica es entrar profundamente en contacto con la vida de manera que el Reino de Dios se transforme en una realidad. No es una cuestión de devoción, es una cuestión de práctica. El Reino de Dios es accesible aquí y ahora. Son muchos los pasajes de los evangelios que así lo afirman. En el Padrenuestro puede leerse que nosotros no vamos al Reino de Dios, sino que el Reino de Dios viene a nosotros: «Venga a nosotros tu Reino...». Jesús dijo: «Yo soy el camino». Se describió a sí mismo como el camino de la salvación y la vida eterna, el camino hacia el Reino de Dios. Como el Hijo de Dios es la energía del Espíritu Santo, él es el camino que debemos utilizar para entrar en el Reino de Dios. A Buda también se le describe como una entrada, como un maestro que nos muestra el camino en

esta vida. En el budismo es profundamente apreciada una entrada tan especial porque nos permite penetrar en el reino de la atención vigilante, el amor, la paz y el gozo. Pero se ha dicho que existen 84.000 entradas al Dharma, entradas de enseñanza. Si se tiene la suerte de encontrar una entrada no resultaría muy budista decir que ésa es la única. De hecho, debemos incluso abrir más entradas para las futuras generaciones. No debemos tener miedo de que aparezcan más entradas al Dharma; si hay que temer algo debería ser de que no se abriesen más. Sería una pena para nuestros hijos y los hijos de éstos si estuviésemos satisfechos con las 84.000 ya existentes. Cada uno de nosotros, mediante nuestra práctica y nuestra bondad, deberíamos ser capaces de abrir nuevas entradas al Dharma. La sociedad está cambiando, las personas también cambian, las condiciones económicas y políticas no son las mismas que imperaban en tiempos de Buda o de Jesús. Buda confía en nosotros para el desarrollo del Dharma como un organismo vivo, no como un Dharma rancio, sino de un Dharmakaya real, un verdadero «cuerpo de enseñanza». LA MADRE DE TODOS LOS BUDAS

Buda dijo que su cuerpo del Dharma era más importante que su cuerpo físico. Quería decir que

debemos practicar el Dharma a fin de hacer que el nirvana sea accesible aquí y ahora. El Dharma viviente no es una biblioteca de escrituras o grabaciones de inspiradas charlas. El Dharma viviente es atención vigilante, manifestada en la vida diaria de Buda y también en nuestra vida de cotidiana. Cuando os veo caminar con atención vigilante entro en contacto con la paz, la alegría y la profunda presencia de vuestro ser. Cuando cuidáis de vuestras hermanas y hermanos, reconozco el Dharma viviente en vosotros.

Si se permanece en la atención vigilante, el Dharmakaya resulta fácil de percibir. Buda describió la semilla de la atención vigilante que reside en cada uno de nosotros como la

«matriz del buda» (tathagatagarbha). Todos somos madres del buda porque todos estamos embarazados con el potencial para despertar. Si sabemos cómo cuidar de nuestro pequeño buda mediante la práctica de la atención vigilante en nuestras vidas diarias, un día, el Iluminado se nos revelará. Los budistas consideran a Buda como un maestro y un hermano, no como un dios. Todos somos hermanos y hermanas dhármicos de Buda. También decimos que la Prajñaparamita (perfección de la sabiduría) es la madre de todos los budas. Históricamente, en el protestantismo, el lado femenino de Dios ha sido minimizado y Dios Padre enfatizado, pero en el catolicismo existe una gran devoción por María, la Madre de Dios. De hecho, «padre» y «madre» son dos aspectos de la misma realidad. Padre expresa más la vertiente de sabiduría o comprensión, y madre la de amor y compasión. En el budismo, la comprensión (prajña) es esencial para el amor (maitri). Sin sabiduría no puede existir el verdadero amor, y sin amor no puede haber verdadera sabiduría. LA HIJA DE DIOS

Se dice que Buda tiene diez epítetos, cada uno de ellos describiendo una cualidad auspiciosa. El

primero, tathagata, significa «el que llega a nosotros mediante el recto sendero», «el que llega desde la maravillosa realidad de la vida y regresará a esa maravillosa realidad», y «el que ha llegado desde la talidad, permanece en la talidad y regresará a la talidad». «Talidad» es un término budista que apunta hacia la verdadera naturaleza de las cosas, o realidad esencial. Es la sustancia de ser, como el agua es la sustancia de las olas. Al igual que Buda, también nosotros provenimos de la talidad, permanecemos en la talidad y regresaremos a la talidad. Hemos venido de ninguna parte y no tenemos que ir a parte alguna. Un sutra budista nos explica que cuando las condiciones son las adecuadas, vemos formas, y cuando

no lo son, no las vemos. Cuando todas las condiciones se cumplen, podemos percibir los fenómenos, y de esa manera nos son revelados como existentes. Pero cuando falta una de dichas condiciones, no podemos percibir el mismo fenómeno, al no sernos revelado, por lo que decimos que no existe. Pero no es así. En abril, por ejemplo, no podemos ver girasoles en los alrededores de Plum Village, nuestra comunidad en el sudoeste de Francia, por lo que podríamos decir que no existen. Pero los granjeros locales ya han plantado miles de semillas, y cuando miran a las colinas peladas ya ven girasoles. Los girasoles están allí. Sólo carecen de las condiciones de sol, calor, lluvia y el mes de julio. El que no podamos verlos no significa que no existan. De la misma manera decimos que el Tathagata no viene de ninguna parte y no irá a ninguna parte. Viene de la realidad esencial y regresará a la realidad esencial, libre del tiempo y del espacio. Si caminamos por los campos cercanos a Plum Village en abril y les preguntamos que nos revelen la dimensión esencial de la realidad, el Reino de Dios, los campos aparecerán repentinamente cubiertos de hermosos y dorados girasoles. Cuando san Francisco miró profundamente a un almendro en invierno y le pidió que le hablase de Dios, el árbol apareció inmediatamente cubierto de flores. El segundo epíteto de Buda es arhat, «alguien merecedor de nuestro respeto y ayuda». El tercero es

samyaksambuddha, «alguien que está perfectamente iluminado». El cuarto es vidyacaranasampana, «alguien que está dotado de comprensión y conducta». El quinto es sugata, «alguien que ha recorrido felizmente el camino». El sexto es lokavidu, «alguien que conoce bien el mundo». El séptimo es anuttarapurusadamyasarathi, «el insuperable conductor de aquellos que son adiestrados y enseñados». El octavo es sastadevamanusyanam, «el maestro de dioses y humanos». El noveno es buddha, «el iluminado». El décimo es bhagavat, «el excelso». Cada vez que tomamos refugio en Buda, lo hacemos en alguien que cuenta con esos diez atributos, que están en el núcleo de la naturaleza humana. Siddhartha no es el único buda. Todos los seres de los reinos animal, vegetal y mineral son potenciales budas. Todos nosotros contenemos esas diez cualidades de un buda en el núcleo de nuestro ser. Si podemos llegar a

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