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pagine testo date dalla professoressa
Tipologia: Dispense
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Los publicó Max Aub, por primera vez, en México D.F., en 1957, arguyendo en el prólogo (Confesión) que se trataba de «material de primera mano», confesiones recogidas a asesinos de Francia, España y México: «Todos desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevó al crimen, sin otro que dejarse arrastrar por su sentimiento». Sigue diciendo Aub que los mejores testimonios los extrajo de los cuerdos, y que los locos, en contra de lo previsto, le resultaron
ePub r1. ifilzm 29.03.
Título original: Crímenes ejemplares Max Aub, 1957 Retoque de portada: ifilzm
Editor digital: ifilzm ePub base r1.
No hay tantos crímenes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos. Pero el hombre —como es sabido— es bueno, por ser natural, y no se atreve a tanto. De las reacciones de los mis difuntos nada digo, por ignorancia. Me bastaron —como autor— las de sus asesinos. —¡Ojalá se muriera! —se dice de fulano en un momento preciso por distintos motivos. De ahí que el título tenga, en cuanto al adjetivo, antecedentes que suenan al oído menos pintado, y referente al
sustantivo, el de mi primer drama, escrito a los dieciocho años. Mi mala, sangre por ahí se revela. Otros antecedentes, aunque plantados al trebolillo, gozan de cierta unidad: Quevedo, Gracián, Goya, Gómez de la Serna. Disparates hicieron los dos últimos. Reconozco la superioridad literaria del pintor. De los Disparates a los Desastres de la guerra no hay gran distancia. Las cosas han cambiado algo desde mi primer Crimen , pero ni aquel dramoncillo ni este libelo tienen que ver con la política y sí, tal vez, con la poesía; con lo que me refuto, habiendo asegurado tantas veces que tienen raíz
He aquí material de primera mano. Pasó de la boca al papel rozando el oído. Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato. Recogidas en España, en Francia y en México, a través de más de veinte años, no iba — ahora— a aderezarlas: razón de su vulgaridad. Hiciéronlas intentando, sin duda, ponerse a bien con Dios, huyendo del pecado. Los hombres son como los hicieron y querer hacerlos responsables de lo que, de pronto, les empuja a salirse de sí es orgullo que no comparto.
Los años me han abierto a la comprensión. Desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevó al crimen, sin otro que dejarse arrastrar por su sentimiento. Ingenuamente dicen —a mi ver— verdades. Por otra parte, se parecen. ¿A quién extrañará? Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que un dinamarqués, un noruego o un guatemalteco. No digo que un norteamericano o un ruso, por no herir fuertes susceptibilidades. No hacen alarde, se quedan en lo que son. Se dan a conocer con llaneza. Reconozco que, para hacerles hablar
sus faltas. ¿Quién no levanta sus ojos a Dios? Esto que sigue no es sino murmullo —pedestre, pero murmullo. Murmullo de agua sobre musgo— como dijo, en francés cantarín, un empedernido pecador, con música adentro… Posiblemente, como casi todo, no debí publicarlo. ¿Qué añado? Nada. Y si no se añade algo a la historia, nada vale. El hombre de nuestro tiempo sólo considera fracasos. El último gran mito cae ya, no de viejo, sino por potente. La grandeza humana sólo se mide por lo que pudo ser. No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad;
vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores. En su submundo estos humildes criminales se explican aquí sin saber siquiera cómo; pero no creo que den lástima. En eso son tan mediocres como nosotros, que no nos atrevemos a gritar en el enorme proceso de nuestro tiempo. Aceptamos lo que nos imponen con voluntad deliberada, no discrepamos, todos conformes. ¿Cómo ganarle a la fortuna con la sola mano? Empleo, evidentemente, un tono absurdo para presentar estos ejemplos. Me falta aliento para hacerlo a la pata la llana, que la retórica tiene eso de bueno:
México, 1956.
P. D. En contra de lo que se pueda suponer, sólo dos confesiones vienen de boca de alienados. En general, los locos fueron decepcionantes. No están ordenados los textos ni por asuntos ni por países, aunque, a veces, para facilidad del lector, se dan en serie. Siempre que pude evité así la monotonía, que es otro crimen. Añado bastantes, otros quedan perdidos en cien libretas que no son de hojear con detenimiento, sería no más perder tanto tiempo para tampoco (1968) [1].
—NO LO HICE adrede. Yo tampoco. Es todo lo que se le ocurrió repetir a aquella imbécil, frente al jarro, hecho añicos. ¡Y era el de mi santa madre, que en gloria esté! La hice pedazos. Lo juro que no que no pensé, un momento siquiera, en la ley del Talión. Fue más fuerte que yo. § LO MATÉ porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decía era una gran mentira. §
quede rastro de creyentes tan miserables! Emponzoñan el aire. Los que temen morir no merecen vivir. Los que temen a la muerte no tienen fe. ¡Que aprendan, de una vez, que existe el otro mundo! ¡Sólo Alá es grande! § SE MONDABA los dientes como si no supiese hacer otra cosa. Dejaba el palillo al lado del plato para, tan pronto como dejaba de masticar, volver al hurgo. Horas y horas, de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de adelante para atrás, de atrás para adelante. Levantándose el labio superior,
leporinándose, enseñando sus incisivos —uno tras otro— amarillentos; bajándose el inferior hasta la encía carcomida: hasta que le sangró; un poco nada más. Le transformé la biznaga en bayoneta, clavándosela hasta los nudillos. Se atragantó hasta el juicio final. No temo verle entonces la cara. Lo gorrino quita lo valiente. § SOY PELUQUERO. Es cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy buen peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mí me molestan los granos.