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La ternura del dragón, Sintesi del corso di Lingua Spagnola

riassunto La ternura del dragón per esame orale spagnolo 2

Tipologia: Sintesi del corso

2022/2023

In vendita dal 27/04/2023

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La ternura del dragón
AUTORE: Ignacio Martínez de Pisón!
ANNO DI PUBBLICAZIONE: 1984!
GENERE: narrativa!
TRAMA: Por culpa de una seria enfermedad, Miguel se ve obligado a pasar una temporada
reposando en casa de sus abuelos. Durante ese período ha de aprender a instalarse en el
mundo que le rodea, un mundo de adultos en el que Miguel cree entrar como quien entra en
una novela. Y según pasa el tiempo, según gana edad, Miguel va a ir aclarando aquello que
esconden los mayores…!
1 Entrar en casa de sus abuelos fue para Miguel lo mismo que entrar en una novela,
porque sólo en una novela era imaginable encontrar aquel mundo magnífico. La oscuridad
antigua y enigmática de la antesala aparecía atravesada por un haz soberbio de luz. Su
abuela le da la bienvenida, era una mujer menuda y frágil como una figurita de porcelana. La
última vez que le vi aún no sabía hablar. Le tomó la mano y le acompañó a su habitación,
tenía que estar en la cama. Miguel miraba las habitaciones que iban dejando a ambos lados y
era como si ante sus ojos alguien pasara con rapidez las páginas de un libro mágico. El
abuelo, Fernando, estaba de viaje, volvería dentro de tres o cuatro días. !
Por las noches sudaba mucho y algunas veces se despertaba tosiendo. Por la mañana era
distinto, porque tosía menos y apenas sudaba. Vino el médico a visitarle y Miguel oyó como
explicaba a la abuela que no debía abandonar la cama más de lo necesario. Dos tías lejanas
le hicieron una visita y le regalaron libros para colorear. Todos parecían de acuerdo en tratarle
como si fuese más pequeño de lo que era. Miguel deseaba explorar ese mundo que intuía
magnífico más allá de la puerta. !
Estaba a punto de dormir, cuando, de repente, escuchó el rumor de una respiración que no
era la suya. Al abrir los ojos, descubrió la figura inmensa de un hombre que le observaba. Lo
primero que distinguió fue la vela que aquel hombre sostenía en alto. Después, la contraluz
siniestra de su rostro y el intenso fulgor de un medallón y una sortija. Pero lo que más le
impresionó fue que por aquella mano inmóvil resbalaban varias gotas de cera candente sin
que él pareciera advertirlo. Como entre sueños, Miguel oyó su voz lugubre que decía “Es
hora de dormir”. !
Un domingo la abuela entró en el dormitorio acompañada de dos niños, eran primos
segundos de Miguel y se llamaban Germán y Agus. Los primos venían a verle una o dos
tardes por semana pero a Miguel le incomodaba que Germán no hiciera otra cosa que abusar
de Agus que era un niño con problemas. Las visitas de Germán cesaron. Las de Agus
siguieron produciéndose con igual frecuencia que antes, pero su actitud era ahora bien
distinta. Se sentaba en su silla y, sin dejar de sonreír un solo instante, permanecía pendiente
de cualquier gesto que Miguel pudiera hacer.!
Su abuela le trajo varios libros de aventuras y alguna novela fantástica que había escogido
para él en la biblioteca del abuelo. Le gustaba leer en voz alta cuando había alguien delante,
ella solía comentar lo que su nieto leía y Miguel le pidió que le comprara algún libro de Tintín.
Algunas noches, después de la cena, el abuelo entraba a hacerle compañía. El abuelo tenía
los ojos dulces y a Miguel le gustaba mirarse en ellos mientras escuchaba aquellas historias
de héroes generosos y rufianes enamorados. La noche siguiente el abuelo le habló del padre
de Miguel, le contó cómo se había sacrificado en varias ocasiones para ayudar a los más
pobres; murió por defender la justicia. Era la época en que las manifestaciones escaseaban.
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La ternura del dragón

AUTORE : Ignacio Martínez de Pisón ANNO DI PUBBLICAZIONE : 1984 GENERE : narrativa TRAMA : Por culpa de una seria enfermedad, Miguel se ve obligado a pasar una temporada reposando en casa de sus abuelos. Durante ese período ha de aprender a instalarse en el mundo que le rodea, un mundo de adultos en el que Miguel cree entrar como quien entra en una novela. Y según pasa el tiempo, según gana edad, Miguel va a ir aclarando aquello que esconden los mayores… 1 → Entrar en casa de sus abuelos fue para Miguel lo mismo que entrar en una novela, porque sólo en una novela era imaginable encontrar aquel mundo magnífico. La oscuridad antigua y enigmática de la antesala aparecía atravesada por un haz soberbio de luz. Su abuela le da la bienvenida, era una mujer menuda y frágil como una figurita de porcelana. La última vez que le vi aún no sabía hablar. Le tomó la mano y le acompañó a su habitación, tenía que estar en la cama. Miguel miraba las habitaciones que iban dejando a ambos lados y era como si ante sus ojos alguien pasara con rapidez las páginas de un libro mágico. El abuelo, Fernando, estaba de viaje, volvería dentro de tres o cuatro días. Por las noches sudaba mucho y algunas veces se despertaba tosiendo. Por la mañana era distinto, porque tosía menos y apenas sudaba. Vino el médico a visitarle y Miguel oyó como explicaba a la abuela que no debía abandonar la cama más de lo necesario. Dos tías lejanas le hicieron una visita y le regalaron libros para colorear. Todos parecían de acuerdo en tratarle como si fuese más pequeño de lo que era. Miguel deseaba explorar ese mundo que intuía magnífico más allá de la puerta. Estaba a punto de dormir, cuando, de repente, escuchó el rumor de una respiración que no era la suya. Al abrir los ojos, descubrió la figura inmensa de un hombre que le observaba. Lo primero que distinguió fue la vela que aquel hombre sostenía en alto. Después, la contraluz siniestra de su rostro y el intenso fulgor de un medallón y una sortija. Pero lo que más le impresionó fue que por aquella mano inmóvil resbalaban varias gotas de cera candente sin que él pareciera advertirlo. Como entre sueños, Miguel oyó su voz lugubre que decía “Es hora de dormir”. Un domingo la abuela entró en el dormitorio acompañada de dos niños, eran primos segundos de Miguel y se llamaban Germán y Agus. Los primos venían a verle una o dos tardes por semana pero a Miguel le incomodaba que Germán no hiciera otra cosa que abusar de Agus que era un niño con problemas. Las visitas de Germán cesaron. Las de Agus siguieron produciéndose con igual frecuencia que antes, pero su actitud era ahora bien distinta. Se sentaba en su silla y, sin dejar de sonreír un solo instante, permanecía pendiente de cualquier gesto que Miguel pudiera hacer. Su abuela le trajo varios libros de aventuras y alguna novela fantástica que había escogido para él en la biblioteca del abuelo. Le gustaba leer en voz alta cuando había alguien delante, ella solía comentar lo que su nieto leía y Miguel le pidió que le comprara algún libro de Tintín. Algunas noches, después de la cena, el abuelo entraba a hacerle compañía. El abuelo tenía los ojos dulces y a Miguel le gustaba mirarse en ellos mientras escuchaba aquellas historias de héroes generosos y rufianes enamorados. La noche siguiente el abuelo le habló del padre de Miguel, le contó cómo se había sacrificado en varias ocasiones para ayudar a los más pobres; murió por defender la justicia. Era la época en que las manifestaciones escaseaban.

Un grupo de obreros y estudiantes había llegado hasta el Gobierno Civil. Dos policías entraron en un bar y sacaron a empujones a un obrero que había ido a la cabeza de la manifestación. Su padre se lanzó contra ellos. El obrero pudo escapar mientras los dos policías se ocupaban de defenderse. Le golpearon con brutalidad y lo metieron en el coche celular. Su muerte se produjo en circunstancias oscuras. Una enfermedad extraña, desconocida para los médicos. El abuelo le narró antiguas historias, rememorando los años que había pasado en Madrid, aquella época de su vida había sido extraordinaria, casi mágica y también sus desayunos de polen y miel. En una ocasión la abuela entró en el dormitorio con varios papeles viejos, eran cartas que su marido le escribía. El domingo por la tarde Miguel puso en práctica su plan. Cuando los abuelos se fueron, Carmina (la criada) entró a hacerle compañía y preguntó si le apetecía jugar a algo pero Miguel le dijo que se iba a dormir, entonces cerró los ojos y empezó a fingir. Pero en un momento sonó el timbre y la mujer corrió a abrir: era Agus. Sin embargo, el timbre volvió a sonar al poco rato y Carmina entró en la habitación acompañada de un hombre delgado, su hermano mayor. Los dos niños se aventuraron a descubrir la Zona Deshabitada mirando la oscuridad en silencio, empezaron a avanzar y Miguel iba palpando los objetos que encontraba a su paso y explicaba; había un pian, un gramófono, un espejo. De repente, Miguel oyó con claridad a su espalda un sonido leve y decidieron irse. El resto de la tarde lo pasaron en el dormitorio pero ya casi a la hora de cenar, oyeron ruidos en el pasillo, avanzaron y se escondieron, sólo cinco o seis metros le separaban de Carmina y Fagin. En un istante, Carmina se alejó y cuando los dos niños pensaron que se habían librado de ella, alguien les puso violentamente en pie estirándoles de las orejas. Carmina se les había acercado por detrás y les había atrapado por sorpresa. 2 → Una mañana, la abuela le contó la historia de David y Goliat. Pocos días después había escuchado ya el fascinante relato del Arca de Noé, el de Guzmán el Bueno, el de Moisés y las siete plagas. Pero la historia con la que más disfrutó fue la de aquel pariente del abuelo, un héroe de la guerra de África que, tras perder un ojo y una mano en una celada, murió en un asedio a causa de las fiebres que le sobrevinieron después de ingerir carne de la pierna corrompida de un moro muerto. Otra mañana supo que un antepasado del abuelo del siglo XVI, había vivido veintidós años en el Nuevo Continente, de donde regresó sin tres de los dedos de una mano, pero seguido de un cortejo de siervos indígenas que transportaban su incalculable fortuna. También le habló de la infancia del abuelo, de su temprana orfandad y de la maldad del tutor que le fue asignado, el tío Cayetano, quien en pocos años malgastó el dinero de la herencia. Después le habló de palacios, de títulos nobiliarios y Miguel comprendió que el abuelo procedía de un mundo antiguo de princesas, conquistadores y duelos por honor. Le enseñó varios recortes de periódico referentes a violaciones, crímenes pasionales y secuestros; declaró que se había hecho peligrosísimo salir de casa. Una mañana, muy temprano, le despertaron unas suaves caricias en la mejilla. Era la abuela que le había traído un regalo. Eran dos grandes y pesadas monedas conmemorativas, una de las Cortes de 1858 y la otra de la inauguración del ferrocarril de Canfranc en 1882. Pero él las observaba maravillado. Si quería que fueran suyas, tendría que hacer lo que la abuela le dijera. El abuelo no debía saber nada. Cada semana le preguntará si ha cumplido su promesa y, en caso de que así haya sido, le dará otras dos monedas. La abuela le ofreció otras dos monedas semanales si se comprometía a rezar cada noche tres avemarías.

Dos días después, Agus fue a visitarle y le encontró dando vueltas por la habitación, excitadísimo. Le preguntó que estaba haciendo y Miguel le contestó que estaba preparando el “Renfresco del siglo”: con los periódicos y los botes de refresco montarán un mercado en la escalera. La tarde siguiente llegó Agus entusiasmado con la idea de montar el mercadillo. Miguel no quiso decirle que ya lo había hecho y que no había tenido ningún éxito. Condescendió con él, pero impuso la condición de no estar más de una hora en la tienda: la abuela no debía descubrirles. Sin embargo, apenas había pasado un cuarto de hora cuando un señor les compró diez ejemplares del periódico. Miguel no se lo podía creer. Poco después, un chico accedió a probar el delicioso refresco. Agus y Miguel aguardaban expectantes su reacción pero el chico « ¡Es pura mierda!», exclamó yéndose escaleras abajo. Miguel dijo que tenía que pagar lo mismo y, como vio que el otro hacía caso omiso de su advertencia, le gritó ¡bandido, rufián, te acordarás de mí, te acordarás! El chico remontó de un salto los escalones y de una patada derramó sobre los periódicos el contenido de todos los botes. Miguel empezó a insultarle de nuevo, pero Carmina había oído y los obligó a entrar. El abuelo no estaba en casa cuando llegaron aquellos dos hombres preguntando por él. Como insistían en esperarle, Carmina les acomodó en el recibidor. Miguel les contemplaba desde su sillón. Cuando llegó, el abuelo preguntó qué deseaban ustedes, y ellos le enseñaron unas tarjetas con un escudo de colores: policías. El abuelo ordenó a su nieto que volviera a su dormitorio y pidió a los dos hombres que le siguieran a otra habitación. Miguel fingió obedecer de inmediato, pero en realidad los siguió. Uno de ellos le estaba exhibiendo su periódico. Fue ésa la única ocasión en que el abuelo le pegó. Hecho una fiera entró en la habitación y le dio una bofetada que le derribó llorando contra la almohada. Ordenó a Carmina de llevar todos esos libros al trapero porque “este tipo de lecturas está viciando su imaginación”. La abuela estuvo más de dos horas intentando consolarle. Le acariciaba la cabeza, le decía que no había pasado nada, que intentara dormir. Ella dijo también que de política no se debe hablar nunca, y menos aún escribir. La mañana siguiente el abuelo entró en su habitación para llevarle el desayuno y una carta de su madre. Cuando se levantó para marcharse, anunció que ya había dicho a Carmina que le devuelva los libros y cuando ella le devolvió, faltaba precisamente el que Miguel aún no había acabado de leer, la novela de Julio Verne que su madre le había regalado. El niño no le preguntó por el libro, prefería que su abuelo olvidara cuanto antes aquel episodio. Un día Miguel encontró un loro dormitando en un viejo perchero de la Zona Deshabitada. Miguel acercó la mano para acariciarlo, pero él se despertó, le miraba con desconfianza, parecía temeroso, seguía con inquietud cada movimiento de sus manos. Corrió a la cocina y cogió frutos secos, garbanzos, verdura. El loro devoró con avidez cuanto Miguel le ofreció en la palma de su mano. Una noche oyó la voz del abuelo en la cocina que gritaba porque no encontraba sus amuletos. Se oyó también un ruido de cristales rotos, el niño se decidió a asomarse y vio su abuela en el suelo. Una tarde cuando Agus fue a visitarle y propuso que le contara alguna aventura de Tintín, Miguel sólo le dijo de Tintín y de aventuras. Entristecido, Agus repuso que hacía mucho tiempo que no habían entrado en la Zona Deshabitada a explorar y Miguel contestó que se olvidara también de eso. Un extraño maleficio parecía haber transformado la casa en un ámbito intranquilo de misteriosos silencios, de pasillos desiertos, de sombras tensas e inquietas. Desde la última visita de Agus había pasado casi una semana y Miguel, durante todo este tiempo, no había hablado con el abuelo ni una sola vez. Carmina pasaba la mayor parte del día recluida en su habitación, únicamente salía para realizar las faenas domésticas. La abuela paseaba por la

casa arrastrando muy despacio sus pies. Nadie advirtió la gran libertad de movimientos que Miguel había llegado a cobrar. A cualquier hora del día y de la noche, podía recorrer la casa en secreto, acercarse al balcón para espiar a la abuela o acudir a la Zona Deshabitada para dar de comer a Capitán Flint. 4 → Cuando, pocos días después, Miguel se despertó por la mañana, la abuela había pasado la noche en su florido refugio del balcón, pensaba que en casa estaban malas almas. Miguel entró en la Zona Deshabitada y relató a Capitán Flint las últimas novedades domésticas, pero el tiempo discurría con tal lentitud y él se aburría tanto que con frecuencia acudía al balcón y se entretenía espiando a la abuela. Mientras la abuela insistía en llamarle y en mirarle con plácida sonrisa, una de las flores más bellas cayó sin ruido. En apenas dos días el florido refugio había quedado reducido a una débil estructura de tallos secos. Aprovechando de esto, pudo Mercedes introducirla en la casa. Su madre tuvo demasiadas cosas que hacer: intentó en vano hacer venir al abuelo, se ocupó de la enferma, visitó médicos y farmacias, buscó personal para el servicio doméstico. La nueva sirvienta era severa, muchas veces amenazaba castigarle. Horas después de que la abuela hubiera sido instalada en su cama, nadie la había oído emitir ningún sonido, su expresión era la de una persona que duerme con los ojos abiertos. El cuarto día se produjo su asombrosa recuperación. Apenas se hubo despertado, preguntó si había estado toda la noche lloviendo. Mercedes corrió a telefonear al médico que no tardó ni veinte minutos en llegar. La abuela parecía más animada que nunca, respondió a sus preguntas con total lucidez. Pero, cuando se disponía a prescribir la dieta alimenticia adecuada, la abuela le contempló que a partir de ahora, se alimentará exclusivamente de flores. No hubo manera de obligarla a tragar los apetitosos manjares que Mercedes misma se había esmerado en preparar. Mercedes asintió resignada y regresó trayendo una docena de magnolias que la abuela devoró en escasos segundos. La principal consecuencia física de la carencia de proteínas animales fue su alarmante proceso de adelgazamiento, que provocó aquella insospechada generación de arrugas y pequeños pliegues en su piel. Fue inútil que el doctor intentara explicarle lo que ocurriría si seguía rechazando la comida. Lo más odioso de Onésima, la sirvienta, era su maldita costumbre de sonreír a Mercedes, de cubrirla de atenciones. Había llegado a creerse única víctima del carácter destemplado de la sirvienta. Sólo cambió de opinión varios días después, cuando el abuelo inició aquella serie de incursiones esporádicas. A él se limitaba a mirarle con enojo y darle la espalda refunfuñando. Él se detenía un instante y la miraba con fijeza, después abría su bolsa blanca de deporte, la llenaba con las cosas que cogía y se marchaba sin decir nada. Mercedes intentó hablarle, pero no iba a conseguir convencerle de nada. Es a misma semana volvió aún en otra ocasión, para llevarse su retrato del dormitorio grande. La abuela, cuando le vio entrar, lanzó un grito. Miguel pensaba que su abuelo tenía sus razones para comportarse así. Tuvo que repetirse esta misma justificación una semana después, cuando el abuelo aprovechó la ausencia de Mercedes para llevarse todos los cubiertos de plata. Miguel se decía que su madre no era la misma mujer fascinante de aquellos diez días, confesaba estar fatigada o sentirse sin fuerzas para narrar sus aventuras. Mientras tanto, El médico había detectado en la abuela indicios muy alarmantes de un mal incurable y por tanto era necesario suministrarle alimento por vía intravenosa. Una mañana Mercedes comentó que probablemente la iban a llamar para hacer un reportaje en un país africano que acababa de conseguir la independencia, temía no poder quedarse mucho tiempo más. Dos días más tarde, tenía que salir de inmediato para América. Además había contratado a una enfermera muy amable y a un profesor para él.

Después del entierro disminuyeron las visitas, el abuelo seguía sin salir del dormitorio, sin levantarse apenas de la cama. Había sufrido una crisis muy fuerte y el medico dudaba de que pudiera reponerse por completo, su salud se le había complicado gravemente. Ni siquiera la visita que Fagin y Carmina le hicieron para informarle de su boda reciente logró alterar su habitual gesto insondable. Un día Carlos le preguntó de su loro, si podía verlo porque pensaba que en realidad no existía. Miguel se enfadó. Durante los tres o cuatro días siguientes Carlos no hizo ninguna mención a Capitán Flint y lo que irritó a Miguel fue que hubiera esperado a que Agus estuviera presente para proponer la exploración del trastero grande. Hubo un instante de silencio y Carlos abrió la puerta de la Zona Deshabitada y entró con paso decidido, subiendo las persianas. La Zona Deshabitada había dejado bruscamente de ser el espacio fascinante y enigmático de sus fantasías para convertirse en una sórdida estancia de paredes húmedas y techo despintado, viejos armarios y objetos polvorientos. El tiempo se detuvo unos segundos cuando Miguel paseó a su alrededor una mirada lenta, casi inmóvil, que inevitablemente hubo de posarse sobre Carlos. Mercedes llegó una tarde de lluvia, Miguel se lanzó a abrazarla y a llenarla de besos. Era de nuevo aquella mujer fascinante, aquella deliciosa madre con la que había convivido durante diez días únicos. Miguel obligó a su madre a despedir a Onésima, diciéndole cómo se comportaba con él, aunque ella no le creía. El abuelo no ofrecía indicios de mejoría. Mercedes había decidido buscar una clínica para el abuelo, era la única posibilidad que quedaba de curarle, Miguel supo comprenderlo. Pero no era eso lo único que su madre quería decirle. Quería decirle que ya es un hombre y no puede seguir mirándolo todo con ojos de niño. Su abuelo no era como imaginaba. Hizo sufrir mucho a su mujer a lo largo de su vida, la maltrataba, le era infiel, se emborrachaba y había semanas en que no aparecía por casa. Se casó con ella al terminar la guerra para no ir a la cárcel, ella era la hija de un comerciante que hizo mucho dinero en los primeros años de la posguerra. Gracias a sus influencias pudo el abuelo librarse de juicios y condenas: había luchado en el bando republicano. Ella, sin embargo, fue siempre tan paciente, tan resignada. En cambio, su padre era distinto, era muy tímido, apenas hablaba cuando estaba con gente que no conocía. A solas, por el contrario, tenía bastante mal genio, era muy celoso. Cuando estaba en la universidad escribía a su madre canciones de amor. A su abuelo le enorgullecía el hecho de que hubieran detenido a su hijo por participar en una manifestación de estudiantes y obreros. Pero todo fue accidental, él no era un revolucionario: salía en ese momento de clase, se detuvo a mirar a los manifestantes y la policía lo tomó por uno de ellos. Tenía mucho miedo a la política. El día en que sintió por primera vez aquel dolor sordo y profundo en el pecho lloró entre los brazos de Mercedes. El médico le dijo que no era nada, que no se preocupara, pero él sabía que el médico se equivocaba. Sabía que moriría muy pronto. Cuando estaban en un pueblo de los Pirineos y al tercer día volvió a sentir aquel terrible dolor sordo dentro del pecho, murió. Mercedes quería llevar su hijo a Londres para estudiar. Un domingo Miguel y su madre estuvieron en una cafetería tomando el aperitivo. Ella le preguntó si se sentía alegre ahora que ya estaba prácticamente curado y el niño asintió sonriendo, aunque en su interior se decía que aquel momento, el de la primera salida después de tantos meses, no le resultaba excepcional ni gozoso, era como si en su encierro hubiera perdido toda nostalgia del mundo exterior. Aquel día había amanecido nublado y húmedo, desteñido por una constante amenaza de lluvia. Mercedes compró varias bolsas de maíz tostado y se sentaron en un banco de la plaza a dar de comer a las palomas. Unos niños se entretenían en unos

columpios cercanos y ella le animó a unirse a sus juegos, pero Miguel rehusó, dijo que estaba cansado y que prefería volver a casa.La inminencia del viaje, más que excitarle, le inquietaba. Ya para entonces se habían iniciado los preparativos del viaje y el piso entero estaba patas arriba. Faltaban sólo tres días para el viaje cuando vinieron unos hombres con batas blancas. Miguel no preguntó adónde se llevaban al abuelo. No se levantó siquiera a verlo por última vez, permaneció sentado en su cama con un libro. Antes de partir, abrió el cajón y tomó la vieja postal que esa misma tarde había encontrado Mercedes en un álbum de fotos y releyó uno de los párrafos: «Un aspecto ignorado de esta especie animal es su capacidad de sentir ternura y de actuar en multitud de casos siguiendo los dictados de su cariño paternal. De todos es sabido que, mientras la hembra queda en la cueva para procurar abrigo y protección a la exigua camada, el dragón macho sale en busca de presas con las que alimentar a sus crías, particularmente en busca de jóvenes cervatillos, cuya carne, en caso de haber sido sorprendidos y sacrificados en mitad de un sueño diurno, parece ser la más apropiada para la nutrición de los tiernos dragones recién nacidos. Lo que no mucha gente sabe es que, si el dragón padre regresa a la cueva sin haber conseguido la presa deseada, suele, avergonzado por su fracaso a la vez que conmovido por el hambre de las crías, quitarse la vida golpeándose la cabeza contra las rocas y ofrecerse él mismo como alimento. Parece, no obstante, comprobado que nunca ha sobrevivido ninguna camada que haya consumido ese tipo de carne, considerada mortalmente venenosa». Miguel anduvo por la habitación, salió al pasillo, lo recorrió despacio, deteniéndose ante cada vitrina, observando cada puerta. En el salón, los muebles tenían una apariencia fantasmal, cubiertos como estaban por fundas o sábanas viejas. El avión despegaría pocas horas después y todo aquello que ahora observaba pertenecería muy pronto al pasado. Cerró los ojos, unió los labios en un gesto ambiguo. Una breve brisa agitó los visillos con sonido de páginas inquietas.