Pata caliente libro basico, Summaries of Geography

Libro basado en la vida de pata caliente

Typology: Summaries

2025/2026

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Alcalde de Caracas J orge rodríguez Presidente de Fundarte F reddy Ñáñez © Fundación para la Cultura y las Artes, FUNDARTE 2013 Cuento para ilustrar MIGUEL VICENTE PATACALIENTE de orlan do arauJo Al cuidado de: H éctor a. gonzález V. Ilustraciones: césar a. Vegas r. Diagramación: daVid J. arneaud g. Hecho el Depósito de Ley Depósito Legal: N° lf ISBN: 978-980-253-534- FUNDARTE. Av. Lecuna, Edif. Tajamar, PH Zona Postal 1010, Distrito Capital, Caracas-Venezuela Telefax: (58-212) 5778343 - 5710320 Gerencia de Publicaciones y Ediciones 1 era^ impresión, FUNDARTE 2012 | 2da^ y 3 ra^ impresión, FUNDARTE 2013

Miguel Vicente Patacaliente

Va por Sebastián y Juancho, los más minúsculos viajeros del mundo.

De la Plaza de Capuchinos hasta la Plaza Miranda, después en el pasaje que comunica la Torre Sur con la Torre Norte y luego hasta la Plaza Bolívar, Miguel Vicente caminaba con su caja a cuestas ofreciéndose para limpiar los zapatos de todo aquel que se cruzara en su camino o que atinara a pasar por el sitio donde él momentáneamente se estacionaba. Cuando no lustraba botas se entretenía silbando y tocando la caja como si fuera un tambor, de modo que siempre parecía estar contento y como tenía unos ojos vivaces y una carita morena llena de picardía, muchos señores que no pensaban hacerse limpiar los zapatos, se detenían, montaban su pie en el cajoncito y mientras Miguel Vicente ponía la crema negra o marrón, pasaba el cepillo y lustraba con un pedazo de tela ya brillante de tanto lustrar, el cliente trataba de conversar con nuestro amigo, quien hablaba de todo. —¿Cómo te llamas? —Miguel Vicente. —¿Cuántos hermanos tienes? —Uno, que es viajero y va por todas partes. Miguel decía todo esto de memoria porque no conocía a su hermano y era lo que había oído de su madre. Así lo repetía a quien se lo quisiera preguntar. Le gustaba este hermano viajero, que iba siempre por montañas y llanuras y ciudades que Miguel no conocía y con las cuales soñaba.

Quería conocer el Orinoco, ese río tan grande, mucho pero mucho más grande que el Guaire cuando el Guaire estaba crecido; era un río lleno de caimanes y con enormes serpientes en sus orillas. ¡Quién lo conociera y navegara por él! Cuando fuera hombre iría al Orinoco y conocería la selva y las montañas más altas. —¿Te gustaría viajar, Miguel Vicente? —Sí, mucho. —¿Quieres irte conmigo? Yo voy para los Andes, donde hay montañas con nieve. —¿Y hay águilas? —Sí. —¡Cónchale, debe hacer mucho frío allá! —Hay campos verdes y ríos que bajan por el monte y caen desde lo alto. Miguel se emocionaba, se ponía pálido de pura emoción. Tun, tun, tun, el corazón le latía hasta casi salírsele de la franela. «¡Yo sí me fuera, caray!», decía. Pero hasta allí llegaba todo, porque el señor que le hablaba se iba con sus zapatos bien brillantes, Miguel guardaba su bolívar y se quedaba otra vez silbando y tocando su caja, pero soñando, soñando

bandidos, con animales feroces y galopaba en hermosos caballos sin siquiera cansarse. Ya no le pedía tampoco al Niño Jesús que como regalo de Navidad hiciera algo para que él viajara, porque dos veces se lo había pedido y nada. El Niño Jesús debía estar bravo con él, o por lo menos un poco disgustado, porque todo lo que le traía en Nochebuena eran cajitas de crema de limpiar zapatos, un cepillo viejo y un pedazo de tela nueva, como si eso fuera un regalo. ¿Qué había hecho él de malo? Bueno, sería por lo de la bulla que hacía en la ventana del borrachito. El borrachito, por su parte, pensaba que debido a su vicio Dios le mandaba a Miguel Vicente para castigarlo. En fin, que ya Miguel no esperaba que nadie lo ayudara para hacer lo que más deseaba en su vida. Nadie, ni siquiera su mamá, que vivía allá en el rancho, enferma y quejándose de su mala suerte y de la miseria en que vivían. El papá se había ido hacía mucho tiempo de la casa, tanto tiempo que Miguel Vicente no podía recordar cómo era la cara de su papá, ni tampoco si era gordo o flaco, alto o bajo; sólo recordaba que una tarde su mamá le dijo que un señor que estaba allí era su papá y más nada. El señor se

fue y Miguel se olvidó de él, y no sentía que le hacía falta. A veces pensaba que era hasta mejor así porque un amigo suyo, vecino de su casa tenía un papá que le pegaba por cualquier cosa y vivía gritando todo el día como si nunca estuviera contento. Un día salió un señor del Congreso, ese edificio blanco y grande que está cerca de la Plaza Bolívar; era un señor a quien Miguel Vicente le había limpiado los zapatos varias veces. Puso su zapatote sobre el cajón y mientras Miguel trabajaba le preguntó: —¿Sigues pensando en tus viajes? —Bueno, sí —respondió el niño. —Pues ahorra para que puedas hacerlo cuando seas mayor —le dijo el señor del Congreso. Era un hombre gordo bien vestido y siempre como muy aseado. Debía ser muy rico. —¿Y qué es eso? —preguntó Miguel. —¡Ah!, sabía que me lo preguntarías. El ahorro es algo muy bueno y necesario. Todo el que ahorra puede cumplir sus deseos. Fíjate bien: si yo te pago un bolívar por limpiarme los zapatos, tú gastas un «real» y guardas un «real».