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San Manuel Bueno Martire, Appunti di Spagnolo

Resumen San Manuel Bueno Martire: resumen, temas y opinones

Tipologia: Appunti

2019/2020

Caricato il 10/12/2020

beam11v-
beam11v- 🇮🇹

4

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Ángela Carballino escribe la historia de don Manuel Bueno, párroco de su pueblecito, Valverde de
Lucerna. Múltiples hechos lo muestran como “un santo vivo, de carne y hueso”, un dechado de
amor a los hombres, especialmente a los más desgraciados, y entregado a “consolar a los
amargados y atediados, y ayudar a todos a bien morir”. Sin embargo, algunos indicios hacen
adivinar a Ángela que algo lo tortura interiormente: su actividad desbordante parece encubrir “una
infinita y eterna tristeza que con heroica santidad recataba a los ojos y los oídos de los demás”.!
Un día, vuelve al pueblecito el hermano de Ángela, Lázaro. De ideas progresistas y anticlericales,
comienza por sentir hacia don Manual una animadversión que no tardará en trocarse en la
admiración más ferviente al comprobar su vivir abnegado. Pues bien, es precisamente a Lázaro a
quien el sacerdote confiará su terrible secreto: no tiene fe, no puede creer en Dios, ni en la
resurrección de la carne, pese a su vivísimo anhelo de creer en la eternidad. Y si finge creer ante
sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza
consoladora de la que él carece. Lázaro, que confía el secreto a Ángela, convencido por la actitud
de don Manuel, abandona sus anhelos progresistas y, fingiendo convertirse, colabora en la misión
del párroco. Y así pasará el tiempo hasta que muere don Manuel, sin recobrar la fe, pero
considerado un santo por todos, y sin que nadie, fuera de Lázaro y de Ángela, haya penetrado en
su íntima tortura.!
Más tarde morirá Lázaro, y Ángela se interrogará acerca de la salvación de los seres queridos.!
Temas. Alcance y sentido!
La novela gira en torno a las grandes obsesiones unamunianas: la inmortalidad y la fe. Pero se
plantean ahora con un enfoque nuevo en él: la alternativa entre una verdad trágica y una felicidad
ilusoria. Y Unamuno parece optar ahora por la segunda; todo lo contrario de lo que harían
existencialistas como Sartre o Camus. Así, cuando Lázaro dice: “La verdad ante todo”, don
Manuel contesta: “Con mi verdad no vivirán”. Él quiere hacer a los hombres felices: “Que se
sueñen inmortales.” Y sólo las religiones, dice, “consuelan de haber tenido que nacer para morir”.!
Incluso disuade a Lázaro de trabajar por una mejora social del pueblo, arguyéndole: “¿Y no crees
que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida? Sí, ya sé que uno de esos
caudillos de la que llamn la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio…
Opio… Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.”!
Según esto, el autor estaría polarmente alejado no sólo de los ideales sociales de su juventud,
sino también de aquel Unamuno que quería “despertar las conciencias”, que había dicho que “la
paz es mentira”, que “la verdad es antes que la paz”.!
Por otra parte, San Manuel es también la novela de la abnegación y del amor al prójimo. Paradoja
muy unamuniana: precisamente un hombre sin fe ni esperanza es quien se convierte en ejemplo
de caridad.!
Por otra parte queda el problema de la salvación. El enfoque de la cuestión es complejo, por la
ambigüedad que introduce el desdoblamiento entre autor (Unamuno) y narrador (Ángela). Según
Ángela, “don Manuel y Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa; pero, sin
creer creerlo, creyéndolo…”. Tan paradójicas del personaje-narrador, ¿eran compartidas por el
Unamuno-autor? El interrogante queda abierto. Cierto es que Unamuno, en el epílogo toma la
palabra y, en sus reflexiones finales, podría verse una voluntariosa apuesta por la esperanza. Pero
es un punto que queda abierto a la discusión.

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Ángela Carballino escribe la historia de don Manuel Bueno, párroco de su pueblecito, Valverde de Lucerna. Múltiples hechos lo muestran como “un santo vivo, de carne y hueso”, un dechado de amor a los hombres, especialmente a los más desgraciados, y entregado a “consolar a los amargados y atediados, y ayudar a todos a bien morir”. Sin embargo, algunos indicios hacen adivinar a Ángela que algo lo tortura interiormente: su actividad desbordante parece encubrir “una infinita y eterna tristeza que con heroica santidad recataba a los ojos y los oídos de los demás”. Un día, vuelve al pueblecito el hermano de Ángela, Lázaro. De ideas progresistas y anticlericales, comienza por sentir hacia don Manual una animadversión que no tardará en trocarse en la admiración más ferviente al comprobar su vivir abnegado. Pues bien, es precisamente a Lázaro a quien el sacerdote confiará su terrible secreto: no tiene fe, no puede creer en Dios, ni en la resurrección de la carne, pese a su vivísimo anhelo de creer en la eternidad. Y si finge creer ante sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza consoladora de la que él carece. Lázaro, que confía el secreto a Ángela, convencido por la actitud de don Manuel, abandona sus anhelos progresistas y, fingiendo convertirse, colabora en la misión del párroco. Y así pasará el tiempo hasta que muere don Manuel, sin recobrar la fe, pero considerado un santo por todos, y sin que nadie, fuera de Lázaro y de Ángela, haya penetrado en su íntima tortura. Más tarde morirá Lázaro, y Ángela se interrogará acerca de la salvación de los seres queridos. Temas. Alcance y sentido La novela gira en torno a las grandes obsesiones unamunianas: la inmortalidad y la fe. Pero se plantean ahora con un enfoque nuevo en él: la alternativa entre una verdad trágica y una felicidad ilusoria. Y Unamuno parece optar ahora por la segunda; todo lo contrario de lo que harían existencialistas como Sartre o Camus. Así, cuando Lázaro dice: “La verdad ante todo”, don Manuel contesta: “Con mi verdad no vivirán”. Él quiere hacer a los hombres felices: “Que se sueñen inmortales.” Y sólo las religiones, dice, “consuelan de haber tenido que nacer para morir”. Incluso disuade a Lázaro de trabajar por una mejora social del pueblo, arguyéndole: “¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llamn la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio… Opio… Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.” Según esto, el autor estaría polarmente alejado no sólo de los ideales sociales de su juventud, sino también de aquel Unamuno que quería “despertar las conciencias”, que había dicho que “la paz es mentira”, que “la verdad es antes que la paz”. Por otra parte, San Manuel es también la novela de la abnegación y del amor al prójimo. Paradoja muy unamuniana: precisamente un hombre sin fe ni esperanza es quien se convierte en ejemplo de caridad. Por otra parte queda el problema de la salvación. El enfoque de la cuestión es complejo, por la ambigüedad que introduce el desdoblamiento entre autor (Unamuno) y narrador (Ángela). Según Ángela, “don Manuel y Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa; pero, sin creer creerlo, creyéndolo…”. Tan paradójicas del personaje-narrador, ¿eran compartidas por el Unamuno-autor? El interrogante queda abierto. Cierto es que Unamuno, en el epílogo toma la palabra y, en sus reflexiones finales, podría verse una voluntariosa apuesta por la esperanza. Pero es un punto que queda abierto a la discusión.