Psicología comunitaria, Lecture notes of Personality Psychology

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Typology: Lecture notes

2022/2023

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Reflexionando a través de textos me di cuenta de que la psicología ha entendido a la "comunidad" como un objeto de estudio, un espacio geográfico, un lugar que “solo existe, es de una manera y ya” o un conjunto de individuos con carencias que deben ser atendidas. Al iniciar esta reflexión, me cuestioné ¿la comunidad es algo que se posee o algo en lo que se habita? Si me baso en planteamientos de Jean-Luc Nancy, considero que la comunidad no es una obra por terminar ni una esencia cerrada, sino un "ser-en-común”, es decir que una comunidad no es ni debería ser tratada o vista como un “proyecto”, como algo “roto” que se debe arreglar, porque la comunidad ya es, existe, siempre y cuando haya otros, entonces desde el momento en él nos exponemos unos a los otros, somos en conjunto, es una condición de simplemente existir, en común. Esta distinción desplaza el foco desde la intervención técnica hacia una ética del encuentro, ser con la otra persona. No presentarte con “pruebas, entrevistas” si no como lo que eres un humano, y ser frente al otro. Cuando pienso en cuál es el rol del psicólogo en la comunidad no pienso en solo el espacio como un “lugar” geográfico, como un simple espacio al que llegas y te instalas, si no que el espacio es más bien un producto de relaciones sociales, surge a raíz de las personas, no hay comunidad sin el otro, y, por ende, siempre es político. Constantemente en mi vida diaria, observo esto cuando camino por la, calle, todo el tiempo, en todos los lugares hay personas, hay comunidad, estática o transitoria, por lo que entonces los lugares están estigmatizados; el espacio “habla” de la exclusión, al decir esto me refiero a que la geografía no es neutra; es una “dinámica” de quién importa y quién no y tal cual como sostiene Doreen Massey, el espacio es la configuración de las relaciones sociales de poder. Por lo tanto, cuando observamos un espacio/comunidad con muros altos, cámaras de seguridad y calles cerradas frente a otro con falta de servicios básicos y abandono estatal, el espacio está emitiendo implícita y explícitamente un discurso de segregación. Esta exclusión no es solo física, sino que también impacta en la identidad de las personas que conforman esos lugares.

trascienda y se convierta en acción política, pero no en un sentido partidista si no en la capacidad de incidir en las decisiones que afectan su vida. La política en psicología comunitaria es la expresión de la voluntad publica, transformar la energía colectiva en acción política significa que el trabajo voluntario deje de ser solo una respuesta a la carencia en ciertos momentos para convertirse en una herramienta de exigencia y transformación del sistema. Se pretende y se busca pasar de 'sobrevivir juntos' a 'decidir juntos' el futuro de nuestro espacio." Para el psicólogo comunitario, el territorio no es un espacio estático donde la gente simplemente "está", sino más bien es un proceso vivo, que surge a raíz de todos los procesos sociales, De acuerdo con Doreen Massey, el espacio es el producto de interrelaciones; de la relación de uno con el otro, es la esfera de la multiplicidad en la que coexisten distintas trayectorias, distintas historias. Al caminar por las calles con la intención de observar, para realizar una intervención, no solo son calles y casas; hay capas de historias, conflictos de poder y redes de apoyo que se han tejido con el tiempo. El espacio es, en esencia, social. El espacio no existe sin un “todos” Esta visión de la espacialidad se vincula directamente con la propuesta de Maritza Montero sobre la "ontología de la relación". Si el espacio es relacional, entonces el ser humano también lo es. Nada existe de forma aislada, “ Tú no eres estudiante si no hay un profesor". Nuestra esencia no está "dentro" de nosotros, sino en el vínculo ¿por qué sin ese vínculo entonces como te reconocerías? ¡No se puede! El lenguaje, tus valores y tu identidad son sociales. Si te dejaran en una isla desierta al nacer, no serías "estudiante", ni "hija", ni "doctora". Te reconoces porque el "Otro" te devuelve una imagen de ti misma. Durante el proceso de formación se suele enseñar esta idea de ver y evaluar al individuo de forma aislada, pero los textos, me llevan a mirar el "entre" es decir ese espacio invisible pero existente entre las personas donde realmente ocurre la vida comunitaria.

Como señala Montero, el "Yo" se construye en función del "Otro", por eso no se puede aislar, se debe trabajar junto. Somos un "lugar" donde se cruzan historias. Doreen Massey dice que el espacio es la suma de todas las historias que están pasando al mismo tiempo. De que me sirve mirar a un paciente en situación de violencia y mirar sus carencias si no miro el espacio que habita, la falta de servicios, la red de apoyo, ¿existe? Si el vínculo está dañado el individuo se fragmenta. No es que el paciente "esté" en un lugar violento; es que la violencia es una relación que ocurre en el espacio. Si solo miras sus "carencias individuales", estás asumiendo que el problema es suyo (su "baja autoestima", su "indefensión"). Pero si miras el espacio, ves que el problema es una geometría de poder injusta. Por eso, el psicólogo comunitario no "cura" personas, sino que ayuda a sanar y fortalecer los vínculos de ese espacio intermedio. La formación tradicional nos pide diagnosticar el trauma como un fenómeno interno. Pero ¿de qué sirve fortalecer el 'yo' de una persona si al salir del consultorio regresa a un espacio que le niega servicios básicos, donde la red de apoyo ha sido destruida por el miedo? El psicólogo crítico entiende que la 'salud' está en el tejido. Intervenir significa mirar la falta de servicios no como un dato estadístico, sino como una barrera que impide que ese ser-en-común se desarrolle. Trabajar 'junto' a la comunidad significa activar nuevamente lo que se mencionaba, la energía colectiva para que el espacio deje de ser un lugar de opresión y se convierta en un lugar de cuidado mutuo. Sin embargo, aquí es donde surge otra pregunta: ¿cómo estamos construyendo y percibiendo al "Otro"? comúnmente, la psicología comunitaria corre el riesgo de caer en lo que Montero llama el "poder tutelar", tratando a los miembros de la comunidad como sujetos que necesitan ser "rescatados" o "educados", imponiendo conocimiento en vez de ser parte y entender en realidad, piniendo al psicólogo en un lugar de superioridad, que al llegar piensas que tienes el saber verdadero y que la comnudiad esta mal o equivocada, el riesgo es que al actuar desde esta postura no escuchas realmente, si no que “dictas”,

en la tierra, el trabajo colectivo y lo compartido, la comunidad no necesita que alguien de afuera a decirles quiénes son o cómo organizarse. Ellos ya tienen su propia lógica interna que funciona por relaciones de confianza. De acuerdo con esto entonces logro entender que el psicólogo comunitario no debe llegar a "organizar" a la gente, sino a reconocer las formas de organización que ya existen y que han permitido la supervivencia de los grupos a pesar de las estructuras de opresión, entender que ya existe una cultura, una unión, tradiciones y costumbres. Esta "energía" de la que habla Díaz necesita una dirección. Martín-Baró advierte que la psicología latinoamericana ha vivido de espaldas a la realidad de nuestros pueblos, enfocándose en modelos importados que no explican nuestro sufrimiento. Para mí, el rol crítico del psicólogo implica romper con ese "fatalismo" —esa idea de que las cosas son así y no pueden cambiar—. El fatalismo es básicamente estas ideas que se suelen escuchar de: "así nos tocó vivir" o "para qué intentarlo si todo sigue igual"? "Cuando escucho en mi vida diaria frases como estas, recuerdo a Martín-Baró y siento que mi rol no es dar terapia individual para que la gente “soporte mejor su pobreza, sus problemas, la situación en sí” sino que trabajar colectivamente para cuestionar las causas de esa pobreza haría en realidad un cambio. Hacer psicología en comunidad es, por tanto, un acto de desideologización: ayudar a que la comunidad recupere su memoria histórica y su palabra, su voz y que sea escuchada y vista al mismo tiempo, sin imponer nada, dejar que exista En este punto, es vital mencionar la praxis. Según lo planteado por Montero, la praxis no es solo "hacer cosas", sino que es una unidad donde la teoría y la práctica se alimentan mutuamente, no pueden trabajar separado. Yo difiero de la idea de que el psicólogo es quien posee el saber y la comunidad es quien lo recibe. En mi visión, ambos somos "sujetos cognoscentes", humanos, que sienten, que viven y que son iguales, pero diferentes. Mi rol entonces es aportar herramientas técnicas, pero la comunidad aporta el saber vital, solo quien vive en la comunidad lo entiende o incluso aquel que como psicólogo se sumerge

en la misma. Solo a través de esta relación de igualdad podemos alcanzar lo que se llama la "liberación": no como un evento mesiánico, o sea como un acto de salvación sino como el proceso cotidiano de ganar autonomía y capacidad de decisión sobre nuestra propia vida, rompiendo el fatalismo A modo de cierre, considero que el rol del psicólogo comunitario desde una concepción crítica no es el de un experto que llega a "llenar vacíos", sino el de un profesional que se reconoce como parte de un espacio social preexistente. Debe abandonar el pedestal del experto para construir una relación de igualdad. Porque solo desde ahí es posible acompañar a la comunidad en su camino hacia la autonomía. Por todo esto entonces puedo comprender un poco más acerca de que la comunidad no es un objeto que se interviene, sino un ser-en-común que nos exige una respuesta ética y política. Como sostiene Roberto Esposito, la comunidad es un munus , un don y una deuda que nos vincula irremediablemente con el otro. Damos y recibimos, somos por otros, otros son por nosotros. Desde mi perspectiva, la psicología en comunidad solo tiene sentido si se aleja del "poder tutelar" se sitúa en una relación de alteridad real. He aprendido que mi labor no es dar voz a los que no la tienen porque la comunidad si la tiene, sino ayudar a despejar los ruidos del fatalismo y la ideología que impiden que esa voz sea escuchada con fuerza. Asumo el compromiso de ver el espacio no como un territorio de carencias, sino como la "energía viva" donde el cambio social es posible a través de la praxis colectiva. Finalmente, concluyo que ser un psicólogo comunitario implica habitar la incomodidad de no tener todas las respuestas. Significa aceptar, junto a Ignacio Martín-Baró, que nuestra ciencia solo es válida si sirve para la liberación de nuestros pueblos. Al final del día, el éxito de nuestra labor no se mide por cuántos problemas "resolvimos", sino por cuánto logramos dinamizar a una comunidad para que, en su propia espacialidad y bajo su propio saber, se convierta en dueña de su destino.