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Asignatura: Psicologia escolar, Profesor: angel latorre, Carrera: Psicologia, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, 12(2), 5-27.
*Contacto: [email protected]
ISSN: 1696- www.rinace.net/reice/
Recibido: 1ª Evaluación: 2ª Evaluación: Aceptado:
13 de septiembre 2013 18 de diciembre 2013 13 de enero 2014 26 de enero 2014
Mª Teresa González González* Universidad de Murcia
Este artículo aborda el tema del absentismo escolar, poniendo la mirada en algunos planteamientos, estrategias y medidas que cualquier centro escolar habría de tener en cuenta para prevenirlo o actuar sobre él lo más tempranamente posible. En la primera parte se plantea que las actuaciones a emprender se pueden centrar predominantemente en el alumno absentista o en el centro escolar y diferentes aspectos de su funcionamiento, así como –paralelamente– tener carácter preventivo o, más bien, paliativo. En la segunda, se comentan cuatro aspectos que habría de considerar el centro escolar para abordar esta problemática: 1) Consensuar modos de registro y control de faltas, 2) establecer normas sobre la asistencia a clases y consecuencias de la no-asistencia, 3) llevar a cabo mejoras que promuevan una mayor implicación y apego del alumnado a la escuela y los aprendizajes, y 4) cultivar y mantener relaciones constantes y fructíferas con las familias. Descriptores: Absentismo, Asistencia, Centro escolar, Desapego, Prevención.
This article addresses the issue of school absenteeism, dealing with some approaches, strategies and actions that any school should take into account in order to prevent it or to act on it as soon as possible. The first part deals with how the actions to be taken can be mainly focused on the truant student or the school and the different aspects of how it works, as well as –in parallel– can have a preventive role or, rather, palliative. In the second part deals with four aspects that should be considered at schools to address this matter: 1) Agreeing in the register mode and non-attendance control, 2) establishing rules about school assistance and consequences of non-assistance, 3) making improvements that promote a bigger school engagement and attachment of the student, and 4) cultivating and keeping constant and fruitful relationships with the families. Keywords: Absenteeism, Attendance, School, Disengagement, Prevention.
M.T. González González
El presente artículo versa sobre el absentismo escolar centrándose, en particular, sobre algunos aspectos a tener en cuenta en el centro educativo para prevenirlo o para actuar sobre él lo más tempranamente posible. A lo largo del texto, y tomando como punto de referencia reflexiones teóricas y de investigación así como informes evaluativos de planes y propuestas de actuación frente al absentismo –internacionales y, siempre que ha sido posible, nacionales– se presentan y comentan distintos tipos de planteamientos, estrategias y medidas de las que puede echar mano un centro escolar que pretenda abordar situaciones de esta naturaleza entre su alumnado. Como se comentará al principio del texto, el tema admite planteamientos y estrategias diferentes, unas más orientadas a la prevención, otras más a la intervención sobre casos ya declarados de absentismo. El artículo se centra predominantemente en aspectos y en actuaciones que puede emprender el centro escolar considerado como un todo, con vistas a prevenir un problema que, como bien documenta la investigación existente, desencadena con el tiempo absentismo crónico y, finalmente, abandono escolar probable.
No se entrará aquí a caracterizar esta problemática, sus múltiples causas y sus repercusiones negativas para la formación del individuo y, consecuentemente, para su futura vida social y laboral. La bibliografía al uso ha ido abordando en los últimos años, al menos en nuestro país, estas cuestiones con cierta frecuencia, y desde diferentes perspectivas y puntos de vista, insistiendo en general en las repercusiones que tiene este fenómeno en el desencadenamiento del abandono escolar, y, en general, en procesos de exclusión social y educativa.
Tampoco se hará alusión a cómo se aborda el tema en los diversos documentos legislativos que, en cualquier Sistema Educativo, regulan formalmente los múltiples aspectos de la vida educativa en centros escolares y aulas. En nuestro país, por ejemplo, las leyes orgánicas de los últimos años y sus desarrollos legislativos, incluida la reciente LOMCE (2013) reflejan la preocupación por el fracaso escolar en la etapa obligatoria así como por el abandono escolar temprano y abogan por arbitrar medidas que los aminoren. Aunque no es habitual en ellas la referencia explícita al absentismo, es bien sabido que éste es un fenómeno estrechamente relacionado con fracasos escolares y abandonos prematuros. En los documentos legislativos se suele aludir a la importancia de un sistema educativo de calidad, inclusivo, integrador en el que los alumnos y alumnas puedan desarrollar plenamente sus potencialidades, y ello, sin duda, constituye un amplio marco desde el que abordar el tema en el plano más micro, como es el que se plantea en este artículo: el centro escolar y su comunidad educativa.
No cabe duda de que en el contexto español en los últimos años, esta problemática se ha contemplado tanto por parte de los municipios más afectados, que en su momento elaboraron sus planes municipales para afrontarla, como, más recientemente, por las propias Comunidades Autónomas, con planes autonómicos destinados a paliar el absentismo y el abandono escolar, en el marco de los cuales se inscriben planes provinciales o locales. También son diversos los centros educativos que a partir de ésos planes más globales, autonómicos y municipales, han formulado el suyo propio explicitando qué decisiones y medidas concretas prevén realizar ante situaciones de absentismo. Es en este nivel del centro escolar en el que se sitúan básicamente las consideraciones y apreciaciones que se recogen en las páginas que siguen
M.T. González González
de estrategias para paliar absentismo dirigidas a factores de riesgo individual (fobia escolar, baja auto-estima, habilidades sociales y condiciones médicas, comunicación y apoyo parental, implicación con la escuela) y a factores escolares (clima escolar, políticas de asistencia, relaciones entre profesores y alumnos, acoso...). Un segundo eje lo constituiría el “marco” en el que se ponen en práctica dichas estrategias, ya sea la comunidad, el centro escolar, los tribunales, las agencias policiales, o todas ellas actuando en colaboración en un esfuerzo por paliar el problema. Por último, el tercer eje para clasificar las actuaciones destinadas a contrarrestar el absentismo, es el representado por el “nivel” en el que se está haciendo la intervención. En este caso, cabría hablar de intervenciones universales, cuando se aplican a todos los alumnos de una escuela; selectivas, cuando se diseñan para prevenir que se desarrolle el problema, y se dirigen a aquellos alumnos que pueden estar en claro riesgo de ser absentistas, y, finalmente las que se destinan a absentistas crónicos. Esos diferentes tipos de intervenciones, continúan los referidos autores, pueden desplegarse adoptando muy diferentes modalidades (formación, supervisión, incentivos, sanciones, tutorías, mejoras escolares...).
También Bye et al. (2010) diferencian entre tres niveles o planos en los que inscribir las estrategias para paliar el absentismo: En el nivel uno sitúan las que denominan “universales”: son aquellas que se desarrollan en el conjunto del centro escolar, pues van destinadas, en general, a todo el alumnado, abarcando desde servicios que habría que proporcionar a alumnos y familias hasta intervenciones tempranas destinadas a abordar lo más pronto posible los problemas de la asistencia para prevenir previsibles abandonos. Las estrategias de los niveles dos y tres, por su parte, no se centran tanto en cuestiones relacionadas con la “desafección general con la escuela, sino en abordar grupal o individualmente acontecimientos específicos que precipitan comportamientos absentistas” (p.79). En el nivel dos Bye et al. sitúan intervenciones grupales, orientadas a mejorar la asistencia y abordar la razones de la no asistencia (p. ej. problemas familiares, consumo de drogas, bajo nivel académico...). Por su parte, en el tercer nivel, se incluyen otras de carácter más intensivo destinadas a alumnos particulares que no responden a lo realizado en los niveles uno y dos, y que tratan de ir a la raíz del problema.
Las dos referencias anteriores ilustran claramente la enorme diversidad de propuestas de actuación existente en la actualidad para paliar las faltas de asistencia de alumnos a las aulas. Una complicación añadida viene dada por el hecho de que se tiende a asociar estrechamente el absentismo con el abandono (Goldstein et al., 2003), y se suele considerar a aquel como un factor de riesgo (un peldaño en la escalera hacia el abandono, Banphuri y Reynolds, 2003; Baker et al., 2001; Rumberger, 2001). De ese modo, una buena parte de las estrategias usadas en programas de prevención de abandono se centran en aumentar la asistencia, siendo habitual encontrar solapamientos entre intervenciones de absentismo y abandono, o incluso un tratamiento y consideración indistinta de las diversas intervenciones, –como ocurre, por ejemplo con los planes de absentismo y abandono elaborados en varias Comunidades Autónomas del Estado Español– dando por sentado que unas y otras son igualmente eficientes para paliar ambas problemáticas. Sin que aquí se pretenda hacer una distinción tajante entre estos problemas, sí conviene advertir que aunque existen conexiones entre ambos, cada uno presenta sus propias peculiaridades. Ello, ligado a los múltiples planteamientos existentes para la comprensión y abordaje de estas problemáticas, justifica la conveniencia de –tanto en el contexto del centro escolar, como en el de un municipio, una comunidad autónoma o el conjunto del Estado– concretar lenguajes y acotar con
REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación
mayor precisión qué se considera y de qué se está hablando cuando se alude a programas, medidas, estrategias, etc. para paliar el absentismo, para luchar contra el abandono durante la etapa obligatoria, o, más adelante, contra el abandono escolar temprano.
En cualquier caso, a partir de las anteriores consideraciones, parece claro que las respuestas que se pueden articular para abordar situaciones de absentismo son múltiples, ya se utilicen unos u otros criterios para organizarlas y diferenciarlas. En este artículo se sostendrá que son dos los ejes fundamentales para pensar sobre el tema: El primero, gira en torno a dónde se pone la mirada a la hora de actuar: en el individuo y sus rasgos socio-familiares, culturales y personales, o en el centro escolar y la experiencia educativa que éste le brinda al alumno; el segundo -no independiente del que se acaba de señalar-, representado por el carácter preventivo o paliativo de los programas y medidas que se adopten. Entre ambos ejes, cabe situar las diferentes aportaciones que se comentarán en las páginas que siguen.
Los modos de entender y explicar la problemática del absentismo en el centro escolar llevan, paralelamente, formas de entender cuáles son las vías más pertinentes para abordarlo. En términos muy generales cabe distinguir dos amplios planteamientos sobre el tema: 1) Uno de ellos, desde el que se considera que las raíces y causas del absentismo descansan fundamentalmente en los alumnos y alumnas y sus características personales, en sus familias y en los entornos socio-económico-culturales en los que viven habitualmente. 2) Otro, desde el que se defiende que es un asunto cuyas causas también se pueden localizar en el centro educativo y lo que se hace en él (DeSocio et al., 2007; Darmondy et al., 2007; Floress, s.f.; Gabb, 2009; González González, 2006; Knesting, 2008; Malcolm et al, 2003; McMahon, 2007; Reid, 2003; Rué et al., 2003; Sälzer et al., 2012).
En el primer caso, se considera que el absentismo es un problema ligado a los propios alumnos y a sus características personales, sociofamiliares y académicas y se da por sentado que es ahí donde está la causa del problema (se dirá que son ellos y ellas quienes no están interesados en asistir a las clases, no quieren aprender, y se añadirá que tienen un contexto familiar problemático, unas condiciones de vida difíciles –respecto a las cuales poco puede hacer el centro escolar-, amistades “poco convenientes”, etc.). En esa línea, el modo de hacer frente a esa problemática será identificar en primer lugar cuáles son los alumnos absentistas o en riesgo de serlo, para diseñar a continuación intervenciones puntuales y específicas dirigidas a ellos. Ni se contemplará o tendrá en cuenta cuáles son las experiencias y prácticas escolares que viven cotidianamente en el centro educativo esos alumnos ni, por tanto, el centro escolar se ve en la necesidad de cuestionar sus esquemas pedagógicos y organizativos que quedan, de ese modo, salvaguardados, como ya advirtiera en su momento Whelage y Rutter (1986). Así pues, la atención se dirige exclusivamente a promover intervenciones particulares con alumnos que son identificados como en riesgo o ya absentistas, sin que se alteren los modos de funcionar y de hacer en el centro escolar: todo sigue como está salvo algunas actuaciones o intervenciones que se realizan en ciertos casos particulares.
Otros planteamientos reconocen y defienden que cabe plantear el tema no mirando únicamente a los individuos (absentistas) aisladamente sino focalizando la atención en lo escolar, en lo que acontece en el centro educativo. Situarse en este plano, significa
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Aunque a lo largo de este segundo apartado se hará referencia fundamentalmente al centro escolar, conviene dejar claro de entrada que éste no es el único foco de actuación, entre otras cosas porque los centros no son burbujas ni existen sólo de paredes para dentro; al contrario, forman parte de un contexto social determinado y, por tanto, no son ni pueden ser ajenos a cuestiones sociales, políticas, económicas, culturales ligadas a la propia comunidad escolar ni pueden mantenerse al margen de las familias, otras organizaciones e instituciones a la hora de afrontar el problema del absentismo. La primera consideración a tener en cuenta al abordar esta problemática se puede formular, precisamente a partir de esa idea, en el sentido de que es necesario ser plenamente consciente de que ése es un problema escolar y social, requiriéndose, por lo tanto, estrategias integrales e integradas para paliarlo. Conviene tener presente que la corresponsabilidad ha de ser un rasgo definitorio básico del escenario en el que hacer frente a esta problemática. En tal sentido, juegan un papel importante normativas que articulan las bases para la cooperación entre las administraciones educativas y las corporaciones locales, como por ejemplo, en nuestro país, la Ley de Bases de Régimen Local (1985) en la que se recoge la cooperación entre las administraciones educativas, titulares de las funciones y servicios educativos, y las Corporaciones Locales, teniendo un peso importante y clave la actuación de los Ayuntamientos y, concretamente, los Servicios Sociales Municipales.
Que el absentismo sea un proceso dinámico, multiforme en el que influyen múltiples aspectos que interactúan entre sí (el adolescente, su padres, los profesores y la escuela, los contextos de comunidad en los que vive y se desarrolla) lo convierte en un fenómeno cuya solución reviste cierta complejidad (García Gracia, 2003, 2013; González González, 2006). Aunque los centros escolares pueden desempeñar un papel nada desdeñable tanto en prevenirlo como en intervenir sobre el mismo, las iniciativas emprendidas por aquellos, habrían de situarse, como se acaba de señalar en el marco de políticas integradas basadas en la colaboración y coordinación entre distintas administraciones y sectores sociales y de la comunidad, que contemplen y atiendan simultáneamente los diversos ámbitos en los que se encuentran las raíces de estos problemas -familia, entorno, escuela, alumno-, que se plantean combinando aspectos sociales y educativos y que involucren al centro escolar, los alumnos, las familias, y otras organizaciones y asociaciones dentro de la comunidad (Bayoi y González, 2002; Bhanpuri y Reynolds 2003; Epstein y Sheldon, 2002; García Gracia, 2009; Maynard et al., 2012; Meneses y Dominó, 2008; Padrós y Marín, 2011; Rivero, 2009). Dicho en otros términos, las soluciones serán siempre insuficientes si se articulan únicamente sobre un solo pilar; requieren un esfuerzo de trabajo coordinado porque el problema es, realmente, de toda la comunidad, y son precisos los recursos y actuaciones provenientes de diversas instancias de la misma (entre ellas los centros escolares, a los que se aludirá más específicamente a continuación) para superar los obstáculos que pueden interferir en la asistencia regular a la escuela.
Así pues, no cabe hablar de abordar en el centro el problema del absentismo escolar sin pensar, al mismo tiempo, en las necesarias conexiones y enlaces con otras organizaciones, grupos en la comunidad, padres y servicios sociales. Conviene, en tal
M.T. González González
sentido, articular los mecanismos para que los centros educativos puedan establecer esas conexiones en la perspectiva de que aporten recursos y, sobre todo, en la de promover comunidad: redes de interdependencia y de apoyo dentro y fuera de las familias, el vecindario, el centro escolar. En definitiva, reforzar el entramado social en el que se mueven los adolescentes.
Al igual que el centro escolar ha de activar y movilizar junto con otras instancias las actuaciones y coordinaciones necesarias para afrontar problemas de esta naturaleza, también es crucial que desde el mismo se comparta la visión o idea rectora de que ante una problemática como es el absentismo es clave una política de prevención que haga posible atender y mejorar aspectos del funcionamiento del centro educativo que repercuten en la experiencia escolar que están viviendo los alumnos, a fin de prevenir el distanciamiento o desapego progresivo del centro, las aulas y la educación por parte de algunos de ellos, pues tal alejamiento provoca y, al tiempo, exacerba conductas absentistas.
Aunque habitualmente se considera que es un asunto que se circunscribe fundamentalmente a la Educación Secundaria, los problemas de asistencia pueden empezar temprano. Epstein y Sheldon (2002:308) insisten, por ejemplo, “en que muchos de los factores de riesgo que inciden en el absentismo, para alumnos y familias, es probable que comiencen antes o durante la escuela Primaria”. Siendo así, sería preciso pensar sobre y abordar el tema en cuanto aparezcan los primeros signos (desinterés en la escuela, saltarse clases, dificultades académicas, aislamiento de compañeros…) pues incluso unas pocas ausencias pueden influir negativamente el rendimiento académico y el grado de implicación escolar de los alumnos. Además una conducta absentista inicial puede evolucionar rápidamente a un nivel más crónico y serio. Hacer algo ante los primeros signos de absentismo constituye un enfoque más preventivo.
Considerando la doble distinción que se realizó antes entre medidas que ponen la mirada en el individuo o aquellas destinadas al centro globalmente considerado, cabría matizar que ese “hacer algo” al que se acaba de aludir es diferente en uno u otro planteamiento: En el primero, con la mirada puesta en el alumno en riesgo con faltas de asistencia, se suele insistir en que en el centro escolar habría que tener en cuenta algunos aspectos importantes como son: 1) Detectar lo más tempranamente posible la no-asistencia, pues cuanto más pronto se detecte más oportunidad de prevenir que ocurra de nuevo. 2) Contactar rápidamente con la familia de alumnos ausentes sin justificación, 3) Analizar los datos del alumno individual, para identificar pronto el patrón de ausencia y su posible causa, 4) Emprender las acciones correctivas que se considere más oportunas, y 5) ir haciendo un seguimiento de esos alumnos antes de que se conviertan en absentistas crónicos y, finalmente, abandonen.
Pero si el centro escolar se plantea abordar el tema desde un enfoque más amplio, no centrado únicamente en el alumno particular que está en riesgo o que ya manifiesta conductas absentistas, sino en el centro escolar en su conjunto, las actuaciones se dirigirían a mejorar aquellos aspectos de su funcionamiento educativo que puedan hacer de él un lugar en el que los alumnos quieran (más que tengan que) estar y aprender. La falta de asistencia, como ya se bosquejó antes, se considera, en este caso, como un indicador de temas más complejos y amplios de desenganche y motivación de los estudiantes (Railsbak, 2004) a los que contribuyen la cultura y estructura escolar (Lee y Burkam, 2003). La prevención, en tal sentido, estaría ligada a identificar y prestar atención a aspectos y asuntos escolares que pueden estar contribuyendo a esa situación,
M.T. González González
De modo que habrá que clarificar qué faltas son las que se registrarán (las no justificadas, las justificadas, las esporádicas o las que se producen con cierta regularidad, las de clases específicas o las de día completo, etc.) Igualmente, será preciso determinar cómo y cuando se registra y asegurar que el procedimiento que se establezca resulte claro para todo el profesorado así como que sea utilizado consistentemente por parte de todos los docentes.
En definitiva, y como bien señalan Bye et al. (2010), con vistas a que el centro y la comunidad escolar colaboren en el refuerzo de procedimientos y políticas de asistencia y a recoger la información necesaria, es preciso clarificar aspectos como los siguientes: ¿Qué constituye una ausencia?, ¿Ha de comprobar el centro escolar la justificación? ¿Necesita estar escrita o comunicada por teléfono?, ¿Cuántas faltas sin justificar se puede hacer antes que el centro intervenga con los padres, sancione al alumno, remita el caso a otras instancias?, ¿Cuándo habrá de ser recogida la asistencia en el centro de Primaria, el de Secundaria y el de Bachillerato?, ¿Cómo recogerla?, ¿Quién habría de recogerla?
Si el centro escolar cuenta con mecanismos de registro y control del absentismo bien comprendidos y adecuadamente utilizados por sus miembros, puede disponer de información y datos sobre: índices de absentismo en él y su evolución a lo largo del tiempo, por cursos, por asignaturas…, una información relevante no sólo para ir conociendo la situación, saber quiénes son absentistas, hacer seguimiento y revisar su asistencia y su progreso sino también para abordar las soluciones pertinentes. Dicho en otros términos, la recogida y el análisis periódico de los datos de ausencias para poder identificar causas y patrones de absentismo, es imprescindible para diagnosticar la situación y conocer cuál es la amplitud del problema; sin ella difícilmente se podrán tomar decisiones acerca de medidas, programas, estrategias, actuaciones que cabría emprender (Dinarsky et al., 2008).
La información sobre el tema es igualmente importante para las familias. Por ello el centro escolar, además de establecer los mecanismos pertinentes de registro de ausencias y asegurar un uso consistente de los mismos con vistas a conocer el estado de la cuestión, también habría de acordar qué mecanismos se utilizarán para informar a las familias y, en particular, a las directamente afectadas. En ese sentido, es preciso aclarar en el seno del centro escolar cómo contactar con ellas ante las primeras faltas o cómo notificar lo más rápidamente posible a los padres que sus hijos no están en la escuela. La información y contacto sin tardanza a las familias es también un modo de expresar el interés del centro escolar por advertirles pronto de la ausencia de su hijo/a, así como una vía para obtener información del porqué de su inasistencia, que sin duda es imprescindible a la hora de planificar soluciones individuales o de grupo significativas.
Aunque este primer aspecto que se ha comentado parece en principio limitado a regular y establecer un procedimiento de registro, por lo tanto un asunto que forma parte de los aspectos más formales y burocráticos del centro, la cuestión tiene mayor calado. En primer lugar, porque plantear y dilucidar en el conjunto del centro sobre la serie de aspectos ligados al registro, recogida y transmisión de información sobre situaciones de absentismo es un modo de cultivar la idea de que la asistencia a clase es una responsabilidad compartida por todos los que trabajan en él. En segundo, porque el cómo se plantee este tema es en cierto modo un indicador de cuánta atención se le presta al mismo: de si sólo se pasa por encima o, por el contrario se ha planteado, discutido y consensuado, se revisa periódicamente la información y se utiliza para tomar las decisiones más convenientes.
REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación
Este segundo aspecto, concierne también, al igual que el anterior, al centro en su conjunto, en ese marco de un planteamiento de política preventiva y atención temprana al que se aludió anteriormente. Tiene que ver, básicamente, con la reglamentación en el centro sobre la exigencia de asistencia, las faltas y su justificación y las consecuencias derivadas de las ausencias. Las normas sobre el particular, habrán de ser comprendidas fácilmente por todos los miembros de la comunidad educativa, ser actualizadas regularmente así como explicadas con claridad y diseminadas ampliamente en el centro escolar.
Son diversos los estudiosos del tema y los informes u orientaciones sobre el absentismo que entienden que tener establecidas reglas de asistencia y sus correspondientes consecuencias constituye un elemento esencial de cualquier esfuerzo por reducir absentismo. Aunque el acuerdo es menor en lo que se refiere a la efectividad de tal reglamentación. Mientras algunos (Flores, s.f.) mantienen que “quizá la estrategia más eficaz que pueden implementar las escuelas para reducir las tasas de absentismo es crear una política sobre el particular” (p.4), otros, como se comenta seguidamente, mantendrán que establecer políticas de asistencia en el centro escolar es un elemento, pero no el único ni el más importante, a la hora de luchar contra el absentismo, entre otras razones porque no sólo importa que haya reglas y normas sino el carácter más o menos punitivo o de otro tipo que tengan.
De hecho, no es infrecuente encontrar en la bibliografía al uso (particularmente estadounidense, australiana y canadiense), una cierta polémica respecto a si las normas y medidas que toma un centro por saltarse las clases, por llegar tarde o faltar a alguna sesión en particular tienen que tener un carácter punitivo o, más bien, “formativo”. Entre los autores que han abordado esta cuestión, existe una clara tendencia a considerar que cuando un centro escolar (o un distrito) establece consecuencias orientadas a “castigar” por no asistir a clase (por ejemplo, expulsar al alumno , suspender su asistencia al aula regular, recibir castigos o reprimendas o, incluso, derivar a servicios sociales externos o judicializar el problema…), éstas terminan contribuyendo a exacerbar las dificultades académicas de esos alumnos, y en ningún caso contribuyen a aumentar sus aprendizajes o a minimizar el tiempo que pasan fuera de clase. Sanciones de esa naturaleza constituyen, según el National Center for Mental Health Promotion and Youth Violence (2012) un rasgo de los “enfoques tradicionales” para afrontar el absentismo:
En el pasado las escuelas a veces suspendían o incluso expulsaban a alumnos normalmente absentistas. Se pensaba poco en prevenir el absentismo por medios diferentes a la amenaza o expulsión- cuya lógica no se cuestionó hasta la última década. Suspender o expulsar absentistas esencialmente recompensa su deseo de evitar la escuela, le provoca que se retrasen en el trabajo escolar, y hace poco para animar una asistencia más consistente. (p.3)
En este misma línea se pronuncian otros autores, como Cumbo y Burden (s.f.:16) o Yeide y Krosbin (2009:10) que advierten de que ciertas políticas y normas respecto a la asistencia “pueden tener efectos contraproducentes”. Por su parte Seeley y MacGillivary (2006) señalan que las políticas escolares pueden implicar a alumnos y familias en el proceso de aprendizaje o bien empujarlos fuera de la escuela. Sanciones como las antes indicadas, paradójicamente, acentúan el fenómeno que supuestamente se quiere combatir, porque aumentan la ruptura temporal del alumno con la escuela y acrecientan su desafección. Como claramente explican Bye et al. (2010):
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suficientemente interesantes y retadoras para que los estudiantes estén motivados para asistir al centro y a las clases. Esta misma idea de ofrecer a los alumnos una experiencia escolar que les resulte incentivadora para asistir es defendida por Eastman et al. (2007) cuando advierten que las políticas, normas y sanciones que se establecen en los correspondientes reglamentos de los centros respecto a las faltas de asistencia no solucionan por sí mismas el tema del absentismo, subrayando que aunque incentivos y recompensas pueden contribuir a disminuirlo, el mejor incentivo es el propio centro escolar:
....hay amplia evidencia que indica que las propias escuelas son los incentivos más importantes para el enganche escolar de los niños. Algunos alumnos informan que ellos asisten regularmente a la escuela porque ven la conexión entre el trabajo escolar corriente y un trabajo futuro,.... Otros citan cuestiones de seguridad, no ser respetado por los profesores, y estar aburrido como las principales razones para saltarse la escuela. Así que para que los alumnos asistan y estén implicados en la escuela (...) la intervención de absentismo tiene que centrarse (además de establecer reglas) en el propio ambiente escolar. (p.5)
Se abordará esta cuestión más detenidamente en el siguiente apartado. Antes de finalizar éste, conviene añadir otro aspecto importante respecto a las políticas y reglas de asistencia en el centro. Es el relativo a que en su elaboración, establecimiento y revisión periódica es preciso contemplar la participación de los distintos miembros del centro y la comunidad educativa (incluidos alumnos), así como establecer los adecuados canales de comunicación para hacerlas públicas, asegurar que sean bien comprendidas y asumidas por las familias, el alumnado y el profesorado (Reid, 2000, 2005), y consistentemente reforzadas (Gerrard et al., 2003; Reimer y Dimock, 2005) de manera que “todos los adultos en la vida de los alumnos concuerden en las expectativas y reglas que se le plantean a éstos” (Eastman et al., 2007:4).
Las familias han de conocer y comprender bien las cuestiones reguladas en el centro respecto a la asistencia y ausencia a clase. Reid (2005) comentando diversas iniciativas contra el absentismo positivamente valoradas en informes de Inspección británicos (Ofsted) por sus efectos señala, por ejemplo, que en todas ellas se había prestado un adecuado apoyo a las familias respecto a la asistencia.
Es importante transmitirles el mensaje (en reuniones conjuntas, a través de los tutores, por carta, e-mail…) de que ésa es una cuestión que en el centro se toma en serio, cuáles son las circunstancias en las que se autorizan o no ausencias, así como las consecuencias que se derivan de ellas. Conviene recordarles o trabajar con ellos asuntos relacionados con su responsabilidad en asegurar la asistencia regular de sus hijos a la escuela, incluyendo su llegada puntual, así como la importancia de que cultiven representaciones familiares positivas sobre el centro escolar.
Por otra parte, también los alumnos tienen un papel en este asunto de las normas y sanciones. Además de participar en su establecimiento, tienen que conocerlas y comprenderlas. En tal sentido, al igual que el centro escolar puede fijar una estrategia de trabajo con los padres sobre el tema, también habrá de contemplar de qué mecanismos va a echar mano para que los alumnos comprendan y tomen conciencia de los aspectos negativos del absentismo para ellos mismos y su formación, y a través de qué mecanismos (reuniones, sesiones de tutoría, debates, …) facilitar que participen en establecer y acordar las consecuencias que en el centro concreto en el que están tienen de las faltas de asistencia, hablen y comenten sobre ellas y todos las conozcan claramente.
M.T. González González
Igualmente, el profesorado del centro habrá de estar familiarizado con las normas establecidas y utilizarlas, cuando sea necesario, con consistencia.
Finalmente, y antes de concluir este apartado, conviene añadir dos matices:
El absentismo, se ha apuntado repetidamente en la bibliografía al uso, no es un acontecimiento puntual que se produce instantáneamente sino uno proceso que tiene una cierta trayectoria, en dos sentidos: Por un lado, los alumnos no deciden de golpe no ir a clase. Con frecuencia siguen una escala creciente de ausencia: Llegar tarde, faltar a una clase, no asistir regularmente a la primera o a la última sesión, faltar toda la jornada escolar, seguir y mantener un patrón de faltas (ej. lunes y viernes), ausentarse varios días o, incluso, semanas. Por otro, la conducta absentista se gesta en el tiempo y se puede considerar como la manifestación o muestra de que el alumno se ha ido desenganchando o desapegando progresivamente de la escuela; posiblemente como resultado de una serie de experiencias escolares negativas que han ido alimentando las dificultades escolares, la indiferencia, la pasividad, la no implicación en actividades del aula y el centro escolar,
M.T. González González
Hacer del centro escolar un lugar al que los alumnos sientan que pertenecen, en el que quieran estar, no ausentarse, participar e implicarse, pasa por atender diversos aspectos (Bye et al., 2010; California Department of Education, 2000; Chang y Romero, 2008; DeSocio et al., 2007; Dynarski et al., 2008; Eatsman et al., 2007; Epstein y Sheldon,
La personalización de la enseñanza y el ambiente de aprendizaje en que se mueve el alumno, así como un curriculum relevante y riguroso a los que se acaba de hacer referencia son dos recomendaciones en las que se insiste explícita y frecuentemente. Por ejemplo, Dinarsky et al. (2008) en su guía sobre prevención del abandono incluyen diversas recomendaciones, organizadas en categorías, en relación con las cuales se indica qué evidencias de investigación las apoyan. Precisamente dentro de la categoría “intervenciones escolares” incluyen las diseñadas para aumentar la implicación ( engagement ) para todos los alumnos y prevenir en términos generales el abandono. Recogen en esa categoría tanto personalizar el ambiente de aprendizaje y el proceso instructivo como proporcionar instrucción rigurosa y relevante para implicar mejor a los alumnos en el aprendizaje y proporcionar las habilidades necesarias para graduarse y utilizarlas una vez que dejen la escuela.
Así, no es infrecuente que se ligue la noción de un centro escolar más atrayente y en el que los alumnos puedan desarrollar un mayor sentido de pertenencia a uno en el que se cuida expresamente el ambiente o clima de centro y aula, particularmente las relaciones entre alumnos y adultos. Las relaciones que el alumno absentista o en riesgo de serlo mantienen con otras personas en el centro escolar, ya sea profesores, ya compañeros constituye una faceta clave en su grado de implicación o desafección escolar, como documenta la investigación sobre el tema (González González, 2010a). En general, un clima social y académico inhóspito, despersonalizado, burocrático y de anonimato generará mayor desapego por parte del estudiante, mientras que uno personalizado y acogedor –en el que predominan relaciones de “cuidado” personal y también académico, posibilidades de participación real (tener voz) así como interacciones significativas entre alumnos que les permitan gozar de un sentido de comunidad entre ellos evitando vivencias y experiencias de alienación y aislamiento (González González, 2010b), será un buen caldo de cultivo para que los alumnos desarrollen un mayor sentido de pertenencia al centro escolar y se sientan más motivados para asistir al centro y aulas e implicarse con su actividad. En definitiva cuidar este aspecto es abrir una puerta hacia un centro escolar cuyas relaciones se asientan en el respeto, la justicia, la responsabilidad y la confianza.
También se ha insistido con especial énfasis en la importancia de ofrecer un Currículo y clases relevantes y métodos de enseñanza interesantes para los alumnos: Un curriculum que conecte lo que se trabaja y ocurre en la escuela con la vida y realidades cotidianas de
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los alumnos y actividad de clase, que posibiliten estar implicados en un trabajo significativo y relacionado con la vida real, con metodologías adaptadas a la realidad del siglo XXI en que vivimos, no a las prácticas de enseñanza propias del siglo XX (Oprensky, cit en Eastman et al., 2007).
Lo anterior no es sino un modo de subrayar que prevenir situaciones de absentismo o abordar el tema lo más tempranamente posible pasa por admitir que es un problema académico y que los docentes, posibilitando dinámicas de aula que sean más retadoras y que “enganchen” más a los adolescentes, juegan un papel central en contrarrestarlo y en reforzar la asistencia.
La importancia máxima de atender a la relevancia, la coherencia, la coordinación en lo que se refiere cuestiones curriculares y de cultivar dinámicas de enseñanza-aprendizaje significativas para los alumnos y alumnas y, al tiempo, cuidar y alimentar un clima de apoyo y atención más cercano, menos impersonal y más propenso a una mayor implicación de los estudiantes en el centro y las aulas exige desarrollar dinámicas genuinas de coordinación y trabajo conjunto entre los docentes, y abandonar dinámicas de trabajo docente asentadas en la sacralización de la autonomía y la discrecionalidad docente y en el supuesto de que la enseñanza y atención a los alumnos se resuelve únicamente en el espacio acotado del aula y por cada profesor.
En definitiva, aspectos como los comentados estarían subrayando la necesidad de tomar en cuenta factores asociados al absentismo que se sitúan dentro del centro escolar. Dos ejes nucleares -no únicos, desde luego- en ese planteamiento preventivo del que se viene hablando a lo largo de este artículo como se acaba de comentar son por un lado el curriculum y la enseñanza y por otro el ambiente escolar y clima de aprendizaje. No obstante, cabe advertir que aunque el papel y responsabilidad de los docentes y, en general, centros escolares es crucial, el desarrollo de dinámicas y modos de actuación como los que se han comentado requiere de políticas que apoyen y faciliten actuaciones en esta línea.
Pero también desde un enfoque preventivo hay que pensar que probablemente alumnos absentistas que forman parte de sectores social, económica y culturalmente desfavorecidos tengan dificultades ya de entrada que hay que compensar (Fernández y Bustos, 2006). Igualmente, si son o han sido absentistas, es muy probable que cuando se re-incorporan al centro-aula se encuentren con dificultades adicionales. En esa línea, por ejemplo, no es baladí contemplar –desde esa consideración del absentismo como problema académico–, qué actividades de aula diseñar para el alumno que se re- incorpora después de estar varios días sin clase. Para el alumno con dificultades académicas, esa re-entrada puede resultar descorazonadora; necesitará apoyos para reconstruir relaciones con sus profesores y compañeros, para recuperarse de sus dificultades y retrasos académicos, engancharse en clase, reajustarse a un día estructurado, etc. Sin duda, también estas situaciones requieren y exigen un ambiente de trabajo personalizado, conexión entre las actividades curriculares y la vida diaria, los intereses y experiencias reales de esos alumnos; la utilización de estrategias de enseñanza diversas y materiales ajustados a sus necesidades y características y las consecuentes respuestas pedagógicas a dificultades académicas.
Un componente crítico en cualquier programa de absentismo, ya sea de prevención o de intervención, es la implicación de las familias (Baker et al., 2001; Dimock, 2005; Eatsman et al., 2007; Maynard et al., 2012). Su papel es crucial porque ellas son un factor
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vistas a explorar y experimentar soluciones que, necesariamente, “han de descansar tanto en el centro como en la familia” (Bye et al., 2010:72), o el incluirlos como partícipes y apoyos en actuaciones que se emprendan sobre el particular.
En este plano del trabajo con las familias, es crucial, también, cuidar y atender a su formación, a través de múltiples vías (jornadas de puertas abiertas, convivencias, talleres, escuela de padres…) y en relación con múltiples facetas que pueden, según contextos y situaciones, interesar a los implicados (Chang y Romero, 2008:11):
En última instancia se trata de que haya un discurso y mensaje común a los adolescentes. Cuando profesores, padres y personal de la escuela trabajan conjuntamente, a los adolescentes les llega el mensaje de que los adultos están en la misma onda, decía Roderick hace 40 años (1977), de que todos ellos creen, comparten y defienden la importancia de la asistencia regular para alcanzar los aprendizajes deseados, para la vida futura.
En apartados anteriores se han comentado algunos puntos o aspectos a considerar cuando un centro escolar pretende abordar, ya sea preventiva o tempranamente, situaciones o episodios de absentismo entre su alumnado. Obviamente, no se han abordado todos los frentes que es preciso contemplar alrededor de múltiples facetas organizativas, curriculares y educativas de la vida del centro escolar. Por otra parte, al situar el foco de atención únicamente en éste, tampoco se ha abordado con detenimiento la necesaria coordinación entre el centro y los diferentes agentes del entorno escolar cuya implicación y participación activa en la detección y exploración de posibles soluciones al problema es, sin lugar a dudas, imprescindible.
En todo caso, una idea que ha estado latiendo a lo largo del texto, es la absoluta necesidad de adoptar un enfoque colaborativo ante el problema del absentismo y trabajar cooperativamente tanto en el seno del propio centro escolar como con las familias y otras instituciones de la comunidad para atajar un problema que, como bien es sabido, está ligado a múltiples causas y factores no situadas todas en el centro escolar pero tampoco situadas todas más allá de sus paredes. La colaboración, la cooperación y la integración de esfuerzos provenientes de distintos frentes son, en tal sentido, fundamentales. Y desde luego, esfuerzos y dinámicas de colaboración en el centro escolar destinadas a abordar y afrontar asuntos como el absentismo difícilmente podrán llevarse a cabo sin las convenientes decisiones políticas que las posibiliten y apoyen.
M.T. González González
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