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Adam FERGUSSON, Cuando muere el dinero, Alianza Editorial, Madrid 1984, Apuntes de Historia Económica

Asignatura: Historia economica mundial, Profesor: Marc Badia, Carrera: Economia, Universidad: UB

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 05/03/2014

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Adam FERGUSSON, Cuando muere el dinero, Alianza
Editorial, Madrid 1984.
“La inflación tiene tanto que ver con el dinero como con la gente, y para contar esta historia es necesario
ayudarse de cifras, generalmente de grandes cifras, de cifras cada vez mayores. Precisamente fueron estas
grandes cifras las que tuvieron que asimilar y manejar durante años los pueblos de la Europa Central,
hasta que finalmente se vieron libres de esta pesadilla aritmética. El valor de un marco en 1922 y 1923
estaba en la mente de todos, pero era difícil comprender la auténtica magnitud de una cantidad que
necesitaba una docena de ceros para ser escrita.
La Embajada británica en Berlín comentaba en octubre de 1923 que una libra equivalía aproximadamente
a tantos marcos como metros hay desde la Tierra al Sol. Por su parte, el Dr. Schacht, comisario nacional
del Tesoro, explicaba que al final de la Primera Guerra Mundial teóricamente se podían haber comprado
500.000.000.000 huevos por el mismo precio que cinco años mas tarde sólo permitía comprar uno
sólo.” (pp. 14-15)
“Inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial, en 1913, el marco alemán, el chelín inglés, la lira
italiana y el franco francés valían aproximadamente lo mismo, y un dólar equivalía poco más o menos a
cuatro veces cada uno de ellos. Al final de 1923 era posible cambiar un chelín, una lira o un franco por
más de 1.000.000.000.000 de marcos, aunque en la práctica nadie estaba dispuesto a tomar marcos a
cambio de nada. El marco estaba muerto, había llegado a ser una millón millonésima de sí mismo, y para
ello apenas se habían necesitado una decena de años.
La caída del marco se produjo gradualmente. Durante los años de guerra, 1914-1918, su valor quedó
reducido a la mitad, y en agosto de 1919 había perdido otro 50%. Sin embargo, en los comienzos de
1920, aunque el coste de la vida en Alemania había subido del orden de nueve veces en relación a 1914,
la cotización del marco en el exterior había descendido a la cuarentava parte.
Después siguieron doce meses de nerviosas fluctuaciones, para más tarde desplomarse estrepitosamente,
provocando con su caída toda una ola de desgracias sociales y de conflictos políticos.
Hasta 1923 la moneda alemana se mantuvo colgada al borde de un precipicio, sujetándose apenas con las
puntas de los dedos. A partir de entonces no pudo aguantar más y acompañó en su caída hacia el abismo
a las monedas húngara y austriaca, si bien su hundimiento fue todavía más profundo.
El año 1923 fue el de la inflación galopante, cuando una especie de locura asaltó a las autoridades
financieras alemanas y el desastre económico afectó dramáticamente a millones de personas. Fue el año
de las cifras astronómicas, de “la inflación de la carretilla” , de los fenómenos financieros insólitos.
La muerte del marco, en noviembre de 1923, de alguna manera vino a suponer un piadoso regalo. Era
como si el enfermo incurable hubiese dejado por fin de existir, y sus familiares pudiesen retirarse a
descansar después de ocho meses de agonía.
Fue entonces cuando Alemania tuvo que emprender el camino de su reconstrucción financiera y soportar
unos esfuerzos tan rigurosos como aquellos de que acaba de liberarse. El restablecimiento de su salud
monetaria le costó al país un precio superior al que tuvo que pagar por las pérdidas de la guerra mundial.
La reconversión supuso miles de quiebras, la ruina de millones de personas y la muerte de las esperanzas
de muchos millones más” (pp. 17-18)
“En una larga entrevista que mantuvo muchos años más tarde Pearl Buck con Erna von Pustau, hija de un
pequeño comerciante de Hamburgo, esta insistía en el mismo punto: Acostumbrábamos a decir: el dólar
sigue subiendo, cuando en realidad el dólar estaba en el mismo sitio y éramos nosotros los que nos
estábamos cayendo. Pero, mire, malamente podíamos pensar que nuestro marco estuviese bajando,
cuando cada vez teníamos una mayor cantidad de ellos, y esto era mucho más evidente que la pérdida de
valor de nuestro dinero... Todo era como una locura, y consiguió que la gente se volviera loca” (p. 21).
“Los primeros pasos de la inflación tuvieron lugar bajo los auspicios de Karl Helfferich, secretario de
Estado para las Finanzas de 1915 a 1917. (...) En agosto de 1914 fueron tomadas medidas para financiar
la guerra y para evitar la pérdida de las reservas de oro. El último objetivo se alcanzó con la simple
decisión de suprimir la convertibilidad en oro de los billetes emitidos por el Banco Central, y el primero
se consiguió recurriendo a préstamos bancarios, cuyos fondos les eran provistos por el sencillo sistema de
poner en marcha la máquina de imprimir.
(....) Más tarde, pero sólo después de 1916, los impuestos tuvieron que asumir un papel de mayor
protagonismo.
(....) Los costes totales de la guerra supusieron para Alemania 164.000 millones de marcos (....) Los
préstamos de guerra constituyeron la fuente más importante para suministrar este dinero; las ocho
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Adam FERGUSSON, Cuando muere el dinero, Alianza

Editorial, Madrid 1984.

“La inflación tiene tanto que ver con el dinero como con la gente, y para contar esta historia es necesario ayudarse de cifras, generalmente de grandes cifras, de cifras cada vez mayores. Precisamente fueron estas grandes cifras las que tuvieron que asimilar y manejar durante años los pueblos de la Europa Central, hasta que finalmente se vieron libres de esta pesadilla aritmética. El valor de un marco en 1922 y 1923 estaba en la mente de todos, pero era difícil comprender la auténtica magnitud de una cantidad que necesitaba una docena de ceros para ser escrita. La Embajada británica en Berlín comentaba en octubre de 1923 que una libra equivalía aproximadamente a tantos marcos como metros hay desde la Tierra al Sol. Por su parte, el Dr. Schacht, comisario nacional del Tesoro, explicaba que al final de la Primera Guerra Mundial teóricamente se podían haber comprado 500.000.000.000 huevos por el mismo precio que cinco años mas tarde sólo permitía comprar uno sólo.” (pp. 14-15) “Inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial, en 1913, el marco alemán, el chelín inglés, la lira italiana y el franco francés valían aproximadamente lo mismo, y un dólar equivalía poco más o menos a cuatro veces cada uno de ellos. Al final de 1923 era posible cambiar un chelín, una lira o un franco por más de 1.000.000.000.000 de marcos, aunque en la práctica nadie estaba dispuesto a tomar marcos a cambio de nada. El marco estaba muerto, había llegado a ser una millón millonésima de sí mismo, y para ello apenas se habían necesitado una decena de años. La caída del marco se produjo gradualmente. Durante los años de guerra, 1914-1918, su valor quedó reducido a la mitad, y en agosto de 1919 había perdido otro 50%. Sin embargo, en los comienzos de 1920, aunque el coste de la vida en Alemania había subido del orden de nueve veces en relación a 1914, la cotización del marco en el exterior había descendido a la cuarentava parte. Después siguieron doce meses de nerviosas fluctuaciones, para más tarde desplomarse estrepitosamente, provocando con su caída toda una ola de desgracias sociales y de conflictos políticos. Hasta 1923 la moneda alemana se mantuvo colgada al borde de un precipicio, sujetándose apenas con las puntas de los dedos. A partir de entonces no pudo aguantar más y acompañó en su caída hacia el abismo a las monedas húngara y austriaca, si bien su hundimiento fue todavía más profundo. El año 1923 fue el de la inflación galopante, cuando una especie de locura asaltó a las autoridades financieras alemanas y el desastre económico afectó dramáticamente a millones de personas. Fue el año de las cifras astronómicas, de “la inflación de la carretilla” , de los fenómenos financieros insólitos. La muerte del marco, en noviembre de 1923, de alguna manera vino a suponer un piadoso regalo. Era como si el enfermo incurable hubiese dejado por fin de existir, y sus familiares pudiesen retirarse a descansar después de ocho meses de agonía. Fue entonces cuando Alemania tuvo que emprender el camino de su reconstrucción financiera y soportar unos esfuerzos tan rigurosos como aquellos de que acaba de liberarse. El restablecimiento de su salud monetaria le costó al país un precio superior al que tuvo que pagar por las pérdidas de la guerra mundial. La reconversión supuso miles de quiebras, la ruina de millones de personas y la muerte de las esperanzas de muchos millones más” (pp. 17-18) “En una larga entrevista que mantuvo muchos años más tarde Pearl Buck con Erna von Pustau, hija de un pequeño comerciante de Hamburgo, esta insistía en el mismo punto: Acostumbrábamos a decir: el dólar sigue subiendo, cuando en realidad el dólar estaba en el mismo sitio y éramos nosotros los que nos estábamos cayendo. Pero, mire, malamente podíamos pensar que nuestro marco estuviese bajando, cuando cada vez teníamos una mayor cantidad de ellos, y esto era mucho más evidente que la pérdida de valor de nuestro dinero... Todo era como una locura, y consiguió que la gente se volviera loca” (p. 21). “Los primeros pasos de la inflación tuvieron lugar bajo los auspicios de Karl Helfferich, secretario de Estado para las Finanzas de 1915 a 1917. (...) En agosto de 1914 fueron tomadas medidas para financiar la guerra y para evitar la pérdida de las reservas de oro. El último objetivo se alcanzó con la simple decisión de suprimir la convertibilidad en oro de los billetes emitidos por el Banco Central, y el primero se consiguió recurriendo a préstamos bancarios, cuyos fondos les eran provistos por el sencillo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir. (....) Más tarde, pero sólo después de 1916, los impuestos tuvieron que asumir un papel de mayor protagonismo. (....) Los costes totales de la guerra supusieron para Alemania 164.000 millones de marcos (....) Los préstamos de guerra constituyeron la fuente más importante para suministrar este dinero; las ocho

emisiones realizadas cubrieron aproximadamente los tres quintos de esta cifra, el resto fue conseguido por medio de impuestos y a través de préstamos bancarios que en contrapartida recibían pagarés del Tesoro.” (pp. 25-26) “El Tratado de Versalles no sólo liquidó el imperio colonial alemán, sino que le amputó una séptima parte de su población. En su articulado se establecía que Alsacia y Lorena serían devueltas a Francia, y que esta potencia ocuparía la zona del Rhin y explotaría el carbón del Sarre durante quince años, después de los cuales un referéndum determinaría su futuro. También en el Este otro referéndum establecería el destino de la Alta Silesia. Las implicaciones para la economía alemana de estas mutilaciones eran, por supuesto, enormes, como también lo fue la exigencia de reducir el ejército a la cuarta parte. Esto último suponía el licenciamiento de más de 250.000 soldados y su automática inclusión en el mercado de trabajo. Había que buscar trabajo para ellos a toda costa, o si no, había que atenerse a las consecuencias. Pero lo peor de todo fueron las cláusulas finales que responsabilizaban a Alemania del desencadenamiento de la guerra y exigían la entrega a los aliados, en concepto de indemnizaciones, de unas colosales cantidades en dinero y en especie” (p. 30) La situación en Austria es recogida a través de la experiencia de la señora Eisenmenger, una acomodada dama viuda: “Incluso los ciudadanos más respetables quebrantan ahora la ley. Lo contrario significa estar dispuesto a morir de hambre por obedecerla... El hecho de que el futuro sea tan incierto ha paralizado la industria y las obras públicas, incrementando dramáticamente el número de desempleados sostenidos por el Estado... Por supuesto, es imposible permitirse el lujo de tener servicio doméstico o cualquier otra clase de trabajadores. El gobierno socialista está continuamente fomentando la conciencia de clase entre los obreros, y les está llenando la cabeza con tópicos que conducen a que consideren el valor del trabajo manual de forma absolutamente exagerada. Solamente esto puede explicar que los salarios de los obreros manuales sean mucho más altos que los de los trabajadores intelectuales. Incluso nuestro viejo portero está reclamando cantidades tan extravagantemente altas por realizar pequeñas tareas que prefiero hacer yo misma hasta los trabajos más pesados y desagradables de la casa. Yo guardaba cuidadosamente las 1.000 coronas que me quedaban junto al paquete de los cupones de racionamiento. Tal vez el Estado se declare algún día incapaz de hacer frente a las promesas que imprime, igual que en el caso de los billetes, pero al menos todavía acepta su propio dinero a cambio de las escasas provisiones que nos ofrece. Los comerciantes particulares ya rehusan vender sus preciosas mercancías por dinero y reclaman a cambio algo que tenga verdadero valor. La mujer de un doctor que conozco cambió recientemente su precioso piano por un saco de harina de trigo. Y yo, por mi parte, he cambiado el reloj de oro de mi marido por cuatro sacos de patatas que nos permitirán pasar mejor el invierno... El granjero que me las proporcionó había escondido los sacos de patatas entre un montón de paja y encima colocó unas cuantas manzanas. Por supuesto las manzanas se las robaron, pero al menos las patatas se salvaron... Tengo que darle al portero medio saco para taparle la boca... Cuando los ojos del granjero se fijaron en el piano, (...) me llamó aparte y me dijo: “Mi mujer ha deseado una de estas cosas toda su vida. Si usted me lo regala tendrá todo lo que necesite durante tres meses” (pp. 38-39) “Las onerosas condiciones impuestas por los aliados, especialmente por Francia, fueron sin duda las causantes de las revueltas populares. La rápida ascensión en Munich de la influencia de Hitler se basaba en sus ataques contra aquellos que habían traicionado al país en 1918, mientras que la izquierda, utilizando las lecciones del pasado inmediato, incitaba a la revuelta en cuanto se le ofrecía la menor oportunidad. Así transcurrieron los cinco años anteriores a 1921, que prepararon el terreno para los agitadores; continuaron empeorando los problemas financieros y se configuraron las condiciones políticas y sociales que habrían de presidir el periodo siguiente” (p. 46) “No todos los industriales y comerciantes alemanes confiaban en el marco, pero eran pocos los que no se protegían contra cualquier eventualidad –una protección que sólo podían conseguir a costa del Estado, y haciendo que sus temores se autojustificasen. Cuando les era posible trataban de abrir cuentas a su favor en el exterior, normalmente a base de acuerdos directos con sus clientes o proveedores. Por ejemplo: facturaban los productos que exportaban a precios inferiores a los acordados y pedían que la diferencia les fuese colocada en el extranjero en una divisa fuerte. O también importaban mercancías que eran sobrecargadas, y con el exceso que pagaban sobre lo estipulado se procedía de la misma manera. Estas maniobras tenían la ventaja adicional de eludir el pago de impuestos en Alemania. Realizadas en gran escala, este tipo de operaciones también alimentaban la inflación, y si se generalizaban o se practicaban de forma continuada podían llevar a Alemania a la insolvencia como país, aunque sus ciudadanos pudiesen poseer, a título individual, importantes fortunas en el exterior. El proceso era particularmente censurable, no sólo porque el beneficio de los exportadores supusiese una pérdida

“En la primavera de 1922 Alemania empezó a evidenciar numerosos síntomas de desesperación nacional. (...) La confianza del país en sus propias posibilidades se desvanecía paralelamente con su prosperidad, y esto a su vez provocaba la degeneración de la moral nacional y una descomposición de sus instituciones. El pesimismo y el descontento crecían junto a la sensación de inseguridad, mientras se reducía el sentido de solidaridad y el patriotismo. Ni el odio hacia el militarismo francés, o hacia Francia en general, ni el deseo de revancha era capaz de aglutinar al que había sido el pueblo más trabajador de Europa. Los alemanes permanecían aletargados, mientras la estructura de la nación se desmoronaba, abandonando los principios éticos, y con la inflación haciendo incalculables estragos materiales y sociales que minaban la moral y los recursos del país. Entre algunos la idea de conseguir el renacimiento del orgullo alemán, magullado por la guerra, castigado y humillado, se había convertido en algo parecido a una obsesión.” (p.

“En la primavera de 1922 se hizo evidente la divergencia creciente entre el ritmo al que aumentaba la deuda flotante y el volumen de dinero en circulación. Detrás de este hecho se escondía, en primer lugar, la incapacidad de los bancos privados para proveer la financiación que necesitaba la industria y el comercio, y en segundo término, la consecuente diligencia con que el Reichsbank asumía el deber de rellenar ese vacío. A partir del verano el papel comercial fue descontado por el Banco Central con tanta generosidad que las empresas podían conseguir financiación por esta vía a tipos de interés notablemente más bajos de los que podían ofrecerles los bancos privados. (....) La demanda de nuevos créditos, que la conducta del Reichsbank contribuía a estimular, fue casi tan importante en la realimentación de la inflación como las desproporcionadas facilidades financieras que le concedía al propio gobierno. ( pp. 98-99) “Mr. Sedes escribía desde Munich que los gastos de alimentación semanales de su chófer eran ahora 5 veces y media superiores a los de hacía un año, en agosto de 1921. Por otra parte, su salario era seis veces más alto. Como éste se fijaba de acuerdo con la media pagada a los trabajadores de su ramo no estaba pasándolo demasiado mal, excepto por los desfases que se producían entre las revisiones salariales, que en aquella época eran mensuales, y las subidas de los precios, que lo hacían semanal o incluso diariamente. Este era el caso de la mayoría de los artesanos y obreros manuales, pero, por supuesto, decía Sedes, la clase media, incluyendo administrativos y periodistas, no estaba, ni mucho menos en una posición tan satisfactoria” (p. 104). La situación en Hungría en 1922: “Excepto para los pocos afortunados que tuviesen su capital invertido en países neutrales, los rentistas se enfrentaban a un “angustioso panorama”. Los más jóvenes y los más fuertes habían encontrado trabajo, pero los más viejos quedaron desamparados. Los profesionales libres, doctores, abogados, etc., lo mismo que en Austria y Alemania, sufrían la escasez de clientes o de enfermos que acudiesen a ellos. De todas formas estaban desprovistos de los más elementales equipos, desde las camas hasta las escupideras. Los profesionales con salarios fijos se vieron reducidos a “la más absoluta penuria”. Los contables, y los administrativos, que antes constituían una de las clases más importantes de la capital, ganaban entre 12.000 y 20.000 coronas al mes, y su salario continuaba reduciéndose en términos reales. Si todavía podían mantener juntos el cuerpo y el alma era gracias a que muchos podían todavía cargar sus comidas a la cuenta de gastos generales de su departamento. Sin embargo, para aquellos con familiares a quien alimentar, “el 60% de subida de los precios no les permite seguir resistiendo”. Los trabajadores encuadrados en sindicatos, como siempre, no lo pasaban demasiado mal; sus pagas se revisaban de vez en cuando. De todas formas no se podía decir que fuesen precisamente afortunados. Mientras en 1914 necesitaban 80 horas de trabajo para poder comprar un traje o un vestido, en 1919 eran precisas 141 horas, y en julio de 1922, 381. De forma parecida, las horas requeridas para comprar una docena de huevos se habían multiplicado por tres, y en el caso de un kilo de pan, por cuatro. En el campo, los terratenientes y los agricultores eran los menos afectados de todos. Producían por sí mismos la mayoría de las cosas esenciales que consumían, y podían subir los precios de las mercancías tan fácilmente como los tenderos. Los campesinos sin tierras no lo tenían tan claro, y el gran número de trabajadores temporeros, cuya movilidad se había quedado limitada al interior de las nuevas fronteras húngaras, formaban un grupo particularmente desamparado. (....) A medida que se acercaba la Navidad de 1922, y los precios seguían subiendo más allá de lo que podían soportar la mayoría de las clases urbanas, empezaba a verse claramente que la crisis no podía tardar en llegar, y que el sostenimiento de la corona no podía seguir manteniéndose por mucho tiempo. Con las organizaciones secretas infiltrándose en el poder, el nacionalismo extremista renaciendo y con un antisemitismo que ya empezaba a ser evidente hasta en los círculos oficiales, Hungría había llegado ya muy cerca del abismo” (pp. 124-125)

“Lo único que se podía hacer con el dinero efectivo en aquellos tiempos era gastarlo en lo que fuese lo más rápidamente posible. Ahorrar era una locura. Igual que en Austria, el comportamiento de muchos agricultores compraban toda clase de maquinaria y de herramientas que necesitaban, y muchas más cosas superfluas que no les servían para nada. Fue un período en el que se podían encontrar los pianos de cola en las casas menos musicales. Cualquiera que estuviese al corriente de las consecuencias de la inflación, se apresuraba a protegerse de la pérdida de valor del dinero comprando activos que pudiesen mantener su valor real: casas, fincas, productos manufacturados, materias primas, etc.” (p. 128) “En el interior de Alemania la gente estaba volviendo al trueque y al pago con divisas como única forma seria de comerciar. Se dictaron nuevos decretos para prohibir la compra de efectos extranjeros y la utilización de la divisa para los pagos interiores. Además de la cárcel, se establecían multas que podían llegar a más de diez veces el montante de la operación ilegal. Para evitar la fuga de capitales, las transferencias al exterior, desde entonces, tenían que ser autorizadas –no sólo notificadas como hasta ese momento- y las operaciones de los importadores fueron severamente reguladas. Estas medidas, desgraciadamente, aparte de dificultar el comercio legítimo, no tenían en cuenta el hecho de que se podía seguir especulando con valores en las distintas bolsas extranjeras, y por consiguiente fueron incapaces de contener la tendencia descendente del marco” (p. 132). A finales de 1922: “La disparidad entre la subida del coste de la vida y la elevación de salarios se estaba ampliando. Mientras que desde la guerra la vida había subido alrededor de 1.500 veces, el sueldo de los mineros –que eran los trabajadores mejor pagados- en noviembre de 1922 apenas se había multiplicado por 200. Con el marco a 27.000 por libra y 6.400 por dólar a mediados de noviembre, y con los precios interiores acompañando en su tendencia a ambas divisas, los salarios ya no sólo eran incapaces de seguir a los precios sino que cuando los obreros cobraban la paga en realidad recibían menos de lo que se les debía.” (p. 134) “Una de las consecuencias de la inflación galopante había sido la destrucción de la capacidad de endeudamiento del Estado en el exterior. Al final de 1922 ya empezaban a aparecer otros efectos. Debido a la ventajosa posición competitiva de Alemania, sus productos estaban presentes en todos los mercados del mundo, aunque ahora sólo en la tercera parte del volumen anterior a la guerra. Dado que todo el mundo gastaba sus ingresos tan rápidamente como podía, el mercado doméstico absorbía una cantidad increíble de la producción, impidiendo una mayor exportación y proporcionando unos extraordinarios beneficios a corto plazo para la industria” (pp. 142-143). En enero de 1923 se produce la ocupación francesa de la cuenca del Rhur y se implementó la denominada “resistencia pasiva”: “La resistencia pasiva no fue tan estrictamente pasiva como pretendía que fuese el gobierno. Sabotear las líneas del ferrocarril se convirtió en un pasatiempo popular, y los puentes y los cruces eran dinamitados a intervalos regulares. Las señales eran estropeadas y los administrativos perdían o destruían los documentos de embarque de las mercancías transportadas, especialmente las relativas a los bienes perecederos, que eran inmediatamente saqueados. Los trenes militares franceses eran descarrilados y las barcazas hundidas en los canales, con lo que el carbón no llegaba desde el Oeste nada más que de forma muy esporádica. La ola de nacionalismo que se extendió por toda Alemania después de la invasión francesa se apresuraron a capitalizarla en su favor los movimientos reaccionarios, con el apoyo tácito del ejército alemán, y con la financiación y el aliento de los industriales” (p. 151). “Los que disponían de moneda extranjera eran los que compraban con más facilidad, y los que conseguían las mayores gangas. Particularmente el poder de compra del dólar excedía, con mucho, el valor de su cambio en el mercado. A principios de 1923, von der Osten se marchó con seis amigos a Berlín a pasar una noche de juerga, llevando consigo un solo dólar. Pues bien, a la mañana siguiente, después de haber cenado y de haber pasado por varias salas de fiestas, aún le quedaba dinero en los bolsillos. Se contaban anécdotas sobre las dificultades en las que se veían algunos americanos en Berlín porque nadie tenía suficientes marcos para darles la vuelta de un billete de cinco dólares, o de aquellos que deliberadamente pretendían pagar con billetes extranjeros de alta denominación, en la seguridad de que nadie podría darles el cambio, consiguiendo así retrasar el pago y entregar más tarde unas cantidades devaluadas. También se comentaba que había estudiantes extranjeros que habían comprado manzanas enteras de casas con lo que les sobraba del dinero que les mandaban sus padres para los gastos de estancia. Decían que algunos comerciantes, a los que les habían robado, se encontraron que los ladrones se habían llevado las carteras y los maletines en los que guardaban su dinero y habían dejado en el suelo los billetes que contenían. Había personas que vivían vendiendo cada día un diminuto eslabón de la cadena que llevaban al cuello. También se contaban curiosas historias de restaurantes cuyas comidas costaban más

“La confianza era un requisito indispensable para la recuperación (...). La propia posición del Rentenmark era anómala. No era una moneda de curso legal, sino “un medio legal de pago”. No era convertible en oro, y mucho menos en los activos agrícolas o industriales que supuestamente le respaldaban, aunque 500 Rentenmarks podían canjearse por un bono de un valor nominal de 500 marcos-oro. La moneda legal seguía siendo el marco, muerto pero momificado, y negociable porque la permanencia de su valor, a una millón millonésima parte de su valor nominal, estaba garantizado en las mentes de la población por el Rentenmark , el cual a su vez no dejaba de ser otro papel con una promesa escrita en él. (...) Los fundamentos de la estabilización no estaban tanto en el cese de la emisión de billetes como en la rigurosa disciplina impuesta a los gastos del gobierno, la negativa a suministrarle más créditos automáticos y en el abandono de la flotación del marco para volver a una paridad fija frente al oro y al dólar. Bajo estas premisas, la confianza podía renacer” (pp. 231-232). “La sensatez había vuelto a imponerse en las finanzas alemanas, y las restricciones monetarias practicadas frecuentemente durante 1924 contribuyeron indudablemente a consolidar la recuperación financiera. Pero era demasiado optimista pensar que los años pasados bajo el signo del despilfarro irresponsable no iban a dejar ninguna secuela duradera en la población, y que todo quedaría como antes con la simple aplicación del Plan Dawes. La destrucción de las clases medias, de cuyo resentimiento se aprovecharían algunos más tarde, era solamente una parte del precio que había que pagar. Por su parte, el balance económico todavía estaba por hacer, y en cuanto al balance político, algunos afirman que no se podía cerrar hasta 1933, cuando sería necesario comenzar de nuevo la reconversión económica” (p. 240). “En la guerra, unas botas; en la huida, un sitio en un barco o en un camión pueden ser las cosas más importantes de este mundo, más apreciadas que una fortuna incalculable. En tiempos de hiperinflación, un kilo de patatas puede valer para algunos más que toda la plata de la familia, y un pedazo de carne más que el piano de cola. Una prostituta en la familia es mejor que un hijo muerto; robar es preferible a pasar hambre; no pasar frío es más importante que conservar el honor; el vestirse está antes que las convicciones democráticas; y comer es más necesario que la libertad” (p. 282).