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ANÁLISIS SEMIÓTICO DE DISCURSO BIBLIOTECA ROMÁNICA HISPÁNICA FUNLADA POR DÁMASO ALONSO 1. ESTUDIOS Y ENSAYOS, 401 O 1991 Hachette, 9 EDITORIAL GREDOS, S. A., Sánchez Pacheco, 81 Madrid, 1997, para la versión española Título original: Analyse sémiotique du discours. De Hénoncé á l'énonciation Esta traducción ha sido revisada y aprobada por el autor Diseño gráfico e ilustración: Manuel Janeiro Depósito legal: M. 3725-1997 ISBN $4-249-1814.2 Impreso en España. Printed in Spain Gráficas Cóndor, S. A., Esteban Terradas, 12. Polígono Industrial. Leganés (Madrid) PREFACIO A diferencia de otros escritos semnióticos que son el resultado de investigaciones personales, limitadas, por lo común, a una problemá- tica precisa y dirigidas, por tanto, a un público especializado, esta obra pretende ser un pequeño manual de semiótica general, redactado -—en el marco de una «escuela» determinada— con la intención de llegar a todos aquellos que desean iniciarse, de manera sistemática, en este modo de aproximación al discurso. Nuestro propósito es, en efecto, presentar aquí —progresivamente desde lo más simple a lo más complejo — el conjunto de conceptos básicos propios de este ti- po de análisis e ilustrarlos por medio de algunas aplicaciones prácti- cas. Existen, por cierto, otros tibros comparables, pero los más cono- cidos (J, Courtés, 1976, Groupe d'Entrevernes, 1979; A. Hénault, 1979) se publicaron hace más de doce años. Por esta razón nos ha pa- recido oportuno ofrecer hoy al lector una presentación de la semiótica totalmente renovada, mucho más simple en lo posible, accesible a un mayor número de personas y, naturalmente, más completa, la cual se esforzará por tener en cuenta los logros más recientes de nuestra dis- ciplina. Esta obra se apoya, sin duda, en las proposiciones de A. J. Grei- mas y J. Courtés!. La terminología semiótica «clásica» es aquí recu- Y En Sémiotique, Dictionnaire raisonné de la théorie du langage, París, Hachette, vol, 1, 1979; vol, 1, 1986 [Trad. española, Semiótica. Diccionario razonado de la Prefacio 9 artificial, pero sobre bases semánticas menos empiricas y más forma- les. Bien entendido, para completar un poco estas ilustraciones del método semiótico, nos remitiremos a nuestra obra precedente consti- tuida sólo con ejemplos: Sémantique de V'énoncé: applications prati- ques (París, Hachette, 1989); bajo ese tírulo se analizan los discursos novelesco, religioso e incluso visual (una tira cómica sin texto). Es inútil decir que la aproximación serniótica —de la cual, tengámoslo presente, únicamente proponemos aquí los prolegómenos— es apli- cable a cualquier objeto significante, a cualquier discurso, como se constata, dentro de la bibliografía selectiva que hemos podido esta- blecer sumariamente, en toda la gran serie de las Actes sémiotiques (Bulletins y Documents)? y las Nouveaux actes sémiotiques (actual- mente en curso de publicación). El plan adoptado para esta iniciaciación es de los más clásicos, El primer capítulo está consagrado a la ubicación de la semiótica del discurso en el marco general de las ciencias del lenguaje, y a sus pre- supuestos teóricos y metodológicos. Los capítulos segundo y tercero estudian, respectivamente, la sintaxis narrativa y la semántica. El úl- timo capítulo trata de la enunciación. La estructura de la obra, como se ve, reúne con toda precisión las proposiciones, por ejemplo, de Ch. Morris, que en el análisis semiótico distingue tres componentes: la sintaxis, la semántica y la pragmática. Esta articulación tripartita, ya aplicada desde hace tiempo en el estudio de la frase por la lingúis- tica tradicional, es evidentemente aplicable a ese objeto —de mayo- res dimensiones, ciertamente, pero isomorfo (según una de nuestras hipótesis fundamentales) — que es el discurso; tendremos cuidado, por supuesto, de enfatizar de paso las interrelaciones entre esos tres 2 Una selección de las Actes sémiotiques. Documents ha sido traducida al español bajo la coordinación de Gabriel Hemández Aguilar con el título Sentido y significa- ción. Análisis semiótico de los canjuntos significantes, México, Premiá Editora, col. La red de Jonás-Estudios, 1987, y otros textos de esos Documents como de los Budle- tins han aparecida en publicaciones periódicas, por ejemplo, Semiosis. Seminario de semiótica. Teoría, Análisis, Centro de Investigaciones Lingúfstico-Literarias, Univer» sidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz, México, (N. del 7.) 10 Análisis semiótico del discurso componentes, como lo muestran ya los títulos de los capítulos corres- pondientes (2. «Formas narrativas», 3. «Formas narrativas y seránti- cas», 4. «Formas enunciativas y formas enuncivas»). A fín de evitar todo mal entendido, precisemos de entrada que —comtrariamente a lo dicho más arriba— esta obra no es, propia- mente hablando y a pesar de todo, un manual de «semiótica general», en la medida en que no nos ha sido posible, por ejemplo, tomar en consideración la semiótica visual (a pesar de que, acá o allá, hagamos alusiones explícitas a ella), ya que ésta no dispone todavía de una metodología suficientemente elaborada, reconocida: sus investiga- ciones (tales como las de 3, M. Floch o de F. Thurlemann), promete- doras es verdad, sólo ulteriormente podrán figurar en un tratado de semiótica general. Debernos reconocer, por otro lado, que la metodo» logía propuesta tal vez no sea directamente aplicable, tal cual, a todos los lenguajes verbales: sólo el francés y el español —subrayé- moslo-— son tenidos en cuenta. Una vez dicho esto, en momentos en que las principales nociones de semiótica discursiva figuran cada vez más en los programas de en- señanza de los institutos y colegios, en momentos en que la demanda de un método de análisis de textos se hace más apremiante a todos los niveles de la formación y de la investigación, nos parece oportuno compartir —ya sin demora— con un número mayor de lectores esta modesta ¡iniciación al análisis semiótico del discurso. Lavernose, 15 de agosto de 1990, CariruLo 1 CUESTIONES PREVIAS Y PERSPECTIVAS 1.1. NATURALEZA DEL LENGUAJE (1.1. LENGUA) Y «LENGUAJE» A diferencia del inglés o el alemán, por ejemplo, que disponen sólo de una palabra - - «Language» y «Sprache», respectivamente —, el francés y el español tienen la ventaja de poder contar con dos tér- minos —lengua/lenguaje— que no parecen ser totalmente sinóni- mos. En efecto, constatamos de inmediato que esas dos palabras no sor sustituibles en todos los contextos posibles, como sería el caso si la relación sinonímica entre ellos fiera perfecta. Sin pretender aquí ninguna exhaustividad, procedamos no obstante a hacer algunas comparaciones. Es verdad, por ejemplo, que los calificativos «popular» y «hablado(da)» son aplicables a uno y otro término. Pero es evidente, en cambio, que la «lengua viva» no participa en modo alguno del mismo orden que el «lenguaje vivo»; de manera semejan- te, sólo hay «filosofía» del «lenguaje», no dé «la lengua», lo mismo que la informática fio aprovecha el término «lengua» sino que prefie- Te visiblemente el segundo al hablar de «lenguaje de las máquinas» y de «lenguajes de programación». Paralelamente, aunque se reconoce la existencia de un «lenguaje de los animales», éstos no emplean ima Cuestiones previas y perspectivas 15 investigaciones lingúísticas —hasta ahora— se refieren a menudo a la forma verbal de la lengua estudiada y raramente a su correspon- dencia gráfica, esto se debe a que la escritura es considerada habi- tualmente como una forma secundaria, subordinada. Se observará igualmente que el aspecto sonoro no es, desde luego, suficiente para especificar las lenguas naturales: no olvidemos que lasmúsica, por ejemplo, cuenta con este mismo componente, pero dé una manera muy distinta, como explícitamente lo diremos más adelante; y sin embargo, la comparación no es fortuita: lengua y música no son tan extrañas entre sí como parece a simple vista, cosa que muestran, entre otras, las lenguas llamadas tonales (por ejemplo: el chino, el japonés, el vietnamita, pero también otras, más próximas a nosotros, como el lituano, el sueco o el noruego). Añadamos una última observación: al carácter «natural» unánimemente reconocido a las «lenguas» se opo- ne, evidentemente, el aspecto «artificial» o «construido» de los len- guajes documentales, por ejemplo, o de los lenguages lógicos, mate- máticos, informáticos, etc,, aun cuando estos últimos estén también dotados de una morfología, de una sintaxis y de una semántica. Las teorias lingiiísticas conceden hoy al término lengua un senti- do mucho más restrictivo que nos recuerda un poco la «norma» ante- riormente evocada; efectivamente, en este caso se opone a habla (F. de Saussure) o a discurso (E Benveniste). Aquí la «lengua» es entendida más bien como un conjunto de reglas de organización sub- yacentes a la lengua natural; ella se identifica entonces, pura y sim- plemente, con las estructuras inmanentes que postulan las ciencias del lenguaje casi por unanimidad. Al contrario, el «habla» o el «dis- curso» son considerados mejor como la aplicación concreta del sis- tema lingúístico, cuando este último queda a cargo o es asumido, in- cluso transformado, por el locutor en su acto de habla. Es éste el punto del que arranca, por ejemplo, la problemática de la enuncia- ción (vid, infra) como la «puesta en discurso» (É. Benveniste) de la «lengua» y, más allá aún, toda la cuestión esencial de la-comunica- ción intersubjetiva. Esa dicotomía se encuentra, por otro lado, en la base de dos tipos de investigación complementarios: tenemos, de una 16 Análisis semiótico del discurso parte, la lingilística tradicional reconocida unánimemente que trabaja, por así decirlo, «en la lengua» y, de otra, una lingiiística discursiva, aparecida recientemente, que ofrece perspectivas de investigación totalmente nuevas (una muestra de ello es precisamente esta obra). En lo que concierne al término lenguaje, éste tiene una extensión más amplia. Ese vocablo se encuentra, pensamos, en condiciones de abarcar no sólo la clase de las lenguas naturales, sino también otros muchos sistemas de representación cuyo estatuto será conveniente precisar. Es verdad que, especialmente bajo el impulso de la lingilís- tica funcional (A, Martinet) —tributaria sin duda de toda la atención dirigida, por lo tanto, a la teoría de la comunicación —, la lengua natu- ral ha sido considerada esencialmente como medio de comunicación entre los miembros de un grupo sociocultural dado. Ese punto de vista es recogido directamente por los diccionarios que de modo muy natural definen la lengua, por ejemplo, como «lenguaje común de un grupo social (comunicación lingiistica)» (Perit Robert, 1983) o, de manera más precisa, como «sistema de signos vocálicos, eventual- mente gráficos, propio de una comunidad de individuos que lo utili- zan para expresarse y comunicarse entre ellos» (Grand Larousse, 1987). Los mismos lingiistas se han visto inducidos, espontáneamen- te, a identificar el lenguaje con lo que, en realidad, sólo es una forma particular pero privilegiada: las lenguas naturales. Citemos un caso, el de C. Kerbrar-Orecchioni, que titula una de sus obras L'énon- ciation de la subjectivité dans le langage, cuando, de hecho, sólo se ocupa en ella de la lengua y, más precisamente, del francés. Por más que la hipótesis funcionalista, que pone el acento en el aspecto comiunicativo, sea justa —o de una real eficacia en la des- cripción, tanto sincrónica como diacrónica, de las lenguas natura- les-—, no podría dar cuenta del lenguaje, en la medida en que resulta manifiestamente muy limitadora. Por una parte, en efecto, es sin duda lamentable que atienda únicamente el aspecto oral de la comunica- ción intersubjetiva; ella comporta otros muchos elementos que de- berían ser tenidos en cuenta para una descripción más adecuada de la comunicación, a saber, por ejemplo, los gestos y las mímicas que no 18 Análisis semiótico del discurso 1.12, SIGNIFICANTE Y SIGNIFICADO Henos, pues, aquí invitados a cambiar de perspectiva y a propo- ner una definición más amplia, que pueda aplicarse a la «lengua» pe- ro también al «lenguaje», adoptando para ello un punto de vista gene- ralizante: propongamos que todo lenguaje —del que las lenguas naturales son sólo una de sus posibles formas — puede ser reconoci- do como «conjunto significante»!. Según esta hipótesis, es lenguaje todo lo que actúa con la relación significante/significado (en la ter- minología de F. de Saussure) o su equivalente expresión/contenido (en la de L. Hjelmslev). Tomemos algunos ejemplos simples. Pense- mos, en primer lugar, en el sistema tricolor del semáforo. Nuestros ojos perciben un color dado (verde, ámbar, rojo), una posición de- terminada (baja, media, alta) y un orden de sucesión (verde — ámbar = rojo). Tales son los significantes visuales en juego, a los que les corresponden significados precisos y estables: el verde será interpre- tado como «la vía está libre», el ámbar como «inminencia de prohi- bición de pasar»? y el rojo será el signo de la «prohibición absoluta de pasar». Del mismo modo, cuando me dicen «Esta cerveza es sa- brosa», de un lado tenemos la secuencia sonora que registran mis oí- dos, es decir, lo que escucho y pertenece al orden del significante, de la expresión (que un extranjero puede escuchar), y de otro lo que comprendo y depende del significado, del contenido (que un extran- jero puede no comprender necesariamente). De un modo más general, la lengua hablada por un grupo social dado está hecha sin duda de sonidos, pero en su empleo más corriente (volveremos posteriormen- te a tocar el estatuto del metalenguaje) no es utilizada de ninguna manera para hablar de esos sonidos sino de cosas muy diferentes: los elementos sonoros constituyen el significante, el plano de la expre- | Según la expresión de A. J. Greimas y 1. Courtés en Semiótica. Diccionario ra- zonado de la teoría del lenguaje, vol. 1, Gredos, 1982, pág. 238. 2 Si al ámbar le precede la luz roja, el encendido de la luz ámbar significará, a la inversa, «inminencia de autorización de pasar». (N. del 7.) Cuestiones previas y perspectivas 19 sión, mientras que su interpretación semántica define el significado, el plano del contenido. En apoyo de esta disyunción de los dos planos que caracterizan a todo lenguaje, es suficiente invocar el caso de la traducción; ésta muestra al menos —en la medida en que es posible (y lo es más para el lenguaje práctico cotidiano, infinitamente menos para la poesía) — que un mismo significado puede corresponder a. significantes totalmente diferentes: bear y pound del inglés tienen sus equivalentes semánticos españoles en oso y libra. De manera similar, lo que corrientemente se llama «lenguaje de las flores» (según el anuncio: «¡Dígalo con flores!») —ejemplo del que más adelante daremos una interpretación más adecuada— y que, en realidad, es de naturaleza más bien simbólica, podría articularse también en una primera aproximación según la relación significan- te/significado: a las flores tomadas entonces como significantes les corresponderían, según el Almanach des P et T (Almanaque de Co- rreos y Telecomunicaciones), los sentidos que les son sociocultural- mente asignados, por ejemplo: anémona: perseverancia — lila: amistad camelia: orgullo muguete: coquetería alhelí: constancia clavel: ardor glicina; ternura violeta: amor escondido sin olvidar las «rosas» que, ofrecidas a alguien, representan más que simples flores, sobre todo si son rojas: el amor. En una primera aproximación, y muy someramente, digamos que lo que es percibido por la vista (las flores constituyen en ese caso el significante, el plano de la expresión) no es de la misma naturaleza que la significación que le es socioculturalmente atribuida: la perseverancia (a la anémona), el orgullo (a la camelia), etc., constituirían, pues, el significado, el plano del contenido. A decir verdad, reconozcamos de inmediato que las cosas son aquí un poco más complejas: el hecho de que el «alhelí», por ejemplo, se llame violacciocca en italiano y wall-flower en in- glés, nos demuestra que el «alhelí» comprende a la vez un significan- te español, particular, distinto de los del italiano y del inglés, y al Cuestiones previas y perspectivas 21 oposición irreductible. En un extremo de la mesa, la responsable de la reunión expuso, definió su programa, pidió la aprobación de sus de- cisiones, etc. y ésta fue manifiestamente apoyada —hasta en sus si- lencios— por aquellas y aquellos que estaban más próximos al sitio donde ella se hallaba. Nuestra pareja, por el contrario, se definió ne- gativamente, si se quiere, adoptando en el plano del contenido una posición contraria a la de la persona del otro extremo: el «no» que la pareja expresó así por medio de variadas paráfrasis o de contra- propuestas fue asumida y alentada por todos los participantes que estaban espacialmente más próximas a ella, Los titubeantes, los «sin opinión» supieron, natural o instintivamente, ocupar la posición es- pacial media entre los dos polos. Tales son, grosso modo, los datos; extraigamos algunos elemen- tos de reflexión. Sin entrar en un estudio más complejo que exigiria este ejemplo (el hecho, entre otros, de que los partidarios del «no» se manifestaran en buen número, mientras que el «si» de la religiosa no fuese casi asumido, verbalmente al menos, por quienes la apoyaban, el hecho también de que dos personas —muestra pareja— hicieran frente a una sola del otro lado de la mesa, etc., sin contar que no son tomados aquí en consideración los movimientos de cabeza, de brazos, de busto, de ojos...), observemos solamente dos componentes carac- terísticos, distintos y correlacionados: los intercambios verbales de una parte, la distribución espacial de la otra. Cada uno de ellos, por supuesto, realizaba la relación significante/significado: las palabras emitidas a derecha e izquierda hicieron intervenir el plano de la ex- presión (en este caso, las cadenas sonoras que cada uno pudo escu- char y registrar) y el del contenido (de manera global las ideas expre- sadas verbalmente y de las que hemos dicho que se organizaban, de manera dicotómica, según «si»/«no» o acuerdo/desacuerdo); de modo paralelo, la disposición de los participantes en el espacio fue, simul- táneamente, del orden del significante, de la expresión (a nivel de las relaciones proxémicas registrables aunque sólo sea en los planos vi- sual o táctil) y del orden del significado, del contenido, en la medida en que su posición espacial no fue literalmente in-sensata, aberrante: 22 Análisis semiótico del discurso ¡todo esto significa algo! La única particularidad de nuestro ejemplo es que el significante vocal (= las palabras intercambiadas) y espacial (= los tugares ocupados) correspondían finalmente a un solo y mismo significado, a un contenido común; en una palabra, digamos que los participantes expresaron su opinión de fondo (= el significado) apo- yándose en los significantes vocal y espacial. Y ahora otro ejemplo. Echemos una ojeada a una tira cómica sin palabras. Nuestros ojos ven puntos, rasgos o líneas, superficies de- limitadas y/o coloreadas, etc.; todos esos elementos visuales depen- den del significante, del plano de la expresión, pero al mismo tiempo comprendemos algo totalmente distinto, a saber, la historieta que nos es contada: ésta pertenece al orden del significado, al plano del con- tenido. Naturalmente, como nos enseña la lingilística desde comien- zos de siglo, los planos del significante y del significado (o de la ex- presión y del contenido) son interdependientes, reconociéndose entre ellos una correlación estrecha. Aquí interviene un principio importante llamado de commuta- ción, según el cual a toda transformación del significante le corres- ponde una modificación correlativa en el plano del significado, y a la inversa: no es posible cambiar de significado si no hay una modifi- cación correspondiente en el plano del significante, Consideremos, por ejemplo, una reunión de personas alrededor de una mesa, Se no- tará de inmediato que el comportamiento gestual de los participantes corresponde al interés que tienen en la discusión. Ya sea porque, efectivamente, ellos se respaldan en sus sillas, distraídos, la mirada errante por la sala, las piernas estiradas bajo la mesa, como en un es- tado de relajación: son maneras diversas de expresar gestualmente, corporalmente, la indiferencia que suscitan en ellos las declaraciones y los temas expuestos; ya sea porque, por el contrario, las piernas se replieguen, los pies se aproximen a las sillas respectivas, los bustos toquen la mesa en la que los codos van a afirmarse fuertemente, las cabezas se inclinen hacia adelante, los ojos estén fijos en quien habla, son distintas maneras de manifestar todo el interés que se dedica al discurso que se escucha. Se constata así la estrecha correlación que