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Tipo: Exámenes selectividad
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A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas de alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.
De Campos de Castilla
TEXTO 2:
Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentía contra su madre. «Se me revolvían las tripas de sólo verla −me dijo−, pero no podía verla sin acordarme de él.» Su vida de casada devuelta seguía siendo tan simple como la de soltera, siempre bordando a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de trapo y pájaros de papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto escribiendo cartas sin porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen sólo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión. Escribió una carta semanal durante media vida. «A veces no se me ocurría qué decir –me dijo muerta de risa−, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo.» Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y por último fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una posdata: «En prueba de mi amor te envío mis lágrimas». En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Seis veces cambiaron la empleada del correo, y seis veces consiguió su complicidad. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía insensible a su delirio: era como escribirle a nadie. Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó a la empleada del correo, que iba los viernes en la tarde a bordar con ella para llevarse las cartas, y se quedó convencida de que aquel desahogo terminal sería el último de su agonía. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel durante diecisiete años. Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. «Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca −me dijo−. ¡Pero era él, carajo, era él!» Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser. −Bueno −dijo−, aquí estoy. Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.
Después de buscarlo a gritos por los dormitorios, oyendo sin saber dónde otros gritos que no eran los suyos, Plácida Linero se asomó a la ventana de la plaza y vio a los gemelos Vicario
que corrían hacia la iglesia. Iban perseguidos de cerca por Yamil Shaium, con su escopeta de
matar tigres, y por otros árabes desarmados y Plácida Linero pensó que había pasado el
peligro. Luego salió al balcón del dormitorio, y vio a Santiago Nasar frente a la puerta,
bocabajo en el polvo, tratando de levantarse de su propia sangre. Se incorporó de medio
lado, y se echó a andar en un estado de alucinación, sosteniendo con las manos las vísceras
colgantes. Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de
la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo,
sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían
enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería −me dijo
la esposa−, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando
vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus
entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda».
Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de
siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los
dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me
dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio
de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando
con paso firme el rumbo de su casa.
−¡Santiago, hijo −le gritó−, qué te pasa!
Santiago Nasar la reconoció. −Que me mataron, niña Wene −dijo.
Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. «Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas», me dijo mi tía Wene. Después entró
en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces
en la cocina.
De Crónica de una muerte anunciada
Magdalena. Malditas sean las mujeres.
Bernarda. Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.
(Sale Adela.)
Criada****. (Entrando.) ¡En lo alto de la calle hay un gran gentío, y todos los vecinos están en sus
puertas!
Bernarda. (A Ponci a.) ¡Corre a enterarte de lo que pasa! (Las Mujeres corren para salir.) ¿Dónde vais? Siempre os supe mujeres ventaneras y rompedoras de su luto. ¡Vosotras, al patio!
(Salen y sale Bernarda. Se oyen rumores lejanos. Entran Martirio y Adela, que se quedan escuchando y sin atreverse a dar un paso más de la puerta de salida. )
Martirio. Agradece a la casualidad que no desaté mi lengua.
Adela. También hubiera hablado yo.
Martirio. ¿Y qué ibas a decir? ¡Querer no es hacer!
Adela. Hace la que puede y la que se adelanta. Tú querías, pero no has podido.
Martirio. No seguirás mucho tiempo.
Adela. ¡Lo tendré todo!
Martirio. Yo romperé tus abrazos.
Adela. (Suplicante.) ¡Martirio, déjame!
Martirio. ¡De ninguna!
Adela. ¡Él me quiere para su casa!
Martirio. ¡He visto cómo te abrazaba!
Adela. Yo no quería. He ido como arrastrada por una maroma.
Martirio. ¡Primero muerta!
(Se asoman Magdalena y Angustias. Se siente crecer el tumulto.)
Poncia. (Entrando con Bernarda .) ¡Bernarda!
Bernarda. ¿Qué ocurre?
Poncia. La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.
Adela. ¿Un hijo?
Poncia. Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras, pero unos perros, con más corazón que muchas criaturas, lo sacaron y como llevados por la mano de Dios lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo, dando unas voces que estremecen los campos.
Bernarda. Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos
para matarla.
Bernarda. Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía no poder tener un rayo entre los dedos!
Martirio. (Señalando a Adela.) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!
Bernarda. ¡Ésa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia Adela.)
Adela. (Haciéndole frente.) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata el bastón a su madre y lo parte en dos.) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Pepe!
(Sale Magdalena.)
Magdalena. ¡Adela!
(Salen Poncia y Angustias.)
Adela. Yo soy su mujer. (A Angustias.) Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león.
Angustias. ¡Dios mío!
Bernarda. ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta_? (Sale corriendo.)_
(Aparece Amelia por el fondo, que mira aterrada con la cabeza sobre la pared. Sale detrás Martirio.)
Adela. ¡Nadie podrá conmigo! (Va a salir.)
Angustias. (Sujetándola.) De aquí no sales tú con tu cuerpo en triunfo, ¡ladrona!, ¡deshonra de nuestra casa!
Magdalena. ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!
(Suena un disparo.)
Bernarda. (Entrando.) Atrévete a buscarlo ahora.
Martirio. (Entrando.) Se acabó Pepe el Romano.
Adela. ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe! (Sale corriendo.)
Poncia. ¿Pero lo habéis matado?
Martirio. ¡No! ¡Salió corriendo en la jaca!
Bernarda. Fue culpa mía. Una mujer no sabe apuntar.
Magdalena. ¿Por qué lo has dicho entonces?
Martirio. ¡Por ella! ¡Hubiera volcado un río de sangre sobre su cabeza!
Poncia. Maldita.
Magdalena. ¡Endemoniada!
Bernarda. Aunque es mejor así. (Se oye como un golpe.) ¡Adela! ¡Adela!
Poncia. (En la puerta.) ¡Abre!
Bernarda. Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.
Criada. (Entrando.) ¡Se han levantado los vecinos!
Bernarda. (En voz baja como un rugido.) ¡Abre, porque echaré abajo la puerta! (Pausa. Todo queda en silencio.) ¡Adela! (Se retira de la puerta.) ¡Trae un martillo! (La Poncia da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale.) ¿Qué?
Poncia. (Se lleva las manos al cuello.) ¡Nunca tengamos ese fin!
(Las hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza.)
Poncia. ¡No entres!
Bernarda. No. ¡Yo no! Pepe: tú irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.
Martirio. Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.
Bernarda. Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) ¡Las lágrimas cuando estés sola! ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!
De La casa de Bernarda Alba
Un día habrá una isla que no sea silencio amordazado. Que me entierren en ella, donde mi libertad dé sus rumores a todos los que pisen sus orillas. Solo no estoy. Están conmigo siempre horizontes y manos de esperanza, aquellos que no cesan de mirarse la cara en sus heridas, aquellos que no pierden el corazón y el rumbo en las tormentas, los que lloran de rabia y se tragan el tiempo en carne viva. Y cuando mis palabras se liberen del combate en que muero y en que vivo, la alegría del mar le pido a todos cuantos partan su pan en esta isla que no sea silencio amordazado.
De Las islas en que vivo
Mensaje a los hombres A mis hermanos Ana María y Rafael
Yo no sé por qué los hombres, cuando caminan por la tierra y los bosques van rumiando silenciosos sus pequeñas, bajas preocupaciones. Ellos deberían dejar sus agrias, difíciles conciencias, en la primera vuelta del camino donde la civilización se expresa. Allí sobre la dura y cementada superficie gris que habla de dolor, de sangre interminable.
Los hombres no debieran llevarse al bosque, a la tierra, sus pesadillas nocturnas, sus agobiadoras, durísimas contiendas. Ellos podrían llevar arriba la misma sencilla mirada, el mismo sencillo gesto de los seres que van a encontrarse. Sólo una mirada sin pasado, sin ayer, sin retorno. ¡Si los hombres se dieran cuenta de estas pequeñas cosas y subieran a lo alto libres de ellos mismos, libres de sus pobres, ligeras ansias! Si ellos supieran rezar sin voces, dentro de sí, detenidamente, sin prisas Si ellos lograran dejar en las ciudades -llenas de polvo, de ruidos y fiesta- sus pobres, mentidas palabras. Encontrarían allá arriba el brazo que les rodeara calladamente la espalda. Encontrarían la voz que perdieron con el primer desperezo de hombres Encontrarían, sí, como partiendo de su propia carne, el camino que olvidaron cuando sus pobres corazones aprendieron a maldecir en silencio.
De Como fruto en el árbol