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Asignatura: Alimentacio i societat a l'epoca medieval, Profesor: pensar en la historia, Carrera: Història, Universidad: UB
Tipo: Apuntes
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Monique Bourin et Pascual Martínez Sopena (éd.), Anthroponymie et déplacements dans la Chrétienté médiévale, Collection de la Casa de Velázquez (115), Madrid, 2010, pp. 000-000.
Enric Guinot Universitat de València
Probablemente es innecesario en un libro como éste empezar declarando que la antroponimia no es un simple ejercicio de erudición y curiosidad ociosa sobre la memoria hereditaria de quienes fueran algunos de nuestros antepa- sados. Pero lo cierto es que la frecuencia en el uso de unos u otros nombres y apellidos durante los siglos medievales, su difusión cronológica y geográfica, su cuantificación, las transformaciones en los nombres, la manera de construirlos, el que las personas usaran sólo el nombre propio o lo usaran doble, esto es, nombre más apellido; el que lo usaran acompañado del nombre del padre, que este nombre del padre se transformara en genitivo para construir el nombre personal —de Pedro a Pérez, de Rodrigo a Rodríguez—, que se bautizaran con su nombre propio seguido de un topónimo para indicar su lugar de origen o de residencia, que convirtieran su oficio en apellido personal, que convirtieron un mote o apelativo físico y moral en el apellido propio, e incluso algunas otras formas menos comunes, en una palabra, las variaciones en la forma de deno- minarse la gente a lo largo de los siglos medievales, todo ello puede y debe ser cuantificado, ordenado en tantos por ciento indicativos para los diversos países o regiones y los diversos periodos cronológicos. Porque todo ello en conjunto representa una muy valiosa herramienta en manos del historiador para, entre otras cosas, detectar las transformaciones sociales, la historia de las familias y los movimientos migratorios de población en los diversos periodos del mundo medieval: en una palabra, para poder hacer una historia social. En cuanto a la Corona de Aragón, es bien conocido que nació como enti- dad política en el año 1137 con el matrimonio del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, titular de la soberanía feudal de Cataluña, con una pequeña niña de nombre Petronila, heredera buscada de la legitimidad dinástica del vecino reino de Aragón. En aquel momento este último reino se extendía desde las cumbres del Pirineo central hasta unas decenas de kilómetros al sur del río Ebro a la altura de Zaragoza, mientras que Cataluña oscilaba según el momento con un gran dominio feudal sobre tierras occitanas hasta Provenza pero, por el sur, su frontera con el mundo musulmán aún se encontraba a poca distancia al sur de Tarragona y al norte de la ciudad de Lérida. A lo largo del siglo siguiente a
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dicha fecha, entre 1137 y 1245, la primitiva Corona de Aragón amplió su terri- torio sobre al-Andalus cerca del doble de su extensión inicial. Este proceso es el que se conoce tradicionalmente como la conquista y repoblación de las regiones de Tortosa, Lérida, Teruel, Islas Baleares y Valencia, pero que puede identificarse mejor bajo el concepto de la colonización feudal del Sharq al-Andalus^1. No es este el lugar ni el momento para extenderse en la complejidad del pro- ceso de esta expansión feudal con la multitud de variables que confluyen en él, desde la instauración del modelo de relaciones sociales feudal, a la integra- ción económica y comercial de estas tierras con el mundo europeo occidental, pasando por los repartos de señoríos y tierras, la creación de pueblos y villas, la difusión del arte, religión y cultura cristiana de Cataluña y Aragón, pero uno de los componentes más importantes que lo caracterizaron fue el desarrollo de una gran migración de larga duración desde estos reinos hacia el sur, hacia las tierras que se iban conquistando a los musulmanes. Si durante la segunda mitad del siglo xii en la Corona de Aragón se pro- dujo una primera migración hacia las tierras de Lérida, Tortosa y Teruel, una segunda oleada de población se desarrolló durante las décadas centrales del siglo xiii en dirección a las Islas Baleares y el nuevo reino de Valencia fundado por el rey Jaime I en el año 1240 sobre las tierras musulmanas conquistadas. Como tantas veces, no disponemos de datos exhaustivos ni mucho menos sobre estos movimientos de colonos, fundamentalmente campesinos aunque también tuvieron participación de muy diversos sectores sociales: mercaderes, clérigos, nobles, pequeños caballeros, artesanos, almogávares, judíos y gente sin oficio ni beneficio; pero tanto los libros de repartimiento de Mallorca y Valencia como la creciente documentación de los registros de la cancillería real y los primeros protocolos notariales, han sido y son una buena vía de aproximación para cono- cer la realidad humana de dicha migración^2. Por mi parte, en los últimos años he llevado a cabo una extensa investigación sobre la antroponimia medieval valenciana, concretamente de los siglos xiii y xiv, enfocada a identificar a las primeras generaciones de aquellos poblado- res tras la conquista de 1233-1245. El objetivo no ha sido una mera curiosidad intelectual sobre los nombres de los primeros repobladores, sin o el poder lle- gar a conclusiones categóricas sobre sus orígenes geográficos y sociales, y por tanto lingüísticos y culturales, a fin de poder desarrollar una explicación de base histórica sobre la extensión de las lenguas romances de Cataluña y Aragón (el catalán y el castellano-aragonés) hacia las tierras valencianas del siglo xiii y, por tanto, las razones de la difusión y arraigo de la lengua catalana en su variante llamada valenciano^3.
(^1) Una reciente síntesis de historia de la Corona de Aragón medieval es el primer volumen de Belenguer (éd.), Història de la Corona d’Aragó. (^2) Sobre los repartimientos de la Corona de Aragón puede verse el libro de Guinot y Torró (éd.),
Repartiments medievals a la Corona d’Aragó. (^3) Desde hace años se ha generado en Valencia un a veces intenso y apasionado debate sobre los oríge-Desde hace años se ha generado en Valencia un a veces intenso y apasionado debate sobre los oríge- nes de la lengua que se habla aquí, el llamado valenciano como variante dialectal del catalán, lo que ha
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I. — LA «REVOLUCIÓN ONOMÁSTICA» EUROPEA DE LOS SIGLOS XI Y XII Y SUS CARACTERÍSTICAS EN CATALUÑA Y ARAGÓN
Como es sabido, en la Europa feudal del siglo xi se puso en marcha un pro- fundo cambio en el modelo de relaciones sociales que se ha convenido en llamar la «revolución» o el «cambio» feudal y, entre los muy diversos ámbitos a través de los cuales se detecta esta transformación, se encuentra el modelo antroponímico. Durante los siglos de la cristianización alto-medieval, el método habitual de desig- nación de las personas había sido el de un nombre único — Bernardus, Aldegardus, Agila , etc.—, ligado a la existencia de miles de nombres propios diferentes, lo que implica la existencia de un stock muy amplio, esto es, cuántos nombres diferentes son usados en un territorio concreto y en un periodo concreto de tiempo^4. Pero con el proceso social de la citada «revolución feudal» en la Europa occi- dental, a lo largo de dicho siglo xi se fue produciendo también una verdadera «revolución antroponímica», usando el término acuñado por Monique Bourin^5. Revolución que pudo durar hasta un siglo o más, de lenta pero constante trans- formación en los usos y costumbres de denominarse las personas y que hicieron
(^4) Para el caso de Cataluña véase Bolòs y Moran, Repertori d’antropònims catalans , t. I. (^5) Bourin, Genèse médiévale de l’anthroponymie moderne , t. I; Id., Genèse médiévale de l’anthroponymie moderne , t. II.
RíoE br o
Ciudades con listas vecinales (Aragón y Cataluña) Lugares con listas de pobladores (Valencia
Tortosa
Solsona Lérida
Daroca Barcelona
Jaca Huesca Vic
Teruel (^) Cati
L’Alcudia de Carlet Puçol R í^ o^ J^ ú^ c^ a^ r
Fig. 1. —
la antroponimia como indicador de la repoblación 199
que a finales del siglo xii —por lo tanto una generación antes de las conquistas feudales del Sharq al-Andalus, en Mallorca y Valencia—, empezara a generali- zarse el uso del nombre doble: un nombre propio más un apellido formado de diversas —y cuantificables— maneras. El proceso fue general por toda la Europa cristiana, aun cuando la rapidez y profundidad variaron entre unos y otros países, pero a grandes rasgos domina- ron dos tendencias entre los siglos xi y xii. Por un lado, la reducción cuantitativa del stock , esto es, que con la generalización de los apellidos, la variedad de nom- bres propios tendió a disminuir de forma drástica en todos los países; y, por otro lado, un proceso de cambio en cuanto a qué nombres propios eran los más frecuentes. Esto es, otra de las caras de la transformación de la sociedad feudal del siglo xi se concretó en la difusión de un nuevo santoral unificado desde un Papado más centralizador y eficiente que se embarcó en una notable reforma eclesiástica —la Reforma Gregoriana—. Con ello se popularizaron nombres de pila que no encontramos antes del año 1000, mientras que otros alto-medie- vales retrocedían de forma acelerada. Es el caso del triunfo de nombres como Ramon, Guillem o Bernat en la Cataluña del siglo xii, mientras que, por ejem- plo, casi desaparecían como nombres propios Guitard, Bonfill, Vives o Borrell, supervivientes en cambio como apellidos^6. Los estudios sobre la antroponimia de los condados catalanes de los siglos x al xii, tanto de Lluís To como de Michel Zimmermann, han identificado este proceso, empezando por el gran predominio hasta el siglo xi del nombre a solas, sin apellido, hasta llegar a niveles del 80 y del 90% de las personas docu- mentadas. En la segunda mitad de esa centuria es cuando se detecta el inicio de la llamada «revolución antroponímica», de forma que se van generalizando los nombres dobles formados por un nombre propio y un apellido, el cual o bien era un patronímico —el nombre personal del padre convertido en ape- llido del hijo—, o bien un topónimo, del estilo Berenguer Vives o Ramon de Besalú, respectivamente. Paralelamente se fue produciendo una reducción del stock de nombres propios usados, esto es, a mayor cantidad de nombres dobles o complejos —con apellido—, se reducía la variedad de nombres per- sonales, por lo cual a lo largo del siglo xii puede ya hablarse de algunos de ellos como nombres casi de moda^7. Por su parte, en el caso de Aragón, Carlos Laliena ha realizado un primer estu- dio cuantitativo de las tendencias de la antroponimia entre los siglos xi al xiii, con la peculiaridad de ofrecer algunas diferencias entre tres zonas geográficas y cronologías distintas: el Alto Aragón pirenaico del siglo xi, la ciudad de Huesca del siglo xii y el Valle del Ebro —cercanías de Zaragoza— para finales de ese siglo^8.
(^6) To Figueras, «Antroponimia de los condados catalanes», pp. 371-394. (^7) Según las estadísticas de L.To, Guillem con el 18%, Ramon con el 17%, Bernat con el 16%, Pere
con el 15%, Berenguer con el 12% y Arnau con el 8% representan los nombres más comunes de los tiempos anteriores e inmediatos al siglo xiii (To Figueras, «Antroponimia de los condados cata- lanes», pp. 371-394; Zimmermann, «Les débuts de la “révolution anthroponymique”», pp. 289-308). (^8) Laliena Corbera, «Los sistemas antroponímicos en Aragón», pp. 297-396.
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Pero de forma complementaria se localizan algunos casos de listados de vecinos enumerados por razones de prestar un vasallaje, recibir una carta de población o, ya en la segunda mitad del Doscientos, incluso por reunirse en un consejo muni- cipal. En otros casos hemos echado de mano de una paciente recolección de datos individuales a partir de pergaminos y documentos de una misma población para un periodo corto de tiempo, de tal manera que permitiese «recolectar» antropó- nimos de una misma generación. Sin duda no se trata de métodos exhaustivos ni demasiado generosos en cuanto a los datos pero sin duda se trata de al menos una parte de la población real y, cuando se empiezan a acumular varios miles, tal como hemos hecho para Aragón, Cataluña y Valencia del siglo xiii, la informa- ción empieza a ofrecer resultados estadísticos no sólo fiables, sino valiosos^9. Así pues, y a partir de los datos de las poblaciones catalanas de Barcelona (1230-1260), Vic (1266-1278) y Solsona (1240-1270), y los de las aragonesas de Jaca (1230-1238), Daroca (censo de 1230) y Huesca (censo de 1284) podemos plantear la elaboración de unos modelos antroponímicos diferenciados entre Cataluña y Aragón durante el siglo xiii, lo cual nos permitirá a su vez compa- rarlos con algunos ejemplos de localidades valencianas repobladas en esa época y detectar a grandes rasgos los movimientos de la población^10. Básicamente, identificamos en esa antroponimia la existencia de varios tipos o grupos de apellidos basados en una serie de criterios distintos en cuanto a su génesis. Se trata de los antropotopónimos; los apellidos basados en un nom- bre propio; los basados en motes físicos, morales u objetos de uso cotidiano; los basados en motes referidos a la naturaleza y el espacio o poblamiento; los basados en el nombre de un oficio; los hagio-antropónimos; y, finalmente, los patronímicos y los que llevan un prefijo «salat». En base a sus características, diferencias de topónimos y léxico, así como a su mayor o menor presencia cuan- titativa, podemos llegar a establecer unos criterios estadísticos que permiten atribuir una parte muy mayoritaria de los apellidos de la Corona de Aragón del siglo xiii a una región de origen o a otra y, por lo tanto, identificar las corrientes migratorias de ese siglo.
Los antropotopónimos
El primer ámbito de comparación son los antropotopónimos, el mecanismo tradicional y casi único hasta ahora para establecer el origen de los inmigrantes y repobladores en época medieval. El razonamiento es sencillo: los topónimos que aparecen en los apellidos de la gente en un contexto de migración y repobla- ción son un indicio razonable, estadísticamente hablando, de su lugar de origen.
(^9) Una parte seleccionada de estas nóminas puede consultarse en mi libro Guinot Rodríguez,
Els fundadors del Regne de València. (^10) Los datos de Barcelona son de elaboración propia a partir del vaciado de documentación; los de Vic, a partir del vaciado de la documentación publicada por Ollich, «Libri Iudeorum de Vic»; los de Jaca, también por vaciado de la documentación municipal recogida por Ubieto, Jaca: docu- mentos municipales , el resto son datos de Bach, «Onomàstica del Solsonès»; Utrilla Utrilla, «El monedaje de Huesca de 1284»; Corral Lafuente, «La población de Daroca».
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La objeción principal a esta interpretación es la constatación de que personas con este tipo de apellidos toponímicos en el siglo xiii, en realidad podrían haber partido en su emigración de poblaciones distintas, pues el antropotopónimo se había creado antes o en una generación anterior. Sobre ello, nuestra expe- riencia (después de trabajar con miles de apellidos de los siglos xiii y xiv) es que esta situación se da, pero es claramente minoritaria, porque los siglos xii y xiii fueron específicos en la creación de este tipo de apellidos por las grandes repoblaciones de la Corona de Aragón y, por lo tanto, su presencia sí tiene un valor indicativo geográfico que perderían con el paso de varias generaciones en los siglos posteriores. Como ha señalado Laliena: En estas microsociades en formación (refiriéndose al reino de Aragón del siglo xii) se puede considerar una constante la importancia cre- ciente de las indicaciones de procedencia, que pueden cumplir diferentes funciones, desde fomentar las difusas solidaridades que se concretan con lentitud, hasta garantizar psicológicamente unas raíces a gentes que se mueven en un mundo extremadamente fluido^11.
Y apunta este autor que, para el Valle del Ebro del siglo xii, el volumen de ape- llidos basados en un topónimo creció hasta niveles de un tercio de las personas documentadas. Por su parte, en Cataluña se llega a niveles incluso superiores en tanto por ciento en el marco de aquello que Lluís To Figueras ha calificado de «segunda revolución antroponímica del siglo xii»^12. Por nuestra parte, hemos detectado que no hay diferencias notables en proporciones o tantos por ciento en cuanto a la frecuencia de los antropoto- pónimos entre localidades aragonesas y catalanas del siglo xiii, y que ésta suele estar alrededor de un tercio del total de los vecinos. Con todo, una matización significativa es que, cuanto más al sur esté la población, y ello es especialmente relevante cuando revisamos antroponimia de la Cataluña Nueva y el sur de Ara- gón, la tendencia de dicho siglo xiii es a que aumente el tanto por ciento de los antropotopónimos, incluso hasta cifras del 40% del total. Una segunda característica es que en todos los casos de Cataluña y Aragón se da una clara mayoría estadística de topónimos de las aldeas y pequeñas pobla- ciones rurales de su entorno, lo que nos está hablando de una migración de corto radio, del entorno rural a las villas que se van consolidando en ese siglo. Ello contrasta de forma evidente con los antropotopónimos que se encuentran en Mallorca y Valencia en dicho siglo xiii; siempre son topónimos de Cataluña y Aragón y, por lo tanto, es un claro indicador de la migración de larga distancia. Ese predominio del entorno no obsta para que, de forma minoritaria, también aparezcan antropotopónimos de localidades más lejanas; pero general- mente son del mismo reino, bien de Cataluña o bien de Aragón según el caso, y también suelen ser de comarcas situadas más al norte, excepciones aparte. Esto
(^11) Laliena Corbera, «Los sistemas antroponímicos en Aragón», p. 315. (^12) To Figueras, «Antroponimia de los condados catalanes».
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Bernat, Bertomeu, Climent, Esteve, Joan, Martí, Mateu o Miquel. De hecho no es extraño en localidades aragonesas del siglo xiii, especialmente más al sur, que convivan algunos de estos apellidos en sus dos versiones lingüísticas: Esteve y Esteban, Martí y Martín, etc. Con todo la tendencia muy mayoritaria es a su diferenciación basada en dos aspectos. Primero, la diferencia lingüística entre Aragón y Cataluña, esto es, que en cada uno de los territorios se utilice la versión lingüística propia del nombre/ apellido: Andreu/Andrés, Arnau/Arnal, Benet/Benedito, Bernat/Bernalt, Esteve/ Esteban, Julià/Julián, Martí/Martín, Mateu/Mateo, Miquel/Miguel, Nicolau/Nico- lás, Pere/Pero, Ponç/Ponz, Simó/Simón, etc., siendo la primera versión la localizada a Cataluña y la segunda en Aragón. El segundo criterio de diferenciación de este tipo de apellidos es la exis- tencia de un stock claramente diferenciado entre un reino y otro porque sólo son usados en uno de ellos. Por ejemplo son generalmente catalanes Aimeric, Albert, Armengol, Bodí, Bonet, Borrell, Dalmau, Domènec, Feliu, Folch, Gila- bert, Girart, Guerau, Huguet, Jofré, Mir, Miró, Nadal, Oliba, Roger, etc., frente a Aznar, Blasco, Casiano, Eximén y Eximeno, Fortún, Galindo, Mengo y Mengu- cho, Mingo y Mingot, Rodrigo o Sancho en el caso aragonés. Así mismo, en el siglo xiii se mantiene otra peculiaridad del modelo antro- ponímico catalán medieval y es la que han señalado Ll. To y M. Zimmermann referida a los siglos ix y x, cuando en Cataluña se produjo una profunda renovación del stock onomástico usado a causa de la importante difusión de nombres de raíz germánica —aunque muchos de ellos fuesen pasando por una latinización en su morfología—. Por ello en este siglo xiii perdura un grupo de apellidos procedentes de esa antigua antroponimia germánica, los cuales, al menos para nosotros, han perdido su significado evidente y conocido de nombre propio. Por ejemplo, un caso que sobrevive con difusión popular es el de Berenguer, procedente del nombre Beringar , compuesto de berin , «oso» y de gair , «lanza»; pero la mayoría de estos apellidos nos resultan claramente ajenos en su etimo- logía: son apellidos del tipo de Ebrí o Brines, procedente de Eburin , un derivado de Ebur , «señor», el cual está documentado en el siglo xi en documentos cata- lanes bajo la forma Ebrin y Ebrinus ; o el caso de Alabau, procedente del nombre Alabaud , compuesto de ala , «todo» y baudi , «mensajero». Otros ejemplos de este tipo son tradicionales apellidos catalano-valencianos como Adlert, Ala- bart, Alamar, Amengual, Arquimbau, Baila, Baldó, Baldoví, Batllori, Bau, Duart, Guarner, Gombau, Guinart, Guinot, Rausell, Ricart y un largo etcétera^14. La diferencia entre unos y otros radica fundamentalmente en que, con la revolución antroponímica del siglo xi, triunfaron una serie de nombres propios muy ligados a la difusión de tradiciones religiosas e historias y vidas de san- tos concretas dentro los parámetros de la reforma gregoriana llevada a término desde el Papado. Esos nombres personales son los que se popularizaron como nombres de pila; mientras, la memoria y significado de muchos otros iba que-
(^14) Moll, Els llinatges catalans.
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dando en el olvido, por lo que devienen poco usuales y, por ello, unos buenos marcadores de migraciones personales a lo largo de la baja Edad Media, además porque ello no sucedió en tierras aragonesas.
Los apellidos basados en motes físicos o morales, u objetos de uso cotidiano
Otra notable proporción, que puede oscilar según localidades entre el 15 y el 25% de los apellidos catalanes y aragoneses del siglo xiii, se basa en motes físicos, morales o hace referencia a objetos de uso cotidiano. También en este caso podemos establecer una sencilla y clara diferencia entre la antroponimia catalana y aragonesa del siglo xiii, pues estos apellidos corresponden al léxico de la época y, por tanto, a la lengua catalana o aragonesa-castellana, lo que facilita su identificación cuando los encontramos en las regiones de repoblación del Doscientos al sur de la Corona de Aragón. Existen centenares de ellos, y pueden servir de ejemplo de los usados en Cata- luña de este siglo los siguientes: Agut, Alegre/Alegret, Altibell, Amargós, Amiguet/ Amigó, Blanc, Bondia, Bonfill, Bonmacip, Bort, Bossa, Bota, Bru, Cagalló, Calb, Calbet/Calvé, Capdeporc, Capdevila, Capell, Carbó, Carbonell, Company, Cor- bella, Corcó, Destre, Dolç, Ergullós, Espasa, Espert, Esquerre, Estrany, Franch, Gaçó, Gallart, Gasset, Gener, Gros, Guaita, Homdedéu, Manyes, Marqués, Masca- rós, Moix, Moll, Morató, Mullerat, Mut, Novell, Parent, Picó, Pigó, Pintat, Punyet, Redó, Roig, Ros, Rossell, Salvat, Saura, Socarrat, y un larguísimo etc_._ En el caso aragonés, en cambio, encontramos apellidos de este grupo como los siguientes: Alegre, Amado, Bueno, Bellido, Buendia, Cabeça, Cabeçuda, Caldero, Calvo, Caralbo, Cocho, Colmillo, Corto, Coxo, Crespo, Chorro, Esquerdo, Fuertes, Mantasopas, Marco, Mocha, Moços/Moças, Negrello, Ojo, Pardo, Polo, Puerta, Ralo, Riello, Ronco, Roquero, Roxo, Royo, Rubio, Serrano, Tocino, Tornos, Zonpo, etc. Se pueden encontrar casos de homonimia como Abat, Alegre, Bataller, Cortés, Marqués, Menor, Real, etc., pero son bastante minoritarias y lo absolutamente dominante en la oposición lingüística entre los usados en Cataluña y Aragón. Sirvan de ejemplo dobletes lingüísticos como: Bondia/Buendia, Bo/Bueno, Bru/ Pardo, Calb/Calvo, Esquerre/Esquerdo/Izquierdo, Porta/Puerta, Roig/Roxo o Royo, Ros/Rubio, etc., los primeros del dominio catalán y los segundos del mundo aragonés, aunque puedan encontrarse también algunos de los primeros en Aragón por la emigración de origen occitano.
Los apellidos basados en motes referidos a la naturaleza y el espacio o poblamiento
Aunque como apellidos generados a partir de motes podrían ir con el grupo anterior, nos ha parecido oportuno diferenciarlos porque hemos constatado una diferencia notable: su proporción es mucho más elevada en la antropo- nimia catalana, pues pueden significar hasta el 20-25% de los nombres de los vecinos de un lugar, mientras que en el caso aragonés no suelen pasar del 5%.
la antroponimia como indicador de la repoblación 207
y la generalización de la herencia de padres a hijos del apellido en el paso al siglo xiii, acabó cuajando esta antroponimia ya al margen de la cuestión laboral. De hecho, a lo largo de la primera mitad del Doscientos aún encontramos una vacilación en su uso, de tal manera que a veces no queda claro si el docu- mento está indicando, por ejemplo, un Bernat, sabater , o ya el nombre doble Bernat Sabater. En todo caso, es evidente que en la segunda mitad del siglo xiii esta vacilación puede darse por finalizada. En cuanto a su diferenciación geográfica, la diferencia de lengua entre Aragón y Cataluña nos facilita en la gran mayoría de los casos su identificación. Por ejemplo, en esta segunda podemos enumerar entre otros los de Asteller, Balles- ter, Barber, Baster, Blanquer, Cabrer, Caçador, Carnisser, Cellerer, Coc, Colteller, Coniller, Escolà, Escrivà, Escuder, Espaser, Fabra, Falconer, Ferré/Ferrer, Forner, Fuster, Hortolà/Ortolà, Hostaler, Macip, Menescal, Menyà, Mercer, Mestre, Metge, Mulner/Moliner, Muntaner, Munter, Pagès, Pastor, Pellicer, Pintor, Piquer, Punter, Sabater, Sastre, Sedacer, Tixidor/Teixidor, Torner, Traver, etc. En cambio, en el caso de sus coetáneos aragoneses se presentan con voca- blos de su lengua aragonesa-castellana: Adobador, Ballester, Bolsero, Cabrerizo, Caçador, Calderero, Campanero, Carnicero, Carretero, Cestero, Coquinero, Corredor, Cubero, Escolano, Ferrero y Ferrer, Fornero, Frenero, Hortolano/ Ortolano, Jubonero, Juglar, Merino, Molinero, Odiero, Pastor, Pellicer/Pellicero/ Pellejero, Pescador, Picador, Pintor, Plumarero, Potero, Roquero, Salmero, Sapa- tero/Çapatero, Tejero, Tendero, Texedor, Tocinero, Tornero o Vinadero. Las similitudes son reducidas: en los casos de Ballester, Caçador, Ferrer, Mer- cader, Mestre/Maestre, Pastor o Pellicer, las cuales en parte corresponden a la homonimia lingüística (se dice igual en catalán y castellano mercader o pas- tor), y en parte al fenómeno de la citada migración occitana del siglo xii en el norte de Aragón, la misma que hemos comentado para los nombres propios o incluso apellidos procedentes de motes, lo que explica que en una ciudad como la Daroca del siglo xiii convivan los apellidos Ferrer/Ferrero, Pellicer/Pellicero y Texedor/Tejedor. En todo caso y una vez más, la presencia de unos u otros en tierras de Mallorca y Valencia a lo largo del siglo xiii son un indicador razonable de procedencias y movimientos de la población.
Los hagio-antropónimos
Una sexta tipología que podemos utilizar para diferenciar la antroponimia catalana y aragonesa es la hagio-onomástica, esto es, las personas cuyo apellido es el nombre de un santo o santa (Berenguer de Sant Joan, Ramon de Sant Feliu) o también una apelación divina (Bernat Homdedéu). De qué santo se trata o cómo está escrito puede aportarnos tendencias diferenciadas entre uno y otro país para el siglo xiii, ya que existen tradiciones de religiosidad en parte distin- tas, y también es distinta la lengua en que se expresan. En el caso de la antroponimia catalana del siglo xiii encontramos apellidos «santificados» como Sant Ciprià, Sant Domí, Sant Ermengol, Sant Esteve, Sant
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Feliu, Sant Gervasi, Sant Jaume, Sant Hilari, Sant Hipòlit, Sant Joan, Sant Just, Sant Llorenç, Sant Martí, Sant Nicolau, Sant Pere, Sant Nasari, Sant Romà, Sant Sadorní/Sadurní, Santa Cecília/Cília, Santa Eugènia, Santa Eulàlia, Santa Maria y Santa Oliva. Un detalle ortográfico peculiar es que siempre aparecen escritos bajo las formas «Sent» y «Senta», con la vocal «e». Por su parte en el caso aragonés se encuentran apellidos como San Ginés, Santa Cristina, Santa Cruz, Santa Yna, Santa Maria, Santa Olalla, Santas Masas o San Martín, si bien parece detectarse una tradición diferente en la zona de mayor presencia de apellidos de origen occitano, la zona pirenaica aragonesa, caso de Jaca y Huesca, donde se encuentran Sant Jayme, Sant Jolián, Sant Just, Sant Per, Sant Vicient, Santa Catherina, Santa Cruç y Santa Olalia^15. Es cierto que los orígenes de esta antroponimia «religiosa» pueden ser variados ya que parte de ellos van a corresponder a hàgio-topónimos, esto es, a pueblos que tengan el nombre de un santo, y de ellos ha derivado el apellido de algún vecino o de alguno que haya emigrado, lo que los convierte en antropotopóni- mos. Pero en otros casos pudieron formarse por razones de expresión religiosa, de forma similar a las que que generaron apellidos del tipo «Pere de Déu», pues no conocemos poblaciones con tal santoral («Santas Masas», por ejemplo). Así mismo, hemos constatado su mayor presencia estadística en la región norte de Cataluña, en la «Catalunya Vella», donde justamente se encuentra una toponimia local con muchísima mayor presencia de santos que no en las zonas de repoblación del sur, y a partir del siglo xii, lo que vendría a confirmar la idea de que muchos de ellos son antropotopónimos. Esta hagio-onomástica del siglo xiii presenta pocas coincidencias entre los dos reinos (Sant Martí, Sant Just, Sant Pere, Santa Maria o Santa Creu), lo cual, además, no se produce en todo Aragón, sino tan sólo en la zona pirenaica —lo que lleva a pensar en similitudes entre los santorales occitanos y catalanes. Por otro lado, el diferente léxico lingüístico vuelve a ser un indicador de origen cuando se trata de un mismo santo: Sant Jaume/Sant Jaime, Sant Joan/San Juan, Santa Creu/Santa Cruz, etc.; pero en todo caso, aparentemente, existe un muy mayoritario santoral propio en cada uno de los territorios: por ejemplo Sant Ciprià, Sant Hilari, Sant Feliu, Santa Eugènia o Santa Oliva, son exclusivamente catalanes, mientras que San Ginés, Santa Cristina, Santas Masas/Santesmases o Santa Olalla/Olalia/Olaria son exclusivamente aragoneses.
Los patronímicos y los prefijos «salats»
Y un último grupo de apellidos catalanes y aragoneses del siglo xiii que quere- mos identificar es el de aquellos que conllevan la presencia de partículas especiales, bien prefijos, bien sufijos. Estos segundos son los que llevan los patronímicos construidos a partir del nombre propio o de pila del padre, con el añadido de un
(^15) Puede ser relevante estadísticamente hablando que en la villa navarra de Olite, el censo del año 1244 tan sólo recoja un apellido de este tipo, San Martín, entre alrededor de mil casas (Ciér- bide Martinena, Olite en el siglo xiii ).
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En los tres casos la presencia de antropotopónimos es claramente mayoritaria en tanto por ciento, alrededor de un 40% en Catí (24 de 50), Puçol (15 de 39) y Alcúdia de Carlet (19 de 55), y en una proporción muy mayoritaria, superior al 85%, se trata de topónimos catalanes, con una relativa mayoría de los situados en las comarcas occidentales de Cataluña frente a los de las orientales. Algunos pueden ser indistintos, pero los aragoneses son mínimos y no existe ningún topónimo valenciano, claro indicativo de la migración de larga distancia que se estaba produciendo. Los otros apellidos son fundamentalmente del tipo mote, tanto en su versión indicativo personal o físico: Alegret, Bonfill, Campbell, Estremer, Faga, Ferreres, Gaçull y Gaçulla, Gisquerol, Governat, Poch, Punyet, Rabades, etc., como en los antropónimos basados en la naturaleza y el territorio: Ametler, Comas, Costa, Magraner, Moltó, Moragues, Parellada, Pi, Riera, Serra Quadres y Rovira, prác- ticamente todos ellos pertenecientes únicamente al léxico catalán. Tal como pasaba en los modelos aragonés y catalán del siglo xiii, los nombres propios convertidos en apellidos son un grupo más reducido frente a los dos anteriores; pero los que encontramos corresponden o bien al modelo catalán (Guerau, Jover, Mateu o Mir), o bien son comunes a los dos territorios, caso de Bertran, Llorens, Martí o Vidal. Los que no localizamos son los básicamente aragoneses, caso de Sancho, Eximén o Garcia. En cuanto a los apellidos referidos a oficios, vuelve a ser casi general la pre- sencia de apellidos que están expresados en lengua catalana, caso de Boter, Corretger, Escrivà, Fuster, Macip, Mestre, o Torner, si bien Ferrer y Sabater son también usados en el norte de Aragón. Finalmente, hay de forma minoritaria los que incluyen un prefijo con el artículo «salat», caso de Sacorral, Saselva, Sacosta, Safont, Saquadra, Satorre o Sesplanes, típicamente catalanes, y tan sólo un patronímico, un Pérez, en Alcúdia de Carlet, sobre un total de 144 antropónimos, cuando en este siglo su presencia en las villas aragonesas suele llegar al 20% del total. En resumen, en primer lugar podemos constatar que hacia la mitad del siglo xiii había triunfado por toda la Corona de Aragón tanto el modelo antro- ponímico del nombre doble como la herencia del apellido de padres a hijos, así como se asistía a los últimos casos de nombres simples o construcciones más indirectas como «hijo de», etc. En segundo lugar, hemos de destacar el peso de los antropotopónimos en las primeras generaciones de pobladores del sur de la Corona de Aragón en el siglo xiii, indicio razonable de que se estaba produciendo una génesis de nue- vos apellidos fruto de la migración y que ésta fue de larga distancia. Estamos hablando de cifras alrededor del 40% de los primeros vecinos, con tendencia a bajar al acercarnos al 1300 y al fin de la migración, y de que la proporción de topónimos catalanes es muy mayoritaria, incluso hasta el 90%. Así mismo, se constata una general dispersión de orígenes, de tal manera que en muy pocos casos se puede hablar de concentración de gente procedente de una misma localidad que se asentase en grupo en otra situada al sur. Lo usual fue una migración bastante dispersa, lo que implica que en los lugares de llegada
la antroponimia como indicador de la repoblación 211
(Valencia y Mallorca) se dio una confluencia de gentes bastante diversa y que, como punto de unión, probablemente tuvieron muy pronto la identificación con el lugar de colonización. Con todo, existen comarcas como las del norte del reino de Valencia en las que la presencia de catalanes occidentales es aparente- mente mayoritaria. Estas tendencias se ven reforzadas por las características de la antroponimia basada en motes, oficios y descripciones físico-naturales, en las cuales las pro- porciones del léxico catalán van del 70 al 85% como mínimo, así como por la reducida presencia de apellidos basados en patronímicos con el sufijo -ez/-iz/- es/-is. En un balance global podríamos situar en más del 80% la proporción de apellidos procedentes de Cataluña, frente a menos del 10% de Aragón, si bien en otros trabajos más generales que hemos llevado a cabo hemos constatado cifras de aproximadamente dos tercios de emigrantes catalanes y un tercio de aragoneses. Por último, cabe destacar la futura utilidad de los apellidos «marcadores», expresión con la que nos referimos a aquellos que por, su peculiaridad y poca presencia, se convierten en indicadores de movimientos de personas y familias en esta época bajo-medieval, favorecido por el hecho de una demografía limi- tada. La Corona de Aragón reuniría alrededor de un millón de personas hacia el 1300, con alrededor de una quinta parte de población musulmana y judía, las cuales disponen de modelos antroponímicos propios. Los vaciados de población, no sólo del siglo xiii sino también hasta el xv, aunque en muchas ocasiones tan sólo sean parciales, evidencian la muy baja cantidad de miembros de una familia con el mismo apellido en cada localidad. Con la excepción de los grandes núcleos urbanos, es usual que en dichos tres siglos un apellido no habitual se mantenga con una presencia de uno, dos o tres cabezas de familia como mucho, lo que facilita el rastreo de su aparición en otra localidad, bien sea en migración a corta distancia o en larga distancia. Muy probablemente, plantear rastreos sistemáticos de estos apellidos «marcadores» entre los siglos xiii al xv sea una línea de trabajo que nos de muy buenos resul- tados en el futuro.