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Durante el Renacimiento y el Humanismo se consolida un modelo social profundamente patriarcal que define el papel de las mujeres dentro de la sociedad. Este sistema se basa en la subordinación femenina y en la división entre el espacio público, reservado a los hombres, y el espacio doméstico, asignado a las mujeres. La literatura moral y educativa de los siglos XVI y XVII desempeña un papel fundamental en la construcción de esta ideología. Uno de los autores más importantes en este proceso es Juan Luis Vives, humanista valenciano y discípulo de Erasmo de Rotterdam. En su obra Instrucción de la mujer cristiana (1523), Vives desarrolla un modelo de mujer basado en la obediencia, el silencio y la sumisión. La mujer ideal debe ser prudente, discreta y completamente subordinada al marido. El hogar se convierte en el espacio natural femenino, mientras que el hombre ocupa la esfera pública y política. En este contexto, la familia funciona como una reproducción en miniatura del Estado. Así como el rey gobierna sobre sus súbditos, el marido gobierna sobre la esposa. La mujer aparece definida como súbdita del hombre y responsable de mantener la paz doméstica. Incluso cuando sufre violencia, debe callar y soportarla en silencio. Vives afirma que las mujeres no deben divulgar los problemas matrimoniales ni quejarse públicamente del marido, porque hacerlo supondría cuestionar la autoridad masculina. A lo largo de los siglos XVI y XVII proliferan numerosos manuales destinados a regular el comportamiento femenino. Entre ellos destacan obras como La perfecta casada, de Fray Luis de León, o Examen de ingenios para las ciencias, de Juan Huarte de San Juan. Todos estos textos tienen una función ideológica muy clara: enseñar cuál debe ser el comportamiento correcto de las mujeres en cada etapa de su vida. La sociedad clasifica a las mujeres según distintos “estados”: doncella, casada, viuda o monja. Cada uno de estos estados implica unas normas específicas de conducta. En todos los casos se insiste en valores como:
escribir, porque la escritura permite desarrollar pensamiento propio y acceder al conocimiento. La educación femenina queda reducida a tareas domésticas y principios religiosos. Estas teorías se apoyan también en argumentos supuestamente científicos. Juan Huarte de San Juan sostiene que la mujer es intelectualmente inferior por naturaleza debido a su constitución física. Según él, la mujer es “fría y húmeda”, un temperamento necesario para la reproducción, pero incompatible con la inteligencia racional. De este modo, la maternidad y la biología femenina se utilizan para justificar la subordinación social de las mujeres. El matrimonio en el Humanismo tampoco se entiende como una unión amorosa basada en la igualdad. Se considera sobre todo un pacto moral, religioso y económico. El hombre ocupa la posición dominante y la mujer debe satisfacer sus necesidades y deseos. El sistema pone el acento en los derechos del marido, no en sus obligaciones. La esposa aparece como receptáculo de los deseos masculinos y responsable del equilibrio familiar. El sociólogo Pierre Bourdieu explica que uno de los mecanismos fundamentales del poder consiste en presentar como universal algo que en realidad es particular. El patriarcado consigue que la división entre hombres y mujeres parezca natural, eterna y neutra, cuando en realidad es una construcción histórica y cultural. Dentro de este sistema, las mujeres que no aceptan el modelo dominante son vistas como peligrosas. Las mujeres demasiado libres, sexualmente autónomas o independientes son asociadas con figuras marginales como:
La novela muestra cómo la sociedad convierte en monstruoso aquello que desafía las normas sexuales y de género dominantes. En conjunto, todos estos textos permiten comprender cómo el patriarcado moderno se construye históricamente mediante: