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Introducción al arte de escribir y evaluar argumentos, Apuntes de Psicología

Una breve introducción al arte de escribir y evaluar argumentos. Se explica cómo construir argumentos cortos y cómo combinarlos para crear un ensayo basado en argumentos. Se abordan temas como la definición de argumento, la importancia de las premisas fiables y la correlación de causas y efectos.

Tipo: Apuntes

2023/2024

Subido el 13/04/2024

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¡Descarga Introducción al arte de escribir y evaluar argumentos y más Apuntes en PDF de Psicología solo en Docsity!

ANTHONY WESTON

LAS CLAVES

DE LA ARGUMENTACIÓN

edición española a cargo de JORGE E MALEM

(Universitat Pompeu Fabra)

Ariel

PREFACIO

Este libro es una breve introducción al arte de escribir y evaluar argumentos. Trata sólo lo esencial. Descubrí que, a menudo, estudiantes y escritores no necesitan extensas explicaciones introductorias, sino tan sólo una lista de recor- datorios y de reglas. Por tanto, a diferencia de la mayoría de los libros de texto acerca de cómo

armar un argumento, es decir, de «lógica infor-

mal», este libro se estructura alrededor de reglas

específicas, ilustradas y explicadas de una manera correcta, pero, sobre todo, breve. No es un libro de texto, es un libro que estudia las reglas de la argumentación. Descubrí que también los profesores quieren a veces recomendar un libro de reglas semejan- te, un manual que los estudiantes puedan con- sultar y comprender por sí mismos, y que, por lo tanto, no interfiera en las horas de clase. En este caso, una vez más es importante aquí ser breve —la cuestión es ayudar a los estudiantes a escri- bir un artículo o a evaluar un argumento—, pero las reglas deben ser expuestas con la suficiente explicación para que el profesor pueda dirigirse a los estudiantes, simplemente, haciendo refe- rencia a la «regla 6» o a la «regla 16», en vez de escribir una explicación completa en los márge-

nes de los trabajos de cada estudiante. Breve

pero autosuficiente, ésta es la fina línea que he

tratado de seguir.

Este libro de reglas también puede ser utili-

zado en un curso dedicado expresamente a la

argumentación. Necesitará ser completado con

ejercicios y con más ejemplos, pero existen

muchos textos ya disponibles que están consti-

tuidos en su mayor parte o en su totalidad por

tales ejercicios y ejemplos. Estos textos, sin

embargo, también necesitan ser complementa-

dos, justamente, con lo que ofrece este libro de

reglas: reglas simples para construir buenos

argumentos. Muchos estudiantes salen de los

cursos de «lógica informal» sabiendo tan sólo

cómo rebatir (o al menos intentar rebatir) las

falacias seleccionadas. A menudo son incapaces

de explicar qué es lo que está realmente mal, o

de presentar un argumento propio. La lógica

informal tiene más por ofrecer, este libro es un

intento de sugerir cómo hacerlo.

Se agradecen los comentarios y las críticas.

ANTHONY (^) WESTON

Agosto de 1986

NOTA A LA TERCERA EDICIÓN

En esta reedición milenaria, el cambio más

notable es un planteamiento de la definición

más orientado a las reglas. Una larga conversa-

ción con el profesor Charles Kay de Wofford

College, meticuloso lector y atento profesor, me

convenció para realizar este y otros muchos

cambios. He actualizado y clarificado numero-

sos ejemplos. Las generosas aportaciones de los

lectores, demasiado numerosos para citarlos a

todos, han contribuido a la mejora de este

pequeño manual. Mi agradecimiento a todos

ellos.

A. W.

Mayo del 2000

nas conclusiones pueden apoyarse en buenas razones, otras tienen un sustento mucho más débil. (^) Pero a menudo, desconocemos cuál es cuál. Tenemos que dar argumentos en favor de las diferentes conclusiones y luego valorarlos para considerar cuán fuertes son realmente. En este sentido, un argumento es un medio

para indagar Algunos filósofos y activistas han

argüido, por ejemplo, que la «industria de la cría» de animales para producir carne causa inmensos sufrimientos a los animales, y es, por lo tanto, injustificada e inmoral. ¿Tienen razón? Usted no puede decidirlo consultando sus pre- juicios, ya que están involucradas muchas cues- tiones. ¿Tenemos obligaciones morales hacia otras especies, por ejemplo, o sólo el sufrimien- to humano es realmente malo? ¿En qué medida podemos vivir bien los seres humanos sin comer carne? Algunos vegetarianos han vivido hasta edades muy avanzadas, ¿muestra esto que las dietas vegetarianas son más saludables? ¿O es un dato irrelevante considerando que algunos no vegetarianos también han vivido hasta eda- des muy avanzadas? (Usted puede realizar algún

progreso preguntando si un porcentaje más alto

de vegetarianos vive más años.) ¿O es que las personas más sanas tienden a ser vegetarianas, o a la inversa? Todas estas preguntas necesitan ser consideradas cuidadosamente, y las respues- tas no son claras de antemano. Argumentar es importante también por otra razón. Una vez que hemos llegado a una conclu- sión bien sustentada en razones, la explicamos y

la defendemos mediante argumentos. Un buen

argumento no es una mera reiteración de las conclusiones. En su lugar, ofrece razones y prue- bas, de tal manera que otras personas puedan formarse sus propias opiniones por sí mismas. Si usted llega a la convicción de que está claro que debemos cambiar la manera de criar y de usar a los animales, por ejemplo, debe usar argumentos para explicar cómo llegó a su conclusión; de ese modo convencerá a otros. Ofrezca las razones y

pruebas que a usted le convenzan. No es un error

tener opiniones. El error es no tener nada más.

Comprender los ensayos basados en argumentos

Las reglas que rigen los argumentos, enton- ces, no son arbitrarias: tienen un propósito específico. Pero los estudiantes (al igual que otros escritores) no siempre comprenden ese propósito cuando por primera vez se les asigna la realización de un ensayo escrito basado en argumentos; y si no se entiende una tarea, es poco probable que se realice correctamente. Muchos estudiantes, invitados a argumentar en favor de sus opiniones respecto a determinada

cuestión, transcriben elaboradas afirmaciones

de sus opiniones, pero no ofrecen ninguna

auténtica razón^ para pensar que sus propias opi-

niones son las correctas. Escriben un ensayo, pero no un argumento. Éste es un error natural. En el bachillerato, se pone el acento en el aprendizaje de cuestiones que son totalmente claras e incontrovertidas.

Usted no necesita argumentar que la Constitu-

ción de los Estados Unidos establece las tres ramas del gobierno, o que Shakespeare escribió

Macbeth. Estos son hechos que usted necesita

tan sólo dominar, y que en sus trabajos escritos sólo necesita exponer. Los estudiantes llegan a la universidad espe- rando más de lo mismo. Pero muchos cursos de la universidad, especialmente aquellos en los que se asignan trabajos escritos, tienen un obje- tivo diferente. Estos cursos se interesan por los

fundamentos de nuestras creencias y exigen de

los estudiantes que cuestionen sus propias creencias, y que sometan a prueba y defiendan sus propios puntos de vista. Las cuestiones que se discuten en los cursos de las universidades no son a menudo aquellas cuestiones tan claras y seguras. Sí, la Constitución establece tres ramas de gobierno, pero ¿debe tener la Corte Suprema, realmente, el poder de veto sobre las otras dos?

Sí, Shakespeare escribió Macbeth, pero ¿cuál es

el sentido de este drama? Razones y pruebas pueden darse para diferentes respuestas. En estos cursos, los estudiantes tienen la tarea de aprender a pensar por sí mismos, a formar sus propias opiniones de una manera responsable. La capacidad para defender sus propias opinio- nes es una medida de esta capacidad, y, por ello, los ensayos basados en argumentos son tan importantes. En efecto, como explicaré en los capítulos VII-IX, para escribir un buen ensayo basado en argumentos usted debe usar argumentos tanto como un medio para indagar, como para expli-

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car y defender sus propias conclusiones. Debe presentar el trabajo examinando los argumentos de sus contrincantes y luego debe escribir el ensayo mismo como un argumento defendiendo sus propias conclusiones con argumentos y valorando críticamente algunos de los argumen- tos de la parte contraria.

La estructura del libro

Este libro comienza con la exposición de argumentos relativamente simples y llega a los ensayos basados en argumentos al final. Los capítulos I-VI se refieren a la composi-

ción y evaluación de argumentos cortos.^ Un

argumento «corto» simplemente ofrece sus razones y pruebas de una manera breve, usual- mente en unas pocas frases o en un parágrafo. Comenzamos por los argumentos cortos por diversas razones. Primero, porque son comunes. En efecto, son tan comunes que forman parte de nuestra conversación diaria. Segundo, los argu- mentos largos son, a menudo, elaboraciones de los argumentos cortos, y/o una serie de argu- mentos cortos encadenados. Aprenda primero a escribir y a evaluar argumentos cortos; ello le pondrá en condiciones de seguir hacia los ensa- yos basados en argumentos. Una tercera razón para comenzar con los argumentos cortos es que constituyen la mejor ilustración tanto de las formas comunes de los argumentos como de los típicos errores que se cometen en la argumentación. En un argumen-

CAPÍTULO I

LA COMPOSICIÓN

DE UN ARGUMENTO CORTO

Algunas reglas generales

El capítulo I ofrece algunas reglas generales para componer argumentos cortos. Los capítu- los II al VI tratan tipos específicos de argumen- tos cortos.

1. Distinga entre premisas y conclusión

El primer paso al construir un argumento es preguntar: ¿Qué estoy tratando de probar? ¿Cuál es mi conclusión? Recuerde que la con-

clusión es la afirmación en favor^ de la cual usted

está dando razones. Las afirmaciones mediante las cuales usted ofrece sus razones son llamadas «premisas».

Considere esta broma de Winston Churchill:

Sea optimista. No resulta de mucha utilidad ser de otra manera.

Éste es un argumento porque Churchill está

dando una razón para ser optimista: su premisa

es que «no resulta de mucha utilidad ser de otra manera».

La premisa y la conclusión de Churchill son

bastante obvias, pero las conclusiones de algu- nos argumentos pueden no ser obvias hasta el

momento en que se las señala. Sherlock Holmes

tiene que explicar una de sus conclusiones clave

en La aventura de Silver Blaze:

Un perro estaba encerrado en los establos, y, (^) sin embargo, aunque alguien había estado allí y había sacado un caballo, no había ladra- do. Es obvio que el visitante era alguien a quien el perro conocía bien...

Holmes tiene dos premisas. Una es explícita:

el (^) perro no ladró al visitante. La otra es un hecho general acerca de los perros que presume que nosotros conocemos: los perros ladran a los desconocidos. Estas dos premisas juntas impli- can que el visitante no era un desconocido. Cuando usted utilice argumentos como un

medio de indagación, tal como lo describí en la

Introducción, puede comenzar, a veces, tan sólo con la conclusión que quiere defender. Antes que nada, expóngala con claridad. Si quiere

tornar a Churchill y seguir sus palabras, y argüir

que debemos ser verdaderamente optimistas, dígalo así de explícito. Entonces, pregúntese a sí mismo qué razones tiene para extraer esa con- clusión. ¿Qué razones puede dar para probar que debemos ser optimistas?

Usted podría^ apelar a la autoridad de^ Chur-

chill; si Churchill^ dice que debemos ser optimis-

tas, ¿quiénes somos usted y yo para criticarlo? Sin embargo, esta apelación no le llevará muy lejos, ya que es probable que un número igual de personas famosas recomendaran el pesimismo. l i sted tendría que pensarlo por su propia cuen- ta. Una vez más: ¿Cuál es su razón para pensar que debemos ser optimistas? Quizás su idea es que ser optimista le da más energía para trabajar en pos del éxito, mientras que los pesimistas se sienten derrotados desde el comienzo y, por lo tanto, ni siquiera lo intentan. Entonces, usted tiene una premisa principal: los optimistas probablemente tienen más éxito en alcanzar sus objetivos. (Quizás esto es lo que

Churchill quería decir también.) Si ésta es su

;razón, dígalo explícitamente. Una vez que haya terminado de leer este libro, tendrá un catálogo útil de muchas de las diferentes formas que los argumentos pueden tener. Úselos para desarrollar sus premisas. Para defender una generalización, por ejem- -plo, examine el capítulo II; le recordará que necesita dar una serie de ejemplos como pre- misas y le dirá qué tipo de ejemplos tiene que buscar. Si su conclusión necesita un argumen- to «deductivo» como los explicados en el capí- tulo VI, las reglas que se presentan en ese capí- tulo le dirán qué premisas necesita. Puede que precise intentar muchos argumentos diferen- tes antes de que encuentre uno que opere ade- c fiadamente.

qué premisas necesita, sino también para saber cómo ordenarlas en el orden más natural.

  1. (^) Parta de premisas fiables

Aun si su argumento, desde la premisa a la

conclusión, es válido, si sus premisas son débi- les, su conclusión será débil.

Nadie en el mundo es realmente feliz en la actualidad. Por lo tanto, parece que los seres humanos no están hechos precisamente para alcanzar la felicidad. ¿Por qué deberíamos espe- rar lo que nunca podemos encontrar?

La premisa de este argumento es la afirma- ción de que nadie en el mundo es realmente feliz en la actualidad. Pregúntese si la premisa es

plausible. ¿Nadie en el mundo es realmente feliz

en la actualidad? Esta premisa necesita, al menos, alguna justificación, y es muy probable que no sea precisamente verdadera. Este argu- mento no puede mostrar, entonces, que los seres humanos no estamos hechos para alcanzar la felicidad, o que no debemos esperar ser felices. A veces resulta fácil partir de premisas fia- bles. Puede tener a mano ejemplos bien conoci- dos, o autoridades bien informadas que están claramente de acuerdo. Otras veces es más difí- cil. Si usted no está seguro acerca de la fiabilidad de una premisa, puede que tenga que realizar alguna investigación, y/o dar algún argumento corto en favor de la premisa misma. (Volveremos a este tema en los últimos capítulos, especial-

mente en el apartaao^ A.Z^ aei capitulo v^ 11.)^ oi

encuentra que no^ puede^ argüir adecuadamente

en favor de su(s) premisa(s), entonces, por supuesto, tiene que darse completamente por vencido, y comenzar de otra manera.

  1. Sea concreto^ y^ conciso

Evite los términos generales, vagos y abstrac- tos. «Caminamos horas bajo el sol» es infinita- mente mejor que «Fue un prolongado período de esfuerzo laborioso». Sea conciso también. La ela- boración densa sólo hace que el lector —e inclu- so el autor— se pierda en un mar de palabras.

NO: Para aquellos cuyos papeles involucraban pri- mariamente la realización de servicios, a diferen- cia de la adopción de las responsabilidades de líder, la pauta principal parece haber sido una res- puesta a las obligaciones invocadas por el líder que eran concomitantes al estatus de miembro en la comunidad societaria y a varias de sus unida- des segmentales. La analogía moderna más próxi- ma es el servicio militar realizado por un ciuda- dano normal, excepto que al líder de la burocra- cia egipcia no le hacía falta una emergencia especial para invocar obligaciones legítimas. 2

  1. Este pasaje es de Talcott Parsons,^ Societies: Evolutio- nary and Comparative Perspectives, Englewood Cliffs, NJ, Prenti- ce Hall, 1966, p. 56. Debo la cita y la versión corregida que sigue a Stalisnas Andreski, Social Science as Sorcery,^ Nueva York, St Martin 's Press, 1972, capítulo 6.

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sí:

En el antiguo Egipto, la gente común esta- ba sujeta a ser reclutada para el trabajo.

  1. (^) Evite un lenguaje emotivo

No haga que su argumento parezca bueno caricaturizando a su oponente. Generalmente las personas defienden una posición por razones serias y sinceras. Trate de entender sus opiniones aun cuando piense que están totalmente equivo- cadas. Una persona que se opone al uso de una nueva tecnología no está necesariamente en favor de «un retorno a las cavernas», por ejem- plo, y una persona que cree que la evolución no es afirmar que su abuela era un mono. Si usted no puede imaginar cómo podría alguien sostener el punto de vista que usted está atacando, es por- que todavía no lo ha entendido bien. En general, evite el lenguaje cuya (^) única fun- ción sea la de influir en las emociones. Este es un ejemplo de «lenguaje emotivo».

Tras permitir que sus antaño orgullosos tre- nes de pasajeros cayeran vergonzosamente en el olvido, América está moralmente obligada a restablecerlos ¡ya!

Supuestamente éste es un argumento para restablecer (más) el servicio de los trenes de pasajeros. Pero no ofrece ninguna prueba para llegar a esa conclusión sea cual sea, tan sólo unas cuantas palabras con una gran carga emo- cional —palabras gastadas, también, como las

r de un político autómata. ¿El tren de pasajeros «cayó en el olvido» por algo que «América» hizo o dejó de hacer? ¿Qué tiene esto de «vergonzo- so»? Muchas instituciones «antaño orgullosas»

dieron al traste y, al fin^ y al cabo, no estamos

ol)ligados a restablecerlas todas. ¿Qué significa que América está «moralmente obligada» a hacer esto? ¿Se han establecido y quebrantado las premisas? ¿Por parte de quién? Estoy seguro de que se puede hablar mucho de restablecer los trenes de pasajeros, especial- ente en esta era en que los costes ecológicos y conómicos de las autopistas están alcanzando iveles enormes. El problema es que este argu- ento no lo dice. Deja que las connotaciones de s palabras hagan todo el trabajo y, por esta zón, no funciona en absoluto. Al final acaba- os exactamente en el punto de partida. Cuan- sea su turno/le toque a usted, remítase a las ebas.

Use términos consistentes

Los argumentos dependen de conexiones aras entre las premisas y la conclusión. Por ta razón es crucial utilizar un único grupo de rminos para cada idea.

NO: Si usted estudia otras culturas, entonces comprenderá que hay una diversidad de cos- tumbres humanas. Si entiende la diversidad de las prácticas sociales, entonces cuestionará sus

argumento con los dos sentidos diferentes de «igual» previamente aclarados, queda:

Las mujeres y los hombres no son física ni emocionalmente idénticos. Por lo tanto, las mujeres y los hombres no merecen los mismos derechos y oportunidades.

Esta versión del argumento ya no utiliza de manera ambigua el término «igual», pero toda- vía no es un buen argumento, tan sólo es el mis- mo argumento original e insuficiente, pero con su insuficiencia al descubierto. Una vez elimina- da la ambigüedad, aparece con claridad que la conclusión de ese argumento no se apoya en, ni está vinculada incluso a, la premisa. No se ofre- ce ninguna razón para mostrar que las diferen- cias físicas y emocionales deban tener algo que ver con los derechos y oportunidades. A veces estamos tentados de dar respuestas equívocas utilizando una palabra clave de mane-

ra vaga. Considere la siguiente conversación:

A: ¡ En el fondo, todos somos nada más que egoístas!

B: (^) Pero ¿y Juan?; ¡mira cómo se dedica a sus hijos!

A: (^) Sólo hace lo que realmente quiere hacer: ¡aun eso es ser egoísta!

Aquí el significado de «egoísta» cambia de la primera afirmación que hace A, a la segunda. En la primera afirmación entendemos que «egoísta»

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significa algo bastante específico: el comporta- lento codicioso, egocéntrico, al que ordinaria- mente denominamos «egoísta». En la respuesta de A a la objeción de B, A amplía el significado (le «egoísta» para incluir también comporta- ni i ientos aparentemente no egoístas, extendien- do la definición simplemente hasta «hacer lo que realmente quiere hacer». A mantiene sólo la

palabra, pero ésta ha perdido su significado

specífico, original. Una buena manera de evitar la ambigüedad

s definir^ cuidadosamente cualquier término

clave que usted introduzca: luego, tenga cuida- do de utilizarlo sólo como usted lo ha definido. También puede necesitar definir términos espe- ciales o palabras técnicas. Consulte el Apéndice i ra una exposición del proceso y las trampas k' la definición.

CAPÍTULO II

ARGUMENTOS MEDIANTE EJEMPLOS

Los argumentos mediante ejemplos ofrecen uno o más ejemplos específicos en apoyo de una generalización.

En épocas pasadas, las mujeres se casaban muy jóvenes. Julieta, en Romeo y Julieta de

Shakespeare, aún no tenía catorce años. En la

Edad Media, la edad normal del matrimonio para las jóvenes judías era de trece años. Y durante el Imperio romano muchas mujeres romanas contraían matrimonio a los trece años, o incluso más jóvenes.

Este argumento generaliza a partir de tres ejemplos (^) —Julieta, las mujeres judías en la Edad Media y las mujeres romanas durante el Imperio romano— a muchas o a la mayoría de las mujeres de épocas pasadas. Para ver la forma de este argumento con mayor claridad, pode- mos enumerar las premisas de forma separada,

con la conclusión en la «línea final».

Julieta, en la obra de Shakespeare; aún no

tenía catorce años.

zación sobre todos los presidentes estadouni- denses a partir de la Segunda Guerra Mundial debe examinar a cada uno de ellos por separado. De igual modo, el argumento de que los dere- chos de las mujeres siempre han necesitado luchas debe examinar todos, o casi todos, los derechos importantes. Las generalizaciones acerca de grandes con- juntos de casos requieren la selección de una «muestra». Desde luego, no podemos enumerar a todas las mujeres que en épocas anteriores con- traían matrimonio jóvenes; en su lugar, nuestro argumento debe ofrecer pocas mujeres como ejemplos de las demás. Cuántos ejemplos son necesarios depende parcialmente de su represen- tatividad, problema que recoge el apartado 9. También depende parcialmente del tamaño del conjunto acerca del cual se hace la generalización. Usualmente, los conjuntos grandes requieren más ejemplos. La afirmación de que su ciudad está lle- na de personas notables requiere más pruebas

que la afirmación de que sus amigos son personas

notables. Según cuántos amigos tenga, dos o tres ejemplos pueden ser incluso suficientes para esta- blecer que ellos son personas notables, pero a menos que su ciudad sea muy, muy pequeña, se necesitan muchos más ejemplos para mostrar que su ciudad está llena de personas notables.

9. (^) ¿Son representativos los ejemplos?

Incluso un gran número de ejemplos puede

desfigurar el conjunto acerca del cual se hace la

generalización. Un gran número de casos, exclu- sivamente de mujeres romanas, por ejemplo, puede decir muy poco acerca de las mujeres en general, ya que las mujeres romanas no son necesariamente representativas de las mujeres de otras partes del mundo. El argumento tam- bién necesita tomar en cuenta las mujeres de otras partes del mundo.

En mi barrio, todos apoyan a McGraw para presidente. Por lo tanto, es seguro que McGraw ganará.

Este argumento es débil porque un barrio ais- lado rara vez representa el voto del conjunto de la población. Un barrio acomodado puede apoyar a un candidato que es impopular en todos los demás barrios. Los distritos electorales estudian- tiles en las ciudades universitarias son ganados, generalmente, por los candidatos que obtienen resultados pobres en cualquier otro sitio. Ade- más, rara vez tenemos pruebas fiables aun de las opiniones del barrio. El conjunto de personas que ponen señales en sus verjas y adhesivos políticos en sus automóviles (y cuyos jardines son visibles desde carreteras concurridas, o conducen regu- larmente por, y/o estacionan sus automóviles en, lugares que llaman la atención) puede muy bien desfigurar el barrio en su conjunto.

Un buen^ argumento acerca de que «es segu-

ro que McGraw ganará» requiere una muestra representativa del voto del conjunto de la pobla- ción. No es fácil elaborar semejante muestra. Las encuestas de opinión pública, por ejemplo,

elaboran sus muestras de una manera muy cui- dadosa. Aprendieron recorriendo un duro cami- no. En 1936, el (^) Literary Digest (^) presentó la pri- mera encuesta de opinión pública a gran escala prediciendo el resultado de la contienda presi- dencial entre Roosevelt y Landon. Los nombres de los encuestados se tomaron, tal como se hace en la actualidad, del listín telefónico y también del registro de la propiedad del parque automo- vilístico. El número de los encuestados no fue, por cierto, demasiado pequeño: se contaron más de dos millones de «votantes». La encuesta pre- dijo una amplia victoria de Landon. Roosevelt, sin embargo, ganó fácilmente. Retrospectiva- mente, es fácil ver lo que estaba equivocado. En 1936, sólo una porción selecta de la población era propietaria de teléfonos y automóviles. La muestra estaba fuertemente sesgada por los votantes urbanos y ricos, de los cuales un mayor porcentaje apoyaba a Landon.' Desde entonces, las encuestas se han perfec- cionado. Sin embargo, existe preocupación acer- ca de la representatividad de las muestras, espe- cialmente cuando son bastante pequeñas. En la actualidad, por cierto, casi todos tienen teléfono, pero (^) muchas personas tienen más de uno, y muchas otras lo tienen sin que su número apa- rezca en el listín. Algunos números telefónicos

  1. Mildred (^) Parten, (^) Survey, Polls, and Samples, (^) Nueva York, Harper and Row, (^) 1950, especialmente pp. 25, 290, 393. Parten muestra que las personas de rentas más bajas, que tenían una menor probabilidad de recibir «las papeletas de votos» que las personas ricas, tenían también una menor probabilidad de devolverlas.

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representan a una familia de votantes en su con- junto, y otros a uno solo; algunas personas es poco probable que se encuentren en su casa para responder a la llamada telefónica de los encues- tadores, etc. Aun las muestras cuidadosamente seleccionadas pueden carecer, pues, de represen- tatividad. Muchas de las mejores encuestas, por ejemplo, calcularon mal la elección presidencial de 1980. La representatividad de cualquier encuesta siempre es, por tanto, algo incierto. ¡Prevéngase de este peligro! Busque muestras que represen- ten el conjunto de la población acerca de la cual hace la generalización. Si quiere saber cuántas horas miran los niños la TV, no se limite a los de tercer curso de la escuela de su barrio. Si quiere saber lo que piensan de Estados Unidos los demás países, no pregunte sólo a los turistas. Investigue un poco. Julieta, por ejemplo, es una única mujer ¿Es representativa, incluso, de las mujeres de su época y de su tiempo? En la obra de Shakespeare, por ejemplo, la madre de Julieta le dice:

Piensa ya en el matrimonio, otras más jóve- nes que tú, aquí en Verona, señoras de gran estima, ya son madres. En lo que a mí respecta, yo era tu madre ya por los mismos años en que

tú ahora sigues virgen (I, III).

Este pasaje sugiere que el casamiento de Julieta a los catorce años no es excepcional; en efecto, a su edad, Julieta parece ser algo vieja a los ojos de su madre.