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Seix Barral Biblioteca Breve Madrid, noviembre 2012 Estimada amiga, estimado amigo: Todo lo que era sólido nació de una necesidad y de un remordimiento: la necesidad acuciante de intentar com- prender lo que está sucediendo en nuestro país, lo que empezó a suceder mucho antes de que casi todos nos diéramos cuenta; y el remordimiento de no haberlo visto venir, o de no haberlo visto con la claridad y la crudeza que ahora, retrospectivamente, nos parecen a todos indu- dables. Yo no sé lo que pienso hasta que no lo he puesto por escrito, dice Joan Didion. A mí me sucede lo mismo. Escri- bir no es poner en limpio lo que he pensado sobre algo, sino desatar el pensamiento. Como escritor, como ciuda- dano, una parte de mi trabajo consiste en fijarme cómo son las cosas, en prestar atención a lo que veo y contarlo, contarlo no sólo a los demás, sino sobre todo a mí mismo: contar para comprender. Durante muchos años, con una alarma creciente, yo había tenido la certeza de que había algo insostenible y algo delirante en la prosperidad de nuestro país y en la deriva megalómana de nuestra clase política. Escribí algunos artículos sobre estas cosas, pero me di cuenta de que no mucha gente quería prestar aten- ción, y yo mismo no fui consciente de la verdadera escala Me gustaría que este libro pudiera ser una herra- mienta útil en el debate imprescindible que tenemos por delante como ciudadanos. No podemos caer una vez más en la tentación de buscar chivos expiatorios y eludir la responsabilidad de reflexionar críticamente y de actuar cada uno en el ámbito preciso de su vida civil. En tiempos como éstos, me parece más importante que nunca vindi- car la claridad y la precisión de las palabras y la tarea de los libros en la construcción de la ciudadanía. Con mi gratitud y mi afecto pr HL Antonio Muñoz Molina Seix Barral Biblioteca Breve Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido Qué lejos se nos queda ya el pasado de hace sólo unos años. En algún momento cruzamos sin advertirlo la frontera hacia este tiempo de ahora y cuando nos di- mos cuenta y quisimos mirar atrás para comprobar en qué punto había sucedido el tránsito nos pareció asom- broso habernos alejado tanto. [...] Una burbuja asciende en el aire y se hincha y en un momento ha estallado. [...] Si hubiéramos prestado algo más de atención a lo que sucedía y a lo que decíamos y lo que escuchábamos alguien habría apuntado que las me- táforas pueden requerir la misma precisión que las ecua- ciones, y que no hay manera de que se pinche gradual- mente una burbuja. Pero necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desapare- cer entre las manos, y que pisábamos la tierra firme y no una superficie más delgada que una lámina de hie- lo, que el suelo no iba a desaparecer debajo de nuestros pies. Escribo en pasado y en plural, pero quizás no debe- ría. Es en el ahora mismo cuando suceden las cosas y es uno mismo y no otro quien las experimenta. Y la prime- 5 ra persona del plural es muy conflictiva en España. El nuestro es un nosotros fraccionado que nunca abarca la extensión completa de la ciudadanía legal y que suele definirse a golpes de tajante negación. [...] El dinero amedrenta y hechiza, aturde con su mons- truosa capacidad de multiplicación. El dinero levanta construcciones tan simbólicas y tan destinadas a ame- drentar a los débiles y a los crédulos y los ignorantes como los zigurats mesopotámicos o los vestíbulos de al- tas columnas macizas de los templos egipcios. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido. [..] Había dinero para todo. Para abrir nuevos centros del Instituto Cervantes en las ciudades más caras del mundo y también embajadas oficiosas de las comunidades autó- nomas; para añadir una nueva terminal gigante en el ae- ropuerto de Barajas y para construir aeropuertos en casi cualquier provincia; para inaugurar museos de arte con- temporáneo, palacios de congresos, sedes universitarias, parques temáticos, plantas de energía solar, auditorios de música, centros culturales, polideportivos de dimensio- nes olímpicas, circuitos de Fórmula 1, líneas de tren de alta velocidad, estaciones colosales de ferrocarril, plantas desaladoras de agua del mar. [... Hacia la mitad de los años ochenta empezó a haber dinero en la política y en la vida cotidiana. Por primera vez vimos a gente que se enriquecía: [...] Habría sido necesario construir una nueva legalidad democrática: lo que hicieron fue sustituir la antigua por la potestad de ejercer incontroladamente el albedrío po- lítico. Cambiaron las leyes no para hacerlas mejores sino para asegurarse de que podrían actuar al margen de ellas. [...] La ruina en la que nos ahogamos hoy empezó en- tonces: cuando la potestad de disponer del dinero públi- co pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio —o simplemente para no ser cum- plidas. [...] Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir cosas sólidas, a perseguir delincuentes, a juzgar delitos, a in- vestigar en laboratorios, a cultivar la tierra, a ordenar libros en las bibliotecas, a ganar dinero ideando o ven- diendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país y mucho más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las candidaturas olímpicas y las exposiciones universales, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibi- cionismo de los políticos que las inauguraban y al hala- go paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas, el de los canales autóctonos de televisión des- tinados con plena desvergijenza y despilfarro sin límite a la propaganda sectaria y a la exaltación de la más baja vulgaridad transmutada en orgullo colectivo. 8 [... En algún momento de aquellos años la cultura dejó de ser algo que una persona adquiría con su esfuerzo personal y se convirtió en el ámbito colectivo en el que se nacía; ya no era un proyecto, sino un destino; una vuelta a la comunidad del origen y no una solitaria emancipación; recluirse en los límites en vez de asomar- se al mundo. Una cultura personal se adquiere con mu- cho tesón y mucho esfuerzo a lo largo de la vida, igual que se adquiere la destreza para tocar un instrumento o hablar un idioma extranjero: una cultura autóctona se posee tan sólo por nacer en ella. [... Es misterioso que una izquierda que venía del laicis- mo de la II República abrazara con tanta convicción las celebraciones de la iglesia católica, y aceptara tan servil- mente respetar cada uno de sus privilegios, no sólo en- tregándole el control de una parte de la educación sino además pagándole para que lo ejercitara, a costa de la educación pública. Pero es más misterioso todavía que viniendo de la doble tradición del universalismo ilustra- do y del internacionalismo obrero la izquierda se con- virtiera tan velozmente, tan integralmente, a la supersti- ción nacionalista por las identidades colectivas. No se trata de la defensa justa de un idioma y de una cierta forma de gobierno. Para amar una lengua y defen- der su perduración y su vitalidad no hace falta conside- rarla la emanación del alma de un pueblo; ni siquiera creer en las almas, ni en los pueblos. Ahora nadie quiere recordarlo, pero en los años setenta, antes y después de la muerte de Franco, toda la resistencia española era fa- vorable a la autonomía de Cataluña, del País Vasco y de 9 la que se fraguan y se perpetúan los lazos sagrados del pueblo. [...] El vigor de la ciudadanía procede de la capacidad in- dividual de disentir, y en ella el derecho y la obligación de la crítica y de la autocrítica son inseparables. [...] El ciudadano puede elegir la renuncia a su ciudadanía, cambiar de país por elección o por capricho o necesidad, o compartir dos lealtades, o varias. Su identidad no está en la sangre, sino en algunos documentos legales, en una declaración de impuestos, en un certificado de empadro- namiento que le permite votar, en una suma de actos cotidianos concretos que sostienen el entramado de la vida en común y que demandan de cada uno el ejercicio de una responsabilidad irrenunciable e intransferible: gestos prácticos, no declaraciones de principios; actitu- des tan menores pero tan decisivas como no levantar la voz en una discusión o no tirar un papel al suelo, como elegir un argumento y no una interjección y no callar ante una injusticia. [...] La coacción invisible de lo que no es conveniente decir se suma al chantaje directo o a la compra con di- nero público de aquellos medios cuya tarea en la socie- dad democrática es el ejercicio de la información y de la crítica, y a la omnipresencia de la propaganda oficial. [...] A medida que los cargos públicos se iban hinchan- do como sátrapas, cada uno a la escala de su zona de dominio, los informadores se encogían para adaptarse nerviosamente o ávidamente a su nueva tarea de corte- sanos. La corrupción, la incompetencia, la destrucción especulativa de las ciudades y de los paisajes naturales, 1 la multiplicación alucinante de obras públicas sin senti- do, el tinglado de todo lo que parecía firme y próspero y ahora se hunde delante de nuestros ojos: para que todo eso fuera posible hizo falta que se juntaran la quie- bra de la legalidad, la ambición de control político y la codicia —pero también la suspensión del espíritu crítico inducida por el atontamiento de las complacencias co- lectivas, el hábito perezoso de dar siempre la razón a los que se presentan como valedores y redentores de lo nuestro. [...] La rigidez corporativa de los partidos políticos se ha ido volviendo más esclerótica a medida que se conver- tían en maquinarias de colocación y reparto de favores y que colonizaban espacios de la sociedad que deberían haber permanecido abiertos al mérito, al debate y al ac- tivismo civil. [...] La mayor parte de los que tenían conocimientos y sabían hacer cosas se marcharon hace mucho tiempo de la política o fueron expulsados de ella. Han quedado y han ascendido los que no teniendo otra forma de pros- perar en la vida se han limitado a una obstinada mili- tancia, a una ilimitada disposición de obediencia, en el mejor de los casos, y de corrupción en el peor. En ningún otro campo profesional se puede llegar más lejos careciendo de cualquier cualificación, conoci- miento o habilidad verificable. [...] En treinta y tantos años de democracia y después de casi cuarenta de dictadura no se ha hecho ninguna pe- dagogía democrática. La democracia tiene que ser ense- 12 que amenazaban, lo que insultaban. La realidad desapa- recía bajo el ruido constante de las declaraciones y las diatribas políticas. [...] En la España alucinada de todos estos años la comu- nicación sobre las cosas ha sido mucho más importante que las cosas mismas, hasta el punto de que ya no se podía distinguir entre un hecho real y lo que se llamaba su impacto mediático. El hecho no era el motivo de ese impacto, sino su excusa. [...] Para emitir dictámenes veraces sobre la realidad y más aún para actuar con eficacia sobre ella hace falta un conocimiento lo más preciso que sea posible; y ese co- nocimiento no puede adquirirse sin una exigente vo- luntad de saber. Porque la mente humana es propensa al error, a la creencia y a la alucinación colectiva, hace falta un ejercicio constante de la indagación plural y contrastada y de la crítica. En cierta medida la comuni- dad democrática ha de funcionar como la comunidad científica, a partir de acuerdos básicos sobre la natura- leza de la realidad, sobre la libertad de circulación de las ideas y los protocolos necesarios para comprobar cual- quier hipótesis y los resultados de cualquier experimen- to. Para que un proyecto público se ponga en marcha no debería bastar la voluntad de quien decide empren- derlo: habrá que saber antes si está dentro de la ley y si es viable, y esa evaluación sólo pueden hacerla personas técnicamente capaces que no dependan del favor políti- co. Pero además hace falta el debate abierto en la ciuda- danía, porque los intereses legítimos en una democracia pueden ser muy diversos y hasta contradictorios entre 14 sí, y a la hora de examinar los pros y los contras habrá que saber, con un grado máximo de precisión y justicia, cuál ha de ser la opción prioritaria sobre otra casi igual- mente aceptable, a qué se renuncia cuando se elige algo en un mundo real de posibilidades limitadas y de deci- siones que pueden ser irreversibles. Hace falta transpa- rencia en los procedimientos, información veraz, deba- te riguroso y abierto; hace falta capacidad de acuerdo entre grupos e intereses diversos, no sólo para llegar a hacer algo, sino para que lo que se hace tenga posibili- dades de durar, porque rara vez hay un empeño valioso que pueda completarse en el plazo breve de un manda- to político. [... Que lo contrario haya sido y sea la norma entre no- sotros no es responsabilidad exclusiva de la clase políti- ca. Que cada palo aguante su vela. Ellos han desmante- lado la legalidad o la han ignorado para perseguir sus proyectos fantásticos y en un cierto número de casos además para robar y para favorecer a los ladrones: pero no habrían ido tan lejos sin la indiferencia, la claudica- ción o incluso la adhesión de sectores amplios de la ciu- dadanía, y menos aún sin la mezcla de negligencia pro- fesional, militancia sectaria y disposición cortesana de una parte de los medios informativos. [...] Han pasado treinta y tantos años y una de las razo- nes de que la libertad de expresión siga siendo tan difícil de ejercer en España es que ni a un lado ni a otro se ha practicado la crítica hacia los propios orígenes y los pro- pios errores, y porque las iniciativas de concordia que permitieron entonces el establecimiento de la democra- 15 estética, áticos en el centro de Madrid, secciones tan gruesas como antiguas guías de teléfonos con anuncios de venta de pisos, de urbanizaciones enteras, de todo tipo de placeres eróticos. [...] Cómo es que ese ruido no nos atronaba. Qué veía- mos, en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante de los ojos, lo que se publicaba en el periódico que yo compraba y creía leer fielmente cada mañana cuando estaba en España. Algo intuía, pero no lo suficiente, ni mucho menos. Me fijaba demasiado en la superficie política y psicológica del deli- rio como para reparar en lo que hubiera debido saltarme a la vista, en la cualidad delirante de la economía misma. [... Las páginas del periódico son las mismas que reco- rríamos entonces, pero sólo ahora vemos en ellas los sig- nos evidentes de lo que estaba a punto de pasar. [...] Pero yo no recuerdo haber tenido plena conciencia de lo que ahora veo que también estaba en el periódico todos los días, igual que estaban las páginas de los anun- cios y las noticias sobre las ganancias meteóricas de las cajas de ahorros y de las inmobilarias, y sobre la epide- mia de los campos de golf: en ese país desatinado de hace cinco años que sólo ahora me parece que veo con claridad no hay día en el que no se publique la noticia de un nuevo caso de corrupción. [...] Me ha asustado la degradación de los debates políti- cos y me ha herido la aspereza creciente de grandes zo- Y nas de la vida diaria, causada por la falta de cuidado hacia lo que por ser de todos no parece que sea de nadie y por la falta de consideración hacia los otros: la impa- ciencia agresiva de los conductores en los pasos de pea- tones, la respuesta irascible a cualquier queja por un comportamiento incívico, el ruido del que va por la calle en un coche con la música a todo volumen y las venta- nillas abiertas, el de los bares nocturnos, el de quien mantiene una juerga en casa a deshoras sin el menor respeto por el descanso del vecino de al lado y es capaz de amenazarlo si se atreve a protestar, el vandalismo de los bebedores que ocupan la vía pública y la dejan sucia de basuras, de meadas y vómitos; y también me ha des- alentado la indiferencia de la autoridad pública hacia el bienestar y hacia los derechos mismos de los ciudadanos que la sostienen con sus impuestos, y que descubren que frente a un abuso sus quejas a la policía o a los organis- mos teóricamente responsables serán inútiles. Me ha ofendido la proliferación de la basura y la gro- sería en canales de televisión privada que al fin y al cabo son concesionarios de un espacio público y deberían te- ner algún tipo de responsabilidad y de autocontrol; pero me ha ofendido más la indulgencia con que toda esa ba- sura era tolerada y aceptada o incluso celebrada por per- sonas en principio cultas y en principio progresistas, que se han dejado seducir por ella o simplemente no se han atrevido a romper con la moda, a correr el riesgo de pa- recer elitistas, o avinagradas, o aguafiestas. Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados. Me ha entristecido ver la aceptación cínica del éxito de los trepadores, los corruptos y los enchufados, y la 18