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Asignatura: Historia de la edad moderna, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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La historiografía de mediados del s. XX consideró adecuado el término de “ crisis general ” para definir el siglo XVII.
Esta formulación fue reforzada por la interpretación dada por los historiadores de la “revolución de los precios”, los cuales habían culminado a finales del s. XVI y se estancaron o retrocedieron en el s. XVII, caracterizándose la 2ª mitad de la centuria por el bajo nivel de precios en todas partes, con un cambio de tendencias más prematuro en los países mediterráneos que en el noroeste de Europa, tanto para la entrada como para la salida de la crisis.
Los indicadores clásicos señalan que en la 1ª mitad del s. XVII comienza el fin de la expansión europea y se entra en una nueva fase económica. Durante la 2ª mitad del siglo los signos de renovación se localizan en la recuperación de los comercios coloniales y en el crecimiento de la producción industrial inglesa. A finales de siglo, estos signos de recuperación se amplían.
Esta “ crisis ” no se produce exclusivamente en el ámbito económico sino que la inestabilidad preside también las relaciones sociales , el mundo político y las creencias religiosas o el pensamiento.
Es pues la generalización de las dificultades lo que ha contribuido a que se califique este siglo como época de “ crisis ”, pero estas dificultades no tuvieron el carácter continuo y general que se ha atribuido habitualmente.
Más que una recesión generalizada, se produjo una serie de crisis de diferente intensidad y amplitud , algunas de ellas coincidiendo temporalmente pero afectando de forma desigual en los diversos sectores económicos o zonas geográficas..Al descender a las evoluciones particulares de países y regiones el panorama es tan variado que resulta caótico.
Estos periodos de crisis generaron desafíos ante los que se respondió de forma desigual , provocándose con ello una redistribución del potencial económico desplazando su eje de gravedad desde el Mediterráneo hacia el área noroccidental del continente, la cual incrementó su peso demográfico, lideró el proceso de urbanización y articuló a su favor la creciente división internacional del trabajo que se producía en el seno de la economía- mundo europea. De ahí que lo que parece caracterizar a este periodo no son tanto las crisis sino los cambios estimulados por ellas.
LOS DEBATES
Los planteamientos gubernamentales de Trevor Roper han dado lugar a la aparición de matizaciones significativas por parte de Kossman o de Pérez Zagorín acerca del peso desmedido del Estado (inexistente para L. Stone en la Gran Bretaña de los Estuardo) o por parte de Elliot y Hexter de la mayor importancia del factor bélico , algo que fue parcialmente admitido por Trevor Roper.
R. Brenner reivindica el papel protagonista de la estructura de clase agraria , explicando la disparidad evolutiva de Inglaterra y Francia ante la crisis del s. XVII por la diferente tipología de esta estructura: la tríada capitalista inglesa de señor-arrendatario-asalariado inmuniza al país frente a las crisis agrarias mientras que en Francia la continuidad de la propiedad en manos campesinas será un factor retardador del crecimiento de ese país.
G. Parker acepta el papel esencial de la estructura de clase agraria pero en su conformación es fundamental el impacto que provoca la guerra , entendida ésta como factor interno de la sociedad. La crisis refleja las contradicciones que aparecen en el seno de los sistemas de poder feudal como oponer un bajo nivel de productividad a las exigencias de la guerra moderna.
N. Steensgaard valora la distribución como clave interpretativa : se trata de una crisis de distribución de la renta y no de producción de la misma. Y es el sector público quien incide de forma más profunda en esta distribución. En esta brillante aportación integradora aparece de nuevo el Estado absolutista con sus exigencias militares y fiscales como trasfondo central de la crisis que afecta desigualmente.
Por último, M. Morineau ha desmitificado recientemente los medios tradicionales para el diagnóstico de la crisis. Su revisión crítica sobre el tráfico comercial americano ha desvelado la enorme importancia del fraude, del contrabando o de la inconsistencia de utilizar argumentos basados en el tonelaje de las flotas, demostrando que no disminuyó la llegada de metal después de 1650. No se puede hablar en el comercio de crisis sino de orientaciones especializadas en las que unos pierden y otros ganan.
En resumen , con la información disponible actualmente sobre la crisis, no parece adecuado hablar de una crisis general sino de la acumulación de una serie de crisis parciales de tipo epidémico, bélico, económico, social y político que no afectan al mismo tiempo ni con la misma intensidad a todas las regiones europeas pero cuyas consecuencias configuran un contexto conflictivo y jalonado de oleadas de disturbios sociales, aunque poniendo también el acento interpretativo en los cambios profundos y selectivos que facilitan el despliegue de la sociedad capitalista con un relevo en el liderazgo por parte de aquellos países mejor adaptados a ese cambio, como será el caso de las Provincias unidas primero, e Inglaterra después.
Durante el s. XVII se produjo la finalización de la etapa de intenso crecimiento que había conocido el continente europeo durante el s. XVI.
Las estimaciones globales de P. Kriedte consideran que su población pasó de unos 102 millones de habitantes a principio del siglo XVII a unos 115 millones a finales de la centuria. Un crecimiento muy reducido que refleja una nueva fase de estancamiento. Esta cifra global esconde una evolución muy diversa
desde el punto de vista geográfico como cronológico , lo cual modificó la distribución de la población y los antiguos equilibrios.
Este cambio demográfico se produjo de forma escalonada ya que las dificultades que aparecieron produjeron impactos muy desiguales en los diferentes territorios europeos.
Las primeras manifestaciones del fenómeno aparecieron en el último tercio del s. XVI – primeros años del s. XVII , a causa del estancamiento de la producción agraria, la aparición de las malas cosechas y la difusión de epidemias, destacando la “ peste atlántica ” de 1596-1603. Tras la superación de estas dificultades, la población siguió creciendo con diversa intensidad en la mayoría de los territorios.
La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) generó un fenómeno similar en el centro del continente europeo por las destrucciones, saqueos y abusos de las tropas, a los que se suma la difusión de la peste por el paso de las tropas.
Durante las décadas centrales del siglo (principalmente 1647-1668) se extendieron las dificultades por la mayor parte de Europa, siendo la peste especialmente intensa en 1596-1609 y por áreas en:
A partir de 1670 la peste comenzó a retroceder en Europa Occidental. Con la desaparición de la peste cobraron protagonismo las restantes enfermedades epidémicas aunque con un menor impacto sobre la población.
También fueron especialmente virulentos los efectos de la guerra en el área báltica y Europa Oriental.
Estas circunstancias determinaron una diferente evolución demográfica en los diversos territorios europeos:
Si la población europea en conjunto creció ligeramente durante el s. XVII fue debido en gran parte al dinamismo del área noroccidental. Este desigual impacto favoreció el desplazamiento del equilibrio demográfico continental desde el Mediterráneo hacia el Atlántico. En el interior de los países se produjo un proceso similar.
En las Islas Británicas , la revolución de 1640 dejó la vía libre para la concentración de tierras al dejar a todos los colonos en precario, siendo también aquí preferente la confiscación de bienes comunales con la complicidad del Parlamento. Los cercamientos ( enclosures ) son limitados en este siglo, culminando muy avanzado el siglo siguiente.
En la Europa del Este la crisis se vincula con el modo de producción feudal y la súper explotación a que da lugar la presión señorial en un contexto de servidumbre. La ofensiva de la alta nobleza supone un ataque profundo contra el estatuto social y jurídico del campesino, consolidando la servidumbre y con ella el pesado aumento de las corveas. Este ataque provocará, a todos los niveles de la sociedad rural, una grave crisis también acusada por los grupos intermedios e incluso, por los grandes agricultores, sobre todo en la 2ª mitad del siglo, los cuales agravarán las penurias de las capas más bajas al intentar descargar sobre ellas sus propias dificultades.
La ruina de la comunidad rural es el exponente de un mundo que se desmorona ante los embates de la coyuntura, los hombres privilegiados y las instituciones del Estado.
LA PAUPERIZACIÓN URBANA Y LA POLÍTICA DE POBRES
Será en las ciudades donde se manifieste con mayor nitidez la polarización de la sociedad , pues es allí donde tiende a concentrarse las clases propietarias del campo y las masas campesinas desplazadas por la crisis que acuden a los sistemas de socorro urbano organizados, además de la presencia del artesanado urbano depauperado y así, si los pobres estructurales de una ciudad suponen normalmente el 10% de su población, las crisis cíclicas elevan el porcentaje al 30-40%.
La magnitud del pauperismo plantea un problema de gobierno , asusta a las autoridades por su potencial conflictivo, desborda a las soluciones tradicionales basadas en la caridad y da lugar a una nueva actitud ante la pobreza. Los países católicos siguen desarrollando su caridad reglamentada y en los países del norte triunfa una nueva orientación con sello calvinista basada en la represión y el trabajo obligatorio, sin que esta distinción sea exacta. Ha comenzado la época del “gran internamiento de pobres”. Es ésta una línea seguida por Inglaterra con sus Leyes de Pobres y continuada por Flandes, Holanda e incluso la católica Francia con sus Hospitales Generales. Entre la caridad y la represión , la balanza se inclina por esta última.
LAS REVUELTAS POPULARES
El s. XVII contabiliza una excepcional proliferación de levantamientos campesinos y movimientos de protesta urbanos que han pasado a la Historia como la respuesta social a la crisis.
Otras reacciones fueron menos espectaculares y más difíciles de constatar historiográficamente: huidas ante la guerra o la servidumbre, pasividad en el trabajo, fraude frente a las obligaciones o resignación ante los desastres naturales. También el bandolerismo social o los disturbios breves sin alcanzar la dimensión de revuelta, imposibles de cuantificar por su cotidianidad.
El protagonismo se centra en las revueltas que movilizan a miles de insurrectos, se extienden a regiones enteras y se convierten en auténticas guerras campesinas que ponen en jaque al Estado que necesita del uso del
ejército para su represión. Raramente son sólo rurales o urbanas, pues la interrelación campo-ciudad es constante y el éxito depende a menudo de esa conexión; sólo el apoyo en las ciudades permite que dure una rebelión campesina.
Las revueltas populares se fechan desde las últimas décadas del s. XVI hasta los años 70 del s. XVII:
1ª oleada: Croquants del Perigord y del Limousin (1594), campesinos de la Baja Austria (1596-97), Bolotnikov de Rusia (1606-7).
2ª oleada: se inicia entre 1625-30, Alta Austria en 1626, Inglaterra en 1628-31, Croquants del centro y oeste francés en 1636-7, Un-Pieds de Normandía en 1639.
3ª oleada: con una extensión “universal” a mediados del siglo, bien en el contexto de rebeliones de mayor significado o careciendo de tal marco y se prolonga hasta 1675.
En todas las revueltas se observan pautas de similares comportamiento :
Las motivaciones de las revueltas urbanas , de carácter más puntual y de efectos limitados, son, esencialmente, el hambre y los impuestos y complementariamente los abusos de poder de las oligarquías dirigentes. El hambre actúa como detonante de una situación explosiva por otras causas que suelen ser de origen fiscal. En el caso de las revueltas rurales la interpretación es más compleja. Algún autor distingue, en un sentido amplio, entre la resistencia oriental a la servidumbre y la oposición al centralismo estatal en Occidente, salvo el caso inglés. En todo caso los motivos pueden agruparse en torno a tres núcleos: anti señoriales, ataques a los derechos tradicionales del campesinado y las exigencias fiscales crecientes del Estado. Todo tipo de resistencia campesina fracasa. La crisis del mundo rural es el desmoronamiento de un modelo de vida ancestral con la destrucción de la comunidad campesina.
constituyen excepciones originales al panorama tradicional comentado que a lo sumo ofrece una relativa especialización productiva: cereal, ganadería ovina trashumante, vacuno o agricultura más intensiva.
Sobre este panorama tradicional agrario se abaten los signos de la crisis coyuntural : caída de precios y de rentas agrarias, alza de los salarios reales que encarecen los costos productivos, desertización y despoblación, contracción del intercambio internacional, declive de la exportación del grano báltico en la 2ª mitad del siglo, disminución del tráfico de ganado húngaro hacia occidente o paralización de la expansión agraria. Pero también hay excepciones a la aparición de estos signos y así la parada de la conquista de tierras no está generalizada y la bajada de precios se retrasó en el norte de Europa, lo cual permitió una edad de oro durante la 1ª mitad del s. XVII en los Países Bajos con los trabajos de reconversión de tierras marinas para el cultivo que permitió un incremento de una cuarta parte de su tierra cultivable; es éste también el caso inglés cuya superficie cultivable se incrementó con la roturación de montes y la conversión de las tierras de pastos en trigales.
La producción cerealística ofrece un claro declive secular delimitado en tres modelos regionales :
Los otros productos : ganadería, viticultura, plantas industriales, frutas, oleaginosas, etc., no ofrecen una producción a largo plazo mucho más favorable.
La conclusión más habitual a finales de siglo es la inercia de las capacidades productivas y lo mismo ocurre con la productividad a la baja, sobre todo en la 2ª mitad del siglo, comparada con la de cien años antes: - 17% en Europa Oriental, -18% en Alemania y Escandinavia, -13% en Inglaterra.
La extrema fragilidad económica de la célula de producción agraria constituye el núcleo central sobre el que giran los diferentes aspectos que configuran la crisis del mundo rural. El equilibrio producción-consumo es inestable y bordea la miseria, apenas suficiente para la subsistencia familiar y basta la alteración de una de sus variables para que se produzca el déficit que ocasiona el endeudamiento y la ruina del campesino.
LAS MANUFACTURAS
La crisis del s. XVII se manifiesta también en el sector de las manufacturas, pero con mayor ímpetu que en el agrario se van a generar soluciones innovadoras capaces de superar tal crisis con éxito.
El contexto favorece por diversos medios el desarrollo industrial pero los factores no son favorables para todos ni todos van a saber aprovecharlos. Así, por un lado la coyuntura agraria depresiva impulsa un aumento relativo de la demanda de las manufacturas y estimula la oferta de mano de obra agrícola para trabajos industriales; por otro lado ciertos factores políticos van a estimular nuevos centros productivos, a desarrollar políticas mercantiles proteccionistas o provocar movimientos forzosos de mano de obra cualificada.
La alteración producida en la estructura del comercio internacional ocasionará un fuerte aumento de la demanda al crecer el comercio transatlántico y crearse nuevos mercados coloniales, lo que beneficiará a Holanda e Inglaterra , al tiempo que el retroceso de los mercados europeos centro-orientales y meridionales empeora las condiciones de comercio en estos ámbitos con una disminución de márgenes comerciales y les fuerza a una reconversión hacia las actividades primarias como única alternativa.
La crisis industrial es completa e irreversible en las penínsulas mediterráneas y ello es más llamativo por su anterior esplendor. En Italia se derrumba su producción textil y sus mercados exteriores pasan a manos de Inglaterra y Holanda , pues sus paños de calidad no son competitivos con las new drapperies baratas y atractivas por sus diseños. En España, básicamente Castilla, el derrumbe industrial es similar y también su mercado exterior cae en manos del comercio extranjero por la insuficiente competitividad, cuando antes, sus centros fabriles se equiparaban a los más punteros de Europa. Cuando acaba el siglo, ambas penínsulas se han convertido en exportadoras de materias primas e importadoras de productos manufacturados y servicios.
En contraste con la situación anteriormente mencionada, los países noroccidentales y en menor grado los centrales , van a encontrar soluciones innovadoras a la crisis que les permitirán salir de ella y crecer. La clave está en el traslado de la industria urbana al campo, dentro del proceso que conocemos como proto industrialización , con cambios graduales pero profundos en la organización y localización de las industrias, con su desplazamiento al campo y un sistema de trabajo a domicilio elaborando amplias redes de circuitos que conectaban a los trabajadores rurales entre sí y con los mercados exteriores. La proto industrialización puso los cimientos de la Revolución Industrial de fines del s. XVIII. De esta manera, se puso a disposición de la industria una mano de obra creciente y barata y el capital pudo externalizar los costes laborales en un sector agrario desprotegido gremialmente y que aceptaba remuneraciones bajas ante la dificultad que tenía para cubrir su subsistencia con la explotación agraria. Además tal trabajo permitía dar trabajo a todos los miembros de la familia. El fenómeno no era nuevo pero el s. XVII lo aceleró, incluyendo a sectores complejos, y el siguiente siglo lo consolidaría aún más.
A comienzos del s. XVIII, la competitividad de estos distritos rurales había eliminado la viabilidad de las industrias urbanas orientadas a los mercados exteriores. Estas redes proto industriales triunfaron en determinadas regiones de Gran Bretaña, Países Bajos, Francia y Alemania. Su consecuencia social más significativa fue la cristalización de una clase socioeconómica de asalariados y campesinos pobres.
El resultado de todo ello fue que Holanda acaparó la mayor parte del comercio europeo con una flota mercante superior en los años 70 a las flotas sumadas de todos los demás países europeos, convirtiendo a Ámsterdam en la principal sede de productos y dinero. También sus avances financieros encaminados a una mejora de la información y de los pagos consolidaron su hegemonía. El deterioro del sistema comercial , no del financiero que continuó con su nivel de vanguardia durante el s. XVIII, fue causado por las políticas económicas y militares de sus competidores.
Durante el último tercio del siglo el liderazgo comercial pasó a manos inglesas y para ello tuvo que ser renovado el sistema inglés adoptando las técnicas holandesas y diseñando una política mercantil adecuada: reestructurar su industria textil con las new drapperies , ampliar su gama de mercancías incorporando productos coloniales y mundializar sus conexiones comerciales.
El s. XVII conoce la crisis de los sistemas coloniales ibéricos que son puramente extractivos. La innovación mayor será ahora basar el comercio colonial en una economía de plantaciones en torno a la caña de azúcar y más tarde el tabaco, trabajada con mano de obra esclava africana. Surge así el Triangular Trade que enlaza a las metrópolis europeas con África y América, vertebrando una dinámica economía atlántica. El comercio asiático registra el declive de las rutas terrestres ante la penetración de las compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales.
Todo este pujante comercio extra europeo se expande con el apoyo de nuevas fórmulas organizativas y financieras y así, frente a las instituciones monopolísticas ibéricas las nuevas potencias coloniales se basan en compañías comerciales, más o menos privadas, organizadas como sociedades anónimas que reciben del Estado el monopolio de determinados mercados y ciertos derechos de soberanía.
No debemos olvidar los tráficos regionales o locales , a menudo infravalorados pero tan capaces como los extra europeos para influir en el crecimiento económico. Una vez más, será la capacidad de respuesta ante las oportunidades comerciales la que provoque la diferenciación de los desarrollos de las áreas del noroeste respecto del este y sur europeos.
La inversión occidental en infraestructuras de transporte logrará reducir sus costos, con las implicaciones que eso conlleva, mientras que la desidia de España será una losa sobre su destino económico.
Las innovaciones en la utilización de los combustibles permitieron a Holanda e Inglaterra dinamizar sus circuitos comerciales internos y sentar las bases de su expansión industrial, esto último particularmente claro en el caso inglés, en el cual se procede con éxito desde mediados del siglo a integrar su sector industrial en el sistema económico atlántico.
Debido a la gravedad de las dificultades experimentadas durante el s. XVII, el Estado optó por intervenir intensamente en la actividad económica siguiendo unas directrices políticas que han sido englobadas a posteriori por los economistas liberales con el término “ mercantilismo ”, los cuales las tachaban de erróneas ya que en su opinión se daba más importancia al comercio que a la producción.
Esta serie de teorías y prácticas estatales poseen unos orígenes que se remontan a la Baja Edad Media , siendo la Escuela de Salamanca uno de sus primeros focos de difusión. Pero fue en el s. XVII cuando estas teorías alcanzaron mayor influencia sobre las decisiones políticas.
Su aplicación surgió del hecho de que para hacer frente a las mayores necesidades financieras del Estado no se consideraba suficiente un mero incremento de la presión fiscal sino que era decisivo acrecentar la riqueza imponible de los súbditos , es decir, su prosperidad, favoreciendo así de forma indirecta el incremento de sus ingresos y del consumo de los productos elaborados dentro del estado. Este objetivo de prosperidad era sólo un instrumento puesto al servicio de la hacienda real para asegurar el poder y la gloria del soberano , no se perseguía con ello el bienestar de la población.
Pero también esta intervención del estado obedecía a los requerimientos de los empresarios y comerciantes que necesitaban el apoyo de gobiernos fuertes que les proporcionasen protección y privilegios para competir internacionalmente.
Los temas básicos en los que se apoya el mercantilismo son tres, según P. Deyon :
El estímulo de la actividad económica nacional se realizó con gran agresividad pues se consideraba entonces que el mercado mundial tenía unas dimensiones limitadas y la expansión del comercio internacional de un país sólo era posible a costa de la reducción del de sus rivales. El objetivo era que el comercio internacional fuese un medio para favorecer la expansión de la producción nacional, lo cual incrementaría la riqueza y el poder del soberano; de ahí que las guerras adquieran connotaciones comerciales, como las producidas entre Inglaterra y Francia con Holanda.
No todos los sectores económicos tenían la misma consideración por parte del Estado y por ello se marginó en gran medida la actividad agraria. Los mayores esfuerzos se concentraron en estimular la producción industrial :
Con ello se pretendía reducir al máximo la adquisición en el exterior de unas mercancías que habían generado un valor añadido a partir de ciertas materias primas y que llevaba consigo una salida de numerario, es decir, metales preciosos. La alternativa era impulsar su desarrollo en el interior del territorio y crear trabajo y riqueza para sus súbditos.
Para lograr tal objetivo se adoptaron medidas políticas para:
La primera fase expansiva de la economía-mundo europea comenzó a alcanzar sus límites a finales del s. XVI.
La explotación de los imperios ultramarinos por parte de las monarquías ibéricas había sido muy superficial. Los portugueses se habían limitado en Asia a crear factorías en lugares estratégicos para controlar las estructuras mercantiles previamente existentes y por ello no habían logrado interrumpir el comercio terrestre con el Mediterráneo Oriental , lo cual había permitido a Venecia mantener su importante tráfico de redistribución de productos asiáticos hacia los mercados alemanes a través de los pasos alpinos. Además, la irrupción de los holandeses a comienzos del s. XVII en Asia supuso el desplazamiento de los portugueses y el triunfo definitivo de las rutas marítimas sobre las terrestres en el comercio europeo- asiático. Por otra parte, el sistema colonial español se había basado en la explotación minera mediante la utilización de la mano de obra indígena forzosa, pero su drástica disminución por la catástrofe demográfica sufrida junto con el agotamiento de los filones más ricos y accesibles, llevó al incremento de los costes extractivos de la minería colonial. La producción minera de metales preciosos no retrocedió, pues se descubrieron nuevos yacimientos, pero una proporción de ella se quedó en América para hacer frente a los costes crecientes de administración y defensa mientras que la economía americana se hacía más autosuficiente y disminuía su dependencia del abastecimiento europeo, lo cual produjo una reducción del tráfico hispanoamericano.
Al mismo tiempo que se produjo la crisis de los sistemas coloniales ibéricos , comenzó la decadencia de los centros mercantiles tradicionales en el Mediterráneo. Todo ello consagró el desplazamiento del centro de gravedad del comercio internacional hacia el Atlántico con Amberes como centro de convergencia de las principales rutas de ese tráfico, aunque su hegemonía era muy débil ya que esta ciudad carecía de flota propia y sus comerciantes tenían que esperar a que los barcos extranjeros les trajesen las mercancías.
Por el contrario, la potencia naval desarrollada por los holandeses, permitió a la ciudad de Ámsterdam convertirse en el verdadero centro económico y financiero europeo durante el s. XVII gracias también al desarrollo de un nuevo sistema comercial que superaba los límites que habían dificultado la expansión de la economía-mundo:
La base del sistema comercial holandés fue especializarse en el transporte de productos voluminosos , una consecuencia de su intenso control sobre el tráfico marítimo del Báltico. Además de ser el comercio más importante para los holandeses durante todo el s. XVII, tenía carácter estratégico pues abastecía de cereal a
la sociedad holandesa tan urbanizada y proporcionaba los pertrechos navales imprescindibles para la actividad de sus astilleros. Para poder mantener ese tráfico, fue necesario intensificar las relaciones comerciales con la península Ibérica para obtener el vino, la sal y la plata americana para saldar el déficit derivado del mayor valor de las importaciones bálticas. El control holandés de estos cereales fue crucial para introducirse en la zona del Mediterráneo cuando su incapacidad productiva cerealística agudizó la crisis de subsistencia a finales del s. XVI. También entablaron relaciones comerciales con el norte de África y el imperio turco. Es decir, el tráfico mediterráneo no decayó con la crisis de los centros mercantiles tradicionales sino que su control pasó a ser ejercido por las potencias navales del Atlántico.
Tras lograr la hegemonía del comercio europeo, los holandeses hicieron lo propio con el comercio mundial. A partir de la década de 1590 comenzaron a introducirse pacíficamente en Asia, pero sus métodos cambiaron radicalmente desde que en 1602 se creó la Compañía de las Indias Orientales , reuniendo en un solo cuerpo las diversas compañías existentes hasta entonces. La Compañía acabó con los viajes desordenados y actuó como un estado dentro de otro estado organizando las expediciones y diseñando su expansión en Asia. Con el fin de imponer su monopolio desplazó por la violencia a los portugueses logrando el control de las Molucas , terminando por dominar el comercio de las especias y el tráfico Océano Índico-Pacífico , pudiendo ejercer el papel de intermediario en el tráfico intra-asiático, logrando reducir el déficit crónico en los intercambios entre Europa y Asia.
Con la creciente competencia de las restantes potencias coloniales, en 2ª mitad del s. XVII los holandeses diversificaron las mercancías importadas de Asia , destacando los textiles de la India meridional, pero globalmente, la evolución benefició a los ingleses en mayor medida al estar más sólidamente asentados en la India.
En el continente americano el éxito de los holandeses fue mucho menor. Su expansión fue impulsada por la Compañía de las Indias Occidentales, fundada en 1621, siguiendo el modelo de su predecesora. Aunque posteriormente ocupó el noroeste de Brasil donde impulsó el cultivo de la caña de azúcar y tomó los fuertes portugueses de la Costa de Oro africana y Angola para suministrarse regularmente de esclavos, posteriormente decidieron abandonar el territorio brasileño ante la necesidad de preservar la compra de la vital sal portuguesa para el comercio báltico.
Perfeccionaron el tráfico báltico con el envío a esa zona de productos coloniales lo que les permitió reducir su déficit crónico de la balanza de pagos y el número de sus navíos que atravesaban el Sund en lastre.
La hegemonía holandesa era muy vulnerable puesto que descansaba excesivamente en la intermediación sin contar con una sólida estructura productiva y un potente mercado interior, de ahí que la creciente hostilidad de sus competidores comenzase a restarle dinamismo en el último tercio del s. XVII.
A partir de la década de 1670 fueron los ingleses los que lograron afirmar su hegemonía en el comercio internacional. En la 1ª mitad del s. XVII la reestructuración que hicieron en su industria textil les permitió superar a los productos holandeses rivalizando en los mercados de la península ibérica y el Mediterráneo. La política gubernamental logró estimular a partir de la revolución el desarrollo de la marina, la expansión
CARACTERÍSTICAS DE LA CULTURA DEL BARROCO
La historiografía actual acepta generalmente la definición del Barroco como una cultura específica del s. XVII. El Barroco constituye, ante todo, la respuesta cultural desplegada desde un poder que se siente “amenazado” desde los múltiples frentes de la crisis. Esta respuesta se articula en torno a una operación de adoctrinamiento y propaganda. No es pues la cultura barroca algo espontáneo y popular sino claramente inducido desde el poder. En este sentido, los rasgos sociales del Barroco serían los de una cultura dirigida, masiva, urbana y conservadora. Ya no nos encontramos con una cultura ciudadana como la renacentista sino urbana, en la que se produce una cultura vulgar para masas anónimas , como lo prueban los miles de comedias de consumo o una auténtica producción en serie de objetos de arte. La urbe es el marco privilegiado en el que se concentran artistas, poderosos y una masa desarraigada y potencialmente peligrosa. Y en esta urbe, la ley que rige es la ostentación opulenta, el deslumbramiento del poderoso sobre el que no lo es, a la sombra de un anonimato colectivo que no existe en el mundo rural. Es una cultura profundamente conservadora , en la que lo novedoso es desviado hacia niveles considerados poco peligrosos en el futuro; así se permite la innovación en el campo del capricho artístico pero nunca en el religioso, el derecho o la ciencia. Tampoco es una cultura exclusivamente eclesiástica o religiosa sino que continúa la secularización iniciada por el Renacimiento y es el reflejo de una sociedad determinada: la sociedad monárquica y el poder del soberano, con su suntuosidad y el lujo de la decoración. No es tampoco una cultura monolítica y así nos encontramos con un barroco triunfante y brillante, el de los triunfos de la fe, el de Bernini , pero también un barroco negro y pesimista, el de Caravaggio y Ribera , como expresión de un poder que busca deliberadamente infundir admiración y temor entre la masa, bien como expresión de un poder, bien como protesta individual. El primero elaborado para glorificar el poder y el segundo como una voluntad de fuga, del hombre que reacciona frente a la autoridad y la frustración individual que genera la realidad cotidiana. Por eso, el individualismo , una herencia renacentista, es un elemento fundamental del Barroco. Es pues expresión de una sensibilidad que emerge de una época atormentada por las guerras europeas, civiles, la miseria y el bandolerismo.
Ahora podemos referirnos a la cronología y la geografía barrocas. Puesto que el Barroco necesita un periodo de tiempo para cristalizar, su huella es mayor en países como Italia y España. En otros países nos encontramos con situaciones medias o variantes específicas como Francia o los territorios de los Habsburgo centroeuropeos. Siempre tiene mayor intensidad en los países monárquico-absolutistas, eclesiásticos, señoriales y campesinos. En la cronología, es móvil en función del país e incluso del autor. Generalmente se acepta que el Barroco nace en Italia en torno al año 1600 , con su máxima intensidad en las décadas centrales del siglo y se va extinguiendo antes de que acabe la centuria, a medida que Europa entra en una nueva coyuntura. Lo cual no excluye que haya elementos que trascienden estos límites, como
Calderón en España o Fénelon en Francia y que los “elementos expresivos” barrocos se prolonguen durante una buena parte del s. XVIII o evolucionen hacia otros estilos, pero ya en un contexto histórico muy diferente.
El universo cultural barroco no prevalecerá totalmente en la Europa del Seiscientos. Son paradigmáticos los casos de Inglaterra y muy especialmente la República de Holanda , donde no se conoce los efectos negativos de la crisis del siglo y sus grupos dirigentes se vinculan con el comercio y las finanzas, no tratándose de una burguesía que sitúa su ideal en el paradigma nobiliario; además, el cristianismo reformado impone un marco estricto que limita o prohíbe los recursos estéticos o los temas utilizados por el Barroco católico.
El clasicismo francés tampoco se explica sin el Barroco. Fundamentalmente impulsado por un rey y su corte, sobre todo entre 1660 y 1685, muestra una desmesura y solemnidad retórica que resulta barroquizante. En el otro extremo se encontraría El Escorial con el llamado Barroco severo de los Austrias.
Los acuerdos alcanzados en el Concilio de Trento ( 1563 ) sobre las materias doctrinales y disciplinarias empezaron a ponerse en práctica enseguida, pero será en el s. XVII cuando comiencen a notarse con más intensidad los resultados de difusión y consolidación reformista.
La clarificación de sus dogmas y principios morales , así como las reformas y novedades institucionales dieron a la Iglesia de Roma un aspecto diferente del que tenía en los inicios de la Edad Moderna. Esta clarificación le permitirá hacer frente a las doctrinas protestantes con más eficacia y dar a conocer su cuerpo doctrinal a un gran número de fieles.
En estos momentos, la estructura eclesiástica de la Iglesia Católica está fuertemente jerarquizada y lo suficientemente organizada para garantizar una mejor atención pastoral en comparación con las épocas precedentes. La evolución de las órdenes religiosas ayudó mucho a construir este panorama. En definitiva, la Iglesia Católica logra una cohesión interna que es novedosa. Pero aunque esta estructura se haya reformado, sigue siendo difuso y complicado velar para que quienes accedían al estado clerical o la vida religiosa lo hiciesen por vocación y no por lograr un ascenso social. Aunque en este siglo la Iglesia se renueva, también sus disputas teológicas serán una de las causas de sus limitaciones en la medida que dará una imagen de Iglesia compuesta por grupos enfrentados que dañan a su pretensión de unidad y universalidad.
Dos objetivos prácticos serán necesarios para difundir el cuerpo doctrinal elaborado: la formación del clero y de los miembros de las órdenes religiosas por un lado, y la catequización de las masas urbanas y rurales por otro. Pero este segundo objetivo dependía del nivel alcanzado en el primero. El resultado final es que el