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Orientación Universidad
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bienaventuranzas, Apuntes de Arquitectura

Asignatura: religion, Profesor: , Carrera: Arquitectura, Universidad: UAX

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 12/02/2014

migueldelreal
migueldelreal 🇪🇸

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Dichosos los pobres “Cristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza” (2 Co 8,9). La pobreza es el sacramento de la condición cristiana. La pobreza por el seguimiento de Cristo es una opción voluntaria. Un rico jamás podrá decir: “Dichosos los pobres”. “Iglesia de los pobres” no significa sólo compromiso por los más necesitados y abandonados, sino que expresa también una “nota constitutiva y configurativa de la Iglesia”, que debe ser una, santa, católica, apostólica y pobre. Si la Iglesia arranca de Jesús y ha de pro- mover el Reino de Dios, hemos de tener presente que Jesús fue tam- bién pobre y de los pobres. Por eso, cuando los pobres ven mal a la Iglesia y se alejan de ella, cuando los ricos ven bien a la Iglesia y se apoyan en ella, nos hemos de interrogar muy críticamente, como hijos de la luz, porque segura- mente estamos en alguna incoherencia sustancial: disminución del - testimonio, alejamiento de la misión, pérdida de credibilidad, aburgue- samiento... Optar por el Evangelio y por la Causa de Jesús conlleva ineludi- blemente una elección de pobreza como estilo de vida y como símbo- - Jo del Reino de Dios, que es participación y solidaridad. Es cierto que 13 esta opción se puede configurar de modos diferentes, según el lugar y el ambiente donde cada uno se encuentre. Pero, en todo caso, supone que uno elige “voluntariamente” un proyecto de vida, en sí mismo llamativo y sintomático, y que obedece a las motivaciones de una teologal y cristiana solidaridad. Hacerse pobre y ayudar a los pobres por motivos evangélicos es una exigencia vieja y nueva de la Iglesia. Hace años, escribía A. Paoli con gran clarividencia: “No hemos de optar por los pobres para liberarlos, sino para liberarnos. Los políticos van a los pobres para liberarlos y acaban aumentando su esclavi- tud...”. Los cristianos corremos también ese peligro si no somos cla- ros y exigentes con nosotros mismos a este respecto. La opción de la pobreza ha de ser liberadora, especialmente para nosotros. Concepto de pobre Si hacemos una encuesta entre la gente, sacamos seguramente la conclusión de que “pobre” es sobre todo un concepto socio-econó- mico: Pobres son aquellos que carecen de bienes materiales y, por tanto, tienen más o menos dificultades para subsistir. : Sin embargo, hay que decir que pobre es un concepto humano ori- ginal. Todo ser humano es originalmente indigente: necesita de los otros y de las cosas para realizarse. Y ahí surge el riesgo: la relación con los demás y con las cosas puede ser lógica, solidaria y liberado- ra o puede ser egoísta, perturbadora y alienante. El “tener” debe orde- narse al “ser”, a la personalización individual y colectiva. Pobre es también un concepto dialéctico. No sólo hace referencia al término contrario, “rico”, sino que establece una relación dialéctica entre ambos: hay ricos “porque” hay pobres, y hay pobres “porque” hay ricos. Si todos tuviéramos unos niveles parecidos, no habría casi pobres; los hay porque existe una diferencia social en la propiedad y en la disposición de los recursos materiales, y porque esa diferencia es causada por la interacción de unos sobre otros. Pobre, en este sentido, no es meramente el que carece de algo, sino el que es priva- do, desposeído, marginado, desclasado... en definitiva, despojado de lo que reclama la dignidad humana. 14 Pobre es, así mismo, un concepto político, y esto sin recurrir nece- sariamente al concepto de clase social. Los pobres llegan a ser un poder fáctico constituyéndose en sujetos de su propia historia como sucede en algunos países de América Latina. Canalizan su fuerza por medio de cauces populares: gestos multitudinarios de protesta o de profecía, signos exigentes de alternativa cívica, síntomas clamorosos a favor de los derechos humanos... Finalmente, pobre es un concepto bíblico y cristiano. Ser pobre es un valor fuertemente iluminado por la Biblia. Engloba y supera los sentidos anteriores, y llega a significar una verdadera espiritualidad. El pobre bíblico es consciente de su condición radical de criatura, de su indigencia; reconoce que todo es don; contempla la vida desde el prisma de la sencillez natural; no se apoya principalmente en sí mismo ni en sus méritos; confía en Dios y se abandona en su miseri- cordia. Quien elige voluntariamente ser pobre, como recomienda Jesús, se le notan unas actitudes peculiaressante Dios y ante los demás. Visión antropológica de la pobreza Ser pobre es algo propio y característico de toda persona. Ser criatura es originariamente proceder del regalo del amor, no tener, recibir incesantemente la existencia como un don, vivenciar esa umbi- lical dependencia con respecto a Dios. Pero, además, toda persona necesita de las cosas para sobrevivir y realizarse. Y ahí brota la relación y el juego del tener, una relación que sólo será personalizante si el hombre y la mujer llegan a ser “señores” de las cosas y no esclavos. La dialéctica entre el “ser” y el “tener” no es una simple cuestión abstracta o filosófica, sino que incide en lo más medular del ser huma- no y del engranaje social. Todo tener puede implicar un “retener”, un “de-tener”, y un “entre-tener”, es decir, una apropiación indebida, una distracción y una dispersión, quedando el ser humano disuelto y deformado. Frente a esto, decidirse por la pobreza significa adoptar Una pos- tura de equilibrio: no negar la radical bondad de las cosas ni recortar 15 CUESTIONARIO — ¿Soy consciente realmente de mi indigencia orig Ñ igin, - tura humana? o Pa — ¿He entendido verdaderamente lo característico A de la pobreza — ¿Opto voluntariamente por un estilo de Ñ ia le pobreza y austeridad, — ¿Me invento necesidades o procuro colocarme en la onda d > m a e lo provisional fiándome de Dios que alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo (Mt 6, 25-30)? — ¿Soy desprendido y comparto? — ¿Doy testimonio de que Dios es lo primero y de ue sobre todas las cosas? , qero 20 Dichosos los mansos “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). “La fuerza de un hombre y de un pue- blo está en la no violencia. Éste es el pri- mer artículo de mi fe y el último. Es buena voluntad hacia todo"lo que vive. Es perfecto amor” (M. Gandhi). La mansedumbre, como la paciencia o la tolerancia, es un térmi- no que se presta a equívocos; no es fácil de entender en su alcance más profundo, menos aún en su dimensión evangélica; consiguiente- mente corre el peligro de no ser utilizado con justeza. A veces se con- funde con el apocamiento, la insensibilidad, la pusilanimidad, la cobardía, la ingenuidad... Hay quien piensa que a las personas man- sas les falta sangre, genio, vitalidad... Digamos, de entrada y por confrontación, que manso es lo contra- rio de brusco, pendenciero, furioso o violento. El manso es una perso- na de mucha fortaleza, aguante, control, equilibrio y sosiego; sobrelle- va con dominio, aplomo y elegancia el tirón de quienes le provocan, insultan o agreden. En realidad, los mansos son mucho más fuertes que los violentos. Bíblicamente, el manso es un creyente comprometido, que se di tingue por su capacidad paciente y tolerante gracias a las conviccio- nes de fe y a los dones que Dios le inspira. Si la fe embellece la vida, esta bienaventuranza proporciona un color y atractivo singulares. 21 Valor y mensaje Hoy, co, mL as ne mansedumbre es una virtud poco reconocida y ms e ro E poco porque se lleva poco. Se lleva mucho ia o , la prepotencia, la agresividad, la revancha la : ... Parece que sólo prosperan aquellos que sagazmente h ; A bl la mujer también) es un lobo para el hombre. En cambio, | e IES que además conduce a la felicidad es de EN o loan a hemos de proceder con mansedumbre yla ropone es la de una ovej p Nazaret es el nuevo Cordero de Dios." (Jn 129) near Ls 4 la y Ha he y ' ñ propone, va dirigida a todos, pero, si cabe, todavía más a cada , uno de nosotros, su: i , SUS seguidores. Por: i AA se subleva? ¿Quién no que reflexionemos: ¿Quién no Puede ser muy razonable que en ocasiones nos rebelemos pero ¡cuántas veces nos pie ; rden los mi ! ún si sin razón. odos...! Peor aún si nos rebelamos Los a sonal a el contrario, ejercitan el temple y el dominio per- reaccionar ven ti criterios de fina humanidad y de Evangelio para no vos: Los pala rd devolviendo mal por mal y causando agra- por ajo y diente Sr lo Superan el viejo y nefasto esquema del “ojo der y practicar Je lente”, sino que están en condiciones de enten- cil del are Ama 9! 'Súmmum” y lo más dif conocerán que sois mis discípulos” (In 13.34.08) "| amedols: Emsa Profundi ci valor y el mensaje de esta bienaventuranza. e E vo esa Imagen evangélica, de índole misionera, e ien la actitud y el talante de los mansos. Dice LI E Ed os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt Lo bde 'O, NO es otra la realidad que muchas veces nos os cristianos. No queremos ni buscamos el conflicto, pero 22 nos lo encontramos. Ahora bien, la reacción acertada y correcta, lo que verdaderamente produce satisfacción y felicidad en el alma, no es la respuesta agresiva, sino la mansedumbre y la templanza. Así fue el estilo de Jesús. No respondió a las agresiones dejándo- se llevar de la ira o profiriendo insultos; a veces se callaba y otras veces hablaba: “Si he faltado, dime en qué; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Otro ejemplo: Cuando Jesús entra en Jerusalén a lomos de un borrico y es aclamado como Mesías, no viene en plan de pelea ni desafiante; viene manso como un cordero, sencillo, sin prepotencia, sin otro alarde que el de dar la cara por Dios y su Causa. Y llegó a afirmar: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Por eso prefirió el martirio a ejercer la violencia. Tal muestra de dignidad fue premiada por Dios Padre concediéndole un nombre sobre todo nombre y dándole el títu- lo supremo de Señor colocándolo a su derecha (Cf. Flp 2,8-11). Juan el Bautista, desde la fe, contempló a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), como el Maestro principal y primero, con una doctrina y testimonio singulares. Por eso cierra su escuela y orienta a sus discípulos en el seguimiento de este Cordero, que, además, es el Enviado de Dios que esperábamos. Una virtud evangélica La mansedumbre es un gran valor humano y una virtud-muy evan- gélica. Hace falta tener mucha conciencia, control y equilibrio para practicar esta bienaventuranza respondiendo al mal con el bien. Este proceder no es nada fácil. Para lograrlo se necesita haber cultivado mucho la captación y penetración en los valores, haberse adiestrado en la sensibilidad y haber comprendido que la fuente de la vida satis- factoria está en la apuesta por el bien. Ésta es la actitud convencida de Dios. Para iluminar aún más este valor bienaventurado consideremos el texto expresivo y descriptivo del evangelio de San Mateo: “Sabéis que se dijo: 'Ojo por ojo y diente por diente'. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra...” (Mt 5,38-41). 23 Dichosos los que lloran “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25,8). “Venid a mí todos los que estáis can- sados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). “En verdad os digo: Lloraréis y os lamentaréis... pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os qui- tará vuestra alegría” (Jn 16,20.22). Estamos ante otra bienaventuranza jugosa y llamativa que apare- ce tanto en el evangelio de San Mateo (5,5) como en el de San Lucas (6,21). Una bienaventuranza que algunas traducciones recogen como “dichosos los que sufren”, “dichosos los afligidos”... En cualquier caso, se trata de una sentencia paradójica que sorprende y cuestio- na: ¡Cómo! ¿Dichosos los abrumados, los tristes, los apenados, los frustrados, los que soportan injusticias...? ¿Nos lo creemos o es para tomárselo a broma o como un chiste de mal gusto? ¿No es como para soltar una carcajada sarcástica y descarada? Puede que más de uno reaccione así ante esta y otras bienaventuranzas. Pero Jesús de Nazaret no se burla de nadie, ni engaña, ni decepciona... Al contrario, con su independencia chocante y contracultural dijo y sigue diciendo: “Dichosos los que lloráis, porque seréis consolados y reiréis”. Lo cierto es que las bienaventuranzas son así de directas, asom- brosas y sobrecogedoras. Ante ellas no cabe la indefinición ni la neu- tralidad: o se apartan de la vista, queriendo eliminarlas de cuajo, para 27 ue n de perturben, o se somete uno a un cuestionamiento radical de ones y actitudes saludablemente insospechadas. Así Ú l añ Aa a erre y desafiante. Lo singular, en su caso punto de mira de Dios. Y de: angul , l | sde este ángulo con una especial altura, lógi. i e q , lógica y perspectiva. Sabe: gracias, las injusticias, los tropi; ' a h h ropiezos y reveses du. i de ld ros de la vida afec- e arrancan lamentos, lágri úpli E Ñ l , lagrimas y súplicas de con- me Lal que estas situaciones, tenemos una bienaventuranza , que está ahí como un reto sil preciosa, q singular: no ha bi i injusticia, ni pena capaz d Joy. 7 q le desmoronar a las pel i ei c r s personas que piensan omo Jesús. Su mensaje y su experiencia redentora y coneds ladora están por encima y son más fuertes que cualquier opre: ón o y q ualq presi Las lágrimas de la vida El .. a ; id evidencia, un ingrediente de la vida; en la parte de nuestra condición. Ni ' ec a : . Nos duele el cuerpo y n el alma; lloran los OJOS y, en Ocasiones, también el corazón 5 Un imi a be een aparece sin más, sin necesidad de abilidades; en otros casos h. loci ds l t a 'ay que decir que es el resul- e. AS incoherencia e irresponsabilidad. Habría mucho olor, frustración, innumanidad y abatimiento si fuéramos más col . 4 $ con nuestra conciencia y con los Planes que Dios nos El sufrimiento tiene much Í Jos rasgos y aristas. Es pe, il yente hasta el punto de desfigurar y desmoronar. penetrante e nf N AE Sos e Pb Me Lea ento como tampoco hay seguimiento cris . Para Jesús la voluntad del P: i , pa le adre fue motivo de satis- aleza, pero también c: y h ausa de dolor, d ió em ' , de persecución pd Pero él, nuestro modelo, varón de dolores, triturado por el Pr e no y desgarrado en la cruz, no sucumbe ante el moledor de la desgracia. Le planta cara con los recursos de la fe, del pensamiento positi VO, i Í j de E O , de una psicología forjada en la verda- 28 Así mismo, en circunstancias muy diversas y por razones muy variadas, todo ser humano encuentra a lo largo de la vida motivos para llorar. Dice el salmo 42: “Las lágrimas son mi pan día y noche”. Para muchos cristianos comprometidos Jesús y su Evangelio son causa de vida y de fortaleza, pero también de persecución y de lágri- mas. Sin embargo, todo el que sollozando pide consuelo, encuentra, al menos, el eco misericordioso y la acogida entrañable del Dios todo Amor. Pedro lloró su traición y cobardía amargamente (Cf. Mt 26,75). Sentiría, sin duda, una fuerte vergúenza de sí mismo; pero seguro que sintió también una gran compasión y consuelo por parte del Dios Redentor deseoso de que el pecador se convierta y viva. Por eso el Cristo resucitado le pregunta reiteradamente: “Pedro, ¿me amas?”... Porque sé que me amas, acompaña con testimonio perseverante al pueblo de Dios (Cf. Jn 21,15-17). He ahí la penitencia y el consuelo que alcanzaron las lágrimas de Pedro. Dios es consolador Ya lo anunciaba el profeta Isaías: “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25,8). Ésta es una experiencia profunda y sin- gular que se repite de mil modos a lo largo de la historia de la salva- ción. El Dios bíblico es sensible al clamor de los que sufren (Cf. Ex 3,7-8), es misericordioso y consolador (Cf. Is 51,12-13), es bueno y cariñoso con todos, “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 103,10), “hace salir el sol sobre buenos y malos, manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45), lo llena todo de gracia y de ternura... Dios no tiene otra presencia que la mostrada por el amor, la misericordia y el consuelo. Este Dios trinitario no cierra el oído ni aparta la mirada de nadie que vea sobrecargado de problemas, angustias o deterioros... Ama tanto al mundo que envió a su Hijo unigénito para que nadie perezca y para que todos tengan vida eterna. Este Hijo, repleto de vida y de luz, no está en el mundo para condenar, sino para salvar (Cf. Jn 3,16- 21). Más aún, él sabe por experiencia propia lo que es sufrir en el cuerpo y en el alma. Y nosotros conocemos que Dios Padre no dejó 29 CUESTIONARIO — ¿Experimentas la Dios? presencia misericordiosa y consoladora de — ¿Te rebelas ante el sufrimiento o lo asumes? — ¿lluminas el dolor de la vida con la luz de la fe? — ¿Cómo interpretas personalmente esta frase: miento cristiano sin cruz”? No hay segui- — ¿Compartes como creyente el dolor de los que lloran y sufren? — ¿Testimonias con todo tu ser que Dios es consolador? EM is Hambre y sed de la justicia “Conocer a Dios es conocer la justicia perfecta” (Sb 15,3). “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 5,20). “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Hoy, como ayer, se habla mucho de la justicia y de lo contrario, la injusticia. En realidad, la preocupación por este valor, la justicia, caracteriza a las personas de todos los tiempos. En la actualidad son frecuentes las reivindicaciones, declaraciones y movimientos ciuda- danos exigiendo justicia contra abusos sociales, económicos, políti- cos, éticos y hasta planetarios. Pero esta palabra, “justicia”, que tanto llena nuestras bocas, está supeditada a un sinfín de interpretaciones. Incluso, se puede afirmar que cada persona tiene su propia vara de medir lo que es justo. Por esta razón, no nos debe extrañar que el Dios de la Biblia tenga tam- bién su propia visión al respecto. Más aún, podemos adelantar que la justicia de Dios tiene muchas veces poco o nada que ver con la justi- cia de los hombres. Por más que hemos sido hechos a su imagen y semejanza, nuestros planes, ideas y sentimientos acerca de la justi- Ga no coinciden frecuentemente con los de Dios; sus caminos son ejores que los nuestros. 33 El y ó ¡ . E ¿de de trata propiamente esta bienaventuranza? ¿A concretamente? ¿De dónde vendrá la-justici l á ' ? rá lajustici aspiran tantos hambrientos y sedientos. ..? ? eii Injusticia, crítica y rebelión ES Injusticia en el mundo es una evidencia que comproba : na - ario. Que no siempre somos suficientemente conscientes de ai bp de bienestar, que fascina y engaña a muchos. avos del tener y del consumo, fal i , dinaciones sin cuento Esti em has 'o en el llamado primer mund E cer y cuarto mundos genera ex, ió Í pda Jar plotación despiadad: te hundimiento en el pozo d e tp le la pobreza. De esta ma ñ y esperanzas revelados por Dios án si a E están siendo profanados leza degradada y la dignidad de muchos pisoteada de AA No es d ñ j i a ; A que surjan levantamientos antisistema, rebelio- l Stablecido y desobediencias civiles frente a una supues- cir Í Í cunstancias es especialmente necesario y urgente despertar el 34 Si contemplamos y proyectamos la vida desde el amor teologal, como nos propone el Evangelio, no caben injusticias ni reacciones que se le parezcan. Esta bienaventuranza se sustenta en la dignidad que proviene del conocimiento de Dios y no en el falso bienestar de un mercado para el que somos mero consumo y desecho. La justicia de Dios Ante acontecimientos que causan sufrimiento y ante injusticias que claman al cielo se oyen a menudo protestas y lamentos, de mayor o menor calibre, tachando a Dios de injusto. Otras veces se pretende trasladar a Dios la medida de la justicia según nuestros cálculos y consideraciones. Pero ya hemos apuntado que los planes de Dios no son como los nuestros, son más altos y elegantes (Cf. Is 55,8-9); y sus medidas difieren generalmente de las nuestras: nos sorprenden y en el fondo son más acertadas. Dios no interviene nunca dejando la razón de lado. Las parábolas de los obreros de la viña (Mt 20,1-16) y del hijo pródigo (Lc 15,11-31) muestran un proceder divino que supera los esquemas normales de justicia que nosotros manejamos. Y es que la justicia de Dios es muy peculiar, supera ampliamente los conceptos y procedimientos que nosotros utilizamos comúnmente y los modelos con que actúan los tribunales humanos. La justicia de Dios lleva el sello de un amor sin fondo y de una santidad sin sombra. Dios es justo porque es santo y porque nos ama sin ningún tipo de limitación. Y cuando uno ama no hace daño a nadie. Ésta es la justicia que respira el Evangelio: una justicia alternati- va, mucho más civilizada y razonable, que sacia y pacifica; la que imparten los hombres es causa muchas veces de tensiones y revan- chas, por lo que, en el fondo, a veces ni sacia ni equilibra. La justicia evangélica deja muy atrás, a años luz, las prácticas corrientes de la justicia que usamos los hombres. Por eso Jesús recalcaba: “Si vues- tra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 5,20). En todo lo positivo e importante de la vida Dios es nuestro cimien- to (Jr 17,5; Mt 7,24-25; 1 Co 3,11). Si buscamos otros cimientos que 35 en la tierra como en el cielo, que no falte el i a tie h pan en ninguna mesa, que se distribuya adecuadamente el trabajo... Sólo así nos podremos em. tir saciados todos. Mientras tanto ejercitemos el hambre y la sed de la justicia para que no decaiga la esperanza. CUESTIONARIO = ¿Eres consciente y sensible a las injusticias, desequilibrios sociales o abusos contra la dignidad humana? — ¿El llamado Estado de Bienestar te ayuda o te fi e y rena en la lucha — ¿Cómo entiendes la justicia de Dios? — ¿Tienes verdaderamente “hambre” y “sed” justici; gélica? y “sed” de la justicia evan- — ¿Te sacian la justicia y el amor de Dios? E ¿Cómo te compromete o te puede comprometer la considera- ción de esta bienaventruranza? 38 F Dichosos los misericordiosos “Dios es compasivo, clemente y misericordioso” (Sal 103,8). “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de mise- ricordia” (Col 3,12). “¿Quién de los tres fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. Él dijo: “El que practicó la misericordia con Él. Le dijo Jesús: Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,36-37). La misericordia es un valor entrañable y una virtud esencial. Interesa y pone en juego lo más íntimo de la persona. En este senti- do, es una vivencia visceral, cordial, muy profunda... Por consiguien- te, no es un mero sentimiento ni una emoción transitoria; al contrario, llega a impactar de tal modo a toda la persona que se convierte en convicción y en estilo de vida con unas posibilidades y un despliegue ilimitados. La misericordia es también una palabra clave, de mucha intensi- dad, en la historia de la salvación. Bíblicamente es un término de amplio alcance y de enorme trascendencia, con matices abundantes más allá de la piedad o la compasión con las que normalmente se la relaciona; significa también confianza, benignidad, lealtad, solidari- dad; en definitiva, evoca gestos y actitudes impregnados de amor, pero de un amor como el que Dios nos tiene. 39 En efecto, basta echar un vistazo a la Sagrada Escritura para constatar que la relación singular de Dios con los seres humanos está empapada de misericordia. Dios es salvador por su exquisita y monu- mental misericordia (Cf. Tt 3,4-7), que ofrece generosamente a todos para que cada persona se enriquezca y tenga una mejor óptica de conducta. En todo esto la fe es un dato a favor. Gracias a ella se compren- de con mayor satisfacción la envergadura de la misericordia divina y humana, su calado en el amor y en el perdón, su incidencia saludable en la psicología humana y en el entramado social... Pero no siempre se ha tenido una noción acertada de esta virtud tan importante. A veces se ha interpretado desfiguradamente confun- diéndola con un sentimentalismo descomprometido o con un cierto paternalismo. Y no es así. La misericordia bíblica evidencia una espe- cial sensibilidad, una gran inclinación hacia la miseria, una reacción de caridad entrañable ante el sufrimiento ajeno... El modelo, Dios Dios es misericordia, es “rico en misericordia” (Ef 2,4). Así lo mani- fiesta reiteradamente la tradición bíblica. San Lucas habla de la “entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,72) y que ésta “llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50). La verdad es que Dios no se cansa de expresarla, ejercitarla y derramarla continuamen- te, hasta el punto de dar rostro y brillantez a su presencia y a la expe- riencia que tenemos de su amor peculiar. La misericordia es una de las cualidades y actitudes preferidas por el Dios revelado: “Quiero misericordia y no sacrificios” (Os 6,6; Mt 9,13). A Dios le agrada especialmente que seamos misericordiosos; El sabe, y nosotros también, que no es una disposición fácil; por eso la antepone a las ofrendas y los sacrificios rituales. En el fondo nos quiere revelar que nadie puede ser misericordioso sin una gran cordu- ra, equilibrio y entrega. Que Dios es misericordioso está ampliamente refrendado a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, singularmente por parábo- las y dichos de Jesús. Así, son conocidas las parábolas del hijo pródi- 40 q” go (Lc 15,11-31), la oveja perdida (Lc 15,4-7), el rey misericordioso (Mt 18,23-33), el buen samaritano (Lc 10,29-37), el juicio final (Mt 25,31-46)... Y son significativas expresiones como: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36), “no necesitan médicos los sanos, sino los enfermos” (Mt 9,13). Dios, espléndido en misericordia, es el modelo primero en el que mirarse. Todos los que lo vivencian se quedan admirados de un amor tan puro y cálido como el suyo. Porque si algo define a Dios es, sobre todo, el amor-misericordia. No tiene otro rostro. Rasgos de los misericordiosos La persona misericordiosa es sensible a la miseria física, psicoló- gica, económica, moral... Demuestra con su talante y con sus gestos que es “humana”, tiene “corazón” y, por ello, practica un amor de cali- dad humana y evangélica. Sin este amor de alta solidaridad es impo- sible desplegar la misericordia. Jesús lleva una gran abundancia de misericordia en-el corazón y la desborda con naturalidad, sin ninguna arrogancia. Él es la imagen más clara y fina del Dios misericordioso. Su ministerio estuvo lleno de signos, actitudes y gestos ante todo tipo de miseria humana. Había venido a “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Toda su vida misionera fue una expresión palpitante de amor misericordioso. Si bien se entregó a todos, demostró estar especialmente atento a los enfermos, necesitados, marginados y pecadores. Su pasión por el Reino de Dios le llevó a resaltar que su preferencia va por quien más misericordia necesita. Y así lo expresa repetidamente a lo largo de su mensaje. ¿Quién no se ha conmovido ante la parábola del “hijo pródigo”, por ejemplo? Sólo alguien tan divino y humano a la vez puede transparentar con tanta naturalidad una vivencia tan paternal y maternal de Dios: aten- to, respetuoso, cariñoso, perdonador... Y si hacían falta más leccio- nes de misericordia, ahí está la que recoge el evangelio de San Juan 8,3-11: Aunque no había caído todavía ninguna piedra sobre aquella mujer, socialmente ya estaba tachada y eliminada. Pero he aquí que tuvo la suerte de encontrarse con el mejor de los abogados y Jesús 41 estamos llamados a disfrutar y difundir la misericordia divina y huma- na que hemos experimentado como un regalo. CUESTIONARIO — ¿Como entiendes la misericordia divina? loa ¿Tienes experiencias gozosas como receptor de la misericor- día de Dios? ¿Cuáles, por ejemplo? — ¿Tienes experiencias gozosas como receptor de la misericor- día humana? ¿Cuáles, por ejemplo? q dl Te consideras una persona misericordiosa? ¿Tienes experien- clas gozosas por haber practicado la misericordia y el perdón? ¿Cuáles, por ejemplo? = ¿Crees que la misericordia es un rasgo sobresaliente de Jesucristo? Si es así, ¿te dice algo personalmente? A ¿Sigues practicando la misericordia o hay obstáculos que te lo impiden? Especifica alguno de ellos. 44 Dichosos los limpios de corazón “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” (A. de Saint Exupéry). Una persona vale lo que vale su inte- rior. “La caridad procede de ún corazón limpio” (1 Tm 1,5). La verdadera vitalidad viene de “dentro”. Es infantil o cobarde no enfrentarse con el propio interior. Antes o después llega un momento en la vida en que, para proceder con equilibrio y no frustrarse, es necesario sondearse con valentía y en profundidad. Es una evidencia cargada de sensatez que con la conciencia no podemos jugar impu- nemente, ni tampoco con el corazón. En el centro vital de cada uno nos jugamos el ser o no ser, la honestidad, la integridad, la dignidad personal, así como la comprensión del Evangelio y la comunión con Dios y con los demás. Con frecuencia nos referimos al corazón para resaltar aspectos esenciales y transcendentales del ser humano, que afectan a lo más nuclear de la persona. Así mismo, solemos manifestar que valoramos aquello que queremos de corazón. Expone el Evangelio: "Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). La limpieza o pureza interior es una virtud buscada y deseada por las personas de bien, un anhelo sólido de quienes valoran y cultivan la espiritualidad. Es también una condición necesaria para penetrar y 45 comprender más extensamente la realidad, y para captar la presencia de Dios, sus mensajes arcanos y su revelación saludable: “El Espíritu le dice a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rm 8,16). En efecto, para ver a Dios y la realidad como Él la contempla hace falta tener el corazón limpio, terso, alzado... Si no estamos situados en esa onda, nos faltará visión profunda y comprensión divina. Relata el evangelio de San Lucas que los discípulos de Emaús no ven ni des- cubren a Jesús que camina a su lado... (Cf. Lc 24,13-35). Está claro: no es fácil el enlace con Dios si tenemos el corazón alterado, subor- dinado o dividido. Valor decisivo La limpieza de corazón, según apunta esta bienaventuranza, llena la existencia de belleza y de colorido. Es un don del Espíritu, cierta- mente; pero es también consecuencia de querer conducirse con autenticidad. Los limpios de corazón tienen la mirada transparente, cultivan la rectitud de conciencia y practican el “juego limpio”... Son amigos de la verdad y enemigos de la hipocresía. Resaltan por la sinceridad, la sana independencia, la altura moral... Su cara es una fotografía expresiva y testimonial de un interior vivo y saneado; tienen un rostro celestial, divino... Sí, esta bienaventuranza apunta a una virtud fundamental que reviste de elegancia y de sabiduría espiritual, nos sitúa ante el ideal evangélico y nos conduce al ejercicio de la conversión constante. Acoger la orientación de esta bienaventuranza purifica y capacita, mientras que el alejamiento o desprecio de ella acorta la mirada y revuelve el corazón; entonces, y como consecuencia, vendrá el des- enfoque, el desequilibrio, la falta de claridad tantas veces lamentada... Para la mentalidad bíblica, es en el corazón donde se cuece y se fragua lo bueno o lo malo de la conducta humana (Cf. Mt 15,10-20); por eso representa lo más íntimo y decisivo de la personalidad. De ahí que el salmo 50 exprese: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Y el salmo 24: “¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y corazón limpio”. 46 “Señor, que vea” Jesús de Nazaret no es sólo un modelo de limpieza de corazón para nosotros, sino que sobresale también en su persona el empeño constante por ayudarnos a “ver”, eso sí, respetando al máximo nues- tra libertad. Ahora bien, si alguien no quiere “ver”, ¿podemos considerar que es verdaderamente libre? Unos somos como los “ciegos de nacimiento”: no hemos tenido la suerte de ver en profundidad hasta que nos hemos encontrado con Él. Otros hemos perdido más de una vez ese don crítico de mirar con penetración lo que acontece dentro de nosotros y en nuestro entorno. Pero también hemos experimentado con satisfacción más de una vez que el encuentro con Jesús nos ha proporcionado sorprendentemen- te nueva luz para intuir e interpretar mínimamente tantos misterios como nos envuelven. Sí, el dinamismo salvador de Jesús despierta capacidades y amplía posibilidades. Por eso curaba tanta enfermedad y dolencia (Cf. Mt 9,35). Es especialmente llamativa la sensibilidad de Jesús con las personas limitadas física, psíquica o moralmente. Su reacción es siempre de comprensión y de ayuda. Simboliza intensa e Íntegramen- te al Dios de la vida que levanta la dignidad y la mirada de todos los decaídos o avergonzados. Por eso tal vez no sorprenda, pero sí con- mueva, la escena evangélica de Jesús con aquel ciego marginado en el borde del camino. Éste gritaba con agitación: "¡Hijo de David, ten compasión de mi!”. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Él dijo: “Señor, que vea”. Y Jesús le contestó: “Recobra la vista. Tu fe te ha salvado” (Lc 18,39-42). Ver, según el Evangelio, es algo radicalmente esencial para aco- ger y disfrutar la salvación y para embarcarse en la misión de levan- tar y animar a otros. Muchos cristianos dan un ejemplo formidable de esto: atienden a los últimos, cuidan de los más desfavorecidos, acom- pañan y curan a enfermos, disminuidos, terminales... Ahora bien, no se llega a este talante sin reflexión ni oración. Por eso, los redimidos hemos de saber contemplar la realidad con ojos divinos y con corazón evangélico. 47 Dichosos los pacificadores “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 34,15). “La paz es fruto de la justicia” (Is 32,17; St 3,18). “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). “La paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la da el mundo” (Jn 14,27). La paz es un valor con el que estamos especialmente sensibiliza- dos. Nos afecta personal y socialmente. Es uno de los buenos deseos que manifestamos en nuestros saludos, una aspiración que late fuer- temente en nuestras psicologías. Las personas y los pueblos exigen la paz como un derecho fundamental. Y la reclamamos todos cuando la vemos amenazada en nuestros ambientes familiares, laborales o CÍVICOS. Actualmente proliferan grupos y movimientos, con “apellidos” diversos, que llevan la paz como bandera y actúan con un cierto pro- tagonismo y compromiso en la vida ciudadana: antimilitaristas, antiar- mamentistas, no violencia, justicia y paz, pacifistas a secas... Hay también intervenciones militares que se pretenden justificar por el objetivo de pacificar un país, una zona o una situación conflictiva. Pero hay que decir muy alto y muy claro que no vale cualquier paz ni a cualquier precio. Y en medio de este cúmulo de abanderados y defensores de la paz aparece también Dios con su propuesta: La utopía posible de una 51 paz distinta que nos atrae y nos desafia incesantemente. Porque la paz de Dios es, como todo lo suyo, una alternativa. Es también un don del Espíritu (Cf. Gá 5,22) y una peculiaridad de sus hijos verdaderos. Cuando los “hijos de la luz” testimonian y construyen esta paz, fruto de la justicia, del amor teologal y de la comunión evangélica, se nota que corre un “aire divino”... Donde no hay amor, verdad y justicia según el Evangelio no puede brotar la paz verdadera. “La justicia y la paz se besan” dice el salmo 85,11. Esta paz divina y mesiánica es un don anunciado y prometido repetidamente en el Antiguo Testamento. Después irrumpe abundan- te y consistentemente con la venida de Cristo Salvador: “Paz en la tie- rra a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14). “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14), testimonia convencidamente San Pablo. Ahora bien, la paz auténtica, como todo lo esencial, comienza por uno mismo. Si uno no está en paz consigo mismo, equilibrado y reconciliado, no puede construirla ni difundirla. En el fondo, lo que per- turba o destruye la paz es el pecado. Por eso es tan sintomática y necesaria la tranquilidad de conciencia. Digamos también que esta bienaventuranza engloba tanto a las personas pacíficas como a las pacificadoras, es decir, no sólo abarca el cultivo esmerado de la paz en el interior de cada uno, sino también la promoción y extensión de la misma. Todo cristiano debe ser un pro- feta de la paz y, consiguientemente, alumbrador y orante en pro de ella, testimoniándola y fomentándola según las pautas del Espíritu y del Evangelio. Esta paz evangélica es simultáneamente un don de Dios y una tarea nuestra. Jesús, artesano de la paz Un conocimiento somero del Jesús evangélico conduce a descu- brir y admirar su testimonio y compromiso por la paz. Dice el canto de Zacarías que Jesús es “el sol que viene de lo alto para iluminar y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79). Es cierto que a veces su actitud es de rebeldía e inconformismo con respecto a tradiciones, costumbres e injusticias de su entorno, pero al mismo tiempo es claramente un no-violento, un difusor de 52 métodos pacíficos: Nada de ojo por ojo o diente por diente (Cf. Mt 5,38-42); “el que a hierro mata, a hierro muere” (Mt 26,52). El mismo consejo del amor al enemigo (Cf. Mt 5,44-47) desbarata cualquier esquema o planteamiento violento. Cuando Jesús envía a sus discípulos como misioneros de la Buena Nueva les pide que sean unos decididos portadores de la paz (Cf. Mt 10,13). Si no se va con la paz por delante, no se anuncia creíblemente el Evangelio. Uno de los regalos que él nos entrega como testamento es: “Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). “Paz a vosotros” (Lc 24,36) es el saludo del Resucitado. Se dice en la carta a los efesios que Jesús vino a anunciar la paz derribando muros de separación y enemistad entre los pueblos (Cf. Ef 2,14). En efecto, Jesús no se cansa de presentar y simbolizar con toda su persona el modelo de ternura y misericordia que caracteriza a Dios, ese Padre que perdona y que apuesta siempre por lo positivo. Una paz distinta Paradójicamente, la paz de Jesús tiene mucho de combativa (Cf. Lc 16,16). Precisamente por eso él resultará una fuente de conflictos (Cf. Mt 10,12-13.34-35; Lc 10,5-6) sin pretenderlo. Sin embargo no ejerce más poder que el que deriva de su honestidad, equilibrio y oblación generosa. Por eso la paz de Jesús no es como la del mundo (Cf. Jn 14,27) que frecuentemente es engañosa, pura apariencia, mera comodidad o componenda sin ningún compromiso, consecuen- cia del egoísmo, del miedo o de la cobardía. La paz de Jesús se fun- damenta en la verdad, el amor y la justicia. Y por eso tiene mucho que ver con el esfuerzo, la valentía, la crítica constructiva y la reconcilia- ción. De ahí que el pacifista Jesús sea, al mismo tiempo, un luchador y un sano rebelde. Ejerciendo la misión que el Padre le ha encomendado, tiene un especial esmero y un arte singular en llevar a los pecadores a la reconciliación integral y a la paz profunda: “Vete en paz y no peques más” (Lc 7,50; Jn 8,9). Porque ama la paz y la vive intensamente, la construye y la contagia... 53