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Una conferencia pronunciada por Sigmund Freud en 1893 sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos. Se trata de una versión taquigráfica de la conferencia, que Freud revisó después. El texto se ocupa del mismo tema que la famosa 'Comunicación preliminar' de Freud y Breuer, y se distingue por ser una obra exclusiva de Freud. La conferencia explica cómo la parálisis traumática espontánea se relaciona con la parálisis producida por sugestión, y cómo la génesis de los síntomas histéricos se determina por las circunstancias del trauma. Sin embargo, el análisis termina allí, y no se investigan los orígenes de otros síntomas ni cómo se producen los síntomas histéricos en la histeria común. una valiosa contribución a la comprensión de la histeria y de la psicoterapia.
Tipo: Monografías, Ensayos
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antes de que apareciese la segunda parte de la «Comunica- ción preliminar». Tal vez lo más digno de nota en esta conferencia es la preponderancia que se da en ella al factor traumático entre las causas supuestas para la histeria. Esto prueba, desde luego, la fuerte gravitación de Charcot en las ideas de Freud. La intelección del papel desempeñado por las «mociones pulsionales» aún era cosa del futuro. James Strachey
Señores: Hoy me presento ante ustedes con el propósito de reseñarles un trabajo cuya primera parte ya se ha publi- cado en Zentralblatt für Neurologic con las firmas de Josef Breuer y mía. Su título ya les advierte que se trata de la patogénesis de los síntomas histéricos, y que los fundamen- tos más directos para la génesis de síntomas histéricos han de buscarse en el ámbito de la vida psíquica. Pero antes de adentrarme en el contenido de este trabajo escrito en colaboración, me veo precisado a situarlo y a men- cionarles el autor y el descubrimiento que tomamos como punto de partida, al menos en cuanto al asunto, pues el de- sarrollo de nuestro aporte fue por entero independiente. Saben ustedes, señores, que todos nuestros recientes pro- gresos en la inteligencia y el discernimiento de la histeria se remontan a los trabajos de Charcot. En la primera mitad de la década de 1880 , Charcot empezó a dedicar su atención a la «gran neurosis», como denominan los franceses a la his- teria. En una serie de investigaciones consiguió demostrar una regularidad y una ley donde la observación clínica defi- ciente o desatenta de otros sólo había visto simulación o enigmática arbitrariedad. Puede decirse que a la incitación de él se remonta, de manera directa o indirecta, todo lo nue- vo que en el último tiempo hemos averiguado sobre la his- teria. Pero entre los múltiples trabajos de Charcot, el que yo más estimo es aquel en que nos enseñó a comprender las parálisis traumáticas que aparecen en la histeria; y puesto que de este trabajo, justamente, se presenta el nuestro como una continuación, me dispensarán si vuelvo a tratar con de- talle este tema ante ustedes. 1 {Corresponde a la llamada que aparece en el título, supra, pág. 25.} Conferencia pronunciada por el Dr. Sigm. Freud en una reunión del Wiener medizinischer Club {Club Médico de Viena}, el 11 de enero de 1893. Versión taquigráfica especial de Wiener medizinische Presse, revisada por el conferencista. [Esta nota apareció en la pu- blicación original.]
informan que en el momento del trauma tuvieron realmente la sensación de que se les había destrozado el brazo. Enton- ces realmente el trauma sería de todo punto equiparable a la sugestión verbal. Pero falta todavía una tercera cosa para completar la analogía. A fin de que la representación «el brazo está paralizado» pudiera provocar realmente una pará- lisis en el enfermo, sería necesario que este se encontrara en el estado de la hipnosis. Ahora bien, el obrero no se encontraba en ese estado; no obstante, podemos suponer que durante el trauma era el suyo un particular estado mental, y Charcot se inclina a equiparar este afecto al estado hipnótico artificialmente provocado. Así la parálisis traumá- tica espontánea queda explicada completamente, y estable- cida su analogía con la parálisis producida por sugestión; la génesis del síntoma está determinada de manera unívoca por las circunstancias del trauma. Además, Charcot repitió este mismo experimento para explicar las contracturas y dolores que aparecen en una histeria traumática, y yo diría que difícilmente en otro punto haya penetrado en la inteligencia de la histeria tan hondo como aquí. Pero su análisis termina con esto; no averiguamos cómo se generan otros síntomas, ni, sobre todo, cómo se producen los síntomas histéricos en la histeria co- mún, no traumática. Señores: Más o menos por la misma época en que Charcot iluminaba de esta manera las parálisis histero-traumáticas, el doctor Breuer, en 1880-82, prestaba asistencia médica a una joven dama que, mientras cuidaba a su padre enfermo, y por una etiología no traumática, había contraído una histeria grave y complicada, con parálisis, contracturas, per- turbaciones del lenguaje y de la visión y toda clase de parti- cularidades psíquicas.'' Este caso conservará su significación para el historial de la histeria, pues fue el primero en que el médico consiguió iluminar todos los síntomas del estado histérico, averiguar el origen de cada uno de ellos y al mismo tiempo hallar el camino para que ese síntoma tornara a desaparecer; fue, por así decir, el primer caso de histeria que se volvió trasparente. El doctor Breuer se reservó para sí las conclusiones que de ese caso se podían extraer hasta que tuvo la certidumbre de no estar aislado. Después que en 1886 yo hube regresado de mi período de estudio junto 3 [Se trata, por supuesto, de la señorita «Anna O.», el primero de los historiales clínicos de Es ludios sobre la histeria (1895¿).]
a Charcot,* empecé, en permanente acuerdo con Breuer, a hacer observaciones exactas en una gran serie de enfermos histéricos y a examinarlos en el sentido dicho. Hallé que la conducta de aquella primera paciente era, de hecho, típica, y se estaba autorizado a trasferir a un número elevado de histéricos, si no a la totalidad de ellos, las conclusiones que ese caso legitimaba. Nuestro material se componía de casos de neurosis común, o sea, no traumática; procedíamos averiguando para cada síntoma las circunstancias bajo las cuales había aparecido la primera vez, y así procurábamos aclararnos también el ocasionamiento que pudo ser decisivo para ese síntoma. Pero no crean ustedes que es un trabajo simple. Si se inda- ga a los pacientes en este aspecto, las más de las veces no se recibe al comienzo respuesta alguna; en una pequeña serie de casos los enfermos tienen sus razones para no decir lo que saben, pero en un número mayor no tienen de hecho vislumbre alguna sobre la entramadura de los síntomas. Es fragoso el camino que lleva a averiguar algo; helo aquí: es preciso poner a los enfermos en estado de hipnosis y enton- ces inquirirles por el origen de cierto síntoma, cuándo apa- reció por primera vez y qué recuerdan a raíz de ello. En este estado regresa el recuerdo que no poseen en el estado de vigilia. De esta manera hemos conseguido averiguar que tras los fenómenos de la histeria —la mayoría de ellos, si no todos— se esconde una vivencia teñida de afecto, y que además esa vivencia es de tal índole que permite comprender sin más el síntoma a ella referido; que, por tanto, también este síntoma está unívocamente determinado. Ahora ya pue- do formular la primera tesis a que hemos arribado, si es que ustedes me permiten equiparar esta vivencia teñida de afecto a aquella gran vivencia traumática que está en la base de la histeria traumática: Existe una total analogía entre la parálisis traumática y la histeria común, no traumática¿ La única diferencia es que allí intervino un gran trauma, mien- tras que aquí rara vez se comprueba un solo gran suceso, sino que se asiste a una serie de sucesos plenos de afecto: toda una historia de padecimiento. Ahora bien, no tiene nada de forzado equiparar esa historia de padecimiento que en ciertos histéricos se averigua como factor ocasionador, con aquel accidente de la histeria traumática; en efecto, hoy ya nadie duda de que tampoco en el gran trauma mecánico de la histeria traumática es el factor mecánico el eficaz, sino
toma le nació por segunda vez muchos años después, cuando de igual modo se había propuesto guardar estricto silencio, y desde entonces le quedó. A menudo, un ocasionamiento solo no alcanza para fijar un síntoma, pero si este mismo síntoma se presenta varias veces con un cierto afecto, lue- go se fija y permanece. Uno de los síntomas más frecuentes de la histeria es la anorexia y el vómito. Conozco toda una serie de casos que explican de manera simple el surgimiento de ese síntoma. Así, una enferma, que había leído una carta mortificante in- mediatamente antes de comer, después de hacerlo vomitó todo, y el vómito persistió luego. En otros casos, el asco a la comida se puede referir con toda exactitud al hecho de que la persona, obligada por la institución de la mesa compar- tida, come con otras a quienes aborrece. El asco se trasfiere luego de la persona a la comida. Particularmente interesante en este sentido fue aquella dama del tic, ya mencionada; esta señora comía poquísimo, y sólo forzada; en la hipnosis me enteré de que una serie de traumas psíquicos habían terminado por producirle este síntoma, el asco a la comida.** Ya de niña, su madre, muy severa, cuando ella rechazaba la carne en el almuerzo la obligaba a comerla dos horas des- pués de levantada la mesa, fría, con la grasa endurecida; lo hacía con gran asco, y conservó el recuerdo de ello, de suerte que más tarde, cuando ya no estaba sujeta a ese castigo, seguía yendo a la mesa con asco. Unos diez años después, compartía la mesa con un famiUar que estaba tu- berculoso y mientras comía escupía de continuo en la saliva- dera por encima de los platos; trascurrido algún tiempo, estuvo forzada a comer con un familiar que, según ella sabía, padecía u.na enfermedad contagiosa. La paciente de Breuer se comportó durante un lapso como una hidrofó- bica; en la hipnosis se averiguó, como fundamento de ello, que una vez impensadamente había visto a un perro beber de su vaso de agua.'** También el síntoma del insomnio y la perturbación del dormir encuentran las más de las veces una exactísima ex- plicación. Por ejemplo, uiaa señora durante años sólo podía dormirse hacia las seis de la mañana. Por mucho tiempo había dormido puerta por medio con su marido enfermo, que se levantaba a las seis. Después de ese momento hallaba sosiego para dormir, y siguió comportándose de ese modo
muchos años más tarde, en el curso de una afección histérica. Otro caso se refiere a un hombre. Cierto histérico duerme muy mal desde hace doce años; pero su insomnio es de índole muy peculiar: duerme notablemente bien en verano, pero lo hace muy mal en invierno, sobre todo en noviembre. No tiene vislumbre alguna de la trama en que esto pueda insertarse. Por el examen se averigua que doce años atrás, en noviembre, pasó en vela muchas noches junto a su hijo enfermo de difteria. Un ejemplo de perturbación del lenguaje nos lo ofrece la ya varias veces mencionada paciente de Breuer. Durante un largo período de su enfermedad, ella sólo hablaba inglés; al alemán no lo hablaba ni lo comprendía. Este síntoma se pudo reconducir a un suceso todavía anterior al estallido de su enfermedad. En un estado de gran angustia, inten- taba orar, pero no hallaba palabras. Por fin se le ocurrieron algunas palabras de una plegaria infantil inglesa. Cuando luego enfermó, sólo dispuso de la lengua inglesa.^" No en todos los casos es tan trasparente la determinación del síntoma por el trauma psíquico. A menudo, ella sólo consiste en una referencia simbólica, digamos así, entre el ocasionamiento y el síntoma histérico. Esto es particular- mente válido para los dolores. Así, una enferma^^ padecía de penetrantes dolores en el entrecejo. La razón era que una vez, de niña, su abuela la escudriñó «penetrándola» con la mirada. Esta misma paciente sufrió algún tiempo de unos fuertes dolores, totalmente inmotivados, en el talón dere- cho. Se averiguó que esos dolores estaban referidos a una representación que la paciente tuvo cuando la presentaban en sociedad; la sobrecogió en ese momento la angustia de no «entrar con el pie derecho» o de no «andar derecha». A tales simbolizaciones han recurrido muchos pacientes en toda una serie de sedicentes neuralgias y dolores. Existe, por así decir, un propósito de expresar el estado psíquico mediante uno corporal, para lo cual el uso lingüístico ofrece los puentes. Precisamente para los síntomas histéricos típi- cos, como hemianestesia, estrechamiento del campo visual, convulsiones epileptiformes, etc., no es posible comprobar un mecanismo psíquico de esta índole. En cambio, a menudo lo hemos conseguido en el caso de las zonas histerógenas. Con estos ejemplos, que yo he espigado de una serie de observaciones, quedaría aportada la prueba de que es lícito 1 » [Cf. ibid., pág. 62.] ^ 1 [La señora Cacilie M., cuyos síntomas «simbólicos» se exami- nan en los Estudios, ibid., págs, 189-93.]
electiva. Es preciso suponer que ese trauma psíquico sigue produciendo efectos en el individuo en cuestión, da sus- tento al fenómeno histérico, y llega a su término tan pronto como el paciente se ha declarado sobre él. Acabo de señalar que, tras dar con el trauma psíquico mediante nuestro procedimiento de exploración hipnótica, uno halla c|ue el recuerdo en cuestión posee una intensidad desacostumbrada y ha conservado su pleno afecto. Se nos plantea ahora saber por qué un suceso ocurrido hace tanto tiempo, quizá diez o veinte años antes, sigue exteriorizando de manera continua su imperio sobre el individuo, por qué tales recuerdos no se van disipando por desgaste, no sucum- ben al olvido. Para responder a este problema anticiparé algunas reflexiones sobre las condiciones bajo las cuales se desgasta el contenido de nuestro representar. Aquí se puede partir de la siguiente tesis: Si un ser hu- mano experimenta una impresión psíquica, en su sistema nervioso se acrecienta algo que por el momento llamaremos la «suma de excitación».^- Ahora bien, en todo individuo, para la conservación de su salud, existe el afán de volver a empequeñecer esa suma de excitación. ^^ El acrecentamiento de la suma de excitación acontece por vías sensoriales, su empequeñecimiento por vías motrices. Se puede entonces decir que si a alguien le sobreviene algo, reacciona a ello por vía motriz. Y es posible aseverar sin titubeos que de esta reacción depende cuánto restará de la impresión psí- quica inicial. Elucidemos esto con un ejemplo. Un hombre experimenta una ofensa, le dan una bofetada o algo así; entonces, el trauma psíquico se conecta con un acrecenta- miento de la suma de excitación del sistema nervioso. Así las cosas, instintivamente le nace la inclinación a aminorar enseguida esta excitación acrecentada; devuelve, pues, la bofetada, y de ese modo queda más aliviado; quizá reaccionó de la manera adecuada, o sea, descargó {abführen} tanto como le fue cargado {zuführen]. Ahora bien, hay distintas modalidades para esta reacción. Para levísimos acrecenta- mientos de excitación quizá basten unas alteraciones del cuerpo propio: llorar, insultar, rabiar, etc. Y mientras más intenso el trauma psíquico, tanto más grande la reacción adecuada. Pero la reacción adecuada es siempre la acción. Sin embargo, un autor inglés lo señala con chispa: el pri- 1 - [Véase una nota mía a pie de página en «Las neutopsicosis de defensa» (1894«), infra, pág. 50 , n, 10.] ^^ [Enunciación provisional del «principio de constancia»>, véase el «Apéndice» que agregué a ibid., infra, pág. 65.]
mero que en vez de arrojar una flecha al enemigo le lanzó un insulto fue el fundador de la civilización;-'* de ese modo, la palabra es el sustituto de la acción, y en ciertas circuns- tancias (confesión) el único sustituto. Por tanto, junto a la reacción adecuada hay una menos adecuada. Y si la reacción a un trauma psíquico está totalmente interceptada, el re- cuerdo de él conserva el afecto^" que en su origen tuvo. Si un ofendido no puede devolver la afrenta, ni dando a su vez una bofetada ni por medio de un insulto, se crea la posibilidad de que el recuerdo de ese suceso vuelva a con- vocarle el mismo afecto que estuvo presente al comienzo. Una afrenta devuelta, aunque sólo sea de palabra, se re- cuerda de otro modo que una que se debió tolerar, y es característico que la lengua llame «mortificación»" a este padecer tolerado calladamente. Así las cosas, si la reacción frente al trauma psíquico tuvo que ser interrumpida por alguna razón, aquel conserva su afecto originario, y toda vez que el ser humano no puede aligerarse del aumento de estímulo mediante «abreacción»^" está dada la posibilidad de que el suceso en cuestión se convierta en un trauma psíquico. El mecanismo psíquico sano tiene por cierto otros medios para tramitar el afecto de un trauma psíquico, por más que le sean denegadas la reacción motriz y la reacción mediante palabras; el procesamiento asociativo, la tramita- ción por medio de representaciones contrastantes. Si el ofen- dido no devuelve la bofetada ni insulta, puede sin embargo aminorar el afecto de la ofensa evocando en su interior unas representaciones contrastantes sobre su propia dignidad y la nula valía del ofensor, etc. Ahora bien, ya sea que la per- sona sana tramite la ofensa de una manera o de la otra, siempre llega al resultado de que el afecto que en el origen estaba intensamente adherido al recuerdo pierda al fin inten- sidad, y el recuerdo mismo, ahora despojado de afecto, su- cumba con el tiempo al olvido, al desgaste.". 1 * [Como ha apuntado Andersson (1962, págs. 109-10), alude aquí a una frase de Hughlings Jackson. Una acotación semejante de Lichtenberg es citada por Freud en su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8 , págs. 96-7.] 15 [Aquí y algunas líneas más abajo, la publicación original en alemán reza «Effekí» {«efecto»}, casi con certeza una errata.]
no puede dar trámite asociativo como en el estado vigil a una representación que le sobrevenga. El asiduo estudio de estos fenómenos nos ha llevado a considerar probable que en toda histeria esté en juego un rudimento de la lla- mada «double conscience», conciencia doble, y que la incli- nación a esta disociación y, con ella, al surgimiento de esta- dos anormales de conciencia, que designaríamos «hipnoides», es el fenómeno fundamental de la histeria. Consideremos ahora el modo en que opera nuestra te- rapia. Ella solicita [entgegenkoinmen} uno de los más ar- dientes deseos de la humanidad, a saber, el deseo de tener permitido hacer algo por segunda vez. Alguien ha experi- mentado un trauma psíquico sin reaccionar suficientemente frente a él; uno se lo hace vivenciar por segunda vez, pero en la hipnosis, y ahora lo constriñe a completar la reacción. Entonces él se aligera del afecto de la representación, que antes estaba por así decir estrangulado, y con ello se cancela el efecto de esa representación. Vale decir que consumando la reacción no tramitada no curamos la histeria, sino sínto- mas singulares de ella. No crean, pues, que con esto hemos ganado mucho para' la terapia de la histeria. Al igual que las neurosis,^'' tam- bién la histeria tiene sus fundamentos más profundos, y son estos los que imponen a la terapia un cierto límite, que con frecuencia es muy sensible. lí* [En este período, Fraud solía emplear el término «neurosis» para designar la neurastenia y lo que luego denominaría «neurosis de angustia».]