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Resumen del libro de Marcelo Quiroga Santa Cruz
Tipo: Resúmenes
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Celeste Alvarez iba a asistir al primer baile.
Dijéronle lisonjeramente que su iniciación sería un triunfo y ella estaba persuadida de tal cosa. ¡Cómo dudarlo siendo tan bello su vestido de gasa rosa, estilo imperio; ese traje que era un poema de seda y de encajes! ¡Si valsaba con tanto chic y con tanta molicie aristocrática! ¡Si sabía llevar tan bien su vestido y manejar con tanta gracia su abanico!
Mirábase con gozo en la ancha luna de su tocador y se encontraba bonita. Suave palidez ocasionada por la emoción diluíase en sus tersas mejillas; sus labios estaban frescos, húmedos y rojos; cierta expresión lánguida que la sentaba admirablemente adormía sus ojazos grises, sus pensativos ojos grises, que pudieran decir tantas coséis, y que ella velaba con gracia bajando los párpados; dulce sonrisa dibujaba sombras vermellón en las áticas comisuras de su boca en flor, en la cual aún no habían libado las abejas del beso.
Ante el mundo ignorado que iba a conocer, vaga impaciencia hinchaba su seno núbil y su corazón latía con apresurado ritmo de seguidilla, de polka, como marcando el compás de 2/4.
La señora Alvarez, su madre, consumada la obra del peinado, vistióla con el traje de gasa vaporoso y bello. Tomó en seguida un manojo de rosas y las prendió en el friso del escote, al abrigo tibio del seno.
Celeste se caló los guantes poco a poco, mirándose de soslayo en el espejo, por temor de que su madre echara de ver que contemplaba mucho su interesante personita y al fin, un tanto ruborosa, exclamó — ¿qué tal mamá? La señora Alvarez por toda respuesta, diola un beso en la frente.
La fachada del Club de La Paz encontrábase profusamente iluminada. En la escalera se alineaban jardineras, lámparas de cobre repujado, arbustos, banderas de diversos países en fraternal connubio y espejos, en uno de los cuales pudo la señorita Alvarez mirarse a su sabor y ascender luego muy lento. Pasaron al tocador.
Allí su madre arregló algunos lazos y luego fueron conducidas al salón. Celeste iba apoyada en el brazo de un joven rubio a cuyas palabras apenas si prestaba atención, embargada como se hallaba por desconocidas emociones. En las puertas del salón se le nublaron los ojos y sintió una ola de llanto que pugnaba por desbordarse bajo sus pestañas.
Aquella hilera de cabezas más o menos bellas, aquel centenar de ojos ávidos, los ojos de la mujer, eternamente curiosa y eternamente pérfida, la turbaban; luego la profusión de las luces, el tibio ambiente de polvos de arroz y de perfumes, el ruido discreto con crescendos de alarma, constituido por las múltiples conversaciones, convergían para impresionarla con mayor intensidad.
Cuando luego de atravesar el salón, el joven rubio le ofreció asiento junto a un bouquet de señoritas, las pupilas ingenuas de Celeste