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ciceron catilinarias., Apuntes de Idioma Inglés

Asignatura: Latin, Profesor: Lluís Pomer, Carrera: Estudis Anglesos, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 05/11/2014

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Marco Tulio Cicerón
CATILINARIAS
Edición, introducción y notas de
PERE J. QUETGLAS
catedrático de la Universidad de Barcelona
Traduccn de
JUAN BAUTISTA CALVO
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Marco Tulio Cicerón

CATILINARIAS

Edición, introducción y notas de PERE J. QUETGLAS catedrático de la Universidad de Barcelona Traducción de JUAN BAUTISTA CALVO

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

  1. Semblanza biográfica de Marco Tulio Cicerón
  2. Una vida marcada por la oratoria.
  3. De Cicerón a Cicerón
  4. Las Catilinarias.
  5. Las Filípicas [omitidas en esta edición]
  6. Traducción y revisión. Cronología. Bibliografía.

Primera Catilinaria

Segunda Catilinaria

Tercera Catilinaria

Cuarta Catilinaria

2. UNA VIDA MARCADA POR LA ORATORIA

No creemos que pueda quedar ninguna duda de que Cicerón es fundamental y básicamente un orador; tanto por formación como por actividad, Cicerón es un orador que ejerció de político gracias al apoyo que le prestaron siempre sus cualidades y su formación oratoria. Desde sus comienzos en la vida pública todo su itinerario va estrechamente ligado a sus discursos. Las Verrinas lo elevaron al primer puesto entre los oradores, las Catilinarias le sirvieron de apoyo para alcanzar la cima política y, al tiempo, acabaron acarreándole el destierro, las Filípicas, en fin, fueron su sentencia de muerte política y, consecuentemente, también física, al haber perdido toda su fuerza y poder. Mas no sólo son los grandes discursos, los más famosos, los que compartimentan y marcan la vida de Cicerón, sino que también los discursos que podríamos llamar ordinarios son fiel reflejo de esta caracterización de Cicerón. Así pues, los discursos son, junto con las cartas, la única actividad literaria constante de nuestro Marco Tulio. Desde su pionero Pro Quinctio del año 81 hasta la última de las Filípicas, ya en el 43, los discursos recorren acompasadamente su vida, dejando únicamente lagunas temporales aquí y allá, cuando las ausencias de Roma, voluntarias o forzadas, o la situación política adversa le conminan al silencio. En esos casos, sólo las epístolas nos permiten suplir los huecos. Con todo, no debe olvidarse que las cartas, a di Te- rencia de los discursos, no las escribió en ningún caso con la intención de publicarlas, circunstancia que nos permite establecer una diferencia clara con respecto a su actividad oratoria. Ésta nos presenta la cara pública de Cicerón, al Cicerón político, al Cicerón de puer- tas afuera; las cartas, en cambio, son el reflejo de sus preocupaciones- más íntimas, de un Cicerón más humano y más temeroso. Frente a esta dilatada constancia, el resto de su actividad artística o es fruto de una época o refleja el complemento teórico de la actividad principal, o ambas cosas a la vez. Así, las obras filosóficas las escribe todas entre el 54 y el 44, en sólo diez años; y aún podríamos comprimir más esta década, ya que las obras de filosofía política (De re publica y De legibus) se elaboran y ven la luz entre el 54 y el 52, en tanto que el resto, las propiamente filosóficas (Paradoxa stoicorum, Academica, De finibus, Tusculanae disputationes, De natura deorum, De senectute, De diuinatione, De fato, De amicitia, De officiis, etc.) se comprimen en realidad en una estrecha franja que abarca del 46 al 44 y que coincide en lo político con la dictadura de César y en lo familiar con el divorcio de Terencia y la muerte de su hija Tulia. De esta rapidez de concepción y elaboración no puede desligarse el concepto que tenía el propio Cicerón de su producción filosófica. Él era plenamente consciente de la carencia de originalidad de pensamiento en estas obras y hasta lo dice expresamente en una carta a su amigo Ático (Ad Att. XII, 52, 3) al señalar que no se trata más que de la reproducción de ideas y pensamientos entresacados de diversos autores y que todo su mérito consiste en darles forma latina, echando mano del inmenso caudal de su elocuencia. Es decir, que también en esta actividad, en tanto que creador de la terminología filosófica latina, se muestra Cicerón como orador o maestro del lenguaje. Por lo que hace a las obras retóricas, dejando de lado el De inuentione, obra de juventud, probablemente del 86, éstas se concentran también en un período corto de tiempo, el que va del 55 al 44, sin que debamos, por otro lado, olvidar que tanto el De Oratore como las Partitiones oratorias, el Brutus, el Orator, el De optimo genere oratorum o los Topica no son otra cosa que el complemento o base teórica de su arte oratoria. De hecho, Cicerón fue el primer orador que se atrevió a exponer de forma detallada y precisa los fundamentos teóricos de su actividad, que se pueden resumir sumariamente en la conjunción de una buena técnica, aprendida en la escuela y en el foro, y el talento y la capacidad natural. Ciertamente Cicerón poseía las dos cosas y las poseía bien, de otra forma difícilmente hubiera podido alcanzar el título de príncipe de la orato- ria. Mas, para desgracia nuestra, la actividad oratoria sólo se refleja pálidamente en la escritura. Podemos ciertamente analizar y destacar la forma compositiva y la disposición de un discurso, su argumentación y los recursos retóricos que utiliza: adecuación al contexto, captatio beneuolentiae, ironía, sátira, adulación, retrato de personajes, descripción de situaciones, con-

traposiciones, períodos, ritmo creciente o decreciente, etc., pero estamos condenados a permanecer siempre ciegos y sordos ante lo que debió ser un complemento nada secundario: tono, timbre, gestos, miradas, silencios, golpes de efecto, etc. Sucede además con relativa frecuencia que los discursos que nos han llegado no se corresponden con los que realmente fueron pronunciados; pues si, por una parte, la existencia de esclavos copistas, encargados de tomar al pie de la letra las intervenciones de su amo, nos podrían llevar a confiar en la fidelidad al discurso original, por otra sabemos a ciencia cierta que Cicerón retocaba y alteraba según su conveniencia los discursos; ello explica que las Catilinarias no se publicaran hasta tres años después de la conjuración y que en ellas no aparezcan incriminaciones comprometedoras para César, que seguramente sí figurarían en los discursos realmente pronunciados. Por otro lado, conservamos numerosos discursos que Cicerón no pronunció nunca: la serie completa de las Verrinas es una obra de gabinete que va mucho más allá de la corta intervención que tuvo Cicerón; la segunda Filípica, la obra maestra de la invectiva, nunca fue pronunciada, lo que de paso quizá le alargó algo la vida a Cicerón.

  1. DE CICERÓN A CICERÓN Entre la pronunciación de las Catilinarias (año 63) y la de las Filípicas (años 44-43) transcurrieron veinte años. Cabe, entonces, preguntarse hasta qué punto es el mismo el Cicerón que se nos hace visible en estas dos muestras supremas de su elocuencia. Considerando que el tema que se debate en los dos casos es similar: un intento de atentar contra el Estado y contra el poder establecido, no puede en principio extrañarnos que en las dos obras se repitan ideas propias o connaturales a una situación de este tipo: «es preferible la muerte a la esclavitud», «la tiranía hace al hombre esclavo», «un final noble aporta fama y gloria, lo que asegura la inmortalidad del héroe...». No puede asimismo extrañar que se repitan en una y otra obra los tópicos y episodios históricos de referencia necesarios para justificar determinadas formas de pensar o de actuar: la supresión de la monarquía, la frustración de todos los intentos de restitución real o la inutilidad de toda tentativa revolucionaria como la de los Gracos. Mas, al margen de todas estas manifestaciones más o menos obligadas, ¿sabemos cómo es el Cicerón que se nos presenta en uno y otro caso? En ambos casos nos encontramos con el mismo Cicerón político que se presenta como salvador de la patria, frente a los demás que sólo se preocupan de aniquilar el Estado; es el Cicerón que quiere esconder los intereses de partido tras los intereses de la república. Es el mismo Cicerón vanidoso y engreído que se nuestra como personaje singular por haber alcanzado cotas nunca antes vistas de admiración y agradecimiento públicos que se les niegan a los demás. Es el mismo Cicerón preocupado por la gloria eterna: «Nada me importan esos silenciosos y mudos monumentos que puede a veces conseguir el menos digno. En vuestra memoria, ciudadanos, revivirán mis servicios, aumentarán vuestros relatos, y vuestras obras literarias les asegurarán la inmortalidad» (Cat. III, 11); «La vida que nos da la naturaleza es corta, la que le devolvemos, siendo honrada, es de sempiterna memoria. Si la reputación no durase más que nuestra vida ¿quién sería tan insensato que intentara adquirir fama o gloria a costa de tantos trabajos y peligros?» (Fil. XIV, 2). Pero simultáneamente vemos a dos Cicerones radicalmente distintos. En las Catilinarias topamos con un Cicerón seguro de sí mismo, hipócritamente preocupado hasta la exasperación por cuestiones de detalle procedimental, con una persona que dice, amaga y no actúa; que plenamente fiada en la superioridad de su posición no quiere dejar ningún resquicio a las dudas o a los rumores sobre su actuación. En cambio, el Cicerón de las Filípicas ya es otro; y si por un momento llega a pensar ante la novedad de los hechos que le puede ser dado repetir la gloria de su consulado, pronto ya alcanza a ver que la situación es irrepetible; no existe ya frente a la subversión la unanimidad de todos los órdenes de la que hacía gala en las Catilinarias; ahora, en el 44 y en el 43, ni hay unanimidad de órdenes ni unanimidad dentro de un mismo orden. Marco Antonio, su adversario, tiene destacados y distinguidos partidarios dentro del propio Senado, capaces de dar la cara y defenderle; y éstos no tenían nada que ver con la bajeza y ruindad moral atribuidas a Catilina. Sus propuestas ya no se aprueban por unanimidad, incluso

asesinar a los dos cónsules el mismo día de su toma de posesión, el primero de enero del año 65. La falta de coordinación entre los conjurados abortó este intento como también lo haría con una segunda tentativa planeada para el 5 de febrero del mismo año. Estas intentonas se conocen como la primera conjuración de Catilina, si bien persisten actualmente dudas sobre su existencia, dada la ausencia total de consecuencias para los implicados. A finales del 64 presentó de nuevo Catilina su candidatura al consulado, esta vez en alianza con Cayo Antonio Híbrida; en su programa electoral se contemplaba la abolición de las deudas y el reparto de tie- rras. El temor de los propietarios los unió en su contra, lo que propició el acceso al consulado de Marco Tulio Cicerón, un horno nouus, sin pasado político destacado, y con él a M. Antonio Híbrida. Esta segunda humillación debió ser definitiva para Catilina, que planeó el que debía ser el intento definitivo: a fines del año 63, a punto de concluir el consulado de Cicerón, presenta de nuevo Catilina su candidatura al consulado, al tiempo que reúne un ejército de descontentos en Etruria a las órdenes de Manlio, un antiguo centurión, y diseña un amplio plan de desórdenes en diferentes ciudades de Italia, así como el incendio de Roma y el asesinato de los miembros más destacados de la nobleza. Cicerón, enterado de la trama por las confidencias de Fulvia, amante de Quinto Curión, uno de los conjurados, reúne el 20 de octubre del 63 el Senado y hace pública la fecha del 27 del mismo mes como la fijada para el levantamiento del ejército de Manlio y las del 28 y 29 como las previstas para el incendio de Roma y el asesinato generalizado de todos los opositores a Catilina. El Senado concede poderes excepcionales a Cicerón, al tiempo que se aprestan tropas para enfrentarse al ejército rebelde. Ante la ausencia de pruebas incriminatorias Catilina permanece en Roma con la intención de dirigir la revuelta interna. En este estado de cosas, el 8 de noviembre Cicerón convoca el Senado y pronuncia ante él la primera Catilinaria, que como puede deducirse no tiene como finalidad descubrir la conspiración sino forzar la salida de Catilina de Roma; de hecho, es un golpe de efecto porque Cicerón seguía careciendo de pruebas concluyentes. En cualquier caso, la intervención de Cicerón tiene éxito y Catilina abandona Roma esta misma noche. Al día siguiente (9 de noviembre), en la segunda Catilinaria, Cicerón comunica al pueblo los hechos acaecidos el día y la noche anteriores. A partir de este momento la situación se mantiene estable hasta que la noche del 2 de diciembre son detenidos en las afueras de Roma unos legados de los alóbroges, un pueblo de la Galia, con cartas comprometedoras de los conjurados dirigidas a Catilina y a la asamblea de este pueblo. Era la prueba que necesitaba Cicerón para detener a los implicados. Así lo hace y a la mañana siguiente reúne el Senado, le presenta las pruebas y fuerza la confesión de los acusados. Por la tarde de este mismo día pronuncia ante el pueblo la tercera Catilinaria dando cuenta de lo acaecido la víspera y en la sesión del Senado tenida por la mañana. La cuarta Catilinaria, en fin, es la intervención de Cicerón ante el Senado dos días después para pedir una decisión sobre la pena a imponer a los conjurados. De las dos alternativas que se presentaron, condena a muerte y condena a cadena perpetua, se impuso la primera, que contaba con el apoyo de Cicerón. Por su parte, Catilina perecerá un mes más tarde, el 5 de enero del 62, luchando al frente de su ejército en la batalla de Pistoya.

  1. LAS FILÍPICAS Con el nombre de Filípicas se nos han conservado catorce discursos pronunciados por Cicerón entre el 2 de setiembre del año 44 y el 21 de abril del 43, en los que pretende desenmascarar y poner coto a los intentos hegemónicos de Marco Antonio. Si bien son catorce los discursos conservados, posiblemente no sea éste el número total de los pronunciados por Cicerón sobre este tema, si tenemos en cuenta que un gramático del siglo IV, Arusiano Mesio, cita dos frases sacadas de unas supuestas Filípicas XVI y XVII. Con respecto a la denominación de Filípicas, hay que decir que el nombre que cabría esperar que se les hubiese aplicado a estos discursos sería el de Antonianas (Antonianae) al ser Marco Antonio el destinatario de ellas, de la misma manera que hablamos de Catilinarias con respecto a los discursos dirigidos contra Catilina; y de hecho este nombre de Antonianas es el que usan Séneca el rétor y Aulo Gelio y,

seguramente, el primero en el que pensaría Cicerón, ya que la denominación de Filípicas es una sugerencia en tono de broma que le hizo Cicerón a su amigo y corresponsal Ático y que éste aceptó tras haber leído la quinta y la décima. Y será precisamente éste el nombre más divulgado en la transmisión del texto. No hace falta indicar que el nombre de Filípicas es una imitación del nombre de los discursos pronunciados por el orador griego Demóstenes (siglo IV a.d.C.) contra el rey Filipo II de Macedonia por sus intentos expansionistas sobre Grecia. De las catorce Filípicas conservadas, once lo fueron ante el Senado y dos ante el pueblo; estas últimas, de ordinario más breves, suelen ser el resumen de una inter- vención anterior ante el Senado ajustadas a las condiciones del nuevo auditorio. Mención aparte merece el segundo de estos discursos contra Marco Antonio, ya que no fue nunca pronunciado; y ciertamente hay que darle la razón a Cicerón por su prevención por pronunciarla primero y por hacerla pública después, ya que si las Filípicas suelen considerarse en su conjunto como la culminación y compendio de la elocuencia de Cicerón, la segunda es la obra maestra de la invectiva; en ella Cicerón usa extensamente todos los recursos retóricos y todos los medios a su alcance para denigrar la figura de Marco Antonio y la de todos sus seguidores. En consecuencia no es de extrañar que sea esta Filípica la que se ha beneficiado del mayor número de traducciones, incluso en castellano, lengua poco favorecida por las traducciones de estos discursos ciceronianos. Por lo demás, las Filípicas son un excelente documento para conocer de primera mano los acontecimientos políticos sucedidos en Roma durante los años 44 y 43 a.d.C., con independencia de que, al igual que sucedía con las Catilinarias, muchas de ellas fueran re- tocadas antes de su publicación. De ello tenemos además pruebas escritas en la correspondencia entre Ático y Cicerón, en la que éste le aconseja la introducción aquí y allá de cambios de estilo y de vez en cuando le comenta la conveniencia de silenciar el nombre o la intervención de tal o cual personaje, no siendo raros los casos en que Cicerón le hace caso. En cuanto a los antecedentes político-sociales de la situación aquí descrita, puede decirse que se inician inmediatamente después del fracaso de la conjuración de Catilina. Recordemos que Catilina había muerto en enero del 62; pues bien, a finales de este año Pompeyo regresa a Roma, donde celebra en honor de multitudes su triunfo, pero de forma imprevista rechaza, en contra de lo que esperaba todo el mundo, hacerse con la dictadura. Esta indecisión de Pompeyo acabó por resultarle fatal, pues a consecuencia de ella se llega en el año 60 a un reparto del poder e influencias entre César, Pompeyo y Craso en lo que se conoce como el primer triunvirato; de esta situación sacará más ventajas que nadie Julio César que de esa forma consigue el consulado del año 59 y luego el gobierno de la Galia transalpina, lo que le permitirá hacerse con los servicios de un poderoso ejército. Estos años marcan, por otra parte, un decidido declive de la actividad política de Cicerón, que en el año 58 se ve abocado a exiliarse ante el acoso del tribuno de la plebe Clodio que le acusaba de haber hecho ejecutar sin juicio a los implicados en la conjuración de Catilina. La muerte de Craso en el 53 en el transcurso de su expedición contra los partos precipitó la situación y condujo al enfrentamiento directo entre Pompeyo y César. Éste atraviesa con su ejército el Rubicón en el 49, lo que le ponía fuera de la ley; Pompeyo escapa de Roma cruzando el Adriático; César le persigue y en enero del 48 en la batalla de Farsalia lo derrota marcando el principio de lo que será su dictadura personal. Pompeyo, por su parte, se refugia en Egipto y es asesinado por orden del rey Ptolomeo XIV, deseoso de ganarse el favor de César. Finalmente, tras cuatro años de poder absoluto, César es asesinado el 15 de marzo del 44 (las idus de marzo) en el curso de un complot senatorial encabezado por Décimo Bruto y Cayo Casio. A través de las Filípicas se puede seguir casi el día a día de una situación políticamente inestable por la falta de un poder fuerte quesirva de referencia. Así, asistimos, de una parte a los intentos de Marco Antonio, lugarteniente de César, de vengar la muerte de éste y de sucederle en el control político de Roma, De otra parte, vemos a Cicerón y con él a una parte importante de la aristocracia senatorial que creen llegado un nuevo período de bonanza para sus intereses a través de la vuelta del antiguo esplendor republicano. Si la disputa hubiera tenido que dirimirse entre estas

CRONOLOGÍA

131-121 Intentos reformadores de los Gracos. 111-105 Guerra de Jugurta. 108 Nace Lucio Sergio Catilina. 106 Nace en Arpino (pequeña villa del Lacio) Marco Tulio Cicerón. 91-88 Guerras sociales en Italia. 88-85 Primera guerra contra Mitrídates, rey del Ponto. Hecho destacado es el asedio y saqueo de Atenas por parte del general romano Sila. La guerra acaba con la firma de un tratado entre Mitrídates y Sila. 87-83 El cónsul Cinna con la ayuda del general Mario instaura en Roma el gobierno del partido popular, caracterizado por la persecución sistemática de los miembros de la nobleza. Mario muere en el 86 y Cinna es asesinado en el 84. Con el regreso de Sila de Oriente la situación desemboca en una guerra civil. 86 Nace el historiador C. Salustio Crispo. 83-82 Guerra civil entre el partido aristócrata y el popular. A la victoria de la aristocracia comandada por Sila le sigue una tremenda represión. Segunda guerra contra Mitrídates. 82-79 Dictadura de Sila. 81 Cicerón pronuncia a los veinticinco años su primer discurso (Pro Quinctio). 80-72 Rebelión de Sertorio en Hispania. Vencido por Pompeyo, muere asesinado (72). 75 Cicerón desempeña la cuestura en Sicilia. 74-61 Tercera guerra contra Mitrídates. Supone un nuevo éxito de Pompeyo que la concluye en el 61. 73-71 Rebelión de los esclavos comandada por Espartaco. 70 Consulado de Craso y Pompeyo. Cicerón pronuncia las Verrinas. 69 Cicerón ejerce la edilidad curul. 66 Cicerón desempeña el cargo de pretor. Circulan rumores en Roma sobre un primer complot de Sergio Catilina. 63 Consulado de Cicerón. Cicerón aborta la conjura de Catilina y pronuncia las cuatro Catilinarias. 60-53 César, Pompeyo y Craso constituyen el primer triunvirato. 59-50 Campaña de César en las Galias. 58-57 Exilio de Cicerón, acusado de excederse en la represión de la conjura de Catilina. 55-54 Desembarco de César en Britania. 49-48 Guerra civil entre César y Pompeyo. César alcanza la victoria en la batalla de Farsalia. Pompeyo se refugia en Egipto donde muere asesinado (48). 47-44 Dictadura de César. 46 César derrota a los republicanos en Tapso. 45 César derrota al ejército pompeyano de Hispania en la batalla de Munda. 44 Asesinato de César (15 de marzo). El 2 de setiembre Cicerón pronuncia la primera Filípica. 43 Cicerón continúa con la pronunciación de las Filípicas. Marco Antonio, Octavio Augusto y Lépido integran el segundo triunvirato. Proscripciones políticas y asesinato de Cicerón. 42 Los tiranicidas Bruto y Casio sucumben en la batalla de Filipos ante Marco Antonio y Octavio. 30 Batalla de Accio. Muerte de Marco Antonio y Cleopatra. Comienza el principado de Augusto.

BIBLIOGRAFÍA

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M. TVLLI CICERONIS ORATIONES IN CATILINAM

In Catilinam I In Catilinam II In Catilinam III In Catilinam IV PRIMERA CATILINARIA PRONUNCIADA el 8 de noviembre del año 63 ante el Senado. Con abrupto e incisivo inicio, Cicerón pretende conmover y predisponer a su auditorio a acoger duramente las revelaciones que se propone hacer inmediatamente. La finalidad de esta primera Catilinaria no sólo consiste en la denuncia pública de la trama de la conspiración, sino también pretende poner de manifiesto que él, el cónsul Cicerón, dispone de medios no decla- rados que le permiten estar perfectamente enterado de las intrigas de los conjurados. Todo ello con el objetivo final de que Catilina, confundido e inseguro, abandonara Roma y se uniera al ejército de Manlio, ya alzado en armas, declarando abiertamente de esa forma sus intenciones. Este hecho serviría además como autoinculpación que supliría la escasez de pruebas; escasez que se colige de la pública presencia de Catilina en Roma y de su asistencia a las sesiones del Senado. El discurso incluye una etopeya de Catilina que insiste sobre el carácter licencioso de sus actividades y una caracterización social de sus partidarios. Cicerón consiguió el objetivo que se había propuesto y Catilina abandonó Roma ese mismo día.

república ni el consejo ni la autoridad de este alto cuerpo; nosotros, francamente lo digo, nosotros los cónsules somos quienes la faltamos. [4] II. Decrevit quondam senatus, ut L. Opimius consul videret, ne quid res publica detrimenti caperet; nox nulla intercessit; interfectus est propter quasdam seditionum suspiciones C. Gracchus, clarissimo patre, avo, maioribus, occisus est cum liberis M. Fulvius consularis. Simili senatus consulto C. Mario et L. Valerio consulibus est permissa res publica; num unum diem postea L. Saturninum tribunum pl. et C. Servilium praetorem mors ac rei publicae poena remorata est? At [vero] nos vicesimum iam diem patimur hebescere aciem horum auctoritatis. Habemus enim huiusce modi senatus consultum, verum inclusum in tabulis tamquam in vagina reconditum, quo ex senatus consulto confestim te interfectum esse, Catilina, convenit. Vivis, et vivis non ad deponendam, sed ad confirmandam audaciam. Cupio, patres conscripti, me esse clementem, cupio in tantis rei publicae periculis me non dissolutum videri, sed iam me ipse inertiae nequitiaeque condemno.

  1. En pasados tiempos decretó un día el Senado que el cónsul Opimio cuidara de la salvación de la re- pública, y antes de que pasara una sola noche había sido muerto Cayo Graco por sospechas de intentos sediciosos;^5 sin que le valiese la fama de su padre, abuelo y antecesores,^6 y había muerto también el consular M. Fulvio^7 con sus hijos. Idéntico decreto confió a los cónsules C. Mario y L. Valerio, la salud de la república. ¿Transcurrió un solo día sin que el castigo público se cumpliese con la muerte de Satur- nino, tribuno de la plebe y la del pretor C. Sevilio?^8 ¡Y nosotros, senadores, dejamos enmohecer en nues- tras manos desde hace veinte días la espada de vues- tra autoridad! Tenemos también un decreto del Sena- do, pero archivado, como espada metida en la vaina. Según ese decreto tendrías que haber muerto al ins- tante, Catilina. Vives, y no vives para renunciar a tus audaces intentos, sino para insistir en ellos. Deseo, padres conscriptos, ser clemente; deseo también, en peligro tan extremo de la república, no parecer débil; pero ya condeno mi inacción, mi falta de energía. [5] Castra sunt in Italia contra populum Romanum in Etruriae faucibus conlocata, crescit in dies singulos hostium numerus; eorum autem castrorum imperatorem ducemque hostium intra moenia atque adeo in senatu videmus intestinam aliquam cotidie perniciem rei publicae molientem. Si te iam, Catilina, comprehendi, si interfici iussero, credo, erit verendum mihi, ne non potius hoc omnes boni serius a me quam quisquam crudelius factum esse dicat. Verum ego hoc, quod iam pridem factum esse oportuit, certa de causa nondum adducor ut faciam. Tum denique interficiere, cum iam nemo tam inprobus, tam perditus, tam tui similis inveniri poterit, qui id non iure factum esse fateatur. [6] Quamdiu quisquam erit, qui te defendere audeat, Hay acampado en Italia, en los desfiladeros de Etruria, un ejército dispuesto contra la república^9 crece día por día el número de los enemigos: el general de ese ejército, el jefe de esos enemigos está dentro de la ciudad y hasta lo vemos dentro del Senado maquinando sin cesar algún daño interno a la república. Si ahora ordenara que te prendieran y mataran, Catilina, creo que nadie me tacharía de cruel, y temo que los buenos ciudadanos me juzgaran tardío. Pero lo que ha tiempo debí hacer, por importantes motivos no lo realizo todavía. Morirás, Catilina, cuando no se pueda encontrar ninguno tan malo, tan perverso, tan semejante a ti, que no confiese la justicia de tu castigo. Mientras quede alguien que se atreva a defenderte, vivirás; pero vivirás como ahora vives, rodeado de muchos y (^4) En la reunión del Senado del día 21 de octubre por un senadoconsulto último se le habían concedido a Cicerón poderes dictatoriales. (^5) El cónsul Lucio Opimio hizo matar en el año 121, en virtud del primer senadoconsulto último dado por el Senado, a Cayo Sempronio Graco, hermano de Tiberio, por insistir en las reformas agrarias iniciadas por su hermano. (^6) El abuelo materno de los Graco era P. Cornelio Escipión Africano, el vencedor de Aníbal, y su padre, Tiberio Sempronio Graco, había sido cónsul por dos veces y censor (169); pasaba por ser un gran político y estratega y hombre de proverbial austeridad. (^7) Marco Fulvio Flaco, amigo de Cayo Graco, fue cónsul en el 125 y tribuno de la plebe en el 122; sus intentos por extender la ciudadanía a todos los italianos le valieron también la muerte. (^8) En el año 100 el tribuno de la plebe L. Apuleyo Saturnino y el pretor C. Servilio Glaucia propusieron la creación de colonias y la distribución de tierras para el establecimiento de veteranos; al aspirar Saturnino a repetir el tribunado y Glaucia a alcanzar el consulado, los cónsules C. Mario y L. Valerio obtuvieron del Senado un senadoconsulto último que llevó a aquéllos a la prisión y a la muerte. (^9) Las tropas de Catilina estaban acampadas en Fiesole a las órdenes de Manlio.

vives, et vives ita, ut [nunc] vivis. multis meis et firmis praesidiis obsessus, ne commovere te contra rem publicam possis. Multorum te etiam oculi et aures non sentientem, sicut adhuc fecerunt, speculabuntur atque custodient. seguros vigilantes para que no puedas moverte contra la república, y sin que lo adviertas habrá, como hasta ahora, muchos ojos que miren cuanto hagas y muchos oídos que escuchen cuanto digas. III. Etenim quid est, Catilina, quod iam amplius expectes, si neque nox tenebris obscurare coeptus nefarios nec privata domus parietibus continere voces coniurationis tuae potest, si illustrantur, si erumpunt omnia? Muta iam istam mentem, mihi crede, obliviscere caedis atque incendiorum. Teneris undique; luce sunt clariora nobis tua consilia omnia; quae iam mecum licet recognoscas.

  1. ¿A qué esperar más, Catilina, si las tinieblas de la noche no ocultan las nefandas juntas, ni las paredes de una casa particular contienen los clamores de la conjuración? ¿Si todo se sabe; si se publica todo? Cambia de propósitos, créeme; no pienses en muertes y en incendios. Cogido como estás por todos lados, tus designios son para nosotros claros como la luz del día, y te lo voy a demostrar.^10 [7] Meministine me ante diem XII Kalendas Novembris dicere in senatu fore in armis certo die, qui dies futurus esset ante diem VI Kal. Novembris, C. Manlium, audaciae satellitem atque administrum tuae? Num me fefellit, Catilina, non modo res tanta, tam atrox tamque incredibilis, verum, id quod multo magis est admirandum, dies? Dixi ego idem in senatu caedem te optumatium contulisse in ante diem V Kalendas Novembris, tum cum multi principes civitatis Roma non tam sui conservandi quam tuorum consiliorum reprimendorum causa profugerunt. Num infitiari potes te illo ipso die meis praesidiis, mea diligentia circumclusum commovere te contra rem publicam non potuisse, cum tu discessu ceterorum nostra tamen, qui remansissemus, caede te contentum esse dicebas? ¿Recuerdas que el 21 de octubre dije en el Senado que en un día fijo, el 27 de octubre, se alzaría en armas C. Manlio, secuaz y ministro de tu audacia?^11 ¿Me equivoqué, Catilina, no sólo en un hecho tan atroz, tan increíble, sino en lo que es más de admirar, en el día? Dije también en el Senado que habías fijado el 28 del mismo mes para matar a los más ilustres ciudadanos, muchos de los cuales se ausentaron de Roma, no tanto por salvar la vida como por impedir la realización de tus intentos. ¿Negarás acaso que aquel mismo día, cercado por las guardias que mi diligencia te había puesto, ningún movimiento pudiste hacer contra la república y decías que, aun cuando los demás se habían ido, con matarme a mí, que había quedado, te dabas por satisfecho? [8] Quid? cum te Praeneste Kalendis ipsis Novembribus occupaturum nocturno impetu esse confideres, sensistin illam coloniam meo iussu meis praesidiis, custodiis, vigiliis esse munitam? Nihil agis, nihil moliris, nihil cogitas, quod non ego non modo audiam, sed etiam videam planeque sentiam. IV. Recognosce tandem mecum noctem illam superiorem; iam intelleges multo me vigilare acrius ad salutem quam te ad perniciem rei publicae. Dico te priore nocte venisse inter falcarios--non agam obscure--in M. Laecae domum; convenisse eodem complures eiusdem amentiae scelerisque socios. Num negare audes? quid taces? Convincam, si negas. Video enim esse hic in senatu quosdam, qui tecum una fuerunt. ¿Qué más? Cuando confiabas apoderarte de Preneste^12 sorprendiéndola con un ataque nocturno el primero de noviembre, ¿no advertiste las precaucio- nes por mí tomadas para asegurar aquella colonia con guardias y centinelas? Nada haces, nada intentas, nada piensas que yo no oiga o vea o sepa con certeza.
  2. Recuerda conmigo lo de la pasada noche: ya comprenderás que es mayor mi vigilancia para salvar la república que la tuya para perderla. Aludo a la noche en que fuiste entre falcarios^13 (hablaré sin rebozo) a casa de M. Leca^14 donde acudieron muchos cómplices de tu demencia y tu maldad. ¿Te atreves a negarlo? ¿Por qué callas? Si lo niegas, te lo probaré. Aquí en el Senado estoy viendo algunos de los que contigo estuvieron. (^10) Cicerón conocía puntualmente todos los planes de Catilina a través de Fulvia, amante de Curión, uno de los conjurados. (^13) Al parecer se refiere Cicerón a la calle en que estaban ubicados los fabricantes de hoces. (^14) Marco Porcio Leca, pariente de Catón y perteneciente a una de las más ilustres familias senatoriales. (^12) Ciudad del Lacio, situada a unos cuarenta kilómetros al sudeste de Roma. (^11) Cayo Manlio era un antiguo centurión que estaba al mando de las tropas de Catilina.

praesidio et copiis nullo tumultu publice concitato; denique, quotienscumque me petisti, per me tibi obstiti, quamquam videbam perniciem meam cum magna calamitate rei publicae esse coniunctam. malvados intentos con el auxilio de mis amigos y allegados, sin causar alarma alguna en el público; por último, siempre que atacaste a mi persona te rechacé personalmente, aunque sabía que a mi muerte iba unida una gran calamidad para la patria. [12] Nunc iam aperte rem publicam universam petis, templa deorum inmortalium, tecta urbis, vitam omnium civium, Italiam [denique] totam ad exitium et vastitatem vocas. Quare, quoniam id, quod est primum, et quod huius imperii disciplinaeque maiorum proprium est, facere nondum audeo, faciam id, quod est ad severitatem lenius et ad communem salutem utilius. Nam si te interfici iussero, residebit in re publica reliqua coniuratorum manus; sin tu, quod te iam dudum hortor, exieris, exhaurietur ex urbe tuorum comitum magna et perniciosa sentina rei publicae. [13] Quid est, Catilina? num dubitas id me imperante facere, quod iam tua sponte faciebas? Exire ex urbe iubet consul hostem. Interrogas me, num in exilium; non iubeo, sed, si Pero ya atacas a toda la república, ya pides la muerte para todos los ciudadanos, y la ruina y devastación para los templos de los dioses inmortales, para las casas de la ciudad, para Italia entera; por lo cual, aunque no me atrevo a ejecutar lo que es privativo de mi cargo y autoriza la práctica de nuestros mayores, tomaré una determinación menos severa y más útil al bien común. Porque si ordenara matarte quedarían en la república las bandas de los demás conjurados; pero si te alejas (como no ceso de aconsejarte) saldrá contigo de la ciudad la perniciosa turbamulta que es la hez de la república. ¡Y qué, Catilina! ¿Vacilas acaso en hacer, porque yo lo mande, lo que espontáneamente ibas a ejecutar? El cónsul ordena al enemigo salir de la ciudad. Pregúntasme: ¿Para ir al destierro? No lo mando;

me consulis, suadeo. pero si me consultas, te lo aconsejo^17 VI. Quid est enim, Catilina, quod te iam in hac urbe delectare possit? in qua nemo est extra istam coniurationem perditorum hominum, qui te non metuat, nemo, qui non oderit.

  1. Porque, Catilina, ¿qué atractivos puede tener ya para ti Roma, donde, fuera de la turba de perdidos, conjurados contigo, no queda nadie que no te tema, nadie que no te aborrezca? Quae nota domesticae turpitudinis non inusta vitae tuae est? quod privatarum rerum dedecus non haeret in fama? quae lubido ab oculis, quod facinus a manibus umquam tuis, quod flagitium a toto corpore afuit? cui tu adulescentulo, quem corruptelarum inlecebris inretisses, non aut ad audaciam ferrum aut ad lubidinem facem praetulisti? [14] Quid vero? nuper cum morte superioris uxoris novis nuptiis domum vacuefecisses, nonne etiam alio incredibili scelere hoc scelus cumulasti? quod ego praetermitto et facile patior sileri, ne in hac civitate tanti facinoris inmanitas aut extitisse aut non vindicata esse videatur. Praetermitto ruinas fortunarum tuarum, quas omnis inpendere tibi proxumis Idibus senties; ad illa venio, quae non ¿Hay alguna clase de torpeza que no manche tu vida doméstica? ¿Hay algún género de infamia que no mancille tus negocios privados? ¿Qué impureza no contemplaron tus ojos, qué maldad no ejecutaron tus manos? ¿Qué deshonor no envolvió todo tu cuerpo? ¿A qué jovenzuelo de los seducidos por tus halagos no facilitaste para la crueldad la espada, para la lujuria la antorcha? ¿Qué más? Cuando ha poco la muerte de tu primera esposa te permitió contraer nuevas nupcias, ¿no acumulaste a esta maldad otra verdaderamente increíble?^18 Maldad que callo y de buen grado consiento quede ignorada, para que no se vea que en esta ciudad se cometió tan feroz crimen o que no fue castigado. Tampoco hablaré de la ruina de tu fortuna, de que estás amenazado para las próximas idus.^19 Prescindo de la ignominia privada (^17) Cicerón, en su calidad de cónsul, podía decretar la muerte de un ciudadano, pero no podía, en cambio, mandarlo al destierro. (^18) El asesinato del hijo de su primera esposa. (^19) Era tradicional el pago de las idus (el día 13 de cada mes, excepto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre en que era el 15) de los préstamos vencidos a primero de mes.