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LOS CIRCOS ROMANOS EN HISPANIA Albert Ribera ¡ Lacomba' Para? un conocedor de la antigiedad, ver que en nuestros tiempos el fútbol se ha declarado por el gobierno como un asunto de interés general y que, ciertamente, se encuentra hasta en la sopa, es algo que suena a familiar, por conocido ya en otras épocas, pero no en otros lugares. Vamos, que no se ha inventado nada. Como es bien sabido, el fútbol, tal como se concibe hoy en día, es un invento británico del siglo XIX, pero la profunda presencia de un espectáculo deportivo en la vida de una sociedad se puede rastrear mucho mas atrás en el tiempo. El caso de las carreras de carros de caballos se asemeja brutalmente al papel del fútbol en la sociedad moderna. Uno de los aspectos actuales del fútbol, en su faceta más negativa, como es la existencia, afortunadamente minoritaria, de grupos organizados violentos, los “hooligans”, también se daba en la antigiiedad. En vez de equipos de cada ciudad, cada carrera era disputada por las cuatro factiones, identificadas por sus colores (blancos, azules, verdes, rojos) y que, normalmente, se dedicaban a actividades como serían el fichaje de aurigas (conductores) y a la adquisición de caballos, que representaban el papel de los disputados entrenadores y futbolistas. Pero en algunos momentos convulsivos, estas factiones llegaron a protagonizar auténticas trifulcas sangrientas, no 2 SIAM Plaza de Maguncia 1 46018 Valencia aribera(Odigitel.es 3 Agradecemos la ayuda prestada por Trinidad Nogales, del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, de Helena Bonet, del Museo de Prehistoria de Valencia, de Joaquín Ruiz de Arbulo, de la Universitat de Lleida, de Pedro Mateos del Instituto de Arqueología de Mérida, de Sebastián Rascón del Servicio de Arqueología de Alcalá de Henares y de la empresa Aidico-Arquitectura Virtual, su colaboración a la hora de completar la parte gráfica. Asimismo, debemos consignar los consejos de José Luis Jiménez de la Universitat de Valencia. 45 exentas de trasfondo político, pues cuando unas apoyaban al emperador, o viceversa, las otras se ponían en su contra, y el circo era el mejor, y casi el único, lugar en que la gente podía exteriorizar su descontento ante el gobernante de turno. Algunas degeneraron en luchas abiertas entre las factiones o entre éstas y el ejercito, llegando a producirse sangrientas masacres, como la que, en el año 532, en Constantinopla, se saldó con 35.000 muertos. LOS ORIGENES DE LOS JUEGOS DE CIRCO Como tantos otros aspectos de la vida romana, el origen de los juegos circenses se remonta a la época etrusca, por lo menos al s. VI a.C., cuando los reyes Tarquinios acondicionaron el valle de Murcia, la depresión existente entre el Palatino y el Aventino, para las carreras de caballos y de carros. De este periodo se conocen frisos etruscos que representan este tipo de actividades lúdicas, siendo las competiciones de jinetes algo mas antiguas que las de carros. También hay algunas noticias sobre el influjo del mundo griego del sur de Italia en la introducción de estos juegos. Sin embargo, si es evidente que esta clase de espectáculos tiene unas raíces etrusco-griegas, también lo es que la concepción de los edificios que los albergaban, los circos, se debe a la ciudad de Roma, ya que es en Roma donde surgieron. El más antiguo conocido es el Circus Maximus, el que surgió en el mencionado valle de Murcia. Gracias a las noticias proporcionadas por los historiadores antiguos, se puede ir siguiendo el largo y continuo proceso evolutivo que siguió esta zona lúdica, en un principio definida solo por un extenso espacio alargado en el que tenían lugar las carreras. Los primeros equipamientos, conocidos desde, por lo menos, el s. IV a.C., empezaron siendo de madera, y mínimos. Su construcción fue concluida por Augusto, aunque, después de varios incendios de las gradas, aun de madera, hubo que esperar al reinado de Trajano, que llevó a cabo la definitiva gran remodelación y monumentalización del Circus Maximus, que podía albergar ahora a más de 200.000 personas. Esta reforma marca el inicio de la expansión de estos edificios a lo largo y ancho de muchas de las provincias del Imperio. Se puede decir, pues, que al contrario de lo que ocurrió con otros edificios de espectáculos, que son prestamos directos, más o menos retocados, del mundo griego, magno-greco o campano, caso del stadium, el teatro y el anfiteatro, el diseño arquitectónico de los circos se debe a la ciudad de Roma y, en concreto, el modelo fue la plasmación final del Circus Maximus, que se convirtió en el referente paradigmático de estas grandes construcciones. En Roma, con el tiempo, fueron apareciendo otros circos, como el Flaminio, ya de época republicana, el del Vaticano, el Variano y el de Maxentius, que en ningún momento llegaron a eclipsar al Circus Maximus. A escala general, y para épocas diversas, está claro que los circos, entendidos como grandes espacios construidos, albergaban el espectáculo de masas más concurrido y exitoso de la antigiedad. Pero, por esta misma gran afición generalizada a las carreras de carros, se puede también asegurar que la realización de estas competiciones no requería necesaria e ineludiblemente de la existencia de estos grandes, y costosos, edificios. Como bien demuestra la misma Roma durante el periodo republicano antiguo y medio (s. V-III a.C.), las carreras podían tener lugar con un mínimo de obras de acondicionamiento. Muchas de las ciudades del Imperio Romano no podían afrontar la ejecución de estas grandes obras, pero si que podían disponer de algún espacio llano y alargado en el que organizar estos 46 Un circo ideal y elemental de una ciudad provincial, contaría con un largo espacio, de entre 400-350 m. de largo, por unos 100-70 m. de ancho, lo que viene a ser lo mismo, utilizando un símil actual, que unos 3 ó 4 campos de fútbol enlazados. Este gran espacio construido se podría dividir en tres partes: el muro perimetral, formado por el graderío y las carceres, la arena o pista y la spina o barrera central. El graderío y las carceres constituyen la principal zona construida, formando el perímetro del edificio. Las gradas ocupan los dos lados largos y uno corto, el curvo o hemiciclo. Su anchura era muy variable, siempre en función de la magnitud total, fluctuando entre los 28 m. del Circus Maximus o los 20 de Tarraco, a los normales registros de entre 4 y 5 m. de los circos más pequeños, como los de Valentia y Saguntum, Mirobriga (Portugal), Setif (Argelia) o Bovillae (Italia). En la mayor parte de los casos conocidos, se ha constatado que las gradas eran sostenidas por hileras paralelas de bóvedas perpendiculares a la arena. En otros circos, en los más pequeños, el graderío descansaba sobre largos y macizos muros paralelos, que iban en la misma dirección que el largo del edificio, y cuya parte superior, o sea, los asientos, debieron ser de madera. De todas las maneras, existe una amplia variedad de matizaciones a este esquema constructivo general. El cuarto lado estaba ocupado por las carceres, que era el lugar desde donde salían los carros. Estas carceres, en número habitual y máximo de doce, 3 para cada una de las factiones, eran una especie de compartimentos alargados y cubiertos, donde se colocaban los carros para iniciar la carrera. Por medio de un mecanismo sincronizado, las doce puertas se abrían a la vez, momento en que daba comienzo el espectáculo. Este lado tenía una forma ligeramente curvada, pensada para que ninguno de los aurigas tuviera ventaja en el momento de la salida. De ahí, que las carceres que enfrentaban directamente con el centro de la arena, que eran a priori las más ventajosas, estuvieran más alejadas que las laterales. Los accesos a las gradas se hacían de distintas maneras, y en un mismo edificio, sobre todo en los más grandes, podían usarse varios sistemas. En unos se accedía desde el exterior, por medio de unas escalinatas que llegaban a la parte superior del graderío, desde donde se descendía al asiento correspondiente. Este sistema se usó en el circo de Toledo y, posiblemente, en el de Valencia. En otros casos, a través de oberturas en el muro del graderío, se llegaba a la arena, desde donde se ascendía a los asientos. Las puertas principales de los circos se encontraban en los lados cortos. En el centro del hemiciclo estaba la Porta Triumphalis, que era por donde salían los carros vencedores. En el centro del otro lado, él de las carceres, se disponía otra puerta singular, la Porta Pompae, cuyo nombre (puerta de la procesión) se refiere precisamente por ser el punto por donde entraban los carros a la arena antes de colocarse en las carceres, haciendo, previa a la salida, un desfile por la arena. El graderío era casi todo uniforme, excepto en una zona privilegiada, en el centro de uno de los lados largos, el situado a la izquierda del sentido inicial de la carrera. En este sitio se instalaba el pulvinar, que en origen fue un área cubierta, reservada al emperador, a la que este accedía directamente desde el cercano palacio imperial. En las provincias era el lugar desde donde los cargos públicos y los magistrados urbanos contemplaban la carrera y también, desde donde se daba la señal para su inicio. Sería algo así como los cada vez más extendidos palcos VIP de los campos de fútbol. En el lado opuesto del graderío, ya cerca del hemiciclo y frente a la línea de llegada, también había un pequeño espacio diferenciado, el 48 Tribunal ludicum, para albergar a los jueces (Judices) de la carrera, que eran los encargados de velar por la corrección del espectáculo, o sea, los árbitros. La arena es el segundo de los elementos de estos edificios y no es otra cosa que el espacio libre de construcciones por el que discurren los carros. Aunque puede sonar paradójico, es uno de los lugares peor conocidos y documentados, ante la falta de descripciones estructurales detalladas y de hallazgos arqueológicos bien conservados y documentados. Con todo, parece ser que esta amplia superficie estaría formada por un terreno firme y endurecido, más o menos acondicionado artificialmente, que servía de asiento a la arena propiamente dicha, que no debió ser otra cosa que una capa de tierra alisada, que debía ser continuamente mantenida y repuesta. En algunas excavaciones de la arena del circo de Valencia, se ha comprobado recientemente las diferencias de composición de ésta, según los lugares. Así, en la parte más cercana a la spina, que era por donde se producía más desgaste, por el continuo paso de los carros, la base del terreno estaba más endurecida y, a veces, casi pavimentada, mientras que en la zona donde hacia ángulo el graderío con las carceres, y que apenas era surcada, el terreno parecía menos consistente. Aparte de la spina, que por su entidad merece un tratamiento diferenciado, en la arena los únicos accidentes visibles que existían eran las marcas de la línea de llegada, situada casi en el extremo de la spina más cercano al hemiciclo, y la linea alba, ubicada junto a la meta secunda, que es extremo de la spina más cercano a las carceres, y que servía como punto de referencia para contar el número de vueltas, La arena, normalmente, era surcada por una red de desagiies que servían para drenar estos grandes espacios, que al estar en hondonadas o junto a ríos, solían ser fácilmente inundables. Asimismo, se facilitaba el vaciado de los estanques del euripus. Cabecera del circo de Tarraco (Albert Ribera). 49 LOS JUEGOS DE CIRCO EN LA EPOCA IMPERIAL La reglamentación, generalización, organización y profesionalización de los espectáculos circenses en la antigúedad, tuvo su máximo desarrollo durante el Imperio Romano, entre los siglos 1 y IV d.C. Aunque originarios de la parte occidental, pervivieron durante más tiempo en la oriental, en el imperio bizantino, donde, en pleno siglo VI, aun eran el acontecimiento de masas por excelencia, no solo en Constantinopla, sino en otras ciudades importantes, como Antioquía o Apamea. Dada la gran repercusión que en la vida pública y, por consiguiente, en la política, tenía la realización de las carreras circenses, su organización y gestión estaba en manos de la clase dirigente, especialmente de la familia imperial, que no dudaba en sufragar estos, y otros espectáculos, como recurso para ganarse el favor del pueblo, al tiempo que se hacían efectivos regulares repartos de alimentos a cuenta del estado. Este sistema de contentar a las masas desocupadas de Roma, se resume en la famosa frase “panem et circenses”, que fue un grito muy coreado por la plebe de la ciudad, y que resume a la perfección las aspiraciones básicas de la población urbana de la capital del imperio. Pero en los circos, el vocablo más voceado era nica, victoria en griego. El proceso seguido en cada carrera, esquemáticamente, sería el que sigue. En la fecha señalada, que solía coincidir con alguna celebración especial, la gente de la ciudad y los alrededores, acudía al circo. Las carreras más apreciadas eran las de cuadrigas, aunque también podían haber de bigas o de otros carruajes. Los carros hacían su aparición en la arena por la Porta Pompae, componiendo un desfile procesional. Seguidamente, se instalaban los carros en el interior de las carceres, momento en que podía haber problemas por el nerviosismo de los caballos. El emperador, o Vísta aérea del circo de Emerita (Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida). 51 el magistrado principal, daba la señal soltando un pañuelo (mappa), instante en que se abrían a la vez todas las puertas de las carceres y salían los carros a la pista. Este era uno de los momentos más peligrosos, por que todos se dirigían rápidamente y a la vez hacia el mismo lugar, el tramo de la arena más cercano a la spina, siendo muy frecuentes los accidentes. Según la carrera iba avanzando y los carros se distanciaban, de alguna manera se reducían las posibilidades de choques, aunque cada intento de adelantamiento y cada una de las curvas siempre suponía una situación clara de peligro. De hecho, era normal que alguno de los contendientes no pudiera acabar la carrera. Al cabo de siete vueltas, el primero que cruzaba la línea de llegada, junto a la meta prima, era proclamado vencedor por los jueces, coronado por la máxima autoridad presente y aclamado por el público. A pesar de su baja extracción social, los conductores de carros, los aurigas, si triunfaban en muchas carreras, especialmente en Roma, podían llegar a convertirse en ricos e importantes personajes. Digno de comentario es la trayectoria del hispano Diocles, un lusitano, que desde muy pronto corrió en la misma Roma, donde, compitiendo normalmente, pero no siempre, para los rojos, sabemos que, entre los años 122 y 146, ganó 1.462 victorias sobre cuadriga y casi otras 3.000 en diferentes vehículos, llegando al récord de 1.000 triunfos en un solo año. Otros aurigas hispanos fueron Eutyches, Paullus, Marcianus o Aelius Hermeros. No menos conocidos y apreciados por los aficionados eran los caballos, cuyos nombres aparecen en varios mosaicos repartidos a lo largo y ancho de la geografía hispana, donde suelen ser más frecuentes que los nombres de los aurigas. Así, serían muy famosos los corceles Inluminator, Delfus, Narcissus, Eridanus, Tagus, Eufrata, Hiberus, Leneus, Lenobatis, Pelops, Inacus,.... Graderío del circo de Emerita (Albert Ribera). 52 Habría que distinguir los circos surgidos de lo que llamaríamos la sociedad civil, que en este momento serían las élites urbanas, de los edificios de esta clase que fueron obra de la administración imperial. Y dentro de este segundo grupo, aun habría que diferenciar dos circunstancias, ya provengan de las capitales provinciales, como ocurrió en el Alto Imperio, o de la directa intervención imperial, fenómeno muy propio del Bajo Imperio, directamente relacionado con la descentralización del poder y el aumento del número de los emperadores y co-emperadores, que llegaron a ser cuatro a la vez. Cada uno residía en una parte del Imperio, lo que originó que otras tantas ciudades se convirtieran en su residencia más o menos fija. En todos estos nuevos centros del poder se construyó un suntuoso conjunto palaciego, en el que nunca faltaba un circo, al que el emperador accedía directamente, tal como ocurría en Roma, ya que el Circus Maximus se comunicaba directamente con el Palatino. Podemos mencionar los casos de Mediolanum (Milan), Sirmium (Serbia), Treveris (Trier, Alemania) Salónica (Grecia) y, tal vez, Córdoba. Con excepción de Hispania, que parece ser la provincia que albergó el mayor número de circos, estos se concentran en las Galias y en el norte de Africa. De la primera podemos mencionar los de Arles, Vienne y Saintes, todos parcialmente conservados. Se conocen por los menos diez circos en el norte de Africa, desde las antiguas provincias de Mauritania (Argelia) a la de Tripolitania (Libia), destacando por su estado de conservación el de Leptis Magna, que es el que mejor ha perdurado de todos los que se conocen. Curiosamente, en su tierra de origen, en Italia, con excepción de los cinco de Roma, apenas se conocen otros edificios en Aquileia, Bovillae y Catania. Vísta aérea de la cabecera del circo de Valentía (SIAM del Ayuntamiento de Valencia). 54 Pe cea Reconstrucción infográfica del circo de Valentía (AIDICO. Arquitectura Virtual). 55 Como ya hemos explicado, se deben diferenciar los normales circos urbanos de los construidos por la iniciativa imperial. Esto se ve muy claro en Hispania, por lo menos en dos de las capitales de las tres provincias, en Tarraco y Emerita, cuyos soberbios edificios nos hablan por si solos de la gran magnificencia con que fueron construidos. Los pocos datos aun disponibles del de Córdoba, impiden que lo podamos considerar en este grupo, al que, con buena lógica, debe pertenecer. Otra entidad presentan los otros siete circos, aparecidos en diversas ciudades, todas de mucha menor importancia que las grandes capitales provinciales, por lo que no hay que sorprenderse que sus edificios correspondientes presenten normalmente menores dimensiones y monumentalidad. Lo que sí parece más extraño es que estas ciudades más pequeñas, que se pudieron permitir construir un circo, no sean las que estarían en una, digamos, segunda categoría, tras las capitales, como si que serían las capitales de los Conventus luridicus, sino que, más bien, se trata de núcleos urbanos con alguna importancia, pero que en ningún caso disfrutaban de alguna preeminencia administrativa. De hecho, y de momento, no se ha encontrado ningún circo en ninguna de estas capitales conventuales, que, en jerarquía urbana, solo serían inferiores a los centros provinciales, y que, como también demuestra la arqueología y la epigrafía, fueron ciudades grandes y ricas, que en varios casos disponían de otros edificios de espectáculos, normalmente teatros (Caesaraugusta, Carthagonova, Clunia, Gades, Malaca,...), de los que se conocen en Hispania más de treinta. Segobriga e Italica, que no siendo ciudades grandes ni centros administrativos, llegaron a disponer de teatro y anfiteatro, estarían en la línea de las ciudades que fueron capaces por sí mismas de dotarse de estos grandes edificios de ocio. Pero los teatros y los anfiteatros fueron realizados en el s. 1 d.C., por lo que su existencia debe ser un indicio de cierta pujanza en esta época. Los circos, por el contrario, en su vertiente construida, son propios del s. II d.C. y, por tanto, deben aparecer en ciudades que destacaron en esta centuria o en las posteriores, como así parece ser el caso de Valentia, Saguntum o Toletum. De entre los circos hispanos, el más monumental y el que en origen presentaba mayores dificultades constructivas, resueltas con auténtica grandiosidad romana, es el de Tarraco, no en vano era la residencia del gobernado de Hispania. Al contrario que los restantes edificios de esta clase, éste se diseñó integrado dentro de un gran conjunto monumental, el más espectacular de toda Hispania, por no decir de todas las provincias occidentales: el Foro Provincial. Este gran complejo arquitectónico, iniciado en época Flavia, y cuyo último componente fue el circo, que se ha fechado a partir de fines del s. 1 d.C., ocupaba la parte alta de la ciudad y estaba formado por tres amplios espacios escalonados. De arriba a bajo, el recinto del templo, la plaza del foro y, en la base, el circo, que enlazaba la parte superior pública con la parte inferior, donde empezaba la ciudad propiamente dicha. Las peculiares y grandiosas características de este circo se explican a partir de su integración en este gran proyecto arquitectónico: Es el único circo de Hispania que está en el interior de una ciudad y no en la periferia o fuera del recinto, como lo están los demás. Al tener que acoplarse al espacio disponible, a mitad de una ladera, es el más corto de todos los circos hispanos, entre 325 y 340 m., pero, en compensación, es el más ancho, 115 m. Podía llegar a albergar a unas 25.000 personas. 57 Por lo anterior, requirió de grandes obras para ser nivelado, de lo que son muestra las grandes bóvedas, que aun se conservan, y que, a través de un sistema de terrazas, permitieron disponer de un amplio espacio horizontal para la arena y comunicar la plaza superior con la ciudad, ubicada en el escalón inferior. El otro gran circo hispánico es el de la otra capital provincial, Emerita, que con sus grandes dimensiones, 435 x 114 m., es el más grande de la península, habiéndosele calculado una capacidad para 30.000 espectadores. Para ubicarlo se buscó el habitual espacio llano fuera de la ciudad, donde aun se encuentra en la actualidad. Al estar muy excavado, es el único circo hispano que se puede ver en su casi totalidad, conservándose bastante bien en todos sus elementos esenciales. Se construyó a lo largo del s. 1 d.C. y fue restaurado en el s. IV por el gobernador de la Lusitania, demostrando el interés de la administración por el mantenimiento de esta clase de edificios y espectáculos. De la capital de la Baetica, Corduba, muy recientemente se ha supuesto que contaba no con uno, sino con dos circos, ambos apenas conocidos. Uno estaría en la parte oriental, y sería más antiguo, pudiendo formar parte de un conjunto arquitectónico más amplio, junto con el templo de la calle Claudio Marcelo, situado junto a una de las puertas, y que estaría casi presidiendo longitudinalmente a este circo, ubicado cerca de esta puerta. El otro, peor conocido, sería del Bajo Imperio, y estaría en directa relación con el palacio de Cercadilla. Mosaíco de Emeritacon el auriga Martíanus (Museo Nacional de Arte Romano). 58 científica. Con anterioridad, no existía la más mínima pista o indicio, de índole histórico, arqueológico, epigráfico o topográfico, para suponer que en Valencia pudiera haber un gran edificio de estas características. Además, la existencia de un circo en Saguntum, parecía descartar totalmente esta opción. Pero, entre 1987 y 1994, las excavaciones realizadas por el Ayuntamiento de Valencia en siete lugares distintos, dibujaron lo que parecía ser un gran espacio construido, delimitado por dos anchos muros paralelos, separados entre sí por 70 m., y que, en un primer momento, se asociaron a las murallas, hasta que la posibilidad de que se trataba de un circo tomo cuerpo, lo que inmediatamente se confirmó en 1995 cuando se encontró un buen tramo del hemiciclo. Paradójicamente, aunque en los últimos 15 años, el circo de Valentia ha sido localizado en diez lugares, y de él se dispone de una amplia información arqueológica referida a sus principales elementos constitutivos (hemiciclo, muros laterales, carceres, spina, arena), es el edificio hispano de estas características, junto a los dos de Córdoba, que peor se conserva y apenas se puede visitar, al haberse lamentablemente dilapidado la magnífica ocasión que se presentó en 1995 cuando se descubrió un parte de la cabecera. Actitud que contrasta con la de Tarragona, donde no se han ahorrado esfuerzos para despejar de viviendas modernas esta misma zona. El de Calagurris (Calahorra) no ha sido estudiado, aunque parece estar casi en la línea de las dimensiones del de Toledo, ya que puede llegar a los 400 de largo por 75 de ancho. Del de Olisipo (Lisboa) se conoce un pequeño tramo de la spina, aparecido recientemente durante unas obras en el Metropolitano. Píntura mural de Emeríta con escenas circenses. 60 Otra prueba de la gran afición hispana a las carreras de caballos, la tendríamos en los mosaicos con numerosas representaciones nominadas de aurigas y caballos o en las famosas reproducciones de carreras de Barcelona y Girona. En la actualidad, son accesibles al público el circo de Mérida, en su totalidad, una buena parte de la zona de la cabecera y varios tramos de los de Tarragona y Toledo, solo una puerta del de Sagunt y un pequeño tramo, integrado en un restaurante, en Valencia. El de Mirobriga, que se conserva en toda su extensión, dentro de un entorno rural, aunque no este excavado ni acondicionado, ofrece grandes posibilidades, mientras no hay nada a la vista de los, por otra parte, poco conocidos de Lisboa y Córdoba. BIBLIOGRAFÍA Bru, S. (1962): “Datos para el estudio del circo romano de Sagunto”. Archivo de Prehistoria Levantina X. Valencia. 207-226. Bourdy, F. (1990): “Les cheveaux des cours de chars á Rome”. 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