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Asignatura: analisis de textos periodisticos: el articulo y el ensayo, Profesor: Paloma Abejon, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Monografías, Ensayos
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Discurso de Francisco Umbral en la Universidad Complutense de Madrid durante el acto de recepción del doctorado honoris causa. España, 1999
el 29 agosto, 2007 en 2007
Don Francisco de Quevedo rasga el papel con su pluma de buitre, en el sotabanco de los mesones, y llena su siglo XVII de obras jocosas y escritos satíricos, críticos, costumbristas, muy plásticos de escritura y vivos de traza, que son siempre folios cortos, de la dimensión de una columna de periódico actual, pues Quevedo estaba inventando el periodismo dos siglos antes. Era un periodismo de mano en mano, de copia y difusión verbal o manuscrita, que volaba por Madrid y se leía en las escalinatas de San Felipe. El periodismo, pues, nace como género literario -siempre lo ha sido- y mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto.
En el siglo siguiente, el XVIII, Voltaire incurre en ese género corto y satírico, literario y faltón, que resultó ser la más lograda, vocacional y eficaz de sus dedicaciones, abundando en el vicio quevedesco con un oreo de salón que le distancia de los mesones del madrileño. Lamartine, en el XIX, poseedor ya de la noción de periódico, escribe: ‘Voltaire dio al francés el instrumento de la polémica, creó la lengua improvisada, rápida, concisa, del periodismo’.
He aquí, pues, lo que estaban haciendo nuestros dos clásicos, el español y el francés: periodismo sin saberlo. También Quevedo es improvisado, rápido, conciso, y muy pariente de intenciones con Voltaire, aunque predecesor.
El periodismo, según esto, no nace sólo como hoja agraria (yo mismo empecé dando las cotizaciones del mercado de granos a El Norte de Castilla de Miguel Delibes, al que reconozco como mi primer maestro periodístico), pero como pájaro ciudadano, gorrioncillo de Corte, artista de dimes y diretes. Tiene el periodismo moderno, pues, dos orígenes, el informativo y el crítico, el rural y el cosmopolita, y padres o padrinos tan levantados que no podemos seguir dudando de la dignidad literaria del género.
Pero estas dignidades y otredades que hoy me erigen y edifican, asimismo vienen de la Filología, de la cual diré dos palabras, que son de Ortega y dirigidas al gran filólogo alemán, Curtius. Ortega decide muy joven consagrarse filólogo, para desde ahí abarcar el mundo, el hombre y el pensamiento, a partir de la palabra/cosa, como Heidegger. Sostiene Ortega que la Filología no puede quedarse en ciencia del objeto/palabra, sino desplegar la palabra en toda su magnitud antropológica de significación, de lo cual vendrá una explayación del mundo y del hombre, que ha hecho el lenguaje, aunque quizá sea al contrario. He aquí, pues, los manaderos de mi pensamiento y de mi periodismo, que ahora se dignifica. Mi primer libro, 1965, fue una biografía de Larra, que primero pensé subtitular ‘El chaleco de tisú de oro’, como luego he subtitulado a Valle-Inclán ‘Los botines blancos de piqué’. Quiero decir que el periodismo literario, donde la nota plástica sustituye a la foto, o se anticipa a ella, ha sido siempre el mío, y en estos títulos está su origen.
Larra inaugura en España el artículo de costumbres y de malas costumbres, que escribe
por las mañanas en su solitud de la calle de Santa Clara, Madrid de los Austrias, luego de los Borbones, y a seguido de la escritura se viste de dandy, como afrancesado que era, y pasea hasta la cosmopolita calle de la Montera, llegándose a Sol, corazón de las Españas, donde ladran todos los perros de la literatura y de la política, todos los perros de los vendedores de perros, y, como luego diría Ramón, en su clariver, ‘todavía flotan las almas de los sablistas muertos’.
Mesonero y Larra son costumbristas, sólo que Larra es un costumbrista de las malas costumbres, un crítico, y tan verídico es Larra que la última vez que fui a verle, febrero, frío, Sacramental de San Justo, con Espronceda y otros, al lado de allá del río, me acudió un ejecutivo de la muerte, con brisas de peluquería, a venderme mi propio nicho, y me dejó la tarjeta por si acaso, ‘nunca se sabe’, dijo.
Los del 98, después de Jovellanos, que hacía planes quinquenales en verso y artículo, se producen mucho en el periódico, primero por necesidad económica y luego por llegar a la gente que no lee libros. Lo mismo que hoy, o sea. Menos mal que el periódico ya era un género literario. El que más escribe en los periódicos es Azorín y el que menos Baroja. Valle-Inclán sostiene que ‘el periodismo avillana el estilo’, pero no deja de colaborar.
Unamuno también colabora mucho en los periódicos de Madrid, lo primero para clavar su pluma de morabito en el corazón de España y luego para pagar la pensión de un hijo que tenía estudiando medicina en Madrid. A fin de mes el chico cobraba las colaboraciones de papá e iba tirando. Alguna vez se ha conmovido España por un artículo de Unamuno que sólo estaba escrito pensando en el pupilaje del niño.
Pero el que mejor encaja en el artículo de periódico es Azorín, por los límites y el carácter de su prosa. A mí me lo dijo en una entrevista, detrás de las Cortes, en su casa como de médico famoso de la literatura:
Se levanta al alba y escribe a mano o en su vieja máquina, contra los amaneceres ruidosos y clarísimos de Madrid, su folio con destino a un periódico u otro, que Azorín fue muy chaquetero y estuvo a bien con todos. El periódico es una necesidad económica para los escritores de entonces, por supuesto, pero también es una necesidad profesional, vocacional, que ya hemos visto cómo Quevedo y Voltaire, articulistas sin el molde del periódico diario, dejan sus artículos al ventestato de la calle.
De modo que para hacer literatura en el periódico no basta con necesitar dinero, sino que hay que pulsar este género literario como el solo de violín del periodismo, como un soneto con sus reglas y medidas. Hay grandes escritores que nunca han sabido escribir un artículo y hay articulistas que nunca han dado la medida de otro género, como el narrador en corto, que tiene más que ver con el poeta que con el novelista.
Después del 98, ahí está Ortega confesando que escribe artículos para vivir, y esos artículos se convierten en libros, como ‘La rebelión de las masas’ y tantos. Ortega -que nació en una linotipia-, maldice de ese género ‘alimentario’, pero luego hace con los artículos alimentarios un libro tan coherente como el citado y otros. Ortega tiene la clave del artículo, porque sabe jugar en un recuadro con una metáfora, una idea, una
noticia, una imagen, una actualidad alarmante y una anécdota.
Para Foxá, el éxtasis de su carrera diplomática era llegar a embajador de una dictadura en una democracia. Disfrutaba de ambas ventajas. Pero el que encuentra la fórmula fija y feliz para no hacer caudillismo ni evadirse en la abstracción y el plomo de las grandes páginas, es César González-Ruano, escritor de café que se refugia en la glosa sencilla y sentida de la calle, la actualidad, la vida igual siempre a sí misma, poniendo una breve pavana de emoción directa y humanidad artesana en el formidable y espantoso periodismo de posguerra, que prolongó mucho tiempo las supersticiones fascistas y estalinianas, cuando la gente estaba ya tocando el cielo y el porvenir con las manos. A César se le leía por magistral y porque no hablaba de política.
En los 40/50 irrumpe Camilo José Cela con un género nuevo y caudal, como siempre en él. Lo llama ‘apuntes carpetovetónicos’. Ortega y Gasset, por estos apuntes, le define como ‘cazador de iberismos’.
Con la transición y la democracia podemos herborizar un naciente y plural columnismo que cultivan unos cuantos escritores jóvenes, pero ya conocidos en el ensayo, la novela, las memorias prematuras y el propio periodismo. La escritura en libertad permite que estos nuevos o no tan nuevos columnistas den a la prensa todo lo que llevaban represado, ganándose en seguida la atención del público. Los rasgos comunes de esta que podríamos llamar generación los resumiré así:
Todos son más o menos de izquierdas, pero sólo alguno de ellos militante.
Todos escriben muy bien, y ya dijo Marcel Proust que una metáfora o un buen estilo es algo así como el embalsamamiento que perenniza una idea.
Todos proceden de las revistas de humor, y este humor aciertan a hacerlo soluble en los contenidos altamente políticos o ideológicos de sus columnas.
El columnismo se hace imprescindible al nuevo periodismo posfranquista, y todo periódico de provincias tiene su columnista -a veces varios- Viene a romperse así la imagen hierática del periodismo de la dictadura, que jugaba a confundir mutismo con veracidad. Las cosas, en la dictadura, se decían muy en serio, y sólo por eso eran verdad o adquirían carácter del tal. Este mutismo requería una homogeneidad entre las informaciones, los editoriales, los comentarios y los sucesos, incluso. La vida se comportaba como decía el periódico. Los nuevos columnistas, con su estilo abierto, de tú a tú, su humor y su crítica viva de lo inmediato, vienen a demostrar que el público está esperando diálogo, y que con ellos se puede dialogar y sentir, incluso jugar.
Entre la mole informativa del periódico, hay un columnista agaritado que piensa mucho más libre que los editorialistas y que es más comunicativo. Todo el periódico se ha vuelto crítico, pero el columnista es el crítico de esta crítica, va siempre un paso más
allá. Y se entabla así un diálogo cotidiano entre el lector y su periódico preferido, diálogo que dura hasta nuestros días. Columnismo o nuevo periodismo, se desmiente para siempre el mito de la uniformidad como categoría periodística, y el público tiene sus favoritos de la columna, a favor o en contra, pues se da el caso del columnista que es leído a la contra, para insultarle y reprocharle cosas, lo cual supone una querella continua y una asiduidad ‘negativa’, digamos, del comprador. El mejor amigo del español es siempre aquel con el que más discute, pues los españoles sólo nos divertimos
discutiendo. Todo esto es pluralismo, democracia, amenidad y libertad.
El periodismo literario no tiene nada que ver, pues, con los suplementos literarios y otros dominicales, cuya oferta se hace hoy por arrobas, sino que está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Una buena columna vende más que el rancio destape o la muerte de un torero. Porque los columnistas, como los rockeros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren.
Francisco Umbral 2 DIC 1985 El artículo, claro, es el solo de violín del periodismo. Esto queda bonito de decir, pero queda más bonito y más práctico decir que el artículo es el soneto del periodismo. Es más exacto por cuanto hay mucho parecido, muchos parecidos, entre ambos géneros: concisión, medida, precisión, lenguaje, síntesis, belleza formal y rúbrica poderosa. No hay géneros mayores ni menores, a ver, de modo que hoy sigue conmoviéndonos más cualquier artículo de Larra que todos los poemas de los Argensola, por ejemplo. El artículo se distingue de la crónica en que ésta, como su nombre indica, se debe al tiempo, informa sobre el tiempo, mientras que el artículo es / era más intemporal. Finalmente, se ha impuesto el anglicismo columna, que es un género que tiene, del viejo artículo, el subjetivismo, y de la eterna crónica periodística, la periodicidad propiamente dicha: diaria, semanal, etcétera. Después de este proemio o atrio, elemental y ocioso, viene otro: quiero decir aquí que este folletín / folletón ha llegado a los 40 / 40 y, por tanto, no voy a tratar de si el 98 y Ortega hicieron o no hicieron articulismo en los periódicos (obvio que lo hicieron), pero ni siquiera de si lo hicieron en los libros, tema éste más interesante y menos estudiado, y que no es exactamente el de la recopilación de textos de periódico, sino el ir desarrollando un libro mediante capítulos que más bien son "artículos de periódico", lo cual tiene su precedente ilustre, como casi toda la modernidad, en el poema en prosa de Baudelaire. Y aquí quería yo verte. Hemos titulado esta entrega "Los articulistas". El cronista cumple una función, y el columnista, ya se ha visto, otra (no lejana de la del autor de comics).El articulismo que floreció en los 40 / 40, época en que esta serie se encuentra enfangada (y lo digo porque hubo mucho fango), es hijo directo del poema en prosa baudeleriano, que tuvo herederos directos en Lautreamont y Francis Ponge. Eugenio d'Ors, Sánchez Mazas, Gonzálea Ruano, Mourlane-Michelena, Eugenio Montes, Foxá, Pemán son quizá los siete magníficos del articulismo de postguerra. Sólo por este reflorecimiento del artículo podría negarse que los primeros cuarenta, y hasta los segundos y terceros, fueron una tierra baldía donde sólo José María Valverde, mi entrañable, traducía a Eliot. Porque hay que distinguir el articulismo de postguerra del de antes de la guerra -Azorín, Unamuno, Ortega, sobre todo-, en que aquello eran
libros más conocidos, tengo ahora delante Rosa Krüger, ordenadísimo y desordenado esquema de novela novela en sí misma, que Sánchez-Mazas escribió durante la guerra civil, refugiado en la Embajada de Chile, trabajando por el día y leyendo por la noche, en la tertulia de sobrecena, lo escrito durante la jornada. Liliana Ferlosio le pone un prólogo. Edita Trieste, de Madrid. Está hecho en Torrejón. Es el mejor libro de este grande, despectivo y cult1simo escritor, y Rosa Krüger es, inevitablemene, la encarnación adolescente de Alemania, exaltada por encima de España o Italia, siquiera en forma de mujeres. El texto es asombroso de castellano y sabiduría, aunque la prótesis novelesca no lo sea tanto. Pero en la prótesis no creen ya ni los dentistas. Nadie, salvo algunos peritos industriales que redactan. Del mismo autor, rehojeo ahora Las aguas de Arbeloa y otras cuestiones (relatos), que es libro más misceláneo, pero asimismo bellísimo. Eugenio Montes, académico, publica El viajero y su sombra en Madrid, Cultura Española, MCMXL. Son crónicas viajeras por Europa, como el título indica, y el ejemplar valía 10 pesetas. Bellísimo y reaccionario. Bellísimamente reaccionario. Víctor de la Serna hizo a su aire una prosa violenta, bella y viajera.- Todos ello hicieron poca obra en libro, no siempre buena, y aquí nos ínteresan, sobre todo, como articulistas. Ruano no es que no hicera libros. Hizo más de cien. Pero hoy sólo nos interesan sus memorias y diarios íntimos, sus entrevistas, el Baudelaire, y las colecciones de artículos. Hizo poesía hasta la muerte, pero dejó de publicar hacia los cuarenta o cincuenta. No es que fuese malo, corno poeta, sino inestable. Pasaba de Vicente Huidobro a Garcilaso con toda tranquilidad. "Facilidad, mala novia" (JRJ). Supongo que se refiere Juan Ramón a la facilidad derrochada, porque él también fue un poeta -y prosista- fácil, y corregía tanto para corregir eso, olvidando su propia máxima: "No le toques ya más, / que así es la rosa". Y no nola toques, y no por problema de laísmo / leísmo, como creen los viejos / jóvenes prefascistas, sino porque estos dos versos se titulan El poema, o sea que el sujeto es masculino. Trataremos, finalmente, de explicar la florescencia del articulismo en aquellos periódicos:
Francisco Umbral 17 ABR 1988
Cuando Miguel Boyer, vestido de Juana de Arco, tomó por asalto la fortaleza de Rumasa, se saltó el foso lleno de mártires cristianos del Opus y cruzó el puente levadizo de la auditoría, algunos españoles imaginativos pensaron que el socialismo español, con el estandarte y la boina de Pablo Iglesias por delante, había iniciado la guerra de los 30 años contra el Opus De¡. Pero aquel estupefaciente y vistoso cruce de tipógrafo madrileño y Doncella de Orleans, con toda su movida de pecheros y auditores, sólo arrancó al alto castillo con dos torres un escaso rehén, el vinatero provinciano don José María Ruiz. (El Opus siempre tiene un hombre que dejar en prenda -Ruiz Mateos o el señor aquel de Matesa-, como Dios mismo nos dejó en prenda a su Hijo.)Pero han pasado los años y los desengañados somos ya veteranos de todos los Vietnames interiores, hemos ido a todas las guerras de los últimos 15 años, guerra del posfranquismo, guerra de la transición, guerra de la ruptura, de la OTAN, del centrismo, del comunismo, del socialismo, toma de la Bastilla / Moncloa, guerra de Tejero, guerra del Norte (también conocida por los historiadores como guerra de Javier Sádaba), o sea todo, y aquí sigue sin darse la batalla que más nos hubiera entretenido a los españoles, la batalla Opus / PSOE, Opus / Gobierno, Opus / socialismo, lo que sea, que, tras la paz porcelanosa o el pacto de Vergara, ha quedado en suspenso con las lanzas en alto, como un cuadro de las lanzas socialdemócratas e hiperrealistas que le falta en su colección, hombre, al barón Thyssen. Ahora, don Luis Coronel de Palma, que ha sido siempre la pura y mera indefinición, indefinidamente, ha quedado definido por el Papa, que le ha concedido la gran cruz de la Orden del Santo Sepulcro. Antes, el señor Coronel de Palma llevaba la cosa esa de las Cajas de Ahorros, y además es marqués de Tejada, cargos y títulos muy dignos, pero que, así y todo, no llegaban a fijar perfiles ni concretar formas en la blanda y distante galaxia que llamábamos, por reconocerla de alguna forma, don Luis Coronel de Palma, como los astrónomos ponen nombres convencionales a galaxias ignotas. Juian Pablo II, a quien se le aparece monseñor Escrivá cuando se porta bien, nos ha dado una pista, un indicio, una cosa, sobre la identidad / desidentidad de LCP, mas, en cuanto a la guerra Opus / socialismo, que es la nueva guerra civil que tenemos pendiente, no acaba de estallar, con lo que nos distraen a los españoles; las guerras civiles: casi como los sanfermines, que también son navarros, como el Opus. Este Gobierno, que se atreve con los banqueros, con los parados, con Lola Flores, con los jubilados, con los terroristas, con la OTAN, con los antiotan, con el Azo r, con el Mystère, con las feministas, con los maricas, con el enano, ¿por qué no se atreve con el Opus? En lo fáctico, en lo económico, en lo practicable, me refiero, que el resto de la obra es vano fantasma de niebla y luz", ni individuo ni especie, contra lo que dijera el teólogo
empieza a escribir en una cárcel. La libertad no conduce a nada, como primero había descubierto Lenin y ahora Javier Solana. Los gobernantes no saben lo que se buscan: con la libertad, toda crítica se queda en pingaleta intrascendente. (Por eso este periódico publica sus cartas más críticas contra él.) Con la represión justa y jurídica, la crítica se engrandece. Nada menos que el barroco español nace de la dificultad de decir las cosas: Quevedo, Vélez, Gracián, etcétera.
Francisco Umbral 29 NOV 1987 El siglo XX se está comprando a sí mismo. Hay como una fiebre final del siglo por compravenderse, por recaudarse, por recolectarse. Escritores que han vivido a fondo el siglo, como Francisco Nieva, recapitulan las vanguardias, entre la burla y la nostalgia. La perestroika es, entre otras cosas, la urgencia de Gorbachov porque su país viva de prisa todo lo que no ha vivido de este lado del siglo. En Londres se vende el coche más caro de la historia, un Bugatti de 1931 (ah de los buga s del cheli), por el que se han pagado más de cien millones de pesetas.Los lirios de Van Gogh y cualquiera de sus floreros se compravenden por miles y miles. Es la oreja que se cortó el holandés errante, el primero que pintó, sin saberlo, el cometa Bradfield, ahora descubierto, cometa que ilumina/transparenta ese ramo de lirios como un ramo de orejas ofrendado a una meretriz. Todos los campos que pintó Van Gogh parecen campos de marihuana, que es el hachís de este fin de siglo febril. El precio más alto pagado por una obra de arte en Francia, lo ha obtenido un Modigliani, "Mujer romana", de 1917 (más de siete millones de dólares). Se ha inaugurado en Madrid la XI edición de Feriarte, donde pagan 30 millones de pesetas por un Sorolla, pintor que sólo nos servía para los billetes. Cualquier dibujo de Picasso vale 15 millones. Fraga presenta una biografía de Cambó, ese catalán entre dos siglos. No se vea en todo esto, pues, mero agiotismo estético. España ha recuperado con fervor a sus hombres del éxodo y el llanto, metiéndolos por Cartagena si muertos, metiéndolos en la Academia cuando vivos. Las mocedades han recuperado a Azaña, comprando asimismo sus memorias como incunables. Así como, en la mitad del camino de la nostra vita, sentimos que la hemos perdido, así se está sintiendo ahora, colectivamente, planetariamente, que hemos perdido el siglo, con dos guerras mundiales y continuas guerras imperiales y guerrillas locales. El siglo, que venía triunfal como un Titanic de música y navegación (aquí mismo se ha escrito). Primero fueron los felices 20, con sus tardes del Ritz, luego la grisalla de los 40, poéticamente recreados por Woody Allen en Radio days. Ahora, ya, cada década del XX es como un siglo completo, con su iconografía y su hagiografía. Hasta con su geografía. Estamos llegando al límite: en los 80 vivimos lampasados y temulentos por la nostalgia de los 70. No es sólo que los chamarileros del tiempo nos estén vendiendo nuestra propia nostalgia. Es que sentimos, sí, que hemos perdido el siglo, ahora en su final, como el que siente que ha perdido la vida, aunque sólo esté a la mitad. Siglo XX, cambalache. Vivíamos una conciencia heredada de habitar el futuro, los niños de las guerras y las postguerras, una profunda conciencia siglo XX que, creíamos, venía de Apollinaire, pero sólo venía de nuestras santas madres. El siglo que hemos perdido en Dachau y el Ebro, ahora queremos recuperarlo con dinero. Es nuestra
biografía/bibliografía la que compramos cuando compramos un Modigliani por siete millones USA. Los millonarios de las subastas quizá no lo saben, pero es así. Están recomprando su vida y la nuestra, están recuperando a la alza el siglo XX, que entre todos hemos malogrado. El sentimiento de haber perdido la vida es común a las crisis personales de la edad. El sentimiento de haber perdido el siglo es el mismo, pero colectivizado, propio de los fines de centuria. Al Este se celebra febrilmente la Revolución de Octubre. Al Oeste se derrocha el dólar (donde aparece Lincon como el padre de Hamlet), en pintura y bugattis inservibles. No otro es el terror del milenio.
Francisco Umbral 2 AGO 1987 Yo quiero ser asesor. El Gobierno tiene un presupuesto de 1.400 millones para contratar asesores. Yo quiero asesorar algo, asesorar en algo, y lucrar ese presupuesto, aunque sea modestamente. La cuarta parte de los nombramientos de asesores son "de libre designación". Ahí es donde entra uno. Antes, Madrid era una ciudad de burócratas. Hoy es una ciudad de asesores. Ser asesor es más que ser burócrata y es mejor que ser político, porque es como estar y no estar en la política. Estar de estrella invitada, quiere decirse. Y uno va por la vida de estrella invitada o no va, que si no se está mejor en Majadahonda, un respiro, como dice el slogan. La Administración Central creó más de 53.000 puestos el año pasado. ¿Y es que entre tanto personal no voy a tener yo un hueco de asesor, cuando hasta he pegado carteles por la democracia y he movido pancartas en las manifestaciones, con Pilar Miró y Manuel Viola? (Cuando he faltado a la pancarta y la manifestación, siempre era porque estaba "trenzado en múltiples lazos", que más o menos dice el poeta.) Así hicimos la revolución/cambio, la transición/ruptura: entre el adulterio y el antiotanismo. Voy a echar una instancia (ya tengo las pólizas, que ahora se llaman de otra forma) para que me hagan asesor de algo. ¿Y en qué podría yo asesorar al Gobierno? Digamos que uno, romo el clásico, es "especialista en ideas generales". Pero también podría asesorar sobre cosas concretas. Un suponer: ¿hay que cesar a Barrionuevo o a Leguina? A Barrionuevo, porque Leguina se peina mejor. ¿A quién hay que darle el próximo premio Cervantes? A Vizcaíno Casas, porque ha conseguido sepultar al Caudilo bajo diez o veinte tomos de prosa pertinaz. ¿A quién hay que proponer para el premio Nobel de la Paz? A los salvajes que flechan misioneros, porque el misionero va a robarles la fe, su fe, siendo así que toda fe vale, todas las fes son la misma y resumen la noble perplejidad del hombre ante el Universo. ¿Quién debe suceder a Marcelino Camacho en Comisiones? Nicolás Redondo. ¿Quién debe hacer los bustos oficiales: Chillida o Santiago de Santiago? Este último, naturalmente, que cuida una melena de artista mucho más vistosa que el pelado pelón de Chillida. ¿Quién enviar a Suramérica como mensajero de la España socialista? Hernández Mancha, que ya ha ido por su cuenta. Como ven, tengo contestación para todo.Ya que no me han hecho de Estrasburgo, que me hagan asesor, please, que esto de los artículos da para poco. ¿Qué podemos hacer por la memoria de Joan Miró? Esperar a que los franceses le den la Legión de Honor a su viuda, que ya se la han dado. ¿Cómo acabar con la jet de Marbella? Pensionando a todos los jubilados y jubiladas de España en el Marbella Club, de don Alfonso Hache. ¿Cómo acabar con ETA? Poniéndonos todos un pasamontañas, para desorientarles. ¿Cómo soportar el tedio de que el Papa vaya consagrando a media España franquista, de tres en tres? Consagrándolos aquí en bloque, entre don Marcelo y
enmarcando esa huella de grasa en el museo/Costa, suponen para mí el máximo fetiche de lo cutre en la Historia de España. Lo he visto y me he mecido en la mecedora de Costa. Franco fue el gran consagrador de lo cutre. Había que ser cutre (modesto, cumplidor, sufrido) para hacer carrera con Franco, y entre los cien ministros de su mandato de los 40/40 sólo hubo dos hombres con personalidad: Girón y Fraga. El resto es una gris sucesión de cutres con orla. En estos días se denuncia la progresiva degradación de las calles de Montera y Barco, que siempre fueron calles de lenocinio. Llamar a esta zona "barrio chino", como hace la Prensa, es redimirla, prodigarle un encanto casi turístico. Pero nuestra prostitución es cutre, y ya se ha dedicado en esta serie una entrega a "las niñas". El español, cuando va a los barrios de putas de cualquier ciudad española, experimenta no sólo el placer que busca, sino ese otro placer, que no busca ni racionaliza, de la inmersión en lo cutre, que los franceses llamaron "nostalgia del lodo". Jardines, Caballero de Gracia, Ballesta, son el eterno barrio chino madrileño, que sólo ahora, irónicamente, va teniendo una cierta nota chinesca, por los restaurantes exóticos que se instalan en ese triángulo mortal de las Bermudas locales. Venta ambulante, incontrolada, zocos callejeros, mendicidad infantil -¿y cómo imaginar unos zocos no callejeros?-, prostitución de esquina, drogas, delincuencia. Es el reino de lo cutre. Uno tiene definido lo canalla como "un cutre que se cree sublime". Basta frecuentar un poco las negras de la calle de la Cruz o las blancas de la plaza Jacinto Benavente para persuadirse de que la puta se cree sublime en el reino de lo cutre. Lo cutre, pues, consta de dos, como los Reyes Católicos: lo cutre canalla y lo cutre honrado, que, naturalmente, es mucho más cutre. Es lo cutre resignado, sin rebeldía canallesca. Lo cutre español está en el cine de Berlanga, en la pintura de Moreno Carbonero y, otras carbonerías, en las novelas de Galdós y Baroja, en la música de Chueca. Es lo cutre asumido (y perdón por la vieja palabra progre). Uno diría, apurando las cosas, que hay cutre en la poesía de Antonio Machado, que no es sino la gran lírica del aburrimiento nacional, Soria o Baeza, da lo mismo. No sé si ha quedado dicho en este capítulo, pero son cutres Galdós y Baroja, porque aceptan gozosos la c utreidad española, mientras que no lo es Valle-Inclán, que trata lo cutre, estableciendo una distancia estética, o Cela, que establece siempre una gran distancia irónica: pero esto ha quedado claro a propósito de algunos socialrealistas de la segunda generación de postguerra. Lo cutre, en fin, es la gran tentación nacional, y a cualquier director de cine le sale mejor una pensión con los resortes de la luz de perilla que con los de suave tacto como casual, que, por otra parte, pueden ser igualmente literarios, como nos ha demostrado el cine americano. Lo cutre, superado en España por la novela y la, poesía, sigue vigente en el cine porque los realizadores consideran más fotogénica la pobreza que el lujo o la técnica. Sobre todo, los realizadores intelectuales, claro. Lo cutre sigue vigente en la vida española, en algunos cafés, en algunas pensiones, y hay que tener muy fina hiperestesia para diferenciar lo cutre de lo proletario. Lo proletario no es cutre. Lo proletario enseña una estética más ruda y, sobre todo, ha sido dignificado como "depositario de la Historia". Lo cutre es la clase media baja, que no da para más. Lo cutre es aquello que Gómez de la Serna llamó "lo cursi", y sobre lo que hizo un ensayo genial en la revista de Bergamín, Cruz y Raya, que por sus signos (X / -), Juan Ramón Jiménez llamó "la revista de más o menos". También Benavente escribió una comedia sobre lo cursi, y luego se dijo cutre, y ahora vuelve a decirse, porque los jóvenes repescan irónicamente algunas palabras del argot paterno, como "pendón". Así, Olvido Alaska dice que "Drácula es un poco pendón".
La diferencia está en que lo cursi es una mediocridad que se cree sublime (como lo canalla), mientras que lo cutre ya no espera nada de la vida, es más natural, más crudo, más rudo, más directo, y huele más y mejor a urinario de pueblo. El español, en el fondo, ama lo cutre, porque se ha criado, generalmente, en la cutreidad, como ama lo cursi porque, al decir de Ortega, "lo cursi abriga". Lo cursi es un subrayado rosa e innecesario de la vida, y lo cutre es la vida tal cual, en directo, con su aldeana pretensión de confort. El gran pintor y escritor de lo cutre es don José Gutiérrez Solana, naturalmente, que pintó y escribió las gallinejas de Ventas mejor que todo el 98 y sucesores. Solana es un señorito santandérino, un poco burro, que se queda estupefacto ante lo cutre de Madrid, que ve como el reborde ebanístico y sobrante del espejo, como lo gordo de la carne. Otros han pintado lo cursi, pero Solana pinta directamente lo cutre, y de ahí su grandeza. Es el Van Gogh, igualmente loco, pero con dos orejas, de las giganteas rnadrileñas de lo cutre, que son esas giganteas que aún se venden los domingos, por las esquinas con soldados, como girasoles del sol de los pobres. Lo cutre, en fin, a medida que lo vamos superando y olvidando en la vida, tiene más vigencia en el arte, y ahí está, ya digo, lo cutre, estilizado, velazquizado, en la pintura genial de Antonio López, en el cine de Berlanga, Fernán-Gómez y Gutiérrez Aragón. Para un sociólogo, esta vigencia estética de lo cutre será, sin duda, el mejor dato de su superación social y económica. Como dijo don Antonio, sin ser economista, "se canta lo que se pierde".
Aquí hay españoles y hay rojos, para qué vamos a engañarnos. Los españoles son o somos los españoles de toda la vida, y los rojos son una movida de "comunistas, judíos y demás ralea", como hubiera dicho Baroja. Lo que pasa es que los comunistas españoles vienen ya de los comuneros de Castilla, Padilla, Bravo y Maldonado, los judíos lo somos o son casi todos (o entreverados de sus primos los árabes/camitas), y la "demás ralea" barojiana es el lumpen que hace las revoluciones, las huelgas generales y los carnavales de Gutiérrez Solana, o sea la horda, como decían los escritores nacional sindicalistas de los cuarenta/cuarenta.Ahora que mandan los rojos, o una variante de los rojos, uno va a las provincias y se encuentra movidas culturales así como institucionistas, como regeneracionistas, que tienen la hostilidad de la Prensa local, vendida a la derecha, al dinero o a su propio miedo empresarial de pequeña industria familiar. "No sea que vengan los socialistas y nos lo quiten todo". Estamos viviendo una rara convivencia de rojos y "normales". Mercedes Milá, aristócrata catalana, es una rojaza para el personal: -Gracias a la moto, Umbral, no estoy en un manicomio. Y es que el personal no entiende esta movida derecha/izquierda y sigue añorando las dos Españas berroqueñas. Rojos y nacionales. El nacional necesita al rojo para existir como Dios necesita al diablo. Alfonso de Hohenlohe, guapo, aristócrata y de cine, rubio y peinado de costadillo, va a hacer una película con Roger Vadim. Nuestra aristocracia ya no es lo que era. La duquesa de Alba se ha arrancado por unas sevillanas, en Andalucía, con su amiga Lola Flores. Ésta es la trama real de España: una fascinación de la aristocracia y de los intelectuales por el pueblo. La fascinación de los intelectuales da comunistas y la fascinación de las duquesas da sevillanas. Stendhal: "El pueblo español es el último pueblo europeo con carácter". Se le olvidó a Stendhal añadir que este pueblo con tanto
ilusión de cualquier holding ideológico conservador es fichar un rojo, para molar. Mientras tanto, los rojos avanzan por las vías blandas -costumbres, libertad de expresión, libertad sexual, cultura-, pero por las vías duras -dinero, ejército, empresas- no hemos avanzado ni un milímetro desde Franco. España, pues, sigue berroqueña por dentro, pero ha alegrado mucho su mapa exterior. Todo es una inmensa movida. Trasantaño, el nacional necesitaba del rojo (mezcla confusa de judío, lumpem y masón) para afirmarse en su nacionalismo y su establecimiento. Hoy, el nacíonal necesita del rojo para tranquilizar o confundir, mediante la convivencia, su mala conciencia histórica, para saciar su curiosidad snob por lo "esencialmente otro" (tentación), y para enrevesar el mapa social de modo que las distancias/diferencias no queden tan claras. El conservador, hoy, se legitima tomando un whisky dialéctico con el revolucionario. El rojo, irónicamente, es quien confiere nobleza al noble. Con lo que volvemos a ser la eterna España de las tres culturas: ortodoxos, heterodoxos y entreverados. Pero es que hay más entreverados que nunca. La Revolución ya no se lleva, es verdad, pero los valores fundamentales aún se llevan menos. A lo mejor esto se arreglaba con un Concilio en Toledo, presidido por don Marcelo. Había una España/ Atlántida, sumergida bajo 40 años/mares de nacionalcatolicismo, que emerge día a día, si no ante Platón, cuando menos ante Aranguren. Así, la juventud que frecuento en las provincias/autonomías vuelve a ser muy española. Uno toma copas con ellos en las movidas locales: Soria, Valladolid, Cáceres, Asturias, La Mancha, Cataluña, Córdoba, Levante. Aman sus puentes romanos y sus clásicos terruñeros. Hay ya toda una generación nueva de rojos muy aseados.
el 25 julio, 2007 en 2007
LOS PLACERES Y LOS DIAS
Decíamos ayer... Ayer no decíamos nada porque todo lo decían los obispos aguerridos y los sacristanes con mando en plaza. Pero todo eso lo ha roto el señor Zapatero rindiéndole a Polanco el más decidido homenaje póstumo. En cualquier caso, el presidente se llevaba guardadas esas palabras que ahora ha devuelto en forma de casco armado y cabeza cortada. Qué tío.
Cuando el señor Zapatero principió a desmontar autonomías teníamos que haber reparado en la trampa que esto supone, pues siempre hay otra autonomía menos turística que se lleva la pastizara. España no es un desmán provinciano sino una realidad católica donde los amos suelen ser los polancos, o sea los que más y mejor trabajan. Es decir, un cachondeo de frutas y verduras, un almacén de coloniales, una ojiva profunda donde se almacenan por arrobas el vino y el trigo, el numeroso aceite y la lenta vaca vacuna, todo y cada cual con su perfume de imperio y cosecha.
Pero el presidente no había contado con dos autonomías intelectuales que le complicarían la vida: el humor y la fe, tal para cual y muy españoles entrambos. El personal me regala a veces materiales cultos y lo último ha sido un vídeo de
Almodóvar, Volver. Al margen del novelón oscurantista este gran realizador, tan perseguido hoy por quienes le imitan, supone un acervo de realidades poblachonas erradicadas en un mundo alcarreño, componiendo una armonía rústica que viene de la España profunda. No hay autonomía más vigente que esa que rige en el interior de la Península, y esto lo saben mejor los peninsulares, que aprendieron en Azorín o en Miró a ser provincianos. Así, Zapatero ha crecido viendo crecer a un poeta profundo, Antonio Gamoneda, leonés él, y quizá esta convivencia rústica tiembla en el fondo de su rusticidad.
Pero nuestra columna sólo tiende a apuntar las realidades sociológicas no anotadas en la memoria histórica, como la Andalucía previa que es Extremadura o el silencio previo que es La Mancha. Pero todo español tiene que pasar por la Puerta del Sol para decirse a sí mismo que está en Madrid y todo madrileño tiene que pisar La Mancha para saber dónde está.
Zapatero ha despertado algunas realidades que quiere poner en marcha, pero ya es demasiado tarde para Madrid, este Madrid de curas, humoristas y poetas que hay que tratarlo de cerca, porque a la larga todos somos madrileños. Para lo que llamaré autonomía intelectual no hay más que sotanas, corbatas y versos. El autonomista parece estafado cuando le llevan a dar un paseo por el exterior de Madrid, que todo él es de ladrillo.
Aquel humor de La Codorniz, que añoramos siempre, con Herreros y Mihura. Aquella iglesia de La Paloma, que deja Madrid en parroquia. Aquel café de Levante, colmena de escritores y poetas. Aquel otro de Platerías, donde Alfonso XII tomaba café cuando volvía de los toros. A uno le parece, en fin, que aquel Madrid era otra cosa. Se diría que el señor Zapatero está jugando con Madrid. A veces alterna con Esperanza Aguirre y Gallardón, que le asesoran en eso que ellos han llamado «urbanismo».
el 4 julio, 2006 en 2006
Mis primeros encuentros con José María Aznar, en la vida política madrileña, fueron más bien desencuentros. Claro que mejor así, pues los encuentros verdaderos tenían un aire de catastrofismo charlotiano que se añadía vagamente al tenue charlotismo del personaje. La primera vez que me invitó a su casa, era una noche de invierno, difícil de localizar. Yo tenía prisa por irme, pues me encontraba mal, de modo que todos se dieron a empujar un coche muerto y yo daba las gracias a un presidente enigmático que vaya usted a saber por qué sacaba mi vehículo de aquel enterramiento. Sólo la bandera nacional, grande y hermosa, nos orientó un poco, pero, ya en marcha, vino la pregunta polémica de por qué Aznar gastaba bandera a tope, como si su casa fuera un Ministerio. El encuentro siguiente me parece que fue en Alcalá de Henares, con la bella esposa del político. Ella me había enviado una tarjeta afectiva y oportuna donde me felicitaba por
la Torres, el Guti, etc. Este interesante libro no es un capricho del autor sino una arborescencia urgente y natural de nuestra vida actual y nuestra política.Podríamos dividirlo en autores graves e irónicos, repentinos y melancolizantes, callejeros y reclusos. Según el sistema que adoptemos se esponjan unos y otros. Pero lo que es indudable es que asistimos a un resurgimiento del articulismo que quizá sea herencia del 98, cuando el escritor principia a escribir en los periódicos por razones económicas, que pronto serán las razones económicas de una vida, como es el caso de los citados maestros del 98 y posteriores: Julio Camba, Fernández-Flórez, Azorín y Gómez de la Serna, al que se viera en moto, paseándose por la ciudad y repartiendo sus propios artículos como el repartidor de sí mismo. Después vinieron los 40/50 y el columnismo, que todavía se llamaba articulismo, empieza a derivar del humor y el costumbrismo a un madrileñismo crítico y un humor donde valía todo. En los 60/70, con las aperturas fraguistas de la información, se revelan nuevos y jóvenes columnistas, que no se llaman así por azar ni por ocurrencia de Amilibia, sino por la pura fuerza de las palabras y, como siempre, de la influencia yanqui. Un columnista es algo más que un articulista y algo menos que un ensayista. Es un escritor que trabaja directamente en el periódico y lo hace con libertad, a veces salvaje, de asuntos y de prosa. Los de provincias suelen ser un remedo o una sucursal de los madrileños. Si algo ha habido de verdad en nuestra Transición democrática es esta presencia, esta irrupción de la juventud aficionada en la prensa profesional. Con el género nace un estilo nuevo, como siempre ocurre. Los jóvenes no sólo escriben novísimo sino que además defienden valores nuevos. El joven periodismo español ha vuelto a intentar una nueva literatura, que ahora es de influencia americana, pero con valores muy propios. El primerísimo de mi lista es Raúl del Pozo, ahora consagrado con el nombre máximo e ignorado de César González-Ruano. La otra noche se lo dije en el Ritz: «Lo que no hiciste en 30 años lo has hecho esta noche, malvado».