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Asignatura: Herramientas para el Cálculo Financiero, Profesor: Olaeta Olaeta, Carrera: Administración y Dirección de Empresas, Universidad: Deusto
Tipo: Apuntes
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Título original de la obra: Écrire un scénario
Traducción de Dolores Jiménez Plaza
Escaneado por Anelfer
Corregido por Leticia Quagliaro y Anelfer
Diciembre 2002
poesía. Qué importa entonces si, en un principio, no era más que un comodín dramático, o una astucia inconfesable de narración. Del mismo modo, los más bellos hallazgos y aciertos de poetas han podido nacer al contacto de la necesidad de encontrar una rima o de reunir cierto número de sílabas. Por este motivo, este libro no es jerárquico, negándose a hacer una selección entre los trucos modestos y las ideas generales.
Del mismo modo, se niega a ser normativo , y quiere recordar, junto al poder de los buenos modelos, la seducción del mal ejemplo, la indolencia relajada de Tener y no tener , o el frenesí folletinesco del Testamento del Doctor Mabuse. Sin embargo, no hay milagro: estas dos películas han puesto, al servicio de sus «irregularidades» y de sus «defectos», un profesionalismo irreprochable, por no decir más: actores, realización, etc.
Quizás alguien se extrañe al no encontrar en este libro consejos para vender un guión. Poco creemos en esto: en Francia, el guión no es más que un elemento entre otros , y no necesariamente el más importante cuando se decide «montar» una película. Entonces, ¿para qué una obra de este tipo? Para ayudar a hacer mejores guiones, sencillamente. Que estos guiones sean más vendibles ipso facto , es lo que querrían hacernos creer, lo que daría testimonio de una justicia inmanente, pero no correspondería mucho a la realidad. Las películas con mayor éxito no tienen forzosamente buenos guiones; algunas, incluso, tienen un guión particularmente negligente y descuidado: se hacen con el público gracias a la presencia de un buen actor, al aspecto «candente» de un tema, la calidad del ritmo, de una realización, la frescura de un «look». Quizás, más adelante, sean menos apasionantes de volver a ver que otras películas mejor «escritas», pero, mientras tanto, funcionan. Por este motivo, somos escépticos en cuanto a la supuesta «demanda» de buenos guiones en el cine francés, al menos por parte de los productores, e incluso de los realizadores. Sin embargo, precisamente porque todo el mundo siente una carencia en este campo, es por lo que un libro como éste ha podido nacer y ser publicado, con otros.
Consideraos, pues, avisados: este manual se vende sin la garantía de «guión aceptado o libro devuelto». El guión prefabricado para agradar a los productores o a una comisión, no existe. Cosa que es, en cierto sentido, más bien reconfortante.
Nos falta dar las instrucciones de uso de este libro, dividido en dos grandes partes.
Se abre con el estudio de cuatro películas consideradas clásicas , pero que son sobre todo representativas de cuatro clases de guiones típicos.
Pauline en la playa , escrita y realizada por Eric Rohmer, es una comedia sentimental ligera con estructura muy pura: tres chicas, tres chicos, vacaciones, y problemas sentimentales.
A través del caso de Tener y no tener , realizada por Howard Hawks, con un guión de Jules Furthman y William Faulkner, según una novela de Ernest Hemingway, se pueden reconocer, por una parte, las figuras típicas del cine novelesco hollywoodiano, y por otra parte, ciertos problemas que plantea cualquier adaptación de un libro.
El testamento del Doctor Mabuse , realizada por Fritz Lang, con un guión del mismo y de Thea von Harbou, es el guión con relanzamientos de la acción por excelencia, con escenas fragmentadas, personajes muy someramente dibujados (más bien representantes de ideas: el Mal, la Ley), basado en la acumulación de peripecias :
persecuciones, habitaciones secretas, máquinas infernales, desapariciones, y esto, a veces, a costa de la lógica.
Por fin, El Intendente Sansho , una película japonesa de 1955, representa para nosotros la esencia más pura del melodrama , en el sentido más bello de la palabra — y ahí, habría que olvidar hasta el menor exotismo para saber encontrar en ella, no sólo resortes universales, sino también un ejemplo muy bello de dominio dramático. Es un film de Kenji Mizoguchi, con un guión de Yoshikata Yoda (revisado con suma atención por el realizador), a partir de una novela corta de Ogai Mori.
Para cada una de las cuatro películas se da primero un resumen breve de la historia (sinopsis), luego un estudio a la vez histórico y analítico, que pone de relieve su interés para el aprendizaje del guión, al tiempo que cuenta su génesis (igualmente interesante, pues la mayoría de los guiones están sometidos a normas(?) específicas). Y, por fin, para aquellos que quieran estudiarlos más de cerca, se da un resumen detallado, especie de «tratamiento», en el sentido americano, con la lista de escenas, personajes, etc. Precisemos que los textos de las sinopsis y de los tratamientos son nuestros y de ellos nos hacemos responsables, y que no son copiados de textos preexistentes. Su redacción nos ha enfrentado al muy delicado problema de resumir un film, a grandes rasgos o en detalle. Ejercicio tan difícil e interesante que lo proponemos a cualquier persona con deseos de perfeccionarse en la técnica del guión: que intente resumir en varias páginas una película que haya visto y confronte su trabajo con el de otras personas sobre el mismo objeto. La experiencia es muy enriquecedora.
La segunda parte, El guionista también tiene sus técnicas , corresponde a la forma más clásica del manual al estilo americano, con las grandes reglas, procedimientos, consejos, ejemplos, tomados principalmente de las cuatro películas de referencia, pero también de otras muchas. No dejamos de recordar el carácter relativo e indicativo de estos procedimientos, de esas reglas.
Por fin, una tercera parte, constituida por un capítulo único, describe las diferentes formas, más utilizadas corrientemente, de presentar el guión. Por supuesto, no está prohibido concebir otras.
Nos queda ahora agradecer por su valiosa ayuda, en primer lugar a todos aquellos que nos hemos permitido citar aquí, en segundo lugar, de modo más particular, a Bénédicte Puppinck y Danielle Jaeggi, la primera por haber suscitado y apoyado este trabajo, la segunda por haberlo nutrido con su trabajo de documentación personal, llevado a cabo con ocasión de su tesis de Tercer Ciclo.
Michel Chion.
Pauline en la playa , 1983
Una película de Eric Rohmer
Guión original de Eric Rohmer (tercera película de la serie: «Comedias y proverbios»)
Producción: Les Films du Losange, les Films Ariana, París, Francia
Duración: 94 minutos.
Nos encontramos en Normandía, en la costa. El verano se está acabando...(sinopsis).
— Una estructura depurada.— El guión escena por escena
Nos encontramos en Normandía, cerca del mar. El verano se está acabando. Marion, estilista (Arielle Dombasle), una rubia guapa, y su prima Pauline (Amanda Langlet), una morenita que va todavía al Instituto, llegan a su casa de veraneo, donde se instalan.
En la playa, Marion se encuentra con un «viejo amigo», Pierre (Pascal Greggory), pero al mismo tiempo conoce a Henri, un «etnólogo» (Fédor Atkine). Pierre propone a Marion y Pauline clases de windsurfing; Henri los invita a todos a cenar.
Durante la cena, los dos chicos y las dos chicas hablan cada uno de sus respectivas concepciones del amor: libre y nómada para Henri, que es padre divorciado; repentino y recíproco como un flechazo para Marion, pendiente de divorcio, y que habla en términos preciosistas de los «fuegos» que quiere encender; profundo y duradero, basado en la confianza, para Pierre que vive solo; por fin, ponderado y circunspecto para Pauline, todavía muy joven.
Esa misma noche, durante un baile, Marion se resiste a Pierre, que está enamorado de ella desde hace tiempo, y baila con Henri, con quien vuelve a casa y pasa la noche. Esto desatará en Pierre unos celos suspicaces, tanto más cuanto Marion se declara enamorada de Henri, y cree que éste la ama con locura.
Un poco más tarde, Pauline conoce a un chico de su edad, Sylvain (Simón de la Brosse), con el que flirtea inocentemente. Marion critica la elección de su prima.
Un día que Pauline y Marion se han ido de excursión, Henri aprovecha para bañarse con una vendedora de caramelos, Louisette (Rosette), que ya se le había insinuado. La lleva a su casa, en compañía de Sylvain, que había ido a bañarse con ellos.
El coche de Marion llega inesperadamente. Sylvain tiene el tiempo justo para avisar a Henri y Louisette, que estaban haciendo el amor en el primer piso; entonces Henri se las arregla para hacer creer a Marion que Louisette estaba haciendo el amor con Sylvain; éste último se presta pasivamente al juego, y Louisette también.
Pero antes de la llegada de Marion, Pierre que pasaba por delante de la casa ha vislumbrado por una ventana a Louisette retozando con un hombre al que, lógicamente, ha creído identificar como Henri.
Cuando se lo cuenta a Marion, ésta sonríe y lo pone al corriente de lo que cree ser la verdad: no era Henri sino Sylvain.
Paulina se preocupa porque ya no ve a Sylvain. Pierre, que no quiere que se entristezca por un amante infiel, le cuenta la historia de Sylvain y Louisette (que Henri y Marion habían ocultado). Afligida, Pauline obliga a Marion y Henri a que le cuenten la verdad, y éstos a su vez, reprochan a Pierre el haber hablado.
Por suporte, Sylvain, enterado de que Pauline lo «sabe» todo, arma un escándalo a Henri, por haberlo utilizado. Mañana, dice, hablará.
Pero Pierre se entera por Louisette de la autentica verdad. No se había equivocado, era realmente Henri el que estaba con la vendedora de caramelos. Entonces informa a Pauline.
Marion debe ausentarse durante un día y los demás, Henri, Pierre, Sylvain, Pauline, aprovechan para hacer una confrontación general con Henri. Pauline, aunque desengañada, permanece fría con Sylvain, reprochándole haberse dejado llevar. Sylvain está resentido con Pierre por haber hablado, y una breve pelea llega a enfrentarlos. Cuando se separan, por la noche, ya tranquilos, Pauline prefiere quedarse a dormir en casa de Henri hasta que vuelva Marion, al día siguiente.
Henri recibe una invitación para hacer un crucero en barco, aprovechando así para dejar a Marion sin volverla a ver. Antes, ha tratado de probar suerte también con Pauline, sin más consecuencias, y le ha confesado lo que piensa de Marion: es guapa, sí, pero demasiado perfecta, y se dejó seducir demasiado pronto.
Marion y Pauline vuelven a encontrarse a solas, y deciden regresar a París antes de lo previsto. Es posible que Marion tenga dudas sobre Henri, pues le propone a Pauline que cada una crea lo que quiera, aunque sea contradictorio: Pauline, que la vendedora estaba con Henri; y ella, Marion, lo que sigue creyendo todavía, es decir que estaba en realidad con Sylvain. «Totalmente de acuerdo» responde Pauline, que no le quita a Marion sus ilusiones. Y ambas primas dejan su casa de veraneo.
de Eric Rohmer, por no hablar de su temática, reside ya en el rechazo de los habituales «comodines» cinematográficos y en el desprecio por los «juegos de escena» que sirven, en las películas, para rellenar las escenas de conversación.
A menudo, en el cine, los personajes no hablan más que acompañándose de acciones más o menos útiles, como abrir una ventana, beber, fumar, tocar el piano, conducir, que tienen como única función la de «dejar pasar» la palabra y dar a las escenas una apariencia supuestamente cinematográfica. En cambio, en Pauline , cuando los personajes conversan, y es su principal actividad, no hacen otra cosa al mismo tiempo, en todo caso se acarician o se besan.
La otra originalidad del guión está ligada a la primera: aquí, no se disimula la palabra, no se aligera, ni se huye de ella como de algo anticinematográfico; por el contrario, se hace muy presente, incluso pesada; los personajes hacen verdaderas profesiones de fe y declaraciones de principios, pero al mismo tiempo nos vemos conducidos a planteamos la questión de la validez de su discurso, a sospechar que éste no se debe tomar forzosamente al pie de la letra, que ellos pueden mentirse a sí mismos y que su pensamiento no es toda su palabra, suponiendo que piensen, lo cual no es seguro.
Lo que los personajes se dicen, el mero hecho de que se digan algo, se convierte en el motor mismo de la historia, y esto, no en la medida en que ellos digan la verdad, «su» verdad, o bien mentiras, sino independientemente del hecho de que digan o no la verdad. En un cine de estas características, el dualismo o la alternancia palabra/acción, que se impone en otros (se habla, después se actúa; o bien se habla y paralelamente se actúa), es superado en beneficio de una utilización de la palabra como acción.
Pauline en la playa pertenece a una serie «abierta» de películas, a las que Eric Rohmer ha dado por título «Comedias y Proverbios». El proverbio concreto, puesto como cita inicial en la película, ha sido tomado de Chrétien de Troyes: « Qui trop parole, il se mesfait »^1. Como lo precisa el propio Rohmer, mientras que el punto de vista del relato privilegiaba al héroe masculino, en las «Comedias y Proverbios» (luego en Pauline) ese punto de vista se ha fragmentado, o mejor dicho, ya no hay punto de vista privilegiado en el relato. Dicho de otro modo, no hay ningún personaje a través del cual y con el cual seguimos la mayor parte de la acción.
Una última observación: la historia imaginada por Rohmer sólo funciona si algunos malentendidos pueden con toda probabilidad producirse, y estos malentendidos sólo son posibles si los personajes entre los que se producen se ven obligados a no verse durante cierto tiempo. No nos queda más que admirar la naturalidad y el aplomo con los que Rohmer, para las necesidades de su historia, inventa las razones más sencillas y más directas para alejar a sus personajes unos de otros: como el cartero que pasa y que precisamente viene a traer un telegrama que aleje a Marion en el momento oportuno (sin que se pierda tiempo en explicarnos su contenido, que suponemos relacionado con las actividades profesionales de Marion). Pero semejante desfachatez, semejante desprecio, en apariencia, de los enredos dramáticos no está al alcance de cualquiera, y no se imita tan fácilmente.^2
(^1) «Quién habla demasiado, se hace daño» podría traducirse como «por la boca muere el pez».
[N. de la T.]
(^2) Para redactar la sinopsis anterior, y el «tratamiento» que viene ahora, hemos hecho amplio
uso del découpage hecho después de visionar el film, redactado para L'Avant-Scéne Cinéma por
El pórtico de una casa de campo normanda, en verano: un coche llega, conducido por una mujer rubia, guapa y joven. Esta, de lenguaje preciosista y muy afectada, es acompañada por una chica muy joven, una morenita más natural que ella, pero de buena familia; sabremos posteriormente que la primera se llama Marion (Arielle Dombasle) y la otra Pauline (Amanda Langlet). Vemos a las dos chicas abrir la casa e instalarse en ella como en terreno conocido.
Más tarde, las vemos discutir en el jardín de la casa. Sus palabras nos informan de que el verano se está acabando, que el mar no está lejos, y que la más joven, ha sido dejada en custodia, por sus padres, a la rubia. Esta última deriva la conversación hacia el tema del amor: «¿Ya has estado enamorada?» , le pregunta a la pequeña, quien le responde más bien con prudencia. De la conversación se deduce que las dos chicas viven en París y que la mayor acaba de liberarse de un matrimonio fracasado.
Ambas chicas se bañan. La rubia distingue, entre los nombres que están haciendo windsurfing a alguien conocido: «Pierre, un antiguo amigo» , dice. Le llama. Pierre (Pascal Greggory) se acerca; es un chico joven, guapo, de aspecto reservado. Se presentan unos a otros, y con este motivo nos enteramos de que la mayor, la rubia, se llama Marion y que la morenita, Pauline, es su prima. Marion es estilista y Pierre está cursando estudios imprecisos.
En ese momento, llega un cuarto personaje, aparentemente amigo de Pierre (en realidad lo ha conocido poco antes). Es Henri (Fedor Atkine), un «etnólogo» que, al parecer, viaja mucho. Su hija de tres o cuatro años se reúne con ellos en ese momento, y Henri se muestra con ella un padre muy «moderno». Luego, Pierre propone a Marion y Pauline darles clases de windsurfing , y Henri invita a todo el mundo a cenar en su casa, situada cerca de la playa.
En casa de Henri, es de noche. Se encuentran en un salón, y vemos los restos de una cena. Hablan del amor. En primer lugar, Henri se presenta a sí mismo como un nómada sin sentido de la propiedad. Su ex-mujer, madre de la pequeña Marie, que
Dominique Haas (núm 310). Sin embargo, como para las tres películas restantes, la división en escenas y su numeración ha sido realizada bajo nuestra responsabilidad.
ir a vivir con Henri, como él le propone, debido a que dice tener la responsabilidad de Pauline, y pretende que no le gustaría que ésta se enterara. Sospechamos que Marion quisiera hacerse desear; también se queja de los celos y las asiduidades de Pierre.
Sigue una breve escena, en la playa, en la que vemos reaparecer juntos a Marion y Henri, y a Pierre alejarse para evitar encontrase con ellos.
En el jardín de la casa de Marion y Pauline, los restos de un desayuno prueban que nos encontramos en el tercer día. Pierre va a ver a las primas, y le hace una escena de celos a Marion, en la que le reprocha el haberse encaprichado de un mujeriego. Marion le contesta que sus celos enfermizos sólo consiguen «empujarla a jugar con fuego» y le aconseja ocuparse más bien de su prima, e incluso ser su iniciador. El se niega.
En la playa, el adolescente de la víspera va a reunirse con Pauline, y le dice que ha venido por ella. Le dice su nombre: Sylvain. Pauline y Sylvain flirtean inocentemente sobre la arena. Henri pasa por la playa y les propone llevarlos a su casa para escuchar un disco de «música de las Islas», que acaba de comprar.
Pauline y Sylvain bailan con la música del disco. Henri sale para «hacer un recado», les deja un momento su casa para lo que quieran. Ya solos, los adolescentes suben al piso, siendo Pauline la que toma la iniciativa.
Mientras tanto, en el muelle, Henri se encuentra con una joven vendedora de caramelos, natural y «popular», Louisette (Rosette), a la que parece conocer ya. Le propone ir a tomar un baño con ella. Él rechaza la propuesta por esta vez, pero dice estar de acuerdo para otro día.
Marion, de vuelta de la playa, entra en casa de Henri, cuya puerta no está cerrada con llave. Sube al piso y descubre, sin ellos saberlo, a Pauline y Sylvain en la cama, besándose. Al volver a bajar, encuentra a Henri delante de la casa, recién llegado, y le comunica con expresión ofendida, lo que está pasando en su casa. Pero Henri parece más bien divertirse con esta situación.
Marion se fija en Louisette que se encuentra no lejos de ahí; luego, Sylvain y Pauline vuelven a salir de la casa, cogiéndose de la mano: «No han tenido tiempo de hacer gran cosa», observa Henri. Ambas parejas ya formadas, la de Marion y Henri, y la de Sylvain y Pauline, se saludan al cruzarse.
De vuelta a casa, Henri propone una vez más a Marion ir a vivir con él, y de nuevo, Marion se niega, supuestamente por Pauline. En su casa, pretende ella, por lo menos podrá cortar el paso a los jovencitos sospechosos que, según ella, Pauline se atreva a llevar.
Después, Marion invita a Henri a acompañarla, al día siguiente, a una excursión en coche al Mont-Saint-Michel, que va a hacer para pasear a su prima. Pero Henri se niega, alegando su odio a los turistas y también la hostilidad de Pauline hacia él (según él). «Creo, dice Marion, que está decepcionada porque no estoy enamorada de Pierre.»
Algunas imágenes nos enseñan el coche de Marion, con Pauline, delante del Mont- Saint-Michel: luego ya es el día siguiente.
En el dique, Henri se encuentra con Sylvain. Como Pauline no está, le propone ir con Louisette y él a bañarse. En el agua, Henri flirtea con Louisette. Pierre, que pasa por la playa con la tabla de windsurfing los ve de lejos en el mar.
Henri, Louisette y Sylvain vuelven a casa de Henri en traje de baño, y milntras Henri arrastra a Louisette al primer piso, Sylvain se queda en la planta baja, cautivado por la televisión, que está emitiendo un programa sobre la marina (su interés por los barcos ha sido establecido desde el principio: «Tengo un velero en Granville» ha dicho a Pauline).
En ese momento se ve a Pierre pasar por la calle, fuera de la casa: oye unos gritos de mujer, y ve, por el marco de la ventana del primer piso, la silueta de Louisette desnuda. Aparentemente, está de pie sobre la cama y juega con un hombre, que Pierre no ve, pero puede suponer que es Henri. Pierre mira y sigue su camino.
Desde el interior, Sylvain, que sigue en la planta baja, ve llegar el coche de Marion; sube precipitadamente al primer piso para avisar a Henri: «Ahí está la chica». Louisette sale desnuda de la habitación y a Henri se le ocurre de repente una idea: coger a Sylvain en bañador y a Louisette enrollada en la toalla, y empujarlos hasta el cuarto de baño. Cuando Marion llega al primer piso, le hace creer que Sylvain y Louisette están juntos, y los hace salir delante de Marion. Estos se prestan al juego, algo avergonzados, delante de la joven.
Aparece Sylvain en bicicleta buscando a Pauline; Pierre le orienta hacia la casa de Henri.
Delante de la casa de Henri, Henri y Sylvain se vuelven a ver y se enfrentan. Sylvain está furioso de que Pauline se haya enterado de su supuesta infidelidad, pero Henri hace recaer la responsabilidad en Pierre. Sylvain, que comprende hasta qué punto Henri lo ha utilizado, lo injuria: «Mañana, Pauline y Marion lo sabrán todo». Luego, ambos hombres hablan de las mujeres y Henri explica a Sylvain que Marion, a pesar de su belleza, le pone nervioso, y Louisette le parece quizás vulgar con respecto a ella, pero en todo caso «excitante».
El desayuno que toman Marion y Pauline en el jardín de su casa, establece que nos encontramos en el sexto día de la historia. Ambas primas, como al principio, hablan de sus amores. Pauline pone al mal tiempo buena cara: «Sylvain me gustaba bastante, pero no estaba enamorada de él» Marion se reafirma, por su parte, en que ese chico no le caía muy bien: «Has cogido al primero que se te ha presentado» «Y tú, qué» , le contesta su prima. Marion hace una alabanza de Pierre a Pauline, quien le devuelve sus modales: «Es para ti». Marion reafirma que está segura de ser amada por Henri.
Pero el cartero viene a traer un telegrama para Marion: debe volver a París esa misma tarde, por razones de trabajo y regresará al día siguiente.
Marion pasa en coche por delante de la casa de Henri, que no está; le deja un mensaje por debajo de la puerta y se marcha.
Pauline está leyendo en el jardin cuando Pierre pasa, y nos enteramos de la ausencia de Marion. Le confiesa a Pauline que era Henri el que estaba con Louisette, y que los ha engañado a todos: «Este tío es diabólico...» Pauline, desconcertada, se siente, pese a todo, desilusionada de que Sylvain se haya dejado llevar por el juego de Henri; deciden ir en su busca.
Lo buscan en diferentes sitios, en vano, y, al caer la noche, deciden ir a cenar a un restaurante.
En el restaurante, por la noche, al final de la cena, Pierre y Pauline discuten sobre las parejas que funcionan más o menos bien: «La gente nunca quiere admitir la elección de los demás». Pierre critica la elección de Marion y la de Pauline, y expone su concepción propia del amor, ligado a un sentimiento de confianza con el ser amado. «Es eso, dice Pauline, estás demasiado cerca; Marion te conoce de memoria. Has perdido la ocasión». Pierre dice que su admiración por Marion se desvanece cuando la ve encapricharse por un tipo que, según él, la desprecia.
Entonces aparecen Sylvain y Henri. Se sorprenden al ver a Pierre y a Pauline allí, pues ellos estaban cenando en el piso de arriba del restaurante, y acababan de bajar. Henri propone ir a su casa para hacer una explicación general (naturalmente, en ausencia de Marion).
En casa de Henri, beben por la «reconcialiación». Henri dice que no ha actuado con premeditación y alevosía; por otra parte, los demás tenían total libertad para entrar en el juego. Sylvain agrede a Pierre, el «chivato», y ambos se tratan respectivamente de «gilipollas». Breve pelea entre Pierre y Sylvain, pero Henri los tranquiliza. Pierre quiere llevar a Pauline a casa de Marion, pero ésta se niega: Henri le ha propuesto pasar la noche en su casa, ella acepta, pues no quiere dormir sola en casa. Pierre, que se dice responsable de Pauline en ausencia de Marion, se siente ofendido y furioso. Sylvain se mareia con Pierre después de haber besado a Pauline, que se mantiene algo distante. Después de que se hayan marchado, Pauline va a acostarse inmediatamente.
En la mañana del séptimo día, Henri se despierta el primero. Por teléfono, recibe la invitación de una amiga extranjera para ir a una excursión de varios días por mar, sube a la habitación donde sigue durmiendo Pauline (la habitación de su hija Marie, que se marchó el segundo día de la acción). Una pierna de Pauline asoma por entre las sábanas. Henri acerca sus labios, pero Pauline tira a Henri, al relajar súbitamente su pierna. Henri se justifica pretextando haber querido despertarla. Ella, no demasiado enfadada, lo acusa de hipócrita.
Más tarde, toman el desayuno abajo. Henri deja a Pauline un mensaje de despedida para Marion. Se marcha para quince días y no puede llevársela; y, aunque vuelva esa misma mañana, no tiene demasiado interés en hablar con ella. Ante Pauline, Henri explica sus sentimientos hacia Marion: es muy guapa, cierto, pero su perfección física es más bien «opresora»; además —le da un consejo de amigo— Marion no le ha dejado tiempo para desearla, se ha echado en sus brazos inmediatamente. También conocía a Louisette de antes. Pauline alaba delante de Henri las cualidades de Pierre.
En su casa, ya de vuelta, Marion lee la carta de Henri, cuyo contenido no nos es comunicado. Pauline le confirma el motivo de su viaje, una excursión por mar,
Tener y no tener , 1944
Una película de Howard Hawks
Guión de Jules Furthman y William Faulkner según la novela de Ernest Hemingway To have and to have not
Producción: Warner Bros, Hollywood, USA
Duración: 100 minutos.
Nos encontramos en Fuerte Francia, en 1940, bajo la administración de Vichy (sinopsis).— Las sinuosidades de una adaptación.— El guión escena por escena.
Nos encontramos en Fuerte Francia, en la Martinica, en 1940, bajo la administración de Vichy.
Harry Morgan (Humphrey Bogan), es un americano que se gana la vida alquilando su barco, el «Queen Conch», a veraneantes procedentes del continente americano para pescar en alta mar. Su ayudante, Eddy (Walter Brennan) es un viejo borracho por el que siente mucho cariño. Vive en el Bar Hotel Marquis, regentado por su amigo, el francés Gérard (Marcel Dallo) que apoya clandestinamente las actividades de la Resistencia en la Martinica.
El cliente del día es un importante hombre de negocios americano llamado Johnson (Walter Sande), y es tan mal pescador como individuo dudoso, ya que pone muy mala voluntad en pagar a Harry, al que le debe quince días (de alquiler).
En el hotel Marquis, Gérard va a pedirle un favor a Harry Morgan, a cambio de dinero: que pase clandestinamente a patriotas a la Martinica con su barco. Harry se niega pues no quiere mezclarse en política.
Harry conoce en el hotel a Mane (Lauren Bacall), una joven americana muy atrevida, recién llegada a la Martinica. Al observarla en el bar del hotel, ve como roba a Johnson. La sigue, la llama, y le quita la cartera de su «cliente». Pero, al comprobar el contenido, descubre que Johnson quería estafarle y abandonar la isla antes de pagarle.
Harry va a ver a Johnson, obliga a Mane a devolverle la cartera y, con toda generosidad, le obliga sencillamente a pagar en el acto toda su deuda en cheques de viaje. Pero Johnson no tiene tiempo de firmarlos: repentinamente estalla en el hotel una escaramuza entre patriotas-resistentes amigos de Gérard y la policía, y el americano cae muerto por una bala perdida.
Harry recoge inmediatamente la cartera de Johnson caída sobre el cuerpo de su cliente, pero en ese momento llega el comisario de Vichy, Renard (Dan Seymour). Renard hace arrestar a Harry, Mane, y Gérard, para interrogarlos.
Ninguno de los tres, claro está, confiesa la existencia ni el escondite de los resistentes heridos. Antes de soltarlos a los tres, muy a pesar suyo, Renard requisa a Harry su documentación y su dinero, como medio de presión («Se lo devolveremos después de la investigación»).
Una vez liberados, Harry y Mane se marchan juntos por la noche, cuando Harry se da cuenta, al querer tomar una copa, de que no lleva dinero encima. Prefiere volver y dejar a Marie arreglárselas sola para «ligarse» a un hombre en el bar.
Marie lo vuelve a ver más tarde en el hotel, y entonces es cuando empieza un largo galanteo entre los dos. Se sienten atraídos el uno por el otro, pero Harry no se fía de la que toma por una aventurera. Finalmente, ella toma la iniciativa del beso que les une.
Al día siguiente, uno de los resistentes heridos la víspera, vuelve a pedir a Harry el mismo favor que le había pedido Gérard, y esta vez, Harry acepta, alegando la pérdida de su trabajo. Pero quiere que le pague en el acto, antes del pasaje (más tarde veremos que ha gastado todo el dinero para comprar a Marie, demasiado pobre, su billete de vuelta a América).
Al caer la noche, Harry sale a la mar con Eddy clandestinamente. Aprovechando la noche, coge su barco para traer a Fuerte Francia a los dos patriotas que le habían dicho. Uno de ellos se llama Paul de Bursac (Walter Molnar) y el otro, hecho que le sorprende, es una mujer, la esposa de Paul, Hélène (Dolores Moran). Hélène es una americana arrogante y distinguida, que le es hostil.
Un patrullero de Vichy localiza el barco. Harry dispara para destruir el reflector. Sigue un tiroteo durante el cual Paul es herido en el brazo.
Harry consigue llegar a puerto y, con la ayuda de Gérard, esconde a Paul y Hélène en el hotel Marquis. Allí, utiliza sus conocimientos médicos para operar él mismo a De Bursac, con la ayuda de Mane (ésta no ha querido volver a América), pese a la hostilidad de Hélène que hubiera deseado un verdadero médico. Esta, más tarde, le pedirá disculpas por su «tontería».
La operación acaba con éxito, pero Harry debe hacer fracasar el intento de Renard para hacer hablar a Eddy sobre el escondite de los patriotas. Luego, Paul de Bursac, agradecido, propone a Harry unirse a su causa, yendo con él a la isla del Diablo para liberar a un gran jefe de la Resistencia.
Más tarde, Renard vuelve al hotel Marquis, y entra en la habitación de Harry, que tiene el tiempo justo para esconder a Hélène, con la que estaba hablando. Marie se encuentra también allí.