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Concepto de arqueologia, Apuntes de Historia

Asignatura: Analisis e Interpretación del Registro Arqueológico, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UMU

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 06/10/2013

ignacio0894
ignacio0894 🇪🇸

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TEMA 1. CONCEPTO DE ARQUEOLOGÍA.
La arqueología como ciencia histórica.
Sobre la evolución completa del ser humano, que comenzó hace unos dos millones de años, solo
se poseen datos, escritos de los últimos cinco milenios, lo que ni siquiera llega a representar el
uno por ciento de su existencia del hombre sobre la tierra. ¿Qué ocurrió durante todo ese tiempo
anterior? Algunos usan simplemente su imaginación, y la literatura o el cine presentando al
hombre actual una imagen más o menos bucólica de sus antepasados lejanos, de acuerdo con las
tendencias ecologistas actuales.
Otros escogen la aproximación que podríamos denominar científica, consistente en llevar a cabo
todas las deducciones posibles y pertinentes a partir de los escasos restos materiales que todavía
quedan de la actividad de aquellos hombres y mujeres, los que la tierra cubrió con su capa
protectora: la Arqueología.
El progreso del método y la teoría arqueológicos en los últimos años hace que cada vez parezca
menos ilusorio el acercamiento objetivo a nuestro pasado. Un pasado del que se aspira a la
reconstrucción global, que incluya no sólo los aspectos materiales, sirio también los
económicos, sociales e ideológicos de la cultura.
La Arqueología la Prehistoria tiene tanto en común que en algunas partes se referirán como
sinónimos, y con ejemplos prehistóricos se expondrán la mayoría de los principios teóricos de la
primera. No obstante, existen diferencias.
Por Arqueología se entiende, según una definición clásica, la recuperación, descripción y
estudio sistemáticos de la cultura material del pasado. Está incluido un elemento tan esencial de
la disciplina como son los restos materiales, que en la Prehistoria son la única parte de la cultura
que sobrevive cuando fallecen los hombres que los fabricaron y usaron, cuando desaparecen o
evolucionan las culturas globales que les dieron su sentido.
Por lo tanto, el concepto de Arqueología es más amplio y engloba al de Prehistoria. No obstante,
a causa de la mayor amplitud de los tiempos prehistóricos sobre los históricos, de que para los
primeros no contamos con otra fuente de información-que la arqueológica, y de que la mayoría
de los avances teóricos se han producido con el objeto de interpretar los restos más antiguos, la
Arqueología prehistórica tiene sin duda la primacía sobre todas las demás.
Por otro lado, para los períodos históricos la principal fuente de información procede de los
textos escritos, y en el desarrollo de la disciplina histórica la Arqueología se ha incorporado en
fecha relativamente reciente. Todo ello hace pensar que muchos historiadores la consideren
todavía una disciplina auxiliar.
Dos hechos distintos pueden provocar un cambio radical de opinión al respecto. Por una parte,
hoy se sabe que los restos materiales contienen mucha más información de la que se había
imaginado hasta ahora no solo referente a la tecnología y economía, sino también a la
organización social y al mundo simbólico y religioso. En segundo lugar, y de forma
complementaria, la arqueología atraviesa un proceso de activo debate y renovación teórica, que
en esencia consiste en el diseño de métodos propios de reconstrucción a partir de lo material y
que conlleva un aumento de su respetabilidad científica. De todo ello se obtiene que la
arqueología histórica ya no se dedicará solamente a la labor de verificar los datos textuales, sino
que va a ofrecen una información distinta, inasequible por otros medios.
Existe en la actualidad una tendencia a distinguir epistemológicamente la arqueología
(prehistórica) de la Prehistoria, que tendrían un mismo objeto formal pero diferente objeto
teorético. Las dos disciplinas estudian los restos materiales, pero mientras la primera se encarga
de su recuperación y análisis, corresponde a la segunda la labor de interpretación y síntesis, el
acercamiento a los aspectos no materiales de la cultura, la reconstrucción de los acontecimientos
en un sentido histórico o antropológico.
Tema 1. Concepto de Arqueología
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TEMA 1. CONCEPTO DE ARQUEOLOGÍA.

La arqueología como ciencia histórica.

Sobre la evolución completa del ser humano, que comenzó hace unos dos millones de años, solo se poseen datos, escritos de los últimos cinco milenios, lo que ni siquiera llega a representar el uno por ciento de su existencia del hombre sobre la tierra. ¿Qué ocurrió durante todo ese tiempo anterior? Algunos usan simplemente su imaginación, y la literatura o el cine presentando al hombre actual una imagen más o menos bucólica de sus antepasados lejanos, de acuerdo con las tendencias ecologistas actuales.

Otros escogen la aproximación que podríamos denominar científica, consistente en llevar a cabo todas las deducciones posibles y pertinentes a partir de los escasos restos materiales que todavía quedan de la actividad de aquellos hombres y mujeres, los que la tierra cubrió con su capa protectora: la Arqueología.

El progreso del método y la teoría arqueológicos en los últimos años hace que cada vez parezca menos ilusorio el acercamiento objetivo a nuestro pasado. Un pasado del que se aspira a la reconstrucción global, que incluya no sólo los aspectos materiales, sirio también los económicos, sociales e ideológicos de la cultura.

La Arqueología la Prehistoria tiene tanto en común que en algunas partes se referirán como sinónimos, y con ejemplos prehistóricos se expondrán la mayoría de los principios teóricos de la primera. No obstante, existen diferencias.

Por Arqueología se entiende, según una definición clásica, la recuperación, descripción y estudio sistemáticos de la cultura material del pasado. Está incluido un elemento tan esencial de la disciplina como son los restos materiales, que en la Prehistoria son la única parte de la cultura que sobrevive cuando fallecen los hombres que los fabricaron y usaron, cuando desaparecen o evolucionan las culturas globales que les dieron su sentido.

Por lo tanto, el concepto de Arqueología es más amplio y engloba al de Prehistoria. No obstante, a causa de la mayor amplitud de los tiempos prehistóricos sobre los históricos, de que para los primeros no contamos con otra fuente de información-que la arqueológica, y de que la mayoría de los avances teóricos se han producido con el objeto de interpretar los restos más antiguos, la Arqueología prehistórica tiene sin duda la primacía sobre todas las demás.

Por otro lado, para los períodos históricos la principal fuente de información procede de los textos escritos, y en el desarrollo de la disciplina histórica la Arqueología se ha incorporado en fecha relativamente reciente. Todo ello hace pensar que muchos historiadores la consideren todavía una disciplina auxiliar.

Dos hechos distintos pueden provocar un cambio radical de opinión al respecto. Por una parte, hoy se sabe que los restos materiales contienen mucha más información de la que se había imaginado hasta ahora no solo referente a la tecnología y economía, sino también a la organización social y al mundo simbólico y religioso. En segundo lugar, y de forma complementaria, la arqueología atraviesa un proceso de activo debate y renovación teórica, que en esencia consiste en el diseño de métodos propios de reconstrucción a partir de lo material y que conlleva un aumento de su respetabilidad científica. De todo ello se obtiene que la arqueología histórica ya no se dedicará solamente a la labor de verificar los datos textuales, sino que va a ofrecen una información distinta, inasequible por otros medios.

Existe en la actualidad una tendencia a distinguir epistemológicamente la arqueología (prehistórica) de la Prehistoria, que tendrían un mismo objeto formal pero diferente objeto teorético. Las dos disciplinas estudian los restos materiales, pero mientras la primera se encarga de su recuperación y análisis, corresponde a la segunda la labor de interpretación y síntesis, el acercamiento a los aspectos no materiales de la cultura, la reconstrucción de los acontecimientos en un sentido histórico o antropológico.

No obstante se advierten cambios producidos por la creciente fuerza de la investigación anglosajona, artífice de la mayoría de los avances teóricos en las últimas décadas. En esta tradición ha primado, por diversas causas, el término de «arqueología» sobre el de «prehistoria» para denominar tanto las actividades de recuperación de datos, como las de análisis o de interpretación.

La elección no es inocente ni arbitraria: el término prehistoria proviene de una visión de la disciplina como la continuación hacia atrás en el tiempo de la labor histórica, es decir, la historia de los tiempos prehistóricos, mientras que arqueología prehistoria no sólo indica la separación del historicismo y el comienzo de una visión más antropológica, sino sobre todo el énfasis en la especificidad de la ciencia arqueológica, distinta tanto de la Historia como de la Antropología.

Además de a la Historia, la Arqueología ha estado muy ligada desde sus inicios a la Antropología. No tanto a la Antropología Física, que estudia el origen del hombre como ser biológico, como a la cultural (etnología) que se ocupa de la tecnología, pautas de comportamiento, organización social, creencias de los grupos humanos, y que se especializó en las sociedades de pequeña escala (comúnmente llamadas primitivas), aunque hoy exista también una Antropología urbana o de las sociedades complejas. Para muchos, la arqueología es la continuación hacia el pasado de la labor antropológica sobre los grupos actuales, la Antropología del pasado.

La antropología aspira últimamente a descubrir regularidades del comportamiento humano, susceptibles de convertirse en leyes más o menos generales del mismo (ciencia nomotética). Es decir, parece como si la adopción de los fines de la Antropología hiciera a la Arqueología más científica que si opta por los de la Historia.

En los últimos tiempos, la Arqueología ha renovado su vieja alianza con la ciencia antropológica por otras razones: ésta la proporciona una información indispensable para la interpretación de los restos materiales del pasado. Tal unión ha provocado el surgimiento de una nueva disciplina: la Etnoarqueología, que se ocupa de establecer las relaciones entre el comportamiento humano y sus residuos tangibles, mediante la observación de grupos actuales.

En el caso más habitual estos grupos son primitivos, ya que cuentan con un nivel tecnológico muchas veces similar al de los grupos prehistóricos extinguidos. Asó ha proporcionado información muy interesante sobre la organización social, los territorios explotados, la distribución espacial dentro de los asentamientos, la tecnología lítica e incluso el mundo simbólico de este tipo de pueblos. Todos estos datos han sido luego aplicados a la interpretación de determinados aspectos de las culturas paleolíticas.

En los últimos años la Etnoarqueología ha ampliado su campo de acción a la sociedad industrial, en la idea de que el estudio de nuestra propia cultura material, con una visión arqueológica puede ofrecer resultados interesantes y no susceptibles de observación con otras metodologías.

Arqueología e Historia.

En el seno de la disciplina arqueológica es notoria una cierta indefinición en su caracterización científica, que ha dado lugar a un profundo y amplio debate epistemológico. Dicho debate adquiere una doble dimensión de controversia teórica, cuando atañe "al concepto mismo de la disciplina", y de discusión metodológica cuando "hace referencia al proceso de trabajo y a las técnicas de investigación", este debate conceptual se explica desde la caracterización de la "Arqueología como ciencia integrante de la Historia" o bien "ciencia histórica; ello nos obliga a situarnos en el marco de un debate conceptual más amplio: el de la naturaleza y concepción del conocimiento histórico'.

El término Historia, como cualquier otra ciencia, viene definida por su objeto de estudio, además de por sus métodos y técnicas de análisis. Su objeto son los "hombres en el pasado"; en otras palabras, la Historia explica el cambio, "la dinámica de las sociedades humanas". Sin

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Las objeciones epistemológicas más comunes a la cientificidad de la Historia afectan a la ausencia de experimentación y a la imposibilidad de establecer leyes generales del comportamiento humano o a las menos regularidades en la evolución social. El experimento es una modificación o repetición comprobada de los fenómenos estudiados, que caracteriza los procesos de verificación o falsificación de numerosas ciencias empíricas y que se convierte, en la ortodoxia positivista del Círculo de Viena, en la única forma de verificación científica de una teoría. Sin embargo, la experimentación per se es un procedimiento técnico —un medio por el cual se puede verificar una interpretación— que no define la ciencia, en tanto que numerosas ciencias formales no la utilizan, sin que esto suponga en ningún caso un cuestionamiento de su carácter científico; pero además, la revisión epistemológica actual del modelo de ciencia positivista, con un concepto del método científico artificial e idealizado, en beneficio de una imagen de ciencia "sin certezas", más plural en sus métodos y sobre todo sometida a las diversas valoraciones históricas y culturales, ha puesto en evidencia la variedad de modelos lógicos y metodológicamente científicos para la falsificación de las hipótesis.

No obstante, tampoco conviene olvidar que la contrastación empírica no es totalmente ajena a la práctica arqueológica, habiéndose desarrollado en las últimas décadas una nueva vía de estudio en arqueología basada en la experimentación. La llamada Arqueología Experimental pretende recrear empíricamente los sucesos, procesos o técnicas y abarca diversas prácticas, desde la inferencia etnoarqueológica a la simulación empírica pasando por el experimento directo 6. La etnoarqueología utiliza a menudo la observación experimental de comunidades actuales —la "arqueología viva"— para aplicar sus resultados a las evidencias materiales de sociedades desaparecidas y poder así explicar el pasado, partiendo a menudo de la asunción de correlaciones entre determinados comportamientos humanos y sus productos materiales'. La experimentación directa aborda campos tan variados como el de la agricultura, la tecnología extractiva y productiva o el de los procesos postdeposicionales.

El segundo argumento utilizado por quienes niegan la cientificidad de la Historia también se deriva de la concepción neopositivista de la ciencia y hace referencia a la imposibilidad de trascender los hechos particulares para establecer leyes generales capaces de predecir el comportamiento humano 12. Es indiscutible que los hechos históricos son por definición irrepetibles y que la Historia no puede predecir el futuro. En un momento en el que el cientifismo determinista ha entrado en crisis y la epistemología revisa completamente el "universo intelectual popperiano en el que la ciencia era identificada con la capacidad de predecir", la pretendida incapacidad de la Historia para descubrir regularidades parece carecer de importancia; en otras palabras, "estamos mejor preparados para aceptar que aunque no tengamos leyes inmutables, un conocimiento puede pretender el nombre de científico" y aspirar a una objetividad que le distinga netamente de otras formas de conocimiento que no lo

son ni aspiran a serlo.

La Arqueología, en tanto que disciplina histórica, participa de esta misma visión más plural y menos determinista de la ciencia y no debe por tanto renunciar a su condición científica.

En conclusión, la Arqueología como disciplina histórica debe, desde distintos marcos teóricos, construirse de forma científica. Su especificidad respecto a otras formas de hacer historia no procede tanto de su objeto general —el estudio de las sociedades humanas, que es el propio de la Historia—, como de sus fuentes —los vestigios materiales de las sociedades—y de las técnicas particulares que se aplican en su análisis

El concepto de arqueología.

Un concepto, en tanto que idea concebida por el entendimiento humano, es siempre una construcción histórica, que modifica su significado en función de la realidad social o de la evolución del pensamiento. Arqueología es una palabra de origen griego, formada por el adjetivo "antiguo" y el sustantivo "discurso" o "tratado", que etimológicamente quiere decir "discurso sobre lo antiguo" con una significación amplia de estudio de las antigüedades. Sin embargo, en las culturas griega y latina el término significó "Historia Antigua" y en este sentido

II

fue utilizado sin que su uso entrañase ninguna referencia al estudio o recuperación de los restos materiales de dichas épocas.

Este concepto de disciplina científica que estudia los monumentos antiguos fue el que adquirió el término "arqueología" en la bibliografía científica del siglo XVIII y la Arqueología pasó a significar el estudio riguroso y ordenado del arte griego y romano. No obstante, el nacimiento de la arqueología científica en el siglo xix demostró la obsolescencia de tal conceptuación y permitió, ya en el presente siglo, su afianzamiento como ciencia histórica plural, orientada al estudio de los vestigios materiales del pasado de la humanidad, en un sentido laxo y no restringido al mundo clásico.

Podríamos traer a colación numerosas definiciones modernas de la Arqueología, aunque la mayoría comparten determinados parámetros como "la recuperación, descripción y estudio sistemáticos de la cultura material del pasado"; se trata evidentemente de una concepción inductiva y taxonómica de la disciplina, si bien incluye un concepto procedente del materialismo histórico aunque globalmente asumido por la investigación arqueológica: el de cultura material. Es también una definición más técnica que científica, puesto que pone el acento en las herramientas técnicas que utiliza la disciplina para recuperar restos, y entraña un evidente riesgo de confusión entre el objeto de la ciencia, que no es otro que el de la Historia de la que forma parte, y sus medios técnicos de aplicación 16.

En una línea más reivindicativa de la naturaleza científica de la arqueología se sitúan las

definiciones—"la arqueología es una forma de hacer historia a partir de los vestigios materiales

de una cultura, con un método propio -que comparte en algunos aspectos con otras

disciplinas"—; "ciencia —sobre todo metodológica y analítica— que estudia el pasado del

hombre a través de sus restos materiales (...) no es una ciencia auxiliar, sino una ciencia

histórica, que existe por sí misma y en sí misma". Todas parten de su carácter de ciencia

histórica y no confunden su objeto, el estudio de las sociedades del pasado, con sus fuentes, los

restos materiales de su actividad, es decir, la cultura material; de la misma forma, insisten en su

carácter científico, incorporando así la dimensión técnica de la definición clásica recogida.

La Arqueología aspira a explicar de forma científica problemas históricos previamente planteados, a partir de la recuperación y el estudio dé los restos materiales de las sociedades del pasado.

No puede ni debe establecerse un límite temporal para la práctica de la Arqueología', su valor como disciplina científica dependerá en cada época de la dimensión teórica de la investigación y del problema histórico planteado, siempre que se disponga del método y las técnicas precisas para construir objetivamente su reflexión.

La construcción del documento arqueológico.

Hay otro aspecto que afecta directamente al procedimiento científico de que se vale la Arqueología a la hora de transformar las fuentes materiales en documentos históricos: el problema de la construcción del dato arqueológico.

El problema se ha formulado a la luz de la ambigüedad "Técnica" ver sus "Ciencia", que caracteriza el debate epistemológico de la Arqueología respecto de la Historia; es decir, la cuestión de fondo no es otra que la de qué debe primar en la "arqueología histórica". La dimensión científica (la formación histórica) o la dimensión técnica (el dominio y rigurosa aplicación de los procedimientos técnicos) de quien la practica. Este problema se ha visto agravado con la indefinición académica creada por una extensión temporal de la disciplina arqueológica, en la que no siempre creían ni los departamentos de Arqueología, tradicionalmente volcados en el estudio de las sociedades antiguas, ni los de Historia Medieval,

U

fue consagrado definitivamente por la publicación del libro Prehistorics Times de John Lubbock en 1865. Su significado es ambigüo puesto que designa tanto el período histórico como la ciencia que de él se ocupa. Esta indefinición conceptual, reflejada en la variedad de posturas adoptadas ha generado la discutible distinción entre la llamada "arqueología prehistórica", que asume la dimensión técnica de la disciplina -es decir, lo relativo a la recuperación y análisis de los restos- y la Prehistoria propiamente dicha, a la que corresponde la dimensión científica de interpretación y síntesis (Fernández Martínez, 1989, 11). Se trata en realidad de una transpolación mecánica del binomio Historia-Arqueología a un período que carece de fuentes escritas y, por tanto, una discusión tan infértil como aquella.

Aunque esta distinción está lejos de ser unánimemente aceptada, subraya el hecho incuestionable de que la Prehistoria es una parte de la Historia, que construye sus explicaciones a partir de las fuentes materiales y que utiliza para ello las técnicas arqueológicas. De hecho, el historiador que estudia las sociedades ágrafas desaparecidas es prehistoriador en cuanto que ése es el objeto de su investigación y es arqueólogo en tanto que sus fuentes son únicamente materiales y, por ello, las técnicas que utiliza son arqueológicas.

Desarrollo histórico.

En otro orden de cosas es necesario señalar que el desarrollo de una arqueología científica debe mucho al nacimiento de la Prehistoria en el siglo xix, de la mano de la ciencia geológica preocupada por determinar la antigüedad de la tierra. El establecimiento de los principios universales de la estratificación en la obra de Charles Lyell, Principies of Geology (1830-33) y su aplicación al establecimiento de la antigüedad del hombre por Jacques Boucher de Crévecoeur de Perthes, mediante la asociación estratigráfica de instrumentos humanos y huesos de animales extinguidos, permitió probar la existencia de la especie humana con anterioridad al diluvio.

La aplicación de los principios de la seriación y la estratigrafía a las ordenaciones de artefactos y el desarrollo de una metodología rigurosa terminó definitivamente con la fase especulativa de la Arqueología, que inició su andadura científica.

La arqueología protohistórica.

Concepto.

El término protohistoria, del griego "primera historia", designa en sentido estricto el período del pasado de la humanidad en el que ciertos pueblos, aun careciendo de escritura, coexistieron con otros que ya la poseían, lo que posibilitó la conservación de testimonios literarios o tradiciones originariamente orales. En el sentido convencional que se utiliza normalmente, el concepto de protohistoria se aplica al momento en que una sociedad comienza a tener contacto con la escritura, bien utilizándola directamente o bien de forma indirecta a través del contacto con otras culturas que ya la poseen. Desde esta perspectiva, la protohistoria constituye una especie de "prehistoria secundaria", puesto que debe ser estudiada con referencia a la historia de la civilización contemporánea.

Se trata por tanto de un concepto transicional, adecuado para individualizar el paso de las sociedades ágrafas a las sociedades con escritura. La Protohistoria comenzó en el momento de la aparición de la escritura en Mesopotamia a fines del cuarto milenio antes de Cristo, pero la adopción de la escritura no es un fenómeno universal y su cronología varía de unos lugares a otros.

En cualquier caso el desarrollo de la escritura como instrumento de control social primero y de transmisión cultural más tarde, se suele poner en relación con otra serie de procesos históricos de singular importancia en la consolidación de las sociedades complejas. Desde esta perspectiva el concepto de Protohistoria engloba, además de la introducción de la escritura, otra serie de

rasgos sociales y culturales significativos, tales como el desarrollo de los primeros centros protourbanismo, la especialización artesanal, la generalización de la tecnología metalúrgica, el desarrollo de redes comerciales de larga distancia y de las primeras fórmulas de intercambio monetales, la aparición de formas políticas centralizadas y complejas, etc. Sin embargo, esta nueva concepción plantea problemas distintos, puesto que para muchos prehistoriadores dichos rasgos no tienen por qué tener ninguna relación con la escritura y de hecho pueden aparecer ya en las sociedades prehistóricas.

Periodización y desarrollo histórico.

La inclusión de una Arqueología Protohistórica en este esquema se debe a la generalización de dicho concepto en los ambientes científicos europeos, sobre todo como referente de la Edad del Hierro. en el caso de la Península ibérica suele abarcar el periodo que va del Bronce Final a la romanización Su carácter transicional implica que pueda ser estudiado tanto desde la Prehistoria como desde la Arqueología Clásica, en tanto formación de una nueva estructura social.

La Arqueología Protohistórica de la Península Ibérica parte normalmente de las culturas protourbanas del Bronce Final, especialmente el área tartésica, para abarcar el impacto de las colonizaciones orientales y su influencia en la formación de las distintas culturas indígenas del hierro y concluir con el estudio de su paulatina integración en la cultura romana. Se trata de una Arqueología de gran tradición científica, cuyos orígenes se remontan al impacto que produjo en Europa el descubrimiento de una cultura prerromana de gran originalidad, rápidamente designada cultura Ibérica.

La arqueología de las sociedades del Próximo Oriente antiguo: Egiptología, asiriología, iranología, etc.

Concepto.

Su objeto de estudio son las primeras sociedades del Viejo Mundo que conocieron la escritura; dichas culturas se desarrollaron en un medio geográfico concreto y en un período cronológico comprendido entre finales del IV milenio antes de Cristo y el cambio de era.

No existe una Arqueología Próximo-oriental unitaria ya que en la práctica tal denominación genérica agrupa un conjunto de disciplinas históricas autónomas, especializadas en el estudio de una sociedad específica, como ocurre con la Egiptología, la Asiriología o los estudios fenicios, por citar sólo algunas de las más desarrolladas.

En razón de estas peculiaridades, la Egiptología o la Asiriología se consideran todavía hoy disciplinas históricas globalizadoras, que aspiran a integrar en una misma figura al arqueólogo que domina las técnicas de excavación con el filólogo experto en la lengua egipcia, sumeria, acadia o persa; al hábil ceramólogo con el epigrafista avezado en el desciframiento de la escritura jeroglífica, demótica o cuneiforme. Aunque la aproximación holística es una aspiración científica, es justo reconocer que la diversificación del conocimiento hace cada vez más necesaria la colaboración interdisciplinar que integre filólogos, diplomatistas, epigrafistas y arqueólogos en los equipos de trabajo.

Desarrollo histórico.

El nacimiento de la Arqueología oriental como una disciplina científica se produjo en el siglo xix y estuvo unido a la Filología y a la Historia Antigua. Hasta esa fecha las culturas orientales eran únicamente conocidas a través de fuentes literarias indirectas. Únicamente el mundo egipcio había sido filtrado al Renacimiento a través del tamiz de la cultura romana, pero siempre vinculado al mundo de la superstición mágica. La recuperación de elementos romanos egiptizantes y su incorporación a la estética barroca, marcó el principio de un interés por las antigüedades egipcias, que se vio reforzado después de los contactos directos de los primeros viajeros. La campaña napoleónica. De 1798 y las publicaciones de las grandes expediciones marcaron un antes y un después en la historia de la investigación. Los desciframientos en la

anticuarista por la antigüedad como curiosidad per se; Así, mientras los hombres medievales se limitaron a vivir entre las antigüedades clásicas, los humanistas quisieron vivir con ellas.

Al mismo tiempo, la arqueología clásica comenzó a preocuparse del problema de los antecedentes de las culturas clásicas, ya bien conocidas, esforzándose por acercarse a la Prehistoria. El campo donde se observa el desarrollo más espectacular es el del mundo pregriego, sólo conocido a través de referencias épicas que se consideraban míticas. La cientificidad definitiva de la Arqueología Clásica deriva de la asunción de una moderna metodología de campo.

Tan importante es la vinculación genética de la Arqueología con el anticuarismo y la historia del arte griego y romano, que aún hoy muchos investigadores consideran erróneamente que éste es el sentido conceptual propio del término "arqueología". Baste señalar que muchos de los que practican la arqueología de las sociedades grecolatinas reclaman la necesidad de apellidarla con el epíteto "clásica", para definir claramente el objeto específico de su investigación histórica.

Desde esta perspectiva, el concepto de Arqueología Clásica trasciende la definición cultural vinculada al mundo grecolatino, para adquirir una dimensión social y por ende cronológico, en la que se incardina el estudio de las fuentes materiales del período histórico en que se desarrollaron las sociedades griega y romana. Esta nueva conceptuación permite incluir en su campo de estudio las culturas bárbaras contemporáneas a las clásicas y relacionadas con ellas dotando de contenido la noción de protohistoria antes comentada; así, las culturas ibérica y etrusca o los pueblos germanos pasan a formar parte del objeto de estudio de la • Arqueología Clásica, en razón de su relación histórica con las sociedades griega y romana. Esta última, con su carácter globalizador, supone la integración definitiva de esa diversidad social en un ámbito político, económico y cultural homogéneo, distinguiendo sólo a efectos de especialización investigadora la arqueología romana de la Península Itálica del resto de las arqueologías romanas provinciales.

Perspectivas actuales.

Al igual que ocurre en el resto de Europa, en nuestro país la Arqueología Clásica es también la rama de la ciencia arqueológica que goza de mayor tradición académica y que cuenta con más publicaciones específicas.

No obstante, en los últimos años distintas voces se han alzado para señalar su aparente estatismo respecto a otras arqueologías más dinámicas, como la prehistórica o la Arqueología Medieval. Esas voces críticas señalan la ausencia de reflexión teórica, que confunde la cientificidad de la disciplina con la mera exposición positivista de datos y conduce únicamente a la taxonomía descriptiva o bien denuncian la preferencia por el estudio de objetos o manifestaciones culturales con implicaciones estéticas, que refuerzan la tradicional vinculación de la Arqueología Clásica con la Historia del Arte.

Aun siendo cierto este cuestionamiento en términos generales, es justo reconocer que muchas de las reflexiones críticas que han sacudido la disciplina en estas últimas décadas, reivindicando su naturaleza histórica frente al modelo antropológico de la Nueva Arqueología, proceden de la misma Arqueología Clásica.

La arqueología medieval.

Concepto.

El afianzamiento de la Arqueología Medieval, en tanto que estudio científico de las fuentes materiales del Medievo, tiene que ver con dos argumentos distintos: la periodización histórica y la tradición científica. El primero deriva del significado historiográfico del adjetivo "medieval", por fuerza restrictivo en el tiempo y el espacio, aplicado en este caso a la práctica de la Arqueología, mientras que el segundo remite a la extensión natural de las técnicas arqueológicas

aplicadas a la recuperación sistemática de testimonios materiales de la "cultura" postclásica.

La periodización, que no es otra cosa que la división del proceso histórico en fases significativas, no es totalmente arbitraria ya que presupone la formulación de un juicio histórico y por tanto la identificación de algunas características esenciales en la organización y la vida de las sociedades del pasado, con una finalidad no sólo descriptiva y clasificatoria, sino fundamentalmente comprensiva. La historia tradicional, establecía convencionalmente el fin de la Antigüedad y el inicio del Medievo en el año 476 —fecha de la deposición del último emperador nominal, Rómulo Augústulo, a manos de Odoacro—, o bien, ante la evidente arbitrariedad de esta fecha, que no significó en ningún caso una transformación institucional, social o económica traumática, se inclinaba por relacionar el inicio del Medievo con las invasiones germánicas de principios del siglo v. Por fin, la tradición protestante de la Reforma consideraba la época de Constantino el origen de la decadencia, de las intermedias aetas, por la oficialización de la iglesia y la paulatina pérdida de su pureza primitiva. De otro lado, el final de la llamada Edad Media se establecía convencionalmente en 1453 con la caída de Constantinopla en manos turcas y el consecuente fin del Imperio Romano de Oriente, o bien en 1492, simbolizando los cambios que anuncia la apertura al nuevo mundo con la fecha del "descubrimiento" oficial y europeo de América, y la destrucción definitiva de todo vestigio social islámico en la Europa occidental con la conquista de Granada.

Desde una perspectiva totalmente distinta, es posible considerar la Edad Media y lo "medieval" como "un espacio histórico de características específicas bien conocidas y, a la vez, como un campo conceptual (feudalismo,

cristianismo, fragmentación lingüística latina, etc.) que trasciende en mucho la sugerencia

cronológica que hacen Edad Media y sus derivados. No conviene olvidar que como sugerencia

cronológica, el concepto de Edad Media es profundamente eurocéntrica y que su extensión a

otras sociedades se basa en un criterio de contemporaneidad con el período europeo y no en una

semejanza de experiencias históricas. De hecho, en un sentido

Acorde con el primitivo significado humanista del término —intermedia aetas como fase intermedia en la que se producen fenómenos negativos—, el concepto Edad Media existe también en otras culturas, adoptando distintos valores cronológicos: así los musulmanes denominan Edad Media al período que va desde la desintegración del Califato de Bagdad a su "renacimiento" nacional después de la campaña napoleónica de Egipto, mientras que los judíos lo utilizan como sinónimo de su diáspora. Por esta razón, cuando el concepto se usa en su sentido periodizador prima el contenido cronológico europeo. Aun así, el concepto de Medievo sólo conserva cierto valor histórico cuando se aplica a sociedades como la islámica o las eslavas, que mantuvieron un importante intercambio recíproco con las áreas tradicionales de la cristiandad occidental medieval, incluyendo aquí Bizancio.

Esta complejidad de tiempos, espacios y sociedades que caracteriza al Medievo condiciona y determina el estudio arqueológico de sus fuentes materiales, que no puede abordarse desde la misma perspectiva unitaria. A esto hay que sumar, además, las diferentes tradiciones historiográficas de los estudios arqueológicos, que marcan ritmos y desarrollos diferentes en el marco común de una disciplina en construcción como es la Arqueología Medieval. De otro lado, el reconocimiento académico de la Arqueología practicada en ciertas parcelas del Medievo, también fue muy precoz respecto a otros temas que sólo recientemente han comenzado a ser considerados, pero a menudo las causas no fueron de orden científico sino de muy diversa naturaleza.

La arqueología del Altomedievo.

Dentro del marco genérico que designa el Medievo, se aprecian nítidamente profundas diferencias entre su formación y su plenitud 29. Los estudios históricos perfilaron rápidamente

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La complejidad social que caracteriza el Altomedievo occidental se traduce en una ambigüedad terminológica que afecta de inmediato al estudio arqueológico. Es una aspiración científica fundamental lograr la normalización de sus términos y de sus referentes cronológicos; la ausencia de normalización terminológica en la Arqueología altomedieval es particularmente grave, ya que afecta incluso a la periodización de la disciplina, y es aún más notoria en el caso de la Arqueología de la Península ibérica, donde en el marco cronológico convencional del Altomedievo conviven y se solapan diversas sociedades.

Así, el referente Arqueología tardorromana o de la Antigüedad Tardía, últimamente muy extendido, no presenta unos límites definidos puesto que, como concepto laxo, abarca también la época visigoda y se prolonga hasta la conquista musulmana del 711, fecha que en la tradición del medievalismo hispánico más rancio y conservador marca realmente el comienzo del Medievo y el final de la Arqueología como disciplina científica 37. De otro lado, esta fase a menudo se identifica o confunde con lo que convencionalmente se denomina Arqueología paleocristiana o cristiana a secas a pesar de que esta última tiene realmente un sentido más restrictivo, ya que designa "una sección del conjunto de la historia de la Baja Romanidad, especificada por su estricta relación con la religión cristiana en sus ramas ortodoxas o heterodoxas, siempre que de ellas nos hayan quedado documentos ilustrativos". Así pues, se trata de un concepto de naturaleza temática y no cronológica, por lo que podría incluir en la práctica las manifestaciones cultuales, litúrgicas y funerarias de época visigoda o incluso mozárabe.

Esta confusión entre periodo histórico y una de sus más importantes manifestaciones culturales procede sin duda del gran dinamismo antes aludido de la Arqueología Cristiana, cuya mayor tradición científica absorbió la totalidad de la práctica arqueológica de la romanidad tardía durante los años sesenta y setenta.

Sin embargo, se corre el riesgo de que la multiplicación de las propuestas terminológicas complique aún más el ya de por si complejo panorama del Altomedievo. En cualquier caso, la solución al conflicto parece comenzar a perfilarse desde la reflexión interna de la propia Arqueología Cristiana, que asume su disolución en el marco más amplio y global de una Arqueología de la Antigüedad Tardía, que recoge a su vez la importante tradición de estudios históricos y arqueológicos del Bajo Imperio. Se persigue ahora una perspectiva arqueológica globalizadora, que integre en su seno todas las dimensiones culturales tardoantiguas, aunque no pertenezcan a un contexto cristiano, incluyendo en el caso de la Península Ibérica, de una forma más o menos tácita, tanto los últimos siglos de la Hispania romana como la época visigoda.

En la Arqueología Medieval española el término y concepto de Altomedievo ha tenido, como indicamos, poca fortuna y el problema se complica más aún cuando traspasamos la frontera del 711, donde se ha tendido a mantener una absurda y estanca división entre "visigodos", "al- Ándalus" y "Reinos Cristianos", designación que elude cualquier referencia a la Arqueología de las sociedades feudales. Así se superponen y solapan términos religiosos con referentes sociales, cronológicos y políticos, con lo que la ambigüedad terminológica se acrecienta por la diferente naturaleza conceptual de los términos que se emplean y de su combinación indiscriminada. Desde esta perspectiva cabe considerar que bajoimperial, época visigoda o periodos emiral y califal son conceptos que atañen a la división política del Altomedievo, mientras que los términos tardo romano, paleoandalusí o incluso mozárabe son referentes culturales genéricos. De otro lado, paleocristiano o musulmán son adjetivos religiosos que sólo deben aplicarse, en un contexto arqueológico, a los restos materiales con contenido cultual o litúrgico y nunca con un carácter social genérico, que es propio de los términos sociedad antigua, sociedad islámica o sociedad feudal. Actualmente parecen imponerse dos términos para designar el periodo que marca el fin de la Antigüedad y el inicio del Medievo: Altomedievo y Antigüedad Tardía; el primero designa con precisión el periodo cronológico comprendido entre el siglo v y el x y al menos responde a una conceptuación asumida en Francia e Italia, mientras que el segundo, aunque en muchos ambientes se utiliza como sinónimo, parece tener un significado más restrictivo que abarca únicamente hasta el siglo VIII, es decir, hasta la islamización de la Península Ibérica y el Imperio Carolingio en el resto de Europa.

En cualquier caso y con independencia de la terminología que se adopte, es necesario superar el divorcio existente entre los investigadores de la Antigüedad Tardía y el Altomedievo que al trabajar en campos tradicionalmente separados y estancos no se encuentran sistemáticamente en los mismos foros científicos, de forma que el aislamiento tiende a perpetuarse.

La arqueología del Pleno y Bajo Medievo.

Muchos de los argumentos expuestos al tratar el problema de la Arqueología altomedieval, pueden ser aplicados al tema que ahora nos ocupa: el estudio material de las sociedades medievales plenamente formadas esencialmente de las sociedades feudales europeas, hasta el inicio de su ocaso, que constituye, al igual que ocurría con el Altomedievo, una nueva transición, en este caso hacia el capitalismo. Sin embargo, a diferencia de la primera, su estudio arqueológico es muy reciente y las fuentes materiales no gozan todavía de un reconocimiento explícito entre la mayoría de los historiadores que se ocupan del problema. Quizá la causa última de este rechazo radica en el aumento creciente de la documentación escrita, tanto en cantidad como en variedad. Ante esta abundancia, podemos definirla como la disciplina distinta de la historia del arte, cuya actividad esencial es la excavación y que ambiciona aportar a la historia de las civilizaciones de la Edad Media un 'dossier' nuevo, que complete a lo ya proporcionado por el estudio de los textos, de los monumentos y de objetos varios"; es decir, aquello de lo que no sabemos casi nada y que no es otra cosa que "la vida cotidiana, sobre todo para las clases más humildes".

Este interés por el patrimonio monumental medieval arraigó especialmente en Francia, si bien con criterios hoy muy discutidos como el principio de la unidad de estilo, que autorizaba a restituir una arquitectura a su estado pristino ideal, mediante la eliminación de las distorsiones históricas, restableciendo una pureza que pudo no haber tenido nunca.

La arqueología de al-Ándalus.

La identificación europea entre Historia Medieval y Feudalismo, y por tanto entre Arqueología Medieval y Arqueología de las sociedades feudales 41, plantea el problema de dejar fuera el estudio material de otras sociedades que se incluyen en el contenido cronológico europeo del término, como por ejemplo Bizancio o el Islam. Es indudable que, al menos en el caso de la Península Ibérica, la sociedad islámica tuvo un importante papel en el Medievo y muy pronto esa importancia se reflejó en un interés más o menos anticuarista por sus vestigios materiales y en una gran preocupación por los estudios islámicos. Dicha tradición bebió en las fuentes del mejor pensamiento ilustrado, preocupado por divulgar e integrar lo "arabesco" en la historia nacional que comenzaba a formularse y floreció de la mano del romanticismo hasta crear la imagen exótica de España, que tanto influyó en la literatura de la época. Aunque inicialmente anduvo por otros senderos, la preocupación por los esplendorosos vestigios materiales de al- Ándalus terminó por converger a lo largo de las primeras décadas del siglo xx en la Arqueología actual desde perspectivas distintas: la Historia del Arte, la arquitectura orientada en ocasiones a la restauración y el arabismo.

Perspectivas actuales.

En la actualidad, la Arqueología Medieval goza de reconocimiento académico en la mayoría de los países europeos y se muestra como una de las

En el seno de la Arqueología Medieval española, el conocimiento material de la sociedad islámica lleva una gran delantera respecto al de las sociedades peninsulares que tempranamente quedaron al margen del Islam. No obstante el desarrollo interno de la Arqueología Islámica es desigual, observándose un mayor dinamismo en los estudios arqueológicos de época emiral- califal de un lado y almohade y nazarí de otro. Respecto a la arqueología de los reinos feudales, el período que lleva la peor parte es sin duda la Baja Edad Media, en razón seguramente de las tantas veces mencionado prejuicio cuantitativo, que presupone que el incremento de las fuentes documentales hace innecesaria la investigación arqueológica.

temático y social; desde este punto de vista la Arqueología Postmedieval se imbrica en la medieval "...en tant que estudi material d'una societat agrária inserida encara en el feudalisme"" y netamente distinta de la sociedad capitalista, con lo que la llamada Arqueología Industrial quedaría fuera del contenido estricto de la Arqueología Postmedieval.

Perspectivas actuales.

En cualquier caso parece existir acuerdo en cuál es el objeto de esta Arqueología Postmedieval o de las "Sociedades Modernas". El problema en el caso es la inexistencia de su práctica. Como señalamos recientemente, este concepto amplio de Medievo no se ha aplicado realmente en la joven Arqueología Medieval española, cuya práctica se detiene realmente en el siglo xv.

El análisis de la situación de la Península, es demoledor: el ejercicio de la arqueología moderna se limita a la arqueología urbana, donde no siempre se documentan los niveles más recientes y, cuando lo son, raramente se estudian; de otro lado, no existen proyectos sistemáticos y planificados de investigación, con excepción de conjuntos monumentales.

No obstante, destacan algunas líneas de trabajo innovadores, como el estudio de ciertas ferrerías vascas. Donde igualmente se aprecia la existencia de proyectos arqueológicos sistemáticos es en las intervenciones submarinas. A pesar de estas perspectivas y a diferencia de Inglaterra, la Arqueología Postmedieval no existe todavía como disciplina académica, salvo en contadas universidades.

La arqueología Industrial.

Concepto tradicional y desarrollo histórico.

En la actualidad el referente "Arqueología industrial" tiene relación con el estudio de las viejas fábricas y su maquinaria. En principio podría sorprendernos su gran difusión popular y más si tenemos en cuenta que es una disciplina muy reciente: dé hecho, su natalicio oficial se fija en 1962, coincidiendo con la demolición del pórtico dórico de la estación londinense de Euston, construida entre 1835 y 1837.

La difusión social de esta arqueología se más al movimiento cívico que al interés de los medios científicos o académicos. En cierto modo la Arqueología Industrial nació del, preocupado únicamente por la salvaguarda del patrimonio monumental, sólo que a diferencia de la primera y a tenor de los nuevos tiempos, ese no procedía únicamente de la elite, representada en sus mecenas cultos y adinerados, sino de una base social más amplia y de extracción popular.

Las primeras definiciones conceptuales hay que buscarlas entre los años sesenta y setenta. Así una de las más clásicas: "un campo de estudio que abarca la búsqueda, investigación, clasificación y, en ciertos casos, preservación de los monumentos industriales"; otra posible:"cualquier edificio u otra estructura fija" del periodo industrial. Resulta evidente que el concepto de monumento se circunscribe aquí exclusivamente al patrimonio arquitectónico fabril; en principio podría extrañar la inclusión de los complejos fabriles en la categoría de monumental, que generalmente se aplica a una obra pública o artística de mérito excepcional. No obstante, los edificios que en otros períodos históricos reciben tal consideración suelen ser, con escasas excepciones, las expresiones arquitectónicas y artísticas del poder de los grupos sociales dominantes y en tal categoría se incluyen plenamente las fábricas de la primera industrialización. En cualquier caso, la definición clásica de Buchanan se inspira en la conceptuación más convencional de la arqueología, la arqueología es la ciencia que se ocupa de la recuperación, descripción y estudio sistemáticos de la cultura material del pasado", sólo que aplicada en su sentido más positivista, aquel que la reducía a su dimensión puramente monumental y descriptiva, que era ya totalmente obsoleto a mediados del presente siglo.

la más joven de las disciplinas arqueológicas, aquella que se alumbra casi en los albores del siglo xxi como una hija tardía de la historia de la arquitectura y de la técnica, se revela incapaz de partir de la arqueología moderna y se condena a repetir los mismos errores de sus

predecesoras, en lugar de asumir sus innovaciones. De esta forma el término "arqueología industrial" comienza a designar los artefactos y lugares que se estudian, en lugar de referirse a la manera como éstos se estudian renunciando, al optar por la historia industrial o la tecnología, a aquello que la arqueología podría haber aportado al estudio de los restos industriales: la metodología arqueológica y su potencial explicativo.

Sin embargo, la faceta de salvaguarda del patrimonio que cada vez asumía más cómodamente la Arqueología Industrial, permitía también su crecimiento imparable.

Perspectiva actual: hacia un nuevo concepto de la Arqueología de las sociedades contemporáneas.

En la actualidad la Arqueología Industrial se imparte en numerosas universidades europeas y americanas y el reconocimiento del patrimonio arqueológico industrial es tan amplio, que por vez primera en 1995 una fábrica siderúrgica ha sido declarada patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En la década de los 90, cuando la institucionalización de la Arqueología Industrial es ya un hecho, se advierten las primeras reflexiones críticas en su seno: de un lado, comienza a ser evidente que la disciplina ha sufrido un deslizamiento en sus objetivos primordiales, confundiendo el medio con el fin. Así denuncia el excesivo interés por las técnicas de conservación, preservación y exposición de los restos de la industria, como si fuesen un fin en sí mismos (1991, 36), cuando en realidad cada monumento industrial es sólo la punta de un iceberg. En términos generales se aprecia un desencanto colectivo ante la ausencia de reflexión teórica y la incapacidad de trascender la historia de la arquitectura y de la técnica, para convertirse en una verdadera ciencia histórica, que contribuya al conocimiento de la etapa que se inicia con la industrialización. La Arqueología Industrial había cumplido su primer objetivo, poner los monumentos de la primera industrialización a la altura de las antigüedades clásicas, pero ahora se trata de formular y responder preguntas históricas con y a partir de estos restos arqueológicos".

La disciplina tiende a ser reconocida por los arqueólogos, pero resulta difícil convencer a los "historiadores" de su valor como evidencia histórica.

Las arqueologías postclásicas nacieron de la extensión temporal de una práctica metodológica y sus pioneros fueron arqueólogos preocupados por la documentación de las fases más recientes de los yacimientos e historiadores conscientes del valor de este tipo de evidencias en la interpretación histórica; fueron pues desde el principio disciplinas arqueológicas que aportaron el potencial explicativo de su metodología al conocimiento histórico. Por el contrario, la Arqueología Industrial nació del interés patrimonial y sus pioneros procedían de la arquitectura o la ingeniería y más tarde de la economía y a sociología, en lugar de ser historiadores o arqueólogos, por lo que raramente se interesaron en el cono-cimiento o la aplicación de la metodología que define a la disciplina que les da nombre. Esta temprana orientación provocó un temprano distanciamiento entre los profesionales de ambas disciplinas.

El desinterés por las posibilidades metodológicas de la arqueología aplicada al estudio de los restos físicos de las sociedades industriales o simplemente su desconocimiento, llevaron a la Arqueología a caer en uno de los recursos menos creativos de la arqueología tradicional, ignorando la renovación metodológica y conceptual de la misma en la segunda mitad del siglo XX: el recurso a la mera taxonomía descriptiva de los vestigios con planteamientos propios de la historia de la arquitectura en el caso de los edificios fabriles y de la historia de la técnica en el de los instrumentos.

El primer paso de esta necesaria renovación es la redefinición conceptual de la Arqueología Industrial y de sus objetivos. Fue precisamente un clásico, Andrea Carandini, quien insistió en la necesidad de definir el sentido del término industria aplicado a la arqueología. En su opinión, el adjetivo "industrial" no podía aplicarse sin más a una actividad instrumental que supera el ámbito doméstico, ya que tal actividad se halla presente en la historia humana, al menos desde

utilización del registro arqueológico entraña una cualificación metodológica rigurosa, sin la cual difícilmente el estudio del-universo material contemporáneo supera el nivel de la mera taxonomía descriptiva.

El papel de la arqueología en la actualidad: patrimonio arqueológico, historia y sociedad.

Sin duda, en los últimos arios la Arqueología ha avanzado hacia una mayor solidez conceptual y ha alcanzado un alto grado de rigor técnico, pero también es cierto que en el siglo xxi se perfilan nuevos e insospechados problemas. La arqueología universitaria, hasta ahora encerrada en una "torre de marfil" revestida de cientifismo, deberá en un futuro inmediato dar respuesta a las nuevas y urgentes demandas sociales y profesionales, que hasta ahora ha eludido. A algunos de los problemas que se plantean:

La extensión temporal de la Arqueología:

El primero se relaciona con la extensión y aplicación de las técnicas arqueológicas al Medievo y a las sociedades industriales, reconocida por la práctica totalidad de los historiadores. Pese a este reconocimiento teórico y unánime, muchas universidades evidencian en sus planes de estudio notorias carencias formativas en las arqueologías postclásicas. Sin embargo, la sociedad cada vez demanda con más insistencia arqueólogos capaces de abordar profesionalmente registros materiales de diversa cronología; es decir, se reclama una arqueología atenta a todas las épocas, cuyas salidas profesionales inmediatas son la gestión del patrimonio y la arqueología urbana, para las cuales, paradójicamente, la Universidad no prepara. Por esta razón, la Universidad se enfrenta ahora a un nue

vo reto, que trasciende la exclusiva formación de historiadores y arqueólogos especializados en

una problemática histórica; debe también capacitar para el ejercicio profesional de la

arqueología, reconociendo un terreno metodológico unificante para toda su práctica.

Estas incipientes necesidades han planteado una nueva discusión: la de cómo abordar la formación demandada, que trasciende la obsoleta identificación entre Arqueología y Antigüedad, y abre nuevos campos de aplicación arqueológica, definiendo otras "arqueologías" distintas de la "prehistórica" o la "clásica". La posibilidad de incorporarlas a las Áreas históricas pertinentes es correcta desde un punto de vista epistemológico, ya que permite la formación integral de los historiadores, pero no garantiza plenamente la no menos necesaria cualificación en las técnicas que permiten acceder aun estudio riguroso de los restos materiales, de las sociedades desaparecidas, mientras se mantenga la exclusividad de la orientación textual que caracteriza a dichas Áreas. Entre tanto, los nuevos planes de estudio deben permitir, a través de la libre configuración curricular, que los futuros historiadores conozcan las posibilidades y límites de la totalidad de las fuentes históricas y reciban la necesaria formación técnica que les cualifique, si ese es su deseo, para el ejercicio profesional de la Arqueología.

El ejercicio de la Arqueología como profesión liberal

El segundo reto está directamente relacionado con el primero y se refiere a la necesidad de hallar un equilibrio entre la formación científica y técnica de los historiadores del registro material, destinados a desarrollar su trabajo en centros de investigación, museos y universidades, y la correcta capacitación para el ejercicio profesional libre de la Arqueología, reclamado con insistencia por la sociedad. En este sentido, la Arqueología es seguramente una de las escasas disciplinas humanísticas que genera una demanda laboral creciente.

De esta forma, a la vez que se han multiplicado las posibilidades de trabajo en arqueología, perfilándose una figura hasta ahora desconocida —el arqueólogo como profesional libre que desarrolla su actividad en un marco contractual—, se ha comenzado a percibir una clara dicotomía entre la "arqueología de investigación" y "la arqueología de gestión", sometida a la presión del mercado. En términos generales, la Universidad se ha mantenido al margen de estas reivindicaciones y del problema de capacitación que estas demandas generaban, observándose una creciente desazón entre el alumnado, que reclama una mayor preparación para el mercado

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real de trabajo, de un lado y entre el colectivo de arqueólogos profesionalizados, que critica a la Universidad su rechazo y "el desfase existente entre la arqueología que se enseña y la que realmente se está realizando".

Es cierto que la Universidad no puede ni debe renunciar a la formación científica y que no puede convertirse únicamente en un centro de capacitación profesional, pero también es nuestra responsabilidad "formar arqueólegs de camp, experts estratígrafs, dominadora de les técniques d'excavació i registre, del tractament de dades i de materials d'ample espectre cronológic..." y "En segon lloc, oferir una preparació básica en els camps de la gestió, tractament i dinamització cultural del patrimoni arqueólogic".

Quizá sea necesario repensar la arqueología en la Universidad intentando integrar estos aspectos en la docencia universitaria, sin depreciar su nivel científico y sin perder de vista su dimensión histórica, lo cual, desde luego, no es empresa fácil.

La valoración social de la Arqueología.

El tercer aspecto a tratar es precisamente el relativo a la valoración social de la Arqueología y, por tanto, también de la Historia. No podemos pretender su reconocimiento científico, si no es visible en la sociedad. Esta falta de presencia de las humanidades en la sociedad actual resulta paradójica en el caso de la Arqueología, ya que es seguramente una de las disciplinas humanísticas que más curiosidad e interés despierta en el gran público; no hay más que ver el éxito comercial de ciertos productos relacionados con ella, el creciente número de vocaciones o la insistencia con que cada municipio demanda la creación de su museo particular, para conservar allí su propio patrimonio arqueológico 165.

Pero, además se da el caso de que la investigación arqueológica produce de forma inmediata un incremento de patrimonio histórico que, convenientemente conservado, dinamizado y gestionado puede convertirse en un foco de interés cultural y, lo que es más importante, de rentabilidad económica directa a través del turismo; de esta forma, se superaría el preocupante concepto que parece presidir la política de financiación de la investigación arqueológica, por la cual la Arqueología se considera una especie de caro capricho de sabios diletantes y, por demás, escasamente rentable.

Quizá la Universidad deba involucrarse más directamente en esos temas de gestión patrimonial, participando en proyectos de investigación conjunta con museos, ayuntamientos y administración autonómica, aportando asesoramiento científico y comprometiéndose, a la vez, en la defensa y difusión de este patrimonio.

En este sentido la arqueología universitaria debe salir del marco de sus seminarios y acometer la divulgación científica, como hacen otras disciplinas, dando cuenta de la rentabilidad social de nuestro trabajo científico y de las inversiones de fondos públicos en el incremento del conocimiento histórico.