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Asignatura: INTERVENCION PSICOSOCIAL COMUNITARIA, Profesor: m angeles peinado, Carrera: Psicología, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
Subido el 02/02/2016
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Ref: Palmero, F.; Gómez, C.; Guerrero, C., y Carpi, A. (2010). Manual de prácticas de Motivación y Emoción. Universitat Jaume I. Castellló de la Plana.
Justificación teórica
Entendemos por conducta prosocial cualquier actividad o acción de carácter voluntario que proporciona un beneficio y bienestar a los demás. El motivo social responsable de este tipo de conductas es el denominado motivo de conducta de ayuda o la motivación para la conducta de ayuda, que consiste en una serie de acciones de carácter voluntario dirigidas a socorrer o auxiliar a otra u otras personas (Palmero y Tejero, 1998), que percibimos y valoramos que se encuentran en una situación o circunstancias difíciles, y en las que existe la posibilidad de recibir algún tipo de recompensa.
La conducta de ayuda puede realizarse con el objetivo de:
Este último caso responde a una motivación egoísta, en el que la conducta de ayuda es un instrumento para solucionar un estado de malestar.
La motivación de la conducta de ayuda está modulada por diversos factores , entre los que destacamos:
la exigencia de rol, característica de determinados grupos profesionales
a algo material o no material, no observable; por ejemplo, la satisfacción, el orgullo, etc. Nos estamos refiriendo a los reforzadores sociales – elogios, agradecimientos, etc.– que actúan como factores potenciales de futuras conductas de ayuda. Por tanto, no podemos estar seguros de que la conducta altruista esté exenta de recompensas. En este sentido debemos matizar que la recompensa que recibe la persona que presta la ayuda es de tipo no material.
Podemos diferenciar entre dos tipos de altruismo: el altruismo ingenuo y el altruismo egoísta.
El altruismo genuino es una conducta de ayuda desinteresada y voluntaria hacia la persona/s que lo necesita. El factor responsable de este tipo de altruismo es la empatía, una emoción que permite comprender los sentimientos que experimenta la otra persona y ponerse en el lugar del otro, con el consiguiente desarrollo posterior de la conducta de ayuda (Batson, Batson, Slingsby, Harrell, Peekna y Todd, 1991; Batson, Sager, Garst, Kang, Rubchinsky y Dawson, 1997).
Por el contrario, en el altruismo egoísta el objetivo de la conducta de ayuda es la obtención del beneficio propio (Cialdini, Brown, Lewis, Luce y Neuberg, 1997; Cialdini, Schaller, Houlihan, Arps, Flutz y Beamen, 1987). Por ejemplo, reducir el estado de malestar o de angustia que experimentamos ante el sufrimiento ajeno.
En ambos tipos de altruismo se desencadena la ayuda a una persona que la necesita aunque la finalidad de la misma es diferente.
Myers (1995) propone un modelo desde el cual explica que tanto la motivación egoísta como la altruista dan lugar a posibles conductas de ayuda. Este modelo parte desde la percepción de la angustia del otro, que nos conducirá a dos posibles emociones: a) la angustia, ansiedad o perturbación, que conduce a una motivación egoísta para reducir esa angustia propia, activando una posible acción de ayuda para así reducir dicho malestar;
b) la angustia del otro, que activa una emoción de empatía, entendida como simpatía y compasión por el otro, que pondrá en marcha una motivación altruista para reducir la angustia del otro, iniciando la conducta de ayudar.
Por último, Batson señala que altruismo genuino presenta algunas desventajas como el desgaste psicológico (coste personal) ante el sufrimiento o dolor ajeno, y un mayor favoritismo hacia grupos desfavorecidos socialmente, cuya consecuencia más inmediata es la injusticia y la parcialidad hacia otros grupos sociales no tan desfavorecidos.
Al respecto, el término recompensa no está restringido a algo material y observable directamente, sino que la recompensa puede ser inobservable e interna; por ejemplo, la satisfacción que una persona experimenta tras prestar ayudar a otra; o pueden estar implicados los reforzadores sociales como los agradecimientos y los elogios (externo e inmaterial) recibidos por parte de la persona benefactora; por lo tanto, no podemos estar realmente seguros de la ausencia de recompensa en una conducta altruista. En todo caso podemos afirmar que el altruismo se caracteriza por la ausencia de una recompensa material o tangible.
No obstante, ante la dificultad de identificar objetivamente la posible obtención de una recompensa, a lo largo del presente epígrafe consideraremos el motivo de ayuda como el tipo de motivo implícito en cualquier tipo de comportamiento o acción prosocial.
El voluntariado es un tipo de conducta prosocial que comparte las mismas características generales de la misma (la ausencia de recompensas materiales; carácter voluntario; implica una serie de acciones que benefician a otras personas) con la peculiaridad de que las acciones de tipo voluntariado se realizan en el marco de una organización y deben mostrar un nivel de compromiso o sostener su acción de voluntariado en el tiempo (Smith, 1999).
Algunos autores la consideran como un tipo de conducta de ayuda planificada (Gómez, Gaviria y Fernández, 2006). Esta definición excluye las
Las investigaciones en torno a la conducta prosocial revelan la diversa naturaleza de los factores que bien facilitan y/o bien inhiben la conducta de ayuda. A continuación describiremos los más destacados.
El estado de ánimo , positivo o negativo, también es un factor importante que modula la motivación de la conducta de ayuda. En líneas generales, el afecto positivo favorece el desarrollo de la conducta de ayuda. En cuanto al estado de ánimo positivo, éste favorece la puesta en marcha de la conducta de ayuda, tanto en adultos como en niños Los autores consideran que un estado de felicidad favorece una corriente de pensamientos positivos que facilitan cualquier conducta positiva (Cunningham y cols., 1990; Isen, Clark y Schwartz, 1976; Salovey, Mayer y Rosenhan, 1991).
Por otra parte, cuando ayudamos a los demás nos sentimos mejor con nosotros mismos, aumentando de esta manera nuestro bienestar personal (recompensa interna). Sin embargo, un estado de ánimo negativo leve (p.e., la tristeza) facilita también la conducta de ayuda en los adultos aunque no en los niños, porque estos todavía no han aprendido a ponerse en el lugar del otro (Batson, Fultz, y Schoenrade, 1987; Cialdini y Kenrick, 1976; Isen, Horn y Rosenhan, 1973; Underwood y Moore, 1982).
Las emociones sociales como la culpa facilita la posibilidad de realizar acciones diversas (p.e., la confesión del hecho, ofrecer dinero, favores, etc.) para liberarnos del sentimiento de culpabilidad y conseguir así la imagen personal ideal.
El factor de personalidad también modula la conducta de ayuda. Las características que conforman la personalidad altruista son las siguientes: alta empatía, la creencia en un mundo justo, la responsabilidad social, el locus de control interno y un bajo nivel de egocentrismo (Bierhoff, Klein y Kramp, 1991; Oliner y Oliner, 1988).
Otro factor relevante es el factor cognitivo de atribución de la responsabilidad de la víctima. Es decir, la responsabilidad atribuida o no a la persona que se encuentra en una situación de auxilio modulará la conducta de ayuda. En términos generales, la atribución causal de dicha situación a la víctima (responsabilidad personal, causa interna) inhibirá o disminuirá la probabilidad de la conducta de ayuda a ésta; mientras que, la atribución externa de la responsabilidad; es decir, la búsqueda de factores externos y ajenos al control de la víctima, facilitará la conducta de ayuda a la misma.
Por otra parte, existe una mayor predisposición a ayudar a las personas que son similares a nosotros que aquéllas que forman parte de otro grupo social. No obstante, este efecto de similitud se encuentra modulado por el factor de atribución de responsabilidad de la víctima.
Por tratarse de un motivo social, un motivo que tiene sentido dentro de un grupo de personas, la cantidad de personas presentes o número de espectadores también es un factor que modula la conducta de ayuda. De hecho, existe una relación inversa entre el número de observadores y la probabilidad de realizar una conducta de ayuda; es decir, a mayor número de espectadores en una situación de emergencia disminuye la probabilidad de prestar ayuda a la persona que se encuentre en dificultades; y a la inversa, un menor número de espectadores la favorece, ya que aumenta el grado de la propia responsabilidad. Este fenómeno recibe el nombre de «difusión de la responsabilidad o efecto espectador» (Latané y Darley, 1970).
El mejor ejemplo verídico sobre este fenómeno ocurrió en 1964, cuando Catherine Kitty Genovese fue asesinada brutalmente cerca de su casa en Nueva York. Recibió varias puñaladas durante más de media hora, mientras gritaba y pedía ayuda. Lo destacado de este crimen fue la presencia de más de 30 vecinos que, a pesar de que la escucharon pedir auxilio y vieron cómo la apuñalaban, nadie hizo nada por socorrerla.
Al respecto, Latané y Darley (1970) mantienen que la conducta de ayuda también tiene asociada una serie de connotaciones negativas, las cuales, en
densidad poblacional (Hedge y Yousif, 1992; Yousif y Korte, 1995). Tal vez el anonimato y la baja relación entre las personas de un mismo núcleo poblacional sea uno de los factores moduladores en dicho factor.
Por último, la probabilidad de ayudar a quien lo necesita será mayor cuando el observador tenga tiempo disponible – la presión de tiempo–; y a la inversa, ésta disminuirá si éste tiene prisa (Darley y Bateson, 1973).