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Wilhelm röpke analiza el efecto inflacionario de la cantidad de dinero en circulación y el peligro que representa una emisión excesiva. El autor explica cómo la arbitrariedad en la emisión de dinero suele dirigirse hacia el exceso y cómo la inflación reprimida puede conducir a la desintegración económica y social. Se destaca el caso de alemania durante la posguerra para ilustrar este fenomeno.
Tipo: Ejercicios
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Wilhelm Röpke
Hoy ya no dudamos que la cantidad de dinero en circulación influye decisivamente en el poder adquisitivo del dinero, de tal manera que un aumento del dinero reduce su poder adquisitivo (inflación) y una disminución lo eleva (deflación). A la larga, el peligro de un aumento inflacionista de la cantidad de dinero es mucho mayor que el de una disminución deflacionista, ya que la tentación es mucho mayor y los efectos inmediatos suelen ser mucho más populares. En la historia reciente no se conoce ningún caso de asesinato de un estadista responsable de una inflación, pero si se pueden citar inmediatamente varios casos de asesinato de un hombre de Estado al que se hacía responsable de una deflación (Por ejemplo, en Checoslovaquia y en el Japón). Basta esta sola indicación para comprender que la arbitrariedad en la emisión de dinero suele dirigirse más hacia el exceso que hacia el defecto, ya que es el camino de la mínima resistencia y máxima seducción.
En la relación entre cantidad de dinero y cantidad de bienes que por él se cambia está el principal motivo determinante del valor o poder adquisitivo del dinero (teoría cuantitativa o de la escasez del dinero). Si se producen esas graves enfermedades del dinero que calificamos en inflación y deflación, que se caracterizan por agudos y repentinos cambios en el poder adquisitivo del dinero, tendremos que buscar sus causas en un gran aumento o en una gran disminución de la cantidad de dinero, a la cual tendremos que agregar siempre el dinero bancario (contracción o expansión del crédito). El requisito más importante de un sistema monetario ordenado es, pues, la limitación de la cantidad de dinero frente a las tendencias a la inflación, que estén siempre al acecho.
Nuestra generación, que aún recuerda con espanto las inflaciones de la época posterior a la Primera Guerra Mundial; y ahora, después de la segunda conflagración mundial, ha de sufrir la misma catástrofe en tantos países, no necesita que le expliquen que la peor enfermedad monetaria es aquella inflación que resulta del déficit presupuestario. La inflación alemana de los años 1920-23 quedará siempre en la memoria del mundo de ejemplo de cómo un continuo aumento del dinero con que el Gobierno tapa momentáneamente el hueco abierto en las finanzas públicas y a la vez de cómo tan despreocupada y alevosa cobertura de los gastos públicos tiene por consecuencia un aumento de precios sin precedentes, un exasperante empobrecimiento de unos con desvergonzado enriquecimiento de otros, y, por último, de la peligrosa desintegración de la economía y de la sociedad. Pero no es forzoso que la inflación monetaria causada por un déficit en los presupuestos del Estado, conduzca al desorden económico y social de la inflación abierta tal como la vivimos después de la Gran Guerra de 1914-18. Desde 1933, el nacionalsocialismo alemán ha demostrado que un Gobierno dispuesto a todo es capaz de convertir una inflación abierta en inflación reprimida manteniendo la presión de la inflación sobre precios, salarios, tipos de cambio y cotizaciones de valores mediante una economía coercitiva que lo abarque todo (control de divisas,
∗ (^) Publicado en Tópicos de Actualidad , CEES, Año 27, 1985 No. 590.
http://www.cees.org.gt [Fragmento del capítulo 4 del clásico libro «Introducción a la Economía Política» de Wilhelm Röpke]
racionamiento, inmovilización de precios y salarios, regulación del consumo, fiscalización del capital y de las inversiones), y todas las demás medidas encaminadas a impedir el libre empleo de los medios de pago. Pero, desde que Hitler demostró hasta qué extremo y cuánto tiempo puede neutralizar un Gobierno la inflación mediante la economía coercitiva, hay que preguntarse si en el futuro no habrá otro Gobierno que se decida a seguir el mismo camino en tanto disponga de un aparato estatal que funcione. Pero cuanto más aumenta la inflación, tanto más se acentúa la presión, que se trata de compensar mediante la economía coercitiva. Y tanto más amplia y desconsiderada ha de ser también la economía coercitiva para poder detener la creciente presión de la inflación, siendo lícito que nos preguntemos si es posible semejante economía coercitiva sin la esclavitud del totalitarismo de que el Tercer Reich dio ejemplo tan pavoroso.
El ejemplo de Alemania requiere que nos ocupemos un poco más de este singular fenómeno de la inflación reprimida. Como hemos visto, consiste fundamentalmente en que un Gobierno promueve la inflación, prohibiendo más tarde, sin embargo, su influencia sobre los precios y tipos de cambio y sustituyendo las funciones ordenadora e impulsora de los precios por el bien conocido sistema de la economía de tiempo de guerra, consistente en el racionamiento a precios controlados junto con las medidas coercitivas imprescindibles en esos casos. A medida que el exceso inflacionista de dinero hace subir precios, costes y tipos de cambio, el cada vez más amplio y elaborado aparato de la economía coercitiva intenta contrarrestar esta subida mediante medidas policíacas. La inflación reprimida se convierte así en un sistema de precios coactivos ficticios, que suele estar inseparablemente unido al usual sistema económico del colectivismo, y que se ha establecido en todos aquellos países donde el socialismo ha subido al poder o ejerce influencia en él (Unión Soviética, Alemania, Austria, Gran Bretaña, Suecia y muchos otros países europeos). La completa desintegración de la economía alemana, hasta el momento en que fue restablecida radicalmente la verdad y libertad de los precios mediante una amplia reforma monetaria y económica, ha mostrado con trágico énfasis dónde desemboca esta inflación reprimida (verano de 1948). Cuanto más se prolonga esta política, más ficticios se hacen, en un doble sentido, todos los valores económicos nacionales: primero, porque corresponden cada vez menos a la verdadera relación de escasez, y segundo, porque, como consecuencia de ello, disminuyen, progresivamente las transacciones que se realizan con arreglo a esos precios. La distorsión de todas las relaciones de precios, la coexistencia de mercados «oficiales» y «negros» y el antagonismo entre quienes operan en el mercado y el Estado, que lucha desesperadamente por conservar su autoridad, conducen al fin a una situación caótica, en la que falta prácticamente toda clase de orden, ya sea el propio de la economía social de mercado, ya sea el de tipo colectivista. Queda, pues, demostrado que la inflación reprimida es aún peor que la abierta, ya que el dinero acaba por perder, no sólo la función de ordenar el proceso económico actuando como medio de cambio y módulo de valores, como ocurre en las últimas fases de la inflación abierta, sino también la no menos importante de estimular la óptima producción de bienes y su distribución al mercado. El camino de la inflación reprimida termina, pues, en el caos y la paralización. Cuanto más empuja la inflación los precios hacia arriba, tanto más refuerza el Estado la presión de su aparato represivo; pero, tanto más ficticio se hace el sistema de los precios controlados, tanto mayor es el caos económico y el descontento general y tanto más se debilita la autoridad de Gobierno o su pretensión de seguir ostentando un carácter democrático. Si no se detiene a tiempo la inflación reprimida, se desarrollan cada vez en mayor medida sus fuerzas, que acarrean la disolución de la vida económica e incluso la del Estado mismo. Esta moderna enfermedad de la economía es al propio tiempo una de las