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Cuento literario de terror, Diapositivas de Lengua y Literatura

Es un cuento de terror, la máscara roja de la muerte, un texto muy bueno e interesante

Tipo: Diapositivas

2020/2021

Subido el 04/05/2021

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espinoza-mendoza-emilia-2iv6 🇲🇽

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La máscara de la
muerte roja
Edgar Allan Poe
Obra reproducida sin responsabilidad editorial
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¡Descarga Cuento literario de terror y más Diapositivas en PDF de Lengua y Literatura solo en Docsity!

La máscara de la

muerte roja

Edgar Allan Poe

Obra reproducida sin responsabilidad editorial

Advertencia de Luarna Ediciones

Este es un libro de dominio público en tanto que los derechos de autor, según la legislación española han caducado.

Luarna lo presenta aquí como un obsequio a sus clientes, dejando claro que:

  1. La edición no está supervisada por nuestro departamento editorial, de forma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del conte- nido del mismo.

  2. Luarna sólo ha adaptado la obra para que pueda ser fácilmente visible en los habitua- les readers de seis pulgadas.

  3. A todos los efectos no debe considerarse como un libro editado por Luarna.

www.luarna.com

atrincherarse contra los súbitos impulsos de la de- sesperación del exterior e impedir toda salida a los frenesíes del interior.

La abadía fue abastecida copiosamente. Gracias a tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior, que se las compusiera como pudiese. Por lo demás, sería lo- cura afligirse o pensar en él. El príncipe había pro- visto aquella mansión de todos los medios de pla- cer. Había bufones, improvisadores, danzarines, músicos, lo bello en todas sus formas, y había vino. En el interior existía todo esto, además de la seguri- dad. Afuera, la «Muerte Roja».

Ocurrió a fines del quinto o sexto mes de su retiro, mientras la plaga hacía grandes estragos afuera, cuando el príncipe Próspero proporcionó a su millar de amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

¡Qué voluptuoso cuadro el de ese baile de máscaras! Permítaseme describir los salones donde tuvo efecto. Eran siete, en una hilera imperial. En muchos palacios estas hileras de salones constitu- yen largas perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas están abiertos de par en par, de modo que la mirada llega hasta el final sin

obstáculo. Aquí, el caso era muy distinto, como se podía esperar por parte del duque y de su preferen- cia señaladísima por lo bizarre. Las salas estaban dispuestas de modo tan irregular que la mirada so- lamente podía alcanzar una cada vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas encontrábase una súbita revuelta, y en cada esquina, un aspecto dife- rente.

A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica comuni- caba con un corredor cerrado que seguía las sinuo- sidades del aposento. Cada ventanal estaba hecho de vidrios de colores que armonizaban con el tono dominante de la decoración del salón para el cual se abría. El que ocupaba el extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. El segundo aposento estaba ornado y guarnecido de púrpura, y las vidrieras eran purpúreas. El tercero, enteramente verde, y verdes sus ventanas. El cuarto, anaranjado, recibía la luz a través de una ventana anaranjada. El quinto, blan- co, y el sexto, violeta. El séptimo salón estaba rigu- rosamente forrado por colgaduras de terciopelo negro, que revestían todo el techo y las paredes y caían sobre un tapiz de la misma tela y del mismo

pesado y monótono. Y cuando el minutero comple- taba el circuito de la esfera e iba a sonar la hora, salía de los pulmones de bronce de la máquina un sonido claro, estrepitoso, profundo y extraordina- riamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que, de hora en hora, los músicos de la orquesta veíanse obligados a interrumpir un instante sus acordes para escuchar el sonido. Los valsistas veíanse forzados a cesar en sus evoluciones.

Una perturbación momentánea recorría toda aquella multitud, y mientras sonaban las campanas notábase que los más vehementes palidecían y los más sensatos pasábanse las manos por la frente, pareciendo sumirse en meditación o en un sueño febril. Pero una vez desaparecía por completo el eco, una ligera hilaridad circulaba por toda la reu- nión. Los músicos mirábanse entre sí y reíanse de sus nervios y de su locura, y jurábanse en voz baja unos a otros que la próxima vez que sonaran las campanadas no sentirían la misma impresión. Y luego, cuando después de la fuga de los sesenta minutos que comprenden los tres mil seiscientos segundos de la hora desaparecida, cuando llegaba una nueva campanada del reloj fatal, se producía el mismo estremecimiento, el mismo escalofrío y el mismo sueño febril.

Pero, a pesar de todo esto, la orgía conti- nuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy singular. Tenía una vista segura por lo que se refiere a colores y efectos. Despreciaba el decora de moda. Sus proyectos eran temerarios y salvajes, y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Muchas gentes lo consideraban loco. Sus cortesanos sabían perfectamente que no lo era. Sin embargo, era preciso oírlo, verlo, tocarlo, para ase- gurarse de que no lo estaba.

En ocasión de esta gran fête , había dirigido gran parte de la decoración de los muebles, y su gusto personal había dirigido el estilo de los disfra- ces. No hay duda de que eran concepciones gro- tescas. Era deslumbrador, brillante. Había cosas chocantes y cosas fantásticas, mucho de lo que después se ha visto en “Hernani”. Había figuras arabescas, con miembros y aditamentos inapropia- dos.

Delirantes fantasías, atavíos como de loco. Había mucho de lo bello, mucho de lo licencioso, mucho de lo bizarre , algo de lo terrible y no poco de lo que podría haber producido repugnancia. De un lado a otro de las siete salas pavoneábase una muchedumbre de pesadilla. Y esa multitud —la

oídos de las máscaras que se divierten en las salas más apartadas.

Pero en estas otras salas había una densa muchedumbre. En ellas latía febrilmente el corazón de la vida. La fiesta llegaba a su pleno arrebato cuando, por último, sonaron los tañidos de media- noche en el reloj. Y, entonces, la música cesó, co- mo ya he dicho, y apaciguáronse las evoluciones de los danzarines. Y, como antes, se produjo una an- gustiosa inmovilidad en todas las cosas. Pero el tañido del reloj había de reunir esta vez doce cam- panadas. Por esto ocurrió tal vez, que, con el mayor tiempo, se insinuó en las meditaciones de los pen- sativos que se encontraban entre los que se divert- ían mayor cantidad de pensamientos. Y, quizá por lo mismo, varias personas entre aquella muche- dumbre, antes que se hubiesen ahogado en el si- lencio los postreros ecos de la última campanada, habían tenido tiempo para darse cuenta de la pre- sencia de una figura enmascarada que hasta enton- ces no había llamado la atención de nadie, Y al difundirse en un susurro el rumor de aquella nueva intrusión, se suscitó entre todos los concurrentes un cuchicheo o murmullo significativo de asombro y desaprobación. Y luego, finalmente, el terror, el pavor y el asco.

En una reunión de fantasmas como la que he descrito puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensa- ción como aquélla. A decir verdad, la libertad carna- valesca de aquella noche era casi ilimitada. Pero el personaje en cuestión había superado la extrava- gancia de un Herodes y los límites complacientes, no obstante, de la moralidad equívoca e impuesta por el príncipe. En los corazones de los hombres más temerarios hay cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Hasta en los más depravados, en quienes la vida y la muerte son siempre motivo de juego, hay cosas con las que no se puede bromear. Toda la concurrencia pareció entonces sentir pro- fundamente lo inadecuado del traje y de las mane- ras del desconocido. El personaje era alto y delga- do, y estaba envuelto en un sudario que lo cubría de la cabeza a los pies.

La máscara que ocultaba su rostro repre- sentaba tan admirablemente la rígida fisonomía de un cadáver, que hasta el más minucioso examen hubiese descubierto con dificultad el artificio. Y, sin embargo, todos aquellos alegres locos hubieran soportado, y tal vez aprobado aquella desagradable broma. Pero la máscara había llegado hasta el pun- to de adoptar el tipo de la «Muerte Roja». Sus vesti-

Ocurría esto en la cámara azul, donde hallábase el príncipe rodeado de un grupo de páli- dos cortesanos. Al principio, mientras hablaba, hubo un ligero movimiento de avance de este grupo hacia el intruso, que, en tal instante, estuvo también al alcance de sus manos, y que ahora, con paso tran- quilo y majestuoso, acercábase cada vez más al príncipe. Pero por cierto terror indefinido, que la insensata arrogancia del enmascarado había inspi- rado a toda la concurrencia, nadie hubo que pusiera mano en él para prenderle, de tal modo que, sin encontrar obstáculo alguno, pasó a una yarda del príncipe, y mientras la inmensa asamblea, como obedeciendo a un mismo impulso, retrocedía desde el centro de la sala hacia las paredes, él continuó sin interrupción su camino, con aquel mismo paso solemne y mesurado que le había distinguido desde su aparición, pasando de la cámara azul a la purpú- rea, de la purpúrea a la verde, de la verde a la ana- ranjada, de ésta a la blanca, y llegó a la de color violeta antes de que se hubiera hecho un movimien- to decisivo para detenerle.

Sin embargo, fue entonces cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipita- damente a través de las seis cámaras, sin que na-

die lo siguiera a causa del mortal terror que de to- dos se había apoderado. Blandía un puñal desen- vainado, y se había acercado impetuosamente a unos tres o cuatro pies de aquella figura que se batía en retirada, cuando ésta, habiendo llegado al final del salón de terciopelo, volvióse bruscamente e hizo frente a su perseguidor. Sonó un agudo grito y la daga cayó relampagueante sobre la fúnebre al- fombra, en la cual, acto seguido, se desplomó, muerto, el príncipe Próspero.

Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, un tropel de máscaras se precipitó a un tiempo en la negra estancia, y agarrando al des- conocido, que manteníase erguido e inmóvil como una gran estatua a la sombra del reloj de ébano, exhalaron un grito de terror inexpresable, viendo que bajo el sudario y la máscara de cadáver que habían aferrado con energía tan violenta no se hallaba forma tangible alguna.

Y, entonces, reconocieron la presencia de la «Muerte Roja», Había llegado como un ladrón en la noche, y, uno por uno, cayeron los alegres libertinos por las salas de la orgía, inundados de un rocío sangriento. Y cada uno murió en la desesperada postura de su caída.