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Un cuento creado por mi, para los que no tienen creatividad
Tipo: Resúmenes
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El primer día en la nueva prepa fue una montaña rusa. Todo era distinto: otro país, otra cultura, otro idioma que conocía, pero que se desvanecía entre los nervios. Caminaba por los pasillos sintiendo cada mirada clavarse como agujas. Me sentía invisible y, al mismo tiempo, demasiado visible. Justo cuando intentaba encontrar mi casillero, choqué con alguien. Nuestros ojos se cruzaron. Eran oscuros, intensos, como si pudieran ver dentro de mí. Su expresión era puro asombro. Un escalofrío recorrió mi espalda mientras mis mejillas ardían. Tragué saliva, intenté decir algo, pero mi voz no salió. Me fui rápido, con el corazón en la garganta. Después supe quién era. Jack. Sí, ese Jack. El cantante de moda, el alma de la escuela, el chico que todas miraban y todos admiraban. Pero para mí, esa mirada no era un hechizo, era una advertencia. Empecé a observarlo en silencio. Era encantador, claro, pero también tenía una soberbia que se notaba desde lejos. Confirmé mis sospechas el día que se me acercó, sonriendo como si el mundo le perteneciera, y soltó: —¿Cuánto cobras por ser mi novia? Mi mente explotó. Dijo que como becada no duraría en esa escuela sin ayuda. Como si yo fuera un objeto. Mi sangre hirvió. ¿De verdad pensaba que todo se compraba? Lo enfrenté frente a todos, le grité sin miedo y me fui temblando, pero firme. En mi apuro, choqué con otro chico. Alto, de cabello claro y ojos verdes tan cálidos como el bosque. Me miró con dulzura. Liam. Desde ese instante, supe que algo en él me haría bien. Su forma de hablar, de escuchar, me envolvió. Empezó a aparecer en mi vida de manera suave, como una melodía que reconforta. Poco después, anunciaron el regreso de las C4: Jack, Liam, Noah y Peter. Eran el grupo dorado de la élite. Talento, dinero, fama. Jack, el líder, era el hijo del empresario más poderoso del país. Y después de aquel día, su trato hacia mí cambió. Me observaba. Me buscaba. Y un día, sin avisar, me besó. Fue mi primer beso. Inesperado. Injusto. Me dejó confundida, temblando. Corrí a la azotea y lloré sin control. Entonces apareció Liam.
—Las chicas bonitas no deberían llorar —susurró con esa voz que calma tormentas. Le conté todo. No sabía que Jack estaba ahí, escuchando desde las sombras. Desde ese momento, las cosas se complicaron. Una nota roja apareció en mi casillero. Solo decía: "C4". Ese mismo día, fui empujada, golpeada. Jack trató de defenderme, pero no podía borrar su parte en todo eso. Me recuperé y lo busqué. Necesitaba respuestas. Quería confesar lo que sentía, contarle que, a pesar de todo, algo en él me había tocado el alma. Pero entonces escuché su voz decir un nombre: Emma. Sus ojos brillaban como nunca. Nunca me habló de ella. Ahora entendía por qué. Emma había vuelto para su cumpleaños y decidió quedarse en Francia. Liam, su mejor amigo desde niños, se fue tras ella. Y entendí que yo solo era un capítulo más en una historia que venía de antes. Mientras tanto, Jack no se rendía. Un día nevaba y alguien me dijo que había un chico esperándome afuera desde hacía horas. Era él. Pero no salí. No podía. Al día siguiente, vino a buscarme con fiebre. Me reclamó, y aunque me sentí culpable, algo me decía que no debía ceder tan fácil. Aun así, con el tiempo, nos fuimos acercando. Hasta que me confesó lo inevitable: sus padres habían arreglado un compromiso con otra chica para salvar la empresa familiar. Sentí que me ahogaba. Todo parecía falso. Lo alejé, dolida, rota. Días después, le llamaron de emergencia. Tenía que irse del país. Pero antes, vino a mi casa. Me dijo que me amaba. Que lo esperara. No supe qué decir. Me prometió que volvería, pero no me dio respuestas. Se fue, y yo me quedé esperando. El silencio se alargó por meses. Un año después, Liam volvió. Me confesó que allá se dio cuenta que ya no amaba a Emma. Había otra persona en su corazón. Pasó el tiempo. Una tarde en la playa, vi a Jack. Estaba besando a una pelirroja. Me acerqué, con el alma en llamas. —¿Por qué se besan? —pregunté con la voz rota. —Estamos comprometidos —dijo ella, sonriendo.